ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Lesionado por «pantallero»

Mi papá, hay que decirlo, siempre se mantenía en buena forma física, y según me contaba él mismo, de joven le gustaba mucho ejercitarse y hacer deporte. El hecho de que llegó a ser un destacado paracaidista militar, y que yo lo vi jugar softbol y voleibol a sus cuarenta años, lo demuestra.

Lo que ocurre – también hay que decirlo – es que el deportista en cuestión a veces era algo «pantallero», como llamamos jocosamente en Venezuela a alguien que alardea de cualidades o habilidades que no necesariamente tiene tan desarrolladas.

Sin embargo, en mi papá, ese rasgo, más bien ocasional, que afloraba principalmente durante alguna actividad deportiva o física en general, resultaba sumamente divertido para los presentes.

Recuerdo que en esas situaciones – sobre todo compartiendo algún juego deportivo con nosotros sus hijos – cuando adoptaba poses de deportista profesional (era algo natural, no lo hacía premeditadamente para entretener), mi mamá le gritaba: «¡Ángel La Rosa, te pasas de pantallero!».

Pero lo que quiero contarles hoy es que ese «pantallerismo» de mi papá una vez casi le cuesta una lesión seria.

A petición mía, mis padres habían instalado en el jardín de la casa unas barras paralelas (suficientemente altas para usarse también como barras fijas), para que mi hermano menor y yo pudiéramos ejercitarnos frecuentemente. Un día que yo estaba haciendo mis ejercicios acostumbrados, mi papá se acercó, y para sorpresa mía, luego de hacer unos muy leves y brevísimos movimientos de calentamiento para los brazos, se paró frente a mí en el extremo opuesto de las barras, cual gimnasta que se dispone a empezar su rutina.

Sorprendido como estaba, rápidamente le pedí que detuviera su accionar, porque el acondicionamiento que hizo no era suficiente. Además le pregunté si él estaba seguro de poder hacer barras. No me hizo caso; me contestó que estaba bien, e intentó subirse…

¡Craso error! El aguajero de mi padre, no había completado el salto de impulso, cuando cayó al piso aparatosamente, emitiendo un grito por el fuerte dolor que sintió en uno de sus tríceps.

Tras cerciorarnos de que no era una lesión seria, lo despedí con una palmadita compasiva en la espalda. No le dije nada; no quise «hacer leña del árbol caído». El tremendo susto que le causó aquella temeridad, y la molestia que le quedó en el brazo fueron suficiente escarmiento.

Al quedarme solo nuevamente, no pude evitar reírme de mi padre, recordando toda la escena, y pensando que eso le había pasado por pantallero.

Papá, perdóname si el recuerdo de tu intento gimnástico fallido me hace gracia. Pero, uno, no hubo consecuencias serias que lamentar, dos, al final es otra anécdota simpática tuya.

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