Coronavirus en Japón

marzo 29, 2020

Martes 31 de marzo de 2020

Según el conteo periódico de casos de COVID-19 realizado por el diario en Inglés Japan Times (https://www.japantimes.co.jp/liveblogs/news/coronavirus-outbreak-updates/), hasta ayer,  lunes 30 de marzo, en todo Japón se habían realizado 28.966 pruebas del Coronavirus.

Cabe resaltar que en su más reciente conferencia informativa sobre el virus, el presidente estadounidense, Donald Trump, informó que, hasta la fecha, en ese país se habían realizado un millón de pruebas.

Nos preguntamos, ¿no es lógico suponer que si aquí en Japón se hubiese realizado un número tan elevado de pruebas como en Estados Unidos, subsiguientemente se confirmaría también un número tan elevado de contagios? Muy superior al que existe actualmente?

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Lunes 30 de marzo de 2020

Para el momento de escribir estas líneas, en varios países de los 5 continentes, el coronavirus está matando a cientos de personas diariamente, creando una crisis sanitaria sin precedentes, y según las autoridades competentes es muy probable que tan aterrorizante situación siga empeorando aceleradamente en los próximos días.

Por el contrario, aquí en el archipiélago nipón, hasta la fecha, el impacto del covid-19 ha sido, si se quiere, leve, en comparación con los alarmantes índices de infección y mortandad arrojados por los países más afectados.

Pero, aunque son cifras que deberían tranquilizar a quienes residimos en Japón, en nuestro caso en particular producen el efecto contrario. ¿Por qué?

Antes quisiéramos dejar claro que, en nuestra condición de extranjeros en suelo japonés, somos respetuosos de su gobierno y obedeientes de sus leyes. Pero, al aportar con nuestro trabajo (y nuestros impuestos) al bienestar de este gran país, también tenemos derecho a ser críticos cuando lo consideremos necesario.

Dicho lo anterior, nos sentimos con en el deber de expresar nuestra profunda procupación por las bajas cifras de nuevos casos y de fallecimientos por el COVID-19 que maneja el gobierno japonés.

Según el portal de NHK (Corporación Radiodifusora de Japón) https://www3.nhk.or.jp/nhkworld/es/, en suelo nipón, hasta el día de hoy (lunes, 30 de marzo) se habrían producido unos 1.700 contagios y 65 muertes, comparados con los 130.000 contagios y las 2.300 muertes en Estados Unidos, por poner un ejemplo.

El gobierno Japonés sostiene que el bajo número de infecciones del país (comparativamente) se debe a que ellos lograron ubicar los principales focos de contagio de manera temprana, lo cual les permitió contener la transmisión del virus significativamente. Sin embargo, nosotros nos inclinamos por la tesis de que las bajas cifras de contagios en el archipiélago nipón se deben al hecho de que no se han realizado suficientes pruebas del virus en la población.

Un caso en particular, por su gravedad, nos llama poderosamente la atención. Según el portal de noticias de la agencia noticiosa estatal japonesa NHK, en un centro de cuidado de personas con necesidades especiales ubicado en la prefectura de Chiba, 86 personas, entre usuarios y cuidadores, resultaron positivos en el COVID-19.

Es perfectamente comprensible preocuparse y hacerse las siguientes preguntas: si en ese solo centro se detectó semejante número de infecciones, ¿cuántas personas más pudieran estar contagiadas en esa localidad, y en esa prefectura?; ¿Cómo se introdujo el virus en el referido centro?; Los cuidadores del centro que pernoctan diariamente fuera del mismo han tenido contacto directo con otras personas, incluidos familiares?

Aprovechamos para hacer una modesta recomendación a las autoridades sanitarias de Japón. Realicen al menos una o dos pruebas  del COVID-19, en todos los centros asistenciales del país, aleatoriamente, entre usuarios y cuidadores. Es justo y necesario.

Señores del gobierno, autoridades competentes, esperammos por respuestas y acciones, antes de que sea demasiado tarde.


DERECHO INFANTIL A SER HETEROSEXUAL

marzo 6, 2020

El pasado domingo 1ro. de marzo, el ex alcalde y candidato gay, Pete Buttigieg, anunció su retiro de la contienda por la nominación demócrata estadounidense.

Al subir al podio para dar el discurso de despedida a sus seguidores, hizo algo inesperado y desconcertante para mí: se besó en la boca con su esposo, frente a la concurrencia y ¡frente al mundo!

Antes de que me acusen de pacato, homofóbico, alarmista, etc., debo dejar claro que, por el contrario, soy suficientemente tolerante con la sexualidad de los demás; afortunado y orgulloso amigo de personas de todas las tendencias. De hecho, mi mejor amiga es lesbiana y feliz esposa de otra mujer.

Lo que me perturbó de esa escena no fue el beso en sí. Aunque es cierto que, en mi condición heterosexual, no es algo que disfrute ver, a lo largo de mi vida he estado en diversas situaciones – especialmente junto a mis amistades gay – donde me ha tocado presenciar intercambios afectuosos leves entre hombres, y precisamente mi mente amplia hacia el particular me ha permitido entenderlo, respetarlo y aceptarlo.

Habiendo aclarado eso, mi problema con aquel beso es que al haber sido transmitido mediática y globalmente, entre la audiencia se cuenten millones de niños y adolescentes  – inclusive adultos – en todo el mundo que no entiendan lo que ven, al punto de llegar a sentirse confundidos y hasta consternados.

Tras seguir brevemente el desempeño de Buttigieg antes y durante las primarias demócratas, no me queda la menor duda de que es un buen tipo, un político confiable, una persona íntegra, quien, incluso al besarse con su esposo ante el mundo entero, alberga buenas intenciones.

Además, considerando que Buttigieg está casado legalmente en su país, y que el hecho ocurrió en un evento de compatriotas suyos (muchos de quienes lo admiran justamente por su condición homosexual), yo debería pensar “eso es asunto de ellos”. Pero, no me resulta tan sencillo.

En un aspecto tan vital y delicado para la sociedad, como es la sexualidad humana, por encima de la buena intención y la promoción de posturas particulares – que se asumen a priori como correctas – hay que tener mucho raciocinio y sentido común, sobre todo cuando nuestras acciones son contempladas por niños, por ejemplo, o por personas que aun están muy lejos de alcanzar esos niveles tan “progresistas”. Esa es la cuestión.

Es bien sabido que los humanos somos seres de contexto; desde que nacemos aprendemos observando e imitando, principalmente los comportamientos de nuestros progenitores, y en general de las personas a nuestro alrededor. Siendo así, podemos afirmar que, básicamente, somos lo que el entorno hace de nosotros.

En mi opinión, hasta que la naturaleza se encargue de revelar claramente lo contrario, los niños tienen el derecho humano e inalienable de ser tratados y educados como heterosexuales. Absolutamente nadie tiene la potestad de manipular, por el medio que sea, la heterosexualidad intrínseca de los infantes.

Para ponerlo más claro: si desde temprana edad, de manera natural, espontánea, un niño da muestras de poseer una condición sexual marcadamente diferente, habrá que criarlo tomando en cuenta su particularidad, en un clima de comprensión, tolerancia, respeto y apoyo. Pero, mientras un niño manifieste ser heterosexual, estamos obligados – como individuos y como sociedad – a respetar ese “mandato” de la naturaleza, la cual determinó que naciera varón, con su aparato reproductor masculino, o que naciera hembra, con su aparato reproductor femenino, en cuyo caso la única opción existente es garantizar que vivan plenamente su heterosexualidad, según las instrucciones de la Madre Tierra – o del universo, si prefieren – en la manera más saludable posible.

Incluso las parejas gays que fungen de padres adoptivos están obligados a garantizar la formación heterosexual de sus hijos. Sin embargo, todo indica que eso es casi imposible de lograrse, tomando en cuenta el fuerte y diario condicionamiento al que estarán sometidos esos niños.

En resumen. Si un niño crece viendo constantemente a su alrededor expresiones de amor romántico entre personas del mismo sexo, pudiera desarrollar – de manera condicionada, no espontánea – la noción de que eso es lo normal, lo que hay que hacer.
A veces, los adultos tenemos cuidado de expresar nuestro amor heterosexual con moderación, delante de los demás, especialmente los más pequeños (en algunas culturas más que otras). Con más razón deberíamos aumentar las precauciones si nuestra sexualidad es diferente, ¿no les parece?

Finalizo con una confesión. Consideraciones políticas aparte, admito que sentí un gran alivio cuando me enteré de que Peter Buttigieg había abandonado la carrera por la nominación demócrata estadounidense. Coincido totalmente con el parecer de un analista político norteamericano quien dijo que “Estados Unidos aun no está preparado para un presidente gay”. La imagen para mi angustiante de un mandatario y su “primer caballero” besándose pública y reiteradamente, tendrá que esperar por un tiempo, afortunadamente.