EDUCACIÓN INFANTIL: Hija, yo me porté mal

INTRODUCCIÓN

Son muchos los cambios positivos que, en décadas recientes, se han producido en el modo de disciplinar a los hijos. Entre mi época infantil y mi actual fase de padre, percibo una diferencia importante, una evolución.

Salvo por las lamentables excepciones que confirman la regla, podemos decir que en la actualidad los padres infligen menos castigos físicos a sus hijos. Hoy en día, entre otros métodos correctivos, se usa la reprimenda verbal acompañada de una “negociación”, es decir, si el niño comete una falta se le priva temporalmente de hacer algo que le agrade mucho, por poner un ejemplo.

Y no es que mis progenitores hayan sido unos agresores (a excepción de dos únicas sesiones de “correazos” leves que recibí yo, y una amenaza no cumplida a un hermano menor de ponerle una inyección, no recuerdo ningún otro castigo corporal), sino que ha habido un natural avance en cuanto al respeto de los derechos de los niños como seres humanos en situación de vulnerabilidad. Y de haber sido padre en el tiempo de mis padres, supongo que yo tal vez habría recurrido a los mismas acciones disciplinarias que hoy rechazo.

Pero nuestra responsabilidad y compromiso de padres son inmensos; nunca cesan. Tenemos que hacer un esfuerzo consciente y constante en mejorar, en bien de nuestros hijos y de toda la humanidad.

Ha sido suficientemente demostrado que “enseñar con el ejemplo” es el medio más efectivo de inculcar a los hijos valores humanos que les permitan convertirse en hombres y mujeres de bien. Huelga decir que comparto plenamente este enfoque, el cual, permítaseme decir, aplicaron mis padres conmigo y mis hermanos. Y aunque no fueron perfectos (mi esposa y yo tampoco lo somos con nuestra hija), creo que el resultado fue satisfactorio y beneficioso para nuestras vidas.

Pero considero que ese valioso principio de educar a los hijos a través de nuestra conducta ejemplar puede ser mejorado aun más. A veces, cuando regañamos a nuestros hijos por una falta cometida, asumimos, consciente o inconscientemente, una postura de superioridad moral (distinta a la necesaria autoridad) que, primero, no se ajusta a la realidad, porque aunque seamos padres correctos, a la largo de nuestra vida cometimos y cometeremos faltas, algunas graves, y nuestros hijos al ser más puros e inocentes nos superan moralmente. Segundo, cuando nuestros muchachos descubran que tal superioridad no existe y que, por el contrario, no somos tan ejemplares, pudieran llegar a sentirse defraudados y resentidos con nosotros.

De hecho, recuerdo que siendo niño, algunas veces llegué a sentir cierta injusticia cuando se me llamaba la atención muy severamente, porque a pesar de aceptar mi responsabilidad, intuía que mis padres habían hecho cosas parecidas – o quizás peores – y sentía que eso debía hacerlos más humildes y comedidos con nosotros sus hijos, al momento de reclamarnos algo e impartirnos disciplina.

Facilitemos a nuestros hijos el proceso de entender que nosotros sus padres, como humanos, somos imperfectos; hagámoslo de manera provechosa para todos. Si tenemos que reprenderlos, aprovechemos la oportunidad de explicarles que alguna vez cometimos errores similares, que trajeron consecuencias negativas. Digamos, por ejemplo, que a esa edad nosotros a veces también nos portábamos mal; que cometíamos y todavía cometemos faltas; que no somos mejores que ellos; que somos iguales, pero que tenemos la obligación de hacerlos entender.

Así, estaremos transmitiéndoles un mensaje muy valioso y conciliador, que ayudará a mantener un permanente clima de armonía en la relación padres-hijos, donde reinen el respeto y la confianza mutuos, aun durante esas situaciones tan indeseadas para unos y otros.

ANECDOTARIO 

Expuesto lo anterior, los invito a leer las anécdotas que escribí especialmente para mi amada hija, sobre situaciones en las que yo me porté mal. Esto con el fin de demostrarle, entre otras cosas, que yo también cometí errores; que aunque tengo la obligación paterna de corregir sus faltas – en ocasiones con reprimendas e incluso castigos – yo también las cometí, superándola a ella con creces, tanto en cantidad como en gravedad, dicho sea de paso.

Como explico en algunas de las anécdotas, con cierta jocosidad, yo quisiera realmente ahorrarle a mi hija trabajo y tiempo, en su camino a convertirse en un buen ser humano. Lógicamente, a sabiendas de que “nadie aprende de experiencias ajenas”.

Por último, quisiera que mi hija, mi tesoro más preciado, sepa que los seres humanos tenemos derecho a equivocarnos; que todas las faltas por ella cometidas  y por cometer son lecciones de vida; parte fundamental del crecimiento personal; capítulos primordiales de la emocionante aventura de vivir.

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El destructor

Hija querida, ahora te contaré algunas de esas “cosas malas” o, más bien, tremenduras que hice a tu misma edad…

Cuando yo era pequeño, y tenía como 4 años (uno menos que tú), hice algo malo. Pero, fue mi mamá (tu abuela), quien me contó lo que pasó, por que yo no recuerdo.

Dice tu abuelita que un día me puse muy, muy bravo, porque ella y tu abuelito (mi papá) me castigaron por no hacer caso. Entonces, me puse a saltar sobre un bonito “Cuatro” de juguete que yo tenía y quería mucho (el cuatro es el instrumento de cuerdas de Venezuela), hasta que lo rompí todo, dejándolo convertido en puros pedacitos de madera.

Aunque no puedo acordarme de eso, guardo una foto de aquellos días, en la que estoy “tocando” el cuatro, con cara de angelito, muy sonriente.

A veces, cuando los niños se ponen tan pero tan bravos es porque sienten que los padres no los entienden o están siendo muy duros con ellos. Y como son pequeños y no saben decir muy bien lo que piensan (además, aunque no quieran tienen que hacer lo que digan papá y mamá), su forma de decirlo es llorando, gritando o también haciendo cosas bruscas.

Pero, tú sabes que los padres tienen que enseñar a sus hijos todo el tiempo. Algunas veces poniéndoles castigos que los hijos no siempre entienden y los hacen sentirse tristes o bravos.

Romper aquel bonito cuatro fue muy mala idea, porque me quedé sin mi juguete musical preferido, lo que me hizo sentir muy arrepentido y triste por varios días. Y mis padres, además del castigo por lo que había hecho antes, me pusieron otro más por romper algo tan importante y bueno para mí.

Pero lo importante, mi preciosa, es que sepas que, yo también, como tú y como todos los niños del mundo, me portaba mal de vez en cuando, y mis padres también me regañaban haciéndome sentir mal. Yo quisiera que tú, aunque tienes que aprender por ti misma, pudieras aprender también de mis muchos errores, para que tengas menos problemas cada día, y puedas estar feliz mucho tiempo seguido.

Los ángeles te bendigan hoy y siempre, mi bellísima, y me ayuden a ser un buen padre para ti.

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El acróbata

Mi tesoro, cuando yo tenía como 5 años casi me lastimo muy fuertemente por estar jugando de manera peligrosa. Recuerdo muy bien que estaba sentado en la mecedora de mi abuela (la mamá de mi mamá)… pero antes de seguir, quiero decirte que esa mecedora era igual a la que hay en casa de tus abuelos japoneses, la que usa tu abuelito para ver televisión. Por cierto, cuando estabas recién nacida – un querube caído del cielo – y durante los próximos 6 meses, tu mamá y yo algunas veces te dormíamos con su plácido vaivén. Por ahí hay varias fotos donde te tenemos dormida en los brazos, mientras nosotros dormimos también. Y también recuerdo que tu abuelo venezolano (mi papá, el que aparece en la foto de la sala muy serio y elegante en su uniforme de coronel, y que como sabes murió ya hace unos 8 años) usaba también la mecedora que está en la casa de mi familia allá en Venezuela, para dormir a sus 3 nietos, hijos de mi hermana, tu tía. Recuerdo con muchísimo agrado que mi papá hizo eso con cada uno de sus adorados nietos por mucho tiempo, hasta que cumplieron 3 años de edad más o menos.

Hija, sin querer, mira que historias bonitas salieron sobre mecedoras….

Pero, a veces, las mecedoras también pueden ser peligrosas, sobre todo para los niños traviesos… Te contaba que estaba sentado en la mecedora de mi abuela. Bueno, de pronto comencé a mecerme muy duro, tanto que la mecedora se fue toda hacia atrás, y yo caí al piso aparatosamente, mientras emitía un fuerte grito, más por el gran susto que por otra cosa. Recuerdo que mi abuela llegó corriendo, muy asustada también. Pero al ver que no me había pasado nada, instintivamente me dio un buen regaño y una nalgada, por tremendo. Por cierto, hace años, cuando yo era chiquito como tú, la mayoría de los adultos pensaba que dar nalgadas a los niños (y otras reprimendas físicas) era correcto, pero ahora hay muchísimos, como papá y mamá, que piensan que eso no debe hacerse.

Mi preciosa, a esa edad, los niños hacen ese tipo de cosas peligrosas sin saber que son peligrosas. ¿Entiendes? Ningún niño quiere darse un golpe. Cuando juegan peligrosamente lo hacen sin pensar que puede pasarles algo malo. Yo, por ejemplo, estaba divirtiéndome mucho con el fuerte balanceo de la mecedora sin saber que aquel movimiento brusco podía voltearla, haciéndome caer violentamente.

Gracias a mis ángeles guardianes, esa vez no me pasó nada, pero pudo haberme pasado. Por ejemplo, pude haberme roto un hueso, golpeado la cabeza, etc., y tú sabes muy bien lo malo que es eso.

Así que, cuando estés jugando o haciendo cualquier cosa (sobre todo aquellas bruscas o difíciles para tu cuerpo), acuérdate de este cuento, y piensa si eso pudiera ser peligroso para ti o, también, puedes pregúntale a los adultos que están cerca de ti si puedes hacerlo.

 Juega mucho y cuídate mucho, mi corazón de melón.

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“Alto ” Riesgo

Mi tesoro, cuando somos niños, algunas veces nuestras ocurrencias infantiles pueden ponernos en verdadero peligro, tanto que hasta puede peligrar nuestra vida. Es decir, podríamos morir. Lamento muchísimo asustarte diciéndote esto, mi ángel, pero prefiero eso, porque pienso que así siempre tendrás más cuidado, y tratarás de no hacer cosas demasiado peligrosas.

Una vez, un niño mayor que yo, me sonsacó para que subiéramos a la azotea de mi edificio. Ahora, con cuarenta y tantos años de edad, me da mucho miedo con sólo recordarlo, porque pienso en lo que pudo habernos pasado, y en que tú o cualquier otro niño pudieran hacerlo también. Pero, cuando tenemos 6 ó 7 años solamente, no podemos reconocer claramente todas las situaciones de peligro.

Hoy recuerdo, atemorizado (pero en aquel entonces, no sentía ningún temor. Al contrario, estaba muy contento y emocionado), que aquella azotea de un edificio de 6 pisos no tenía cerca ni nada parecido; en sus bordes solamente había un muro de apenas un metro de altura, en el cual nos apoyamos mi amigo y yo para disfrutar de la vista panorámica.

Hija linda, en verdad, yo no quiero que pienses mucho en algo tan feo. Y aunque tu mamá y yo hemos visto que a tus 5 añitos ya tienes muy buen sentido común, debemos estar seguros de que puedes entender perfectamente lo que hubiera pasado si nos caemos de esa altura. Ya sabes, los niños de tu edad (incluso más grandes) nunca, nunca, y nunca deben hacer algo así. Y si ves que papi llora un poquito al decirte esto, es simplemente porque te amo con todas mis fuerzas, vida mía, y no quiero que te pase nada malo.

Por cierto, una vecina que nos vio mientras salíamos de la azotea y entrábamos nuevamente en el edificio, le informó lo ocurrido a mi mamá, quien me castigó muy severamente. En aquel momento, pensé que la señora había sido muy mala conmigo por acusarme. Pero ahora agradezco a Dios – y a ella también – que lo hizo, porque ella me salvó de hacer lo mismo otra vez.

Una última cosa. Como sabes, papi piensa que hay unos “ángeles” que nos protegen si se lo pedimos mucho y si somos buenas personas. Son los mismos angelitos a los que tu y yo rezamos juntos en las noches, pidiéndoles que todas la personas del mundo estén bien. Lo que quiero decirte es que además de cuidarnos mucho a nosotros mismos, es muy importante que pensemos mucho en esos “amigos buenos”. Papi cree que a ellos les gusta bastante que hagamos eso, y que siempre nos portemos muy bien.

 Que los ángeles te protejan hoy y siempre, mi princesita.

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El francotirador

Cuando yo tenía unos 6 o 7 años, a los niños más grandes de mi edificio les dio por jugar a “policías y ladrones” o a la guerra usando cerbatanas.

Cerbatana, según el diccionario, “es un tubo estrecho que se utiliza para lanzar dardos u otros proyectiles, los cuales se introducen en su interior y salen expulsados al soplar enérgicamente por uno de sus extremos”.

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¡Claro que mis amigos no usaban dardos ni nada parecido! sino caraotas negras o piedras muy pequeñitas.

No logro recordar momentos de esas “batallas campales” que, seguramente, se produjeron alrededor de mi edificio, pero sí recuerdo que una de esas “armas” llegó a mis manos (no sé como), y que yo estaba muy emocionado por eso.

Lo que se me ocurrió hacer con aquella cerbatana todavía me sorprende…

Yo iba a la escuela en un autobús escolar. En mis recuerdos, puedo verme asomado por la ventana del bus, armado de mi cerbatana y cargándola con caraotas que disparaba a los transeúntes cercanos, cuando el transporte disminuía la marcha, cual un francotirador.

¿Fue una ocurrencia mía o alguien me incitó? ¿Cómo terminó aquella travesura? ¿Fui descubierto o no por el conductor? ¿Mis maestros y mis padres se enteraron?¿Me reprendieron o salí bien parado? No me acuerdo. Aunque, si hubiera habido consecuencias que lamentar, lo recordaría. ¿No es así? Pero, sí guardo en la memoria – no sin remordimiento – una sensación de goce y triunfo cada vez que impactaba a una víctima y veía su reacción de sorpresa y disgusto.

Aunque me es imposible saber hoy qué diablos estaba pasando entonces por la cabecita de aquel muchachito tremendo, para llegar a hacer algo semejante, imagino que, en parte, fue porque yo sabía que apartando el susto y la molestia lógica que sufrirían mis “objetivos”, no les causaría daño… o casi.

De cualquier manera, hija mía, eso no es razón para haber cometido aquella diablura.

De hecho, el impacto de una semilla de caraota en la cara, a unos 7 metros de distancia, puede ser doloroso. Ni hablar del peligro de impactar a alguien en un ojo. Casi 50 años después, me angustia pensarlo.

Adicionalmente, alguien podría haberse molestado mucho, al punto de denunciar con la policía al conductor del bus, al colegio y a mis padres.

Mi linda, es cierto que la mayoría de los niños, en su inocencia y falta de experiencia, generalmente no ven lo negativo y peligroso de algunas de sus acciones. Aunado a eso, “aprendemos de nuestros errores”, como suele decirse. Pero, es precisamente por eso que veo útil y beneficioso que nosotros los padres compartamos con nuestros hijos anécdotas de nuestras travesuras y malos comportamientos. Así podemos ahorrarles a Ustedes un poquito de trabajo y tiempo, en su largo camino de crecimiento personal. Claro, siempre teniendo en mente lo que dice aquella otra frase nuestra: “nadie aprende de experiencias ajenas”.

Así que, mucha suerte, hija mía.

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No maltratemos a los animales

Mi princesita, es verdad que muchas de nuestras equivocaciones de niños son producto de la inocencia infantil; de la falta de experiencia en la vida. Pero, estoy seguro de que si te hablo oportunamente de mis propios errores de la infancia, y te explico claramente por qué no debí hacerlos, podrás entenderme, y evitar repetirlos.

Yo tenía como 6 años. Siempre me reunía con los amiguitos de mi edificio, por las tardes, después de la escuela, igual como hacen los niños de esa edad – y mayores- aquí en Japón y en muchas otras partes del mundo.

Recuerdo que había un gato que siempre estaba cerca de nosotros cuando jugábamos, porque le gustaba mucho que lo acariciáramos. Ocurrió que un día uno de nosotros tuvo la muy mala idea de agarrarlo por la cola y lanzarlo muy fuertemente por el aire, igual que esa cosa pesada (“martillo”) que lanzan algunos deportistas en las competencias que papi ve a veces en la tele. El indefenso animal chilló mucho cuando estaba sujeto por la cola, y después cuando cayó muy duramente al piso.

No fui yo quien maltrató al gato. Pero eso no importa; yo compartí aquella fea maldad, así que también comparto la culpa.

Aunque lo que pasó parezca una tontería; una simple travesura de niños, me produce cierta tristeza  y arrepentimiento, pensando en el miedo y el dolor que sintió aquel pobre animalito.

Como bien sabes ya, hija querida, nunca bebemos lastimar a los animales (a menos que sea la única solución para defendernos de algunos muy peligrosos, grandes o pequeños que vayan a lastimarnos a nosotros, o que los necesitemos como alimento. Pero aun si el propósito es alimentario los humanos deberíamos evitarle el sufrimiento, cosa que no hacemos). Tu mamá y yo te lo hemos dicho desde que eras muy pequeñita, sobre todo cuando te llevábamos al parque, y te decíamos los nombres de todos esos animalitos chiquititos (insectos) que tanto te atraían.

Mucha gente piensa que tu mami y yo exageramos cuando te recordamos, de tanto en tanto,  que por favor no mates insectos y demás animalitos (hormigas, mariposas, escarabajos, gusanitos, cigarras, etc.) por pura diversión. Pero te hemos explicado que para nosotros la vida humana, animal e incluso vegetal, es la obra más importante de todo el universo, y que tanto los animales como las plantas tienen su función en la naturaleza. Por ello debemos respetarlos y protegerlos, siempre que nos sea posible.

Un día hasta tu mamá se sorprendió cuando le pedí que no matara a esos pequeños insectos voladores que rondan los desperdicios de comida en el lavaplatos, sobre todo en verano; esos que parecen mosquitos miniatura, pero sólo persiguen a la comida, no a la gente. Por cierto, hija, tú sabes bien que los mosquitos sí nos hacen daño al picarnos, y las moscas transmiten enfermedades en sus patas, por lo que hay que matarlos. Pero volviendo a los “avioncitos” de la comida, yo le explicaba un día a mami que últimamente cuando veo a alguno de esos animalitos inofensivos rondando la cocina, trato de imaginarme cómo sería ser uno de ellos (prometo que no estoy bromeando, jajaja), viendo el mundo que me rodea desde mi minúsculo cuerpecito, y con mi gran visión periférica, en busca de alimento. E imagino lo triste que sería que siendo yo ese animalito, de pronto venga alguien y ¡zas! acabe con mi existencia de una sola palmada…

Claro que hay una diferencia muy grande entre lastimar a una hormiga que a un gato. Los gatos y demás animales domésticos tienen un nivel de inteligencia – se ha demostrado que también tienen su forma particular de sentimientos – que les permite convivir con nosotros los humanos, al punto de hacernos compañía y ayudarnos. Y precisamente por eso es tan importante que aprendamos a quererlos y cuidarlos.

Así que, hija linda, si algún día ves a algún amiguito matando insectos sólo por divertirse, o lastimando mascotas (como hicimos mis amiguitos y yo con aquel gato indefenso), por favor dile de buena manera, pero con firmeza que no es una buena idea; que ellos no hacen daño a nadie; que los dejen vivir.

Posiblemente, no te hagan caso. Pero no importa, mi preciosa. Primero, porque lo que hacen no es algo grave, en realidad, aunque a tu mamá y a mí no nos guste para nada. Segundo, porque son niños como tú y sencillamente, igual que pasó conmigo cuando tenía esa edad, no ven nada malo en eso; han aprendido que es una diversión más.

Lo importante, mi vida linda, es que nosotros sí tratemos de proteger a los animales en todo momento. Esa será nuestra pequeña contribución para que este sea un mundo más bonito para ellos. Y para nosotros también.

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Malas palabras

Mi bellísima, decir palabras feas, sobre todo si lo hacemos muy seguido, también es portarse mal. Así que hay que evitarlo siempre. Especialmente, ustedes los niños no deben repetir las malas palabras de nosotros los adultos. Pero, sería mucho mejor que nosotros los mayores nunca dijéramos cosas feas frente a ustedes, ¿no es verdad?

Alguien dijo una vez que las personas son como sus palabras. O sea, si todo el tiempo estamos diciendo palabrotas es porque tenemos cosas feas en la mente; hay algo malo con nuestra forma de ser. En cambio, si siempre hablamos bien, diciendo cosas bonitas, es porque en nuestra mente tenemos pensamientos buenos.

Te digo esto, amorcito, porque una vez, cuando yo tenía como 7 años de edad, rompí una bonita amistad con un amiguito (y también surgió un conflicto entre nuestras familias), por culpa de unas groserías que yo dije.

Un día que yo estaba reunido en la calle con otros niños del vecindario, nos pusimos a jugar que éramos una banda musical, cantando de forma muy alegre y cómica, mientras tocábamos unas latas de leche con unos palitos de madera. Recuerdo que estábamos justo frente al apartamento del amigo mío; cerca de la ventana de la cocina (por cierto, él no estaba con nosotros en ese momento). Ocurrió que comenzamos a cantar una canción muy famosa, pero con la mala ocurrencia de cambiarle la letra por malas palabras. No nos dimos cuenta de que la mamá de mi amigo estaba en la cocina escuchando nuestra muy original pero grosera versión. Lo supe más tarde, ese mismo día. Estando ya en mi casa, fui sorprendido por el sonido ¡de otra banda musical! instalada debajo de nuestro balcón, y dirigida por el mencionado amigo, quien gritaba como loco unas palabrotas bastante, pero bastante feas.

Mi mamá, muy extrañada y algo molesta por aquel poco agradable concierto, se asomó por el balcón para pedirles que bajaran la voz. El líder del grupo (hasta ese entonces mi buen amigo), respondió muy enojado que su mamá lo había enviado a hacerle a mi familia exactamente lo mismo que yo y demás niños le habíamos hecho a su familia, para ver si nos gustaba. Mi mamá no le dijo más nada al niño. Sencillamente cerró la ventana y me preguntó sobre lo ocurrido. Yo, llorando de vergüenza le conté lo que pasó. Pero le aseguré que nosotros no lo hicimos con la intención de ofender a nadie. Ella me explicó que aunque fue sin mala intención, la mamá de mi amigo se molestó muchísimo, y por eso lo mandó a hacernos lo mismo. También me dijo que, aunque ella jamás me hubiera pedido a mí tomar venganza (ella sencillamente le hubiera dicho a los niños que no era bueno decir groserías y menos frente a una casa de familia), todo era el resultado de las malas palabras que yo dije; que por eso siempre debíamos evitar hacerlo.

Pero lo más importnate que me dijo mi madre aquel día fue que no haríamos nada para responder a mi amigo, porque eso traería más problemas con esa familia; que aprendiéramos la lección y olvidáramos lo que pasó, para así volver a hacer amigos de ellos algún día.

Bendiciones, mi primor.

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Patinador temerario

Mi preciosita, como te he dicho ya antes, cuando somos niños nuestra inocencia y falta de experiencia en la vida frecuentemente nos ponen en peligro. Por eso te cuento estas historias sobre  travesuras peligrosas que hice; para que pienses mejor que yo – cuando tenía tu edad – antes de hacer algo que pueda traerte problemas.

Siendo yo un muchachito de 7 años, un tío mío muy querido me regaló mis primeros patines (las 4 ruedas en cada patín formaban un cuadrado, no una línea como ahora, ¡y eran de metal!). Como imaginarás me puse muy contento. Algo parecido a lo que sentiste tú cuando te regalamos tu primera bicicleta.

Pero este cuento no es sobre los peligros de patinar, sino sobre otra cosa relacionada.

Después de varias semanas de práctica diaria y febril (con las incontables y normales caídas, pantalones rotos y moretones), cuando ya lograba patinar con cierta facilidad, un grupo de amiguitos más grandes que yo, más expertos patinando, y más tremendos también, me convencieron de ir con ellos hasta un lugar muy alejado de nuestro edificio.

A mis 7 años, yo ya sabía, que no podía hacer algo así sin permiso de mis padres, y que si se lo pedía igual me dirían que no. Pero, por la insistencia de mis amigos, y su promesa de que no nos pasaría nada malo y de que mi papá y mi mamá nunca lo sabrían (cuando seas más grandecita sabrás lo difícil que es decir que no a los niños más grandes y tremendos) acepté ir con aquellos “diablillos”.

Aun recuerdo que sentí una mezcla de emoción por la aventura y de arrepentimiento por estar haciendo algo prohibido y peligroso, y por estar burlando a mis padres.

Y ocurrió que mis amigos se equivocaron… Igual que pasó la vez que me subí en la azotea de mi edificio, una vecina nuestra me vio y me delató con mis padres. Afortunadamente. Siempre en estos casos digo que tuve suerte de ser delatado, porque apartando que mi mamá me dio unos cuantos correazos leves (antes era normal que muchos padres castigaran así a sus hijos, pero las cosas han cambiado, y papi y mami nunca te pegaremos a ti), eso hizo que yo no me escapara de nuevo. Al menos por un tiempo…

Mi vida linda, yo tenía prohibido ir tan lejos sin la compañía de algún adulto, por varias razones: Había muchas calles que cruzar y podía atropellarme algún carro; podía caerme patinando y lastimarme seriamente, y al encontrarme lejos de casa todo sería más complicado; A veces los niños grandes que son muy tremendos pueden ponerse violentos y crear problemas a los otros niños, como pegarles o insultarlos. Además, podía haber ladrones (personas que les quitan sus cosas a los demás, a veces con pistolas o cuchillos), y también gente muy mala que agarra a los niños pequeños y se los lleva escondidos para un lugar muy lejano, donde no podíar ver a su papá y su mamá nunca más. Siempre que te digo algo así, vida mía, siento un dolor aquí en el pecho; me pongo triste. Pero ahora sabes muy bien por qué te lo tengo que decir.

Así que, hija querida, si algún día alguno de tus amiguitos te invita a ir a un lugar muy lejano sin permiso nuestro (o si se te ocurre a ti esa mala idea), acuérdate de este cuento y de mis palabras, y diles que no lo harás porque es peligroso, y porque nosotros tus padres siempre te decimos que no lo hagas, y tú siempre quieres hacernos caso y no engañarnos.

Es verdad que de niños (e incluso de adultos) a veces es muy difícil decirle que no a los amigos mayores que nos invitan a hacer cosas prohibidas, porque ellos podrían molestarse mucho y no jugar más con nosotros, y hasta lastimarnos mental o físicamente.

Pero debes saber que tu mamá y yo estamos aquí a tu lado, todo el tiempo, queriéndote y cuidándote mucho, sobre todo de otras personas que quieran lastimarte, incluyendo a otros niños. Entonces, aunque sientas miedo de decirles que no, tienes que explicarles muy bien que tú siempre le dices todo a papá y mamá, y que nosotros siempre, siempre te defenderemos de cualquier cosa y de cualquier persona, y que si ellos se ponen bravos contigo, lastimándote de alguna forma, nosotros hablaremos con sus padres y con sus maestros para que lo sepan y tomen medidas.

Para finalizar, mi princesita. Cuando tengas algún problema, grande o pequeño, estés en una situación de peligro, mucho o poco, siempre acuérdate de rezar a tus “ángeles” protectores para que te cuiden. Como sabes, yo tengo muchas razones para pensar que hay fuerzas invisibles buenas y malas. Las malas hacen daño a las personas, y las buenas nos cuidan si se lo pedimos mucho y nos portamos bien. Esto es muy importante que lo hagas siempre, mi angelito.

Que los ángeles te bendigan y te cuiden.

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Una vez me burlé de una niña…  

 Foto extraída de: www.google.co.jp/search?q=fotos+de+abuso+escolar

Amada hija, a veces, los niños pueden ser crueles con otros niños. Eso quiere decir que pueden tratarlos mal, ya sea fastidiándolos solamente (con palabras o maldades “suaves”), o lastimándolos realmente (con palabras o maldades “fuertes”).

Algunas personas piensan que es normal que los niños sean crueles de vez en cuando, porque “son más inocentes y honestos que los adultos”, pero yo no estoy muy seguro de que eso sea verdad. Me parece que los niños pueden ser buenos y amigables con los demás niños y con todas las personas, todo el tiempo, si su padres los enseñan a ser así desde que son muy pequeñitos.

Para saber si mi idea es correcta, me puse a pensar si en estos 5 años tú alguna vez fuiste violenta, o simplemente brusca o grosera con otros niños – o adultos – y por más que traté de recordar no encontré ni una sola vez. Además, le pregunté a tu mamá, y me dijo que tampoco recordaba ningún momento así.

Mi princesita, aprovecho para felicitarte con todo mi corazón por ser una niña tan buena, y para darle gracias a nuestros ángeles y a la vida por esa bendición.

Por cierto, en Internet conseguí algo sobre lo que estamos hablando, escrito por otra persona y muy parecido a lo que yo pienso: http://pettro-desdemirincon.blogspot.jp

Lo que quiero contarte hoy es que estando yo en 3er. ó 4to. grado de primaria, con unos 8 años de edad, había una compañerita de clase de quien algunos amigos y yo nos burlamos una vez, porque sus labios eran un poco más grandes de lo normal. Le dijimos malas palabras,y le pusimos un sobrenombre muy feo: ”boca’ e sapo”. También recuerdo que en esa época, en Venezuela, había una palabra que usábamos cuando alguna cosa o situación no nos gustaba para nada: “zape”. Entonces cuando esa amiguita estaba cerca de nosotros le decíamos  “boca’e sapo, zape”, y nos íbamos corriendo.

Hija querida, ese recuerdo me hace sentir triste. ¿Te imaginas lo mal que se sintió esa niña cuando nosotros, sus compañeros de clase, la llamamos así? Yo no puedo acordarme de cómo respondió ella a nuestras burlas, pero seguramente se puso muy triste. Y es que al ponerle ese mote tan feo, no solamente nos estábamos burlando de ella, sino que la estábamos apartando de nosotros.

Algunos doctores dicen que la tristeza y la rabia que sienten algunos niños que son molestados por otros puede durarles muchos años de su vida, hasta que son grandes. Y hay niños  – y adultos – que pueden enfermarse si sienten una tristeza muy grande.

No puedo recordar si molestamos a esa niña más de una vez, (en mi mente guardo la imagen de una sola), pero eso no importa, porque fue algo muy feo; algo que ahora me duele bastante haberle hecho a esa amiga del colegio; algo que no debemos hacerle nunca a nadie, hija mía.

Yo lamento mucho que mis amiguitos y yo, aunque éramos pequeños, hayamos sido tan estúpidos y groseros para decirle algo así de feo a esa niña compañera nuestra, y lamento que ningún adulto lo supiera, para que nos regañara como merecíamos y nos explicara por qué no debíamos hacer eso.

Tu mami y yo nos preocuparíamos y nos pondríamos tristes si alguno de tus amiguitos de la guardería se burlara de ti o te lastimara (también si tú se lo haces a ellos). Y seguro que hablaríamos con tus maestras y con los padres de esos niños.

Mi corazón, aunque nos parezca que algunas personas son bonitas y que otras no lo son, debes saber que todas las personas del mundo son bonitas, y merecen ser tratadas con cariño y respeto. Y si alguien tiene algo que no nos gusta (en su cara, en su cuerpo o en su forma de ser), no tenemos que pensar solamente en eso, sino en todas muchas otras cosas buenas que tiene esa persona. Además, debemos pensar que nosotros también tenemos muchas cosas que tal vez a otras personas no les gustan. Pero nos sentiríamos muy molestos y tristes si esas personas se burlaran de nosotros y nos hicieran maldades por esa razón.

Entonces, mi angelito, con esta historia quiero pedirle perdón a esa amiga del colegio (afortunadamente, en todos estos años siempre hemos sido buenos amigos, y resulta que ahora que es una mujer adulta, sus labios gruesos ¡son parte de su belleza! Pero nunca me disculpé con ella. Espero hacerlo algún día), y a todas las niñas del mundo, por haber sido un niño malo aquella vez; por no haber sido un “caballerito” con mi amiga. De hecho,  si algún día tienes un hermanito varón lo voy a enseñar a ser muy cariñoso y respetuoso con todas sus amiguitas, con todos los niños y con todas las personas.

Y ahora que soy grande quiero corregir aquel error infantil, enseñándote a ti que eso no se hace, y siendo un hombre muy protector y paternal con todos los niños. Pero muy especialmente con las niñas. Para que sepan que por ser mujeres son muy importantes, y que la vida de nosotros los hombres es más bonita porque ellas están en el mundo. Y también, porque mi mamá, mi esposa y mi hija son mujeres…

Bendiciones, mi adoración.

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No robarás.

Adorada hija, algunas cosas que hice de niño me dan vergüenza contártelas a ti y a las demás personas. Pero, como sabes, lo hago para que veas que tu papá – que siempre te pide que te portes bien – cometió muchas faltas en sus años de infancia – y en todas las etapas de su vida – y como una forma de pedir perdón a mis “ángeles” y a todas las personas del mundo. Por cierto, algunas de esas cosas malas que hice se las dije a mis padres (tus abuelos paternos) hace ya muchos años, porque no me sentía bien; me sentía como un mentiroso con ellos, quienes siempre me enseñaron que hay que portarse bien, ser una buena persona todo el tiempo.

También quiero decirte que ahora solamente puedo contarte aquellas cosas que puedes entender a tus 5 añitos de edad. Hay otras cosas que, aunque las voy a escribir aquí para que las lean otras personas mayores (jóvenes y adultos), te las contaré a ti más adelante, cuando seas una muchacha grande, para que las puedas entender mejor.

Lo que te voy a contar hoy pudiera parecerle una simple travesura infantil a mucha gente, pero es algo peor. Algo que no me gusta recordar y que, como digo al principio, me da mucha pena contar.

Aun hoy no puedo entender por qué aquel día (yo tenía unos 9 años de edad) me pasó por la mente la pésima idea de entrar a un supermercado de mi localidad, y llevarme una barra de chocolate sin pagarla, es decir, robármela. ¿Me entiendes, bellísima? Tú sabes muy bien que cuando uno agarra cualquier cosa en el supermercado, o en cualquier otro lugar donde vendan algo, hay que pagar un dinero (como ese juego que a ti te gusta tanto, donde primero yo soy el vendedor y tú la compradora, y después cambiamos), porque esos productos no son nuestros sino de los dueños de la tienda. Y si uno se lleva las cosa escondidas para no tener que pagarlas, es algo muy, muy malo. Uno nunca debe quitarle o robar algo a alguien. Primero, porque esa persona trabajó mucho para tenerlo. Segundo, porque a nosotros tampoco nos gustaría que alguién nos robara nuestras cosas. Además, si uno hace eso, es visto como un ladrón y puede ser castigado muy duramente. Si un adulto roba, hasta puede ser metido en una cárcel, ese lugar con rejas de hierro donde meten a las personas que se portan muy mal.

Es verdad que hay niños – y también adultos – que han tenido que robar algo de comer porque tienen muchísima hambre y no tienen ningún dinero para comprar comida. Aunque eso también es robar, tenemos que pensar que si esas personas no hacen eso podrían morirse de hambre. Por eso el castigo para ellos no debería ser tan duro como el de alguien que robe teniendo dinero suficiente. Para que los niños y demás personas no roben hay que enseñarles desde muy pequeños que eso no es correcto, que hay que estudiar y trabajar en la vida para poder tener aquellas cosas que necesitamos y queremos. Pero de eso te hablo después, mi princesa…

Recuerdo que ese día yo cargaba en mi mano un cuaderno escolar, así que escondí la barra de chocolate entre sus hojas, muy rápido, cuidando que nadie me viera. También recuerdo que, aunque sentí temor de hacerlo por saber que era algo muy malo, las ganas fueron más fuerte que yo. Pero, lo peor, hija linda, es que me parece que volví a robar un chocolate una vez más. Pero no estoy seguro; no puedo acordarme.

Imagino que lo hice porque en ese momento no tenía dinero para comprar. Pero eso no me quita culpa, porque yo tranquilamente pude haber esperado un poco más; ir a la casa y pedirle el dinero a mis padres, quienes seguro me lo hubieran dado.

Quiero que pienses, mi corazón, en lo que me hubiera pasado si me descubren robando. Tal vez me hubieran llevado a la policía para que me regañaran muy fuerte. Seguramente le hubieran dicho a mis padres y tal vez a mis maestros de escuela. Hubiera sido una situación bastante fea, desagradable, para mí y mis padres, quienes hubieran sufrido una gran vergüenza sin merecerlo. Y yo iba a quedar como un ladronzuelo delante de todos.

Entonces, mi ángel, aunque aquel chocolate estaba delicioso, robar es algo muy malo. Y si me descubren robando, yo me iba a sentir muy avergonzado por mucho tiempo, y además mis padres me castigarían por mucho tiempo también, por lo que todos pasaríamos muchos días tristes. Así que hubiera sido muchísimo mejor que aquel día yo tuviera más fortaleza en mi mente, para portarme bien, ser un niño bueno y no robarme aquel chocolate.

Por último, te contaré algo que me contaron a mí unos amigos, hace ya bastantes años, cuando yo todavía estaba estudiando en la universidad, en Venezuela. Ellos me dijeron que una vez  estaban pasando vacaciones en un lugar muy bonito de mi país, que tiene muchas playas bellas y muchas tiendas donde comparar ropa muy bonita, muy buena y muy barata. Uno de ellos tuvo la muy mala idea de robarse algo que le gustaba mucho, para así no tener que gastar su dinero. Además, invitó a los otros amigos a hacer lo mismo, y ellos le hicieron caso. Así que, aquel día todas esas personas se robaron algunas ropas de aquella tienda. Y según recuerdo, me dijeron también que después volvieron a ir varias veces a ese bonito lugar de Venezuela, y siempre hacían lo mismo.

Lo más grave, mi preciosa, es que esos amigos míos (que ya eran personas adultas, y con dinero) me contaron eso como si fuera algo muy bueno y divertido; algo para aplaudirlos. En ese momento yo no fui valiente para decirles que eso estaba mal. Pero, sí recuerdo que me quedé muy preocupado, pensando que a veces las personas – y nosotros mismos – pueden hacer cosas tan malas como esa de robar ropa en una tienda, y pensar que es algo muy bueno; algo para que los demás los feliciten. ¿No te parece que es algo muy feo, y sobre todo muy triste, mi vida linda?

 Te amo, hija.

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Mi bellísima, algunas de la faltas que cometí siendo pequeño – como la que te contaré hoy – aunque las llamemos “travesuras infantiles” pudieron haberle causado mucho daño a otras personas. Es muy cierto que cuando niño yo no tenía idea de que pudieran ser tan peligrosas para los demás, pero ahora, después de tantos años, las recuerdo y veo con claridad que pude haber lastimado muy seriamente a alguien. Y eso, hija mía, me hace sentir mucho miedo, arrepentimiento y vergüenza.

Así que, contarte esta anécdota es muy difícil para mí. Pero lo hago – como siempre te explico – con la esperanza de que tú puedas aprender algo de mis muchos errores o, mejor todavía, no los cometas. Sobre todo aquellos que, como me pasó a mí cuando era un muchachito, puedan ponerte a ti y a otras personas en serio peligro. Y algo muy importante: Esta vez también lo hago para disculparme muy sinceramente contigo, con todas las personas del mundo y con mis “ángeles”, por haber hecho algo tan malo. Pienso que pedir perdón y arrepentirnos es necesario; es muy importante. Pero también pienso que además de eso siempre tenemos que hacer acciones que traigan cosas buenas para los demás y para nosotros mismos.

Me parece que yo tenía entre 8 y 9 años, un día que estaba jugando con mis amiguitos en una  pequeña colina ubicada en mi sector. Tenía la altura de una casa de dos pisos, más o menos, y  estaba separada de una carretera a unos 60 ó 70 pasos largos de persona adulta.

No puedo recordar a quién de nosotros se le ocurrió la muy mala idea de lanzar hacia la carretera (por la que siempre pasaban muchos carros que iban muy rápido) un par de neumáticos viejos que nos encontramos tirados por ahí.

Créeme, mi linda, que después de tantos años que han pasado desde que mis amigos y yo hicimos aquello, apenas hace poco, mientras trataba de recordar cosas que contarte, vi, por primera vez, el gran daño que pudimos haber hecho a los conductores que pasaban por ahí en ese momento. Estoy bien seguro de que por mi mente no pasaba la idea de lastimar a alguien. Pero, aun sin querer pudimos haber provocado una tragedia.

Afortunadamente, no pasó nada grave (o al menos eso es lo que vimos desde donde estábamos). Pero tengo que decirte con mucho dolor , mi ángel, que esos neumáticos bajaron rodando con tanta fuerza que pudieron haber producido un terrible accidente, donde las personas quedaran muy lastimadas y hasta muertas. Y eso, como tú bien sabes, hubiera sido algo muy malo, muy horrible, muy triste para mí y mi familia, pero, sobre todo para las personas lastimadas y sus seres queridos.

Ya ves, mi adoración, como algunas travesuras de niños son en realidad acciones bastante dañinas para los demás y para nosotros mismos. Insisto, es verdad que cuando somos pequeños no sabemos que esos juegos pueden dañar tanto a alguien. Por eso yo sigo pensando que debo contarte sobre esas faltas que cometí, y explicarte bien las cosas malas que pudieran haber pasado, porque es posible que tú no las hagas; que tú seas más cuidadosa que yo cuando tenía tu edad; que seas mejor persona que yo, y así puedas tener una vida con muchísimos momentos bonitos y muy poquitos momentos tristes. Y así ayudarás a que el mundo sea un mejor lugar para todas la personas que viven en él.

Amor mío, te quiero tanto.

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Fuegos artificiales… y peligrosos

Mi corazón, hoy quiero hablarte de otra “travesura” mía que pudo haberle causado mucho daño a alguien. Es verdad que la hice siendo niño (tendría entre 11 y 12 años), pero, cuando la recuerdo siento miedo por lo que pudo haber pasado. Y también siento mucha vergüenza por haber tenido esa mala idea a una edad en la que ya deberíamos saber bien cuando algo es peligroso.

Era navidad. Unos amiguitos y yo compramos unos “cohetones”; esos fuegos artificiales que se lanzan hacia el cielo como cohetes (por eso en venezuela los llamamos así), y que explotan muy pero muy fuertemente; los mismos que vemos aquí en Japón todos los años, en esos eventos nocturnos espectaculares del verano.

Debes saber que en este país esos fuegos artificiales tan fuertes no se venden en ninguna parte. Por eso es que, aparte de las personas encargadas de lanzarlos en los espectáculos públicos, nunca vemos a nadie jugando con ellos en la calle. Las personas solamente pueden comprar esos que papá, mamá y tus abuelos prendemos para ti, los que al explotar no hacen mucho ruido y se convierten en bellas luces de muchos colores. Por cierto, desde pequeñita siempre te ha emocionado mucho ver, desde el balcón, los que lanza la gente en el parquecito que está frente a nuestro apartamento.

Pero, en Venezuela, aunque la compra y venta de cohetones también está prohibida por la policía, todos podemos conseguirlos y lanzarlos en la calle (al menos era así cuando yo vivía allá), incluyendo los niños. Para nosotros los venezolanos es algo muy normal.  Más aún, es parte importante de la fiesta navideña, y por eso es tan difícil controlarlo. Aunque yo siempre pienso: ¿Por qué en unos países puede controlarse y en otros no?

Es verdad que cuando somos muchachos lanzar cohetones es muy divertido y emocionante. Pero, cuando nos convertimos en “abuelos”, entendemos claramente lo riesgoso que es. No quiero asustarte ni ponerte triste, mi adoración, pero, todos los años allá en Venezuela, muchas personas, incluyendo niños, sufren accidentes graves por manipular juegos pirotécnicos peligrosos. Muy lamentablemente, hay quienes pierden un dedo de la mano o un ojo, por ejemplo; otras personas se queman el cuerpo, y otras pueden hasta morir. Eso sería algo demasiado malo y triste para ellos y su familia, ¿verdad, mi vida? Dios quiera que eso nunca le pase a nadie más, ni allá en mi país, ni en ninguna parte del mundo.

Voviendo a lo que yo hice aquel diciembre, recuerdo que algunas veces lanzamos los cohetones, no hacia arriba, como es lo correcto, sino a ras del suelo, a lo largo de varias calles. También hicimos la tremenda y peligrosísima maldad de dirigir varios cohetones directamente hacia una casa vecina ubicada en lo alto de una colina.

Los cohetones lanzados por el piso pudieron haber explotado cerca de una persona (incluyendo niños pequeños); debajo de un carro (si el fuego alcanza la gasolina del carro, hay una explosión muy grande, y el carro y todo lo que esté cerca se quema completamente); cerca de algún material que se quema fácilmente; dentro de una casa, etc.. Imagínate, hija mía, las cosas tan terribles que hubieran podido pasar, especialmente cuando lanzamos los cohetones expresamente hacia la casa en la colina. Afortunadamente, y gracias a Dios, esa vez no pasó nada grave, pero pudo haber pasado. Además, esos vecinos nuestros deben haber sentido mucha rabia y temor con cada explosión. Y eso, casi 40 años después, me pone muy triste. Aprovecho para expresar mi arrepentimiento, para pedir disculpas públicamente. Y espero poder hacerlo personalmente, la próxima vez que vaya a mi casa en Venezuela.

Mi preciosa, como te he dicho antes, es normal que siendo niños no veamos muy claramente el peligro que encierran algunos juegos. No hacemos esas maldades pensando que vamos a lastimar a alguien. Pero, desafortunadamente, aun sin querer, con esos juegos que no vemos tan peligrosos podemos hacer muchísimo daño a otras personas y a nosotros mismos. Así que, espero realmente que puedas aprender algo con esto que te conté hoy.

Y en estas próximas navidades, recemos con mucha fuerza para que Dios proteja a todas las personas que juegan con cohetones, allá en Venezuela y en todo el mundo, especialmente a los niños, quienes, ojalá, se diviertan mucho y sean muy felices con juegos pirotécnicos inofensivos, sin hacer ninguna de las cosas malas y peligrosas – para los demás y para mí mismo – que hice yo aquel diciembre.

Te amo, lindísima.

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Temerario y deshonesto

Siendo yo un “nuevísimo” de primer año (o como diría un oficial muy jococso, pero cuya imagen ya no alcanzo a recordar: “Imberbe quelonio que navega en el mar de la ignorancia”), un día que me dirigía apresuradamente a una formación en el patio principal, dejé caer mi cristina al piso, inadvertidamente.

Afortunadamente, alguien la recogió al instante; desafortunadamente, se la entregó al Brigadier Mayor… Éste mandó a hacer alto en ese mismo momento, y preguntó, con una sonrisa sardónica, a quién se le había caído.

Yo, al notar que había sido a mi precisamente, “tragué saliva” y fui corriendo, tembloroso, hacia él. Ese sería el primero de mis contados encuentros cara a cara con el “chivo que más meaba” del alumnado, con “Dios”.

Desde el comienzo de mi primer año, durante el período de adaptación, me pareció que aquel B/M era un buen tipo, correcto, justo, a diferencia de otros superiores del  5to Año, más bién amenazantes,  fastidiosos. De hecho, al entregarme la cristina, contrariamente a lo que yo temía, no me regañó, sino que me aconsejó muy brevemente. Eso sí, como castigo por mi descuido, me ordenó escribir 100 veces “debo ser más cuidadoso”, para el día siguiente.

Recuerdo que esa noche en particular tenía mucha tarea que hacer, y sólo pude sentarme a escribir las líneas en la “hora de estudio libre”, después de las 9. Pero estaba tan cansado y adormilado que, tras completar unas 20, me quede rendido sobre el pupitre.

El sueño me impidió seguir escribiendo, por lo que me dirigí al dormitorio, pensando que si me levantaba a la 5 (30 minutos antes de la diana) podría, finalmente, cumplir la penitencia impuesta por el “máximo sacerdote”.

Normalmente, me despertaba alrededor de las 5 (la misma ahora a la que se levantaban los alumnos de la Banda de Guerra), y me quedaba en la cama desperezándome, o comenzaba a arreglarme lentamente. Así que no tendría problemas.

Para mi infortunio, justo aquella mañana,  abrí los ojos con el estruendo de la retreta, sobresaltado. Sabía que había perdido mi última oportunidad de hacer las planas.

Así las cosas, se hicieron la 6:30, hora de la formación de la mañana. Llegó a ocurrírseme presentármele al B/M, justo antes de los honores a la bandera, y explicarle lo sucedido, esperando que me diera una prórroga. Pero, mientras me dirigía a su encuentro, se me aceleró el pulso tan violentamente, que desistí de la idea, y me fui a mi puesto, encomendándome al Todopoderoso, rezándole para que a su colega del Liceo se le olvidara el asunto.

Definitivamente, estaba en una mala racha. El tipo se acordó, y justo antes del lista y parte, preguntó en alta voz, a todo el alumnado, dónde estaba el nuevo a quien le había ordenado a hacer las 100 líneas el día anterior.

Todavía hoy, me sorprende mi reacción de aquel momento. Pero no por el humano pánico que se apoderó de mí, sino porque sencillamente no respondí al llamado público y claro del B/M. Paralizado de miedo y vergüenza como estaba, en fracciones de segundo mi angustiado cerebro  analizó la situación y concluyó que era prácticamente imposible que él recordara mi rostro, o que supiera a que compañía y pelotón pertenecía. Así que, aunque muy asustado, cometí la temeridad de no responder.

Y así fue que, el Brigadier Mayor, muy sorprendido, repitió el llamado, esta vez más enérgicamente, casi amenazante. Incluso, dio unos pocos pasos hacia adelante, rastreando brevemente la formación con la mirada, tratando de identificar al “faltón”. Yo, como muerto. Entonces, visiblemente contrariado, él hizo una mueca de resignación , y prosiguió con las actividades matutinas.

Si alguien no se merecía  esa decepción de parte de un subalterno era aquel superior tan buena gente y excelente alumno. Por eso, aunque aquel día me salvé – tramposamente – de un posible escarnio público (la otra posibilidad es que él me hubiera entendido y simplemente me hubiera dado más tiempo), hoy, todavía me arrepiento por mi tremenda falta de valor y honestidad. Y, aunque ya yo había confesado esa falta, unos 15 años atrás, en un chat de ex-alumnos, aprovecho para disculparme, una vez más, públicamente, con aquel ejemplar Brigadier Mayor.

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Chistoso e irrespetuoso 

Estando en el primer año del Liceo militar, con 12 años de edad, un día fui regañado duramente por un oficial (un jefe militar como tu difunto abuelo, el que sale en la foto

uniformado, muy serio y elegante), por querer hacerme el gracioso delante de mis compañeros.

El oficial nos tenía a todos juntos (éramos más de 50), parados muy derechitos y en silencio (como en esas fotos mías del Liceo), mientras nos decía algo importante. En esos momentos uno no debe moverse ni hablar. Está totalmente prohibido. ¡Uno debe quedarse como una estatua! por muchos minutos, hasta que el jefe nos deje descansar. Quien se mueva o hable recibe un castigo.

No puedo recordar qué dijo aquel jefe que me causó mucha gracia y, aprovechando que en ese momento él estaba lejos de mí, cometí el grandísimo error de decir algo chistoso sobre su comentario, en voz baja, para que oyeran sólamente los amigos que estaban más cerca de mí. Pero para mi sorpresa, apenas terminé de hablar uno de mis compañeros le dijo al oficial lo que yo había hecho.

Sí recuerdo que en ese momento, al ser acusado con el oficial, sentí tanta vergüenza por mi falta, y tanto temor por el posible castigo, que lloré un poco.

El superior, como es lógico, me regañó muy fuertemente delante de todos por mi mal comportamiento, y yo me sentí muy mal por lo que hice, y por recibir aquel fuerte regaño frente a los demás. Y estuve así, sintiéndome mal, por varios días.

Para que entiendas bien por qué aquella “tontería” mía fue algo malo, y por qué aquel oficial me regañó tan fuertemente, tienes que saber que en los liceos militares la disciplina y la buena conducta son muy importantes. O sea, hay que portarse muy bien todo el tiempo. Esto es porque en los dos últimos años del bachillerato (son 5 en total) los estudiantes (que ya tienen entre 16 y 18 años de edad) se convierten en militares de verdad, en soldados del país, haciendo cosas muy serias y algo peligrosas, como aprender a combatir en la guerra, disparando armas  reales y haciendo ejercicios muy difíciles, por ejemplo. También tienen que cuidar las afueras del liceo por las noches, cuando los demás duermen, y muchas otras cosas parecidas.

Entonces, para poder cursar esos dos últimos años; para ser soldados verdaderos, los niños tienen que demostrar, en los 3 años básicos, que pueden adaptarse a la disciplina militar, portándose correctamente; cumpliendo las órdenes de los oficiales y alumnos superiores.

Los liceos castrenses son muy estrictos.  Desde el primer año, si un estudiante comete una falta, aunque sea pequeña (tener el uniforme sucio, o llegar tarde al comedor y al salón de clases, por ejemplo), puede quedarse arrestado el fin de semana. Es decir, no puede ir a su casa a ver a su familia. Y por una falta grave (lastimar seriamente a otro estudiante, o robarse algo, por ejemplo), puede quedarse sin salir unas vacaciones completas.

Ya ves que en el liceo militar yo tenía muchas razones para portarme bien. Pero debes saber, mi dulzura, que uno debe tratar de portarse bien siempre, en todas partes. Y no sólo para evitar ser castigados, sino porque es lo mejor para nosotros mismos y para los demás.

Mis padres me enseñaron desde muy niño a respetar a todas las personas, y a ser obediente con los adultos. Por eso, yo mismo no puedo entender por qué aquel día de pronto quise burlarme de mi superior, sabiendo además que estaba en un liceo militar, y que si me descubría, podía ponerme un duro castigo por indisciplinado e irrespetuoso. Además, yo entré  a estudiar allí porque me gustaba el orden militar, y todos los días trataba de portarme lo mejor posible.

Mi linda, no pienses que te cuento estas faltas mías esperando que tú seas perfecta. ¡No! Ninguna persona lo es. Además, precisamente porque no somos perfectos, nos equivocamos mucho y nos portamos mal. Pero así aprendemos mucho también.

Con este cuento de cuando fui desobediente y grosero con aquel jefe mío, sólo quiero explicarte que es mejor respetar siempre a los demás, sean grandes o pequeños. Uno, porque nosotros no quisiéramos que nadie se burlara de nosotros, y dos, porque haciendo bien las cosas (hasta las más pequeñas) traemos muchas otras cosas buenas a nuestra vida.

Te adoro hija mía.

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Motorizado agresor

Querida hija, creo que una de las cosas que más te repito es que nunca debemos lastimar a los animales por diversión, ¿verdad?. Y me hace muy feliz ver lo bien que has comprendido eso. Por ejemplo, días atrás, viste una mariposita dentro de la casa, y rápidamente buscaste una toallita de papel para que yo la envolviera suavemente y luego la soltara por la ventana. Te felicito y te doy las gracias por eso, mi tesoro.

¿Recuerdas que hace poco te conté que siendo muy pequeño, yo,junto a otros amiguitos, lastimé a un gato? Después de eso pasaron muchos años sin que yo hiciera algo así de malo a otro animal. Pero teniendo unos 12 ó 13 años de edad, lamentablemente le hice maldades a unos perros. Y creo que como yo ya era un niño grande cuando hice eso, la culpa es mayor.

Por aquellos días, yo cursaba el segundo año de secundaria en un liceo militar que quedaba lejos de mi casa, en un bonito pueblo frente al mar, a unas 7 horas de viaje. Así que yo estudiaba y vivía en ese instituto, y solamente podía ver a mis padres y hermanos los fines de semana y las vacaciones. Pero, parte de esas vacaciones me gustaba pasarla en la casa de mi mejor amigo del liceo, ubicada en aquel bello pueblo de playa.

Mi amigo, que era de mi misma edad ¡tenía una motocicleta! así que cuando no estábamos bañándonos en la playa, estábamos recorriendo el pueblo, de arriba a bajo, en aquella ruidosa moto, que era pequeña pero con espacio suficiente para dos personas. Y para hacerlo más divertido, unas veces manejaba él y otras veces yo.

A veces, cuando entrábamos a algún lugar de muchas casas, salían a perseguirnos algunos perros. Esto es algo muy común en países como Venezuela, donde estamos acostumbrados a tener a nuestros perros sueltos en la calle, y donde hay muchos perros callejeros. Pero, la mayoría solamente corre cerca de las motos (y también de los carros), ladrando, por pocos segundos, hasta que éstas se alejan. Igual pasaba con nosotros.

Pero, un día, se nos apareció un perro muy grande y bravo, que corría tan rápido que nos alcanzó y me mordió la pierna. Y aunque no me mordió duro (porque le dije rápidamente a mi amigo que acelerará), sí me asustó bastante, porque pudo haberme lastimado mucho, y hasta hacer que nos cayéramos de la moto, lo que hubiera sido muy grave, tal vez.

Recuerdo que quedé muy molesto, pensando: “¿Por qué los dueños del perro lo dejan suelto si es tan bravo?”; “ese perro puede causarle mucho daño a alguien”.

Hija linda, la solución correcta a ese problema hubiera sido hablar con los dueños del perro, explicándoles lo que pasó, para que ellos evitaran algún accidente en el futuro. También pudimos haber pensado en no pasar más por ahí. Pero, yo, que estaba muy enojado, pensé en otra solución muy mala: pasar otra vez por ahí en la moto, con un palo en mi mano, para golpear al perro cuando intentara morderme. Con eso le daría una lección, y no volvería a atacarnos a nosotros o a otros motorizados.

Así lo hicimos. Y aquel pobre animal cayó en la trampa. Te confieso, con mucha vergüenza, que me sentí muy bien (y mi amigo también) al oír los chillidos del perro cuando le pegué con el palo. A los dos nos causó mucha gracia… Tanto, hija, que desde aquella vez decidimos llevar un palo siempre que saliéramos en la moto, para hacerle lo mismo a otros perros bravos que intentaran mordernos.

Pienso que defenderse con un palo de los perros peligrosos que pueden hacerte mucho daño (mordiéndote o tumbándote de la moto) no es malo, en realidad. Porque son animales que aprenden rápido; si les duele el golpe, no atacarán de nuevo. Lo malo, mi princesa, es que uno pueda disfrutar eso; que pueda verlo como algo divertido. Eso sí es totalmente incorrecto. Por eso, hoy, cuando te cuento esto, me siento mal; porque mi amigo y yo pensamos que golpear a esos perros (aunque fuera solamente a los bravos, para enseñarlos) era una gran diversión. Recuerdo con mucha lástima, que varias veces salimos en la moto solamente a buscar perros agresivos para golpearlos…

Te repito, mi corazón, nunca, nunca debemos lastimar a los animales por diversión; no debemos maltratarlos como forma de juego. Sólo podemos usar la fuerza contra ellos para defendernos de sus ataques, cuando no tenemos otra forma de hacerlo.

Los perros son muy inteligentes para muchas cosas, es verdad. Pero siguen siendo animales, y no pueden pensar como las personas. Cuando ellos atacan fuertemente a alguien es su forma de defenderse; no saben lo que están haciendo. Y nunca lo hacen por divertirse. En cambio, las personas saben muy bien cuando están haciendo daño, y algunas lo hacen para divertirse, como hicimos mi amigo y yo con aquellos pobres perros.

 Bendiciones, mi adoración.

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Conducta “sombría” 

Durante mis años infantiles y juveniles, alguna que otra vez, fui débil de mente y espíritu, y caí en la tentación de apropiarme de cosas que no eran mías, es decir, de robármelas.

Lo que te contaré hoy ocurrió en el Liceo Militar. Allí, los alumnos, entre muchas otras tareas y responsabilidades, tienen que hacer guardias nocturnas una vez al mes. Esto se hace a partir del 2do. Año, o sea, con unos 12 o 13 años de edad.

Recuerdo que estando en 3ro. ó 4to. año, un día me tocó el turno de 2 a 4 de la madrugada, en el área del casino de alumnos, lugar de descanso de las clases y demás actividades diarias, y donde había una cantina con productos comestibles a la venta para el estudiantado.

Dicha cantina era una especie de habitación que en lugar de pared frontal, tenía un muro que llegaba a la altura del torso, y el resto, hasta el techo, era una reja metálica, a través de la cual los vendedores de turno atendían a los clientes.

Una vez me enteré (no logro recordar si vi a algún compañero haciéndolo o sencillamente me lo contaron) que con la ayuda de un gancho de ropa de metal, estirado, se podía alcanzar varios de los productos empacados en bolsas, los cuales colgaban a la vista del público.

Aquella madrugada, durante mi turno de centinela, amparado por la oscuridad y la soledad que reinaban en ese lugar, a esa hora, no pude resistir el deseo de poner en práctica lo que había aprendido sobre como alcanzar con el gancho la mercancía que guindaba en el interior de la cantina.

No recuerdo si pude, efectivamente, agarrar aquellas chucherías, ni si lo hice otra vez. Pero sí recuerdo claramente que en realidad yo no tenía necesidad de robarlas (yo tenía suficiente dinero para comprarlas cuando quisiera, y además en el liceo siempre me sentía bien alimentado). Lo que me hizo cometer esa falta grave fue el puro deseo de sentir que yo podía realizar esa “misión peligrosa”; que tenía la destreza y el valor para hacerlo. Pero, eso, hija linda, de ningún modo me libra de mi culpa por haber hecho algo tan malo. Yo sabía perfectamente que estaba cometiendo una falta grande; que estaba robando, y eso es lo que cuenta.

Como sabes bien, mi corazón, nunca debemos apropiarnos de cosas que no son nuestras, y menos por simple diversión o deseos de aventura. Si algún día tienes mucha necesidad de algo, y no tienes dinero para pagarlo, es preferible pedirlo; explicarle al dueño, con mucha sinceridad, que lo necesitas realmente, pero que como no puedes pagárselo en ese momento, te comprometes a darle el dinero luego, o a hacer algo que esa persona necesite, en pago por ello.

Preciosa, en muchos países, hay mucha gente que, al igual que nosotros, cree que existe un “Dios” y unos “ángeles” que hicieron el mundo donde vivimos, y que nos protegen si somos personas buenas. Esas gentes de muchas partes tienen unos libros muy grandes e importantes que hablan sobre esos dioses en los que ellas creen y sobre la vida de unos hombres y mujeres que siempre se portaban muy bien, mejor que todos, para que sus dioses estuvieran contentos y los cuidaran mucho. Hombres y mujeres como Jesucristo y su madre, la Virgen María, como Buda, como Mahoma y muchos otros. Lo que quiero decirte es que en esos libros están escritas todas las cosas que tiene que hacer una persona para ser buena y parecerse a su Dios y a esos hombres y mujeres tan maravillosos. Y una de esas cosas tan importantes que dice en todos esos libros es, hija mía: “nunca, nunca robemos”, o sea, no podemos tomar para nosotros algo que no sea nuestro.

Por último, quiero decirte, bellísima, que en 4to. año del Liceo, gracias a mis buenos resultados en los estudios y a mi buena conducta, yo era jefe de todos los estudiantes de los grados inferiores (3ro., 2do. y 1ro.), y también de todos mis compañeros de clase. Pero, un buen jefe no puede portarse mal; tiene que portarse siempre muy bien para que los demás estudiantes lo respeten, lo quieran, le hagan caso, y se porten bien como él.

Así que el día que quise robarme esas chucherías, yo estaba haciendo algo doblemente malo: malo porque ninguna persona debe robar, y malo porque yo era uno de los alumnos jefes del liceo militar y siempre, siempre debía portarme bién. Pero, aquella noche, no lo hice. Y me arrepiento.

Bendiciones, mi ángel.

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Bueno de día, malo de noche

Una alta jerarquía confiere a su flamante portador prominencia, prestigio, poder y demás beneficios, pero sobre todo implica una gran responsabilidad para con la institución y los subalternos.

En mi caso, a pesar de que, desde el 1ro. hasta el 5to. año, tuve el honor y el privilegio de ser distinguido con la más alta jerarquía y de obtener varias veces la condecoración por Buena Conducta, no siempre estuve a la altura de tan importante compromiso. En más de una oportunidad – como han podido ver en anécdotas anteriores, y como verán en esta y otras por venir – en lugar de ser un jefe ejemplar, fui ejemplo de lo que no debe hacerse.

Pero, peor aun, aunque tantos años después mi arrepentimiento es sincero, tengo que admitir que me divertí mucho con “fechorías” como esta que les traigo hoy.

En 4to. año, siendo el Distinguido más antiguo de mi curso – y por ende  potencial candidato a ser Brigadier Mayor al año siguiente – me dediqué con especial esmero a una práctica muy incorrecta, pero muy entretenida: Fastidiar a los compañeros que ya dormían, cuando regresaba al dormitorio al final del estudio libre, a las 11 de la noche.

Entre otras razones para dedicarme a hacer maldades nocturnas a mis amigos, estaba el hecho de que era una práctica bastante común e inofensiva entre el alumnado, casi que una actividad intrínseca de la dinámica nocturna de los internados militares (aunque hay que acotar que esporádicamente ocurrían casos más bien ofensivos, nada graciosos, sino dañinos y hasta peligrosos por violentos). Además, yo me amparaba en mi condición de “manda más” del 4to año; sabía que si algún subalterno me veía en eso – inclusive algún superior –  era muy poco probable que me  delatara. Por último, juro que en la gran mayoría de los casos, yo lo hacía en venganza, para desquitarme de algún gracioso que me hubiera hecho lo mismo, o que me hubiera jugado alguna broma pesada durante el día.

Generalmente, uno se las ingeniaba para cometer el acto procurando afectar únicamente al blanco de la travesura (en mi caso, siempre amigos cercanos),  sin molestar a nadie más; sin perturbar el sueño de otros durmientes, sobre todo superiores. Por ejemplo, dándole una palmada en la frente en el pecho, o en la planta de los pies; manoseándole la cara, y demás molestias menores. Mayormente, era una acción muy rápida, realizada al pasar frente a la cama de la víctima de camino a la nuestra. Aunque, en varias ocasiones, en retaliación a alguna mala pasada, me ensañé mucho con el bromista en cuestión. Recuerdo que llegué a pasar más de 30 minutos atormentando a algunos compañeros, con una pluma de zamuro, pasándosela reiteradamente por toda la cara, de modo que no se despertara del todo pero que sintiera mucha molestia. Admito que aun me hace reír el recuerdo del pobre muchacho gimiendo de la desesperación.

Pero había ocasiones en las que se nos pasaba la mano, llegando a violentar el silencio y la tranquilidad del dormitorio, especialmente cuando nos juntábamos varios para acometer el ataque nocturno. Y es que en esos casos, por aquello de que “dos cabezas piensan mejor que una”, nos poníamos peligrosamente creativos. Una de mis maldades predilectas era verter agua fría en los genitales del objetivo. La reacción del desafortunado durmiente era inenarrable. En una oportunidad, tres ociosos colegas llegamos al impensable extremo de amarrar por los pies a un compañero que dormía en la parte superior de la litera, con varias sábanas unidas por nudos, las cuales sacamos hacia el lado de afuera del dormitorio, a través de los orificios de ventilación en la a pared. Los dos que estábamos en el exterior tiramos de las sábanas a la señal del operador del interior, quien nos relataría, llorando de la risa, los intentos desesperados de la víctima por sujetarse de la cama, para evitar quedar totalmente colgado patas arriba.

Hago un paréntesis para rogarle encarecidamente a los alumnos de internados militares  – o civiles – que lean esto,  que no lo usen como un manual de maldades nocturnas. A pesar de que en la mayoría de los casos son travesuras inofensivas, son faltas que ameritan una sanción, y algunas pueden ser en verdad peligrosas para la integridad física de los afectados.

Recuerdo claramente el día que tuve que ponerle fin a aquellas trastadas. Esa noche, varios compañeros del 4to. año invitamos a otro sin experiencia a que se nos uniera en una incursión. Sería su prueba iniciática. Tras asaltar en grupo al objetivo, el aprendiz, presa de los nervios y de la emoción, salió corriendo con tal torpeza que tropezó con una de las columnas del dormitorio, cayendo al piso aparatosamente. Para colmo, llevaba colgada a la cintura una cantimplora metálica que causó un gran estrépito. Por desgracia, varios alumnos se quejaron por la perturbación de su sueño.

Como digo al principio, nos salvamos de ser sancionados porque yo era el jefe de mi curso, y porque, a pesar del desastre causado por el novato, fue una simple travesura que los propios alumnos de 5to año que nos reprendieron cometían de vez en cuando, también.

Así que, aunque aquella desastrosa iniciación de un compañero – en las ciencias y artes del hostigamiento nocturno – no pasó de una fuerte reprimenda y de la vergüenza que experimentamos los perpetradores, fue la señal para acabar con mis tropelías en las oscuridad.

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Vándalos al volante

Hija linda, de muchacho, cometí algunas malas acciones contra otras personas que, aunque no fueron graves en sí mismas, pudieron haber traído consecuencias muy negativas tanto para los afectados como para mí mismo.

Hoy, a mis 48 años de edad, y siendo padre, al recordar esos malos comportamientos de mi adolescencia, me siento bastante avergonzado, por lo estúpido e inconsciente que fui al cometerlos. Me parece increíble que, entonces – sin importar cuan joven era – tan feas condcutas hayan sido divertidas para mí.

Teniendo poco más de 18 años, en una oportunidad que salí con unos amigos en un carro de mis padres, a dar vueltas por nuestra localidad, tuvimos la pésima idea de molestar seriamente a algunas de las personas que iban caminando por la calle. Nos deteníamos a su lado, fingiendo que necesitábamos preguntarle una direción, y cuando la persona comenzaba a explicarnos, la interrumpíamos violentamente, con un fuerte grito de “¡cállate!”, todos a la vez.

Como es lógico, el caminante se sobresaltaba mucho con semejante estrépito y se quedaba momentáneamente paralizado, entre aturdido y furioso, por la muy perturbadora experiencia, mientras nosotros nos alejábamos, velozmente, en el automóvil, contentos y orgullosos de nuestra “broma”.

En otra ocasión, con diferentes amistades, hice algo similar pero mucho peor. También en carro, mientras pasábamos por un sector penumbroso a altas horas de la noche, buscamos transeúntes solitarios a quienes molestar. Cuando avistábamos a alguna “víctima”, nos acercábamos en marcha lenta y al estar a su lado, uno de nosotros se asomaba sorpresivamente por la ventana, fingiendo sujetar un arma de fuego en la manos y gritando “¡quieto o te mato!”.

Como imaginarás, lindísima, algunas de aquellas desafortunadas personas se quedaron completamente petrificadas del susto, por supuesto. Pero, mis amigos y yo celebramos eufóricamente su muy humana reacción de miedo.

Sé bien que te sorprende y entristece mucho que algo así haya podido causarle tanta gracia a tu papá. Preo créeme, hoy en día, a mi también me asombra. Esas maldades que ayer me hicieron reír tanto, hoy me causan preocupación y tristeza. Sobre todo al pensar que, debido al terrible susto, algunas de aquellas personas pudieron haber sufrido un problema de salud serio, como un desmayo, por ejemplo, o, algo incluso mucho mas peligroso, como un ataque al corazón, lo que bien puedo haberlas matado. Eso me hace sentir mucha culpabilidad y arrepentimiento.

Además, hay que decir que tuvimos suerte de que nadie nos denunciara, por que la policía pudo habernos detenido. Imagínate, que tremenda vergüenza para mí y mi familia; que injusto hubiera sido para mis padres pasar por una situación tan desagradable y vergonzosa, por culpa mía.

Pero, pensándolo bien, aunque a nadie le gusta ser descubierto faltando, y menos ser castigado, hubiera sido bueno que nos atraparan molestando a esas personas. Habríamos sentido un bochorno tan grande que ese hubiera sido el mejor castigo.

Me arrepiento sinceramente de esos pecados, y pido perdón a esas personas a quienes molesté. Por favor, tú también perdóname, hija adorada.

Te adoro mi princesa.

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Conductor inconsciente 

Hija, como has podido notar, algunas de mis muchas faltas han constituido acciones peligrosas que han podido causarme mucho daño, así como a otras personas.

Lo que te voy a contar hoy, aun después de tantos años me produce una gran vergüenza, sobre todo porque yo ya era adulto, y se supone que sabía perfectamente que lo que hacía era del todo incorrecto, inaceptable.

A los veinte años de edad ya yo tenía mi propio vehículo. Me lo compraron mis padres cuando cumplí los 18.

Es cierto que, normalmente, un carro es una pertenencia de gran utilidad para su dueño. En mi caso, por ejemplo,  me permitía ir a la universidad – que se encontraba relativamente lejos de la casa – cómodamente, haciendo más soportable los atascos de tráfico diarios. Además, como es lógico, me brindaba una enorme ventaja a la hora de planificar actividades recreativas.

Pero, también es muy cierto que, en las manos equivocadas, el carro puede convertirse en un vehículo de manejo imprudente y altamente peligroso.

En honor a la verdad, hija mía, no se me puede acusar de haber sido un conductor irrespetuoso de las leyes, o de haber conducido siempre de forma riesgosa. No. Al contrario, la mayor parte del tiempo procuré manejar con rectitud. Pero en esa oportunidad en particular, simplemente me dejé arrastrar por la insensatez; por el deseo de lucirme delante de mis amistades, de manera temeraria y estúpida.

Ese día, regresaba a la casa después de un paseo playero en grupo. Formábamos una caravana de 3 ó 4 carros. En el mío íbamos un amigo y yo. Después de salir de la carretera costera y entrar a la autopista, se nos ocurrió la pésima y lamentable idea hacer carreras, para ver quién llegaba de primero al final de ese tramo.

Recuerdo como si fuera ayer (tal vez por el remordimiento y el medio que siento al recordar) que yo, no conforme con acelerar a más de 120 km/h, me puse a adelantar a otros carros por el hombrillo, que es el área marcada a la derecha de la vía, donde pueden pararse los vehículos brevemente.

Mi linda, a tus 13 años ya sabes sobradamente que aquella irresposabilidad, aquella  estupidez del momento pudo haber provocado un accidente muy grave, una tragedia, a mí y a demás personas en la vía.

A la vuelta de unos años, cuando te llegue a ti el momento de manejar, por favor, ten siempre presente este desafortunado y grave error de tu papá.

Sé prudente, mi tesoro.

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Ladrón

Como sabes, mi linda, entre los actos más reprochables que he cometido en mi vida están un par de robos, y también los que más vergüenza me da confesar. Pero una cosa es que uno robe siendo un niño y otra muy distinta es que lo haga de adulto…

Esto que te contaré hoy es una de esas faltas vergonzosas. Tanto, que dudé mucho si contarla o no.

Durante el año que estudié en la antigua Unión Soviética (89-90), tuve la posibilidad de viajar por unas dos semanas a Francia y a la, entonces, Alemania occidental.

Por esa época, con 23 años de edad, me impresionó y me atrajo grandemente la libertad sexual que había en esa parte del mundo, con mucho material para adultos a la venta y a la vista.

A su debido tiempo, hija adorada, comprobarás por ti misma lo tremendamente inquietos, curiosos, que podemos ser los seres humanos a esa edad. Aunque esa inquietud no justifica en ningún modo la falta (más bien delito) que te contaré hoy.

Mientras paseaba por una calle parisina, me llamó la atención un kiosko que vendía revistas eróticas, de esas que tienen en la portada mujeres semidesnudas muy hermosas. Después de ojearlas, pensé en comprar una. Pero, de pronto, me pasó por la mente una de las ideas más infelices ideas que he tenido en toda mi exitencia: Robármela. Y así lo hice. ¿Por qué?

Insisto, hija mía, absolutamente nada justifica aquel robo de mi parte. Te explicaré mis razones sólo para que sepas qúe pasó por mi – al menos en ese momento – mente delictiva.

Uno, no quería desprenderme de un dinero que me haría falta durante el resto del viaje. Dos, vi que tanto la ubicación específica del kiosko en la calle, como la del vendedor dentro del mismo, me facilitarían el hurto.

Siempre he pensado que el arrepentimiento genuino va acompañado de acciones pertinentes. Y,  modestamente, creo que confesarte a ti y a mis amables lectores un acto tan condenable y bochornoso es algo bueno, sobre todo porque,  apartando lo difícil que me resultó esta confesión, lo hago para dejarle una enseñanza a mi amada hija y a otros niños y adolescentes que pudieran leer esto.

Hija, sabes que no soy religioso, pero en no poco casos, coincido con algunos preceptos provenientes del catolicismo (donde fui bautizado) y otras creencias según las cuales robar es un pecado muy grande. Así que, “no robarás”.

Una última cosa. ¿Te imaginas lo que me hubiera ocurrido si me agarran robando? Apartando los inconvenientes lógicos asociados a la detención, como la interrumpción del viaje, muy posiblemente de mis estudios, y el encarcelamiento, hubiera sido motivo de una inmensa vergüenza, para mí mismo, mi familia y mis paisanos venezolanos.

Mi tesoro, en verdad, tuve mucha suerte de que no me descubrieran robando aquella revista. Hubiera sido uno de los momentos más tristes, lamentables y humillantes de toda mi vida.

 

 

 

 

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