Mi hija y yo (1): Nuestra primera comunicación

Desde la venida al mundo de mi adorada hija, una de mis máximas prioridades existenciales ha sido tener una buena relación, una buena comunicación con ella, actualmente toda una adolescente en sus 14.
Contrariamente a los clichés políticamente correctos seré sumamente inmodesto: En eso he sido exitoso. Dista mucho de ser perfecto, por supuesto, pero sí en extremo enriquecedor. Huelga decir,  que entiendo y apoyo a los padres que tienen dificultades para comunicarse con sus hijos.
Pudiera decirse que esa fascinante interacción padre-hija, esa bonita aventura compartida con ella tuvo inicio desde el mismo instante cuando su madre me informó, por video-chat (yo estaba trabajando en China, y ella estaba aquí en Japón, tras haber regresado de una temporada conmigo en Beijing), que estaba embarazada.
Como digo en un escrito anterior publicado en este blog, “Apoteósico recibimiento”: no sé como la computadora siguió funcionando después del montón de besos que estampé en la pantalla, dirigidos no sólo al rostro de mi idolatrada prometida, sino a su barriga, la cual yo le pedía que acercara a la cámara lo más posible, en un desesperado intento de besarla y abrazarla.
Mi reacción, mi alegría incontenible de aquel momento, lógicamente, le produjo a mi mujer una sensación de bienestar igual de grande, la cual, a su vez – como ha sido demostrado científicamente – fue transmitida a esa milagrosa semillita de vida en su vientre. Así que, aunque haya sido por “retransmisión”, siento que esa fue la primera comunicación real entre mi hija y yo.
Pero, voy a ir incluso más allá. Tengo una teoría, aunque es más poética que científica: La buena comunicación entre una pareja amante de los niños con sus posibles futuros hijos comienza incluso antes del embarazo… “¡Qué!”, me responderán.
Todos esos pensamientos, todos esas conversaciones, todos esos gestos que, sobre los anhelados vástagos, ocurren en el marco de un amor profundo, condicionan a la potencial madre positivamente; la preparan de forma óptima, física y mentalmente, para traer al mundo a sus potenciales hijos, para darles la bienvenida, literalmente.
En nuestras modestas creencias sobre la existencia de “energías universales superiores” que influencian nuestras vidas, éstas conocen nuestros sueños, oyen nuestras oraciones pidiendo ser buenos padres de hijos sanos y felices; dichas fuerzas facilitarían las condiciones para que una pareja dichosa procree la nueva y sagrada vida que han atesorado en sus corazones. Un acto comunicativo entre los amorosos progenitores y el universo. Ni más ni menos.

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