ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Paseo amazónico

marzo 31, 2022
«El Tobogán de la Selva». Imagen extraída de: destimap.com

Al «Coronel La Rosa»- mi padre – como a cualquier militar, la carrera de las armas le deparó experiencias muy diversas, incluidas algunas en verdad emocionantes. El sólo hecho de ser paracaidista, por ejemplo, le permitiría vivir grandes emociones en sus primeros años como oficial de la otrora honorable Guardia Nacional venezolana (actualmente es una organización criminal).

Pero hoy quiero referirme a una actividad que a él le resultó particularmente atractiva. Y a mí también…

Me disculpo de antemano por las imprecisiones temporales atribuidas a mi mala memoria.

Siendo mi papá capitán antiguo o mayor recién ascendido – no recuerdo – se desempeñó brevemente como uno de los oficiales de enlace, entre el entonces Ministerio de Obras Públicas (MOP) y las Fuerzas Armadas, para la supervisión de un proyecto habitacional en una población indígena del estado Amazonas.

El oficial La Rosa, un padre muy motivador y consentidor, logró que le permitieran llevar a su hijo a uno de sus viajes.

Aunque no puedo recordar los detalles de aquella «aventura» compartida con mi papá, sí recuerdo algunos momentos inolvidables para mí: El despegue de la aeronave militar desde el aeropuerto de La Carlota, en el Este de Caracas (muy posiblemente mi primer vuelo en avión); el deslumbrante paisaje selvático visto desde las alturas; mi primer encuentro con indígenas.

Imagen extraída de guiaviajesvirtual.com

De la interacción con mi papá durante todo el viaje sólo recuerdo una cosa: Mientras el grupo de trabajo inspeccionaba el desarrollo habitacional, me llamó la atención que las duchas de las viviendas estuvieran no en el interior sino en el exterior de las mismas. Mi papá me explicó que tuvieron que hacerlo así, ya que los indígenas, al estar acostumbrados a bañarse en los ríos, al aire libre, a la vista de todos en su tribu, nunca pudieron adaptarse a las duchas interiores.

Imagen extraída de: sites.google.com

Como explico en relatos y demás escritos anteriores, desde que yo era muy pequeño, mi papá, ocasionalmente, cuando las condiciones lo permitían, procuraba mostrarme directamente, in situ, algunas facetas de su trabajo como militar. Me viene a la memoria en este instante un recuerdo que había olvidado: Yo, muy pequeñito, correteando alegremente por los amplios pasillos de inmensas columnas de la antigua EFOFAC (Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación).

Pero volviendo a la anécdota presente, los recuerdos de aquel alucinante paseo amazónico, si bien vagos en mi mente luego de tantos años, hoy reviven en mí esa reconfortante sensación de camaradería con mi padre y de admiración hacia él, que yo experimentaba cuando compartía conmigo su vida de soldado en su mundo militar.


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: ¿Campamento Peligroso?

febrero 12, 2022

Yo tendría entre 6 y 8 años de edad. Recuerdo la escena vagamente: Mi mamá estaba llorando porque ese día mi papá me llevaría con él a un campamento militar – en las afueras de Caracas – y, ella, por más que trató, no pudo disuadirlo.

Lo siguiente que me viene a la mente es estar con mi papá y otros uniformados en el claro de un bosque; había una tienda de campaña y un Jeep. No logro recordar como llegamos a ese lugar, pero muy posiblemente fue en aquel vehículo rústico.

Hay otra imagen con una culebra: uno de los militares la atrapó, y si la memoria no me falla, ¡decidieron incluirla en el menú del almuerzo! Pasada por candela, por supuesto.

No tengo idea ni del objetivo ni de la magnitud de aquella actividad. No sé si se limitaba al número reducido de efectivos que había en aquella carpa, o sí éstos eran parte de un grupo mayor. Tampoco guardo en mi memoria sonido de disparos (creo que los recordaría), a diferencia de unas maniobras a las que también asistí con mi papá (ya más grande, mientras estudiaba en el Liceo Militar), y donde la mayoría de los ejercicios incluían armas de alto poder de fuego, como ametralladoras, por ejemplo. Incluso, presencié maniobras con el explosivo C-4.

No alcanzo a recordar mis emociones infantiles sobre aquella experiencia. Pero, apartando la mezcla de sorpresa con repulsión que sentí al ver a los soldados comiendo culebra asada, no tengo ningún mal recuerdo; es probable que me haya divertido. Por cierto, creo que en la casa familiar allá en Venezuela, hay una foto de aquel día.

Sin embargo, ahora como adulto y padre, concuerdo con mi mamá, desapruebo que mi papá me haya llevado con él a ese campamento militar. No porque piense que haya sido muy peligroso necesariamente (claro que en un bosque montañoso siempre hay sus peligros, como las culebras, por ejemplo), sino porque sencillamente no era una actividad para civiles, y mucho menos para niños de mi edad. Seguramente, eso era lo que preocupaba a mi mamá, y con razón.

¿Hubieran podido otros de los militares presentes llevar a sus hijos libremente? ¿Mi papá informó a sus superiores y les pidió autorización para llevarme? O, tal vez ese día él era el oficial más antiguo y simplemente consideró que no había problema. Cualquiera pensaría que siendo una zona militar el acceso sería más restringido. Pero también es cierto que carezco de información para saber de que se trataba. También es posible que, al igual que ocurre con algunos cuarteles y demás unidades militares que pueden visitarse (varias veces fui con mi mamá a ver a mi papá y a llevarle comida cuando estaba de guardia), tal vez aquel campamento podía ser visitado por familiares y civiles en general. No sé.

De todas formas, como digo al final de todas las anécdotas paternas, sé que lo que prevaleció en aquella extraña idea de mi papá fue que compartiéramos los dos, y en este caso en particular, que yo viviera una experiencia de su trabajo como soldado, que él suponía sería emocionante para mí.
Siempre gracias papá.
¡Feliz «Cumpleaños»! en los mundos infinitos…


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Mi cómico favorito

febrero 6, 2022

Yo nunca he sido un buen contador de chistes, por eso admiro a quienes tienen esa gracia.

Es posible que sea una condición familiar. Ni mis padres ni ninguno de nosotros, los tres hijos – dos varones y una hembra – nos distinguimos por esa forma de comicidad en particular. En cambio, tanto por la rama paterna como por la materna tengo parientes sumamente chistosos (algunos ya fallecidos), con el don de hacer reír a los demás.

Sin embargo, cuando yo era niño, mi papá de vez en cuando me echaba chistes (algo que no recuerdo haberlo visto haciendo con otras personas, adultas sobre todo), muy inocentes, huelga decirlo. Seguramente, con nosotros sus hijos se atrevía a mostrarse cómico; no le importaba hacer el ridículo. Algo como lo que hacía yo con mi hija cuando era chiquita, y hago actualmente con todos los niños pequeños.

Valga acotar que mi papá, sin ser contador de chistes, sí tenía un muy afilado sentido del humor (como buen oriental. No de Asia, sino de Venezuela), lo que le hacía tener salidas rápidas y divertidas. Por ejemplo, mi mamá me contó que un día al despertarse, se le acercó a mi papá – quién también se desperezaba a su lado – y tras preguntarle juguetonamente al oído, «¿Quién es el negrito más rico de este mundo?», él le respondió en fracciones de segundo, «Michael Jackson».

De aquellas sesiones cómicas paternas recuerdo algo en particular; algo que 50 años después todavía me divierte: mi papá se destornillaba de la risa con sus propios chistes, aunque me los repitiera, mínimo, 3 veces cada uno.

Lo chistes en sí mismos me hacían reír mucho, pero definitivamente lo que más me divertía eran las contagiosas carcajadas de mi papá.

Seguidamente, quisiera compartir con mis amables lectores tres de esos chistes paternos:

1)

Mi papá: «¿Tú sabes por qué al ‘Rey Pelé’ lo llaman así?»
Yo: «No. ¿Por qué?».
Mi papá (haciendo la demostración respectiva con mucho dramatismo escénico): «Porque siempre que iba a patear un penalti, fallaba la pelota y decía ¡ay, la pelé!».

2)
Un tipo se le acerca a otro en plena calle y le pregunta, «Disculpe, Señor, podría decirme cuál es la acera de enfrente», a lo que éste responde, incómodo, «¿Usted se está burlando de mí? Por supuesto que es aquella» (señalando al lado opuesto de la calle). Entonces, el tipo le dice, «le juro que no es burla. Es que estoy confundido, porque acabo de preguntarle lo mismo a aquella Señora que está del otro lado, y me dijo que la acera de enfrente es esta».

3)

A un conductor se le espichó un caucho, pero siguió rodando unos 100 metros, hasta detenerse frente a un manicomio. Cuando se disponía a cambiar la llanta se dio cuenta de que ¡le faltaban las cuatro tuercas! y se quedó pensativo, sin saber qué hacer. Un paciente del manicomio que lo observaba desde una ventana, le pregunta, «¿Amigo, cuál es el problema?». El conductor le responde, «Por seguir rodando después del pinchazo, se le salieron todas las tuercas al caucho, y ahora no puedo cambiarlo». Entonces, el paciente, haciendo alarde de una gran inventiva, le sugiere, «¿Por qué no le quita una tuerca a los otros tres cauchos, y se las pone a ese? Así todos tendrían tres, y podría rodar sin problemas.» El hombre, impresionado por aquella genial solución, después de agradecerle muy efusivamente le pregunta al interno, «Amigo, dígame algo, ¿Cómo es posible que alguien tan inteligente como Usted esté en el manicomio? Y éste le responde sonreído, «Precisamente, yo estoy aquí por loco, no por bruto».

Querido papá, el recuerdo de tu rostro sonriente y tus carcajadas, durante aquellos shows cómicos para mí, todavía me hace reír – y llorar – de felicidad.

Por todos esos divertidos e invaluables momentos juntos siempre serás mi cómico favorito.

¡Gracias, papá!


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Permisivo con las fiestas

junio 14, 2021

Una de tantas cosas que mis hermanos y yo tenemos que agradecerle a nuestros padres es que, durante toda nuestra juventud, nos permitieran hacer fiestas en la casa.

En el caso específico de mi papá – como explico en otras anécdotas suyas – es muy relevante, porque él era bastante más reservado y conservador que nosotros sus 3 hijos (y que mi mamá también). De hecho, a lo largo de mi festiva juventud, muchos amigos míos, asiduos asistentes a esas parrandas, se mostraban muy sorprendidos al enterarse de que mi progenitor y dueño de casa – «de festejos»- era un oficial de las fuerzas armadas.

En mis años juveniles, ya me llamaba la atención esa característica de mi papá; esa actitud tan solidaria y condescendiente con sus muy prolíficos organizadores de fiestas. Pero, fue con los años – y los bonches – que entendí las razones de aquella complicidad paterna. Lógicamente, privaba su deseo de vernos felices, pero también la certeza de que sus hijos, aunque bastante fiesteros, éramos suficientemente responsables y comedidos para mantener aquellas grandes rumbas bajo control, sin excesos ni violencia. Y más importante aun, la inmensa tranquilidad de saber que sus inquietos muchachos estaban festejando con sus amigos en la seguridad de su propia casa, justo debajo del dormitorio de los padres.

Por cierto, mis amigos disfrutaban tanto esas ocasiones que recuerdo una época cuando casi automáticamente después de saludarme me preguntaban: «¿Cuándo es la próxima rumba?».

Aprovecho para aclarar algo – y creo hablar por mi hermana y mi hermano también. Personalmente, mi tendencia a hacer fiestas en la casa no era por ganar popularidad, sino porque, uno, desde niño siempre he tenido el deseo genuino de hacer felices a mis amigos, dos, las fiestas eran la mejor forma de conocer muchachas.

Papá, perdóname por todas las horas que pasaste en vela producto de mis muchas fiestas caseras (¡más las que no dormiste cuando salí a rumbear a la calle!). Espero que haya realmente un «eterno descanso», para que así puedas recuperarte, aunque sea medianamente…

Siempre gracias por esa paternal comprensión.


Hija, yo me porté mal: Patinador imprudente

abril 24, 2012

Patinador temerario

Mi preciosita, como te he dicho ya antes, cuando somos niños nuestra inocencia y falta de experiencia en la vida frecuentemente nos ponen en peligro. Por eso te cuento estas historias sobre  travesuras peligrosas que hice; para que pienses mejor que yo – cuando tenía tu edad – antes de hacer algo que pueda traerte problemas.

Siendo yo un muchachito de 7 años, un tío mío muy querido me regaló mis primeros patines (las 4 ruedas en cada patín formaban un cuadrado, no una línea como ahora, ¡y eran de metal!). Como imaginarás me puse muy contento. Algo parecido a lo que sentiste tú cuando te regalamos tu primera bicicleta.

Pero este cuento no es sobre los peligros de patinar, sino sobre otra cosa relacionada.

Después de varias semanas de práctica diaria y febril (con las incontables y normales caídas, pantalones rotos y moretones), cuando ya lograba patinar con cierta facilidad, un grupo de amiguitos más grandes que yo, más expertos patinando, y más tremendos también, me convencieron de ir con ellos hasta un lugar muy alejado de nuestro edificio.

A mis 7 años, yo ya sabía, que no podía hacer algo así sin permiso de mis padres, y que si se lo pedía igual me dirían que no. Pero, por la insistencia de mis amigos, y su promesa de que no nos pasaría nada malo y de que mi papá y mi mamá nunca lo sabrían (cuando seas más grandecita sabrás lo difícil que es decir que no a los niños más grandes y tremendos) acepté ir con aquellos “diablillos”.

Aun recuerdo que sentí una mezcla de emoción por la aventura y de arrepentimiento por estar haciendo algo prohibido y peligroso, y por estar burlando a mis padres.

Y ocurrió que mis amigos se equivocaron… Igual que pasó la vez que me subí en la azotea de mi edificio, una vecina nuestra me vio y me delató con mis padres. Afortunadamente. Siempre en estos casos digo que tuve suerte de ser delatado, porque apartando que mi mamá me dio unos cuantos correazos leves (antes era normal que muchos padres castigaran así a sus hijos, pero las cosas han cambiado, y papi y mami nunca te pegaremos a ti), eso hizo que yo no me escapara de nuevo. Al menos por un tiempo…

Mi vida linda, yo tenía prohibido ir tan lejos sin la compañía de algún adulto, por varias razones: Había muchas calles que cruzar y podía atropellarme algún carro; podía caerme patinando y lastimarme seriamente, y al encontrarme lejos de casa todo sería más complicado; A veces los niños grandes que son muy tremendos pueden ponerse violentos y crear problemas a los otros niños, como pegarles o insultarlos. Además, podía haber ladrones (personas que les quitan sus cosas a los demás, a veces con pistolas o cuchillos), y también gente muy mala que agarra a los niños pequeños y se los lleva escondidos para un lugar muy lejano, donde no podíar ver a su papá y su mamá nunca más. Siempre que te digo algo así, vida mía, siento un dolor aquí en el pecho; me pongo triste. Pero ahora sabes muy bien por qué te lo tengo que decir.

Así que, hija querida, si algún día alguno de tus amiguitos te invita a ir a un lugar muy lejano sin permiso nuestro (o si se te ocurre a ti esa mala idea), acuérdate de este cuento y de mis palabras, y diles que no lo harás porque es peligroso, y porque nosotros tus padres siempre te decimos que no lo hagas, y tú siempre quieres hacernos caso y no engañarnos.

Es verdad que de niños (e incluso de adultos) a veces es muy difícil decirle que no a los amigos mayores que nos invitan a hacer cosas prohibidas, porque ellos podrían molestarse mucho y no jugar más con nosotros, y hasta lastimarnos mental o físicamente.

Pero debes saber que tu mamá y yo estamos aquí a tu lado, todo el tiempo, queriéndote y cuidándote mucho, sobre todo de otras personas que quieran lastimarte, incluyendo a otros niños. Entonces, aunque sientas miedo de decirles que no, tienes que explicarles muy bien que tú siempre le dices todo a papá y mamá, y que nosotros siempre, siempre te defenderemos de cualquier cosa y de cualquier persona, y que si ellos se ponen bravos contigo, lastimándote de alguna forma, nosotros hablaremos con sus padres y con sus maestros para que lo sepan y tomen medidas.

Para finalizar, mi princesita. Cuando tengas algún problema, grande o pequeño, estés en una situación de peligro, mucho o poco, siempre acuérdate de rezar a tus “ángeles” protectores para que te cuiden. Como sabes, yo tengo muchas razones para pensar que hay fuerzas invisibles buenas y malas. Las malas hacen daño a las personas, y las buenas nos cuidan si se lo pedimos mucho y nos portamos bien. Esto es muy importante que lo hagas siempre, mi angelito.

Que los ángeles te bendigan y te cuiden.

Papi


Hija, yo me porté mal: Peligro en la azotea

marzo 20, 2012

Peligro en la azotea

Mi tesoro, cuando somos niños, algunas veces nuestras ocurrencias infantiles pueden ponernos en verdadero peligro, tanto que hasta puede peligrar nuestra vida. Es decir, podríamos morir. Lamento muchísimo asustarte diciéndote esto, mi ángel, pero prefiero eso, porque pienso que así siempre tendrás más cuidado, y tratarás de no hacer cosas demasiado peligrosas.

Una vez, un niño mayor que yo, me sonsacó para que subiéramos a la azotea de mi edificio. Ahora, con cuarenta y tantos años de edad, me da mucho miedo con sólo recordarlo, porque pienso en lo que pudo habernos pasado, y en que tú o cualquier otro niño pudieran hacerlo también. Pero, cuando tenemos 6 ó 7 años solamente, no podemos reconocer claramente todas las situaciones de peligro.

 Hoy recuerdo, atemorizado (pero en aquel entonces, no sentía ningún temor. Al contrario, estaba muy contento y emocionado), que aquella azotea de un edificio de 6 pisos no tenía cerca ni nada parecido; en sus bordes solamente había un muro de apenas un metro de altura, en el cual nos apoyamos mi amigo y yo para disfrutar de la vista panorámica.

 Hija linda, en verdad, yo no quiero que pienses mucho en algo tan feo. Y aunque tu mamá y yo hemos visto que a tus 5 añitos ya tienes muy buen sentido común, debemos estar seguros de que puedes entender perfectamente lo que hubiéra pasado si nos caemos de esa altura. Ya sabes, los niños de tu edad (incluso más grandes) nunca, nunca, y nunca deben hacer algo así. Y si ves que papi llora un poquito al decirte esto, es simplemente porque te amo con todas mis fuerzas, vida mía, y no quiero que te pase nada malo.

 Por cierto, una vecina que nos vió mientras salíamos de la azotea y entrábamos nuevamente en el edificio, le informó lo ocurrido a mi mamá, quien me castigó muy severamente. En aquel momento, pensé que la señora había sido muy mala conmigo por acusarme. Pero ahora agradezco a Dios – y a ella también – que lo hizo, porque ella me salvó de hacer lo mismo otra vez.

 Una última cosa. Como sabes, papi piensa que hay unos “ángeles” que nos protegen si se lo pedimos mucho y si somos buenas personas. Son los mismos angelitos a los que tu y yo rezamos juntos en las noches, pidiéndoles que todas la personas del mundo estén bien. Lo que quiero decirte es que además de cuidarnos mucho a nosotros mismos, es muy importante que pensemos mucho en esos “amigos buenos”. Papi cree que a ellos les gusta bastante que hagamos eso, y que siempre nos portemos muy bien.

 Que los ángeles te protejan hoy y siempre, mi princesita.


Hija, yo me porté mal: Maltraté a un gato

febrero 24, 2012

Maltraté a un gato

Mi princesita, es verdad que muchas de nuestras equivocaciones de niños son producto de la inocencia infantil; de la falta de experiencia en la vida. Pero, estoy seguro de que si te hablo oportunamente de mis propios errores de la infancia, y te explico claramente por qué no debí hacerlos, podrás entenderme, y evitar repetirlos.

 Cuando yo tenía unos 6 años, siempre me reunía con los amiguitos de mi edificio, por las tardes, después de la escuela, igual como hacen los niños de esa edad – y mayores- aquí en Japón y en muchas otras partes del mundo.

 Recuerdo que había un gato que siempre estaba cerca de nosotros cuando jugábamos, porque le gustaba mucho que lo acariciáramos. Ocurrió que un día uno de nosotros tuvo la muy mala idea de agarrarlo por la cola y lanzarlo muy fuertemente por el aire, igual que esa cosa pesada (“martillo”) que lanzan algunos deportistas en las competencias que papi ve a veces en la tele. El indefenso animal chilló mucho cuando estaba sujeto por la cola, y después cuando cayó muy duramente al piso.

No fui yo quien maltrató al gato. Pero eso no importa; yo compartí aquella fea maldad, así que también comparto la culpa.

 Aunque lo que pasó parezca una tontería; una simple travesura de niños, me produce cierta tristeza  y arrepentimiento, pensando en el miedo y el dolor que sintió aquel pobre animalito.

 Como bien sabes ya, hija querida, nunca bebemos lastimar a los animales (a menos que sea la única solución para defendernos de algunos muy peligrosos, grandes o pequeños que vayan a lastimarnos a nosotros, o que los necesitemos como alimento. Pero aun si el propósito es alimentario los humanos deberíamos evitarle el sufrimiento, cosa que no hacemos). Tu mamá y yo te lo hemos dicho desde que eras muy pequeñita, sobre todo cuando te llevábamos al parque, y te decíamos los nombres de todos esos animalitos chiquititos (insectos) que tanto te atraían.

 Mucha gente piensa que tu mami y yo exageramos cuando te recordamos, de tanto en tanto,  que por favor no mates insectos y demás animalitos (hormigas, mariposas, escarabajos, gusanitos, cigarras, etc.) por pura diversión. Pero te hemos explicado que para nosotros la vida humana, animal e incluso vegetal, es la obra más importante de todo el universo, y que tanto los animales como las plantas tienen su función en la naturaleza. Por ello debemos respetarlos y protegerlos, siempre que nos sea posible.

 Un día hasta tu mamá se sorprendió cuando le pedí que no matara a esos pequeños insectos voladores que rondan los desperdicios de comida en el lavaplatos, sobre todo en verano; esos que parecen mosquitos miniatura, pero sólo persiguen a la comida, no a la gente. Por cierto, hija, tú sabes bien que los mosquitos sí nos hacen daño al picarnos, y las moscas transmiten enfermedades en sus patas, por lo que hay que matarlos. Pero volviendo a los “avioncitos” de la comida, yo le explicaba un día a mami que últimamente cuando veo a alguno de esos animalitos inofensivos rondando la cocina, trato de imaginarme cómo sería ser uno de ellos (prometo que no estoy bromeando, jajaja), viendo el mundo que me rodea desde mi minúsculo cuerpecito, y con mi gran visión periférica, en busca de alimento. E imagino lo triste que sería que siendo yo ese animalito, de pronto venga alguien y ¡zas! acabe con mi existencia de una sola palmada…

 Claro que hay una diferencia muy grande entre lastimar a una hormiga que a un gato. Los gatos y demás animales domésticos tienen un nivel de inteligencia – se ha demostrado que también tienen su forma particular de sentimientos – que les permite convivir con nosotros los humanos, al punto de hacernos compañía y ayudarnos. Y precisamente por eso es tan importante que aprendamos a quererlos y cuidarlos.

 Así que, hija linda, si algún día ves a algún amiguito matando insectos sólo por divertirse, o lastimando mascotas (como hicimos mis amiguitos y yo con aquel gato indefenso), por favor dile de buena manera, pero con firmeza que no es una buena idea; que ellos no hacen daño a nadie; que los dejen vivir.

 Posiblemente, no te hagan caso. Pero no importa, mi preciosa. Primero, porque lo que hacen no es algo grave, en realidad, aunque a tu mamá y a mí no nos guste para nada. Segundo, porque son niños como tú y sencillamente, igual que pasó conmigo cuando tenía esa edad, no ven nada malo en eso; han aprendido que es una diversión más.

 Lo importante, mi vida linda, es que nosotros sí tratemos de proteger a los animales en todo momento. Esa será nuestra pequeña contribución para que este sea un mundo más bonito para ellos. Y para nosotros también.

 Papi


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Abuelo deportista

febrero 9, 2012

El 11 de febrero, mi amado difunto padre cumple un año más de existencia en los mundos infinitos. Así que, en su memoria, aquí va otra anécdota suya.  Bendición papá.              

Hasta donde alcanzo a recordar, siempre me ha gustado ejercitarme y hacer deporte. Es una constante en mi vida. Y aunque no puedo presumir de haber sido un deportista destacado (apenas gané un puñado de medallas en primaria y secundaria), sí me vanaglorio de tener bastante actividad deportiva desde niño, y de mantenerme en forma actualmente, lo cual, en mi opinión, ha redundado en una existencia más plena. 

Hoy, cuando busco en mis recuerdos infantiles y juveniles escenas gratificantes de mis pasatiempos deportivos, puedo ver claramente que mi gusto por la actividad física se lo debo, en mucho, a mis padres. Mi madre, una auténtica cheerleader de sus 3 hijos, es conocedora de los inmensos beneficios de la práctica deportiva para la salud mental y corporal. Mi padre, un “entrenador” nato (por su tendencia a mandar, como buen militar), también disfrutaba mucho los deportes, y era inmensamente feliz jugando cualquier cosa con nosotros. 

Precisamente, esta anécdota nace de uno de esos bonitos recuerdos infantiles. Yo estaba en 6to grado (el último de primaria), con 11 años de edad, y mi colegio organizaba una de sus acostumbradas y animadas verbenas familiares, con las típicas actividades culturales y deportivas donde los inquietos escolares muestran sus muchos talentos a sus muy orgullosos padres. 

Por aquellos años, mi colegio se destacaba en voleibol masculino, por ser la especialidad de nuestro profesor de deportes. Cabe destacar que después de terminar la primaria visité el colegio con cierta frecuencia (justamente durante las verbenas), siendo la última vez en 2007, ¡y en esos 30 años, el profesor era el mismo! También quiero aprovechar para “hacerle una propagandita” a mi hermano menor (le llevo 4 años), quien, por su rendimiento sobresaliente en las competiciones de voleibol inter-escuelas, en una oportunidad fue llamado a representar a nuestro estado en unos juegos infantiles nacionales. Durante mis visitas, el “eterno” profesor siempre me repite: “Tu hermano es, tal vez, el mejor deportista en la historia del colegio”. 

Y volviendo al protagonista del cuento, me gusta muchísimo recordar que en aquella feria escolar los padres fueron invitados expresamente a jugar voleibol junto a sus hijos, y que mi papá aceptó muy presto y solícito, como era de esperarse. Calculo que para esa época él tendría unos 37 años de edad, y aun exhibía unas condiciones físicas bastante decentes; todavía se “defendía”, como decimos en Venezuela, significando que a pesar de los años aun podemos desenvolvernos más o menos bien. Por cierto, el voleibol también era el deporte predilecto de mi papá. Y mi hermana menor no se quedaba atrás. Definitivamente, la cosa viene de familia… 

Esa imagen de mi papá jugando voleibol conmigo en la escuela me hace dichoso. De hecho, fue uno de los pocos padres que se atrevió a hacerlo, y – me disculpo por la inmodestia – el único de ellos que sabía jugar realmente. Además, parecía que él era el entrenador y el árbitro, ¡ya que no paraba de dar instrucciones!     

Pero, la razón por la que ese recuerdo me es tan grato, es porque veo a mi papá junto a mí, feliz, jugando, riendo, compitiendo, y “luciéndose”; porque representa su marcada influencia en mi gusto por los deportes, con su propio interés por practicarlos, y con su paternal disposición a disfrutarlos conmigo y mis 2 hermanos. Era su manera de inculcarnos que tener “mente sana en cuerpo sano” es fundamental para vivir la vida en salud y plenitud. 

Ahora me toca a mí inculcárselo a mi hija, lo cual, en parte gracias a mi papá, es algo muy natural y en extremo placentero para mí. Ella no conoció a su abuelo deportista pero, su amor de padre, expresado en esos instantes deportivos, me acompaña en todo momento, sobre todo cuando estoy correteando o jugando pelota con su muy enérgica nieta de 5 años, a quien ya estoy enseñándole a jugar voleibol… Por supuesto.


Hija, yo me porté mal: El acróbata

enero 20, 2012

El acróbata

Mi tesoro, cuando yo tenía como 5 años casi me lastimo muy fuertemente por estar jugando de manera peligrosa. Recuerdo muy bien que estaba sentado en la mecedora de mi abuela (la mamá de mi mamá)… pero antes de seguir, quiero decirte que esa mecedora era igual a la que hay en casa de tus abuelos japoneses, la que usa tu abuelito para ver televisión. Por cierto, cuando estabas recién nacida – un querube caído del cielo – y durante los próximos 6 meses, tu mamá y yo algunas veces te dormíamos con su plácido vaivén. Por ahí hay varias fotos donde te tenemos dormida en los brazos, mientras nosotros dormimos también. Y también recuerdo que tu abuelo venezolano (mi papá, el que aparece en la foto de la sala muy serio y elegante en su uniforme de coronel, y que como sabes murió ya hace unos 8 años) usaba también la mecedora que está en la casa de mi familia allá en Venezuela, para dormir a sus 3 nietos, hijos de mi hermana, tu tía. Recuerdo con muchísimo agrado que mi papá hizo eso con cada uno de sus adorados nietos por mucho tiempo, hasta que cumplieron 3 años de edad más o menos.

Hija, sin querer, mira que historias bonitas salieron sobre mecedoras….

Pero, a veces, las mecedoras también pueden ser peligrosas, sobre todo para los niños traviesos… Te contaba que estaba sentado en la mecedora de mi abuela. Bueno, de pronto comencé a mecerme muy duro, tanto que la mecedora se fue toda hacia atrás, y yo caí al piso aparatosamente, mientras emitía un fuerte grito, más por el gran susto que por otra cosa. Recuerdo que mi abuela llegó corriendo, muy asustada también. Pero al ver que no me había pasado nada, instintivamente me dio un buen regaño y una nalgada, por tremendo. Por cierto, hace años, cuando yo era chiquito como tú, la mayoría de los adultos pensaba que dar nalgadas a los niños (y otras reprimendas físicas) era correcto, pero ahora hay muchísimos, como papá y mamá, que piensan que eso no debe hacerse.

Mi preciosa, a esa edad, los niños hacen ese tipo de cosas peligrosas sin saber que son peligrosas. ¿Entiendes? Ningún niño quiere darse un golpe. Cuando juegan peligrosamente lo hacen sin pensar que puede pasarles algo malo. Yo, por ejemplo, estaba divirtiéndome mucho con el fuerte balanceo de la mecedora sin saber que aquel movimiento brusco podía voltearla, haciéndome caer violentamente.

Gracias a mis ángeles guardianes, esa vez no me pasó nada, pero pudo haberme pasado. Por ejemplo, pude haberme roto un hueso, golpeado la cabeza, etc., y tú sabes muy bien lo malo que es eso.

Así que, cuando estés jugando o haciendo cualquier cosa (sobre todo aquellas bruscas o difíciles para tu cuerpo), acuérdate de este cuento, y piensa si eso pudiera ser peligroso para ti o, también, puedes pregúntale a los adultos que están cerca de ti si puedes hacerlo.

Juega mucho y cuidate mucho, mi corazón de melón.


Hija, yo me porté mal: El destructor

enero 8, 2012

Estimados Soleros,

¡Feliz y Próspero Año Nuevo!

Hoy, domingo 8 de enero de 2012, comienzo, entusiasmado, un nuevo proyecto editorial orientado a la educación de mi hija, y el cual espero poder mantener en el tiempo, mientras la vida me permita servirle de modesto guía. Esto con el fin último de que ella pueda ser una persona buena y feliz, más evolucionada que su padre, y capaz de contribuir con su granito de arena a la edificación de un mundo mejor. 

Como introducción general de los escritos que conformarán este trabajo usaré – temporalmente – el mismo texto de mi escrito anterior, «Hijo, yo también cometí faltas», el cual, por cierto, será publicado igualmente por la revista latin-a, Dios mediante, en su edición de Febrero, en mi columna, Tu Sol. 

Deseando, humildemente, que esta idea pueda ser de alguna utilidad a otros niños y a sus padres, los invito a leer (después del texto introductorio) el primer escrito, en forma de anécdota, y les agradezco de antemano su muy su amable atención.

Ángel Rafael La Rosa Milano

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Hija, yo me porté mal

 Son muchos los cambios positivos que, en décadas recientes, se han producido en el modo de disciplinar a los hijos. Entre mi época infantil y mi actual fase de padre, percibo una diferencia importante, una evolución.

 Salvo por las lamentables excepciones que confirman la regla, podemos decir que en la actualidad los padres infligen menos castigos físicos a sus hijos. Hoy en día, entre otros métodos correctivos, se usa la reprimenda verbal acompañada de una “negociación”, es decir, si el niño comete una falta se le priva de hacer algo que le agrade mucho, por poner un ejemplo.

Y no es que mis progenitores hayan sido unos agresores (a excepción de dos únicas sesiones de “correazos” leves que recibí yo, y una amenaza no cumplida a un hermano de ponerle una inyección, no recuerdo ningún otro castigo corporal), sino que ha habido un natural avance en cuanto al respeto de los derechos de los niños como seres humanos en situación de vulnerabilidad. Y de haber sido padre en el tiempo de mis padres, supongo que yo tal vez habría recurrido a los mismas acciones disciplinarias que hoy rechazo.

Pero nuestra responsabilidad y compromiso de padres son inmensos; nunca cesan. Tenemos que hacer un esfuerzo consciente y constante en mejorar, en bien de nuestros hijos y de toda la humanidad.

 Ha sido suficientemente demostrado que “enseñar con el ejemplo” es el medio más efectivo de inculcar a los hijos valores humanos que les permitan convertirse en hombres y mujeres de bien. Huelga decir que comparto plenamente este enfoque, el cual, permítaseme decir, aplicaron mis padres conmigo y mis hermanos. Y aunque no fueron perfectos (mi esposa y yo tampoco lo somos con nuestra hija), creo que el resultado fue satisfactorio y beneficioso para nuestras vidas.

Pero considero que ese valioso principio de educar a los hijos a través de nuestra conducta ejemplar puede ser mejorado aun más. A veces, cuando regañamos a nuestros hijos por una falta cometida, asumimos, consciente o inconscientemente, una postura de superioridad moral (distinta a la necesaria autoridad) que, primero, no se ajusta a la realidad, porque aunque seamos padres correctos, a la largo de nuestra vida cometimos y cometeremos faltas, algunas graves, y nuestros hijos al ser más puros e inocentes nos superan moralmente. Segundo, cuando nuestros muchachos descubran que tal superioridad no existe y que, por el contrario, somos imperfectos, pudieran llegar a sentirse defraudados y resentidos con nosotros.

 Ciertamente, recuerdo que siendo niño, algunas veces llegué a sentir cierta injusticia cuando se me llamaba la atención muy severamente, porque a pesar de aceptar mi responsabilidad, intuía que mis padres habían hecho cosas parecidas – o quizás peores – y sentía que eso debía hacerlos más humildes y comedidos con nosotros sus hijos al momento de reclamarnos algo e impartirnos disciplina.

Facilitémosle a nuestros hijos el proceso de entender que los padres, como humanos, somos imperfectos; hagámoslo de manera provechosa para todos. Si tenemos que reprenderlos, aprovechemos la oportunidad de explicarles que algunas vez cometimos errores similares, que trajeron consecuencias negativas. Digámosle, por ejemplo, que a esa edad nosotros a veces también nos portábamos mal; que cometíamos y todavía cometemos faltas; que no somos mejores que ellos; que somos iguales, pero que tenemos la obligación de hacerlos entender. Así, estaremos transmitiéndoles un mensaje muy valioso y conciliador, que ayudará a mantener un permanente clima de armonía en la relación padres-hijos, donde reinen el respeto y la confianza mutuos, aun durante esas situaciones tan indeseadas para unos y otros.

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 El destructor

Hija querida, ahora te contaré una de esas «cosas malas» o, más bien, diabluras, que hice a tu misma edad.

Cuando yo era pequeño, y tenía como 4 años (uno menos que tú), hice algo malo. Pero, fue mi mamá (tu abuela), quien me contó lo que pasó, por que yo no recuerdo.

 Dice tu abuelita que un día me puse muy, muy bravo, porque ella y tu abuelito (mi papá) me castigaron por no hacer caso. Entonces, me puse a saltar sobre un bonito “Cuatro” de juguete que yo tenía y quería mucho (el cuatro es el instrumento de cuerdas de Venezuela), hasta que lo rompí todo, dejándolo convertido en puros pedacitos de madera.

 Aunque no puedo acordarme de eso, guardo una foto de aquellos días, en la que estoy “tocando” el cuatro, con cara de angelito, muy sonriente.

 A veces, cuando los niños se ponen tan pero tan bravos es porque sienten que los padres no los entienden o están siendo muy duros con ellos. Y como son pequeños y no saben decir muy bien lo que piensan (además, aunque no quieran tienen que hacer lo que digan papá y mamá), su forma de decirlo es llorando, gritando o también haciendo cosas bruscas.

 Pero, tú sabes que los padres tienen que enseñar a sus hijos todo el tiempo. Algunas veces poniéndoles castigos que los hijos no siempre entienden y los hacen sentirse tristes o bravos.

 Romper aquel bonito cuatro fue muy mala idea, porque me quedé sin mi juguete musical preferido, lo que me hizo sentir muy arrepentido y triste por varios días. Y mis padres, además del castigo por lo que había hecho antes, me pusieron otro más por romper algo tan importante y bueno para mí.

 Pero lo importante, mi preciosa, es que sepas que, yo también, como tú y como todos los niños del mundo, me portaba mal de vez en cuando, y mis padres también me regañaban haciéndome sentir mal. Yo quisiera que tú, aunque tienes que aprender por ti misma, pudieras aprender también de mis muchos errores, para que tengas menos problemas cada día, y puedas estar feliz mucho tiempo seguido.

 Dios te bendiga hoy y siempre, mi bellísima, y me ayude a ser un buen padre para ti.

Tu Papi


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