Educación japonesa. La odisea de entrar a la secundaria superior

julio 9, 2021

¿Están Ustedes radicados en Japón, con un hijo en tercero de secundaria básica? ¿Ya comenzaron a seleccionar la secundaria superior («koko», en japonés) junto a su colegial? Bienvenidos al club. Pero así, sin signos de exclamación. Con más moderación que efusividad… porque la entrada a la «superior» puede ser un proceso complicado, una verdadera carrera de velocidad y resistencia a la vez – con obstáculos incluidos – para nuestros campeones y toda la familia.

Hoy quisiera iniciar una conversación con Ustedes sobre el particular, estimados colegas.

Para los jóvenes estudiantes la elección de la secundaria superior no es tarea fácil. Ciertamente, en nuestra condición de padres quisiéramos que ellos mostrasen iniciativa, poniendo interés y empeño en la búsqueda. A fin de cuentas, los aspirantes son ellos no nosotros. Sin embargo, no sería razonable esperar que nuestros hijos adolescentes decidan por sí solos. No decimos que sea imposible, pero seguramente agradecerían un poco de orientación de nosotros sus progenitores.

Ahora bien, si Usted es uno de esos padres sumamente estrictos, controladores, que toma absolutamente todas las decisiones por sus hijos – incluidas aquellas que, por «ley de vida», le correspondería tomar a ellos – nos atrevemos a sugerirle, a sabiendas de que sus intenciones son las mejores, que haga un esfuerzo por entender lo importante que es para los jóvenes aprender a valerse por sí mismos, participando en la toma de decisiones de aquellos asuntos que les conciernen directamente. Esto, huelga decirlo, es un requisito indispensable para que se conviertan en adultos satisfechos, independientes y asertivos, lo cual, por cierto, no sólo les traerá muchas ventajas a ellos mismos, sino que beneficiará a todos en la familia, incluyendo a sus muy abnegados padres.

Hay diversas opciones, que incluyen colegios públicos y privados, dependiendo del desempeño académico y las motivaciones de los candidatos. A continuación, nos referiremos a las 3 primeras, en orden de prestigio educativo y, por ende, de dificultad para ingresar.

«Número 1«: Son las escuelas secundarias superiores con el criterio de selección más riguroso. En una escala de 1000 (mil) puntos, el promedio combinado de la prueba de admisión (70%) y las notas del tercer año (30%)debe rayar en la perfección, es decir, 900 puntos, mínimo. De ahí que, por lo general, los alumnos que aspiran entrar a esos institutos son los más sobresalientes de sus respectivos cursos.
La exigencia académica de dichos colegios es tal que, sin importar cuantos conocimientos y cuantas excelentes calificaciones exhiban los estudiantes interesados, éstos deberán, casi obligatoriamente, inscribirse en una de las tantas agencias privadas que ofrecen sesiones extra-escolares («juku», en japonés), para consolidar lo aprendido en el salón de clases, y así ir sobre seguros.

«Número 2«: Aunque, académicamente hablando, no son las instituciones «top», demandan un desempeño escolar destacado, por encima del promedio (un resultado combinado de 850 puntos), lo cual, como todos sabemos, requiere tanto inteligencia como un esfuerzo sostenido de parte del candidato.

Valga decir que, a mayor cantidad de escuelas «número 2» (en comparación a las «número 1»), mayor cantidad de aspirantes, por lo que la competencia por los cupos es férrea. De ahí que, los estudiantes distinguidos que opten por estos institutos, en la mayoría de los casos, también deberán tomar clases extras en un Juku.

«Número 3«: Un número importante de estudiantes se decide por esta opción. Aunque no manejamos estadísticas, suponemos que está entre las más codiciadas entre el alumnado. Para aspirar entrar en algunos de estos colegios, aunque no hay que estar entre los primeros de la clase, sí hay que ser buen estudiante. En este caso, los colegiales necesitaran un total de 800 puntos. Así que si estos son suficientemente aplicados en los estudios, los «número 3» son una meta alcanzable, realista.

Como colofón, quisiéramos añadir que es humanamente comprensible desear que nuestros hijos sobresalgan – sobre todo si reúnen las cualidades. Entendemos que en el caso de estudiantes sobresalientes, el solo prestigio académico del colegio pueda ser el criterio predominante a la hora de elegir.

Si su retoño es uno de esos «geniecillos», ¡mis más sinceras felicitaciones! tanto para el estudiante como para Ustedes, por su mérito como padres.

Definitivamente, es una gran ventaja – y un gran alivio – si el colegial exhibe un notable desempeño académico, con la sapiencia y las notas que le permitirán entrar en el colegio más prestigioso de todos o en cualquier otro de su preferencia. Pero, insistimos en que primero debemos asegurarnos de que sea la elección más idónea para ellos, la que más le guste, la que satisfaga realmente sus expectativas, no sólo académicas, sino formativas, en lo que respecta a su educación integral.

En cambio, si nuestros muchachos son estudiantes promedio (la gran mayoría), hagámosle saber que si bien celebramos los resultados excelentes, valoramos, por encima de todo, que hagan mayor esfuerzo; que damos más importancia a su bienestar personal.

La entrada a la secundaria superior puede llegar a ser toda una odisea para nuestros jóvenes estudiantes, y para toda la familia. Acompañémoslos a lo largo del camino, hombro con hombro, con firmeza, sí, pero con solidaridad. Si alcanzan la victoria ¡hagamos una fiesta! Si, tras intentarlo fuertemente, tienen un tropiezo, ¡hagamos una fiesta aun más grande! Para que sepan lo tremendamente orgullosos que estamos de ellos, de nuestros amados hijos, de nuestros luchadores.


Mi hija y yo (1): Nuestra primera comunicación

enero 31, 2021

Desde la venida al mundo de mi adorada hija, una de mis máximas prioridades existenciales ha sido tener una buena relación, una buena comunicación con ella, actualmente toda una adolescente en sus 14.
Contrariamente a los clichés políticamente correctos seré sumamente inmodesto: En eso he sido exitoso. Dista mucho de ser perfecto, por supuesto, pero sí en extremo enriquecedor. Huelga decir,  que entiendo y apoyo a los padres que tienen dificultades para comunicarse con sus hijos.
Pudiera decirse que esa fascinante interacción padre-hija, esa bonita aventura compartida con ella tuvo inicio desde el mismo instante cuando su madre me informó, por video-chat (yo estaba trabajando en China, y ella estaba aquí en Japón, tras haber regresado de una temporada conmigo en Beijing), que estaba embarazada.
Como digo en un escrito anterior publicado en este blog, «Apoteósico recibimiento»: no sé como la computadora siguió funcionando después del montón de besos que estampé en la pantalla, dirigidos no sólo al rostro de mi idolatrada prometida, sino a su barriga, la cual yo le pedía que acercara a la cámara lo más posible, en un desesperado intento de besarla y abrazarla.
Mi reacción, mi alegría incontenible de aquel momento, lógicamente, le produjo a mi mujer una sensación de bienestar igual de grande, la cual, a su vez – como ha sido demostrado científicamente – fue transmitida a esa milagrosa semillita de vida en su vientre. Así que, aunque haya sido por «retransmisión», siento que esa fue la primera comunicación real entre mi hija y yo.
Pero, voy a ir incluso más allá. Tengo una teoría, aunque es más poética que científica: La buena comunicación entre una pareja amante de los niños con sus posibles futuros hijos comienza incluso antes del embarazo… «¡Qué!», me responderán.
Todos esos pensamientos, todos esas conversaciones, todos esos gestos que, sobre los anhelados vástagos, ocurren en el marco de un amor profundo, condicionan a la potencial madre positivamente; la preparan de forma óptima, física y mentalmente, para traer al mundo a sus potenciales hijos, para darles la bienvenida, literalmente.
En nuestras modestas creencias sobre la existencia de «energías universales superiores» que influencian nuestras vidas, éstas conocen nuestros sueños, oyen nuestras oraciones pidiendo ser buenos padres de hijos sanos y felices; dichas fuerzas facilitarían las condiciones para que una pareja dichosa procree la nueva y sagrada vida que han atesorado en sus corazones. Un acto comunicativo entre los amorosos progenitores y el universo. Ni más ni menos.


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: El pelador de naranjas

octubre 16, 2020

Tras jubilarse de las fuerzas armadas, el coronel La Rosa, mi papá, comenzó a pasar más tiempo en la casa y, en consecuencia, a hacer cosas que antes yo, en lo particular, no le conocía.                                                                                                                                        Una de esas nuevas actividades era pelar naranjas.                                                                                                                                       En esa época, cuando Venezuela todavía era un país decente (ahora está tan destruido y arruinado que da lástima. Parecieran tiempos muy lejanos, o que hubieran sido sólo una leyenda), y mucha gente podía vivir bien de su trabajo, mis padres le compraban naranjas por cientos a unos buenos vecinos italianos que tenían una pequeña finca frutal. Se acababa un saco y comprábamos otro. Esa dinámica se repitió por varios años. Debido a sus trabajos dignos, productivos y honestos tanto mis padres como los vecinos podían brindarle una buena vida a sus respectivas familias.                                                                                                                                  Como les estaba diciendo, a mi padre, el coronel la Rosa (como lo llamaban todos por ser el rango con el que se retiró de su amada y otrora honorable Guardia Nacional) le dió por pelar naranjas. No sólo las suyas, aclaro, sino las de todos los comensales presentes. Y en ocasiones las exprimía para que tomáramos sumo. También lo recuerdo sirviendo, de vez en cuando, otras frutas como patilla, melón, etc., o haciendo el jugo.                                                                                                                                      Ese hábito, ese gesto de mi papá- entre otros que sí le conocí de niño – era el reflejo de su naturaleza generosa y servicial, de su necesidad de proveer para los suyos, de su gran responsabilidad y su infinito amor de padre.                                                                                                                                    Ayer en la noche (del 16 de octubre, aquí en Tokio) mientras consideraba opciones para la anécdota paterna de hoy, me vino a la mente ese recuerdo tan emotivo y aleccionador para mí, para mi vida: mi amado padre, un día cualquiera, justo antes del desayuno, pelando sus narajas, de lo más contento – con mucha habilidad, hay que decirlo – compartiendo con nosotros, velando por su familia, como lo hace todo buen padre.


Sr. Joe Biden, si quiere ser presidente haga esto…

septiembre 21, 2020

  Sr. Vice presdiente Joe Biden, lo saludo cordialmente desde Japón, Tokio.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          Aunque soy venezolano, y sólo he estado en su país de vacaciones – varias veces – desde muy joven me interesó la política estadounidense y, por alguna razón, desde el principio sentí conexión con el partido Demócrata, con sus nobles ideales de justicia y liberalismo sociales.                                                                                                                                         Pero, debe saber que mi admiración por su partido no es ciega ni mucho menos (tampoco lo ha sido nunca por alguna agrupación política de mi propio país); que, por el contrario, todos estos años he sido muy crítico con algunas acciones tomadas por el partido Demócrata cuando ha estado en el poder. Hablemos de Cuba, por ejemplo.                                                                                                                                             Sabemos perfectamente que la normalización de las relaciones con el país antillano no haya sido un simple capricho del presidente Obama, algo que le viniera en sueños de la noche a la mañana. Según una encuesta realizada en 2015 por el Centro Pew Research, 72 % de los estadounidenses están a favor de levantar el embargo. Es más, en 2007, Estados Unidos se convirtió en el quinto socio comercial de Cuba, debido, entre otras razones, a que el presidente (republicano) George W. Bush restableció la exportación de productos agrícolas estadounidenses a la isla.                                                                                                                                        Se puede adivinar – aunque el presidente Obama no pueda reconocerlo públicamente y mucho menos frente al régimen comunista castrista – que el fin último de su administración al normalizar las relaciones era intentar la transformación gradual de la dictadura cubana en una democracia «made in America». Muy distinto a la noción absurda y ultraderechista promovida por algunos incautos, desinformados y manipuladores de que el restablecimiento de las relaciones expresaba el deseo de Obama y su gobierno de impulsar el comunismo. ¡Qué ridiculez!                                                                                                                                             El problema, Señor Biden, es que lejos de transformar a la dictadura comunista cubana en democracia, el restablecimiento de las relaciones con Cuba está produciendo – al menos al corto y mediano plazos – el efecto contrario: Está funcionando más bien como un espaldarazo de la administración Obama, como un acto de legitimación de la tiranía cubana ante el mundo.                                                                                                                                                    Vice presidente Biden, no voy a entrar en los detalles de como el régimen castrista cubano ha logrado «invadir» silenciosamente a mi país Venezuela, en los últimos 20 años, claro está, con la complicidad del régimen narco genocida chavista venezolano. Tampoco voy a ahondar en la inmemsa tragedia que eso ha significado para mi pobre país. Sólo diré que si Ustedes pensaron que la normalización de las relaciones con Cuba era una posible solución al problema del comunismo en ese país, se equivocaron estrepitosamente. Ha quedado muy claro al mundo entero que «el remedio fue peor que la enfermedad».                                                                                                                                              Señor Biden, decidí escribirle esta carta, porque quisera ayudarlo – muy modestamente – a consolidar la ventaja que, en las encuestas estadounidenses, mantiene actualmente sobre el aprendiz de autócrata, Donald Trump, y así Usted pueda hacerse con la presidencia de Los Estados Unidos. Asimismo, creo sinceramente que Usted, Obama y el partido Demócrata en general son perfectibles, mientras que Trump es totalmente desechable, por inservible, irreparable.                                                                                                                                            Hágame el favor – pero principlamente hágaselo a Usted mismo – de «escuchar» con atención. Los mejores consejos no siempre vienen de los «expertos», a veces pueden venir de anónimos, de «don nadies»,como este servidor, por ejemplo.                                                                                                                                                  Si Usted realmente quiere convertir al «bidenismo» a un número importante de votantes hispanos estadounidenses entre los que se sintieron burlados, traicionados y atacados por el apoyo de Obama al castrismo, sólo tiene una posibilidad: ¡PÍDALES PERDÓN! Todos y cada uno de los días que faltan de aquí a las elecciones (seria deseable acompañar la disculpa con una reverencia japonesa, preferiblemente de rodillas); explíqueles claramente, hasta el cansancio, cual fue la verdadera intención tras el restablecimiento de las relaciones con Cuba (todavía hay hispanos que real y honestamente piensan que Ustedes planean instaurar el comunismo en Los Estados Unidos. Para mí es un chiste, pero no para ellos. Créame); dígales que Usted entiende que la medida de Obama – auque a un nivel muy pragmático trajo beneficios comerciales – hizo más miserable y trágica la existencia de millones de seres humanos, entre cubanos, venezolanos e hispanos en general; finalmente, Señor Biden, explíqueles minuciosamente qué medidas tomará, de ser presidente, para combatir los graves problemas, la desgracia que el pacto de Obama con el castrismo trajo a mi sufrido pueblo.                                                                                                                                              No hay otra, mi estimado. El tiempo corre…


Maltrato verbal/psicológico de un entrenador a un niño

septiembre 13, 2020

En una oportunidad anterior, escribí aquí en mi blog un artículó titulado «Pegar no es educar, es humillar». En dicho escrito, además de mi posición sobre tan importante tema, aporté información variada, obtenida de diversas fuentes calificadas. Hoy, escribiré sobre un problema relacionado: El grito como una forma de maltrato infantil. Pero, a diferencia del texto anterior, sobre el castigo corporal, esta vez sólo me limitaré a narrarles un hecho en el que me vi envuelto, y el cual motivó estas líneas.                                                                                                                                                            En días recientes, mientras me disponía a dar un paseo en bicicleta por mi localidad, se me presentó una situación inesperada y alarmante; una de esas en las que no quisiéramos involucrarnos, pero en las que DEBEMOS hacerlo.                                                                                                                                                                           Mientras rodeaba la escuela secundaria de mi hija (ubicada muy cerca de nuestra residencia y cuyo patio funciona como campo de beisbol, fútbol y atletismo), escuché un grito de hombre, tan violento y perturbador que tuve que detener la marcha para ver que ocurría. Inmediatamente entendí que se trataba de uno de los entrenadores («coach») regañando con excesiva violencia a uno de los niños del equipo.                                                                                                                                                    Debo confesar que en ese instante, ante aquella imagen tan horrenda, perdí momentáneamente la compostura (no respiré profundo ni conté hasta diez, como me recomienda siempre mi madre), y lo único que atiné a hacer fue entrar abruptamente a la escuela; irrumpir en el campo, y dirigirme agresivamente hacia el entrenador gritándole con la misma violencia que el gritaba a aquel pobre niño paralizado por el miedo y la humillación.                                                                                                                                              Abro un parentesis para explicar que, en parte, mi reacción se debió a que había antecedentes; en el pasado ya yo había presenciado varias situaciones con otros dos entrenadores (a uno de ellos también le interrumpí el regaño frente a los niños – pero pacíficamente – para explicarle que era incorrecto, y para solicitarle una conversación al respecto, la cual, dicho sea de paso, se produjo al terminar la práctica, muy cordial y constructivamente), que si bien no llegaron a ese nivel de maltrato, me pusieron en guardia, dispararon mis alarmas.                                                                                                                                              También, aprovecho para aclarar que el agresor de la historia de hoy no pertenecía al equipo del colegio de mi hija, sino al equipo visitante, lo que, por supuesto, supuso cierto alivio para mí. Huelga decir lo sorprendido y desconcertado que estaba el abusivo profesor (así como los demás presentes, entre niños y representantes); sus ojos desorbitados en un rostro desencajado expresaba su gran asombro y confusión, preguntándose quién era aquel individuo (claramente extranjero), de dónde había salido y cómo osaba increparlo tan fuertemente delante de todo el mundo.  Yo le decía (siempre gritándole con todas mis fuerzas) en mi elemental japonés mezcado con inglés, por qué le gritaba así a ese niño, que dejara de hacerlo inmediatamente, que eso era maltrato infantil aquí y en todas partes del mundo. Ya más calmado, dueño de mí, me alejé de él y me ubique en un lugar del campo donde los jóvenes jugadores y los asistentes pudieran escucharme con claridad.                                                                                                                                       Mantuve el tono altisonante, pero ahora más respetuoso, más comunicativo, para dirigirme específicamente a ellos y explicarles que la conducta del entrenador era inaceptable, dañina; que no debía ser tolerada de ningún modo; que los niños tienen derechos reconocidos mundialmente, que incluyen no ser maltratados ni humillados de esa manera; que los niños debían informar a sus padres sobre los métodos abusivos y humillantes del coach.                                                                                                                                             Sólo en un momento cuando el agresor intentó dar unos pasos hacia mí (al ver que yo estaba más controlado, hizo un gesto educado, conciliador, para que yo abandonara el campo), me puse otra vez en modo agresivo y vociferante contra él, advirtiéndole con un movimiento de mi mano que no se acercara más a mí. Después de ver como agredió y denigró verbalmente a aquel pobre niño en público, no le iba a permitir que se acercara mucho a mí. Si lo hacía yo lo percibiría como una violación de mi espacio personal, como una muestra de poder, como una agresión, y entonces habría tenido que usar la fuerza, con las consecuencias negativas lógicas. Aunque, debo reconocer que, por la juventud y fortaleza física del entrenador, yo seguramente hubiera tenido las de perder. Pero, la situación bien ameritaba el riesgo.                                                                                                                                      Por cierto, el entrenador con quien yo había tenido el incidente previo y la útil conversación, ese día era el coach de nuestro colegio. Durante mi acalorada intervención, hubo un momento en que nuestras miradas coincidieron. Para mi tranquilidad, pude percibir comprensión y aceptación en sus ojos, lo que comprobé días después en la reunión que solicité expresamente con las autoridades del colegio, donde él estuvo presente, y me dió su respaldo.                                                                                                                                                 Durante mi encuentro con los directivos del plantel, en mi condición de padre de una estudiante del colegio, además de condenar enérgicamente el maltrato psicológico que perpetró el entrenador contra ese niño indefenso, y tras exponerles mis puntos de vista (les entregué materiales de Internet elaborados por UNICEF, etc.), les pedí que tomaran medidas contra el agresor, e igualmente para evitar la recurrencia de prácticas tan negativas y lamentables en nuestro colegio, mediante la realización de campañas de concientización y demás iniciativas. Para mi stisfacción, fui informado que, por la gravedad de lo ocurrido, y antes de saber que yo solicitaría reunirme con ellos, ya la Dirección había comenzado a tomar cartas en el asunto.                                                                                                                                                           Pero, deben saber amigos lectores que, así como pedí acciones contundentes contra el coach, también les manifesté que, en mi opinión, él mismo necesita ayuda, orientación psicológica. Es un ser humano que muy posiblemente creció y se hizo hombre viendo ese tipo de conductas violentas a su alrededor, y ahora, en una situación de autoridad, piensa que así, con esa violencia, es como se le llama la atención a un niño.                                                                                                                                           Sin importar cuan errado, enfermizo y condenable nos parezca su proceder, tenemos que aceptar que tras recibir la sanción adecuada, tiene derecho a enmendar, a recibir ayuda, como todos nosotros cuando cometemos faltas.                                                                                                                                                Al final de la reunión, también me disculpe con las autoridades (y les pedí me disculparan con los jugadores y demás estudiantes), por mi conducta incorrecta, por agresiva. Es cierto que produjo resultados positivos, pero imagino que debe haber otra forma más civilizada de proceder en un caso así. Aunque, en honor a la verdad, no estoy muy seguro…                                                                                             


Hija, yo me porté mal (18)

agosto 20, 2020

Desde niño y hasta el día de hoy, mi carácter sociable y adaptable me ha permitido tener muchos amigos. Sobre todo en mi años juveniles llegué a pertenecer a varios grupos. Algunos muy distintos entre sí: Ddesde los deportivos, pasando por los musicales, hasta los eminentemente fiesteros. De entre todos esos grupos, hubo uno que influyó muy marcadamente en mí, formado principalmente por amigos de mi localidad, con quienes compartía todo tipo de intereses, especialmente los deportes, los paseos y las fiestas. Aunque, en realidad, tanto las actividades deportivas como las aventuras ¡siempre terminaban en fiesta! Junto a ellos disfruté, por largos años (con algunos todavía mantengo una estrecha amistad), momentos muy felices.                                                                                                             Pero, tener tantas amistades, si bien es algo bueno para cualquiera, también tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, uno no siempre conoce bien a las personas con quienes comparte ocasionalmente. De hecho, varias veces coincidí con amigos varones quienes, aunque normalmente eran bastante agradables, en algunas situaciones específicas – interactuando con otras personas o grupos – se volvían altamente agresivos, de un momento a otro, provocando conflictos, como peleas a golpes, por ejemplo, que podían llegar a ser muy peligrosas para los involucrados.                                                        De por qué eso ocurría te hablaré más detalladamente otro día, hja. Hoy sólo te diré que, en muchos casos, las personas violentas traen ese problema desde su infancia, por condiciones negativas existentes en su núcleo familiar. Aunado a eso, estando en grupo, en una posición de poder, se sienten más apoyados y más fuertes, para mostrar su agresividad.        Me vienen a la mente un par de situaciones violentas, muy lamentables.   En ocasiones, formábamos grupos de más de veinte personas, entre hombres y mujeres, repartidas en unos 5 vehículos, y salíamos a pasear, generalmente los fines de semana por la noche. A veces, teníamos un plan determinado, pero, otras veces, simplemente nos dábamos a la tarea de deambular por ahí, sin rumbo fijo.                                                          Recuerdo que en una de esas salidas, se presentó un altercado entre el «líder» del grupo, quien manejaba el carro que iba al frente de la «caravana», y el conductor de un taxi, por no sé que problema ocurrido en un cruce de la vía. Lo cierto es que el mandamás de la expedición, luego de una breve y acalorada discusión verbal con el señor taxista, echó mano de una gruesa cadena que guardaba en su carro, y procedió a destrozar el parabrisas del taxi. Huelga decir que huímos de la escena inmediatamente. Piensa un momento hija mía, en lo que hubiera ocurrido si el otro conductor hubiera reaccionado con igual violencia…                                   Otro día, que iba con otro grupo grande entrando en cambote a una fiesta en un edificio del sector, el jéfe de turno tuvo un cruce de palabras con uno de los presentes que se encontraba en la entrada. No habíamos cruzado la puerta, cuando comenzó un forcejeo entre ambos, que se volvió una pelea a golpes, la cual a su vez escaló rápidamente hasta convertirse en una trifulca general entre nosotros y los demás invitados, en medio de la calle.       Debes saber, mi linda (sin querer librarme de la responsabilidad que me corresponde), que en esos casos, mi reacción natural siempre era tratar de controlar, a toda costa, a los individuos violentos, para evitar problemas graves. De hecho, esa vez en particular, traté de impedir que uno de mis compañeros lastimara seriamente a otro muchacho con un bate de beisbol. Aunque, desafortunadamente, llegué después de que el agresor lo golpeara muy fuerte, y éste debió ser llevado al hospital.                                       También quisiera aclararte que mi rechazo a la violencia y a los conflictos en general me hizo apartarme gradualmente de los integrantes del grupo que consideraba problemáticos, y me limité a compartir sólo con aquellos quienes, al igual que yo, tenían una actitud más pacífica y concienzuda. Preciosa, en casos comos los que te meciono, mi falta no consistió en ser violento, es cierto, pero sí me recrimino a mí mismo, aun hoy, el no haber sido más frontal y contundente con aquellos amigos violentos. Es cierto que no pocas veces expresé públicamente mi preocupación sobre esas conductas grupales, prácticamente gansteriles, pero, mi postura fue más bien timorata y débil. También es verdad que no es nada fácil enfrentarse a un líder controlador y a sus seguidores, pero insisto, me faltó valor para hacerlo, y hoy me avergüenzo y arrepiento sinceramente de ello.


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Arepa con queso amarillo

agosto 10, 2020

Pasé el domingo y el lunes contándole a familiares y amigos en Venezuela y en todo el mundo que, el sábado, tuve la inmensa dicha de comer arepas (después de varios años sin poder hacerlo), ya que una empresa peruana radicada en Tokio está importando nuevamente la Harina P.A.N. a Japón. Valga acotar que tanto mi hija como mi esposa japonesas también se desviven por comerlas, y siempre que tenemos la oportunidad es motivo de fiesta.                                                                                                                            En una de esas conversaciones, mientras mi interlocutor y yo nos dábamos a la tarea de enumerar la infinidad de productos con los que rellenábamos las arepas en la otrora Venezuela de abundancia, me acordé de la predilección de mi difunto padre por el queso amarillo, que, si mal no recuerdo, era uno de los más baratos entre la gran y deliciosa variedad de quesos existente en mi país. Por eso, para satisfacción de mi papá, en la casa frecuentemente había queso amarillo para sus arepas. A mí y demás miembros de la familia también nos gustaba,y de tanto en tanto lo comíamos gustosos, pero sin llegar al grado de «manía» de mi papá.           Me hace mucha gracia recordar la «fijación» de mi progenitor por el queso amarillo. Cuando se nos presentaba la feliz ocasión de ir juntos a una arepera, todos teníamos dificultad para elegir entre tantas opciones deliciosas; todos aprovechábamos para saborear algo especial, diferente a los sencillos rellenos que comíamos ordinariamente en casa. Todos menos mi papá, quien, sin dejarse seducir por la exuberante gama de manjares ante sus ojos, invariablemente, se decidiría por su insustituible arepa con mantequilla y queso amarillo.


Cuarentena Musical: Copla llanera venezolana

agosto 6, 2020


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: «Revelación del Año»

junio 20, 2020

En una anécdota anterior, «Tenor… en la ducha», les relaté que mi papá, quien se crecía como cantante a la hora del baño (jamás en público), una vez me sorprendió, incluyendo en su repertorio dos canciones de mi autoría.

También explico en «Corazón oriental fiestero», como se desataba mi padre entre sus hermanos y demás familiares directos.

Bueno, el cuento de hoy trata de otra sorpresa musical que me brindara mi progenitor, en una fiesta decembrina celebrada, precisamente, donde una hermana suya, en su Carúpano natal.

En aquella inolvidable cena familiar navideña, junto a mis muy queridos tíos y primos paternos, me puse a cantar con un cuatro. Lo que ocurrió entonces me emocionó hasta las lágrimas, y me emociona todavía hoy.

Tras dedicarle, muy modestamente, a los animados comensales carupaneros algunas canciones de su amada región, me animé a cantar dos valses orientales de mi cosecha, «Puerto Píritu» y «San Antonio del Golfo», los mismos que, anteriormente y de forma inesperada para mí, se había aprendido mi papá y cantaba bajo la ducha.

Mi padre, quien, repito, «jamás de los jamases» cantaba en público (a lo sumo, hacía bocaquiusa o se «tragaba las palabras» para no ser escucahdo), se soltó a cantar mis dos canciones, como si nada, tan tranquilo, a todo pulmón, como si para él cantar frente a los demás, de pronto, fuera lo más natural del mundo.

Y que conste que para esa época, él ya tenía muchos años que no bebía.

Perplejo como estaba por aquel «milagro», yo, en la primera canción, fui bajando el volumen de mi voz gradualmente, hasta dejar a mi papá solo, en los solos.

Tuve que respirar muy fuertemente para contener un llanto de pura alegría.

La perplejidad de mis tíos no fue menor. Conocedores de la timidez de su hermano en esas lides, estallaron en vítores y aplausos.

En la segunda canción, ya simplemente le di la entrada a mi papá y lo dejé a sus anchas. Yo nada más le hice el coro, y me limité a disfrutar, alucinado, aquel acontecimiento sorprendente.

Permítaseme un explicación técnica: Aparte de su timidez, siendo yo muy joven ya había notado que cuando mi papá estaba solo, oyendo un disco o la radio, le resultaba imposible seguir una canción, porque él siempre se adelantaba ¡y por bastante! Así que lo que hice aquel día memorable fue seguirlo yo a él, con el cuatro; adaptándome perfectamente a su tiempo, de modo que ni él mismo ni ninguno de los presentes notara su proverbial desfase musical. Resultado: ¡Un concierto de mi padre para la posteridad! y la votación unánime de la concurrencia, que le valió el premio como «Revelación del Año».

Papá, gracias por tan grata recordación.


Hija, yo me porté mal (17)

junio 18, 2020

Ladrón

Como sabes, mi linda, entre los actos más reprochables que he cometido en mi vida están un par de robos, y también los que más vergüenza me da confesar. Pero una cosa es que uno robe siendo un niño y otra muy distinta es que lo haga de adulto…

Esto que te contaré hoy es una de esas faltas vergonzosas. Tanto, que dudé mucho si contarla o no.

Durante el año que estudié en la antigua Unión Soviética (89-90), tuve la posibilidad de viajar por unas dos semanas a Francia y a la, entonces, Alemania occidental.

Por esa época, con 23 años de edad, me impresionó y me atrajo grandemente la libertad sexual que había en esa parte del mundo, con mucho material para adultos a la venta y a la vista.

A su debido tiempo, hija adorada, comprobarás por ti misma lo tremendamente inquietos, curiosos, que podemos ser los seres humanos a esa edad. Aunque esa inquietud no justifica en ningún modo la falta (más bien delito) que te contaré hoy.

Mientras paseaba por una calle parisina, me llamó la atención un kiosko que vendía revistas eróticas, de esas que tienen en la portada mujeres semidesnudas muy hermosas. Después de ojearlas, pensé en comprar una. Pero, de pronto, me pasó por la mente una de las ideas más infelices que he tenido en toda mi exitencia: Robármela. Y así lo hice. ¿Por qué?

Insisto, hija mía, absolutamente nada justifica aquel robo de mi parte. Te explicaré mis razones sólo para que sepas qúe pasó por mi – al menos en ese momento – mente delictiva.

Uno, no quería desprenderme de un dinero que me haría falta durante el resto del viaje. Dos, vi que tanto la ubicación específica del kiosko en la calle, como la del vendedor dentro del mismo, me facilitarían el hurto.

Siempre he pensado que el arrepentimiento genuino va acompañado de acciones pertinentes. Y,  modestamente, creo que confesarte a ti y a mis amables lectores un acto tan condenable y bochornoso es algo bueno, sobre todo porque,  apartando lo difícil que me resultó esta confesión, lo hago para dejarle una enseñanza a mi amada hija y a otros niños y adolescentes que pudieran leer esto.

Hija, sabes que no soy religioso, pero en no poco casos, coincido con algunos preceptos provenientes del catolicismo (donde fui bautizado) y otras creencias según las cuales robar es un pecado muy grande. Así que, «no robarás».

Una última cosa. ¿Te imaginas lo que me hubiera ocurrido si me agarran robando? Apartando los inconvenientes lógicos asociados a la detención, como la interrumpción del viaje, muy posiblemente de mis estudios, y el encarcelamiento, hubiera sido motivo de una inmensa vergüenza, para mí mismo, mi familia y mis paisanos venezolanos.

Mi tesoro, en verdad, tuve mucha suerte de que no me descubrieran robando aquella revista. Hubiera sido uno de los momentos más tristes, lamentables y humillantes de toda mi vida.


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