Hija, yo me porté mal (18)

agosto 20, 2020

Desde niño y hasta el día de hoy, mi carácter sociable y adaptable me ha permitido tener muchos amigos. Sobre todo en mi años juveniles llegué a pertenecer a varios grupos. Algunos muy distintos entre sí: Ddesde los deportivos, pasando por los musicales, hasta los eminentemente fiesteros. De entre todos esos grupos, hubo uno que influyó muy marcadamente en mí, formado principalmente por amigos de mi localidad, con quienes compartía todo tipo de intereses, especialmente los deportes, los paseos y las fiestas. Aunque, en realidad, tanto las actividades deportivas como las aventuras ¡siempre terminaban en fiesta! Junto a ellos disfruté, por largos años (con algunos todavía mantengo una estrecha amistad), momentos muy felices.                                                                                                             Pero, tener tantas amistades, si bien es algo bueno para cualquiera, también tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, uno no siempre conoce bien a las personas con quienes comparte ocasionalmente. De hecho, varias veces coincidí con amigos varones quienes, aunque normalmente eran bastante agradables, en algunas situaciones específicas – interactuando con otras personas o grupos – se volvían altamente agresivos, de un momento a otro, provocando conflictos, como peleas a golpes, por ejemplo, que podían llegar a ser muy peligrosas para los involucrados.                                                        De por qué eso ocurría te hablaré más detalladamente otro día, hja. Hoy sólo te diré que, en muchos casos, las personas violentas traen ese problema desde su infancia, por condiciones negativas existentes en su núcleo familiar. Aunado a eso, estando en grupo, en una posición de poder, se sienten más apoyados y más fuertes, para mostrar su agresividad.        Me vienen a la mente un par de situaciones violentas, muy lamentables.   En ocasiones, formábamos grupos de más de veinte personas, entre hombres y mujeres, repartidas en unos 5 vehículos, y salíamos a pasear, generalmente los fines de semana por la noche. A veces, teníamos un plan determinado, pero, otras veces, simplemente nos dábamos a la tarea de deambular por ahí, sin rumbo fijo.                                                          Recuerdo que en una de esas salidas, se presentó un altercado entre el “líder” del grupo, quien manejaba el carro que iba al frente de la “caravana”, y el conductor de un taxi, por no sé que problema ocurrido en un cruce de la vía. Lo cierto es que el mandamás de la expedición, luego de una breve y acalorada discusión verbal con el señor taxista, echó mano de una gruesa cadena que guardaba en su carro, y procedió a destrozar el parabrisas del taxi. Huelga decir que huímos de la escena inmediatamente. Piensa un momento hija mía, en lo que hubiera ocurrido si el otro conductor hubiera reaccionado con igual violencia…                                   Otro día, que iba con otro grupo grande entrando en cambote a una fiesta en un edificio del sector, el jéfe de turno tuvo un cruce de palabras con uno de los presentes que se encontraba en la entrada. No habíamos cruzado la puerta, cuando comenzó un forcejeo entre ambos, que se volvió una pelea a golpes, la cual a su vez escaló rápidamente hasta convertirse en una trifulca general entre nosotros y los demás invitados, en medio de la calle.       Debes saber, mi linda (sin querer librarme de la responsabilidad que me corresponde), que en esos casos, mi reacción natural siempre era tratar de controlar, a toda costa, a los individuos violentos, para evitar problemas graves. De hecho, esa vez en particular, traté de impedir que uno de mis compañeros lastimara seriamente a otro muchacho con un bate de beisbol. Aunque, desafortunadamente, llegué después de que el agresor lo golpeara muy fuerte, y éste debió ser llevado al hospital.                                       También quisiera aclararte que mi rechazo a la violencia y a los conflictos en general me hizo apartarme gradualmente de los integrantes del grupo que consideraba problemáticos, y me limité a compartir sólo con aquellos quienes, al igual que yo, tenían una actitud más pacífica y concienzuda. Preciosa, en casos comos los que te meciono, mi falta no consistió en ser violento, es cierto, pero sí me recrimino a mí mismo, aun hoy, el no haber sido más frontal y contundente con aquellos amigos violentos. Es cierto que no pocas veces expresé públicamente mi preocupación sobre esas conductas grupales, prácticamente gansteriles, pero, mi postura fue más bien timorata y débil. También es verdad que no es nada fácil enfrentarse a un líder controlador y a sus seguidores, pero insisto, me faltó valor para hacerlo, y hoy me avergüenzo y arrepiento sinceramente de ello.


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Arepa con queso amarillo

agosto 10, 2020

Pasé el domingo y el lunes contándole a familiares y amigos en Venezuela y en todo el mundo que, el sábado, tuve la inmensa dicha de comer arepas (después de varios años sin poder hacerlo), ya que una empresa peruana radicada en Tokio está importando nuevamente la Harina P.A.N. a Japón. Valga acotar que tanto mi hija como mi esposa japonesas también se desviven por comerlas, y siempre que tenemos la oportunidad es motivo de fiesta.                                                                                                                            En una de esas conversaciones, mientras mi interlocutor y yo nos dábamos a la tarea de enumerar la infinidad de productos con los que rellenábamos las arepas en la otrora Venezuela de abundancia, me acordé de la predilección de mi difunto padre por el queso amarillo, que, si mal no recuerdo, era uno de los más baratos entre la gran y deliciosa variedad de quesos existente en mi país. Por eso, para satisfacción de mi papá, en la casa frecuentemente había queso amarillo para sus arepas. A mí y demás miembros de la familia también nos gustaba,y de tanto en tanto lo comíamos gustosos, pero sin llegar al grado de “manía” de mi papá.           Me hace mucha gracia recordar la “fijación” de mi progenitor por el queso amarillo. Cuando se nos presentaba la feliz ocasión de ir juntos a una arepera, todos teníamos dificultad para elegir entre tantas opciones deliciosas; todos aprovechábamos para saborear algo especial, diferente a los sencillos rellenos que comíamos ordinariamente en casa. Todos menos mi papá, quien, sin dejarse seducir por la exuberante gama de manjares ante sus ojos, invariablemente, se decidiría por su insustituible arepa con mantequilla y queso amarillo.


Cuarentena Musical: Copla llanera venezolana

agosto 6, 2020


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