Bachillerato y adolescencia

agosto 30, 2010

 

      La entrada al bachillerato es un hito importante en la vida de cualquier joven – y de toda la familia – ya que constituye un notable avance en sus estudios. Pero, además, porque ese acontecimiento académico coincide con un momento crucial en el devenir de su existencia: tiene unos 15 años de edad; es todo un adolescente en plena transición hacia la adultez.

 Esa fase juvenil es un verdadero torbellino; los jóvenes experimentan vertiginosa y simultáneamente muchos cambios, los cuales serán más o menos fluidos, más o menos difíciles, dependiendo de cuán preparados mental y espiritualmente lleguen a esa parada del camino.

 Todas las transformaciones profundas ocurridas durante el ciclo vital, incluida la de niño a adulto, implican ciertas “pérdidas”. Los quinceañeros teóricamente ya pueden valerse por sí mismos, así que dejan de ser tratados como niños, perdiendo con ello las prerrogativas intrínsecas a la niñez. Por otro lado, esa transformación en adultos también representa “ganancia”, el equivalente a alzar el vuelo en pos de la emocionante aventura de vivir. Cambios como este, y las diversas posibilidades que encierran contribuyen a hacer de los 15 una edad verdaderamente especial.

 Hay amplio consenso en que en la adolescencia ocurren los cambios más determinantes de nuestra vida. Por ejemplo, comenzamos a formularnos preguntas serias sobre el origen nuestro y del universo. Y asoman los primeros dilemas existenciales, cuando empezamos a cuestionar todo, incluso a nosotros mismos.

 En esos años juveniles se avivan nuestros sentidos – físicos y metafísicos – y se agudiza nuestra curiosidad por el mundo circundante. Respondemos presurosos – aunque todavía inocentes – al urgente llamado de la sexualidad. Algunos incluso se inician en la experiencia amatoria a esa temprana edad.

¡Y el amor! Desde mucho antes, siendo niños, ya experimentamos ilusión y atracción, pero es alrededor de los 15 cuando suspiramos con el verdadero amor romántico, ese que nos hace soñar dormidos y despiertos; a las chicas con su príncipe azul y a los chicos con su virtuosa damisela.

 Los humanos somos seres gregarios. Así como precisamos el aire para vivir, precisamos comunicarnos con nuestros semejantes. Y justo en la adolescencia, sentimos la urgencia de expresar el caudal de sensaciones que nos invaden. Esto pone a los padres en una posición privilegiada para propiciar un mayor contacto con sus hijos adolescentes. Pero, si no están dadas las condiciones, entonces los jóvenes conseguirán otros medios de satisfacer esa necesidad vital de expresión. Tal vez en otras personas (no siempre las más idóneas); tal vez en experiencias diversas, algunas de las cuales pueden resultar muy destructivas, como las drogas y el alcohol, por ejemplo.        

Algunos padres optan por no inmiscuirse mucho en los asuntos de sus hijos adolescentes para “no invadir sus privacidad”. Y porque “la naturaleza y la vida se encargan de enseñarles todo”. Ciertamente, lo último que quieren los muchachos son unos padres policías escudriñando con lupa todos sus asuntos. Pero, sí quieren padres amigos, dispuestos a escucharlos y a orientarlos, e incluso a hacerles preguntas, siempre que sea con cariño y respeto.

Es un deseo muy legítimo y natural de los padres que sus hijos adolescentes entren con buen pié al bachillerato, y obtengan buenas calificaciones. Y entendemos cabalmente que para los padres latinoamericanos en un país tan competitivo como este, el desempeño académico de los hijos sea prioritario. Sólo convendría recordar que en ese preciso momento de la vida, sus jóvenes mentes y corazones están procesando un sin fin de cosas más que también requieren atención. Y que mientras más equilibrada sea su adolescencia, más posibilidades tendrán los muchachos de rendir en los estudios.

Es verdad. Lidiar con esos jóvenes estudiantes que están próximos a convertirse en hombres y mujeres no es fácil. Pero si los padres se proponen remontar la cuesta comunicacional, descenderán a verdes praderas donde podrán sentarse a conversar con sus “hombrecitos” y “mujercitas” sobre tantas cosas; unas banales, como la moda – por decir algo – y otras muy serias, como los príncipes y las damiselas. Porque, al igual que las materias del bachillerato, el romance bonito, puro y sincero es una de tantas asignaturas de la vida que los padres esperan que sus hijos pasen con “A”.

Ángel Rafael La Rosa Milano

“El sol brilla siempre dentro de ti”

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“Mi hijo se aburre fácilmente”

agosto 15, 2010

Esta queja de algunos padres llega a nuestros oídos sobre todo en épocas de vacaciones,  cuando ellos tienen que hacerse cargo de los hijos que se quedan en casa todo el día.

Tanto la tendencia de un niño a aburrirse, como la condición opuesta: su capacidad de entretenerse por sí mismo, son conductas aprendidas. ¿Y de quién las aprenden? Sí. Es correcto. De nosotros los padres.

Mientras más cosas les enseñemos a nuestros pequeños en sus primeros 2 años de vida, más formas de divertirse por su cuenta tendrán en los años siguientes, especialmente cuando no podamos – o simplemente no queramos – prestarles toda nuestra atención. No estamos sugiriendo que todos los padres debemos aspirar a producir un Leonardo da Vinci (los encargados de criar al genio renacentista debieron ser en extremo dedicados y estimuladores), sino que invirtamos en nuestros hijos el tiempo suficiente para inculcarles el gusto por algunos pasatiempos como la música (bailar, cantar o tocar instrumentos), los videos infantiles, los cuentos en CD, el dibujo, las manualidades y los juegos con muñecos, legos, etc..

 Como bien sabemos, esas adorables criaturitas pueden poseer cantidades ilimitadas de energía física y mental, y nosotros sus progenitores debemos ayudarlos a canalizarla enseñándoles actividades entretenidas y beneficiosas, que expandan su creatividad y les creen hábitos saludables. Así, cuando no nos sea posible atenderlos, ellos conseguirán por sí solos algo divertido y productivo en que ocuparse.

 Por supuesto que lo ideal sería pasar el mayor tiempo posible con nuestros retoños.  Compartir con ellos actividades cotidianas y recreativas , tanto dentro como fuera del hogar, es fundamental para su desarrollo psico-emocional. Pero como es poco probable que nuestras rutinas diarias (incluso cuando permanecemos en casa) nos permitan estar permanentemente con ellos, lo más aconsejable es tratar de lograr un balance entre su natural dependencia de los padres y su sentido de independencia.

 Medidas prácticas, resultados mágicos 

En nuestra doble condición de padres y orientadores estamos muy conscientes de que no siempre es fácil (particularmente en el caso de padres muy jóvenes o primerizos) poner en práctica las sugerencias recibidas en materia de educación temprana. Factores personales, familiares y de diversa índole pueden dificultar la aplicación de la “teoría” en nuestro diario acontecer, o como diríamos coloquialmente: “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Por eso, aunque convencidos de que nuestra modesta orientación sobre el particular daría resultados muy positivos si es implementada, entendemos que no es una receta sencilla que traiga resultados inmediatos. No. Hay que hacer algunos sacrificios. Pero, ahí está el detalle: entender que a la hora de educar a nuestros querubines – y en la vida en general – lo bueno cuesta.

Pero, somos personas, no robots. De ahí que, a veces, por falta de información, energía, motivación u otras razones humanas, dejamos de hacer lo que instintivamente sabemos que es mejor para nuestros hijos. Por eso es tan importante estar al tanto de los inmensos beneficios que, en todos los aspectos, traerían a nuestros niños, a nosotros los padres y a todos los involucrados seguir los consejos básicos de los especialistas en materia de educación y estimulación infantil temprana.

 No hay fórmulas mágicas, en el sentido de que tenemos que dedicar tiempo y esfuerzo. Pero, si nos lo proponemos, veremos en nuestros adorados pequeños resultados tan maravillosos y gratificantes, que nos sentiremos inmensamente recompensados y bendecidos. Veremos ante nosotros la diaria transformación de nuestros bebés en niños sanos, felices y despiertos, gracias a nuestra dedicación. Eso nos llenará de dicha y hará nuestra vida familiar mucho más llevadera. En este sentido, el resultado sí es algo mágico, ya que es una prueba contundente de la magia que produce la amorosa entrega de los padres a sus hijos.

Ángel Rafael La Rosa Milano

“El sol brilla siempre dentro de ti”


En Kabukicho me sentí en casa

agosto 9, 2010

 

En los últimos 2 años de los 4 que llevo viviendo en Japón, he tenido oportunidad de asistir a las fiestas aniversarias del Perú celebradas en la plaza Kabukicho de Shinjuku. En ambas ocasiones estuve tan a gusto que me sentí realmente en familia. 

Abundan las razones. Primero, la gente de Impacto Latino que, trabajando en equipo con colectivos y particulares de la dinámica comunidad peruana, se esmera en organizar un espectáculo de gran magnitud y atractivo, con buena música, sabrosos platos peruanos y otros servicios importantes, para disfrute de toda la ciudadanía. 

En cuanto a la oferta musical propiamente, las enérgicas y bien acopladas bandas juveniles, por ejemplo, resultaron ser un espectáculo muy refrescante en aquella calurosa tarde tokiota. Aunque, pensándolo bien, algunas agrupaciones más bien elevaron la temperatura de algunos asistentes… Esos dedicados y talentosos jóvenes tienen todo nuestro respeto y admiración.

 Por su parte, el grupo de danzas tradicionales hizo alarde de gracia y habilidad, cautivándonos con una primorosa Marinera que arrancó fuertes aplausos de todo el público, y gritos de ¡viva el Perú, carajo! de emocionados hermanos peruanos.

Tuve que retirarme temprano, por lo que sólo alcancé a disfrutar un par de canciones de “Los Fukunaga”, pero fue suficiente para confirmar que esos excelentes artistas siempre ponen a bailar a todos los presentes. Yo mismo aproveché uno de sus pegajosos temas para bailar apretadito con mi señora japonesa.

 Queremos resaltar también la destacada labor de los animadores (incluido el muy divertido payaso para todas las edades) quienes con su prestancia y chispa latina le dieron mayor amenidad al evento.

 Y lo que más me gusta de todo: el gran público, con su proverbial receptividad y entusiasmo. Entre ellos compartí con los amigos de siempre: peruanos, latinos en general, japoneses y de otras latitudes, compañeros de trabajo, músicos, gente de los medios impresos y audiovisuales. Éstos últimos, heroicos trabajadores que laboran sin descanso mientras los demás disfrutamos. Y también hice nuevas y valiosas amistades, por supuesto. Unos y otros me brindaron su agradable compañía y su calidez.

Envuelto en esa atmósfera de música,  alegría y calor humano, abrazado a mi esposa y viendo a nuestra pequeña hija bailar feliz junto a los otros niños, di gracias a Dios, a la vida y a los hermanos peruanos por tan bonita fiesta, y por hacerme sentir como en mi casa.

 ¡Qué viva el Perú!


Cuando el odio vence al amor familiar

agosto 2, 2010

 

A través del periódico International Press (en las columnas de la psicóloga Nélida Tanaka y del Sr. Takaharu Hayasi) supimos de la desgracia ocurrida a una familia latina de Takarazuka, Hyogo.   

El cuadro no puede ser más trágico y desgarrador: una joven brasilera de 15 años, prende fuego a su propia familia, matando a la madre y dejando tanto al padrastro como a la hermanastra gravemente heridos.

Cuán perturbada tenía que estar esa niña para procurar la muerte de sus seres más cercanos. Cuánto odio hacia ellos tenía que albergar su joven corazón para concebir tan horrendo crimen.

Ella, que a su edad no debería soñar sino una vida de fantasía con su príncipe azul, ahora vivirá la pesadilla de ser una asesina. Que miserable puede ser la vida para algunas personas.

Según informes policiales y noticiosos la niña declaró que decidió matar a su familia porque la madre la maltrataba, y todos la despreciaban – también se sentía aborrecida en la escuela – mientras favorecían a la hermana menor.

 Son muchas y muy diversas las opiniones emitidas sobre este caso tan desolador. Algunos sugieren que los culpables son las propias víctimas, por el supuesto maltrato físico y emocional que infligían constantemente a la niña. Otros piensan que dichos maltratos no justificaban de ningún modo una represalia tan atroz por parte de la joven, y que ella es la única culpable. Y hay quienes opinan que la responsabilidad de esta tragedia, si bien recae mayormente sobre la menor brasilera, es compartida por la sociedad. Nosotros nos inclinamos por esta última posición. Mas, no es nuestra intención exculpar a la joven. Creemos que a su edad ella tiene conciencia de lo que hace y debe responsabilizarse por ello. Pero, el entorno social (incluidos todos los individuos e instituciones que lo conformamos, y esa desafortunada familia) comparte la culpabilidad de algún modo.

 Pareciera que mientras evolucionamos en aspectos como el conocimiento, por ejemplo, involucionáramos en lo relativo al amor al prójimo y el respeto a la vida. Y es que en nuestro inexorable avance material, los seres humanos nos vamos creando más y mayores necesidades mundanas – y valores – que van socavando paulatinamente nuestro humanitarismo y nuestra conciencia del bien y del mal.

 Lógicamente, desde nuestros tiempos primitivos es mucho lo que hemos crecido en materia humanitaria. Pero todo pareciera indicar que la humanidad, en su conjunto, antepone la satisfacción de sus apetencias terrenales a las búsquedas espirituales.

Pero, aunque pueda haber amplio consenso en que el acelerado derrumbe de los valores morales y espirituales de la sociedad pudiera ser la causa de desgracias familiares como la que nos ocupa, es una problemática en extremo compleja, sin soluciones claras o inmediatas. Es decir, a todos nos queda claro que el amor engendra amor y el odio engendra odio. ¿Pero cómo utilizar ese conocimiento para prevenir desgracias semejantes?

Un posible punto de partida sería tratar de explicar tan triste acontecimiento en términos más científicos. A juzgar por las declaraciones rendidas a la policía por la joven acusada, en el sentido de que sus padres la maltrataban física y mentalmente, pudiéramos asumir que ella viene de una “familia disfuncional”. Según el blog “La familia bajo un mismo techo” (http://www.grilk.com/bajounmismotecho/lasfamilias/familias-disfuncionales.php), los ”rasgos típicos de las familias disfuncionales son:

  1. Niegan que exista un problema en su seno, y responden de manera agresiva a todo intento de ayuda.
  2. La desesperanza y la frustración, contribuyen a desarrollar una incapacidad para afrontar los problemas.
  3. Se dan manifestaciones de violencia física y emocional.
  4. No se comparten actividades colectivas positivas, tan sólo las crisis.
  5. La relación afectiva se da en base al autoritarismo y el miedo, con ausencia del cariño y la tolerancia.
  6. La comunicación defectuosa deteriora las relaciones, provocando discusiones, frustraciones y hostilidades.”

En este punto, conviene aclarar que, aunque con esto pretendemos encontrar el eslabón entre la terrible reacción de la joven brasilera y su problemático contexto familiar, no debemos generalizar estigmatizando a todas las familias disfuncionales como formadoras de anti-sociales. No todas las personas criadas en familias conflictivas cometen forzosamente actos criminales. Al contrario, muchas de ellas logran superar su traumática situación hogareña y llegan a ser personas normales.

Pero también es preciso señalar que el entorno familiar es determinante en la formación de la personalidad de los niños. Numerosos estudios demuestran que mediante la imitación – entre otros mecanismos de aprendizaje – los hijos asimilan gran parte del comportamiento de los padres, o son influenciados por éste grandemente.

Al respecto, la psicóloga de familia María Helena López señala que “crecer en familias disfuncionales podría cultivar sentimientos de angustia, ansiedad o miedo en los niños, que repetirían modelos de agresividad, pasividad o abandono. Les es difícil desarrollar recursos para enfrentar las dificultades en su vida”. (Blog ABC del Bebé: http://www.abcdelbebe.com/node/154221)

Prevenir la formación de familias conflictivas, y las potenciales tragedias gestadas en su seno, es una tarea monumental. Uno de los obstáculos para la prevención es el carácter “multigeneracional” de la propia familia disfuncional. En su libro La Familia, John Bradshaw explica: “Un hecho observable en las familias disfuncionales es que forman parte de un proceso multigeneracional. Los individuos disfuncionales se casan con otros individuos disfuncionales, provienen de familias disfuncionales y asi el círculo continua. Las familias disfuncionales crean individuos disfuncionales que a la vez generan otras familias disfuncionales”.

Ante esta compleja situación, sólo nos queda sumar esfuerzos, cada quien en la medida de sus posibilidades, ya sea educando, concientizando, alertando, observando, denunciando. Pero sobre todo mejorándonos a nosotros mismos para ser más capaces de ayudar a aquellas personas – y a todo el grupo familiar – afectadas por esta dramática realidad. Todo ello con la esperanza de que algún día en la familia y en la sociedad se imponga el bien sobre el mal, y ningún niño – ni nadie – vea truncarse injustamente sus bonitos sueños de amor y paz, para vivir horrendas pesadillas de odio y maldad.

Ángel Rafael La Rosa Milano

“El sol brilla siempre dentro de ti”