Día del Padre 2014: Anécdotas de mi papá

junio 14, 2014

Mis muy estimados Soleros,

La siguiente anécdota se la dedico a mi amado difunto padre y a todos los padres buenos del mundo en su día.

Felicidades!!!

Consejo paterno

Confieso que siempre me costó admitir abiertamente cuando mi papá me daba un buen consejo. Y no es que yo fuera incapaz de identificarlo como tal. En el fondo, sabía que su sugerencia era lo más conveniente. Tal vez lo que ocurría es que él tenía un caracter si se quiere muy “mandón” (el mío tampoco es muy fácil que digamos), y cuando me aconsejaba yo sentía más bien que me estaba dando órdenes.

De cualquier manera, eso no impedía que de tanto en tanto yo acudiera a él con algún asunto personal, buscando su orientación. Al fin y al cabo, yo lo respetaba y amaba muchísimo como padre y ser humano.

Teniendo yo como 35 años, un día, durante una conversación de sobremesa, le manifesté que de pronto estaba sintiendo preocupación por cómo criar a mis futuros hijos (en caso de que los tuviera), y le pedí alguna recomendación, en su condición de buen padre de tres.

Mis temores no tenían que ver con la formación de una familia como tal. Primero, porque aunque mi prolongada y amena soltería (que se extendería hasta los 40) y mi sempiterna renuencia a tener novia formal indicaran lo contrario, siempre me visualicé felizmente casado. Segundo, porque aunque nunca tuve ningún apuro en tener hijos, siempre me han fascinado los niños.

En resumen, mi naturaleza, a pesar de las apariencias, es hogareña, lo cual, imagino que se deba, en buena parte, a que eso fue lo que vi en mi casa: un matrimonio y sus tres hijos, viviendo bajo el mismo techo, en la unión familiar.

De todas formas, sí recuerdo que en mis años de soltero, estaba totalmente convencido de que ese era el “estado ideal del hombre”. Hasta que me casé y tuve a mi hija. Y ahora no cambiaría por nada del mundo mi situación de esposo y padre enamorado.

Todavía, hoy, tengo más presente que nunca la respuesta de mi papá a aquella inquietud mía sobre la crianza de los hijos. “Dales mucho amor y buen ejemplo”, me dijo, simplemente.

Esas palabras, tan sencillas y profundas a la vez, constituyen, sin duda, uno de los consejos más sabios y útiles que he recibido en toda mi vida.

Conociendo a mi papá como lo conocí, sé que la única retribución que él esperaría por ese invaluable consejo es que lo ponga en práctica con su adorable nieta japonesa (a la que no disfrutó aquí, pero quiero creer que lo hace desde el “más allá”).

Huelga decir que, desde que ella nació, mi amada esposa y yo nos esforzamos a diario por poner en práctica esa amorosa filosofía. Y aunque no somos perfectos y nos equivocamos humanamente, esa fórmula de amor y ejemplo en su formación está dando muy buenos resultados, gracias a Dios.

Papá, no quiero finalizar, sin agradecerte con el corazón por aquel acertado consejo paterno. Por cierto, Mil gracias, también, por haberlo aplicado conmigo y mis hermanos.

Bendición Papá. Te amo.

Ángel Rafael

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Día del padre 2012: Anécdotas de mi papá

junio 17, 2012

Para todos los felices y orgullosos papás del mundo:

¡¡¡FELIZ DÍA DEL PADRE!!!

………………

Si alguien personifica cabalmente eso de “cantar bajo la ducha” es mi difunto padre. Incapaz de cantar en público por su timidez para lo histriónico, se transformaba en todo un tenor a la hora del baño.

Singing in shower

 Y, en honor a la verdad, además de su carácter reservado, tenía cierto “problema de oído”. A mi papá le resultaba sencillamente imposible cantar “sobre” una canción determinada. Siempre que trataba de seguir una (tenía que gustarle demasiado para atreverse a hacerlo con gente cerca) o se atrasaba o se adelantaba mucho, por lo que al final la música iba por un lado y él por otro. Ni hablar de cantar solamente con el acompañamiento musical. En los 37 años que vivimos juntos, ¡lo vi haciendo eso sólo una vez! Pero esa anécdota merece un escrito aparte, otro día.

 Como digo al principio, aquel tipo más bien discreto, bajo la regadera se volvía un señor cantante. Y es lógico, porque su problema era únicamente con el ritmo, no con la melodía. Por el contrario, era bastante melodioso y, paradójicamente, tenía una tremenda voz de barítono, muy bien timbrada. O sea que en la privacidad de las cuatro paredes del baño, sin las ataduras rítmicas que le imponían los temas grabados, mi papá se soltaba a cantar libremente, a sus anchas, ofreciéndonos frecuentes y memorables conciertos.

Recuerdo que un buen día, comenzó a cantar también en la cocina. Él y yo éramos los lavaplatos oficiales de la casa, sobre todo por las noches y fines de semana, cuando no estaba la señora de servicio. Así que a veces mi papá se ponía a fregar poco después de la cena, a la hora en que todos nos retirábamos a nuestras respectivas actividades del final del día, porque sabía que se quedaría solo en la cocina por un buen rato, el suficiente para uno de sus recitales.

Pero este recuerdo tan grato es apenas la introducción de la anécdota paterna que quiero contarles hoy.

 Una tarde, al regresar a la casa, de mis clases en la universidad, recibí una de las mayores y más gratas sorpresas de toda mi existencia. Mientras subía las escaleras para dirigirme a mi cuarto, escuché al cantante lírico Angelo Rosi (por el parecido con Ángel La Rosa) en una de sus interpretaciones habituales. Esto no tendría nada de particular, excepto porque estaba cantando una canción compuesta por mí. Nunca imaginé que algo así pudiera ocurrir: ¡Mi papá cantando una de mis canciones! de principio a fin, con la misma gracia y el mismo entusiasmo que cantaba otros tantos temas de su predilección. “¿En qué momento se la había aprendido?”; “No sabía que le gustara tanto”; “la canta como si la conociera desde siempre”; “ojalá yo tuviera esa voz”; “Escuchar mi canción en ese estilo mezcla de Sinatra con Sadel es alucinante”; “que increíble sorpresa”; “le agradezco con todo mi corazón”…  

(Aquí pueden ver el video Youtube de esta canción)

Por si fuera poco, no me había recuperado de la impresión y de la tremenda emoción que me produjo aquel momento, ¡cuando mi papá comenzó a cantar otra composición mía!

(Aquí está el video YouTube de esta otra canción)

Si al recordar y escribir esto lloro. Naturalmente. Imagínense, amigos, todo lo que sentí ese día. Sobran las palabras…

Mi amado padre no era la persona más expresiva a la hora de mostrarnos sus afectos, pero con gestos como el de aquel día inolvidable nos decía todo y más. Esa tarde, durante uno de sus tantos conciertos bajo la ducha, mi papá me dijo claramente lo mucho que le gustaban mis canciones; lo mucho que valoraba mi modesto intento de hacer música,  lo mucho que me amaba.

Papá, en todo estos años, alguna que otra vez he escuchado varias de mis canciones en las voces e instrumentos de algunos de mis amigos músicos, lo cual, como es de suponerse, me ha hecho sentir sumamente feliz y agradecido. Pero debes saber que nunca más volveré a sentir lo que sentí al oír tu maravillosa versión, la más pura expresión de tu amor de padre.

Gracias papá, te amo tanto. Bendición.

Tu hijo, Ángel Rafael


Día del Padre: una anécdota para pensar… en ángeles

junio 19, 2011

Esta anécdota tiene 2 propósitos: Uno, homenajear a mi amado difunto papá en el Día del Padre, dos, relatar un hecho que, en mi opinión, confirmaría la existencia de “algo” superior que nos protege, de “ángeles guardianes”.

Una vez, mi papá me acompañó a comprar unos instrumentos musicales en la ciudad de Barquisimeto, capital del centro-occidental estado Lara, en Venezuela.

 Al regreso de aquella breve pero muy productiva estadía de 2 días, debimos transitar de noche por un tramo carretero en extremo peligroso (con un elevado índice de accidentes viales, muchos de ellos trágicos). En ese momento nos encontrábamos a mitad de camino – unas 3 horas – de nuestra casa ubicada cerca de Caracas. En esa zona, la carretera de doble vía – un canal de ida y otro de venida – era sumamente angosta, y no tenía muro separador. De noche su peligrosidad aumentaba considerablemente, porque era cuando podían transitar los vehículos anchi-largos de carga pesada, como camiones y gandolas.

Mi papá y yo sabíamos que era un pasaje de cuidado, pero decidimos proseguir – extremando las precauciones – porque estábamos relativamente cerca de nuestro destino; queríamos dormir en la casa. Además, era mi turno al volante, y al momento de relevar a mi papá le manifesté que me encontraba en “perfectas condiciones para manejar”. Pero aquella parte del recorrido (Aprox. 1 hora) resultó bastante más difícil de lo que yo esperaba. Calcular, en lo oscuro, los espacios y los tiempos para adelantar – por el canal de venida – a los camiones muy lentos era una maniobra sumamente riesgosa, sobre todo por el incesante flujo de “anchi-largos” en sentido contrario, con sus potentes luces que encandilaban. Varias veces, también, tuve que detenerme completamente, a la orilla de la vía, por temor a chocar de frente con algún camión. Pero esa acción no era nada segura, porque igualmente corría el riesgo de ser impactado por los vehículos que venían detrás de mí.

 A todas estas, mi papá estaba durmiendo, sin enterarse de nada. Pero, yo no quería despertarlo. De vez en cuando, el estrépito de alguna gandola gigante interrumpía su sueño; él abría los ojos por 2 segundos para preguntar “¿todo bien?”, y tras mi respuesta de “sí, todo bien”, seguía durmiendo plácidamente.

En un momento comencé a sentirme muy estresado y temeroso. Pero, por cuestión de hombría – estupidez, más bien – no quise decirle nada a mi papá. Además, estaba determinado a completar aquel tramo infernal, para llegar a la casa lo antes posible,y descansar debidamente en mi anhelada cama. Pero había otra razón para no despertarlo: A decir verdad, él no manejaba muy bien que se diga. De hecho,  entre familiares y amigos tenía una bien ganada reputación de conductor distraído (aunque absolutamente respetuoso de las leyes de tránsito), de ahí que la opción de que él me relevara en condiciones tan duras, para mí no existía. Pero, conociéndolo, sabía que él se empeñaría tercamente en manejar, y yo me opondría con igual terquedad. Valga acotar, que yo tampoco me he distinguido nunca por mi pericia al volante. Y de no ser por los 10 años que tengo sin conducir (el tiempo que llevo en Asia) hace tiempo hubiera roto el récord de accidentes de tránsito mi papá. Pero, al menos, yo era mucho más joven que él, y en teoría mi vista, mis reflejos y mi resistencia eran mejores.

En medio de aquella preocupante situación, yo no paraba de rezar por nuestra seguridad y por la estación de servicio más cercana. Afortunadamente,  por fin apareció una. ¡Que alivio! Yo necesitaba aquel descanso urgentemente. Aprovechamos esa parada para estirar el cuerpo, refrescarnos, y poner algo ligero en el estómago, tras lo cual mi papá, creyendo aun que todo estaba perfectamente bajo control, aceptó sin objeciones mi indicación de reanudar la marcha, y de que yo siguiera manejando.

 Pero, ocurrió algo inesperado… el carro no prendía. Es verdad que era un modelo más bien viejo, y que presentaba fallas diversas con cierta frecuencia, pero en todo el viaje, desde que salimos de la casa hasta ese momento, no había dado ni el más mínimo problema; se portó de maravilla. Primero, mi papa y yo intentamos encontrar el desperfecto por nuestra cuenta, pero, nuestros conocimientos de mecánica automotriz eran bastante elementales – por no decir nulos – y no tuvimos éxito. Pero felizmente estábamos en una estación de servicio, y con toda seguridad alguien nos auxiliaría. Eso pensamos nosotros. Mas no fue así. Es decir, muchas personas trataron amable y arduamente de arreglar el carro (desde mecánicos de profesión empleados de la gasolinera, hasta algunos camioneros que estaban descansando), pero nadie logró dar con la solución. Todos estaban sorprendidos. Algunos, incluso, se lo tomaron como una cuestión de honor, ya que tenían vasta experiencia resolviendo a diario problemas mucho más graves. Pero todo fue inútil. Lo que lucía como un problema sencillo se convirtió en un verdadero misterio.

Poco a poco todos se fueron retirando – algunos visiblemente frustrados y apenados – prometiendo que en la mañana, más descansados, encontrarían la solución. En esa situación, lo único que podíamos hacer mi papá y yo era tener calma y paciencia, y esperar hasta el día siguiente, por lo que llamamos a la casa para informar sobre lo sucedido. Además, eran como las 2 de la madrugada; apenas faltaban 3 horas para que amaneciera, así que nos pusimos a descansar dentro del carro, resignados, aunque más tranquilos.

Por cierto, recuerdo que, a pesar de mi determinación por dormir en mi cama aquella noche, me alegré mucho – secretamente – por tan inesperado como oportuno desenlace. Yo calculaba que aun faltaban unos 30 minutos de aquella terrorífica carretera, y la posibilidad de transitarla de día de pronto me pareció una bendición.

Después de aquel corto pero reponedor descanso, nos levantamos al cantar el gallo, con ánimos renovados, para buscar la forma de resolver el problema. Mientras esperábamos que se hicieran las 6 (hora de inicio del servicio de reparaciones), nos aseamos y desayunamos con calma. Recuerdo que puse la llave en el encendedor (sólo por si acaso) y traté de prender el carro. Y ocurrió lo impensable… ¡prendió de a toque! como sacado de agencia. 

Imaginen, amigos lectores, nuestra perplejidad, y la de quienes trataron de ayudarnos la noche anterior. Pero, principalmente, saquen sus propias conclusiones sobre tan curioso incidente. Es como para ponerse a pensar, ¿no?

No hace falta decir lo alegres que nos pusimos mi papá y yo al oír el glorioso sonido del motor arrancando al primer intento.

Durante el tiempo que tardamos en llegar a la casa, le conté a él la verdad de aquella peligrosa experiencia. Tras mostrarme su preocupación paternal y recriminarme por no haberlo puesto al tanto de lo que ocurría, ambos coincidimos en que aquello tenía que ser una señal, un milagro.

 Todas las anécdotas de mi papá tienen un inmenso valor en mi vida; me mantienen cerca de él todos los días. Pero esta en particular es muy especial, porque siento que, a través de ese inexplicable acontecimiento, los dos nos mantendremos aun  más unidos espiritualmente, por toda la eternidad.

Dame la bendición, amado papá.

Para ti, y todos los padres del mundo,

¡FELIZ DÍA DEL PADRE!

Ángel Rafael La Rosa Milano


Anécdotas de mi papá

junio 20, 2010

Hoy domingo 20 de junio de 2010,  a apenas minutos de finalizar el Día del Padre, quisiera rendir un modesto tributo a la memoria de mi amado papá, Ángel Rafael La Rosa Monasterio, fallecido hace 7 años. Para ello compartiré unas anécdotas suyas con mi queridos lectores, y muy especialmente con mis apreciados y respetados “colegas”,  los esforzados padres latinomericanos establecidos en Japón.

¡¡¡FELIZ DÍA DEL PADRE!!!

 

Pura bulla

Yo tendría unos 8 ó 9 años de edad, un día que estaba con mi papá en el jardín de la casa, mientras él estaba haciendo algunas labores de jardinería. Tuve que haber hecho alguna travesura muy grande, porque recuerdo que mi papá se molestó, y reaccionó con cierta brusquedad, profiriendo un  “’¡carajo!” y haciendo un movimiento de brazo para darme una nalgada. Logré esquivar el manotazo y me le alejé, por lo que él pegó una carrerita para tratar de agarrarme. Una vez más, pude escabullirme moviéndome rápidamente por detrás de una matica de guayaba, provocando que él se resbalara y ¡cayera en la cuneta!

“Ahora sí estoy en problemas”, pensé. Pero, suspiré de alivio al verlo más bién soltar una carcajada, por la situación tan ridícula y cómica en la que se encontraba, e imagino que sorprendido, también, por la habilidad de su hijo.

El cuento termina con los dos muertos de la risa por lo que pasó.

Aparte de ese intento fallido de nalgada, no puedo recordar, por más que trato,  otra ocasión en la que mi papá haya intentado pegarme.

Siento que esas explosiones de mi papá eran “pura bulla”. Ciertamente, a veces eran muy fuertes y atemorizaban a cualquiera, pero con los años entendí que eran más bien erupciones volcánicas efímeras, porque dentro del volcán en realidad lo que había era un alma llena de bondad.

Bailarín de gradas

 Pocos meses antes de que a mi papá le diagnosticaran cáncer, en el año 2002, lo entusiasmé para que fuéramos los dos a ver un juego de fútbol entre Venezuela y Colombia. Por aquellos tiempos, “La Vinotinto” estaba jugando muy bien, conducida por el técnico Richard Páez, y llenaba los estadios donde se presentaba.

Huelga decir lo contento que estaba yo por compartir tan ansiado evento deportivo con mi papá.

En el “Universitario” (Estadio de la Universidad Central de Venezuela, patrimonio cultural de la humanidad), reinaba un ambiente festivo tremendo; las gradas eran una rumba total, en parte provocado por la muy pegajosa música que salía por los altavoces del estadio, que hacía bailar animadamente a la mayoría de los presentes.

En medio de aquella algarabía, me provocó comprar golosinas a un vendedor que se encontraba unas cuantas filas más arriba de nosotros. De regreso a mi asiento  logré presenciar una imagen bastante poco probable, por no decir insólita: ¡Ángel La Rosa estaba bailando, frente a su asiento, de lo más tranquilo!

Aparte de fiestas familiares y recepciones militares, donde normalmente él bailaba con mi mamá , mi hermana menor y,  muy rara vez, con alguna allegada, nunca en mi existencia había visto a mi papá bailando en una situación similar, y de paso en actitud tan natural, cómo si nada.

Tengo que admitir que me hizo muchísima gracia verlo bailar así. Y no lo digo en son de burla, sino porque además de que estaba irreconocible en aquella faceta de bailarín de gradas, era obvio que estaba tratando de imitar el estilo de los jóvenes a su alrededor (después me di a la tarea de encontrar a alguien de su edad entre el público y el era el más viejo por bastante), lo que dio como resultado un fusión dancística memorable.

Pero, al final, el sentimiento que prevaleció en mí ante semejante expresión de disfrute y desenfado fue el de una gran admiración. ¡Hay que tenerlas bien puestas!

Mientras caminaba a mi asiento, observándolo como se entregaba al enérgico baile, primero me sentí un poquito ruborizado, pero en cuestión de segundos me invadió una fuerte sensación de alegría y orgullo al ver a mi papá disfrutando plenamente su momento.

Cuando me sintió llegar a su lado, dejó de bailar. Nunca le hice ningún comentario al respecto. Pero, de tanto en tanto, recuerdo aquella para mí inesperada y feliz experiencia, y sonrío de puro regocijo y de profunda admiración por esas ocurrencias de mi amado papá.

 

Corazón oriental fiestero

Sin ser tan parrandero como yo, por ejemplo, a mí papá le gustaban mucho las fiestas, y siempre estaba más que dispuesto a “echar un pie” con mi mamá, especialmente con música suave y cadenciosa, exhibiendo una elegancia marcial, como buen militar.

Él era, más bien, del tipo comedido, y en las fiestas familiares y demás eventos sociales, se comportaba con cierta reserva. Disfrutaba mucho, sí, pero recatadamente.

Sólo como en tres ocasiones en toda mi vida pude ver a mi papá bailando “derrapado”, olvidado del mundo. Entonces me pareció estar viendo a una persona completamente distinta. Tanto, que parecía estar borracho al ensayar unas muy peculiares y osadas piruetas de baile, haciendo las delicias de los presentes, quienes le celebraban la actuación muy efusivamente. Pero, según recuerdo, en esas oportunidades ni siquiera consumió alcohol.

Estos raros eventos tuvieron lugar en fiestas de la familia paterna; entre sus hermanos y sobrinos, caracterizados, en su mayoría, por ser sumamente alegres y fiesteros, sobre todo los carupaneros (oriundos de la ciudad oriental venezolana  de Carúpano).

Y no es que entre “nosotros” no disfrutara plenamente. Al contrario, simpre lo recordaremos feliz y contento en las reuniones hogareñas. Es que entre “los suyos”, como es lógico, se mostraba bastante más desenvuelto que de costumbre; se “desataba”, tanto en el baile como a la hora de hacer chistes y bromas en familia.

Anque esas veces me sorprendió un poquito su cambio tan notorio, disfruté enormemente ver a mi padre en acitud tan rumbera, junto a su muy parrandera familia carupanera. Definitivamente, fue un gran privilegio para mí conocer su tan fiestero corazón oriental.

Lección de humildad

Un día, mi papá regañó muy duramente a una sobrina mía de 6 años de edad ; le gritó de manera violenta, lo que me molestó muchísimo.

Mi forma de reprochárselo fue gritándole a él también, incluso con mayor violencia, delante de algunos miembros de la familia, incluidos sus nietos.

Si bien tan inusual y desafortunada reacción mía me sirvió como desahogo momentáneo, también me produjo gran tristeza, frustración y arrepentimiento – que todavía hoy siento – porque, en mi desproporcionado deseo de “justicia” para con mi sobrina, fui incapaz de controlarme, y porque entonces – a pesar de que mi actitud demostrara lo contario – no creía que la violencia debía pagarse con violencia.

Pero, lo que quiero destacar en este relato es que al día siguiente de aquel lamentable incidente familiar, y sintiéndome yo todavía bastante contrariado, tanto por lo que hizo mi papá como por mi errática respuesta, él se acercó para pedirme disculpas, en una acitud sumamente paternal y conciliadora. En el contacto con su mano y en su mirada, pude sentir claramente la sinceridad y el amor de sus palabras.

Creo que yo, en mi necio orgullo de aquellos años juveniles, no hubiera sido capaz de un gesto tan elevado como el de mi padre, que si bien fue su sincera expresión de arrepentimiento, fue, además, un acto de valentía y una lección de humildad que recibí para toda mi vida. Por ello, lo respeto, lo admiro y lo amo tanto.

 

Temperamento mandón

 

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Imagen obtenida de Freepik

Yo no sé si mi papá se hizo militar por su tendencia a dar órdenes, o si desarrolló esa actitud durante la carrera. Lo que si sé es que le gustaba mandar bastante. Tanto, que yo a veces lo sentía un poco autoritario, por lo que, a lo largo de los años, tuvimos algunos encontronazos. Sin embargo, con el tiempo, también aprendí a aceptar ese rasgo de su naturaleza dominante y a convivir con él. Así que, cuando lo notaba más mandón de la cuenta, me daba a la tarea de “torearlo”, como se hace con los toros bravos y testarudos.

Unos 30 años atrás, mis padres adquirieron un terreno en una bonita zona montañosa de la vecina ciudad, San Pedro de Los Altos, caracterizada por sus innumerables parajes con vistas magníficas sobre sembradíos desplegados en un estrecho valle y en las faldas de los cerros, y los cuales semejan un hermoso tapiz que hubiese sido bordado por una mano divina para disfrute de nosotros los mortales.

San Pedro de Los Altos

San Pedro de Los Altos (foto obtenida de Mapio.net)

El lote de tierra en cuestión, con una ubicación privilegiada en una pequeña montaña, poseía una de esas panorámicas memorables sobre aquel paisaje de ensueño.

Mis padres, a los pocos años de la compra del terreno, comprendieron que, debido a su lejanía e inaccesibilidad topográfica, se les imposibilitaría cuidarlo, así que decidieron cedérmelo  a cambio de que yo me encargara totalmente de su cuidado, incluidos los gastos.

Así las cosas, cuando me llevaron a verlo por primera vez, entendí, en un segundo, por qué ellos se habían sentido atraídos por tan remoto y solitario punto. Yo mismo me enamoré a primera vista de aquel edén montañoso (Imagen Satelital).

Pero, este cuento no es sobre el par de años felices que pasé entregado, en cuerpo y alma, a tan bonito pedazo de tierra (el cual, muy triste y contradictoriamente, por cierto, dejé abandonado cuando me vine a Asia), sino sobre la vez que le pedí a mi papá que me acompañara a ir a verlo – junto a un entrañable tío materno y padrino mío – para mostrarle, in situ y mapa en mano, lo mucho que había avanzado limpiándolo, y explicarle mis ideas para una posible construcción.

Hoy, casi 20 años después, recuerdo el gran sentimiento de dicha que me embargaba aquel día, al ver lo contentos que estaban tanto mi papá como mi padrino  de visitar mi modesto paraíso,  y constatar lo bien cuidado que yo tenía el “terrenito”.

Mi difunto y amado padre, el “Coronel La Rosa”, de pronto se puso en modo jefe militar; parecía estar al mando de una operación bélica, dándome instrucciones a diestra y siniestra: “párate allá”, “mide la distancia que hay desde aquel punto hasta aquella esquina”, “creo que eso quedaría mejor aquí”, ¿por qué mejor no lo haces así?”, etc., etc., etc..

 

Recuerdo que, en mi adultez temprana, ocasionalmente tuve que pedirle que moderara su inclinación a darme órdenes. “Papá esta casa no es un cuartel y yo no soy un soldado”. Pero, en situaciones como esa, disfrutando una experiencia tan entretenida,  productiva y vivificante para ambos, yo más bien apreciaba y conseguía divertida aquella retahíla de órdenes del Mariscal de Campo, Ángel La Rosa.

Entonces, aquel temperamento mandón era el reflejo de su enérgica personalidad, de su genuino interés en mi proyecto, de su gran satisfacción por compartir con su hijo; en definitiva, de su infinito amor de padre.

 

Un alma caritativa

Mi papá se caracterizaba por ser una persona piadosa, compasiva, muy solidaria. Pero, él no iba por ahí divulgando sus obras de caridad. Al contrario, prefería guardárselas para sí mismo. De hecho, yo siempre me enteraba de sus acciones en pro de los más necesitados por casualidad. Únicamente cuando se convirtió en Rotario (llegó a ser el presidente del Rotary Club de San Antonio de los Altos, en el Estado Miranda venezolano), se vio obligado a informar a la comunidad sobre las actividades voluntarias de la asociación, lógicamente.

Y, a medida que fui creciendo, fui entidiendo que lo más importante en los gestos de solidaridad de mi padre con el prójimo, no era tanto lo que daba sino como lo daba. Ya sea cuando ponía dinero en la mano del limosnero; cuando le daba ropa a su amigo indigente, o cuando le compraba comida a un niño de la calle, el factor común en todos esos nobles actos era la gran calidez humana con que los acompañaba. De hecho, una de las razones por las que él siempre se tardaba tanto cuando se ofrecía a ir caminando a comprar algo, pan, comida, medicinas, etc. (para infortunio de mi madre, que a veces necesitaba esos productos con cierta urgencia),  eran sus largas y amenas conversaciones con esas personas necesitadas que se encontraba en el camino. Conversaciones, por cierto, que en ocasiones ¡lo hacían olvidarse de que salió a comprar algo!

Eso ocurría con cierta frecuencia. Y, hoy en día, entiendo claramente que tanto los beneficiarios como el benefactor necesitaban, por igual, aquellas acciones filantrópicas cotidianas.

Luego de la Tragedia de Vargas, en 1999, un gran número de instituciones de cuidado diario se vieron obligadas a cerrar sus puertas y a reubicar a sus pacientes. Un grupo de niños con necesidades especiales fue transferido a un centro especializado en San Antonio de los Altos. Mi papá me informó que en dicho centro estaban necesitando voluntarios que ayudaran en las labores de cuidado a los niños recién llegados, al menos en la ajetreada etapa de instalación en su nueva morada.

Decidí ir a colaborar un poco, y mi papá se ofreció a llevarme, aprovechando que tenía que llevar algunas donaciones a los adultos, pacientes regulares de aquel centro. Así las cosas, nos pusimos de acuerdo y fuimos un día juntos. Antes de ir a ver a los niños de Vargas, pasamos primero por la sección de mayores para dejar las cosas que él les llevaba, algunas propias y otras donadas por el Rotary Club, si no me falla la memoria.

Lo que presencié ese día fue una bonita muestra de la personalidad humanitaria de mi padre, y también una valiosa enseñanza para mí. Apenas entramos al recinto, algunos de los pacientes reconocieron a mi papá y se acercaron a él presurosos, rodeándolo, llamándolo por su nombre, en expresión de genuino aprecio, de alegría por su llegada. Unos le extendían la mano, otros lo abrazaban con fuerza, todos visiblemente emocionados por su presencia.

Yo me limitaba a observar, asombrado, y muy conmovido. Lo más cercano que yo había visto a tan cálido recibimiento era la aglomeración de los fans en torno a un artista famoso… Yo conocía al “buen samaritano” que habitaba en mi padre, y sabía que en su condición de rotario regularmente realizaba ese tipo de actividades filantrópicas, solo o con otros miembros del club. Pero no sabía de su contacto tan estrecho con aquel centro en particular, ni de su relación tan cercana, tan personal con los pacientes.

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Foto extraída de sitio “Editores Verbo Divino”

En ese momento estremecedor, mientras veía aquella alma caritativa obrar en toda su dimensión, admiré infinitamente a mi padre, y fui el hijo más orgulloso de la tierra.

 Bendición, papá. Te amo.

 

Admiración por mi padre el soldado

Apartando el hecho de que desde muy pequeño he soñado – dormido y despierto – con todo tipo de aventuras, la razón más importante para haber estudiado en un liceo militar fue mi padre. Pero, no porque él me lo haya exigido ni mucho menos, sino porque yo en esa época realmente quería imitarlo en muchos aspectos, incluyendo su vida de soldado.

Tanto mi papá como mi mamá únicamente me lo plantearon como una opción, porque lo veían como una excelente alternativa para mi formación integral, y también porque el mismo año de mi ingreso a la secundaria, un entrañable amigo de mi papá metería a su hijo en el liceo militar “Anzoátegui” de Puerto Píritu, cuidad costera del oriente venezolano. Por cierto, el señor para ese entonces se desempeñaba como coordinador del Departamento de Deportes y Educación Física del liceo, lo que sería muy conveniente para mí, ya que así podría contar con la supervisión y la orientación de un amigo de la familia. Permítanme hacer un alto para elevar una oración y rendir un pequeño homenaje póstumo, tanto a mi querido y recordado “Profesor Roque” como a su hijo – quien se convertiría en mi mejor amigo del liceo- el “negro Roque”.

Cuando mis padres me explicaron la situación y me hablaron de Puerto Píritu, yo enseguida vi en esa opción la oportunidad perfecta de satisfacer tanto mis juveniles sueños de aventura como mis deseos de seguir los pasos de mi padre como militar.

Entre mis recuerdos más gratos de mi papá el soldado están los deslumbrantes desfiles en el Paseo Los Próceres de la capital, Caracas, y demás actos castrenses, como ascensos, entrega de condecoraciones, etc.. Recuerdo lo tremendamente orgulloso que me sentía en esos momentos, al verlo con su porte tan gallardo y marcial, luciendo sus uniformes de gala, combate o trabajo.

También me vienen a la mente las veces que me contaba, apasionado, sus emocionantes vivencias en los cuarteles. Por cierto, desde muy pequeño, de vez en cuando me llevaba con él a sus distintos lugares de trabajo. Por ejemplo, estando yo ya en el “Anzoátegui”, en mi condición de estudiante militar, una vez me llevó a ver los ejercicios de guerra de unos oficiales de la Guardia Nacional, alumnos suyos en un curso.

Por aquello de que “una imagen dice más que mil palabras, quiero que vean una foto de mi papá, durante una de aquellas memorables paradas en Los Próceres, cuando, con el grado de Mayor, y en su condición de comandante ejecutivo del alumnado de la otrora gloriosa EFOFAC (Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación), le correspondió marchar al frente de tan excelsa agrupación de cadetes.

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Sólo quisiera agregar que, tradicionalmente, el comando ejecutivo del cuerpo de cadetes de cada academia de las fuerzas armadas (Ejército, Guardia Nacional, Aviación y Marina), por la responsabilidad, el honor y el privilegio que dicho comando encierra, lo ostentan sólo oficiales élites; aquellos que, a lo largo de la carrera, ocupan los primeros lugares de sus respectivas promociones; que sobresalen tanto en lo académico como en lo militar propiamente. Esos oficiales son vistos por la superioridad y por la institución en general como el modelo a seguir por los jóvenes cadetes.

La vida está llena de paradojas. En la mía, una de las más grandes es que yo sólo necesité el primer año del liceo para saber que no iba a ser militar como mi padre. Pero, decidí seguir, porque, como digo al principio, yo me tomé esos cinco años en el internado castrense como una aventura adolescente (el uniforme, los ejercicios de guerra, la competencia académico-deportivo-militar, etc.); porque entendí que recibiría una educación muy completa, y porque, aun a sabiendas de que al terminar el liceo no seguiría la carrera de las armas, me hacía mucha ilusión, lograr, aunque sea sólo a ese nivel de secundaria, algunas de las cosas que hizo mi papá como soldado, y hacer que tanto él como mi mamá se sintieran orgullosos de mí.

Ahora, permítanme – y perdónenme – un momento de gran inmodestia. La experiencia del liceo fue tan satisfactoria para mí que cada año obtuve la mayor jerarquía entre  mis compañeros de promoción (“Distinguido”), y  en el 5to. año, el último de la secundaria, logré obtener la jerarquía más alta (“Brigadier Mayor”). Es decir, era el jefe de todo el alumnado. Adicionalmente, al igual que mi padre, me hice paracaidista militar (realicé el curso durante las vacaciones del 4to. año).

Imagínense lo feliz que se ponía mi padre, durante mi etapa castrense, con las actuaciones de su “soldadito”. Y no piensen ni por un instante que se decepcionó o se entristeció porque no seguí la carrera militar. De hecho, el día de mi graduación se le notaba muy ufano y orgulloso. A pesar de que él fue un gran soldado y de que, seguramente, alguna vez soñaría que yo también lo fuera, desde que le informé, al comienzo de la secundaria, que yo no sería militar, siempre me manifestó su comprensión, su apoyo y su amor de padre. Y ahora que tengo una hija, también en eso me desvivo por imitarlo.

Bendición, papá. ¡Feliz Cumpleaños!

 

 

Ángel Rafael La Rosa Milano