Hija, yo también me porté mal (11)

Estando en el primer año del Liceo militar, con 12 años de edad, un día fui regañado duramente por un oficial (un jefe militar como tu difunto abuelo, el que sale en la foto uniformado, muy serio y elegante), por querer hacerme el gracioso delante de mis compañeros.

El oficial nos tenía a todos juntos (éramos más de 50), parados muy derechitos y en silencio (como en esas fotos mías del Liceo), mientras nos decía algo importante. En esos momentos uno no debe moverse ni hablar. Está totalmente prohibido. ¡Uno debe quedarse como una estatua! por muchos minutos, hasta que el jefe nos deje descansar. Quien se mueva o hable recibe un castigo.   

 No puedo recordar qué dijo aquel jefe que me causó mucha gracia y, aprovechando que en ese momento él estaba lejos de mí, cometí el grandísimo error de decir algo chistoso sobre su comentario, en voz baja, para que oyeran sólamente los amigos que estaban más cerca de mí. Pero para mi sorpresa, apenas terminé de hablar uno de mis compañeros le dijo al oficial lo que yo había hecho.

 Sí recuerdo que en ese momento, al ser acusado con el oficial, sentí tanta vergüenza por mi falta, y tanto temor por el posible castigo, que me puse a llorar.

 El superior, como es lógico, me regañó muy fuertemente delante de todos por mi mal comportamiento, y yo me sentí muy mal por lo que hice, y por recibir aquel fuerte regaño frente a los demás. Y estuve así, sintiéndome mal, por varios días.

 Para que entiendas bien por qué aquella “tontería” mía fue algo malo, y por qué aquel oficial me regañó tan fuertemente, tienes que saber que en los liceos militares la disciplina y la buena conducta son muy importantes. O sea, hay que portarse muy bien todo el tiempo. Esto es porque en los dos últimos años del bachillerato (son 5 en total) los estudiantes (que ya tienen entre 16 y 18 años de edad) se convierten en militares de verdad, en soldados del país, haciendo cosas muy serias y algo peligrosas, como aprender a combatir en la guerra, disparando armas  reales y haciendo ejercicios muy difíciles, por ejemplo. También tienen que cuidar las afueras del liceo por las noches, cuando los demás duermen, y muchas otras cosas parecidas.

 Entonces, para poder cursar esos dos últimos años; para ser soldados verdaderos, los niños tienen que demostrar, en los 3 años básicos, que pueden adaptarse a la disciplina militar, portándose correctamente; cumpliendo las órdenes de los oficiales y alumnos superiores.

 Los liceos castrenses son muy estrictos.  Desde el primer año, si un estudiante comete una falta, aunque sea pequeña (tener el uniforme sucio, o llegar tarde al comedor y al salón de clases, por ejemplo), puede quedarse arrestado el fin de semana. Es decir, no puede ir a su casa a ver a su familia. Y por una falta grave (lastimar seriamente a otro estudiante, o robarse algo, por ejemplo), puede quedarse sin salir unas vacaciones completas.

 Ya ves que en el liceo militar yo tenía muchas razones para portarme bien. Pero debes saber, mi dulzura, que uno debe tratar de portarse bien siempre, en todas partes. Y no sólo para evitar ser castigados, sino porque es lo mejor para nosotros mismos y para los demás.

 Mis padres me enseñaron desde muy niño a respetar a todas las personas, y a ser obediente con los adultos. Por eso, yo mismo no puedo entender por qué aquel día de pronto quise burlarme de mi superior, sabiendo además que estaba en un liceo militar, y que si me descubría, podía ponerme un duro castigo por indisciplinado e irrespetuoso. Además, yo entré  a estudiar allí porque me gustaba el orden militar, y todos los días trataba de portarme lo mejor posible.

 Mi linda, no pienses que te cuento estas faltas mías esperando que tú seas perfecta. ¡No! Ninguna persona lo es. Además, precisamente porque no somos perfectos, nos equivocamos mucho y nos portamos mal. Pero así aprendemos mucho también.

 Con este cuento de cuando fui desobediente y grosero con aquel jefe mío, sólo quiero explicarte que es mejor respetar siempre a los demás, sean grandes o pequeños. Uno, porque nosotros no quisiéramos que nadie se burlara de nosotros, y dos, porque haciendo bien las cosas (hasta las más pequeñas) traemos muchas otras cosas buenas a nuestra vida.  

 Dios te bendiga, mi tesoro.

 Papi.

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