Anécdotas de mi papá: Abuelo niñero

El recuerdo nítido más lejano que guardo en mi memoria, compartiendo alguna actividad con mi papá, es de cuando yo tenía entre 6 y 7 años. Estaba en construcción la nueva casa, y casi todos los fines de semana íbamos a verla. En esas ocasiones, mi papá se ponía a jugar conmigo alrededor de la obra, y lo que me viene a la mente es la imagen de los dos saltando desde el balcón hacia un montón de gravilla, agarrados de la mano y gritando alocadamente durante el brinco.

Hay un par de momentos más que recuerdo muy vagamente: uno, jugando voleibol, los dos, en la arena de la playa, otro, igualmente en el mar, pero, divirtiéndonos dentro del agua. Esa vez, estaban también mi mamá y mis dos hermanos. Pero, no sé si ambas situaciones tuvieron lugar antes, durante o después de las visitas a la casa en construcción.

Aparte de eso, no alcanzo a recordar, más atrás en el tiempo, mis interacciones con mi padre. Tampoco situaciones de él con mis dos hermanos menores, una hembra y un varón, 3 y 4 años menores que yo, respectivamente. Aunque, claro, hay muchas fotos familiares – también relatos –  que me permiten cubrir esa bonita etapa de mi infancia en la compañía paterna.

Esto viene a cuento porque, en cambio, sí pude ver a mi papá compartiendo mucho con sus primeros 3 nietos, los hijos de mi hermana, ya que durante el período cuando ellos nacieron, tanto yo como mi hermana y su familia vivíamos en la casa de nuestros padres.

Eso me permitió ser testigo presencial, por espacio de 10 años, más o menos, de algunos de los acontecimientos más gratificantes y aleccionadores de toda mi vida: la faceta de mi papá como abuelo niñero.

En todos esos años, cuando sus 3 nietos iban alcanzando la edad escolar, prácticamente, él era el encargado de sus rutinas mañaneras, preparatorias para ir a la escuela. Uno, porque mi hermana y yo salíamos más temprano a nuestras actividades diarias, dos, porque mi mamá, con sus muchas ocupaciones durante el día, se permitía dormir siempre hasta un poco más tarde en las mañanas.

Por las tardes, cuando regresaban de la guardería o de la escuela, era su abuelo quien procuraba recibirlos, listo, siempre, para atenderlos. Recuerdo que una de las actividades predilectas en ese mundo exclusivo y mágico  compartido por el niñero y sus niños era la aventura exploratoria del jardín, incluida la obligatoria contemplación del ocaso.

Cuando el “abuelo Ángel” estaba con sus amados nietos, les hablaba mucho; les enseñaba acerca de las cosas que conformaban aquel mundo fascinante donde sólo ellos habitaban. Por ejemplo, un día que yo estaba jugando con la menor de mis dos sobrinas hembras (para ese entonces tendría 4 o 5 años de edad), durante una muy bonita puesta de sol, estaba explicándole por dónde sale y se oculta el sol, en un lenguaje que ella pudiera entender. Cuando le dije, “¿ves? el sol se oculta por este lado, por el oeste”, ella me respondió, dándome clases a mí, “si Tío, por el poniente”. En mi asombro, por tan temprana sabiduría, sólo alcancé a balbucear, a duras penas, “sí, exacto, sobrina”,  sintiéndome algo avergonzado, como el maestro que es instruido por su alumno. Su niñero de lujo, ya le había enseñado todo eso, mucho antes, por su puesto.

Como es de imaginarse, para mi papá, sus nietos también fueron una fuente de inspiración infinita, en muchos sentidos. Como muestra de ello, quiero plasmar aquí un pequeño verso que él escribiera a sus dos hembritas, y el cual recuerdo, perfectamente, después de tantos años, porque siempre me ha cautivado la elaborada belleza estética que encierra su simplicidad literaria:

Yo tengo dos nietecitas/una es linda, la otra es bella/ una juega con la luna/la otra con las estrellas.

Pero, entre tantos aspectos que merecen mi admiración y mi respeto, en esa faceta de mi padre como abuelo y niñero a tiempo completo, hay una imagen que me quedó grabada para siempre – en el alma, sobre todo – y que se remonta a los primeros años de mis sobrinos. Un ritual sagrado que se repetiría en el tiempo, con todos y cada uno de ellos 3. Después de que mi mamá les daba su tetero, mi papá se encargaba de sacarle los gases y de dormirlos, sentado en su mecedora, cargándolos el tiempo que fuese necesario, con amor y paciencia infinitos.

Papá, ese sólo recuerdo le da sentido a mi existencia y conforta mi espíritu.

Siempre gracias, bendición.

 

 

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