Escolares japoneses no descansan ni en vacaciones

marzo 29, 2022

Estoy establecido en Japón y soy padre de una niña japonesa quien acaba de culminar la secundaria básica.

En lo que respecta a su experiencia estudiantil, si bien en general estoy muy satisfecho con el sistema educativo japonés, siempre he criticado el tiempo que demandan las actividades extracurriculares, más específicamente los clubes deportivos y musicales.

En este su último año, por ejemplo, a pesar de que el acto de graduación fue el 18 de marzo, la banda musical del colegio – donde mi hija toca trompeta – mantuvo su actividad diaria hasta el sábado 26, fecha de su presentación final.

Por un lado, valoro enormemente que en los tres años de la secundaria básica, gracias a la banda, mi hija haya aprendido a tocar trompeta, y más importante aun, que lo haya disfrutado (así como toda la familia disfrutó sus conciertos). Pero, por otro lado, siento que esa actividad mantuvo a mi hija demasiado ocupada. Ensayaba 4 días a la semana, más algunos sábados cuando se acercaban las presentaciones.

Valga acotar, que ella nunca se quejó, y que por el contario asistía muy ganosa a los ensayos, incluidos algunos sabatinos. Aun así, como su padre considero que sería más saludable para ella y demás alumnos, que dispusieran de más tiempo libre para otras actividades de su gusto, como pasatiempos y actividades recreativas tanto con la familia como con amigos.

Pero, eso no es todo. Lo que me hizo escribir este artículo fue que el nuevo colegio donde mi hija estudiará su secundaria superior ¡le asignó tareas escolares en vacaciones! Después de pasar los últimos meses estudiando sin descanso para el exigente examen de admisión (un gran porcentaje de alumnos, como mi hija, recibieron clases extras en institutos privados especializados. Ella lo hizo sólo por 3 meses, algunos niños lo hacen durante todo el 3er. año), encima tienen que estudiar en vacaciones de paso de grado. ¡Ni siquiera los 10 días de vacaciones pueden descansar!

Yo puedo entender – a regañadientes – que los estudiantes japoneses (y de otros países) tengan tareas vacacionales durante el año escolar. Pero no puedo entender, por más que trato, la razón de las asignaciones académicas durante las vacaciones de fin/inicio de curso. Seguramente, habrá una explicación (que pediré el día del acto de entrada, mediante una carta explicativa de mi descontento), pero de antemano sé que no estaré de acuerdo.

Un amigo japonés cercano, a quien le manifesté mi malestar por las tareas vacacionales, me dijo que era «para que los estudiantes no se olviden de los estudios». Yo le repliqué: «¡precisamente para eso deberían ser las vacaciones de paso de grado, para que los estudiantes se olviden totalmente de los estudios!». Además, ¿cómo se van a olvidar de las materias, después de tantos meses estudiando como locos?

En definitiva, en eso de tener a los niños ocupados en actividades escolares varias – sobre todo, estudiando – a las autoridades educativas japonesas se les pasa la mano.


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: ¿Campamento Peligroso?

febrero 12, 2022

Yo tendría entre 6 y 8 años de edad. Recuerdo la escena vagamente: Mi mamá estaba llorando porque ese día mi papá me llevaría con él a un campamento militar – en las afueras de Caracas – y, ella, por más que trató, no pudo disuadirlo.

Lo siguiente que me viene a la mente es estar con mi papá y otros uniformados en el claro de un bosque; había una tienda de campaña y un Jeep. No logro recordar como llegamos a ese lugar, pero muy posiblemente fue en aquel vehículo rústico.

Hay otra imagen con una culebra: uno de los militares la atrapó, y si la memoria no me falla, ¡decidieron incluirla en el menú del almuerzo! Pasada por candela, por supuesto.

No tengo idea ni del objetivo ni de la magnitud de aquella actividad. No sé si se limitaba al número reducido de efectivos que había en aquella carpa, o sí éstos eran parte de un grupo mayor. Tampoco guardo en mi memoria sonido de disparos (creo que los recordaría), a diferencia de unas maniobras a las que también asistí con mi papá (ya más grande, mientras estudiaba en el Liceo Militar), y donde la mayoría de los ejercicios incluían armas de alto poder de fuego, como ametralladoras, por ejemplo. Incluso, presencié maniobras con el explosivo C-4.

No alcanzo a recordar mis emociones infantiles sobre aquella experiencia. Pero, apartando la mezcla de sorpresa con repulsión que sentí al ver a los soldados comiendo culebra asada, no tengo ningún mal recuerdo; es probable que me haya divertido. Por cierto, creo que en la casa familiar allá en Venezuela, hay una foto de aquel día.

Sin embargo, ahora como adulto y padre, concuerdo con mi mamá, desapruebo que mi papá me haya llevado con él a ese campamento militar. No porque piense que haya sido muy peligroso necesariamente (claro que en un bosque montañoso siempre hay sus peligros, como las culebras, por ejemplo), sino porque sencillamente no era una actividad para civiles, y mucho menos para niños de mi edad. Seguramente, eso era lo que preocupaba a mi mamá, y con razón.

¿Hubieran podido otros de los militares presentes llevar a sus hijos libremente? ¿Mi papá informó a sus superiores y les pidió autorización para llevarme? O, tal vez ese día él era el oficial más antiguo y simplemente consideró que no había problema. Cualquiera pensaría que siendo una zona militar el acceso sería más restringido. Pero también es cierto que carezco de información para saber de que se trataba. También es posible que, al igual que ocurre con algunos cuarteles y demás unidades militares que pueden visitarse (varias veces fui con mi mamá a ver a mi papá y a llevarle comida cuando estaba de guardia), tal vez aquel campamento podía ser visitado por familiares y civiles en general. No sé.

De todas formas, como digo al final de todas las anécdotas paternas, sé que lo que prevaleció en aquella extraña idea de mi papá fue que compartiéramos los dos, y en este caso en particular, que yo viviera una experiencia de su trabajo como soldado, que él suponía sería emocionante para mí.
Siempre gracias papá.
¡Feliz «Cumpleaños»! en los mundos infinitos…


Hija, yo me porté mal: El mirón

febrero 4, 2022

Hay conductas que, aunque en el pasado podían ser consideradas simplemente indebidas, actualmente son vistas como muy ofensivas, al punto de ser catalogadas como delitos.

Cuando yo tenía unos 25 años de edad, en la casa contigua a la nuestra, vivió una mujer – por poco tiempo – aparentemente soltera, en sus 30, que me resultaba atractiva.

Desde un par de ventanas laterales de mi casa se podía ver tanto el amplio ventanal de su sala de estar, en el primer piso, como una ventana lateral de su habitación, en el segundo piso. Por eso, algunas noches, yo me asomaba a hurtadillas para ver si por casualidad la vecina tenía alguna cortina abierta, y así poder espiarla.

Lo máximo que alcancé a ver – un par de veces – fue a la mujer entrando a su habitación para, inmediatamente, cerrar las cortinas. O ella era una persona muy precavida, o ya había notado que alguien la observaba desde el otro lado.

Pero, eso no es lo que te quiero contar hoy; es un preámbulo simplemente.

De todas formas, hija querida, aunque espiar disimuladamente desde el interior de tu propia casa no sea una falta grave, es indecente, incorrecto. Lo que sí constituye un delito es observar invadiendo la propiedad de la persona observada, o incluso, simplemente desde el perímetro. Eso ya es más condenable, porque se considera asecho, acoso.

Lamento mucho decirte, mi preciosa, que en mi juventud intenté hacer esto último un par de veces. Seguidamente, te cuento una de esas desafortunadas ocurrencias mías.

El relato es sobre la misma mujer anterior… Me da mucha pena contigo, hija. Como digo antes, no logré ver nada desde las ventanas, así que tuve una idea temeraria, por indebida y riesgosa. Decidí treparme hasta lo alto de un pino que estaba en la calle, delante de su casa, justo enfrente de la ventana principal de su habitación.

Ese día, esperé a que se hiciera de noche; me vestí de pie a cabeza con ropas oscuras; salí de mi casa; caminé hacia el pino tranquilamente, asegurándome de que no hubiera nadie alrededor; comencé a trepar, siempre vigilante del entorno. Debo haber subido unos 5 metros. La vista del cuarto de la mujer era perfecta. Recuerdo que mientras esperaba que ella apareciera sentí una mezcla de preocupación – por lo peligrosa e incorrecta de mi acción – y de exaltación por lo emocionante de la misma.

Tras una hora encaramado en la copa de aquel árbol, vi a la mujer entrar y salir varias veces, pero no logré ver lo que yo esperaba, así que decidí bajarme.

Estuve tentado a hacerlo nuevamente, otro día, pero después de pensarlo mejor, decidí que no era buena idea. De hecho, creo que fui afortunado al no ver nada esa vez, porque eso influyó en mi decisión de no repetir aquella mala acción.

Debes saber que ese mal comportamiento es muy común en todo el mudo (no por eso es aceptable, insisto), sobre todo entre los hombres jóvenes (aunque hace muchos años yo descubrí que una de las encargadas de una tienda de ropa me estaba viendo a través de un orificio en la pared del vestidor). Seguramente tiene que ver con la inquietud hormonal de la juventud, pero eso tampoco es una excusa válida. Quién lo hace es un mirón y punto.

Actualmente, más correcto, más prudente, – como es de esperarse – yo siempre pienso en lo terriblemente desagradable y embarazoso que hubiera sido para mí y mi familia si me hubieran descubierto fisgoneando. Sin embargo, es oportuno decirte también, mi corazón, que aunque los castigos sociales – y familiares – existen precisamente para disuadir a los potenciales infractores de cometer faltas, y como escarmiento para quienes las cometan, uno debería tratar de portarse bien siempre, no por temor a ser castigado, sino porque es lo correcto y lo mejor para todos.


Canción para las «quinceañeras»

noviembre 15, 2021

Hola, mis muy apreciados soleros de Japón, Venezuela y el mundo entero.

Aquí les dejo el vídeo de una canción que compuse recientemente para mi amada hija, «Oye, señorita», como regalo de sus 15 años.

Por aquello de que, «cuando se tiene un hijo, se es padre de todos los niños del mundo», quisiera regalarle esta modesta composición mía a todas las «quinceañeras» del planeta tierra (y a sus papás también, para que se las canten, claro).

https://youtu.be/mQ3RsTiNTQw

Gracias miles por seguirme.

Ángel La Rosa

El sol brilla siempre dentro de ti


Maltrato verbal/psicológico de un entrenador a un niño

septiembre 13, 2020

En una oportunidad anterior, escribí aquí en mi blog un artículo titulado «Pegar no es educar, es humillar». En dicho escrito, además de mi posición sobre tan importante tema, aporté información variada, obtenida de diversas fuentes calificadas. Hoy, escribiré sobre un problema relacionado: El grito como una forma de maltrato infantil. Pero, a diferencia del texto anterior, sobre el castigo corporal, esta vez sólo me limitaré a narrarles un hecho en el que me vi envuelto, y el cual motivó estas líneas.                                          

En días recientes, mientras me disponía a dar un paseo en bicicleta por mi localidad, se me presentó una situación inesperada y alarmante; una de esas en las que no quisiéramos involucrarnos, pero en las que DEBEMOS hacerlo.                                                                                               

Mientras rodeaba la escuela secundaria de mi hija (ubicada muy cerca de nuestra residencia y cuyo patio funciona como campo de béisbol, fútbol y atletismo), escuché un grito de hombre, tan violento y perturbador que tuve que detener la marcha para ver que ocurría. Inmediatamente entendí que se trataba de uno de los entrenadores («coach») regañando con excesiva violencia a uno de los niños del equipo.                                                                                                                                                  

Debo confesar que en ese instante, ante aquella imagen tan horrenda, perdí momentáneamente la compostura (no respiré profundo ni conté hasta diez, como me recomienda siempre mi madre), y lo único que atiné a hacer fue entrar abruptamente a la escuela; irrumpir en el campo, y dirigirme agresivamente hacia el entrenador gritándole con la misma violencia que el gritaba a aquel pobre niño paralizado por el miedo y la humillación.                                                                                                                                     

Abro un paréntesis para explicar que, en parte, mi reacción se debió a que había antecedentes; en el pasado ya yo había presenciado varias situaciones con otros dos entrenadores (a uno de ellos también le interrumpí el regaño frente a los niños – pero pacíficamente – para explicarle que era incorrecto, y para solicitarle una conversación al respecto, la cual, dicho sea de paso, se produjo al terminar la práctica, muy cordial y constructivamente), que si bien no llegaron a ese nivel de maltrato, me pusieron en guardia, dispararon mis alarmas.                                                                                                                                 

También, aprovecho para aclarar que el agresor de la historia de hoy no pertenecía al equipo del colegio de mi hija, sino al equipo visitante, lo que, por supuesto, supuso cierto alivio para mí. Huelga decir lo sorprendido y desconcertado que estaba el abusivo profesor (así como los demás presentes, entre niños y representantes); sus ojos desorbitados en un rostro desencajado expresaba su gran asombro y confusión, preguntándose quién era aquel individuo (claramente extranjero), de dónde había salido y cómo osaba increparlo tan fuertemente delante de todo el mundo.  Yo le decía (siempre gritándole con todas mis fuerzas) en mi elemental japonés mezclado con inglés, por qué le gritaba así a ese niño, que dejara de hacerlo inmediatamente, que eso era maltrato infantil aquí y en todas partes del mundo. Ya más calmado, dueño de mí, me alejé de él y me ubique en un lugar del campo donde los jóvenes jugadores y los asistentes pudieran escucharme con claridad.                                                                                               

Mantuve el tono altisonante, pero ahora más respetuoso, más comunicativo, para dirigirme específicamente a ellos y explicarles que la conducta del entrenador era inaceptable, dañina; que no debía ser tolerada de ningún modo; que los niños tienen derechos reconocidos mundialmente, que incluyen no ser maltratados ni humillados de esa manera; que los niños debían informar a sus padres sobre los métodos abusivos y humillantes del coach.                                                                                    

Sólo en un momento cuando el agresor intentó dar unos pasos hacia mí (al ver que yo estaba más controlado, hizo un gesto educado, conciliador, para que yo abandonara el campo), me puse otra vez en modo agresivo y vociferante contra él, advirtiéndole con un movimiento de mi mano que no se acercara más a mí. Después de ver como agredió y denigró verbalmente a aquel pobre niño en público, no le iba a permitir que se acercara mucho a mí. Si lo hacía yo lo percibiría como una violación de mi espacio personal, como una muestra de poder, como una agresión, y entonces habría tenido que usar la fuerza, con las consecuencias negativas lógicas. Aunque, debo reconocer que, por la juventud y fortaleza física del entrenador, yo seguramente hubiera tenido las de perder. Pero, la situación bien ameritaba el riesgo.                                                                                                                                  

Por cierto, el entrenador con quien yo había tenido el incidente previo y la útil conversación, ese día era el coach de nuestro colegio. Durante mi acalorada intervención, hubo un momento en que nuestras miradas coincidieron. Para mi tranquilidad, pude percibir comprensión y aceptación en sus ojos, lo que comprobé días después en la reunión que solicité expresamente con las autoridades del colegio, donde él estuvo presente, y me dio su respaldo.                                                                                                                       

Durante mi encuentro con los directivos del plantel, en mi condición de padre de una estudiante del colegio, además de condenar enérgicamente el maltrato psicológico que perpetró el entrenador contra ese niño indefenso, y tras exponerles mis puntos de vista (les entregué materiales de Internet elaborados por UNICEF, etc.), les pedí que tomaran medidas contra el agresor, e igualmente para evitar la recurrencia de prácticas tan negativas y lamentables en nuestro colegio, mediante la realización de campañas de concientización y demás iniciativas. Para mi satisfacción, fui informado que, por la gravedad de lo ocurrido, y antes de saber que yo solicitaría reunirme con ellos, ya la Dirección había comenzado a tomar cartas en el asunto.                                                                                                                                         

Pero, deben saber amigos lectores que, así como pedí acciones contundentes contra el coach, también les manifesté que, en mi opinión, él mismo necesita ayuda, orientación psicológica. Es un ser humano que muy posiblemente creció y se hizo hombre viendo ese tipo de conductas violentas a su alrededor, y ahora, en una situación de autoridad, piensa que así, con esa violencia, es como se le llama la atención a un niño.                                                                                                                                          

Sin importar cuan errado, enfermizo y condenable nos parezca su proceder, tenemos que aceptar que tras recibir la sanción adecuada, tiene derecho a enmendar, a recibir ayuda, como todos nosotros cuando cometemos faltas.                                                                                                                                               

Al final de la reunión, también me disculpe con las autoridades (y les pedí me disculparan con los jugadores y demás estudiantes), por mi conducta incorrecta, por agresiva. Es cierto que produjo resultados positivos, pero imagino que debe haber otra forma más civilizada de proceder en un caso así. Aunque, en honor a la verdad, no estoy muy seguro…                                                                                  


FOTOS Y LECTURA PARA NIÑOS ESCOLARES

octubre 1, 2019

¡Hola, mis muy queridos Soleros de todas partes del mundo!

Siempre gracias por su inestimable atención a este su espacio, SOL, Servicio y Orientación al Latino.

Hoy, por primera vez en todos estos años creando contenidos para Ustedes, les voy a ofrecer una de mis  publicaciones a cambio de dinero, o, más bien, a cambio de la gentil contribución que Ustedes – en función de sus posibilidades y del valor educativo-recreativo que le atribuyan al material – tengan a bien hacer.  

Lo que intento «venderles», a diferencia de mis habituales escritos de opinión e informativos, requirió mucho más tiempo y esfuerzo de lo usual. Es simplemente una labor que exige dedicación, y es justo que tenga una compensación monetaria. De hecho, simultáneamente a la publicación de mi proyecto por este medio, estoy considerando la posibilidad de llevarlo a formato impreso, de hacer un libro.

Sólo podrán tener acceso inmediato a las fotos aquellas personas que tengan Power Point, o quienes sepan como pasarlo a formato PDF.

(Para acceder al material pinchar el siguiente enlace, «Mi vecino, Karasu-san«)  

Mi vecino, Karasu-san es un material de fotos y lecturas para niños escolares que están aprendiendo a leer. Es el primer ejemplar de una serie titulada DESDE MI BALCÓN, que intentará mantenerse en el tiempo mientras tengamos vida… y apoyo financiero, claro está.

«Karasu» significa cuervo en japonés. Una vez que hayan accedido a las fotos  encontrarán una explicación más detallada sobre el particular.

Instrucciones: 1) Leer los diálogos de izquierda a derecha; 2) Al hacer las primeras lecturas demostrativas a los niños, esmérense en imitar la «voz» del cuervo, con el fin de hacerlo más entretenido, y,  de ser posible, pídanle a los niños que hagan lo propio cuando lean ellos.

Datos de mi cuenta bancaria:

(Nota: las personas ubicadas en Japón, además del procedimiento convencional, también podrán depositar su contribución, de manera sencilla, vía teléfono inteligente. Quienes se encuentran en el exterior deberán esperar brevemente por esa alternativa, hasta que afine los últimos detalles técnicos) .

Nombre: Ángel Rafael La Rosa Milano

Banco: SMB, Sumitomo Mitsui Banking Corporation

Número de cuenta: 1532954

Número de la sede del banco: 261

Mil gracias, ¡y que lo disfruten!

Ángel La Rosa

«El Sol brilla siempre dentro de ti«


Entrevista para ComunicKanda

febrero 12, 2015

El canto de un alma llanera

Por: Sota Seki / KUIS

ANGEL VEN 8

En un hogar típicamente japonés, en el corazón de Tokio, algo suena diferente desde hace tiempo. La pequeña María Michirú se dormía con canciones al ritmo del himno nacional venezolano. Ahora, cada Navidad suena un cuatro mientras la pequeña interpreta los aguinaldos que su padre le ha enseñado.

En esta familia, definitivamente,vive un alma llanera que ama, llora, canta y sueña…con claveles de pasión.

…………………………………

¿Qué es una familia transnacional? “La familia transnacional es un núcleo de intercambio”, según Ángel Rafael La Rosa Milano, venezolano que ahora vive en Tokio con su esposa japonesa y su hija de ocho años.

Antes de venir a Japón él estuvo en China estudiando y trabajando en la Universidad de Beijing. Un día se encontró con una japonesa y ahí empezó la historia de amor que lo trajo a este país.

Cuenta que un día iba a una fiesta con una amiga, y ésta le presentó a su compañera de cuarto: una joven japonesa muy atractiva, y se enamoró de su mirada dulce. Así que finalmente invitó esta joven a la fiesta, bailaron salsa, se conocieron mejor  y, después de seis meses de relación, decidieron casarse.

¿Qué idioma se habla en esta familia? En su hogar él habla español con su hija, pero con su esposa habla inglés; mientras que su esposa y su hija se hablan en japonés. Sin embargo, comenta que los tres entienden un poquito de los otros idiomas.

Además de las lenguas, también combinan las tradiciones. En Navidad, por ejemplo, él baila y canta temas tradicionales con su hija, como en Venezuela. Pero cuando se celebra Año Nuevo, su esposa cocina la comida tradicional japonesa de esa temporada, Osechi. Aunque parece difícil convivir en varios idiomas y culturas dentro de un hogar, él se lleva muy bien con su familia y nunca ha tenido ningún conflicto con su esposa acerca de la educación de su hija.

Si tú desde niño aprendes más de una lengua, aprendes dos o tres simultáneamente, aprendes también la cultura que va dentro de la lengua”, insiste Ángel La Rosa. En su opinión: “en una familia los miembros pueden compartir, intercambiar culturas, aprender de las tradiciones y formas de ser de la pareja Y al mismo tiempo enseñar a los hijos. Esto enriquece su cerebro y su forma de percibir el mundo, de percibir la existencia”.

La música ha sido también uno de esos elementos culturales que lo ha unido a su familia. El mismo creció acostumbrado al sonido del cuatro, instrumento típico de los ritmos venezolanos, que muchos ejecutaban en su hogar.

En esta entrevista pusimos un cuatro en sus manos y, producto de su emoción, nos regaló un poco del “Alma Llanera”, canción representativa del folclor de Venezuela, que se puede ver en los videos de nuestro blog Comunickanda. También en el sitio web de Ángel La Rosa se comparten algunos vídeos en los que se ve feliz cantando aguinaldos venezolanos con su pequeña hija. “Yo canto porque me gusta, no porque sepa cantar”, confiesa en tono modesto.

De muchas formas Ángel La Rosa ha mantenido sus raíces al mismo tiempo que convive con una familia de tradiciones muy diferentes. “Yo estudié en China política internacional… Diálogo internacional cultural, fue mi tesis. Una familia internacional es eso. El mejor ejemplo en la práctica de lo que puede ser el diálogo internacional cultural, a ese nivel de familia”, concluye el venezolano.

……………………………………………………..

Seguidamente pueden ver el trabajo audiovisual realizado por la gente de ComunicKanda, donde se muestran varias entrevistas, a modo de collage, incluyendo la que le hicieran a este servidor.

ComunicKanda es el espacio virtual del curso “Comunicación Masiva en el Mundo Hispano”, en la Universidad de Estudios Internacionales de Kanda (KUIS), Japón.

https://comunickanda.wordpress.com/

Contacto: comunickanda@gmail.com Twitter: @comunickanda


¡FELIZ NAVIDAD!

diciembre 21, 2014

Arbolito de mi casa

Mis muy apreciados soleros,

Reciban un caluroso saludo navideño.

En estos días, con tantas tragedias naturales y humanas que castigan al mundo (como la masacre de niños pakistaníes a manos de talibanes desalmados y asesinos, y la opresión desmedida en países con gobiernos retrógrados y sanguinarios como el mío, Venezuela) podemos llegar a sentirnos desesperanzados e impotentes. Pero al mismo tiempo somos capaces de entender que, para combatir esas amenazas contra la humanidad, debemos hacer lo posible por mantenernos optimistas y llenos de fe en un porvenir de tranquilidad y felicidad para nuestros hijos y las futuras generaciones.

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Es por ello que, en estas fechas decembrinas, a pesar de tantas calamidades que nos agobian, nos permitimos celebrar en familia la Navidad, transmitiéndole a nuestros pequeños toda la alegría y la esperanza que ella encierra, ya que tal vez son las mejores armas con las que ellos enfrentarán las adversidades.

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En ese sentido, nos atrevemos a compartir con ustedes, queridos lectores, unos sencillos videos navideños caseros que hicimos con nuestra amada hija, al tiempo que les deseamos

¡FELIZ NAVIDAD!

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El Sol brilla siempre dentro de ti»


El inusual «Niño/Santa» de mi hija

diciembre 15, 2014

Este año, mi hija de 8 años pidió al Niño Jesús y a San Nicolás un regalo algo inusual (por cierto, mi esposa y yo sospechamos que ella sospecha que nosotros somos sospechosos de usurpar la identidad de los dos socios jugueteros).

Precisamente, ayer la llevé a la juguetería, para que eligiera con calma entre las muchas variantes que hay de ese su anhelado juguete, y se lo encargara, con la respectiva carta, al Niño y a Santa.

Tras comparar concienzudamente los pro y los contra de todas las opciones disponibles, mi dulce princesita se decidió por un C/R Toyota FJ Cruiser, 4X4, todo terreno, (sube pendientes de 60 grados y es anfibio).

¡Los tiempos cambian! En mis años infantiles, era impensable ver a una niña jugar con un carro a control remoto. Al menos en público.

Y no es que ahora sea muy común que digamos (puedo apostar que mi hija será la única hembrita de su curso y del vecindario con un juguete así), pero en una época donde las féminas conducen autobuses, camiones, trenes, etc., seguramente no causará tanta sorpresa.

En la tienda, mientras veía a tan adorable criatura, absorta en la elección de su carro, con sus ojitos agrandados por la emoción, caí en cuenta de que, tal vez, yo, sin proponérmelo, he estado influenciando fuertemente su gusto por pasatiempos como ese. Y es lógico, ya que desde su nacimiento he tenido la bendición de pasar mucho tiempo con mi hija.

La madre, por su parte, también ejerce un influencia muy positiva, estimulándole y celebrándole, en todo momento, sus infantiles deseos e iniciativas.

Finalmente, si nuestra adorada hija mantiene el interés por esos pasatiempos poco convencionales para una niña, mi esposa y yo seguiremos apoyándola, y seguiremos besándola y abrazándola con ternura lo más que podamos. Después de todo, también puede haber mujeres pilotos de autos y hasta de cohetes espaciales muy femeninas y tiernas ¿no?


Hija, yo me porté mal: Vándalos al volante

septiembre 9, 2014

Hija linda, de muchacho, cometí algunas malas acciones contra otras personas que, aunque no fueron graves en sí mismas, pudieron haber traído consecuencias muy negativas tanto para los afectados como para mí mismo.

Hoy, a mis 48 años de edad, y siendo padre, al recordar esos malos comportamientos de mi adolescencia, me siento bastante avergonzado, por lo estúpido e inconsciente que fui al cometerlos. Me parece increíble que, entonces – sin importar cuan joven era – tan feas conductas hayan sido divertidas para mí.

Teniendo poco más de 18 años, en una oportunidad que salí con unos amigos en un carro de mis padres, a dar vueltas por nuestra localidad, tuvimos la pésima idea de molestar seriamente a algunas de las personas que iban caminando por la calle. Nos deteníamos a su lado, fingiendo que necesitábamos preguntarle una direción, y cuando la persona comenzaba a explicarnos, la interrumpíamos violentamente, con un fuerte grito de “¡cállate!”, todos a la vez.

Como es lógico, el caminante se sobresaltaba mucho con semejante estrépito y se quedaba momentáneamente paralizado, entre aturdido y furioso, por la muy perturbadora experiencia, mientras nosotros nos alejábamos, velozmente, en el automóvil, contentos y orgullosos de nuestra “broma”.

En otra ocasión, con diferentes amistades, hice algo similar pero mucho peor. También en carro, mientras pasábamos por un sector penumbroso a altas horas de la noche, buscamos transeúntes solitarios a quienes molestar. Cuando avistábamos a alguna “víctima”, nos acercábamos en marcha lenta y al estar a su lado, uno de nosotros se asomaba sorpresivamente por la ventana, fingiendo sujetar un arma de fuego en la manos y gritando “¡quieto o te mato!”.

Como imaginarás, lindísima, algunas de aquellas desafortunadas personas se quedaron completamente petrificadas del susto, por supuesto. Pero, mis amigos y yo celebramos eufóricamente su muy humana reacción de miedo.

Sé bien que te sorprende y entristece mucho que algo así haya podido causarle tanta gracia a tu papá. Pero créeme, hoy en día, a mi también me asombra. Esas maldades que ayer me hicieron reír tanto, hoy me causan preocupación y tristeza. Sobre todo al pensar que, debido al terrible susto, algunas de aquellas personas pudieron haber sufrido un problema de salud serio, como un desmayo, por ejemplo, o, algo incluso mucho mas peligroso, como un ataque al corazón, lo que bien puedo haberlas matado. Eso me hace sentir mucha culpabilidad y arrepentimiento.

Además, hay que decir que tuvimos suerte de que nadie nos denunciara, por que la policía pudo habernos detenido. Imagínate, que tremenda vergüenza para mí y mi familia; que injusto hubiera sido para mis padres pasar por una situación tan desagradable y vergonzosa, por culpa mía.

Pero, pensándolo bien, aunque a nadie le gusta ser descubierto faltando, y menos ser castigado, hubiera sido bueno que nos atraparan molestando a esas personas. Habríamos sentido un bochorno tan grande que ese hubiera sido el mejor castigo.

Me arrepiento sinceramente de esos pecados, y pido perdón a esas personas a quienes molesté. Por favor, tú también perdóname, hija adorada.

Te adoro, mi princesa

Papi


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