“No soy de aquí, ni soy de allá”

junio 28, 2010

 

Así dice una canción mundialmente famosa del cantautor argentino-platense Facundo Cabral. Y continúa: “no tengo edad ni porvenir, y ser feliz es mi color de identidad”. Pero no es de esa joya musical  (y filosófica) que hablaré hoy. Sólo me robé la frase como punto de partida de este escrito.

 Recuerdo que cuando niño yo estaba convencido de que mi país, Venezuela, era mejor que los demás países del mundo, en todos los sentidos. Conclusión ésta muy lógica teniendo en cuenta mi ignorancia de entonces en materia internacional. En mi limitada visión infantil, mi país era el más grande, bonito, moderno, próspero; el más chévere, en definitiva.

 No hay nada de particular en eso. Nos pasa a todos los niños. Y a medida que vamos creciendo, crece nuestro conocimiento de otras latitudes, y también nuestra modestia, en el contexto mundial. En términos matemáticos diríamos que a mayor información sobre el mundo, menor es nuestro etnocentrismo. Es una relación inversamente proporcional. Pero esta no es una ley absoluta, sino una teoría relativa, porque bien podemos envejecer creyéndonos “más” que otros pueblos y sus culturas. Y como hemos sostenido reiteradamente, una actitud etnocentrista muy acentuada disminuye signifcativamente los potenciales beneficios de nuestras relaciones interculturales, con nuestros similares latinoamericanos y de otras regiones.

 Mi infancia y adolescencia transcurrieron durante los años de “la Venezuela saudita”, cuando nos situamos entre las economías más robustas del continente, convirtiéndonos en una especie de “Meca económica”, para cientos de miles de hermanos de la región en busca de mayores oportuniades. Entonces, como es la norma en estos procesos migratorios, la gran  mayoría de nuestros huéspedes llegaban para desempeñarse en las labores más modestas dentro de la escala socio-económica venezolana. Era muy común, por ejemplo, que las familias de clase media y alta emplearan a inmigrantes de países vecinos como personal doméstico. En mi propio hogar, esa costumbre se mantuvo por muchos años. Aunque, después, cuando se nos esfumó en el aire la burbuja económica, a los venezolanos nos correspondió también ir a tocarle la puerta a nuestros vecinos.

Pero lo que quiero resaltar es que a pesar de las enseñanzas familiares de respeto y amor hacia nuestros semejantes, mi reducida percepción del mundo y de la vida en general me hacía tomar erróneamente el factor económico como único parámetro para compararnos con otras naciones hermanas. Sólo con el tiempo, fui observando y aprendiendo que nuestros países vecinos y todos los que pueblan la tierra son grandes y valiosos por igual, sin indicadores estadísiticos que valgan.

 Para mí, la experiencia japonesa ha sdio determinante para combatir cualquier resabio etnocentrista que pueda quedarme, y para reforzar convicciones de igualdad y fraternidad con todos los pueblos latinoamericanos. Es normal que de tanto en tanto yo todavía incurra en generalizaciones cultrales banales, pero procuro estar cada vez más alerta ante cualquier asomo de etnocentrismo, enfocándome en las muchas virtudes de esos países amigos, en aras de una relación intercultural cordial y fructífera.

En Japón, he compartido muchas experiencias importantes con latinos de distintas nacionalidades. Desde arduas tareas físicas en la fábrica, hasta actividades educativas en la universidad. Y en la parte artística específicamente he sido mexicano, peruano, colombiano y cubano, por ejemplo. ¡A mucha honra! Además, me jacto de tener buenas amistades de cada rincón de Latinoamérica.

 Hoy en día, cuando pienso en la palpitante comunidad latinoamericana de Japón; en sus venturas y desventuras, siento que pertenezco a ella realmente; siento – como dice la canción – que no soy de aquí, ni soy de allá, y que con todo lo que amo a mi madre patria Venezuela, me fundiría sin dudarlo con todos y cada uno de los hermosos pueblos que conforman nuestra gran América Latina.

Ángel Rafael La Rosa Milano

El sol brilla siempre dentro de ti”

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Venezuela en la Universidad Rikkyo

junio 24, 2010

 

¡Hola familia!

Me complace muchísimo informarles que ayer, miércoles 23 de junio,  di una charla sobre mi país en la Universidad Rikkyo de Tokio (english.rikkyo.ac.jp). Titulada “Venezuela en su música tradicional”, la exposición fue posible gracias a la por demás gentil invitación que me extendiera la renombrada psicóloga, profesora de español de dicha institución y mi amiga, la Dra. Irma Miwa.

Tuve oportunidad de impartir la charla a dos cursos, por separado. Uno de nivel intermedio y otro de nivel avanzado. Vale destacar que en el segundo grupo participaron simultáneamente alumnos tanto de la Dra. Miwa como de la “archiconocida” profesora Marcela Lamadrid (www.marceinternational.jp). Huelga decir que fue un altísimo honor y un inmeso placer para mí compartir con damas tan encantadoras, profesionales de altos quilates. A ellas mis más sinceras gracias por la valiosa experiencia, así como por sus muchas atenciones.

Igualmente, estoy profundamente agradecido con la muy prestigiosa Universidad Rikkyo y su excelente departamento de español. Y merecen mi agradecimiento especialísimo todos y cada uno de los estudiantes participantes, porque ellos fueron la razón de ser de la charla, y por estar estudiando mi lengua materna.

¡Mil Gracias!

 

Ángel Rafael La Rosa Milano 

“El sol brilla siempre dentro de ti”


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ

junio 20, 2010

“La piedra en el zapato”

(Esto lo publiqué originalmente el 11 de febrero de 2013, cumpleaños de mi difunto padre)

Es verdad que a lo largo de toda su carrera militar mi padre se caracterizó por ser un subalterno “contestón”, especialmente con los superiores “arbitrarios e inmorales”, según decía él mismo cuando me echaba los cuentos sobre su vida en los cuarteles. Pero, también es verdad, como fui entendiendo yo con el tiempo, que aquella rebeldía característica suya era expresión de la solidez de sus valores humanos y castrenses. Testarudo defensor de la justicia, dentro y fuera del ámbito miliciano, nunca permitió abusos ni humillaciones de cadetes u oficiales de mayor rango, lo que le valió, sobre todo durante sus años de escuela, numerosos castigos, incluidas unas cuantas entradas al calabozo. Esto lo recordaba él con jocosidad y cierto orgullo.

De origen humilde, mi padre nació en Carúpano, en el Oriente venezolano, y se trasladó, con bastante sacrificio, a la capital, Caracas, para cursar estudios de secundaria, al término de los cuales decidió ser militar y abrazó la carrera de las armas con total devoción. Así lo demuestra su desempeño tanto en la antigua Escuela de Formación de Oficiales de la Guardia Nacional (EFOFAC), como en sus años de oficial.

En el último año de la escuela, llegó a ser el segundo más destacado de su promoción, obteniendo la jerarquía de Alférez Auxiliar, sólo por debajo del Alférez Mayor (en su curso, conformado por más de 100 alumnos, había sólo 2 ó 3  Alf. Aux.); en los años posteriores, desde el grado de Subteniente hasta el de Teniente Coronel, o “Comandante” (unos 20 años) estuvo invariablemente entre los primeros de su promoción.

Tras su ascenso a Teniente Coronel, le asignaron el comando de un destacamento encargado de la custodia de algunas empresas e instituciones localizadas en la región capital. Cargo de cierta relevancia dentro de la oficialidad de la Guardia Nacional, por la importancia estratégica de dichas instalaciones. Valga decir que, en todo el tiempo que estuvo frente al “destacamento industrial”, lo vimos muy entregado a su trabajo, como siempre. Recuerdo que, entre otras tantas acciones positivas propias de su carácter visionario y emprendedor, remodeló el casino y fundó una pequeña biblioteca, “para que soldados y oficiales puedan pasar su tiempo libre de manera más constructiva”, como él mismo explicaba.

Pero ocurrió que vino el Curso de Estado Mayor, el cual fue una experiencia no muy positiva para el Comandante La Rosa. Sus calificaciones finales fueron mucho más bajas de lo esperado. Mi padre se lo atribuiría a “antiguos enfrentamientos con la superioridad”. De hecho, en su ascenso a Coronel, para sorpresa de muchos, él no ocupó un puesto destacado en la lista.

Sin embargo, el ahora Coronel La Rosa no permitió que aquella situación lo amilanara. Al contrario, desempeñó todas y cada una de las funciones asignadas (por modestas que estas fueran) con su espíritu militar de siempre y su proverbial entusiasmo para el trabajo; siempre buscándole el lado bueno a todo.

Así las cosas, mi padre cumplió su período de Coronel, pero, por primera vez en su carrera, no fue promovido a la jerarquía superior, el tan anhelado generalato.

Tuvo dificultad para asimilar aquel “tropiezo”, puesto que él consideraba que durante sus 4 años de Coronel había hecho méritos más que suficientes para ser General. Sintió tal frustración, que llegó a plantearse muy seriamente el dejar de inmediato las fuerzas armadas, su entrañable Guardia Nacional.

En nuestras conversaciones de aquellos días difíciles para él, mi papá sugirió que algunos superiores (para aquel entonces generales influyentes) le estaban “cobrando viejas deudas” por diversas situaciones donde él los había enfrentado directamente, bien en protesta por alguna arbitrariedad en su contra, o bien en reclamo por  ciertos procederes que, en opinión de mi padre, eran del todo incorrectos.

Aunado a eso, mi padre, aunque dotado de una personalidad muy cálida y cordial (muchos compañeros de armas, amistades y familiares – yo incluido – lo vieron siempre como un “perfecto caballero”), no era muy dado a la práctica de las relaciones públicas (salvo cuando se trataba de personas u organizaciones que compartieran sus intereses filantrópicos. De hecho llegó a ser presidente del Rotary Club de San Antonio de Los Altos. Aunque debo decir que a él no le importaba tanto el prestigio de esa presidencia como la gran oportunidad que le brindaba de servir a la comunidad); más aun, se opuso siempre al “amiguismo” y al “compadrismo”, especialmente dentro de las fuerzas armadas. Y eso pudo haber influido en que algunos compañeros, superiores y subalternos lo percibieran, desde sus años en la escuela, como un tipo algo incómodo, como un outsider.

Con esto no estoy sugiriendo, en ningún momento, que en las fuerzas armadas venezolanas no haya personas que logren sus ascensos por méritos propios. Pero todos sabemos lo mucho que ayudan las relaciones sociales en esos altos niveles profesionales castrenses. Es mucho lo que hay en juego…

Lo cierto es que un día, cuando le pregunté que había decidido hacer al respecto, me dijo estas palabras: “Estoy tan arrecho y desilusionado con la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas en general, por esta injusticia, que estuve a punto de pedir la baja como muestra de mi repudio, y sobre todo porque sé que me están perjudicando expresamente. Pero después de meditarlo mucho, de consultarlo con Dios, entendí que si yo quiero combatir realmente esas irregularidades, hago mucho más desde adentro que desde afuera. Es más, después de tantos años, tengo la responsibilidad de quedarme y enfrentarlas. También entendí que mi rabia no es contra la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas, como instituciones, sino contra unos carajos perjudiciales que pretenden apoderarse de ellas, y arrebatárselas a quienes, como yo, sentimos que nos pertenecen, con todo derecho. Así que no les voy a dar el gusto de irme y dejarlos tranquilos, haciendo lo que les da la gana, en perjuicio de mi Fuerza. Me voy a quedar. Les voy a dar la razón sobre que soy un tipo incómodo, voy a ser “la piedra en el zapato” de esos carajos por los próximos 4 años…”

Al iniciar su “segundo período” de Coronel, mi papá aceptó – con mente positiva como siempre – su nuevo cargo, aunque sospechando que se lo daban porque lo consideraban de muy bajo perfil, poco relevante y hasta aburrido: Oficial de Enlace entre el Ministerio de la Defensa y el Ministerio del Ambiente.

Pero, como me diría el mismo, ellos no sospechaban que más bien lo estaban premiando, ya que mi padre siempre fue un ambientalista. Desde niños nos inculcó a mí y a mis dos hermanos el amor y el cuidado por la naturaleza. También recuerdo claramente el entusiamo y la energía que desplegaba en las campañas voluntarias conservacionistas, durante sus años en el Rotary Club. Así que lo estaban colocando más bien en una posición privilegiada, estratégica, para contribuir con el desarollo, soporte, coordinación, etc., de proyectos ambientalistas a nivel nacional. Posiblemente, algunos jefes pensaron que aceptando ese cargo tan “administrativo” se marginaría a sí mismo, pero, en cambio, mi papá, un “guardia forestal” hasta los tuétanos, se sintió en el lugar perfecto.

De esa forma transcurieron los últimos años de la carrera del Coronel La Rosa (como se refería y todavía se refiere a él mucha gente por cariño y por respeto): tranquilo, satisfecho, desempeñando una labor que lo apasionaba.

Aun puedo verlo y escucharlo hablando enérgico y emocionado sobre su trabajo, sus ideas, sus sueños. Por ejemplo, un día me contó que tomó acciones contra un contrabando de madera supuestamente encabezado por un general…

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Terquedad beneficiosa

(Publicada originalmente en mi blog “El guachimán”, el 11 de febrero de  2011, en el cumpleaños de mi difunto padre)   

Podría decirse que es una ley de la vida que mientras nos vamos haciendo mayores menos tiempo pasamos con nuestros padres. Y si bien yo no fui la excepción de esa regla, de vez en cuando me proponía compartir actividades con mi papá, con el claro propósito de disfrutar de su irreemplazable y gratificante compañía paterna.

En una oportunidad, le pedí que me acompañara a un viaje de negocios. Para ese entonces yo no tenía empleo fijo, y se me ocurrió vender tambores de Gaita y cuatros (la Gaita es un género musical tradicional venezolano, originario del del estado Zulia, tocado mayormente en diciembre. El Cuatro es el instrumento nacional de Venezuela. Como su nombre lo indica tiene 4 cuerdas), en una de las ferias navideñas que tradicionalmente funcionaban en San Antonio de Los Altos, bonita y apacible ciudad montañosa del estado Miranda, donde viví con mis padres y hermanos por casi 30 años.

 Mi plan consistía en ir a comprar los instrumentos a Barquisimeto, capital del centro-occidental estado Lara, y conocida como la “ciudad de los crepúsculos” y la “capital musical de Venezuela”. Allí se fabrican instrumentos de excelente calidad, y debido a las muchas fábricas y tiendas existentes, también se consiguen excelentes precios.

Iríamos en uno de los carros de la familia. Esos viajes solo con mi papá siempre eran interesantes de muchas maneras. Durante el recorrido (nos alternábamos al volante), hablábamos de muchas cosas, sobre todo de las menos conversadas en casa. Y además de ser aventureros por naturaleza, compartíamos una especie de flexibilidad, una tranquilidad que nos permitía tomar decisiones y hacer modificaciones al plan, sobre la marcha, lo que hacía la experiencia aun más placentera y provechosa. También discutíamos mucho; a veces bastante fuerte. Pero en esos casos, al final siempre prevalecía nuestro profundo deseo de compartir; nos “sacudíamos” la rabia rápidamente, ya que estábamos conscientes de que esos viajes juntos eran momentos irrepetibles cuya razón de ser eran el disfrute y la comunión padre-hijo.

Volviendo a los instrumentos, les cuento que en nuestro último día de compras en la pintoresca ciudad crepuscular y musical, fuimos a una tienda especializada en cuatros.

Para aspirar a obtener ganancias vendiendo instrumentos en una feria decembrina popular, estos tenían que ser económicos, de mediana calidad. Así se lo hice saber al encargado, pero, este, queriendo “pasarse de vivo”, incluyó en el grupo unos cuantos de calidad inferior. La prueba de sonido la hizo “por encimita”, a la carrera, y yo no quedé muy satisfecho. En efecto, le comuniqué a mi papá que no los compraría y que revisaría otra tienda. Pero él, un alma caritativa – hasta con los vendedores truculentos – me insistió y me convenció de que los comprara.

Así las cosas, regresamos a San Antonio “felices y contentos” con nuestro cargamento musical y con la aventura vivida. Vale destacar que nos las ingeniamos para conseguir tiempo de hacer turismo en algunos de los lugares más emblemáticos de la región.

Pero, mis temores sobre la dudosa condición de algunos de los cuatros se confirmaron: eran muy elementales; sólo permitían tocar unos pocos acordes básicos. Con esto no pretendo en modo alguno desprestigiar a sus fabricantes. Ellos hacen instrumentos para todos los “bolsillos” y usos, incluidos los muy sencillos adquiridos por mí con mi limitado presupuesto. Pero, se supone que el cliente sabe exactamente lo que está comparando. Así que aunque aquel comerciante nos “metió gato por liebre”, la responsabilidad fue nuestra por haber aceptado.

Pero, eso no es lo más relevante del cuento.

Una vez concluida la feria navideña, 10 cuatros “se quedaron fríos”, como decimos en Venezuela cuando una mercancía no se vende. Precisamente los de menor calidad. Yo sí le permitía a los clientes probarlos con calma, y ellos, a su vez, no eran tan caritativos como mi padre…

Tampoco esto es lo más importante de la historia.

 Tras varios meses de tener los cuatros “fríos” guardados, sin saber qué hacer con ellos, se me ocurrió donarlos a un centro cultural comunitario de la ciudad, presidido en ese entonces por un buen amigo de la familia. No hace falta decir lo contento que se puso mi papá al saberlo. Muchos niños pequeños y de escasos recursos se beneficiarían con la idea. De hecho, decidí compartir esta anécdota porque hoy, a la distancia, entiendo claramente que así tenía que ser; a eso fui a Barquisimeto con mi amado papá y tocayo, Ángel Rafael La Rosa, a comprar unos cuatros de calidad regular, pero que en las manos de aquellos niños humildes seguramente fueron joyas.

Todo comenzó con la proverbial terquedad de Ángel La Rosa… Gracias papá. ¡Feliz cumpleaños! Tu alma noble y generosa descanse en paz.

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Esposo respetuoso

En una cultura como la nuestra que, hasta hace poco, prácticamente le rendía tributo al machismo, un hombre cien por ciento fiel a su mujer era una rareza.

Lo paradójico es que, como aprendería yo con los años, las propias mujeres latinas, en mayor o en menor grado, contribuían a la existencia de esa mentalidad machista en la sociedad.

Por favor, relean lo que escribí. No estoy sugiriendo – ¡ni por equivocación! – que las féminas sean las responsables, sino que, por prácticas culturales muy arraigadas, ellas, en general, eran parte activa del problema.

Pero, este escrito no es una disertación sobre el machismo y sus causas, sino una reflexión muy ligera y anecdótica sobre la conducta de mi difunto padre en relación a ese aspecto en particular.

Algo que aún le agradezco a él, profundamente, es el respeto que, estando conmigo, siempre mostró hacia mi madre. De acción y de palabras. Creo que es un rasgo admirable.  De tanto en tanto, me esfuerzo en encontrar en la memoria algún detalle, algún desliz, algún pequeño error… y nada.

No es poca cosa, considerando lo normales que eran esas conductas sexistas a mi alrededor, durante mis años infantiles y juveniles.

Ahora bien, si mi papá le fue siempre fiel a mi mamá, eso no lo sé. Quisiera creer que sí, pero ni siquiera por él puedo “meter las manos en el fuego”. Lo único que puedo asegurar, insisto, es que en mi presencia – y en ausencia   de mi mamá – permanentemente se condujo con el más absoluto respeto.

La fidelidad siempre ha sido algo sumamente importante para mí (tanto que, para no incurrir en falta, apartando las relaciones pasajeras, sólo he tenido dos novias formales en mi vida: mi primer amor y mi esposa), por eso me haría inmensamente feliz si mi papá fue honesto con mi mamá. Pero, el sólo hecho de que en tantos años, en infinidad de momentos padre-hijo, él haya sido un esposo tan respetuoso, caballeroso, ejemplar, lo hacen merecedor de mi admiración, mi respeto y mi agradecimiento eternos.

Querido papá, gracias miles por tan valioso ejemplo. Ahora es mi turno de ponerlo en práctica.

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“La contradicción en pasta”

(Publicada en abril de 2016)

Esta anécdota, de cuando fui con mi papá al mismísimo Dodger Stadium a ver a los mismísimos Dodgers de los Ángeles, la recordé hoy (jueves, 1 marzo, 2016), precisamente mientras veía un juego de Grandes Ligas por televisión.

Eso fue por allá por el 77, si no me equivoco. A mis 11 años. Entonces, mis padres y los 3 hermanos estábamos pasando las vacaciones escolares de julio-agosto junto a una entrañable tía materna y su esposo, quienes, por aquellos días, residían en California por motivos de estudio.

Para venezolanos aficionados al beisbol como mi papá y yo, aquella era, definitivamente, una actividad obligatoria dentro del plan vacacional.

Pero lo que quiero resaltar de aquella bonita experiencia no es el tremendo juego de pelota que vimos (Dodgers vs. Astros, incluida la emocionante aparición del legendario hitiador venezolano Víctor “Vitico” Davalillo), sino el proverbial carácter contradictorio de mi padre, el cual, durante el partido, salió a relucir en todo su esplendor. Ese mismo carácter que lo empujaba a librar innumerables batallas “solo contra el mundo”; el que lo hacía responder automáticamente “no” a una petición de sus hijos (aunque nosotros esperábamos tranquilos a que un minuto después nos diera su aprobación); el que, en ocasiones, exasperaba a mi mamá de tal forma que la hacía decirle: “¡Ángel La Rosa, tú eres la contradicción en pasta!”

Pero, aquel temperamento contradictorio que, elevado a su máxima expresión, causaba no pocas molestias a la gente, podía ser también, en muchos casos, motivo de diversión para los involucrados, como, en efecto, ocurriría aquella vez.

En uno de los más grandes templos del beisbol, el legendario Dodger Stadium, atestado de furibundos seguidores, y donde los amos y señores de aquel feudo se batían en duelo con uno de sus más asérrimos rivales de entonces, a mi padre se le ocurrió la original idea de ¡hacerle barra a los Astros de Huston! Así mismo como se lo estoy contando.

Algo preocupados, mi tío político y yo le pedíamos repetidamente a mi papá que moderara su efusividad, pero, al final, aquel temerario comportamiento resultó tan cómico que nos hizo reír muchísimo, ¡y a los fanáticos angelinos que nos rodeaban tambien!

Como Ustedes imaginarán, mi ocurrente padre en realidad no era ni remotamente fanático de los Astros. Por el contrario, él simpatizaba con los Dodgers porque eran un equipo popular en Venezuela, por la presencia del Venezolano Davalillo, y porque ese año eran fuertes candidatos a llegar a la Serie Mundial, como efectivamente lo harían.

Ese día mi papá sencillamente vio la oportunidad perfecta de divertirse y divertir a los demás llevándoles la contraria. ¡Y lo logró con creces!

Bendición papá. Siempre gracias por tantos bonitos recuerdos.

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Todo un tenor… en la ducha

Para todos los felices y orgullosos papás del mundo, ¡FELIZ DÍA DEL PADRE! (2012) 

SÍ alguien personifica cabalmente eso de “cantar bajo la ducha” es mi difunto padre. Incapaz de cantar en público por su timidez para lo histriónico, se transformaba en todo un tenor a la hora del baño.

Singing in shower

Y, en honor a la verdad, además de su carácter reservado, tenía cierto “problema de oído”. A mi papá le resultaba sencillamente imposible cantar “sobre” una canción determinada. Siempre que trataba de seguir una (tenía que gustarle demasiado para atreverse a hacerlo con gente cerca) o se atrasaba o se adelantaba mucho, por lo que al final la música iba por un lado y él por otro. Ni hablar de cantar solamente con el acompañamiento musical. En los 37 años que vivimos juntos, ¡lo vi haciendo eso sólo una vez! Pero esa anécdota merece un escrito aparte, otro día.

 Como digo al principio, aquel tipo más bien discreto, bajo la regadera se volvía un señor cantante. Y es lógico, porque su problema era únicamente con el ritmo, no con la melodía. Por el contrario, era bastante melodioso y, paradójicamente, tenía una tremenda voz de barítono, muy bien timbrada. O sea que en la privacidad de las cuatro paredes del baño, sin las ataduras rítmicas que le imponían los temas grabados, mi papá se soltaba a cantar libremente, a sus anchas, ofreciéndonos frecuentes y memorables conciertos.

Recuerdo que un buen día, comenzó a cantar también en la cocina. Él y yo éramos los lavaplatos oficiales de la casa, sobre todo por las noches y fines de semana, cuando no estaba la Señora María, nuestra entrañable doméstica. Así que a veces mi papá se ponía a fregar poco después de la cena, a la hora en que todos nos retirábamos a nuestras respectivas actividades del final del día, porque sabía que se quedaría solo en la cocina por un buen rato, el suficiente para uno de sus recitales.

Pero este recuerdo tan grato es apenas la introducción de la anécdota paterna que quiero contarles hoy.

 Una tarde, al regresar a la casa, de mis clases en la universidad, recibí una de las mayores y más gratas sorpresas de toda mi existencia. Mientras subía las escaleras para dirigirme a mi cuarto, escuché al cantante lírico Angelo Rosi (por el parecido con Ángel La Rosa) en una de sus interpretaciones habituales. Esto no tendría nada de particular, excepto porque estaba cantando una canción compuesta por mí. Nunca imaginé que algo así pudiera ocurrir: ¡Mi papá cantando una de mis canciones! de principio a fin, con la misma gracia y el mismo entusiasmo que cantaba otros tantos temas de su predilección. “¿En qué momento se la había aprendido?”; “No sabía que le gustara tanto”; “la canta como si la conociera desde siempre”; “ojalá yo tuviera esa voz”; “Escuchar mi canción en ese estilo mezcla de Sinatra con Sadel es alucinante”; “que increíble sorpresa”; “le agradezco con todo mi corazón”…

(Aquí pueden ver el video Youtube de esta canción)

No me había recuperado de la impresión y de la tremenda emoción que me produjo aquel momento, ¡cuando mi papá comenzó a cantar otra composición mía!

(Aquí está el video YouTube de esta otra canción)

Si al recordar y escribir esto lloro. Naturalmente. Imagínense, amigos, lo que sentí ese día. Sobran las palabras…

Mi amado padre no era la persona más expresiva a la hora de mostrarnos sus afectos, pero con gestos como el de aquel día inolvidable nos decía todo y más. Esa tarde, durante uno de sus tantos conciertos bajo la ducha, mi papá me dijo claramente lo mucho que le gustaban mis canciones; lo mucho que valoraba mi modesto intento de hacer música,  lo mucho que me amaba.

Papá, en todo estos años, alguna que otra vez he escuchado varias de mis canciones en las voces e instrumentos de algunos de mis amigos músicos, lo cual, como es de suponerse, me ha hecho sentir sumamente feliz y agradecido. Pero debes saber que nunca más volveré a sentir lo que sentí al oír tu maravillosa versión, la más pura expresión de tu amor de padre.

Gracias papá, te amo tanto. Bendición.

Tu hijo, Ángel Rafael

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Abuelo deportista

(Este 11 de febrero de 2012, mi amado difunto padre cumple un año más de existencia en los mundos infinitos. Así que, en su memoria, aquí va otra anécdota suya. Bendición papá).  

Hasta donde alcanzo a recordar, siempre me ha gustado ejercitarme y hacer deporte. Es una constante en mi vida. Y aunque no puedo presumir de haber sido un deportista destacado (apenas gané un puñado de medallas en primaria y secundaria), sí me vanaglorio de tener bastante actividad deportiva desde niño, y de mantenerme en forma actualmente, lo cual, en mi opinión, ha redundado en una existencia más plena.

Hoy, cuando busco en mis recuerdos infantiles y juveniles escenas gratificantes de mis pasatiempos deportivos, puedo ver claramente que mi gusto por la actividad física se lo debo, en mucho, a mis padres. Mi madre, médico obstetra y una auténtica cheerleader de sus 3 hijos, es conocedora de los inmensos beneficios de la práctica deportiva para la salud mental y corporal. Mi padre, un “entrenador” nato (por su tendencia a mandar, como buen militar), también disfrutaba mucho los deportes, y era inmensamente feliz jugando cualquier cosa con nosotros.

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Foto de: eresmama.com

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Fotode: ABC Color

Precisamente, esta anécdota nace de uno de esos bonitos recuerdos infantiles. Yo estaba en 6to grado (el último de primaria), con 11 años de edad, y mi colegio organizaba una de sus acostumbradas y animadas verbenas familiares, con las típicas actividades culturales y deportivas donde los inquietos escolares muestran sus muchos talentos a sus muy orgullosos padres.

Por aquellos años, mi colegio se destacaba en voleibol masculino, por ser la especialidad de nuestro profesor de deportes. Cabe destacar que después de terminar la primaria visité el colegio con cierta frecuencia (justamente durante las verbenas), siendo la última vez en 2007, ¡y en esos 30 años, el profesor era el mismo! También quiero aprovechar para “hacerle una propagandita” a mi hermano menor (le llevo 4 años), quien, por su rendimiento sobresaliente en las competiciones de voleibol inter-escuelas, en una oportunidad fue llamado a representar a nuestro estado en unos juegos infantiles nacionales. Durante mis visitas, el “eterno” profesor siempre me repite: “Tu hermano es, tal vez, el mejor deportista en la historia del colegio”.

Y volviendo al protagonista del cuento, me gusta muchísimo recordar que en aquella feria escolar los padres fueron invitados expresamente a jugar voleibol junto a sus hijos, y que mi papá aceptó muy presto y solícito, como era de esperarse. Calculo que para esa época él tendría unos 37 años de edad, y aun exhibía unas condiciones físicas bastante decentes; todavía se “defendía”, como decimos en Venezuela, significando que a pesar de los años aun podemos desenvolvernos más o menos bien. Por cierto, el voleibol también era el deporte predilecto de mi papá. Y mi hermana menor no se quedaba atrás. Definitivamente, la cosa viene de familia…

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Foto de mx.depositphotos.com

Esa imagen de mi papá jugando voleibol conmigo en la escuela me hace dichoso. De hecho, fue uno de los pocos padres que se atrevió a hacerlo, y – me disculpo por la inmodestia – el único de ellos que sabía jugar realmente. Además, parecía que él era el entrenador y el árbitro, ¡ya que no paraba de dar instrucciones!

Pero, la razón por la que ese recuerdo me es tan grato, es porque veo a mi papá junto a mí, feliz, jugando, riendo, compitiendo, y “luciéndose”; porque representa su marcada influencia en mi gusto por los deportes, con su propio interés por practicarlos, y con su paternal disposición a disfrutarlos conmigo y mis 2 hermanos. Era su manera de inculcarnos que tener “mente sana en cuerpo sano” es fundamental para vivir la vida en salud y plenitud.

Ahora me toca a mí inculcárselo a mi hija, lo cual, en parte gracias a mi papá, es algo muy natural y en extremo placentero para mí. Ella no conoció a su abuelo deportista pero, su amor de padre, expresado en esos instantes deportivos, me acompaña en todo momento, sobre todo cuando estoy correteando o jugando pelota con su muy enérgica nieta de 5 años, a quien ya estoy enseñándole a jugar voleibol… Por supuesto.

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Pinterest: Foto de archivo, libre de derechos

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ALGO PARA PONERSE A PENSAR… EN ÁNGELES  

Esta anécdota tiene 2 propósitos: Uno, homenajear a mi amado difunto papá en el Día del Padre (junio 2011), dos, relatar un hecho que, en mi opinión, confirmaría la existencia de “algo” superior que nos protege, de “ángeles guardianes”.

Una vez, mi papá me acompañó a comprar unos instrumentos musicales en la ciudad de Barquisimeto, capital del centro-occidental estado Lara, en Venezuela.

 Al regreso de aquella breve pero muy productiva estadía de 2 días, debimos transitar de noche por un tramo carretero en extremo peligroso (con un elevado índice de accidentes viales, muchos de ellos trágicos). En ese momento nos encontrábamos a mitad de camino – unas 3 horas – de nuestra casa ubicada cerca de Caracas. En esa zona, la carretera de doble vía – un canal de ida y otro de venida – era sumamente angosta, y no tenía muro separador. De noche su peligrosidad aumentaba considerablemente, porque era cuando podían transitar los vehículos anchi-largos de carga pesada, como camiones y gandolas.

Mi papá y yo sabíamos que era un pasaje de cuidado, pero decidimos proseguir – extremando las precauciones – porque estábamos relativamente cerca de nuestro destino; queríamos dormir en la casa. Además, era mi turno al volante, y al momento de relevar a mi papá le manifesté que me encontraba en “perfectas condiciones para manejar”. Pero aquella parte del recorrido (Aprox. 1 hora) resultó bastante más difícil de lo que yo esperaba. Calcular, en lo oscuro, los espacios y los tiempos para adelantar – por el canal de venida – a los camiones muy lentos era una maniobra sumamente riesgosa, sobre todo por el incesante flujo de “anchi-largos” en sentido contrario, con sus potentes luces que encandilaban. Varias veces, también, tuve que detenerme completamente, a la orilla de la vía, por temor a chocar de frente con algún camión. Pero esa acción no era nada segura, porque igualmente corría el riesgo de ser impactado por los vehículos que venían detrás de mí.

A todas estas, mi papá estaba durmiendo, sin enterarse de nada. Pero, yo no quería despertarlo. De vez en cuando, el estrépito de alguna gandola gigante interrumpía su sueño; él abría los ojos por 2 segundos para preguntar “¿todo bien?”, y tras mi respuesta de “sí, todo bien”, seguía durmiendo plácidamente.

En un momento comencé a sentirme muy estresado y temeroso. Pero, por cuestión de hombría – estupidez, más bien – no quise decirle nada a mi papá. Además, estaba determinado a completar aquel tramo infernal, para llegar a la casa lo antes posible,y descansar debidamente en mi anhelada cama. Pero había otra razón para no despertarlo: A decir verdad, él no manejaba muy bien que se diga. De hecho,  entre familiares y amigos tenía una bien ganada reputación de conductor distraído (aunque absolutamente respetuoso de las leyes de tránsito), de ahí que la opción de que él me relevara en condiciones tan duras, para mí no existía. Pero, conociéndolo, sabía que él se empeñaría tercamente en manejar, y yo me opondría con igual terquedad. Valga acotar, que yo tampoco me he distinguido nunca por mi pericia al volante. Y de no ser por los 10 años que tengo sin conducir (el tiempo que llevo en Asia) hace tiempo hubiera roto el récord de accidentes de tránsito mi papá. Pero, al menos, yo era mucho más joven que él, y en teoría mi vista, mis reflejos y mi resistencia eran mejores.

En medio de aquella preocupante situación, yo no paraba de rezar por nuestra seguridad y por la estación de servicio más cercana. Afortunadamente,  por fin apareció una. ¡Que alivio! Yo necesitaba aquel descanso urgentemente. Aprovechamos esa parada para estirar el cuerpo, refrescarnos, y poner algo ligero en el estómago, tras lo cual mi papá, creyendo aun que todo estaba perfectamente bajo control, aceptó sin objeciones mi indicación de reanudar la marcha, y de que yo siguiera manejando.

 Pero, ocurrió algo inesperado… el carro no prendía. Es verdad que era un modelo más bien viejo, y que presentaba fallas diversas con cierta frecuencia, pero en todo el viaje, desde que salimos de la casa hasta ese momento, no había dado ni el más mínimo problema; se portó de maravilla. Primero, mi papa y yo intentamos encontrar el desperfecto por nuestra cuenta, pero, nuestros conocimientos de mecánica automotriz eran bastante elementales – por no decir nulos – y no tuvimos éxito. Pero felizmente estábamos en una estación de servicio, y con toda seguridad alguien nos auxiliaría. Eso pensamos nosotros. Mas no fue así. Es decir, muchas personas trataron amable y arduamente de arreglar el carro (desde mecánicos de profesión empleados de la gasolinera, hasta algunos camioneros que estaban descansando), pero nadie logró dar con la solución. Todos estaban sorprendidos. Algunos, incluso, se lo tomaron como una cuestión de honor, ya que tenían vasta experiencia resolviendo a diario problemas mucho más graves. Pero todo fue inútil. Lo que lucía como un problema sencillo se convirtió en un verdadero misterio.

Poco a poco todos se fueron retirando – algunos visiblemente frustrados y apenados – prometiendo que en la mañana, más descansados, encontrarían la solución. En esa situación, lo único que podíamos hacer mi papá y yo era tener calma y paciencia, y esperar hasta el día siguiente, por lo que llamamos a la casa para informar sobre lo sucedido. Además, eran como las 2 de la madrugada; apenas faltaban 3 horas para que amaneciera, así que nos pusimos a descansar dentro del carro, resignados, aunque más tranquilos.

Por cierto, recuerdo que, a pesar de mi determinación por dormir en mi cama aquella noche, me alegré mucho – secretamente – por tan inesperado como oportuno desenlace. Yo calculaba que aun faltaban unos 30 minutos de aquella terrorífica carretera, y la posibilidad de transitarla de día de pronto me pareció una bendición.

Después de aquel corto pero reponedor descanso, nos levantamos al cantar el gallo, con ánimos renovados, para buscar la forma de resolver el problema. Mientras esperábamos que se hicieran las 6 (hora de inicio del servicio de reparaciones), nos aseamos y desayunamos con calma. Recuerdo que puse la llave en el encendedor (sólo por si acaso) y traté de prender el carro. Y ocurrió lo impensable… ¡prendió de a toque! como sacado de agencia.

Imaginen, amigos lectores, nuestra perplejidad, y la de quienes trataron de ayudarnos la noche anterior. Pero, principalmente, saquen sus propias conclusiones sobre tan curioso incidente. Es como para ponerse a pensar, ¿no?

No hace falta decir lo alegres que nos pusimos mi papá y yo al oír el glorioso sonido del motor arrancando al primer intento.

Durante el tiempo que tardamos en llegar a la casa, le conté a él la verdad de aquella peligrosa experiencia. Tras mostrarme su preocupación paternal y recriminarme por no haberlo puesto al tanto de lo que ocurría, ambos coincidimos en que aquello tenía que ser una señal, un milagro.

 Todas las anécdotas de mi papá tienen un inmenso valor en mi vida; me mantienen cerca de él todos los días. Pero esta en particular es muy especial, porque siento que, a través de ese inexplicable acontecimiento, los dos nos mantendremos aun  más unidos espiritualmente, por toda la eternidad.

Dame la bendición, amado papá. Para ti, y todos los padres del mundo, ¡FELÍZ DÍA DEL PADRE!

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SABIO CONSEJO

Mis muy estimados huéspedes, siempre gracias por sus amables visitas y por sus comentarios. La siguiente anécdota quiisiera dedicársela a mi amado difunto padre y a todos los padres buenos del mundo, hoy en su día (2014). ¡FELICIDADES!

Confieso que siempre me costó admitir abiertamente cuando mi papá me daba un buen consejo. Y no es que yo fuera incapaz de identificarlo como tal. En el fondo, sabía que su sugerencia era lo más conveniente. Tal vez lo que ocurría es que él tenía un carácter si se quiere muy “mandón” (el mío tampoco es muy fácil que digamos), y cuando me aconsejaba yo sentía más bien que me estaba dando órdenes.

De cualquier manera, eso no impedía que de tanto en tanto yo acudiera a él con algún asunto personal, buscando su orientación. Al fin y al cabo, yo lo respetaba y amaba muchísimo como padre y ser humano.

Teniendo yo como 35 años, un día, durante una conversación de sobremesa, le manifesté que de pronto estaba sintiendo preocupación por cómo criar a mis futuros hijos (en caso de que los tuviera), y le pedí alguna recomendación, en su condición de buen padre de tres.

Mis temores no tenían que ver con la formación de una familia como tal. Primero, porque aunque mi prolongada y amena soltería (que se extendería hasta los 40) y mi sempiterna renuencia a tener novia formal indicaran lo contrario, siempre me visualicé felizmente casado. Segundo, porque aunque nunca tuve ningún apuro en tener hijos, siempre me han fascinado los niños.

En resumen, mi naturaleza, a pesar de las apariencias, es hogareña, lo cual, imagino que se deba, en buena parte, a que eso fue lo que vi en mi casa: un matrimonio y sus tres hijos, viviendo bajo el mismo techo, en la unión familiar.

De todas formas, sí recuerdo que en mis años de soltero, estaba totalmente convencido de que ese era el “estado ideal del hombre”. Hasta que me casé y tuve a mi hija. Y ahora no cambiaría por nada del mundo mi situación de esposo y padre enamorado.

Todavía, hoy, tengo más presente que nunca la respuesta de mi papá a aquella inquietud mía sobre la crianza de los hijos: “Dales mucho amor y buen ejemplo”, me dijo, simplemente.

Esas palabras, tan sencillas y profundas a la vez, constituyen, sin duda, uno de los consejos más sabios y útiles que he recibido en toda mi vida.

Conociendo a mi papá como lo conocí, sé que la única retribución que él esperaría por ese invaluable consejo es que lo ponga en práctica con su adorable nieta japonesa, a la que no disfrutó aquí en la Tierra, pero quiero creer que lo hace desde el “más allá”.

Huelga decir que, desde que ella nació, mi amada esposa y yo nos esforzamos a diario por poner en práctica esa amorosa filosofía. Y aunque no somos perfectos – por el contrario, nos equivocamos mucho, humanamente – esa fórmula de amor y ejemplo en su formación está dando muy buenos resultados, gracias a Dios.

Papá, no quiero finalizar, sin agradecerte con el corazón por aquel acertado consejo paterno. Por cierto, Mil gracias, también, por haberlo aplicado conmigo y mis hermanos.

Bendición Papá. Te amo.

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PURA BULLA

Hoy domingo 20 de junio de 2010,  a apenas minutos de finalizar el Día del Padre, quisiera rendir un modesto tributo a la memoria de mi amado papá, Ángel Rafael La Rosa Monasterio, fallecido hace 7 años. Para ello compartiré unas anécdotas suyas con mi queridos lectores, y muy especialmente con mis apreciados y respetados “colegas”,  los esforzados padres latinoamericanos establecidos en Japón.¡FELIZ DÍA DEL PADRE!

Yo tendría unos 8 ó 9 años de edad, un día que estaba con mi papá en el jardín de la casa, mientras él estaba haciendo algunas labores de jardinería. Tuve que haber hecho alguna travesura muy grande, porque recuerdo que mi papá se molestó, y reaccionó con cierta brusquedad, profiriendo un  “’¡carajo!” y haciendo un movimiento de brazo para darme una nalgada. Logré esquivar el manotazo y me le alejé, por lo que él pegó una carrerita para tratar de agarrarme. Una vez más, pude escabullirme moviéndome rápidamente por detrás de una matica de guayaba, provocando que él se resbalara y ¡cayera en la cuneta!

“Ahora sí estoy en problemas”, pensé. Pero, suspiré de alivio al verlo más bién soltar una carcajada, por la situación tan ridícula y cómica en la que se encontraba, e imagino que sorprendido, también, por la habilidad de su hijo.

El cuento termina con los dos muertos de la risa por lo que pasó.

Aparte de ese intento fallido de nalgada, no puedo recordar, por más que trato,  otra ocasión en la que mi papá haya intentado pegarme.

Siento que esas explosiones de mi papá eran “pura bulla”. Ciertamente, a veces eran muy fuertes y atemorizaban a cualquiera, pero con los años entendí que eran más bien erupciones volcánicas efímeras, porque dentro del volcán en realidad lo que había era un alma llena de bondad.

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BAILARÍN DE GRADAS

 Pocos meses antes de que a mi papá le diagnosticaran cáncer, en el año 2002, lo entusiasmé para que fuéramos los dos a ver un juego de fútbol entre Venezuela y Colombia. Por aquellos tiempos, “La Vinotinto” estaba jugando muy bien, conducida por el técnico Richard Páez, y llenaba los estadios donde se presentaba.

Huelga decir lo contento que estaba yo por compartir tan ansiado evento deportivo con mi papá.

En el “Universitario” (Estadio de la Universidad Central de Venezuela, patrimonio cultural de la humanidad), reinaba un ambiente festivo tremendo; las gradas eran una rumba total, en parte provocado por la muy pegajosa música que salía por los altavoces del estadio, que hacía bailar animadamente a la mayoría de los presentes.

En medio de aquella algarabía, me provocó comprar golosinas a un vendedor que se encontraba unas cuantas filas más arriba de nosotros. De regreso a mi asiento  logré presenciar una imagen bastante poco probable, por no decir insólita: ¡Ángel La Rosa estaba bailando, frente a su asiento, de lo más tranquilo!

Aparte de fiestas familiares y recepciones militares, donde normalmente él bailaba con mi mamá, mi hermana menor y,  muy rara vez, con alguna allegada, nunca en mi existencia había visto a mi papá bailando en una situación similar, y de paso en actitud tan natural, cómo si nada.

Tengo que admitir que me hizo muchísima gracia verlo bailar así. Y no lo digo en son de burla, sino porque además de que estaba irreconocible en aquella faceta de bailarín de gradas, era obvio que estaba tratando de imitar el estilo de los jóvenes a su alrededor (después me di a la tarea de encontrar a alguien de su edad entre el público y el era el más viejo por bastante), lo que dio como resultado un fusión dancística memorable.

Pero, al final, el sentimiento que prevaleció en mí ante semejante expresión de disfrute y desenfado fue el de una gran admiración. ¡Hay que tenerlas bien puestas!

Mientras caminaba a mi asiento, observándolo como se entregaba al enérgico baile, primero me sentí un poquito ruborizado, pero en cuestión de segundos me invadió una fuerte sensación de alegría y orgullo al ver a mi papá disfrutando plenamente su momento.

Cuando me sintió llegar a su lado, dejó de bailar. Nunca le hice ningún comentario al respecto. Pero, de tanto en tanto, recuerdo aquella para mí inesperada y feliz experiencia, y sonrío de puro regocijo y de profunda admiración por esas ocurrencias de mi amado papá.

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CORAZÓN ORIENTAL FIESTERO

Sin ser tan parrandero como yo, por ejemplo, a mí papá le gustaban mucho las fiestas, y siempre estaba más que dispuesto a “echar un pie” con mi mamá, especialmente con música suave y cadenciosa, exhibiendo una elegancia marcial, como buen militar.

Él era, más bien, del tipo comedido, y en las fiestas familiares y demás eventos sociales, se comportaba con cierta reserva. Disfrutaba mucho, sí, pero recatadamente.

Sólo como en tres ocasiones en toda mi vida pude ver a mi papá bailando “derrapado”, olvidado del mundo. Entonces me pareció estar viendo a una persona completamente distinta. Tanto, que parecía estar borracho al ensayar unas muy peculiares y osadas piruetas de baile, haciendo las delicias de los presentes, quienes le celebraban la actuación muy efusivamente. Pero, según recuerdo, en esas oportunidades ni siquiera consumió alcohol.

Estos raros eventos tuvieron lugar en fiestas de la familia paterna; entre sus hermanos y sobrinos, caracterizados, en su mayoría, por ser sumamente alegres y fiesteros, sobre todo los carupaneros (oriundos de la ciudad oriental venezolana  de Carúpano).

Y no es que entre “nosotros” no disfrutara plenamente. Al contrario, simpre lo recordaremos feliz y contento en las reuniones hogareñas. Es que entre “los suyos”, como es lógico, se mostraba bastante más desenvuelto que de costumbre; se “desataba”, tanto en el baile como a la hora de hacer chistes y bromas en familia.

Anque esas veces me sorprendió un poquito su cambio tan notorio, disfruté enormemente ver a mi padre en acitud tan rumbera, junto a su muy parrandera familia carupanera. Definitivamente, fue un gran privilegio para mí conocer su tan fiestero corazón oriental.

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LECCIÓN DE HUMILDAD

Un día, mi papá regañó muy duramente a una sobrina mía de 6 años de edad ; le gritó de manera violenta, lo que me molestó muchísimo.

Mi forma de reprochárselo fue gritándole a él también, incluso con mayor violencia, delante de algunos miembros de la familia, incluidos sus nietos.

Si bien tan inusual y desafortunada reacción mía me sirvió como desahogo momentáneo, también me produjo gran tristeza, frustración y arrepentimiento – que todavía hoy siento – porque, en mi desproporcionado deseo de “justicia” para con mi sobrina, fui incapaz de controlarme, y porque entonces – a pesar de que mi actitud demostrara lo contario – no creía que la violencia debía pagarse con violencia.

Pero, lo que quiero destacar en este relato es que al día siguiente de aquel lamentable incidente familiar, y sintiéndome yo todavía bastante contrariado, tanto por lo que hizo mi papá como por mi errática respuesta, él se acercó para pedirme disculpas, en una acitud sumamente paternal y conciliadora. En el contacto con su mano y en su mirada, pude sentir claramente la sinceridad y el amor de sus palabras.

Creo que yo, en mi necio orgullo de aquellos años juveniles, no hubiera sido capaz de un gesto tan elevado como el de mi padre, que si bien fue su sincera expresión de arrepentimiento, fue, además, un acto de valentía y una lección de humildad que recibí para toda mi vida. Por ello, lo respeto, lo admiro y lo amo tanto.

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TEMPERAMENTO MANDÓN

 

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Imagen obtenida de Freepik

Yo no sé si mi papá se hizo militar por su tendencia a dar órdenes, o si desarrolló esa actitud durante la carrera. Lo que sí sé es que le gustaba mandar bastante. Tanto, que yo a veces lo sentía un poco autoritario, por lo que, a lo largo de los años, tuvimos algunos encontronazos. Sin embargo, con el tiempo, también aprendí a aceptar ese rasgo de su naturaleza dominante y a convivir con él. Así que, cuando lo notaba más mandón de la cuenta, me daba a la tarea de “torearlo”, como se hace con los toros bravos y testarudos.

Unos 30 años atrás, mis padres adquirieron un terreno en una bonita zona montañosa de la vecina ciudad, San Pedro de Los Altos, caracterizada por sus innumerables parajes con vistas magníficas sobre sembradíos desplegados en un estrecho valle y en las faldas de los cerros, y los cuales semejan un hermoso tapiz que hubiese sido bordado por una mano divina para disfrute de nosotros los mortales.

San Pedro de Los Altos

San Pedro de Los Altos (foto obtenida de Mapio.net)

Pozo de Rosas

Pozo de Rosas

El lote de tierra en cuestión, con una ubicación privilegiada en una pequeña montaña, poseía una de esas panorámicas memorables sobre aquel paisaje de ensueño.

Mis padres, a los pocos años de la compra del terreno, comprendieron que, debido a su lejanía e inaccesibilidad topográfica, se les imposibilitaría cuidarlo, así que decidieron cedérmelo  a cambio de que yo me encargara totalmente de su cuidado, incluidos los gastos.

Así las cosas, cuando me llevaron a verlo por primera vez, entendí, en un segundo, por qué ellos se habían sentido atraídos por tan remoto y solitario punto. Yo mismo me enamoré a primera vista de aquel edén montañoso (Imagen Satelital).

Pero, este cuento no es sobre el par de años felices que pasé entregado, en cuerpo y alma, a tan bonito pedazo de tierra (el cual, muy triste y contradictoriamente, por cierto, dejé abandonado cuando me vine a Asia), sino sobre la vez que le pedí a mi papá que me acompañara a ir a verlo – junto a un entrañable tío materno y padrino mío – para mostrarle, in situ y mapa en mano, lo mucho que había avanzado limpiándolo, y explicarle mis ideas para una posible construcción.

Hoy, casi 20 años después, recuerdo el gran sentimiento de dicha que me embargaba aquel día, al ver lo contentos que estaban tanto mi papá como mi padrino  de visitar mi modesto paraíso,  y constatar lo bien cuidado que yo tenía el “terrenito”.

Mi difunto y amado padre, el “Coronel La Rosa”, de pronto se puso en modo jefe militar; parecía estar al mando de una operación bélica, dándome instrucciones a diestra y siniestra: “párate allá”, “mide la distancia que hay desde aquel punto hasta aquella esquina”, “creo que eso quedaría mejor aquí”, ¿por qué mejor no lo haces así?”, etc., etc., etc..

 

Recuerdo que, en mi adultez temprana, ocasionalmente tuve que pedirle que moderara su inclinación a darme órdenes. “Papá esta casa no es un cuartel y yo no soy un soldado”. Pero, en situaciones como esa, disfrutando una experiencia tan entretenida,  productiva y vivificante para ambos, yo más bien apreciaba y conseguía divertida aquella retahíla de órdenes del Mariscal de Campo, Ángel La Rosa.

Entonces, aquel temperamento mandón era el reflejo de su enérgica personalidad, de su genuino interés en mi proyecto, de su gran satisfacción por compartir con su hijo; en definitiva, de su infinito amor de padre.

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UN ALMA CARITATIVA

Mi papá se caracterizaba por ser una persona piadosa, compasiva, muy solidaria. Pero, él no iba por ahí divulgando sus obras de caridad. Al contrario, prefería guardárselas para sí mismo. De hecho, yo siempre me enteraba de sus acciones en pro de los más necesitados por casualidad. Únicamente cuando se convirtió en Rotario (llegó a ser el presidente del Rotary Club de San Antonio de los Altos, en el Estado Miranda venezolano), se vio obligado a informar a la comunidad sobre las actividades voluntarias de la asociación, lógicamente.

Y, a medida que fui creciendo, fui entidiendo que lo más importante en los gestos de solidaridad de mi padre con el prójimo, no era tanto lo que daba sino como lo daba. Ya sea cuando ponía dinero en la mano del limosnero; cuando le daba ropa a su amigo indigente, o cuando le compraba comida a un niño de la calle, el factor común en todos esos nobles actos era la gran calidez humana con que los acompañaba. De hecho, una de las razones por las que él siempre se tardaba tanto cuando se ofrecía a ir caminando a comprar algo, pan, comida, medicinas, etc. (para infortunio de mi madre, que a veces necesitaba esos productos con cierta urgencia),  eran sus largas y amenas conversaciones con esas personas necesitadas que se encontraba en el camino. Conversaciones, por cierto, que en ocasiones ¡lo hacían olvidarse de que salió a comprar algo!

Eso ocurría con cierta frecuencia. Y, hoy en día, entiendo claramente que tanto los beneficiarios como el benefactor necesitaban, por igual, aquellas acciones filantrópicas cotidianas.

Luego de la Tragedia de Vargas, en 1999, un gran número de instituciones de cuidado diario se vieron obligadas a cerrar sus puertas y a reubicar a sus pacientes. Un grupo de niños con necesidades especiales fue transferido a un centro especializado en San Antonio de los Altos. Mi papá me informó que en dicho centro estaban necesitando voluntarios que ayudaran en las labores de cuidado a los niños recién llegados, al menos en la ajetreada etapa de instalación en su nueva morada.

Decidí ir a colaborar un poco, y mi papá se ofreció a llevarme, aprovechando que tenía que llevar algunas donaciones a los adultos, pacientes regulares de aquel centro. Así las cosas, nos pusimos de acuerdo y fuimos un día juntos. Antes de ir a ver a los niños de Vargas, pasamos primero por la sección de mayores para dejar las cosas que él les llevaba, algunas propias y otras donadas por el Rotary Club, si no me falla la memoria.

Lo que presencié ese día fue una bonita muestra de la personalidad humanitaria de mi padre, y también una valiosa enseñanza para mí. Apenas entramos al recinto, algunos de los pacientes reconocieron a mi papá y se acercaron a él presurosos, rodeándolo, llamándolo por su nombre, en expresión de genuino aprecio, de alegría por su llegada. Unos le extendían la mano, otros lo abrazaban con fuerza, todos visiblemente emocionados por su presencia.

Yo me limitaba a observar, asombrado, y muy conmovido. Lo más cercano que yo había visto a tan cálido recibimiento era la aglomeración de los fans en torno a un artista famoso… Yo conocía al “buen samaritano” que habitaba en mi padre, y sabía que en su condición de rotario regularmente realizaba ese tipo de actividades filantrópicas, solo o con otros miembros del club. Pero no sabía de su contacto tan estrecho con aquel centro en particular, ni de su relación tan cercana, tan personal con los pacientes.

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Foto extraída de sitio “Editores Verbo Divino”

En ese momento estremecedor, mientras veía aquella alma caritativa obrar en toda su dimensión, admiré infinitamente a mi padre, y fui el hijo más orgulloso de la tierra.

 Bendición, papá. Te amo.

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MI PADRE EL SOLDADO

Apartando el hecho de que desde muy pequeño he soñado – dormido y despierto – con todo tipo de aventuras, la razón más importante para haber estudiado en un liceo militar fue mi padre. Pero, no porque él me lo haya exigido ni mucho menos, sino porque yo en esa época realmente quería imitarlo en muchos aspectos, incluyendo su vida de soldado.

Tanto mi papá como mi mamá únicamente me lo plantearon como una opción, porque lo veían como una excelente alternativa para mi formación integral, y también porque el mismo año de mi ingreso a la secundaria, un entrañable amigo de mi papá metería a su hijo en el liceo militar “Anzoátegui” de Puerto Píritu, cuidad costera del oriente venezolano. Por cierto, el señor para ese entonces se desempeñaba como coordinador del Departamento de Deportes y Educación Física del liceo, lo que sería muy conveniente para mí, ya que así podría contar con la supervisión y la orientación de un amigo de la familia. Permítanme hacer un alto para elevar una oración y rendir un pequeño homenaje póstumo, tanto a mi querido y recordado “Profesor Roque” como a su hijo – quien se convertiría en mi mejor amigo del liceo- el “negro Roque”.

Cuando mis padres me explicaron la situación y me hablaron de Puerto Píritu, yo enseguida vi en esa opción la oportunidad perfecta de satisfacer tanto mis juveniles sueños de aventura como mis deseos de seguir los pasos de mi padre como militar.

Entre mis recuerdos más gratos de mi papá el soldado están los deslumbrantes desfiles en el Paseo Los Próceres de la capital, Caracas, y demás actos castrenses, como ascensos, entrega de condecoraciones, etc.. Recuerdo lo tremendamente orgulloso que me sentía en esos momentos, al verlo con su porte tan gallardo y marcial, luciendo sus uniformes de gala, combate o trabajo.

También me vienen a la mente las veces que me contaba, apasionado, sus emocionantes vivencias en los cuarteles. Por cierto, desde muy pequeño, de vez en cuando me llevaba con él a sus distintos lugares de trabajo. Por ejemplo, estando yo ya en el “Anzoátegui”, en mi condición de estudiante militar, una vez me llevó a ver los ejercicios de guerra de unos oficiales de la Guardia Nacional, alumnos suyos en un curso.

Por aquello de que “una imagen dice más que mil palabras, quiero que vean una foto de mi papá, durante una de aquellas memorables paradas en Los Próceres, cuando, con el grado de Mayor, y en su condición de comandante ejecutivo del alumnado de la otrora gloriosa EFOFAC (Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación), le correspondió marchar al frente de tan excelsa agrupación de cadetes.

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Sólo quisiera agregar que, tradicionalmente, el comando ejecutivo del cuerpo de cadetes de cada academia de las fuerzas armadas (Ejército, Guardia Nacional, Aviación y Marina), por la responsabilidad, el honor y el privilegio que dicho comando encierra, lo ostentan sólo oficiales élites; aquellos que, a lo largo de la carrera, ocupan los primeros lugares de sus respectivas promociones; que sobresalen tanto en lo académico como en lo militar propiamente. Esos oficiales son vistos por la superioridad y por la institución en general como el modelo a seguir por los jóvenes cadetes.

La vida está llena de paradojas. En la mía, una de las más grandes es que yo sólo necesité el primer año del liceo para saber que no iba a ser militar como mi padre. Pero, decidí seguir, porque, como digo al principio, yo me tomé esos cinco años en el internado castrense como una aventura adolescente (el uniforme, los ejercicios de guerra, la competencia académico-deportivo-militar, etc.); porque entendí que recibiría una educación muy completa, y porque, aun a sabiendas de que al terminar el liceo no seguiría la carrera de las armas, me hacía mucha ilusión, lograr, aunque sea sólo a ese nivel de secundaria, algunas de las cosas que hizo mi papá como soldado, y hacer que tanto él como mi mamá se sintieran orgullosos de mí.

Ahora, permítanme – y perdónenme – un momento de gran inmodestia. La experiencia del liceo fue tan satisfactoria para mí que cada año obtuve la mayor jerarquía entre  mis compañeros de promoción (“Distinguido”), y  en el 5to. año, el último de la secundaria, logré obtener la jerarquía más alta (“Brigadier Mayor”). Es decir, era el jefe de todo el alumnado. Adicionalmente, al igual que mi padre, me hice paracaidista militar (realicé el curso durante las vacaciones del 4to. año).

Imagínense lo feliz que se ponía mi padre, durante mi etapa castrense, con las actuaciones de su “soldadito”. Y no piensen ni por un instante que se decepcionó o se entristeció porque no seguí la carrera militar. De hecho, el día de mi graduación se le notaba muy ufano y orgulloso. A pesar de que él fue un gran soldado y de que, seguramente, alguna vez soñaría que yo también lo fuera, desde que le informé, al comienzo de la secundaria, que yo no sería militar, siempre me manifestó su comprensión, su apoyo y su amor de padre. Y ahora que tengo una hija, también en eso me desvivo por imitarlo.

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SABER PERDONAR

En estos días, vi una película sobre una pareja que decidió a adoptar a una adolescente con algunos problemas de conducta más o menos fuertes. Por ejemplo, en un par de oportunidades hurtó pertenencias de la madre adoptiva. Eso me hizo recordar una situación similar que se nos presentó en la casa familiar, allá en mi país, Venezuela, con un jovencito, hijo de un amigo de la familia, que se quedó a dormir una noche con nosotros.

Si recuerdo bien, el muchacho, de unos 16 años, estuvo detenido un par de días en una estación policial cercana y, tras ser liberado, mi papá lo llevó con nosotros para que comiera y durmiera debidamente, antes de regresarse a su casa, al día siguiente.

Un detalle importante: El padre del joven, viejo conocido de mis padres, pasó varios años de su vida en la cárcel.

Ese día, sin importar el motivo de su detención (el cual no logro recordar) todos en la casa tratamos de que el muchacho se sintiera a gusto. Y, en mi caso, puedo decir que hasta llegué a disfrutar de su muy breve estadía, porque resultó ser una persona bastante conversadora.

El problema es que, tras su partida, a la mañana siguiente, notamos que él se había llevado “prestados” unos cuantos discos compactos nuestros. Para ello, debió haber actuado muy sigilosamente, tarde aquella noche, luego de cersiorarse de que todos dormíamos.

Aunque sentí compasión por aquel muchacho desorientado, recuerdo que el sentimiento que prevaleció en mí fue el de una gran indignación, por considerarlo un acto ofensivo e injusto hacia toda mi familia, pero sobre todo hacia mi padre, tomando en cuenta todo lo que hizo para ayudarlo. Pero, precisamente fue él quien reaccionó con mayor comprensión, con benevolencia, frente a la mala acción de nuestro joven huésped.

A diferencia de mí y de otros miembros de la familia, mi papá sólo tuvo expresiones de compasión hacia el muchacho; nos pidió que rezáramos mucho por él, para que no reincidiera en acciones tan reprobables, que pudieran traerle consecuencias graves en su vida, que apenas comenzaba.

Lo que quiero decir con este cuento es que, entonces, yo perdoné al muchacho sólo a medias, mientras que mi papá lo perdonó inmediata y totalmente.

Hoy, mi padre tendría unos 80 años de edad.  Estoy seguro de que si aun viviese y la vida nos hubiese puesto en situación de albergar nuevamente al mismo personaje de la anécdota, (quien por cierto, espero sea actualmente un hombre realizado, feliz), yo, muy posiblemente, me aseguraría primero de que todo estuviera en orden,  mientras que mi papá, no sólo le abriría las puertas de para en par, sin dudar, sin preguntar nada, sino que incluso le regalaría una colección de discos compactos nuevecitos… ese era mi padre.

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DEMASIADA CASUALIDAD…

Lo que sigue no es es una anécdota de mi padre, propiamente, pero sí algo muy curioso – por decir lo menos – que me pasó relacionado con él.

Creo en la existencia de “energías superiores” (buenas y malas), o “almas”, que tendrían influencia sobre la vida de nosotros los mortales. Pero no creo en esas cosas porque haya visto alguna aparición ni nada por el estilo, sino por situaciones inexplicables que se me presentan de tanto en tanto. Hoy les relataré algunas de ellas, ocurridas en varios de los hogares de ancianos donde trabajé.

Tengo una teoría que he podido comprobar en la práctica: Existen seres humanos quienes, además de tener un gran parecido físico con otras personas, también se parecen mucho a sus “dobles” en la personalidad.

En el primer geriátrico donde trabajé – como obrero de limpieza – entre mis colegas aseadores había una mujer de mediana edad, que me recordaba muchísimo un tío mío, hermano de mi difunto y amado padre, y muy parecido a él. Lo más curioso es que además de tener rasgos faciales y personales muy similares a los de mi pariente – caracterizado por ser muy jovial y risueño – aquella señora era de contextura delgada como éste; tenía la voz bastante grave para ser mujer, y, de paso, ¡llevaba cabello corto! Una “fotocopia” del tío paterno, pues; su hermana melliza, pero asiática.

Huelga decir lo agradado que me sentía yo siempre que estaba en presencia de esa compañera de trabajo. ¡Era como si estuviera viendo a mi tío! lo que a su vez me recordaba a mi padre…

Ahora bien, ¿por qué tendría que ocurrirme algo así tan raro? En mis particulares y muy modestas creencias, esa sería una de las formas que usarían las “energías superiores” para manifestarse ocasionalmente e influir sobre mi vida diaria. Por ejemplo, podría ser una jugada del alma de mi padre para hacerme compañía. Se habría valido del impresionante parecido de esa mujer con mi tío para hacer más llevaderos mis primeros meses de aquel exigente trabajo, y así poder aguantar hasta haber logrado el nivel suficiente de japonés para dar mi siguiente paso.

¿Les parece interesante? Bueno, me ocurrió lo mismo en el siguiente centro de cuidado diario (aquí, ya como cuidador de ancianos). Pero esta vez, las energías se buscaron a una abuelita idéntica a una tía mía fallecida ya hace algunos años, ¡hermana de mi padre, también!

¿Recuerdan que anteriormente les hablé de algunos ancianos “angelicales” que he cuidado? Esa viejita pertenece a ese grupo “celestial”; sencillamente encantadora. Tanto ella como mi entrañable tía paterna están entre las mujeres más dulces, cálidas y protectoras que he conocido en toda mi vida.

Imagínense cómo podía sentirme yo en presencia de aquella anciana, de por sí adorable,  tan parecida en todo a mi tía, otro ser maravilloso. Me sentía derretido.

Hay un caso más. Me ocurrió en el último centro de cuidado diario donde laboré antes de dedicarme a cuidar a personas con necesidades especiales. Una de las usuarias se parecía a otra de mis tías paternas… ¡se los juro!

Hago un paréntesis para aclarar que no me interesa convencer a nadie de la veracidad de las historias aquí narradas. Obviamente, sería chévere que me creyeran, pero eso tendrán que decidirlo Ustedes.

Mi primer día de trabajo en aquel centro, cuando conocí a la señora en cuestión, inmediatamente percibí algo bastante familiar en su aspecto y, curiosamente, en su voz. Sólo necesité un segundo para descubrir que se parecía a esa otra hermana de mi papá.

Como digo al principio, para mí en el mundo hay personas que, sin tener ningún parentesco, tienen aspecto y personalidad similares. Pero, que además tengan la misma voz (que es algo tan propio) ya es demasiado, ¿no les parece? Por cierto, esta otra hermana de mi papá (una mujer muy religiosa, servicial y en extremo sacrificada) posee una voz muy particular… De hecho, al ver a aquella abuelita, y al oírla hablar, un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Insisto, apreciados lectores,  no tienen que creerme, pero, partiendo de que yo esté diciendo la verdad, ¿cómo se explica que en tres centros diferentes me haya conseguido a estas tres señoras tan parecidas a tres hermanos de mi papá? Aquí no hay casualidad posible.  A falta de una explicación terrenal lógica, me atrevo a sugerir que el alma de mi padre, en su afán de hacerme sentir acompañado y protegido, de vez en cuando me juega esas travesuras…

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 ABUELO NIÑERO

Extraído del sitio plusesmas.com / Abuelo recibiendo besos de sus nietos

El recuerdo nítido más lejano que guardo en mi memoria, compartiendo alguna actividad con mi papá, es de cuando yo tenía entre 6 y 7 años. Estaba en construcción la nueva casa, y casi todos los fines de semana íbamos a verla. En esas ocasiones, mi papá se ponía a jugar conmigo alrededor de la obra, y lo que me viene a la mente es la imagen de los dos saltando desde el balcón hacia un montón de gravilla, agarrados de la mano y gritando alocadamente durante el brinco.

Hay un par de momentos más que recuerdo muy vagamente: uno, jugando voleibol, los dos, en la arena de la playa, otro, igualmente en el mar, pero, divirtiéndonos dentro del agua. Esa vez, estaban también mi mamá y mis dos hermanos. Pero, no sé si ambas situaciones tuvieron lugar antes, durante o después de las visitas a la casa en construcción.

Aparte de eso, no alcanzo a recordar, más atrás en el tiempo, mis interacciones con mi padre. Tampoco situaciones de él con mis dos hermanos menores, una hembra y un varón, 3 y 4 años menores que yo, respectivamente. Aunque, claro, hay muchas fotos familiares – también relatos –  que me permiten cubrir esa bonita etapa de mi infancia en la compañía paterna.

Esto viene a cuento porque, en cambio, sí pude ver a mi papá compartiendo mucho con sus primeros 3 nietos, los hijos de mi hermana, ya que durante el período cuando ellos nacieron, tanto yo como mi hermana y su familia vivíamos en la casa de nuestros padres.

Eso me permitió ser testigo presencial, por espacio de 10 años, más o menos, de algunos de los acontecimientos más gratificantes y aleccionadores de toda mi vida: la faceta de mi papá como abuelo niñero.

En todos esos años, cuando sus 3 nietos iban alcanzando la edad escolar, prácticamente, él era el encargado de sus rutinas mañaneras, preparatorias para ir a la escuela. Uno, porque mi hermana y yo salíamos más temprano a nuestras actividades diarias, dos, porque mi mamá, con sus muchas ocupaciones durante el día, se permitía dormir siempre hasta un poco más tarde en las mañanas.

Por las tardes, cuando regresaban de la guardería o de la escuela, era su abuelo quien procuraba recibirlos, listo, siempre, para atenderlos. Recuerdo que una de las actividades predilectas en ese mundo exclusivo y mágico  compartido por el niñero y sus niños era la aventura exploratoria del jardín, incluida la obligatoria contemplación del ocaso.

Cuando el “abuelo Ángel” estaba con sus amados nietos, les hablaba mucho; les enseñaba acerca de las cosas que conformaban aquel universo fascinante donde sólo ellos habitaban. Por ejemplo, un día que yo estaba jugando con la menor de mis dos sobrinas (para ese entonces tendría 4 o 5 años de edad), durante un muy bonito atardecer, le explicaba por donde es la salida y la puesta del sol, en un lenguaje que ella pudiera entender. Cuando le dije, “¿ves? el sol se oculta por este lado, por el oeste”, ella me respondió, dándome clases a mí, “si Tío, por el poniente”. En mi asombro, por tan temprana sabiduría, sólo alcancé a balbucear, a duras penas, “sí, exacto, sobrina”,  sintiéndome algo avergonzado, como el maestro que es instruido por su alumno. Su niñero de lujo, ya le había enseñado todo eso, mucho antes, por su puesto.

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Extraído de guiainfantil.com / El abuelo Filemón. Cuentos de abuelos

Como es de imaginarse, para mi papá, sus nietos también fueron una fuente de inspiración infinita, en muchos sentidos. Como muestra de ello, quiero plasmar aquí un pequeño verso que él escribiera a sus dos hembritas, y el cual recuerdo, perfectamente, después de tantos años, porque siempre me ha cautivado la elaborada belleza estética que encierra su simplicidad literaria:

Yo tengo dos nietecitas/una es linda, la otra es bella/ una juega con la luna/la otra con las estrellas.

Pero, entre tantos aspectos que merecen mi admiración y mi respeto, en esa faceta de mi padre como abuelo y niñero a tiempo completo, hay una imagen que me quedó grabada para siempre – en el alma, sobre todo – y que se remonta a los primeros años de mis sobrinos. Un ritual sagrado que se repetiría en el tiempo, con todos y cada uno de ellos 3. Después de que mi mamá les daba su tetero, mi papá se encargaba de sacarle los gases y de dormirlos, sentado en su mecedora, cargándolos el tiempo que fuese necesario, con amor y paciencia infinitos.

Papá, ese sólo recuerdo le da sentido a mi existencia y conforta mi espíritu.

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Mr. Magoo

Es cierto que el 99.9 % de las anécdotas de mi papá son para resaltar sus virtudes; para hacerlo brillar. No puedo evitarlo. Pero hoy, en este Día del Padre, será diferente. Lo atacaré por uno de sus lados más flacos: su carácter despistado.

Mi papá era tan despistado, que a veces salía a la calle con el único propósito de comprar algo – víveres, que por lo general eran encargos específicos de mi mamá – y tras ponerse a conversar con alguno de los tantos conocidos que se encontraba en el camino, se regresaba a la casa, ¡habiéndose olvidado por completo del mandado!

Que mi papá extraviara algo, momentánea o permanentemente, era una constante en el día a día de nuestra familia; casi tan rutinario como comer o dormir.

Para ser justos, yo mismo era bastante distraído (me pregunto si en verdad esos rasgos de la personalidad se heredarán), y a lo largo de mi vida he tenido no pocos despistes memorables. Pero siento que en mi caso no llegué a alcanzar el nivel legendario que sí logró mi padre. En parte creo que se debe a que a él le costaba admitir esa limitación y, en consecuencia, se molestaba cuando alguien lo sugería, lo que al final hacía que todos nosotros lo comentáramos más. Yo, en cambio, siempre lo acepté como parte de mi personalidad. Aunque debo decir que desde que me establecí en Asia, hace unos 15 años, el despiste casi ha desaparecido. Pienso que pudiera ser porque me ha tocado hacer muchas cosas que durante mis años mozos allá en Venezuela no hacía, incluyendo innumerables tareas familiares y laborales.  La necesidad obliga…

Pero volviendo a mi padre y su fama de despistado, había una situación en particular en la que esa condición podía ser en verdad atemorizante: Cuando se ponía al volante. Todos quienes, durante tantos años, tuvimos que meternos en carro conducido por él somos testigos. Era una experiencia en verdad estresante.

Debido a su carácter distraído, mi papá a veces manejaba como si no existieran otros vehículos y otros elementos en la vía. La mayoría de las veces sus acompañantes de turno teníamos que convertirnos automáticamente en sus ojos, sus oídos, sus “radares” (como los copilotos de un rally), para alertarlo de potenciales peligros, durante todo el camino.

Recuerdo que una parienta mía – que quiso y admiró mucho a mi padre, por cierto – un buen día nos informó, pública y solemnemente, que se había propuesto pasar una Tercera Edad realmente tranquila, relajada, y que para lograrlo, una de sus resoluciones era no montarse más nunca en su vida en un carro conducido por Ángel La Rosa.

Luego de varios años de la muerte de mi papá, una vez, acordándome de su proverbial distracción al manejar, de repente me vino a la mente la serie de dibujos animados “Mr. Magoo”. Quienes la conocen y también conocieron a mi papá el conductor, seguramente, como yo, sonreirán por el gran parecido entre el personaje ficticio y el real. Pero, también, al igual que yo, pensarán que ese era apenas un detallito ante tantas virtudes para admirarlo y quererlo.

 

 

 

 


“¿Quién soy?”

junio 3, 2010

 

Mitos + desinformación = probelmas de identidad cultural

Como padre de una niña nipona-venezolana de 3 años, nacida en Japón, me interesa sobremanera el tema de la identidad cultural en niños como ella. Durante años, hemos sabido tanto de niños que se benefician grandemente de su condición bicultural, como de aquellos que, al contrario, se ven perjudicados por ese hecho.

¿Cómo garantizar que los hijos de parejas internacionales, o de padres connacionales establecidos en el extranjero engrosen las estadísticas positivas? Este escrito no ambiciona dar una respuesta definitiva. Pero sí nos permitiremos contribuir a tan importante discusión, basados en nuestras observaciones y modestas reflexiones sobre el particular.

Son muchos los mitos negativos creados en torno a la condición bicultural de los hijos de parejas internacionales. Hay quienes sostienen que los problemas de confusión o falta de identidad cultural tienen su origen precisamente en esa “doble cultura” del niño. Somos del pensar que si, tal como está demostrado científicamente, el cerebro del niño se beneficia cuando éste aprende 2 – o más – lenguas, también es altamente beneficioso para el desarrollo de su personalidad que asimile las respectivas culturas de sus progenitores. En nuestra modesta opinión – y a sabiendas de que al final todos los padres queremos lo mejor para nuestros pequeños – los problemas de identidad cultural se presentan mayormente por la falta de información en algunos hogares interculturales, a la hora de educar a los hijos “mezcaldos”. 

Por ejemplo, en una oportunidad, conocí a un caballero latino casado con una dama japonesa. Me explicaba que mientras sus 2 hijos fueran menores de edad, él prefería inculcarles la cultura japonesa solamente. Primero, porque ellos nacieron en Japón, segundo, porque así “no tendrían problemas de identidad cultural”. Además, comentó que su estrategia educativa incluía “cero besos, cero abrazos”, por considerar que ambas son manifestaciones de afecto “muy latinas”. En este caso, podemos entender perfectamente la paternal aspiración de este amigo latino. Como padre, él siente que dándole a sus hijos una educación exclusivamente japonesa les hará la vida menos complicada, y les proporcionará un punto de partida sólido hacia un futuro de seguridad y bienestar. No obstante, creemos que erradicar totalmente gestos afectivos propios de nuestra cultura latina no es lo más apropiado, ya que los hijos pudieran asumir que es algo incorrecto, inaceptable. Adicionalmente, nada garantiza que al ser mayores de edad, ellos vayan a adoptar naturalmente dichas costumbres latinas, lo que pudiera ocasionarles no pocos inconvenientes durante sus contactos con círculos latinos aquí en Japón, o en sus posibles estadías en el país del padre.

Hemos observado, además, casos de familias internacionales donde existe una férrea competencia entre el padre y la madre, para imponer al hijo sus distintas culturas, llegando incluso al punto de denigrar las costumbres del otro. Tanto esta postura de confrontación, como la anterior (padres que acuerdan privilegiar una de las culturas frente a la otra) lógicamente inducirán al niño a pensar que es indebido expresar  – y hasta sentir -simultáneamente las dos culturas familiares, o que una es “buena” y la otra es “mala”. Y más adelante, muy posiblemente comenzará a cuestionar esas enseñanzas, lo que redundará en problemas de identidad cultural.

También sucede que algunos padres sencillamente dan poca importancia – o no dan ninguna – al asunto, negándole al hijo la mínima y necesaria orientación, lo que constituye otro extremo, ya que lo dejan en una suerte de limbo existencial que le impide conocer, vivir y disfrutar plenamente ambas experiencias culturales. Esto igualmente le traerá conflictos de identidad en el futuro.

2 culturas + armonía familiar = gran personalidad  

Como señalamos anteriormente, está suficientemente demostrado que los niños que hablan 2 – o más – idomas desde temprana edad experimentan un mayor aprovechamiento de sus capacidades cerebrales, ya que el multilingüismo, al igual que otras actividades mentales, potencia el funcionamiento del cerebro, lo que se manifiesta en un mayor nivel de comprensión, expresión y comunicación, entre otras ventajas. Aunado a esto, cuando el niño aprende a hablar va absorbiendo la cultura contenida en el idioma. En otras palabras, a través del lenguaje los padres le transmiten a su hijo un modo particular y único de percibir la existencia. Esta premisa la sintetizó hermosamente el intelectual venezolano José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) cuando dijo: “Un idioma es el universo traducido a ese idoma”.
 
Desde el mismo instante cuando el bebé comienza a balbucear sus primeros sonidos, se inicia el maravilloso proceso de “traducción” del mundo que lo rodea. De ahí que el idoma sea un instrumento imprescindible en la formación de nuestra identidad cultural.
Hay un dicho latinoamericano, un tanto jocoso, que expresa nuestra posición sobre el tema del desarrollo bicultural infantil: “Mejor que sobre y no que falte”. Tanto la cultura de la madre como la del padre, incluidos lenguaje, música, comida, etc., constiuyen un legado invaluable para los hijos. Cuando transmitimos a ellos nuestras costumbres y tradiciones, en un ambiente armonioso, de mutua aceptación y valoración cultural, estamos enriqueciendo grandemente su personalidad.

Al inculcarle a nuestros hijos, en un marco de unión y cariño familiar, que las culturas de papá y mamá son hermosas y valiosas por igual, estamos sembrándoles la semilla de la tolerancia y el amor hacia propios y extraños, sin distingos de ningún tipo, y estamos haciendo de ellos hombres de bien; puentes culturales en un mundo sediento de entendimiento y paz. Y cuando llegue el día de preguntarse a sí mismos “¿quién soy?”, la respuesta más probable será: “alguien realizado, orgulloso de mis dos culturas. Y eternamente agradecido con mis padres que supieron dármelas”. 

Ángel Rafael La Rosa Milano

“El sol brilla siempre dentro de ti”