Tocando mi puerta… y mi corazón

marzo 31, 2012

Revista La Atalaya         

 Hoy (sábado 31 ) pasó algo después de lo cual sentí la imperiosa necesidad de escribir esto inmediatamente.

En una gélida y nublada tarde sabatina con fuertes vientos que anunciaban tormenta, me encontraba en la comodidad y el calorcito de mi hogar, disfrutando de un inusualmente largo reposo vespertino, junto a mi esposa y mi hija, cuando de pronto sonó el timbre. Definitivamente, el último sonido que espera oír uno en un momento así.

 Pensé en no responder el llamado, sospechando que podría tratarse de algún vendedor de fines de semana, y sobre todo dada la muy confortable situación en la que estaba. Pero cambié de opinión. Receloso como estaba de atender, me sorprendía el hecho de que un vendedor pudiera ser tan temerario como para desafiar condiciones climáticas tan adversas, así que me acerqué sigilosamente a la puerta para ver  a través del visor.

 Aquel inoportuno visitador lucía más bien como un Testigo de Jehová, por lo que decidí abrirle. Y ahí estaban: un hombre de mediana edad y una joven mujer (al caballero no lo reconocí, pero a la muchacha ya la había visto un par de veces), como siempre, muy agraciados en sus modales y en su aspecto personal;  rozagantes como en el más soleado de los días.     

 Aunque no estoy muy de acuerdo con la forma como estos diligentes visitadores cristianos difunden sus creencias (que son diferentes a las mías, además), en estos 5 años de residencia en Tokio he aprendido a ver el lado bueno de su infatigable pregonar, y de alguna forma les he tomado aprecio sincero. Y es porque aparte de mi natural aceptación de las tendencias religiosas del prójimo, veo que ellos se toman la molestia de visitarme cuando podrían estar reposando plácidamente, y siento que su interés por mi bienestar espiritual es genuino. Y adicionalmente, en la mayoría de los casos son hermanos latinoamericanos que me hablan en español, mi hermoso idioma materno.

 Tras 5 años de esporádicas, breves e interesantes conversaciones frente a mi puerta, ellos ya saben que mis convicciones no sólo difieren de las suyas, sino que son igual de firmes. Pero también saben que son siempre bienvenidos y apreciados. Por cierto, colecciono todos los folletos que tan gentilmente me dan, porque contienen material muy valioso para mi vida y la de mi familia (información, consejos, historias, etc.), si importar mi orientación espiritual.

 Repentinamente, me viene a la mente el recuerdo de mi amado difunto padre. En mi temprana juventud, me costaba entender que él pasara tanto tiempo hablando tan animadamente con los predicadores que nos visitaban en aquella época. Y resulta que ahora, sin proponérmelo, estoy haciendo lo mismo…       

 Mientras veía al gallardo caballero y a la agradable joven, ahí frente a mí, en tan cordial actitud, en tan severo clima, los respeté y admiré – y a mis otros amigos Testigos de Jehová – más que nunca. Y le agradecí, una vez más, íntima y profundamente, a su Dios y a mi Dios (que al final de cuentas tal vez son uno solo), que ellos pasaran hoy por mi casa, tocando mi puerta… y mi corazón. 

Ángel Rafael La Rosa Milano

“El sol brilla siempre dentro de ti”

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”Hija, yo también me porté mal” (4)

marzo 20, 2012

          Mi tesoro, cuando somos niños, algunas veces nuestras ocurrencias infantiles pueden ponernos en verdadero peligro, tanto que hasta puede peligrar nuestra vida. Es decir, podríamos morir. Lamento muchísimo asustarte diciéndote esto, mi ángel, pero prefiero eso, porque pienso que así siempre tendrás más cuidado, y tratarás de no hacer cosas demasiado peligrosas. 

Una vez, un niño mayor que yo, me sonsacó para que subiéramos a la azotea de mi edificio. Ahora, con cuarenta y tantos años de edad, me da mucho miedo con sólo recordarlo, porque pienso en lo que pudo habernos pasado, y en que tú o cualquier otro niño pudieran hacerlo también. Pero, cuando tenemos 6 ó 7 años solamente, no podemos reconocer claramente todas las situaciones de peligro.

 Hoy recuerdo, atemorizado (pero en aquel entonces, no sentía ningún temor. Al contrario, estaba muy contento y emocionado), que aquella azotea de un edificio de 6 pisos no tenía cerca ni nada parecido; en sus bordes solamente había un muro de apenas un metro de altura, en el cual nos apoyamos mi amigo y yo para disfrutar de la vista panorámica.

 Hija linda, en verdad, yo no quiero que pienses mucho en algo tan feo. Y aunque tu mamá y yo hemos visto que a tus 5 añitos ya tienes muy buen sentido común, debemos estar seguros de que puedes entender perfectamente lo que hubiéra pasado si nos caemos de esa altura. Ya sabes, los niños de tu edad (incluso más grandes) nunca, nunca, y nunca deben hacer algo así. Y si ves que papi llora un poquito al decirte esto, es simplemente porque te amo con todas mis fuerzas, vida mía, y no quiero que te pase nada malo.

 Por cierto, una vecina que nos vió mientras salíamos de la azotea y entrábamos nuevamente en el edificio, le informó lo ocurrido a mi mamá, quien me castigó muy severamente. En aquel momento, pensé que la señora había sido muy mala conmigo por acusarme. Pero ahora agradezco a Dios – y a ella también – que lo hizo, porque ella me salvó de hacer lo mismo otra vez.

 Una última cosa. Como sabes, papi piensa que hay unos “ángeles” que nos protegen si se lo pedimos mucho y si somos buenas personas. Son los mismos angelitos a los que tu y yo rezamos juntos en las noches, pidiéndoles que todas la personas del mundo estén bien. Lo que quiero decirte es que además de cuidarnos mucho a nosotros mismos, es muy importante que pensemos mucho en esos “amigos buenos”. Papi cree que a ellos les gusta bastante que hagamos eso, y que siempre nos portemos muy bien.

 Que Dios te proteja hoy y siempre, mi princesita.

 Papi