“No soy de aquí, ni soy de allá”

 

 Así dice una canción mundialmente famosa del cantautor argentino-platense Facundo Cabral. Y continúa: “no tengo edad ni porvenir, y ser feliz es mi color de identidad”. Pero no es de esa joya musical  (y filosófica) que hablaré hoy. Sólo me robé la frase como punto de partida de este escrito.

 Recuerdo que cuando niño yo estaba convencido de que mi país, Venezuela, era mejor que los demás países del mundo, en todos los sentidos. Conclusión ésta muy lógica teniendo en cuenta mi ignorancia de entonces en materia internacional. En mi limitada visión infantil, mi país era el más grande, bonito, moderno, próspero; el más chévere, en definitiva.

 No hay nada de particular en eso. Nos pasa a todos los niños. Y a medida que vamos creciendo, crece nuestro conocimiento de otras latitudes, y también nuestra modestia, en el contexto mundial. En términos matemáticos diríamos que a mayor información sobre el mundo, menor es nuestro etnocentrismo. Es una relación inversamente proporcional. Pero esta no es una ley absoluta, sino una teoría relativa, porque bien podemos envejecer creyéndonos “más” que otros pueblos y sus culturas. Y como hemos sostenido reiteradamente, una actitud etnocentrista muy acentuada disminuye signifcativamente los potenciales beneficios de nuestras relaciones interculturales, con nuestros similares latinoamericanos y de otras regiones.

 Mi infancia y adolescencia transcurrieron durante los años de “la Venezuela saudita”, cuando nos situamos entre las economías más robustas del continente, convirtiéndonos en una especie de “Meca económica”, para cientos de miles de hermanos de la región en busca de mayores oportuniades. Entonces, como es la norma en estos procesos migratorios, la gran  mayoría de nuestros huéspedes llegaban para desempeñarse en las labores más modestas dentro de la escala socio-económica venezolana. Era muy común, por ejemplo, que las familias de clase media y alta emplearan a inmigrantes de países vecinos como personal doméstico. En mi propio hogar, esa costumbre se mantuvo por muchos años. Aunque, después, cuando se nos esfumó en el aire la burbuja económica, a los venezolanos nos correspondió también ir a tocarle la puerta a nuestros vecinos.

Pero lo que quiero resaltar es que a pesar de las enseñanzas familiares de respeto y amor hacia nuestros semejantes, mi reducida percepción del mundo y de la vida en general me hacía tomar erróneamente el factor económico como único parámetro para compararnos con otras naciones hermanas. Sólo con el tiempo, fui observando y aprendiendo que nuestros países vecinos y todos los que pueblan la tierra son grandes y valiosos por igual, sin indicadores estadísiticos que valgan.

 Para mí, la experiencia japonesa ha sdio determinante para combatir cualquier resabio etnocentrista que pueda quedarme, y para reforzar convicciones de igualdad y fraternidad con todos los pueblos latinoamericanos. Es normal que de tanto en tanto yo todavía incurra en generalizaciones cultrales banales, pero procuro estar cada vez más alerta ante cualquier asomo de etnocentrismo, enfocándome en las muchas virtudes de esos países amigos, en aras de una relación intercultural cordial y fructífera.

En Japón, he compartido muchas experiencias importantes con latinos de distintas nacionalidades. Desde arduas tareas físicas en la fábrica, hasta actividades educativas en la universidad. Y en la parte artística específicamente he sido mexicano, peruano, colombiano y cubano, por ejemplo. ¡A mucha honra! Además, me jacto de tener buenas amistades de cada rincón de Latinoamérica.  

 Hoy en día, cuando pienso en la palpitante comunidad latinoamericana de Japón; en sus venturas y desventuras, siento que pertenezco a ella realmente; siento – como dice la canción – que no soy de aquí, ni soy de allá, y que con todo lo que amo a mi madre patria Venezuela, me fundiría sin dudarlo con todos y cada uno de los hermosos pueblos que conforman nuestra gran América Latina.

Ángel Rafael La Rosa Milano

El sol brilla siempre dentro de ti”

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