“No soy de aquí, ni soy de allá”

junio 28, 2010

 

 Así dice una canción mundialmente famosa del cantautor argentino-platense Facundo Cabral. Y continúa: “no tengo edad ni porvenir, y ser feliz es mi color de identidad”. Pero no es de esa joya musical  (y filosófica) que hablaré hoy. Sólo me robé la frase como punto de partida de este escrito.

 Recuerdo que cuando niño yo estaba convencido de que mi país, Venezuela, era mejor que los demás países del mundo, en todos los sentidos. Conclusión ésta muy lógica teniendo en cuenta mi ignorancia de entonces en materia internacional. En mi limitada visión infantil, mi país era el más grande, bonito, moderno, próspero; el más chévere, en definitiva.

 No hay nada de particular en eso. Nos pasa a todos los niños. Y a medida que vamos creciendo, crece nuestro conocimiento de otras latitudes, y también nuestra modestia, en el contexto mundial. En términos matemáticos diríamos que a mayor información sobre el mundo, menor es nuestro etnocentrismo. Es una relación inversamente proporcional. Pero esta no es una ley absoluta, sino una teoría relativa, porque bien podemos envejecer creyéndonos “más” que otros pueblos y sus culturas. Y como hemos sostenido reiteradamente, una actitud etnocentrista muy acentuada disminuye signifcativamente los potenciales beneficios de nuestras relaciones interculturales, con nuestros similares latinoamericanos y de otras regiones.

 Mi infancia y adolescencia transcurrieron durante los años de “la Venezuela saudita”, cuando nos situamos entre las economías más robustas del continente, convirtiéndonos en una especie de “Meca económica”, para cientos de miles de hermanos de la región en busca de mayores oportuniades. Entonces, como es la norma en estos procesos migratorios, la gran  mayoría de nuestros huéspedes llegaban para desempeñarse en las labores más modestas dentro de la escala socio-económica venezolana. Era muy común, por ejemplo, que las familias de clase media y alta emplearan a inmigrantes de países vecinos como personal doméstico. En mi propio hogar, esa costumbre se mantuvo por muchos años. Aunque, después, cuando se nos esfumó en el aire la burbuja económica, a los venezolanos nos correspondió también ir a tocarle la puerta a nuestros vecinos.

Pero lo que quiero resaltar es que a pesar de las enseñanzas familiares de respeto y amor hacia nuestros semejantes, mi reducida percepción del mundo y de la vida en general me hacía tomar erróneamente el factor económico como único parámetro para compararnos con otras naciones hermanas. Sólo con el tiempo, fui observando y aprendiendo que nuestros países vecinos y todos los que pueblan la tierra son grandes y valiosos por igual, sin indicadores estadísiticos que valgan.

 Para mí, la experiencia japonesa ha sdio determinante para combatir cualquier resabio etnocentrista que pueda quedarme, y para reforzar convicciones de igualdad y fraternidad con todos los pueblos latinoamericanos. Es normal que de tanto en tanto yo todavía incurra en generalizaciones cultrales banales, pero procuro estar cada vez más alerta ante cualquier asomo de etnocentrismo, enfocándome en las muchas virtudes de esos países amigos, en aras de una relación intercultural cordial y fructífera.

En Japón, he compartido muchas experiencias importantes con latinos de distintas nacionalidades. Desde arduas tareas físicas en la fábrica, hasta actividades educativas en la universidad. Y en la parte artística específicamente he sido mexicano, peruano, colombiano y cubano, por ejemplo. ¡A mucha honra! Además, me jacto de tener buenas amistades de cada rincón de Latinoamérica.  

 Hoy en día, cuando pienso en la palpitante comunidad latinoamericana de Japón; en sus venturas y desventuras, siento que pertenezco a ella realmente; siento – como dice la canción – que no soy de aquí, ni soy de allá, y que con todo lo que amo a mi madre patria Venezuela, me fundiría sin dudarlo con todos y cada uno de los hermosos pueblos que conforman nuestra gran América Latina.

Ángel Rafael La Rosa Milano

El sol brilla siempre dentro de ti”

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Venezuela en la Universidad Rikkyo

junio 24, 2010

 

¡Hola familia!

Me complace muchísimo informarles que ayer, miércoles 23 de junio,  di una charla sobre mi país en la Universidad Rikkyo de Tokio (english.rikkyo.ac.jp). Titulada “Venezuela en su música tradicional”, la exposición fue posible gracias a la por demás gentil invitación que me extendiera la renombrada psicóloga, profesora de español de dicha institución y mi amiga, la Dra. Irma Miwa.

Tuve oportunidad de impartir la charla a dos cursos, por separado. Uno de nivel intermedio y otro de nivel avanzado. Vale destacar que en el segundo grupo participaron simultáneamente alumnos tanto de la Dra. Miwa como de la “archiconocida” profesora Marcela Lamadrid (www.marceinternational.jp). Huelga decir que fue un altísimo honor y un inmeso placer para mí compartir con damas tan encantadoras, profesionales de altos quilates. A ellas mis más sinceras gracias por la valiosa experiencia, así como por sus muchas atenciones.

Igualmente, estoy profundamente agradecido con la muy prestigiosa Universidad Rikkyo y su excelente departamento de español. Y merecen mi agradecimiento especialísimo todos y cada uno de los estudiantes participantes, porque ellos fueron la razón de ser de la charla, y por estar estudiando mi lengua materna.

¡Mil Gracias!

 

Ángel Rafael La Rosa Milano 

“El sol brilla siempre dentro de ti”


Anécdotas de mi papá

junio 20, 2010

Hoy domingo 20 de junio de 2010,  a apenas minutos de finalizar el Día del Padre, quisiera rendir un modesto tributo a la memoria de mi amado papá, Ángel Rafael La Rosa Monasterio, fallecido hace 7 años. Para ello compartiré unas anécdotas suyas con mi queridos lectores, y muy especialmente con mis apreciados y respetados “colegas”,  los esforzados padres latinomericanos establecidos en Japón.

¡¡¡FELIZ DÍA DEL PADRE!!!

 

Pura bulla

Yo tendría unos 8 ó 9 años de edad, un día que estaba con mi papá en el jardín de la casa, mientras él estaba haciendo algunas labores de jardinería. Tuve que haber hecho alguna travesura muy grande, porque recuerdo que mi papá se molestó, y reaccionó con cierta brusquedad, profiriendo un  “’¡carajo!” y haciendo un movimiento de brazo para darme una nalgada. Logré esquivar el manotazo y me le alejé, por lo que él pegó una carrerita para tratar de agarrarme. Una vez más, pude escabullirme moviéndome rápidamente por detrás de una matica de guayaba, provocando que él se resbalara y ¡cayera en la cuneta!

“Ahora sí estoy en problemas”, pensé. Pero, suspiré de alivio al verlo más bién soltar una carcajada, por la situación tan ridícula y cómica en la que se encontraba, e imagino que sorprendido, también, por la habilidad de su hijo.

El cuento termina con los dos muertos de la risa por lo que pasó.

Aparte de ese intento fallido de nalgada, no puedo recordar, por más que trato,  otra ocasión en la que mi papá haya intentado pegarme.

Siento que esas explosiones de mi papá eran “pura bulla”. Ciertamente, a veces eran muy fuertes y atemorizaban a cualquiera, pero con los años entendí que eran más bien erupciones volcánicas efímeras, porque dentro del volcán en realidad lo que había era un alma llena de bondad.

Bailarín de gradas

 Pocos meses antes de que a mi papá le diagnosticaran cáncer, en el año 2002, lo entusiasmé para que fuéramos los dos a ver un juego de fútbol entre Venezuela y Colombia. Por aquellos tiempos, “La Vinotinto” estaba jugando muy bien, conducida por el técnico Richard Páez, y llenaba los estadios donde se presentaba.

Huelga decir lo contento que estaba yo por compartir tan ansiado evento deportivo con mi papá.

En el “Universitario” (Estadio de la Universidad Central de Venezuela, patrimonio cultural de la humanidad), reinaba un ambiente festivo tremendo; las gradas eran una rumba total, en parte provocado por la muy pegajosa música que salía por los altavoces del estadio, que hacía bailar animadamente a la mayoría de los presentes.

En medio de aquella algarabía, me provocó comprar golosinas a un vendedor que se encontraba unas cuantas filas más arriba de nosotros. De regreso a mi asiento  logré presenciar una imagen bastante poco probable, por no decir insólita: ¡Ángel La Rosa estaba bailando, frente a su asiento, de lo más tranquilo!

Aparte de fiestas familiares y recepciones militares, donde normalmente él bailaba con mi mamá , mi hermana menor y,  muy rara vez, con alguna allegada, nunca en mi existencia había visto a mi papá bailando en una situación similar, y de paso en actitud tan natural, cómo si nada.

Tengo que admitir que me hizo muchísima gracia verlo bailar así. Y no lo digo en son de burla, sino porque además de que estaba irreconocible en aquella faceta de bailarín de gradas, era obvio que estaba tratando de imitar el estilo de los jóvenes a su alrededor (después me di a la tarea de encontrar a alguien de su edad entre el público y el era el más viejo por bastante), lo que dio como resultado un fusión dancística memorable.

Pero, al final, el sentimiento que prevaleció en mí ante semejante expresión de disfrute y desenfado fue el de una gran admiración. ¡Hay que tenerlas bien puestas!

Mientras caminaba a mi asiento, observándolo como se entregaba al enérgico baile, primero me sentí un poquito ruborizado, pero en cuestión de segundos me invadió una fuerte sensación de alegría y orgullo al ver a mi papá disfrutando plenamente su momento.

Cuando me sintió llegar a su lado, dejó de bailar. Nunca le hice ningún comentario al respecto. Pero, de tanto en tanto, recuerdo aquella para mí inesperada y feliz experiencia, y sonrío de puro regocijo y de profunda admiración por esas ocurrencias de mi amado papá.

 

Corazón oriental fiestero

Sin ser tan parrandero como yo, por ejemplo, a mí papá le gustaban mucho las fiestas, y siempre estaba más que dispuesto a “echar un pie” con mi mamá, especialmente con música suave y cadenciosa, exhibiendo una elegancia marcial, como buen militar.

Él era, más bien, del tipo comedido, y en las fiestas familiares y demás eventos sociales, se comportaba con cierta reserva. Disfrutaba mucho, sí, pero recatadamente.

Sólo como en tres ocasiones en toda mi vida pude ver a mi papá bailando “derrapado”, olvidado del mundo. Entonces me pareció estar viendo a una persona completamente distinta. Tanto, que parecía estar borracho al ensayar unas muy peculiares y osadas piruetas de baile, haciendo las delicias de los presentes, quienes le celebraban la actuación muy efusivamente. Pero, según recuerdo, en esas oportunidades ni siquiera consumió alcohol.

Estos raros eventos tuvieron lugar en fiestas de la familia paterna; entre sus hermanos y sobrinos, caracterizados, en su mayoría, por ser sumamente alegres y fiesteros, sobre todo los carupaneros (oriundos de la ciudad oriental venezolana  de Carúpano).

Y no es que entre “nosotros” no disfrutara plenamente. Al contrario, simpre lo recordaremos feliz y contento en las reuniones hogareñas. Es que entre “los suyos”, como es lógico, se mostraba bastante más desenvuelto que de costumbre; se “desataba”, tanto en el baile como a la hora de hacer chistes y bromas en familia.

Anque esas veces me sorprendió un poquito su cambio tan notorio, disfruté enormemente ver a mi padre en acitud tan rumbera, junto a su muy parrandera familia carupanera. Definitivamente, fue un gran privilegio para mí conocer su tan fiestero corazón oriental.

Lección de humildad

Un día, mi papá regañó muy duramente a una sobrina mía de 6 años de edad ; le gritó de manera violenta, lo que me molestó muchísimo.

Mi forma de reprochárselo fue gritándole a él también, incluso con mayor violencia, delante de algunos miembros de la familia, incluidos sus nietos.

Si bien tan inusual y desafortunada reacción mía me sirvió como desahogo momentáneo, también me produjo gran tristeza, frustración y arrepentimiento – que todavía hoy siento – porque, en mi desproporcionado deseo de “justicia” para con mi sobrina, fui incapaz de controlarme, y porque entonces – a pesar de que mi actitud demostrara lo contario – no creía que la violencia debía pagarse con violencia.

Pero, lo que quiero destacar en este relato es que al día siguiente de aquel lamentable incidente familiar, y sintiéndome yo todavía bastante contrariado, tanto por lo que hizo mi papá como por mi errática respuesta, él se acercó para pedirme disculpas, en una acitud sumamente paternal y conciliadora. En el contacto con su mano y en su mirada, pude sentir claramente la sinceridad y el amor de sus palabras.

Creo que yo, en mi necio orgullo de aquellos años juveniles, no hubiera sido capaz de un gesto tan elevado como el de mi padre, que si bien fue su sincera expresión de arrepentimiento, fue, además, un acto de valentía y una lección de humildad que recibí para toda mi vida. Por ello, lo respeto, lo admiro y lo amo tanto.

 

Temperamento mandón

 

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Imagen obtenida de Freepik

Yo no sé si mi papá se hizo militar por su tendencia a dar órdenes, o si desarrolló esa actitud durante la carrera. Lo que si sé es que le gustaba mandar bastante. Tanto, que yo a veces lo sentía un poco autoritario, por lo que, a lo largo de los años, tuvimos algunos encontronazos. Sin embargo, con el tiempo, también aprendí a aceptar ese rasgo de su naturaleza dominante y a convivir con él. Así que, cuando lo notaba más mandón de la cuenta, me daba a la tarea de “torearlo”, como se hace con los toros bravos y testarudos.

Unos 30 años atrás, mis padres adquirieron un terreno en una bonita zona montañosa de la vecina ciudad, San Pedro de Los Altos, caracterizada por sus innumerables parajes con vistas magníficas sobre sembradíos desplegados en un estrecho valle y en las faldas de los cerros, y los cuales semejan un hermoso tapiz que hubiese sido bordado por una mano divina para disfrute de nosotros los mortales.

San Pedro de Los Altos

San Pedro de Los Altos (foto obtenida de Mapio.net)

El lote de tierra en cuestión, con una ubicación privilegiada en una pequeña montaña, poseía una de esas panorámicas memorables sobre aquel paisaje de ensueño.

Mis padres, a los pocos años de la compra del terreno, comprendieron que, debido a su lejanía e inaccesibilidad topográfica, se les imposibilitaría cuidarlo, así que decidieron cedérmelo  a cambio de que yo me encargara totalmente de su cuidado, incluidos los gastos.

Así las cosas, cuando me llevaron a verlo por primera vez, entendí, en un segundo, por qué ellos se habían sentido atraídos por tan remoto y solitario punto. Yo mismo me enamoré a primera vista de aquel edén montañoso (Imagen Satelital).

Pero, este cuento no es sobre el par de años felices que pasé entregado, en cuerpo y alma, a tan bonito pedazo de tierra (el cual, muy triste y contradictoriamente, por cierto, dejé abandonado cuando me vine a Asia), sino sobre la vez que le pedí a mi papá que me acompañara a ir a verlo – junto a un entrañable tío materno y padrino mío – para mostrarle, in situ y mapa en mano, lo mucho que había avanzado limpiándolo, y explicarle mis ideas para una posible construcción.

Hoy, casi 20 años después, recuerdo el gran sentimiento de dicha que me embargaba aquel día, al ver lo contentos que estaban tanto mi papá como mi padrino  de visitar mi modesto paraíso,  y constatar lo bien cuidado que yo tenía el “terrenito”.

Mi difunto y amado padre, el “Coronel La Rosa”, de pronto se puso en modo jefe militar; parecía estar al mando de una operación bélica, dándome instrucciones a diestra y siniestra: “párate allá”, “mide la distancia que hay desde aquel punto hasta aquella esquina”, “creo que eso quedaría mejor aquí”, ¿por qué mejor no lo haces así?”, etc., etc., etc..

 

Recuerdo que, en mi adultez temprana, ocasionalmente tuve que pedirle que moderara su inclinación a darme órdenes. “Papá esta casa no es un cuartel y yo no soy un soldado”. Pero, en situaciones como esa, disfrutando una experiencia tan entretenida,  productiva y vivificante para ambos, yo más bien apreciaba y conseguía divertida aquella retahíla de órdenes del Mariscal de Campo, Ángel La Rosa.

Entonces, aquel temperamento mandón era el reflejo de su enérgica personalidad, de su genuino interés en mi proyecto, de su gran satisfacción por compartir con su hijo; en definitiva, de su infinito amor de padre.

 

Un alma caritativa

Mi papá se caracterizaba por ser una persona piadosa, compasiva, muy solidaria. Pero, él no iba por ahí divulgando sus obras de caridad. Al contrario, prefería guardárselas para sí mismo. De hecho, yo siempre me enteraba de sus acciones en pro de los más necesitados por casualidad. Únicamente cuando se convirtió en Rotario (llegó a ser el presidente del Rotary Club de San Antonio de los Altos, en el Estado Miranda venezolano), se vio obligado a informar a la comunidad sobre las actividades voluntarias de la asociación, lógicamente.

Y, a medida que fui creciendo, fui entidiendo que lo más importante en los gestos de solidaridad de mi padre con el prójimo, no era tanto lo que daba sino como lo daba. Ya sea cuando ponía dinero en la mano del limosnero; cuando le daba ropa a su amigo indigente, o cuando le compraba comida a un niño de la calle, el factor común en todos esos nobles actos era la gran calidez humana con que los acompañaba. De hecho, una de las razones por las que él siempre se tardaba tanto cuando se ofrecía a ir caminando a comprar algo, pan, comida, medicinas, etc. (para infortunio de mi madre, que a veces necesitaba esos productos con cierta urgencia),  eran sus largas y amenas conversaciones con esas personas necesitadas que se encontraba en el camino. Conversaciones, por cierto, que en ocasiones ¡lo hacían olvidarse de que salió a comprar algo!

Eso ocurría con cierta frecuencia. Y, hoy en día, entiendo claramente que tanto los beneficiarios como el benefactor necesitaban, por igual, aquellas acciones filantrópicas cotidianas.

Luego de la Tragedia de Vargas, en 1999, un gran número de instituciones de cuidado diario se vieron obligadas a cerrar sus puertas y a reubicar a sus pacientes. Un grupo de niños con necesidades especiales fue transferido a un centro especializado en San Antonio de los Altos. Mi papá me informó que en dicho centro estaban necesitando voluntarios que ayudaran en las labores de cuidado a los niños recién llegados, al menos en la ajetreada etapa de instalación en su nueva morada.

Decidí ir a colaborar un poco, y mi papá se ofreció a llevarme, aprovechando que tenía que llevar algunas donaciones a los adultos, pacientes regulares de aquel centro. Así las cosas, nos pusimos de acuerdo y fuimos un día juntos. Antes de ir a ver a los niños de Vargas, pasamos primero por la sección de mayores para dejar las cosas que él les llevaba, algunas propias y otras donadas por el Rotary Club, si no me falla la memoria.

Lo que presencié ese día fue una bonita muestra de la personalidad humanitaria de mi padre, y también una valiosa enseñanza para mí. Apenas entramos al recinto, algunos de los pacientes reconocieron a mi papá y se acercaron a él presurosos, rodeándolo, llamándolo por su nombre, en expresión de genuino aprecio, de alegría por su llegada. Unos le extendían la mano, otros lo abrazaban con fuerza, todos visiblemente emocionados por su presencia.

Yo me limitaba a observar, asombrado, y muy conmovido. Lo más cercano que yo había visto a tan cálido recibimiento era la aglomeración de los fans en torno a un artista famoso… Yo conocía al “buen samaritano” que habitaba en mi padre, y sabía que en su condición de rotario regularmente realizaba ese tipo de actividades filantrópicas, solo o con otros miembros del club. Pero no sabía de su contacto tan estrecho con aquel centro en particular, ni de su relación tan cercana, tan personal con los pacientes.

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Foto extraída de sitio “Editores Verbo Divino”

En ese momento estremecedor, mientras veía aquella alma caritativa obrar en toda su dimensión, admiré infinitamente a mi padre, y fui el hijo más orgulloso de la tierra.

 Bendición, papá. Te amo.

 

Admiración por mi padre el soldado

Apartando el hecho de que desde muy pequeño he soñado – dormido y despierto – con todo tipo de aventuras, la razón más importante para haber estudiado en un liceo militar fue mi padre. Pero, no porque él me lo haya exigido ni mucho menos, sino porque yo en esa época realmente quería imitarlo en muchos aspectos, incluyendo su vida de soldado.

Tanto mi papá como mi mamá únicamente me lo plantearon como una opción, porque lo veían como una excelente alternativa para mi formación integral, y también porque el mismo año de mi ingreso a la secundaria, un entrañable amigo de mi papá metería a su hijo en el liceo militar “Anzoátegui” de Puerto Píritu, cuidad costera del oriente venezolano. Por cierto, el señor para ese entonces se desempeñaba como coordinador del Departamento de Deportes y Educación Física del liceo, lo que sería muy conveniente para mí, ya que así podría contar con la supervisión y la orientación de un amigo de la familia. Permítanme hacer un alto para elevar una oración y rendir un pequeño homenaje póstumo, tanto a mi querido y recordado “Profesor Roque” como a su hijo – quien se convertiría en mi mejor amigo del liceo- el “negro Roque”.

Cuando mis padres me explicaron la situación y me hablaron de Puerto Píritu, yo enseguida vi en esa opción la oportunidad perfecta de satisfacer tanto mis juveniles sueños de aventura como mis deseos de seguir los pasos de mi padre como militar.

Entre mis recuerdos más gratos de mi papá el soldado están los deslumbrantes desfiles en el Paseo Los Próceres de la capital, Caracas, y demás actos castrenses, como ascensos, entrega de condecoraciones, etc.. Recuerdo lo tremendamente orgulloso que me sentía en esos momentos, al verlo con su porte tan gallardo y marcial, luciendo sus uniformes de gala, combate o trabajo.

También me vienen a la mente las veces que me contaba, apasionado, sus emocionantes vivencias en los cuarteles. Por cierto, desde muy pequeño, de vez en cuando me llevaba con él a sus distintos lugares de trabajo. Por ejemplo, estando yo ya en el “Anzoátegui”, en mi condición de estudiante militar, una vez me llevó a ver los ejercicios de guerra de unos oficiales de la Guardia Nacional, alumnos suyos en un curso.

Por aquello de que “una imagen dice más que mil palabras, quiero que vean una foto de mi papá, durante una de aquellas memorables paradas en Los Próceres, cuando, con el grado de Mayor, y en su condición de comandante ejecutivo del alumnado de la otrora gloriosa EFOFAC (Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación), le correspondió marchar al frente de tan excelsa agrupación de cadetes.

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Sólo quisiera agregar que, tradicionalmente, el comando ejecutivo del cuerpo de cadetes de cada academia de las fuerzas armadas (Ejército, Guardia Nacional, Aviación y Marina), por la responsabilidad, el honor y el privilegio que dicho comando encierra, lo ostentan sólo oficiales élites; aquellos que, a lo largo de la carrera, ocupan los primeros lugares de sus respectivas promociones; que sobresalen tanto en lo académico como en lo militar propiamente. Esos oficiales son vistos por la superioridad y por la institución en general como el modelo a seguir por los jóvenes cadetes.

La vida está llena de paradojas. En la mía, una de las más grandes es que yo sólo necesité el primer año del liceo para saber que no iba a ser militar como mi padre. Pero, decidí seguir, porque, como digo al principio, yo me tomé esos cinco años en el internado castrense como una aventura adolescente (el uniforme, los ejercicios de guerra, la competencia académico-deportivo-militar, etc.); porque entendí que recibiría una educación muy completa, y porque, aun a sabiendas de que al terminar el liceo no seguiría la carrera de las armas, me hacía mucha ilusión, lograr, aunque sea sólo a ese nivel de secundaria, algunas de las cosas que hizo mi papá como soldado, y hacer que tanto él como mi mamá se sintieran orgullosos de mí.

Ahora, permítanme – y perdónenme – un momento de gran inmodestia. La experiencia del liceo fue tan satisfactoria para mí que cada año obtuve la mayor jerarquía entre  mis compañeros de promoción (“Distinguido”), y  en el 5to. año, el último de la secundaria, logré obtener la jerarquía más alta (“Brigadier Mayor”). Es decir, era el jefe de todo el alumnado. Adicionalmente, al igual que mi padre, me hice paracaidista militar (realicé el curso durante las vacaciones del 4to. año).

Imagínense lo feliz que se ponía mi padre, durante mi etapa castrense, con las actuaciones de su “soldadito”. Y no piensen ni por un instante que se decepcionó o se entristeció porque no seguí la carrera militar. De hecho, el día de mi graduación se le notaba muy ufano y orgulloso. A pesar de que él fue un gran soldado y de que, seguramente, alguna vez soñaría que yo también lo fuera, desde que le informé, al comienzo de la secundaria, que yo no sería militar, siempre me manifestó su comprensión, su apoyo y su amor de padre. Y ahora que tengo una hija, también en eso me desvivo por imitarlo.

Bendición, papá. ¡Feliz Cumpleaños!

 

 

Ángel Rafael La Rosa Milano


“¿Quién soy?”

junio 3, 2010

 

Mitos + desinformación = probelmas de identidad cultural

Como padre de una niña nipona-venezolana de 3 años, nacida en Japón, me interesa sobremanera el tema de la identidad cultural en niños como ella. Durante años, hemos sabido tanto de niños que se benefician grandemente de su condición bicultural, como de aquellos que, al contrario, se ven perjudicados por ese hecho.

¿Cómo garantizar que los hijos de parejas internacionales, o de padres connacionales establecidos en el extranjero engrosen las estadísticas positivas? Este escrito no ambiciona dar una respuesta definitiva. Pero sí nos permitiremos contribuir a tan importante discusión, basados en nuestras observaciones y modestas reflexiones sobre el particular.

Son muchos los mitos negativos creados en torno a la condición bicultural de los hijos de parejas internacionales. Hay quienes sostienen que los problemas de confusión o falta de identidad cultural tienen su origen precisamente en esa “doble cultura” del niño. Somos del pensar que si, tal como está demostrado científicamente, el cerebro del niño se beneficia cuando éste aprende 2 – o más – lenguas, también es altamente beneficioso para el desarrollo de su personalidad que asimile las respectivas culturas de sus progenitores. En nuestra modesta opinión – y a sabiendas de que al final todos los padres queremos lo mejor para nuestros pequeños – los problemas de identidad cultural se presentan mayormente por la falta de información en algunos hogares interculturales, a la hora de educar a los hijos “mezcaldos”. 

Por ejemplo, en una oportunidad, conocí a un caballero latino casado con una dama japonesa. Me explicaba que mientras sus 2 hijos fueran menores de edad, él prefería inculcarles la cultura japonesa solamente. Primero, porque ellos nacieron en Japón, segundo, porque así “no tendrían problemas de identidad cultural”. Además, comentó que su estrategia educativa incluía “cero besos, cero abrazos”, por considerar que ambas son manifestaciones de afecto “muy latinas”. En este caso, podemos entender perfectamente la paternal aspiración de este amigo latino. Como padre, él siente que dándole a sus hijos una educación exclusivamente japonesa les hará la vida menos complicada, y les proporcionará un punto de partida sólido hacia un futuro de seguridad y bienestar. No obstante, creemos que erradicar totalmente gestos afectivos propios de nuestra cultura latina no es lo más apropiado, ya que los hijos pudieran asumir que es algo incorrecto, inaceptable. Adicionalmente, nada garantiza que al ser mayores de edad, ellos vayan a adoptar naturalmente dichas costumbres latinas, lo que pudiera ocasionarles no pocos inconvenientes durante sus contactos con círculos latinos aquí en Japón, o en sus posibles estadías en el país del padre.

Hemos observado, además, casos de familias internacionales donde existe una férrea competencia entre el padre y la madre, para imponer al hijo sus distintas culturas, llegando incluso al punto de denigrar las costumbres del otro. Tanto esta postura de confrontación, como la anterior (padres que acuerdan privilegiar una de las culturas frente a la otra) lógicamente inducirán al niño a pensar que es indebido expresar  – y hasta sentir -simultáneamente las dos culturas familiares, o que una es “buena” y la otra es “mala”. Y más adelante, muy posiblemente comenzará a cuestionar esas enseñanzas, lo que redundará en problemas de identidad cultural.

También sucede que algunos padres sencillamente dan poca importancia – o no dan ninguna – al asunto, negándole al hijo la mínima y necesaria orientación, lo que constituye otro extremo, ya que lo dejan en una suerte de limbo existencial que le impide conocer, vivir y disfrutar plenamente ambas experiencias culturales. Esto igualmente le traerá conflictos de identidad en el futuro.

2 culturas + armonía familiar = gran personalidad  

Como señalamos anteriormente, está suficientemente demostrado que los niños que hablan 2 – o más – idomas desde temprana edad experimentan un mayor aprovechamiento de sus capacidades cerebrales, ya que el multilingüismo, al igual que otras actividades mentales, potencia el funcionamiento del cerebro, lo que se manifiesta en un mayor nivel de comprensión, expresión y comunicación, entre otras ventajas. Aunado a esto, cuando el niño aprende a hablar va absorbiendo la cultura contenida en el idioma. En otras palabras, a través del lenguaje los padres le transmiten a su hijo un modo particular y único de percibir la existencia. Esta premisa la sintetizó hermosamente el intelectual venezolano José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) cuando dijo: “Un idioma es el universo traducido a ese idoma”.
 
Desde el mismo instante cuando el bebé comienza a balbucear sus primeros sonidos, se inicia el maravilloso proceso de “traducción” del mundo que lo rodea. De ahí que el idoma sea un instrumento imprescindible en la formación de nuestra identidad cultural.
Hay un dicho latinoamericano, un tanto jocoso, que expresa nuestra posición sobre el tema del desarrollo bicultural infantil: “Mejor que sobre y no que falte”. Tanto la cultura de la madre como la del padre, incluidos lenguaje, música, comida, etc., constiuyen un legado invaluable para los hijos. Cuando transmitimos a ellos nuestras costumbres y tradiciones, en un ambiente armonioso, de mutua aceptación y valoración cultural, estamos enriqueciendo grandemente su personalidad.

Al inculcarle a nuestros hijos, en un marco de unión y cariño familiar, que las culturas de papá y mamá son hermosas y valiosas por igual, estamos sembrándoles la semilla de la tolerancia y el amor hacia propios y extraños, sin distingos de ningún tipo, y estamos haciendo de ellos hombres de bien; puentes culturales en un mundo sediento de entendimiento y paz. Y cuando llegue el día de preguntarse a sí mismos “¿quién soy?”, la respuesta más probable será: “alguien realizado, orgulloso de mis dos culturas. Y eternamente agradecido con mis padres que supieron dármelas”. 

Ángel Rafael La Rosa Milano

“El sol brilla siempre dentro de ti”