Mis Viejitos

noviembre 13, 2017

Voluntariado con los "viejitos", Tokio, Hachioji, 11/2012

“Mis viejitos” son todos esos maravillosos ancianos a quienes he tenido el inmenso privilegio de asistir, desde que me hice cuidador de adultos mayores, unos cinco años atrás.

Y, sí, son míos, porque a todos y cada uno les profeso un cariño muy profundo; los quiero con veneración. Y no puede ser de otra manera. Ellos han bregado mucho. En toda una vida, con sus aciertos y desaciertos, con sus defectos y virtudes, le han dado tanto a la humanidad, a los más jóvenes, a los menos viejos como yo.

Con algunos de mis viejitos he tenido una relación muy cercana, de familia. Y todos, sin excepción, por el mero hecho de ser objetos de mi ayuda, han sido, igualmente, fuente permanente de satisfacciones, incluida la gran fortuna de aprender de ellos a diario. A no pocos, también, he tenido que verlos languidecer hasta morir.

 Ahora, cuando se acercan al final de su largo camino, “andando” muy despacio, con dificultad, necesitan nuestros cuidados. Se lo merecen; se han ganado con creces el derecho a que se les cuide con devoción.

En la calidez de esos viejos, en su mirada serena, en sus arrugas, en su pelo blanco, en sus achaques, y en sus rabietas, veo a los padres de mis padres (ya fallecidos hace tiempo), y quisiera poder devolverle a ellos todo el cariño que recibí de mis abuelos amorosos, consentidores y regañones. Uno, porque me nace, dos, porque lo considero mi deber.

Aprovecho para informar a mis muy amables lectores en todo el mundo, que “Mis viejitos” es un proyecto donde me voy a permitir escribir de todo. Claro, siempre relacionado con los ancianos que he tenido a mi cargo en los últimos 5 años, como digo al principio. Es decir, así como les contaré anécdotas de muchos de ellos (siempre apegándome a las normas de privacidad, protección de identidad, etc.), también escribiré sobre asuntos concernientes al trabajo en sí: mis opiniones sobre la profesión en general, y sobre situaciones laborales específicas que se me hayan presentado durante mi lustro como ayudantes de adultos mayores. De hecho, se me ocurre en este momento que va a ser un recuento, una especie de diario, pero escrito en retrospectiva, y sin orden lógico ni cronológico. Y siempre tratando de que el centro del texto sean mis viejitos.

Voluntariado con los "viejitos" de Hino, Tokio, 2008

Así que, ¿qué tal si entramos en materia y comenzamos con una anécdota de una abuelita?

La Señora “Lucerito mañanero”

Mi primer trabajo en un hogar de ancianos japonés no fue como cuidador propiamente, sino como obrero de limpieza. Pero, del por qué tuvo que ser así, les contaré más adelante.

Para ese entonces, de cualquier manera, ya yo había obtenido la licencia japonesa  de cuidador de adultos mayores (previa aprobación del curso correspondiente), así que los directivos de aquel centro me permitieron entrar a las habitaciones de los ancianos, a hacer la limpieza, desde el mismo primer día, prácticamente.

En mi condición de aseador, al entrar en los cuartos, el único contacto posible que podía tener yo con las personas internadas, era el saludo de rigor y cualquier otra expresión respetuosa, como “permiso para entrar ” y “voy a proceder con la limpieza”, por ejemplo.

Desde el comienzo, siempre que entraba a alguna habitación (dependiendo del piso, estaban ocupadas por pacientes terminales o por aquellos que aun se valían por sí mismos), procuraba, al saludar, conferirle a las pocas palabras que podía decir mucha calidez. Repito, era el único contacto posible que podía tener con esas personas, así que me propuse aprovecharlo al máximo. De hecho,  si no había cuidadores alrededor mientras yo vaciaba la papelera correspondiente a un paciente en particular, me permitía acercarme lo más posible a la cama de éste, para saludarlo individualmente, de manera más personalizada, con el doble propósito de transmitirle mi aprecio y mi respeto, y observar de cerca su reacción a mis palabras, todo lo cual, de paso, me permitía irlos conociendo a todos, gradualmente. Eso, a sabiendas de que algunos tal vez ya no podían escucharme, pero con la esperanza de que sí lo hicieran.

Es así como, a la semana de haber comenzado a trabajar, tuve que recoger la basura en un cuarto compartido por tres personas ya en fase terminal, una de las cuales era una señora de entre noventa y cien años de edad. Ya la había visto anteriormente, días atrás, postrada en su cama, inmóvil, con los ojos cerrados.

Esa mañana en particular, la situación era propicia para hablarle muy de cerca, al tiempo que limpiaba un poco alrededor de la cama, en espera de alguna reacción suya. Lo que ocurrió aún me emociona, ahora que lo cuento, cinco años después.

Los ojos de aquella ancianita, que inicialmente me había dado la impresión de estar en estado vegetal, comenzaron a abrirse lentamente, con dificultad. Entre sorprendido y contento, aminoré un poco el ritmo de la limpieza y volví a saludarla nuevamente, agregando esta vez mi nombre y mi ocupación, con lo cual la señora abrió los ojos completamente.

La imagen de los ojos de aquella viejita, plenamente abiertos, ha sido uno de los obsequios más hermosos que me hayan dado en todos estos años al servicio de los ancianos. Además de la lógica emoción que me produjo el saber que esa era una reacción directa a mis palabras – o solamente a mi voz, quizás – ¡aquel par de ojitos realmente brillaban! como llenos de estrellas y luceros; alegres; embelleciendo aquel rostro antes inexpresivo; como queriendo expresar algo amable.

Huelga decir que esa experiencia fue en extremo grata y estimulante para mí. Me alegró la mañana y también la existencia. Pero, aquello no quedo ahí. Mi comunicación con aquella entrañable viejita se prolongó e intensificó por varios meses. Al poco tiempo, comenzó a reconocer mi voz, y, al saludarla, ya no solo me regalaba el fulgor de su mirada, también esbozaba una sonrisa y emitía un sonido que, aunque tosco y casi imperceptible, era como una música dulce en mis oídos.

A los pocos meses, y ya próximo a terminar mi trabajo en esa institución, cambió mi rutina semanal, me asignaron otros pisos, así que no tuve oportunidad de ver a aquella buena amiga otra vez. Pero de tanto en tanto la recuerdo, y le agradezco sinceramente por su bondad y su amistad, también por mis ojos humedecidos de nostalgia mientras escribo esto, así como por iluminar mis días con sus ojitos brillantes, por ser mi lucerito mañanero.

La Señora “maquinita de hacer oficios”

Hay abuelitos ochentones, noventones y hasta mayores, quienes, a pesar de las limitaciones físicas que les impone tan avanzada edad, procuran estar siempre activos; buscando algo que hacer. Ya sea por que saben, instintivamente, que la actividad es buena para su  salud mental y corporal, o porque quieren sentirse útiles.

Una señora que conocí en el hogar donde trabajé como obrero de limpieza era la viva representación de esos viejitos que están siempre en movimiento. Tenía más de ochenta años, andaba en silla de ruedas, y poseía una energía envidiable.

Dependiendo del día de la semana, me tocaba encargarme de un área específica del centro. A los pocos días de mi ingreso, en una oportunidad en la que me correspondía limpiar el comedor de uno de los pisos, me llamó la atención la presencia de una señora en silla de ruedas quien, en teoría, no debía estar ahí a esa hora, y quien, sencillamente, parecía estar buscando algo.

Aunque me sorprendió encontrarla en el comedor a la hora de la siesta matutina, no le di mayor importancia – hay ancianos que deambulan rutinariamente por los hogares, para hacer ejercicio o para distraerse –  y tras darle los buenos días y preguntarle si todo estaba bien, proseguí con mis labores. Pero, al cabo de un rato, la señora comenzó a mover unas cestas grandes con utensilios de cocina, de un lugar a otro. Como yo no sabía por qué hacía eso, y vi , además, que era más o menos peligroso para ella, corrí a su lado a preguntarle qué quería hacer, si necesitaba mi ayuda. Visiblemente molesta por mi repentina inquisición, me soltó un chorro de palabras ásperas (que yo no conocía, pero cuyo significado entendí clarito: “¡déjeme tranquila y váyase”!), y continuó con su accionar.

Evalué la situación, rápidamente,  y decidí ir a la recepción de ese piso a reportar lo que hacía aquella viejita inquieta y cascarrabias. La cuidadora de ancianos que se encontraba de guardia me acompañó a ver lo que ocurría, y, al ver quién era la susodicha, me dijo, “¡me lo imaginaba! Tranquilo, no se preocupe. Esa señora, casi siempre viene a esta hora a ayudarnos a ordenar un poco”.

En lo sucesivo, llegamos a coincidir en el comedor dos o tres veces por semana, por varios meses, lo que nos llevó a desarrollar una relación amistosa, podría decirse. Aunque, sería más acertado decir que aquel intercambio era, más bien, “laboral”. Sí, tal  cual. Y ya pueden imaginarse quien daba las órdenes…

Tras el primer incidente, entendí que la señora lo que hacía, fundamentalmente,  era ayudar al personal de cocina a recoger algunos utensilios. Asimismo, le daba una mano al personal de limpieza (o sea, a mí) arreglando el comedor. Ella conocía a la perfección la rutina de los cocineros, al finalizar el desayuno,  así que sencillamente colaboraba  con ellos agilizándoles el proceso. También sabía de memoria la organización del comedor; dónde se guardaba cada cosa. Por lo que se daba a la tarea de ponerlas nuevamente en el lugar correcto. Para poder cumplir con sus tareas, la laboriosa abuela agarraba los objetos (algunos algo pesados y grandes para ella), y los cargaba en su regazo para trasladarlos de un lugar a otro. Eso significaba que tenía que sujetarlos con una mano, y hacer girar la rueda de su silla con la otra. Admirable , en verdad.

Por si fuera poco, mi amiga y superiora ¡era perfeccionista! Entonces, mientras yo coleteaba o barría el piso, la muy meticulosa anciana me pedía por favor que moviera cosas muy pesadas para ella – una mesa, el televisor, por ejemplo – unos milímetros más, a la posición exacta. O, también, me pedía que removiera manchas imperceptibles, de aquí y de allá , que sólo ella alcanzaba a ver.

Pero no todo era trabajo entre nosotros dos. Cuando, en medio de nuestros respectivos quehaceres, nos aproximábamos el uno al otro, aprovechábamos para conversar un poquito. Debo acotar que, para ese entonces, mi japonés era más que elemental (la razón principal por la que no pude comenzar a trabajar como cuidador de ancianos directamente después de haber culminado mi curso), así que mi intercambio de palabras con aquella afanosa abuela – y con todos mis interlocutores japoneses – era también muy básico, forzosamente. Aunque, eso no me impidió disfrutar mis conversaciones con ella; al contrario, se convirtieron en parte obligada de nuestras labores del comedor. Desde aquellos primeros encuentros, donde ella me pareció regañona y mandona, y yo a ella, fastidioso, seguramente, nos convertimos en buenos “compañeros de trabajo”; llegué a sentir real aprecio por aquella viejita enérgica y colaboradora, a la recordaré siempre, como la hormiguita obrera del hogar de ancianos, como una maquinita de hacer oficios.

Licencia japonesa de asistente de ancianos

Obtener mi licencia para cuidar ancianos no fue tarea fácil. Principalmente, por mi bajo nivel de japonés de aquel entonces. Pero, tras tomar la decisión de que esa era la nueva profesión que quería para mí, yo estaba muy determinado a obtener el título.

En mi búsqueda de posibles lugares de estudio, conseguí un centro de capacitación gubernamental, donde subsidian la mitad del costo del curso. Pero, el mismo día que fui a inscribirme, el funcionario que me atendió me dijo, muy educadamente, que tenía que mejorar mi japonés para poder recibir el entrenamiento. “Vaya a estudiar otro poquito y vuelva por aquí”, me recomendó. En mi japonés “tarzaneado” – como lo hablaría Tarzán, el Rey de la Selva,  si en lugar de inglés balbuceara la lengua nipona – le argumenté que la mejor forma de subir el nivel era trabajando, por la necesidad imperiosa que tendría de comunicarme. Como buen traductor profesional, interpreté simultánea y rápidamente la sonrisa que esbozó aquel amable y paciente funcionario: “Como le dije antes, aprenda más japonés y será bienvenido por aquí. Sayonara“.

En mi determinación de hacer el curso, pensé que si probaba en una escuela privada tendría mejor suerte. Así que continué mi búsqueda frenética en internet.

“El que busca encuentra”. Muy cierto. Pero creo el factor “suerte” – llamémoslo así para no entrar en detalles – también aparece por ahí de vez en cuando. No pocas veces en mi vida me ha sucedido que, cuando deseo algo con vehemencia, aparece en el camino una señal que me conduce más fácilmente al destino, al objetivo. Pero, ¿será eso suerte en verdad?, ¿o será más bien lo que propone el escritor brasileño Paulo Cohelo:  “Cuando quieres realmente una cosa, todo el universo conspira para ayudarte a cumplir tu deseo”? Si coincidimos con este “gurú” del crecimiento personal, entonces estaríamos aceptando que existe una  “Entidad Superior”, una “Energía Creadora”, un Dios, que sería arte y parte de nuestra vida. Pero ese es un tema para otro escrito.

Volviendo al cuento, en mí búsqueda en la Red de redes, conseguí una escuela que, interesada en captar candidatos filipinos (bastante cotizados en tierras niponas, en estos días,  por ser personas muy cálidas en su tratamiento a los ancianos), ofrecía resúmenes impresos en inglés de todas las clases del curso, lo cual, como es lógico, me entusiasmó a intentar con ellos, “más rápido que inmediatamente”, como decimos en Venezuela. Aunado a eso, cuando hice el contacto para pedir más detalles, resultó que el jefe administrativo hablaba muy bien inglés ¡y hasta un poquito de español!

¿Suerte, conspiración universal? Lo cierto es que fui a mi entrevista, muy contento y esperanzado, como pueden imaginarse. Debo acotar que esa entrevista fue el primero de muchos filtros que tuve que pasar para, en mi condición de extranjero, (primer latino que aspiraba estudiar en ese instituto, por ejemplo), tener la posibilidad de realizar la muy delicada tarea de velar por los ancianos japoneses. Y créanme que el gobierno nipón, mediante sus instituciones geriátricas y la sociedad, en pleno, son muy celosos cuando se trata de cuidar a sus adultos mayores. Sin embargo, también es cierto que hay individuos – y hasta establecimientos – que, por el contario, tratan a los viejitos de forma indebida. Pero, son excepciones que confirman la regla. Ese es un punto muy importante, sobre el cual les hablaré más adelante.

Aun no les he contado que, antes de decidirme a ser cuidador de ancianos, ya había ido a cantar (siempre acompañado de mi cuatro. También aprovecho para acotar que soy un cantante amateur, y que “canto por que me gusta, no por que sepa cantar”. ¿Conocen al propietario de esas palabras? El filósofo-trovador Facundo Cabral) como voluntario a diversos centros geriátricos. Valga decir, que esas fueron experiencias recreativas sumamente estimulantes y enriquecedoras, que influyeron considerablemente en mi decisión de trabajar directamente con  ancianos. De hecho, ese fue unos de mis más convincentes argumentos (fotos en mano) que esgrimí, cuando, durante aquella primera y crucial entrevista, me preguntaron por qué quería dedicarme al cuidado de adultos mayores.

También les dije algo que preparé a conciencia, relacionado con la aceptación de los filipinos como cuidadores, a sabiendas de que me haría ganar algunos puntos: “la cultura filipina y la venezolana son muy parecidas en lo que respecta al trato que le damos a nuestros ancianos. Los venezolanos y latinoamericanos en general, somos por naturaleza querendones. Además venimos de familias muy numerosas en las que, desde que nacemos, estamos en contacto con nuestros abuelos y demás viejitos del entorno familiar; por largos años disfrutamos de su compañía, y, en consecuencia, crecemos aprendiendo a quererlos y a respetarlos mucho”.

Abro un paréntesis para destacar que ese modo de ser querendón nuestro me ha servido mucho, en estos cinco años, para ganarme el cariño y la confianza de la mayoría de los abuelitos que he tenido la fortuna de cuidar.

Felizmente, ¡pasé la entrevista! (conducida casi toda en inglés, por el subdirector y jefe administrativo, por cierto), una alcabala menos en mi odisea para llegar a ser cuidador de ancianos. Pero, tenía por delante pruebas aun más duras. Aunque, debo destacar que, más allá del dominio del idioma (él 90 % de los ayudantes de ancianos en Japón son los propios nacionales), el objetivo primordial de esas entrevistas es constatar que el entrevistado tenga las motivaciones laborales correctas y las cualidades humanas necesarias para desempeñarse en la profesión.

Como menciono más arriba, esa escuela en particular, en su estrategia de captación de alumnos, ofrece un entorno amigable para filipinos y extranjeros en general que hablen inglés. Definitivamente, esa fue la diferencia para que yo lograra obtener mi licencia. Pero, insisto, aun así pasé mucho trabajo con el japonés.

Si bien los resúmenes en inglés me eran de gran ayuda, porque me permitían entender los puntos básicos de cada clase (además, yo después ahondaba en los temas tratados buscando por mi cuenta material en Internet, tanto en inglés como en español), mi precario japonés me hacía cuesta arriba la comprensión y la expresión, vitales en una dinámica de aprendizaje altamente participativa.

Me da pena admitir, por ejemplo, que, a veces, aun conociendo el tema central de una clase en particular, pasaba larguísimo rato sin entender absolutamente nada al profesor de turno, lo cual, como es lógico, me generaba mucha angustia y estrés. Uno, porque me considero una persona responsable, y no podía evitar sentir que estaba siendo deshonesto, engañando al instructor, a mis compañeros de clase y a mi mismo. Dos, porque desde el primer día de clases entendí que no iba a poder sacarle al curso todo el provecho  deseado –  y necesario. Tres, sentía muchísima vergüenza cuando el profesor me  interrogaba y yo no entendía. En esos casos, me limitaba a responder, “sensei, gomen’nasai, shitsumon  ga wakarimasendeshita, mo i kai yukkuri oshiete kudasai” (Perdón, profesor, no entendí la pregunta, hágamela una vez más, despacio, por favor).

Algunos profesores se tomaban la molestia de reformularme la pregunta, utilizando expresiones muy básicas,  de forma que yo pudiera entenderla – incluso usando un poco de inglés – y otros sencillamente me decían, “Está bien, no importa, siga intentando, ánimo”. Valga decir que, aunque había unos más preguntones que otros, al final, todos estaban al tanto de mi situación y se mostraban muy corteses y solidarios conmigo.

Las primeras clases fueron un martirio, realmente. Así que concebí un plan para, al menos, atenuar mi sufrimiento, y demostrarle a todos que realmente estaba dispuesto a esforzarme y aprender. Le pedí al subdirector (que me hizo la entrevista en inglés)  que por favor me entregara el resumen de la clase, no el mismo día sino una semana antes (mi curso era semanal, sólo los sábados). Entonces, sinopsis en mano, me daba a la tarea de investigar más por mi cuenta. Una vez empapado del tema, sintetizaba las ideas centrales y las traducía al japonés con la ayuda de los muchos traductores automáticos disponibles en la Red. Seguidamente, construía varias oraciones cortas y gramaticalmente sencillas, fáciles de manejar, que usaba luego en las clases cuando me tocaba participar. ¡Y hasta llegué al punto de ofrecerme voluntariamente a responder algunas preguntas!

(Continuará…)

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Anécdotas de mi papá: Abuelo niñero

noviembre 17, 2017

El recuerdo nítido más lejano que guardo en mi memoria, compartiendo alguna actividad con mi papá, es de cuando yo tenía entre 6 y 7 años. Estaba en construcción la nueva casa, y casi todos los fines de semana íbamos a verla. En esas ocasiones, mi papá se ponía a jugar conmigo alrededor de la obra, y lo que me viene a la mente es la imagen de los dos saltando desde el balcón hacia un montón de gravilla, agarrados de la mano y gritando alocadamente durante el brinco.

Hay un par de momentos más que recuerdo muy vagamente: uno, jugando voleibol, los dos, en la arena de la playa, otro, igualmente en el mar, pero, divirtiéndonos dentro del agua. Esa vez, estaban también mi mamá y mis dos hermanos. Pero, no sé si ambas situaciones tuvieron lugar antes, durante o después de las visitas a la casa en construcción.

Aparte de eso, no alcanzo a recordar, más atrás en el tiempo, mis interacciones con mi padre. Tampoco situaciones de él con mis dos hermanos menores, una hembra y un varón, 3 y 4 años menores que yo, respectivamente. Aunque, claro, hay muchas fotos familiares – también relatos –  que me permiten cubrir esa bonita etapa de mi infancia en la compañía paterna.

Esto viene a cuento porque, en cambio, sí pude ver a mi papá compartiendo mucho con sus primeros 3 nietos, los hijos de mi hermana, ya que durante el período cuando ellos nacieron, tanto yo como mi hermana y su familia vivíamos en la casa de nuestros padres.

Eso me permitió ser testigo presencial, por espacio de 10 años, más o menos, de algunos de los acontecimientos más gratificantes y aleccionadores de toda mi vida: la faceta de mi papá como abuelo niñero.

En todos esos años, cuando sus 3 nietos iban alcanzando la edad escolar, prácticamente, él era el encargado de sus rutinas mañaneras, preparatorias para ir a la escuela. Uno, porque mi hermana y yo salíamos más temprano a nuestras actividades diarias, dos, porque mi mamá, con sus muchas ocupaciones durante el día, se permitía dormir siempre hasta un poco más tarde en las mañanas.

Por las tardes, cuando regresaban de la guardería o de la escuela, era su abuelo quien procuraba recibirlos, listo, siempre, para atenderlos. Recuerdo que una de las actividades predilectas en ese mundo exclusivo y mágico  compartido por el niñero y sus niños era la aventura exploratoria del jardín, incluida la obligatoria contemplación del ocaso.

Cuando el “abuelo Ángel” estaba con sus amados nietos, les hablaba mucho; les enseñaba acerca de las cosas que conformaban aquel mundo fascinante donde sólo ellos habitaban. Por ejemplo, un día que yo estaba jugando con la menor de mis dos sobrinas hembras (para ese entonces tendría 4 o 5 años de edad), durante una muy bonita puesta de sol, estaba explicándole por dónde sale y se oculta el sol, en un lenguaje que ella pudiera entender. Cuando le dije, “¿ves? el sol se oculta por este lado, por el oeste”, ella me respondió, dándome clases a mí, “si Tío, por el poniente”. En mi asombro, por tan temprana sabiduría, sólo alcancé a balbucear, a duras penas, “sí, exacto, sobrina”,  sintiéndome algo avergonzado, como el maestro que es instruido por su alumno. Su niñero de lujo, ya le había enseñado todo eso, mucho antes, por su puesto.

Como es de imaginarse, para mi papá, sus nietos también fueron una fuente de inspiración infinita, en muchos sentidos. Como muestra de ello, quiero plasmar aquí un pequeño verso que él escribiera a sus dos hembritas, y el cual recuerdo, perfectamente, después de tantos años, porque siempre me ha cautivado la elaborada belleza estética que encierra su simplicidad literaria:

Yo tengo dos nietecitas/una es linda, la otra es bella/ una juega con la luna/la otra con las estrellas.

Pero, entre tantos aspectos que merecen mi admiración y mi respeto, en esa faceta de mi padre como abuelo y niñero a tiempo completo, hay una imagen que me quedó grabada para siempre – en el alma, sobre todo – y que se remonta a los primeros años de mis sobrinos. Un ritual sagrado que se repetiría en el tiempo, con todos y cada uno de ellos 3. Después de que mi mamá les daba su tetero, mi papá se encargaba de sacarle los gases y de dormirlos, sentado en su mecedora, cargándolos el tiempo que fuese necesario, con amor y paciencia infinitos.

Papá, ese sólo recuerdo le da sentido a mi existencia y conforta mi espíritu.

Siempre gracias, bendición.

 

 


Ancianos japoneses jugando “bolas criollas”

octubre 29, 2017

Ver vídeo: Ancianos japoneses jugando “bolas criollas”

Mientras los ancianos japoneses pasan sus últimos años de manera entretenida y productiva, como debe ser, en países como el mío, Venezuela (petrolero y supuestamente con las mayores reservas mundiales), la mayoría de los adultos mayores tiene que sufrir a diario la tragedia de carecer de los servicios mínimos requeridos para tener una vejez digna y saludable, con lo cual sus derechos humanos y su dignidad son injusta e inhumanamente pisoteados con absoluta impunidad, por la mafia gobernante venezolana.


Anécdotas de mi papá: “La contradicción en pasta”

octubre 6, 2016

Esta anécdota, de cuando fui con mi papá al mismísimo Dodger Stadium a ver a los mismísimos Dodgers de los Ángeles, la recordé hoy (jueves, 1 marzo, 2016), precisamente mientras veía un juego de Grandes Ligas por televisión.

Eso fue por allá por el 77, si no me equivoco. A mis 11 años. Entonces, mis padres y los 3 hermanos estábamos pasando las vacaciones escolares de julio-agosto junto a una entrañable tía materna y su esposo, quienes, por aquellos días, residían en California por motivos de estudio.

Para venezolanos aficionados al beisbol como mi papá y yo, aquella era, definitivamente, una actividad obligatoria dentro del plan vacacional.

Pero lo que quiero resaltar de aquella bonita experiencia no es el tremendo juego de pelota que vimos (Dodgers vs. Astros, incluida la emocionante aparición del legendario hitiador venezolano Víctor “Vitico” Davalillo), sino el proverbial carácter contradictorio de mi padre, el cual, durante el partido, salió a relucir en todo su esplendor. Ese mismo carácter que lo empujaba a librar innumerables batallas “solo contra el mundo”; el que lo hacía responder automáticamente “no” a una petición de sus hijos (aunque nosotros esperábamos tranquilos a que un minuto después nos diera su aprobación); el que, en ocasiones, exasperaba a mi mamá de tal forma que la hacía decirle: “¡Ángel La Rosa, tú eres la contradicción en pasta!”

Pero, aquel temperamento contradictorio que, elevado a su máxima expresión, causaba no pocas molestias a la gente, podía ser también, en muchos casos, motivo de diversión para los involucrados, como, en efecto, ocurriría aquella vez.

En uno de los más grandes templos del beisbol, el legendario Dodger Stadium, atestado de furibundos seguidores, y donde los amos y señores de aquel feudo se batían en duelo con uno de sus más asérrimos rivales de entonces, a mi padre se le ocurrió la original idea de ¡hacerle barra a los Astros de Huston! Así mismo como se lo estoy contando.

Algo preocupados, mi tío político y yo le pedíamos repetidamente a mi papá que moderara su efusividad, pero, al final, aquel temerario comportamiento resultó tan cómico que nos hizo reír muchísimo, ¡y a los fanáticos angelinos que nos rodeaban tambien!

Como Ustedes imaginarán, mi ocurrente padre en realidad no era ni remotamente fanático de los Astros. Por el contrario, él simpatizaba con los Dodgers porque eran un equipo popular en Venezuela, por la presencia del Venezolano Davalillo, y porque ese año eran fuertes candidatos a llegar a la Serie Mundial, como efectivamente lo harían.

Ese día mi papá sencillamente vio la oportunidad perfecta de divertirse y divertir a los demás llevándoles la contraria. ¡Y lo logró con creces!

Bendición papá. Siempre gracias por tantos bonitos recuerdos.

Ángel


Subsidio para estudios de secundaria superior

abril 22, 2016
Las familias que cumplan con las siguientes condiciones no necesitan pagar la escolaridad. Pero deben presentar la solicitud.
① Los padres (padre, madre o  ambos) que paguen en total menos de 304,200 yenes del “Impuesto municipal a la renta”.
② Las familias que reciben asistencia gubernamental.
http://i.r.cbz.jp/cc/pl/xquu6977/bsw3/rnu9bh6t/

Referencia: Sobre el subsidio para los estudios de secundaria superior
http://i.r.cbz.jp/cc/pl/xquu6977/35mp/rnu9bh6t/
(ingles, chino, coreano, vietnamita, español, portugues, tailandes, tagalo, nepali, camboyano)

※En caso de no poder acceder al enlace, por favor escribir a :[infokanagawa@kifjp.org]

*******************
Fundacion Internacional de Kanagawa
E-mail:infokanagawa@kifjp.org

Por favor, informar a sus amigos y familiares sobre “INFO KANAGAWA”.  Puede registrarse directamente en nuestro sitio, y  puede igualmente acceder a las ediciones anteriores:
http://www.kifjp.org/infokanagawa

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Entrevista para ComunicKanda

febrero 12, 2015

El canto de un alma llanera

Por: Sota Seki / KUIS

ANGEL VEN 8

En un hogar típicamente japonés, en el corazón de Tokio, algo suena diferente desde hace tiempo. La pequeña María Michirú se dormía con canciones al ritmo del himno nacional venezolano. Ahora, cada Navidad suena un cuatro mientras la pequeña interpreta los aguinaldos que su padre le ha enseñado.

En esta familia, definitivamente,vive un alma llanera que ama, llora, canta y sueña…con claveles de pasión.

…………………………………

¿Qué es una familia transnacional? “La familia transnacional es un núcleo de intercambio”, según Ángel Rafael La Rosa Milano, venezolano que ahora vive en Tokio con su esposa japonesa y su hija de ocho años.

Antes de venir a Japón él estuvo en China estudiando y trabajando en la Universidad de Beijing. Un día se encontró con una japonesa y ahí empezó la historia de amor que lo trajo a este país.

Cuenta que un día iba a una fiesta con una amiga, y ésta le presentó a su compañera de cuarto: una joven japonesa muy atractiva, y se enamoró de su mirada dulce. Así que finalmente invitó esta joven a la fiesta, bailaron salsa, se conocieron mejor  y, después de seis meses de relación, decidieron casarse.

¿Qué idioma se habla en esta familia? En su hogar él habla español con su hija, pero con su esposa habla inglés; mientras que su esposa y su hija se hablan en japonés. Sin embargo, comenta que los tres entienden un poquito de los otros idiomas.

Además de las lenguas, también combinan las tradiciones. En Navidad, por ejemplo, él baila y canta temas tradicionales con su hija, como en Venezuela. Pero cuando se celebra Año Nuevo, su esposa cocina la comida tradicional japonesa de esa temporada, Osechi. Aunque parece difícil convivir en varios idiomas y culturas dentro de un hogar, él se lleva muy bien con su familia y nunca ha tenido ningún conflicto con su esposa acerca de la educación de su hija.

Si tú desde niño aprendes más de una lengua, aprendes dos o tres simultáneamente, aprendes también la cultura que va dentro de la lengua”, insiste Ángel La Rosa. En su opinión: “en una familia los miembros pueden compartir, intercambiar culturas, aprender de las tradiciones y formas de ser de la pareja Y al mismo tiempo enseñar a los hijos. Esto enriquece su cerebro y su forma de percibir el mundo, de percibir la existencia”.

La música ha sido también uno de esos elementos culturales que lo ha unido a su familia. El mismo creció acostumbrado al sonido del cuatro, instrumento típico de los ritmos venezolanos, que muchos ejecutaban en su hogar.

En esta entrevista pusimos un cuatro en sus manos y, producto de su emoción, nos regaló un poco del “Alma Llanera”, canción representativa del folclor de Venezuela, que se puede ver en los videos de nuestro blog Comunickanda. También en el sitio web de Ángel La Rosa se comparten algunos vídeos en los que se ve feliz cantando aguinaldos venezolanos con su pequeña hija. “Yo canto porque me gusta, no porque sepa cantar”, confiesa en tono modesto.

De muchas formas Ángel La Rosa ha mantenido sus raíces al mismo tiempo que convive con una familia de tradiciones muy diferentes. “Yo estudié en China política internacional… Diálogo internacional cultural, fue mi tesis. Una familia internacional es eso. El mejor ejemplo en la práctica de lo que puede ser el diálogo internacional cultural, a ese nivel de familia”, concluye el venezolano.

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Seguidamente pueden ver el trabajo audiovisual realizado por la gente de ComunicKanda, donde se muestran varias entrevistas, a modo de collage, incluyendo la que le hicieran a este servidor.

ComunicKanda es el espacio virtual del curso “Comunicación Masiva en el Mundo Hispano”, en la Universidad de Estudios Internacionales de Kanda (KUIS), Japón.

https://comunickanda.wordpress.com/

Contacto: comunickanda@gmail.com Twitter: @comunickanda


¡FELIZ NAVIDAD!

diciembre 21, 2014

Arbolito de mi casa

Mis muy apreciados soleros,

Reciban un caluroso saludo navideño.

En estos días, con tantas tragedias naturales y humanas que castigan al mundo (como la masacre de niños pakistaníes a manos de talibanes desalmados y asesinos, y la opresión desmedida en países con gobiernos retrógrados y sanguinarios como el mío, Venezuela) podemos llegar a sentirnos desesperanzados e impotentes. Pero al mismo tiempo somos capaces de entender que, para combatir esas amenazas contra la humanidad, debemos hacer lo posible por mantenernos optimistas y llenos de fe en un porvenir de tranquilidad y felicidad para nuestros hijos y las futuras generaciones.

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Es por ello que, en estas fechas decembrinas, a pesar de tantas calamidades que nos agobian, nos permitimos celebrar en familia la Navidad, transmitiéndole a nuestros pequeños toda la alegría y la esperanza que ella encierra, ya que tal vez son las mejores armas con las que ellos enfrentarán las adversidades.

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En ese sentido, nos atrevemos a compartir con ustedes, queridos lectores, unos sencillos videos navideños caseros que hicimos con nuestra amada hija, al tiempo que les deseamos

¡FELIZ NAVIDAD!

Ángel Rafael La Rosa Milano

“El Sol brilla siempre dentro de ti”