Mis Viejitos

Voluntariado con los "viejitos", Tokio, Hachioji, 11/2012

“Mis viejitos” son todos esos maravillosos ancianos a quienes he tenido el inmenso privilegio de asistir, desde que me hice cuidador de adultos mayores, unos cinco años atrás.

Y, sí, son míos, porque a todos y cada uno les profeso un cariño muy profundo; los quiero con veneración. Y no puede ser de otra manera. Ellos han bregado mucho. En toda una vida, con sus aciertos y desaciertos, con sus defectos y virtudes, le han dado tanto a la humanidad, a los más jóvenes, a los menos viejos como yo.

Con algunos de mis viejitos he tenido una relación muy cercana, de familia. Y todos, sin excepción, por el mero hecho de ser objetos de mi ayuda, han sido, igualmente, fuente permanente de satisfacciones, incluida la gran fortuna de aprender de ellos a diario. A no pocos, también, he tenido que verlos languidecer hasta morir.

 Ahora, cuando se acercan al final de su largo camino, “andando” muy despacio, con dificultad, necesitan nuestros cuidados. Se lo merecen; se han ganado con creces el derecho a que se les cuide con devoción.

En la calidez de esos viejos, en su mirada serena, en sus arrugas, en su pelo blanco, en sus achaques, y en sus rabietas, veo a los padres de mis padres (ya fallecidos hace tiempo), y quisiera poder devolverle a ellos todo el cariño que recibí de mis abuelos amorosos, consentidores y regañones. Uno, porque me nace, dos, porque lo considero mi deber.

Aprovecho para informar a mis muy amables lectores en todo el mundo, que “Mis viejitos” es un proyecto donde me voy a permitir escribir de todo. Claro, siempre relacionado con los ancianos que he tenido a mi cargo en los últimos 5 años, como digo al principio. Es decir, así como les contaré anécdotas de muchos de ellos (siempre apegándome a las normas de privacidad, protección de identidad, etc.), también escribiré sobre asuntos concernientes al trabajo en sí: mis opiniones sobre la profesión en general, y sobre situaciones laborales específicas que se me hayan presentado durante mi lustro como ayudantes de adultos mayores. De hecho, se me ocurre en este momento que va a ser un recuento, una especie de diario, pero escrito en retrospectiva, y sin orden lógico ni cronológico. Y siempre tratando de que el centro del texto sean mis viejitos.

Voluntariado con los "viejitos" de Hino, Tokio, 2008

Así que, ¿qué tal si entramos en materia y comenzamos con una anécdota de una abuelita?

La Señora “Lucerito mañanero”

Mi primer trabajo en un hogar de ancianos japonés no fue como cuidador propiamente, sino como obrero de limpieza. Pero, del por qué tuvo que ser así, les contaré más adelante.

Para ese entonces, de cualquier manera, ya yo había obtenido la licencia japonesa  de cuidador de adultos mayores (previa aprobación del curso correspondiente), así que los directivos de aquel centro me permitieron entrar a las habitaciones de los ancianos, a hacer la limpieza, desde el mismo primer día, prácticamente.

En mi condición de aseador, al entrar en los cuartos, el único contacto posible que podía tener yo con las personas internadas, era el saludo de rigor y cualquier otra expresión respetuosa, como “permiso para entrar ” y “voy a proceder con la limpieza”, por ejemplo.

Desde el comienzo, siempre que entraba a alguna habitación (dependiendo del piso, estaban ocupadas por pacientes terminales o por aquellos que aun se valían por sí mismos), procuraba, al saludar, conferirle a las pocas palabras que podía decir mucha calidez. Repito, era el único contacto posible que podía tener con esas personas, así que me propuse aprovecharlo al máximo. De hecho,  si no había cuidadores alrededor mientras yo vaciaba la papelera correspondiente a un paciente en particular, me permitía acercarme lo más posible a la cama de éste, para saludarlo individualmente, de manera más personalizada, con el doble propósito de transmitirle mi aprecio y mi respeto, y observar de cerca su reacción a mis palabras, todo lo cual, de paso, me permitía irlos conociendo a todos, gradualmente. Eso, a sabiendas de que algunos tal vez ya no podían escucharme, pero con la esperanza de que sí lo hicieran.

Es así como, a la semana de haber comenzado a trabajar, tuve que recoger la basura en un cuarto compartido por tres personas ya en fase terminal, una de las cuales era una señora de entre noventa y cien años de edad. Ya la había visto anteriormente, días atrás, postrada en su cama, inmóvil, con los ojos cerrados.

Esa mañana en particular, la situación era propicia para hablarle muy de cerca, al tiempo que limpiaba un poco alrededor de la cama, en espera de alguna reacción suya. Lo que ocurrió aún me emociona, ahora que lo cuento, cinco años después.

Los ojos de aquella ancianita, que inicialmente me había dado la impresión de estar en estado vegetal, comenzaron a abrirse lentamente, con dificultad. Entre sorprendido y contento, aminoré un poco el ritmo de la limpieza y volví a saludarla nuevamente, agregando esta vez mi nombre y mi ocupación, con lo cual la señora abrió los ojos completamente.

La imagen de los ojos de aquella viejita, plenamente abiertos, ha sido uno de los obsequios más hermosos que me hayan dado en todos estos años al servicio de los ancianos. Además de la lógica emoción que me produjo el saber que esa era una reacción directa a mis palabras – o solamente a mi voz, quizás – ¡aquel par de ojitos realmente brillaban! como llenos de estrellas y luceros; alegres; embelleciendo aquel rostro antes inexpresivo; como queriendo expresar algo amable.

Huelga decir que esa experiencia fue en extremo grata y estimulante para mí. Me alegró la mañana y también la existencia. Pero, aquello no quedo ahí. Mi comunicación con aquella entrañable viejita se prolongó e intensificó por varios meses. Al poco tiempo, comenzó a reconocer mi voz, y, al saludarla, ya no solo me regalaba el fulgor de su mirada, también esbozaba una sonrisa y emitía un sonido que, aunque tosco y casi imperceptible, era como una música dulce en mis oídos.

A los pocos meses, y ya próximo a terminar mi trabajo en esa institución, cambió mi rutina semanal, me asignaron otros pisos, así que no tuve oportunidad de ver a aquella buena amiga otra vez. Pero de tanto en tanto la recuerdo, y le agradezco sinceramente por su bondad y su amistad, también por mis ojos humedecidos de nostalgia mientras escribo esto, así como por iluminar mis días con sus ojitos brillantes, por ser mi lucerito mañanero.

La Señora “maquinita de hacer oficios”

Hay abuelitos ochentones, noventones y hasta mayores, quienes, a pesar de las limitaciones físicas que les impone tan avanzada edad, procuran estar siempre activos; buscando algo que hacer. Ya sea por que saben, instintivamente, que la actividad es buena para su  salud mental y corporal, o porque quieren sentirse útiles.

Una señora que conocí en el hogar donde trabajé como obrero de limpieza era la viva representación de esos viejitos que están siempre en movimiento. Tenía más de ochenta años, andaba en silla de ruedas, y poseía una energía envidiable.

Dependiendo del día de la semana, me tocaba encargarme de un área específica del centro. A los pocos días de mi ingreso, en una oportunidad en la que me correspondía limpiar el comedor de uno de los pisos, me llamó la atención la presencia de una señora en silla de ruedas quien, en teoría, no debía estar ahí a esa hora, y quien, sencillamente, parecía estar buscando algo.

Aunque me sorprendió encontrarla en el comedor a la hora de la siesta matutina, no le di mayor importancia – hay ancianos que deambulan rutinariamente por los hogares, para hacer ejercicio o para distraerse –  y tras darle los buenos días y preguntarle si todo estaba bien, proseguí con mis labores. Pero, al cabo de un rato, la señora comenzó a mover unas cestas grandes con utensilios de cocina, de un lugar a otro. Como yo no sabía por qué hacía eso, y vi , además, que era más o menos peligroso para ella, corrí a su lado a preguntarle qué quería hacer, si necesitaba mi ayuda. Visiblemente molesta por mi repentina inquisición, me soltó un chorro de palabras ásperas (que yo no conocía, pero cuyo significado entendí clarito: “¡déjeme tranquila y váyase”!), y continuó con su accionar.

Evalué la situación, rápidamente,  y decidí ir a la recepción de ese piso a reportar lo que hacía aquella viejita inquieta y cascarrabias. La cuidadora de ancianos que se encontraba de guardia me acompañó a ver lo que ocurría, y, al ver quién era la susodicha, me dijo, “¡me lo imaginaba! Tranquilo, no se preocupe. Esa señora, casi siempre viene a esta hora a ayudarnos a ordenar un poco”.

En lo sucesivo, llegamos a coincidir en el comedor dos o tres veces por semana, por varios meses, lo que nos llevó a desarrollar una relación amistosa, podría decirse. Aunque, sería más acertado decir que aquel intercambio era, más bien, “laboral”. Sí, tal  cual. Y ya pueden imaginarse quien daba las órdenes…

Tras el primer incidente, entendí que la señora lo que hacía, fundamentalmente,  era ayudar al personal de cocina a recoger algunos utensilios. Asimismo, le daba una mano al personal de limpieza (o sea, a mí) arreglando el comedor. Ella conocía a la perfección la rutina de los cocineros, al finalizar el desayuno,  así que sencillamente colaboraba  con ellos agilizándoles el proceso. También sabía de memoria la organización del comedor; dónde se guardaba cada cosa. Por lo que se daba a la tarea de ponerlas nuevamente en el lugar correcto. Para poder cumplir con sus tareas, la laboriosa abuela agarraba los objetos (algunos algo pesados y grandes para ella), y los cargaba en su regazo para trasladarlos de un lugar a otro. Eso significaba que tenía que sujetarlos con una mano, y hacer girar la rueda de su silla con la otra. Admirable , en verdad.

Por si fuera poco, mi amiga y superiora ¡era perfeccionista! Entonces, mientras yo coleteaba o barría el piso, la muy meticulosa anciana me pedía por favor que moviera cosas muy pesadas para ella – una mesa, el televisor, por ejemplo – unos milímetros más, a la posición exacta. O, también, me pedía que removiera manchas imperceptibles, de aquí y de allá , que sólo ella alcanzaba a ver.

Pero no todo era trabajo entre nosotros dos. Cuando, en medio de nuestros respectivos quehaceres, nos aproximábamos el uno al otro, aprovechábamos para conversar un poquito. Debo acotar que, para ese entonces, mi japonés era más que elemental (la razón principal por la que no pude comenzar a trabajar como cuidador de ancianos directamente después de haber culminado mi curso), así que mi intercambio de palabras con aquella afanosa abuela – y con todos mis interlocutores japoneses – era también muy básico, forzosamente. Aunque, eso no me impidió disfrutar mis conversaciones con ella; al contrario, se convirtieron en parte obligada de nuestras labores del comedor. Desde aquellos primeros encuentros, donde ella me pareció regañona y mandona, y yo a ella, fastidioso, seguramente, nos convertimos en buenos “compañeros de trabajo”; llegué a sentir real aprecio por aquella viejita enérgica y colaboradora, a la recordaré siempre, como la hormiguita obrera del hogar de ancianos, como una maquinita de hacer oficios.

Licencia japonesa de asistente de ancianos

Obtener mi licencia para cuidar ancianos no fue tarea fácil. Principalmente, por mi bajo nivel de japonés de aquel entonces. Pero, tras tomar la decisión de que esa era la nueva profesión que quería para mí, yo estaba muy determinado a obtener el título.

En mi búsqueda de posibles lugares de estudio, conseguí un centro de capacitación gubernamental, donde subsidian la mitad del costo del curso. Pero, el mismo día que fui a inscribirme, el funcionario que me atendió me dijo, muy educadamente, que tenía que mejorar mi japonés para poder recibir el entrenamiento. “Vaya a estudiar otro poquito y vuelva por aquí”, me recomendó. En mi japonés “tarzaneado” – como lo hablaría Tarzán, el Rey de la Selva,  si en lugar de inglés balbuceara la lengua nipona – le argumenté que la mejor forma de subir el nivel era trabajando, por la necesidad imperiosa que tendría de comunicarme. Como buen traductor profesional, interpreté simultánea y rápidamente la sonrisa que esbozó aquel amable y paciente funcionario: “Como le dije antes, aprenda más japonés y será bienvenido por aquí. Sayonara“.

En mi determinación de hacer el curso, pensé que si probaba en una escuela privada tendría mejor suerte. Así que continué mi búsqueda frenética en internet.

“El que busca encuentra”. Muy cierto. Pero creo el factor “suerte” – llamémoslo así para no entrar en detalles – también aparece por ahí de vez en cuando. No pocas veces en mi vida me ha sucedido que, cuando deseo algo con vehemencia, aparece en el camino una señal que me conduce más fácilmente al destino, al objetivo. Pero, ¿será eso suerte en verdad?, ¿o será más bien lo que propone el escritor brasileño Paulo Cohelo:  “Cuando quieres realmente una cosa, todo el universo conspira para ayudarte a cumplir tu deseo”? Si coincidimos con este “gurú” del crecimiento personal, entonces estaríamos aceptando que existe una  “Entidad Superior”, una “Energía Creadora”, un Dios, que sería arte y parte de nuestra vida. Pero ese es un tema para otro escrito.

Volviendo al cuento, en mí búsqueda en la Red de redes, conseguí una escuela que, interesada en captar candidatos filipinos (bastante cotizados en tierras niponas, en estos días,  por ser personas muy cálidas en su tratamiento a los ancianos), ofrecía resúmenes impresos en inglés de todas las clases del curso, lo cual, como es lógico, me entusiasmó a intentar con ellos, “más rápido que inmediatamente”, como decimos en Venezuela. Aunado a eso, cuando hice el contacto para pedir más detalles, resultó que el jefe administrativo hablaba muy bien inglés ¡y hasta un poquito de español!

¿Suerte, conspiración universal? Lo cierto es que fui a mi entrevista, muy contento y esperanzado, como pueden imaginarse. Debo acotar que esa entrevista fue el primero de muchos filtros que tuve que pasar para, en mi condición de extranjero, (primer latino que aspiraba estudiar en ese instituto, por ejemplo), tener la posibilidad de realizar la muy delicada tarea de velar por los ancianos japoneses. Y créanme que el gobierno nipón, mediante sus instituciones geriátricas y la sociedad, en pleno, son muy celosos cuando se trata de cuidar a sus adultos mayores. Sin embargo, también es cierto que hay individuos – y hasta establecimientos – que, por el contario, tratan a los viejitos de forma indebida. Pero, son excepciones que confirman la regla. Ese es un punto muy importante, sobre el cual les hablaré más adelante.

Aun no les he contado que, antes de decidirme a ser cuidador de ancianos, ya había ido a cantar (siempre acompañado de mi cuatro. También aprovecho para acotar que soy un cantante amateur, y que “canto por que me gusta, no por que sepa cantar”. ¿Conocen al propietario de esas palabras? El filósofo-trovador Facundo Cabral) como voluntario a diversos centros geriátricos. Valga decir, que esas fueron experiencias recreativas sumamente estimulantes y enriquecedoras, que influyeron considerablemente en mi decisión de trabajar directamente con  ancianos. De hecho, ese fue unos de mis más convincentes argumentos (fotos en mano) que esgrimí, cuando, durante aquella primera y crucial entrevista, me preguntaron por qué quería dedicarme al cuidado de adultos mayores.

También les dije algo que preparé a conciencia, relacionado con la aceptación de los filipinos como cuidadores, a sabiendas de que me haría ganar algunos puntos: “la cultura filipina y la venezolana son muy parecidas en lo que respecta al trato que le damos a nuestros ancianos. Los venezolanos y latinoamericanos en general, somos por naturaleza querendones. Además venimos de familias muy numerosas en las que, desde que nacemos, estamos en contacto con nuestros abuelos y demás viejitos del entorno familiar; por largos años disfrutamos de su compañía, y, en consecuencia, crecemos aprendiendo a quererlos y a respetarlos mucho”.

Abro un paréntesis para destacar que ese modo de ser querendón nuestro me ha servido mucho, en estos cinco años, para ganarme el cariño y la confianza de la mayoría de los abuelitos que he tenido la fortuna de cuidar.

Felizmente, ¡pasé la entrevista! (conducida casi toda en inglés, por el subdirector y jefe administrativo, por cierto), una alcabala menos en mi odisea para llegar a ser cuidador de ancianos. Pero, tenía por delante pruebas aun más duras. Aunque, debo destacar que, más allá del dominio del idioma (él 90 % de los ayudantes de ancianos en Japón son los propios nacionales), el objetivo primordial de esas entrevistas es constatar que el entrevistado tenga las motivaciones laborales correctas y las cualidades humanas necesarias para desempeñarse en la profesión.

Como menciono más arriba, esa escuela en particular, en su estrategia de captación de alumnos, ofrece un entorno amigable para filipinos y extranjeros en general que hablen inglés. Definitivamente, esa fue la diferencia para que yo lograra obtener mi licencia. Pero, insisto, aun así pasé mucho trabajo con el japonés.

Si bien los resúmenes en inglés me eran de gran ayuda, porque me permitían entender los puntos básicos de cada clase (además, yo después ahondaba en los temas tratados buscando por mi cuenta material en Internet, tanto en inglés como en español), mi precario japonés me hacía cuesta arriba la comprensión y la expresión, vitales en una dinámica de aprendizaje altamente participativa.

Me da pena admitir, por ejemplo, que, a veces, aun conociendo el tema central de una clase en particular, pasaba larguísimo rato sin entender absolutamente nada al profesor de turno, lo cual, como es lógico, me generaba mucha angustia y estrés. Uno, porque me considero una persona responsable, y no podía evitar sentir que estaba siendo deshonesto, engañando al instructor, a mis compañeros de clase y a mi mismo. Dos, porque desde el primer día de clases entendí que no iba a poder sacarle al curso todo el provecho  deseado –  y necesario. Tres, sentía muchísima vergüenza cuando el profesor me  interrogaba y yo no entendía. En esos casos, me limitaba a responder, “sensei, gomen’nasai, shitsumon  ga wakarimasendeshita, mo i kai yukkuri oshiete kudasai” (Perdón, profesor, no entendí la pregunta, hágamela una vez más, despacio, por favor).

Algunos profesores se tomaban la molestia de reformularme la pregunta, utilizando expresiones muy básicas,  de forma que yo pudiera entenderla – incluso usando un poco de inglés – y otros sencillamente me decían, “Está bien, no importa, siga intentando, ánimo”. Valga decir que, aunque había unos más preguntones que otros, al final, todos estaban al tanto de mi situación y se mostraban muy corteses y solidarios conmigo.

Las primeras clases fueron un martirio, realmente. Así que concebí un plan para, al menos, atenuar mi sufrimiento, y demostrarle a todos que realmente estaba dispuesto a esforzarme y aprender. Le pedí al subdirector (que me hizo la entrevista en inglés)  que por favor me entregara el resumen de la clase, no el mismo día sino una semana antes (mi curso era semanal, sólo los sábados). Entonces, sinopsis en mano, me daba a la tarea de investigar más por mi cuenta. Una vez empapado del tema, sintetizaba las ideas centrales y las traducía al japonés con la ayuda de los muchos traductores automáticos disponibles en la Red. Seguidamente, construía varias oraciones cortas y gramaticalmente sencillas, fáciles de manejar, que usaba luego en las clases cuando me tocaba participar. ¡Y hasta llegué al punto de ofrecerme voluntariamente a responder algunas preguntas!

(Continuará…)

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