Teléfonos inteligentes y noctambulismo en menores

marzo 28, 2019

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Recientemente, fuimos consultados por unos amigos latinoamericanos de Tokio, sumamente preocupados porque su hija adolescente de pronto les manifestó que no quería seguir asistiendo a su liceo, donde ella estaba cursando el último año de la secundaria.

La preocupación de los padres estaba por demás justificada. La joven, que había iniciado con mucho entusiasmo en el instituto ( de su propia elección, por cierto), de un momento a otro comenzó a manifestar un fuerte deseo de salirse.

Mis amigos, como es lógico, estaban consternados, confundidos. Pero, el  súbito rechazo de su hija por el colegio no era el único problema. Comenzó a tener mal rendimiento académico, y era bastante difícil hacer que se levantara en las mañanas para asistir a clases. Aunado a eso, la joven tenía dificultad para explicar debidamente las razones de su repentina insatisfacción. De manera muy vaga, sin poder dar detalles concretos, su única explicación era que no entendía bien las clases de algunos profesores. Los padres, por su parte, temían que su hija pudiera estar siendo víctima de acoso escolar, o que tuviera algún otro problema personal serio, pero ella insistía en que no se trataba de eso.

Los padres, visiblemente afectados, me explicaron que un par de doctores que habían visto a su hija no habían podido determinar la causa , y que uno de ellos incluso sugería que se le recetasen medicamentos.

Así las cosas, mis amigos me pidieron que hablara con la joven. No perdíamos nada. La conozco desde pequeña; actualmente, nuestros esporádicos encuentros son muy cordiales y, de paso,  podemos comunicarlos en español perfectamente, todo lo cual  – pensamos – sería beneficioso. Ella, tal vez, se sentiría más relajada, menos presionada que si se tratara de un doctor.

Lo cierto es que tras conversar con la muchacha un par de horas, amenamente, logré determinar algo muy serio que ella no había querido revelarle a sus tratantes: Pasaba prácticamente toda la noche en vela, usando su teléfono inteligente. Como es lógico, le era humanamente imposible levantarse en las mañanas para ir a clases, y al no poder decirle a sus padres la verdad sobre esa indisposición matutina diaria, tuvo que inventarse la excusa de su inconformidad con las clases en general.

Para recuperar las horas de sueño perdidas, la somnolienta muchacha dormía durante la mayoría de sus clases, y al regresar a casa, sintiéndose aun adormilada, tomaba una larga siesta, tras la cual se levantaba totalmente recuperada y, en consecuencia, pasaba toda la noche despierta, pegada a su teléfono.

En un tiempo relativamente breve, debido su uso prolongado del móvil por las noches, la joven estudiante se convirtió en noctámbula, lo cual le alteró radical y traumáticamente su ritmo de vida normal, incluyendo sus estudios y demás actividades cotidianas.

Este modesto escrito, sobre una problemática que, actualmente, afecta a tantos millones de adolescentes en el mundo entero, sería incompleto si no nos referimos a la inmensa responsabilidad que tenemos los padres y adultos en general,  en tan alarmante situación.

Pero, la responsabilidad de nosotros los padres en éste y otros hábitos dañinos de nuestros hijos es un tema fundamental que requiere un escrito aparte. Así que hoy, para finalizar,  sólo les pediremos a esos ocupados y esforzados progenitores que por favor estén muy atentos; que supervisen y controlen el uso que dan sus muchachos a los teléfonos inteligentes, y así evitar situaciones que pudieran causarle daños graves en esa etapa adolescente, tan bonita y complicada a la vez.

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