Maltrato verbal/psicológico de un entrenador a un niño

septiembre 13, 2020

En una oportunidad anterior, escribí aquí en mi blog un artículó titulado “Pegar no es educar, es humillar”. En dicho escrito, además de mi posición sobre tan importante tema, aporté información variada, obtenida de diversas fuentes calificadas. Hoy, escribiré sobre un problema relacionado: El grito como una forma de maltrato infantil. Pero, a diferencia del texto anterior, sobre el castigo corporal, esta vez sólo me limitaré a narrarles un hecho en el que me vi envuelto, y el cual motivó estas líneas.                                                                                                                                                            En días recientes, mientras me disponía a dar un paseo en bicicleta por mi localidad, se me presentó una situación inesperada y alarmante; una de esas en las que no quisiéramos involucrarnos, pero en las que DEBEMOS hacerlo.                                                                                                                                                                           Mientras rodeaba la escuela secundaria de mi hija (ubicada muy cerca de nuestra residencia y cuyo patio funciona como campo de beisbol, fútbol y atletismo), escuché un grito de hombre, tan violento y perturbador que tuve que detener la marcha para ver que ocurría. Inmediatamente entendí que se trataba de uno de los entrenadores (“coach”) regañando con excesiva violencia a uno de los niños del equipo.                                                                                                                                                    Debo confesar que en ese instante, ante aquella imagen tan horrenda, perdí momentáneamente la compostura (no respiré profundo ni conté hasta diez, como me recomienda siempre mi madre), y lo único que atiné a hacer fue entrar abruptamente a la escuela; irrumpir en el campo, y dirigirme agresivamente hacia el entrenador gritándole con la misma violencia que el gritaba a aquel pobre niño paralizado por el miedo y la humillación.                                                                                                                                              Abro un parentesis para explicar que, en parte, mi reacción se debió a que había antecedentes; en el pasado ya yo había presenciado varias situaciones con otros dos entrenadores (a uno de ellos también le interrumpí el regaño frente a los niños – pero pacíficamente – para explicarle que era incorrecto, y para solicitarle una conversación al respecto, la cual, dicho sea de paso, se produjo al terminar la práctica, muy cordial y constructivamente), que si bien no llegaron a ese nivel de maltrato, me pusieron en guardia, dispararon mis alarmas.                                                                                                                                              También, aprovecho para aclarar que el agresor de la historia de hoy no pertenecía al equipo del colegio de mi hija, sino al equipo visitante, lo que, por supuesto, supuso cierto alivio para mí. Huelga decir lo sorprendido y desconcertado que estaba el abusivo profesor (así como los demás presentes, entre niños y representantes); sus ojos desorbitados en un rostro desencajado expresaba su gran asombro y confusión, preguntándose quién era aquel individuo (claramente extranjero), de dónde había salido y cómo osaba increparlo tan fuertemente delante de todo el mundo.  Yo le decía (siempre gritándole con todas mis fuerzas) en mi elemental japonés mezcado con inglés, por qué le gritaba así a ese niño, que dejara de hacerlo inmediatamente, que eso era maltrato infantil aquí y en todas partes del mundo. Ya más calmado, dueño de mí, me alejé de él y me ubique en un lugar del campo donde los jóvenes jugadores y los asistentes pudieran escucharme con claridad.                                                                                                                                       Mantuve el tono altisonante, pero ahora más respetuoso, más comunicativo, para dirigirme específicamente a ellos y explicarles que la conducta del entrenador era inaceptable, dañina; que no debía ser tolerada de ningún modo; que los niños tienen derechos reconocidos mundialmente, que incluyen no ser maltratados ni humillados de esa manera; que los niños debían informar a sus padres sobre los métodos abusivos y humillantes del coach.                                                                                                                                             Sólo en un momento cuando el agresor intentó dar unos pasos hacia mí (al ver que yo estaba más controlado, hizo un gesto educado, conciliador, para que yo abandonara el campo), me puse otra vez en modo agresivo y vociferante contra él, advirtiéndole con un movimiento de mi mano que no se acercara más a mí. Después de ver como agredió y denigró verbalmente a aquel pobre niño en público, no le iba a permitir que se acercara mucho a mí. Si lo hacía yo lo percibiría como una violación de mi espacio personal, como una muestra de poder, como una agresión, y entonces habría tenido que usar la fuerza, con las consecuencias negativas lógicas. Aunque, debo reconocer que, por la juventud y fortaleza física del entrenador, yo seguramente hubiera tenido las de perder. Pero, la situación bien ameritaba el riesgo.                                                                                                                                      Por cierto, el entrenador con quien yo había tenido el incidente previo y la útil conversación, ese día era el coach de nuestro colegio. Durante mi acalorada intervención, hubo un momento en que nuestras miradas coincidieron. Para mi tranquilidad, pude percibir comprensión y aceptación en sus ojos, lo que comprobé días después en la reunión que solicité expresamente con las autoridades del colegio, donde él estuvo presente, y me dió su respaldo.                                                                                                                                                 Durante mi encuentro con los directivos del plantel, en mi condición de padre de una estudiante del colegio, además de condenar enérgicamente el maltrato psicológico que perpetró el entrenador contra ese niño indefenso, y tras exponerles mis puntos de vista (les entregué materiales de Internet elaborados por UNICEF, etc.), les pedí que tomaran medidas contra el agresor, e igualmente para evitar la recurrencia de prácticas tan negativas y lamentables en nuestro colegio, mediante la realización de campañas de concientización y demás iniciativas. Para mi stisfacción, fui informado que, por la gravedad de lo ocurrido, y antes de saber que yo solicitaría reunirme con ellos, ya la Dirección había comenzado a tomar cartas en el asunto.                                                                                                                                                           Pero, deben saber amigos lectores que, así como pedí acciones contundentes contra el coach, también les manifesté que, en mi opinión, él mismo necesita ayuda, orientación psicológica. Es un ser humano que muy posiblemente creció y se hizo hombre viendo ese tipo de conductas violentas a su alrededor, y ahora, en una situación de autoridad, piensa que así, con esa violencia, es como se le llama la atención a un niño.                                                                                                                                           Sin importar cuan errado, enfermizo y condenable nos parezca su proceder, tenemos que aceptar que tras recibir la sanción adecuada, tiene derecho a enmendar, a recibir ayuda, como todos nosotros cuando cometemos faltas.                                                                                                                                                Al final de la reunión, también me disculpe con las autoridades (y les pedí me disculparan con los jugadores y demás estudiantes), por mi conducta incorrecta, por agresiva. Es cierto que produjo resultados positivos, pero imagino que debe haber otra forma más civilizada de proceder en un caso así. Aunque, en honor a la verdad, no estoy muy seguro…                                                                                             


Pegar no es educar, es humillar

enero 31, 2012

       Recientemente, en un supermercado de mi localidad, vi a una joven madre dando un palmada en la cabeza a su hijo de 2 ó 3 añitos, porque éste alcanzó una mercancía que colgaba próxima al coche, mientras ella esperaba en la fila para pagar. Por cierto, el niño tenía síndrome de down…

 En esas situaciones, generalmente me entrometo, pidiéndole a la persona (de la mejor manera posible) que no lo haga. Pero esa vez, la palmada no me pareció tan fuerte, así que me abstuve de intervenir. Después me arrepentí. Primero, por que esa madre claramente tiene el hábito de palmear al hijo; es un acto reflejo. Y si lo palmea con tanta tranquilidad en público, tal vez entre las cuatro paredes de su casa pudiera ser peor. Segundo, porque el niño tiene necesidades especiales, y requiere aun mayor comprensión y protección. Así que escribo estas líneas en pago por mi inoperancia, y como disculpa pública a ese pequeño y a otros en su situación.

Ya hemos abordado el tema anteriormente, y lo haremos las veces que haga falta. A los niños no se les pega. Punto.

La organización para la protección de los niños, Save The Children, define el castigo físico como “el uso de la fuerza causando dolor, pero no heridas, con el propósito de corregir una conducta no deseable en el niño”.

Según un artículo aparecido en la revista Ellos & Ellas, edición 347 (www.caretas.com.pe), en varios países del mundo el castigo físico es una práctica ilegal. Además, cita al psicólogo infantil César Estrella diciendo que nunca debe aplicarse el castigo corporal, y que éste es un método que todavía se utiliza por creer que cambia la conducta de los chicos más rápidamente, a diferencia del diálogo. El especialista explica que golpear a los hijos es, generalmente, una reacción de descontrol y rabia que se transforma en una conducta de abuso y prepotencia.

Pero, a pesar de las evidencias científicas contra los castigos físicos, hoy en día aun hay padres que piensan que “una buena nalgada” o “un buen bofetón a tiempo” no hacen daño y que son , al contrario, beneficiosos para educar a los hijos pequeños. Ahora bien, el problema no radica sólo en la intensidad del golpe. Se ha demostrado que cualquier forma de reprimenda corporal, sean palmadas, nalgadas, sacudidas, empujones, apretones, tirones de orejas o cabellos, pellizcos y cualquier otra forma de reprimenda física “leve”, por inofensiva que parezca, traerá consecuencias negativas en la vida del niño. Por ejemplo, los niños golpeados por sus padres tienden a crecer creyendo que tanto sus faltas como las de otras personas deben, necesariamente, ser corregidas con castigos corporales.

En el sitio www.wethecildren.com/spanish/spankingspanish.htm, leemos esto: “El niño aprende que la manera de resolver un conflicto es por medio del uso de la violencia.  Empujar, jalar, morder, patear y pegar son acciones realizadas por sus hijos como una manera de solucionar el problema… el niño puede convertirse en una persona violenta que incluso utiliza la amenaza y la represión en sus relaciones con otras personas”.

A lo expuesto anteriormente, hay que agregar la humillación a la que se somete a los niños cuando se les castiga físicamente. Sin importar cuan bienintencionada sea la acción de pegar a un hijo pequeño, al hacerlo se le degrada como persona y se le vulneran sus derechos de niño y de ser humano. Asimismo, la autoestima del niño se ve seriamente afectada.

Este artículo, www.guiainfantil.com/educacion/castigo/infancia.htm, nos dice al respecto: “El pegar no enseña, no educa, solo representa amenaza y sumisión a los niños. El castigo físico enseña al niño a tener miedo y a ser sumiso a tal punto de disminuir su capacidad para crecer como persona autónoma y responsable”. 

En el mismo artículo encontramos:

“Por qué pegan los padres a sus hijos

Existen muchos motivos por los que los padres recurren al castigo físico:

– Porque lo consideran oportuno para la educación de sus hijos

– Porque lo utilizan para descargar sus nervios

– Porque carecen de recursos suficientes para afrontar una situación difícil

– Porque no poseen las habilidades necesarias para conseguir lo que quieren

– Porque no definen bien las situaciones sociales en las que las emiten

– Porque no consiguen controlar sus emociones”

 Dada la desafortunada aceptación que, todavía en pleno siglo XXI, puede tener el reprender físicamente a los hijos, no estamos en posición de culpabilizar o condenar a aquellos padres que utilizan ese perjudicial método correctivo. Pero, como ciudadanos preocupados por el bienestar integral de todos los niños y de la sociedad en que vivimos, sí podemos instar a esos padres a que hagan una profunda auto evaluación de su proceder; que con mente abierta piensen en las razones que pueda haber detrás de tanta severidad hacia sus pequeños y amados hijos.

 

 


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