Pegar no es educar, es humillar

enero 31, 2012

       Recientemente, en un supermercado de mi localidad, vi a una joven madre dando un palmada en la cabeza a su hijo de 2 ó 3 añitos, porque éste alcanzó una mercancía que colgaba próxima al coche, mientras ella esperaba en la fila para pagar. Por cierto, el niño tenía síndrome de down…

 En esas situaciones, generalmente me entrometo, pidiéndole a la persona (de la mejor manera posible) que no lo haga. Pero esa vez, la palmada no me pareció tan fuerte, así que me abstuve de intervenir. Después me arrepentí. Primero, por que esa madre claramente tiene el hábito de palmear al hijo; es un acto reflejo. Y si lo palmea con tanta tranquilidad en público, tal vez entre las cuatro paredes de su casa pudiera ser peor. Segundo, porque el niño tiene necesidades especiales, y requiere aun mayor comprensión y protección. Así que escribo estas líneas en pago por mi inoperancia, y como disculpa pública a ese pequeño y a otros en su situación.

Ya hemos abordado el tema anteriormente, y lo haremos las veces que haga falta. A los niños no se les pega. Punto.

La organización para la protección de los niños, Save The Children, define el castigo físico como “el uso de la fuerza causando dolor, pero no heridas, con el propósito de corregir una conducta no deseable en el niño”.

Según un artículo aparecido en la revista Ellos & Ellas, edición 347 (www.caretas.com.pe), en varios países del mundo el castigo físico es una práctica ilegal. Además, cita al psicólogo infantil César Estrella diciendo que nunca debe aplicarse el castigo corporal, y que éste es un método que todavía se utiliza por creer que cambia la conducta de los chicos más rápidamente, a diferencia del diálogo. El especialista explica que golpear a los hijos es, generalmente, una reacción de descontrol y rabia que se transforma en una conducta de abuso y prepotencia.

Pero, a pesar de las evidencias científicas contra los castigos físicos, hoy en día aun hay padres que piensan que “una buena nalgada” o “un buen bofetón a tiempo” no hacen daño y que son , al contrario, beneficiosos para educar a los hijos pequeños. Ahora bien, el problema no radica sólo en la intensidad del golpe. Se ha demostrado que cualquier forma de reprimenda corporal, sean palmadas, nalgadas, sacudidas, empujones, apretones, tirones de orejas o cabellos, pellizcos y cualquier otra forma de reprimenda física “leve”, por inofensiva que parezca, traerá consecuencias negativas en la vida del niño. Por ejemplo, los niños golpeados por sus padres tienden a crecer creyendo que tanto sus faltas como las de otras personas deben, necesariamente, ser corregidas con castigos corporales.

En el sitio www.wethecildren.com/spanish/spankingspanish.htm, leemos esto: “El niño aprende que la manera de resolver un conflicto es por medio del uso de la violencia.  Empujar, jalar, morder, patear y pegar son acciones realizadas por sus hijos como una manera de solucionar el problema… el niño puede convertirse en una persona violenta que incluso utiliza la amenaza y la represión en sus relaciones con otras personas”.

A lo expuesto anteriormente, hay que agregar la humillación a la que se somete a los niños cuando se les castiga físicamente. Sin importar cuan bienintencionada sea la acción de pegar a un hijo pequeño, al hacerlo se le degrada como persona y se le vulneran sus derechos de niño y de ser humano. Asimismo, la autoestima del niño se ve seriamente afectada.

Este artículo, www.guiainfantil.com/educacion/castigo/infancia.htm, nos dice al respecto: “El pegar no enseña, no educa, solo representa amenaza y sumisión a los niños. El castigo físico enseña al niño a tener miedo y a ser sumiso a tal punto de disminuir su capacidad para crecer como persona autónoma y responsable”. 

En el mismo artículo encontramos:

“Por qué pegan los padres a sus hijos

Existen muchos motivos por los que los padres recurren al castigo físico:

– Porque lo consideran oportuno para la educación de sus hijos

– Porque lo utilizan para descargar sus nervios

– Porque carecen de recursos suficientes para afrontar una situación difícil

– Porque no poseen las habilidades necesarias para conseguir lo que quieren

– Porque no definen bien las situaciones sociales en las que las emiten

– Porque no consiguen controlar sus emociones”

 Dada la desafortunada aceptación que, todavía en pleno siglo XXI, puede tener el reprender físicamente a los hijos, no estamos en posición de culpabilizar o condenar a aquellos padres que utilizan ese perjudicial método correctivo. Pero, como ciudadanos preocupados por el bienestar integral de todos los niños y de la sociedad en que vivimos, sí podemos instar a esos padres a que hagan una profunda auto evaluación de su proceder; que con mente abierta piensen en las razones que pueda haber detrás de tanta severidad hacia sus pequeños y amados hijos.

 

 

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“Hija, yo también me porté mal” (2)

enero 20, 2012

Mi tesoro, 

Cuando yo tenía como 5 años casi me lastimo muy fuertemente por estar jugando de manera peligrosa. Recuerdo muy bien que estaba sentado en la mecedora de mi abuela (la mamá de mi mamá)… pero antes de seguir, quiero decirte que esa mecedora era igual a la que hay en casa de tus abuelos japoneses, la que usa tu abuelito para ver televisión. Por cierto, cuando estabas recién nacida – un querube caído del cielo – y durante los próximos 6 meses, tu mamá y yo algunas veces te dormíamos con su plácido vaivén. Por ahí hay varias fotos donde te tenemos dormida en los brazos, mientras nosotros dormimos también. Y también recuerdo que tu abuelo venezolano (mi papá, el que aparece en la foto de la sala muy serio y elegante en su uniforme de coronel, y que como sabes murió ya hace unos 8 años) usaba también la mecedora que está en la casa de mi familia allá en Venezuela, para dormir a sus 3 nietos, hijos de mi hermana, tu tía. Recuerdo con muchísimo agrado que mi papá hizo eso con cada uno de sus adorados nietos por mucho tiempo, hasta que cumplieron 3 años de edad más o menos.

 Hija, sin querer, mira que historias bonitas salieron sobre mecedoras….

 Pero, a veces, las mecedoras también pueden ser peligrosas, sobre todo para los niños traviesos… Te contaba que estaba sentado en la mecedora de mi abuela. Bueno, de pronto comencé a mecerme muy duro, tanto que la mecedora se fue toda hacia atrás, y yo caí al piso aparatosamente, mientras emitía un fuerte grito, más por el gran susto que por otra cosa. Recuerdo que mi abuela llegó corriendo, muy asustada también. Pero al ver que no me había pasado nada, instintivamente me dio un buen regaño y una nalgada, por tremendo. Por cierto, hace años, cuando yo era chiquito como tú, la mayoría de los adultos pensaba que dar nalgadas a los niños (y otras reprimendas físicas) era correcto, pero ahora hay muchísimos, como papá y mamá, que piensan que eso no debe hacerse.  

 Mi preciosa, a esa edad, los niños hacen ese tipo de cosas peligrosas sin saber que son peligrosas. ¿Entiendes? Ningún niño quiere darse un golpe. Cuando juegan peligrosamente lo hacen sin pensar que puede pasarles algo malo. Yo, por ejemplo, estaba divirtiéndome mucho con el fuerte balanceo de la mecedora sin saber que aquel movimiento brusco podía voltearla, haciéndome caer violentamente.

 Gracias a mis ángeles guardianes, esa vez no me pasó nada, pero pudo haberme pasado. Por ejemplo, pude haberme roto un hueso, golpeado la cabeza, etc., y tú sabes muy bien lo malo que es eso.

 Así que, cuando estés jugando o haciendo cualquier cosa (sobre todo aquellas bruscas o difíciles para tu cuerpo), acuérdate de este cuento, y piensa si eso pudiera ser peligroso para ti o, también, puedes pregúntale a los adultos que están cerca de ti si puedes hacerlo.

 Juega mucho y cuidate mucho, mi corazón de melón.

 Papi


“Hija, yo también me porté mal” (1)

enero 8, 2012

Estimados Soleros,

¡Feliz y Próspero Año Nuevo!

Hoy, domingo 8 de enero de 2012, comienzo, entusiasmado, un nuevo proyecto editorial orientado a la educación de mi hija, y el cual espero poder mantener en el tiempo, mientras la vida me permita servirle de modesto guía. Esto con el fin último de que ella pueda ser una persona buena y feliz, más evolucionada que su padre, y capaz de contribuir con su granito de arena a la edificación de un mundo mejor. 

Como introducción general de los escritos que conformarán este trabajo usaré – temporalmente – el mismo texto de mi escrito anterior, “Hijo, yo también cometí faltas”, el cual, por cierto, será publicado igualmente por la revista latin-a, Dios mediante, en su edición de Febrero, en mi columna, Tu Sol. 

Deseando, humildemente, que esta idea pueda ser de alguna utilidad a otros niños y a sus padres, los invito a leer (después del texto introductorio) el primer escrito, en forma de anécdota, y les agradezco de antemano su muy su amable atención.

Ángel Rafael La Rosa Milano

 

“Hija, yo también me porté mal”

 Son muchos los cambios positivos que, en décadas recientes, se han producido en el modo de disciplinar a los hijos. Entre mi época infantil y mi actual fase de padre, percibo una diferencia importante, una evolución.

 Salvo por las lamentables excepciones que confirman la regla, podemos decir que en la actualidad los padres infligen menos castigos físicos a sus hijos. Hoy en día, entre otros métodos correctivos, se usa la reprimenda verbal acompañada de una “negociación”, es decir, si el niño comete una falta se le priva de hacer algo que le agrade mucho, por poner un ejemplo.

Y no es que mis progenitores hayan sido unos agresores (a excepción de dos únicas sesiones de “correazos” leves que recibí yo, y una amenaza no cumplida a un hermano de ponerle una inyección, no recuerdo ningún otro castigo corporal), sino que ha habido un natural avance en cuanto al respeto de los derechos de los niños como seres humanos en situación de vulnerabilidad. Y de haber sido padre en el tiempo de mis padres, supongo que yo tal vez habría recurrido a los mismas acciones disciplinarias que hoy rechazo.  

Pero nuestra responsabilidad y compromiso de padres son inmensos; nunca cesan. Tenemos que hacer un esfuerzo consciente y constante en mejorar, en bien de nuestros hijos y de toda la humanidad.

 Ha sido suficientemente demostrado que “enseñar con el ejemplo” es el medio más efectivo de inculcar a los hijos valores humanos que les permitan convertirse en hombres y mujeres de bien. Huelga decir que comparto plenamente este enfoque, el cual, permítaseme decir, aplicaron mis padres conmigo y mis hermanos. Y aunque no fueron perfectos (mi esposa y yo tampoco lo somos con nuestra hija), creo que el resultado fue satisfactorio y beneficioso para nuestras vidas.

Pero considero que ese valioso principio de educar a los hijos a través de nuestra conducta ejemplar puede ser mejorado aun más. A veces, cuando regañamos a nuestros hijos por una falta cometida, asumimos, consciente o inconscientemente, una postura de superioridad moral (distinta a la necesaria autoridad) que, primero, no se ajusta a la realidad, porque aunque seamos padres correctos, a la largo de nuestra vida cometimos y cometeremos faltas, algunas graves, y nuestros hijos al ser más puros e inocentes nos superan moralmente. Segundo, cuando nuestros muchachos descubran que tal superioridad no existe y que, por el contrario, somos imperfectos, pudieran llegar a sentirse defraudados y resentidos con nosotros.

 Ciertamente, recuerdo que siendo niño, algunas veces llegué a sentir cierta injusticia cuando se me llamaba la atención muy severamente, porque a pesar de aceptar mi responsabilidad, intuía que mis padres habían hecho cosas parecidas – o quizás peores – y sentía que eso debía hacerlos más humildes y comedidos con nosotros sus hijos al momento de reclamarnos algo e impartirnos disciplina.

Facilitémosle a nuestros hijos el proceso de entender que los padres, como humanos, somos imperfectos; hagámoslo de manera provechosa para todos. Si tenemos que reprenderlos, aprovechemos la oportunidad de explicarles que algunas vez cometimos errores similares, que trajeron consecuencias negativas. Digámosle, por ejemplo, que a esa edad nosotros a veces también nos portábamos mal; que cometíamos y todavía cometemos faltas; que no somos mejores que ellos; que somos iguales, pero que tenemos la obligación de hacerlos entender. Así, estaremos transmitiéndoles un mensaje muy valioso y conciliador, que ayudará a mantener un permanente clima de armonía en la relación padres-hijos, donde reinen el respeto y la confianza mutuos, aun durante esas situaciones tan indeseadas para unos y otros.

 A María Michirú

Hija querida, ahora te contaré algunas de esas “cosas malas” o, más bien, tremenduras que hice a tu misma edad…

Cuando yo era pequeño, y tenía como 4 años (uno menos que tú), hice algo malo. Pero, fue mi mamá (tu abuela), quien me contó lo que pasó, por que yo no recuerdo.

 Dice tu abuelita que un día me puse muy, muy bravo, porque ella y tu abuelito (mi papá) me castigaron por no hacer caso. Entonces, me puse a saltar sobre un bonito “Cuatro” de juguete que yo tenía y quería mucho (el cuatro es el instrumento de cuerdas de Venezuela), hasta que lo rompí todo, dejándolo convertido en puros pedacitos de madera.

 Aunque no puedo acordarme de eso, guardo una foto de aquellos días, en la que estoy “tocando” el cuatro, con cara de angelito, muy sonriente.

 A veces, cuando los niños se ponen tan pero tan bravos es porque sienten que los padres no los entienden o están siendo muy duros con ellos. Y como son pequeños y no saben decir muy bien lo que piensan (además, aunque no quieran tienen que hacer lo que digan papá y mamá), su forma de decirlo es llorando, gritando o también haciendo cosas bruscas.

 Pero, tú sabes que los padres tienen que enseñar a sus hijos todo el tiempo. Algunas veces poniéndoles castigos que los hijos no siempre entienden y los hacen sentirse tristes o bravos.  

 Romper aquel bonito cuatro fue muy mala idea, porque me quedé sin mi juguete musical preferido, lo que me hizo sentir muy arrepentido y triste por varios días. Y mis padres, además del castigo por lo que había hecho antes, me pusieron otro más por romper algo tan importante y bueno para mí.

 Pero lo importante, mi preciosa, es que sepas que, yo también, como tú y como todos los niños del mundo, me portaba mal de vez en cuando, y mis padres también me regañaban haciéndome sentir mal. Yo quisiera que tú, aunque tienes que aprender por ti misma, pudieras aprender también de mis muchos errores, para que tengas menos problemas cada día, y puedas estar feliz mucho tiempo seguido.  

 Dios te bendiga hoy y siempre, mi bellísima, y me ayude a ser un buen padre para ti.

Tu Papi