Hija, yo me porté mal: Amistades peligrosas

agosto 20, 2020

Desde niño y hasta el día de hoy, mi carácter sociable y adaptable me ha permitido tener muchos amigos. Sobre todo en mi años juveniles llegué a pertenecer a varios grupos. Algunos muy distintos entre sí: Desde los deportivos, pasando por los musicales, hasta los eminentemente fiesteros. De entre todos esos grupos, hubo uno que influyó muy marcadamente en mí, formado principalmente por amigos de mi localidad, con quienes compartía todo tipo de intereses, especialmente los deportes, los paseos y las fiestas. Aunque, en realidad, tanto las actividades deportivas como las aventuras ¡siempre terminaban en fiesta! Junto a ellos disfruté, por largos años (con algunos todavía mantengo una estrecha amistad), momentos muy felices.                                                                                                         

Pero, tener tantas amistades, si bien es algo bueno para cualquiera, también tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, uno no siempre conoce bien a las personas con quienes comparte ocasionalmente. De hecho, varias veces coincidí con amigos varones quienes, aunque normalmente eran bastante agradables, en algunas situaciones específicas – interactuando con otras personas o grupos – se volvían altamente agresivos, de un momento a otro, provocando conflictos, como peleas a golpes, por ejemplo, que podían llegar a ser muy peligrosas para los involucrados.                                                       

De por qué eso ocurría te hablaré más detalladamente otro día, hija. Hoy sólo te diré que, en muchos casos, las personas violentas traen ese problema desde su infancia, por condiciones negativas existentes en su núcleo familiar. Aunado a eso, estando en grupo, en una posición de poder, se sienten más apoyados y más fuertes, para mostrar su agresividad.      

Me vienen a la mente un par de situaciones violentas, muy lamentables.   En ocasiones, formábamos grupos de más de veinte personas, entre hombres y mujeres, repartidas en unos 5 vehículos, y salíamos a pasear, generalmente los fines de semana por la noche. A veces, teníamos un plan determinado, pero, otras veces, simplemente nos dábamos a la tarea de deambular por ahí, sin rumbo fijo.                                                      

Recuerdo que en una de esas salidas, se presentó un altercado entre el «líder» del grupo, quien manejaba el carro que iba al frente de la «caravana», y el conductor de un taxi, por no sé que problema ocurrido en un cruce de la vía. Lo cierto es que el mandamás de la expedición, luego de una breve y acalorada discusión verbal con el señor taxista, echó mano de una gruesa cadena que guardaba en su carro, y procedió a destrozar el parabrisas del taxi. Huelga decir que huímos de la escena inmediatamente. Piensa un momento hija mía, en lo que hubiera ocurrido si el otro conductor hubiera reaccionado con igual violencia…                                  

Otro día, que iba con otro grupo grande entrando en cambote a una fiesta en un edificio del sector, el jefe de turno tuvo un cruce de palabras con uno de los presentes que se encontraba en la entrada. No habíamos cruzado la puerta, cuando comenzó un forcejeo entre ambos, que se volvió una pelea a golpes, la cual a su vez escaló rápidamente hasta convertirse en una trifulca general entre nosotros y los demás invitados, en medio de la calle.      

Debes saber, mi linda (sin querer librarme de la responsabilidad que me corresponde), que en esos casos, mi reacción natural siempre era tratar de controlar, a toda costa, a los individuos violentos, para evitar problemas graves. De hecho, esa vez en particular, traté de impedir que uno de mis compañeros lastimara seriamente a otro muchacho con un bate de béisbol. Aunque, desafortunadamente, llegué después de que el agresor lo golpeara muy fuerte, y éste debió ser llevado al hospital. 

También quisiera aclararte que mi rechazo a la violencia y a los conflictos en general me hizo apartarme gradualmente de los integrantes del grupo que consideraba problemático, y me limité a compartir sólo con aquellos quienes, al igual que yo, tenían una actitud más pacífica y concienzuda.

Preciosa, en casos como los que te menciono, mi falta no consistió en ser violento, es cierto, pero sí me recrimino a mí mismo, aun hoy, el no haber sido más frontal y contundente con aquellos amigos violentos. Es cierto que no pocas veces expresé públicamente mi preocupación sobre esas conductas grupales, prácticamente gansteriles, pero, mi postura fue más bien timorata y débil. También es verdad que no es nada fácil enfrentarse a un líder controlador y a sus seguidores, pero insisto, me faltó valor para hacerlo, y hoy me avergüenzo y arrepiento sinceramente de ello.


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Arepa con queso amarillo

agosto 10, 2020

Pasé el domingo y el lunes contándole a familiares y amigos en Venezuela y en todo el mundo que, el sábado, tuve la inmensa dicha de comer arepas (después de varios años sin poder hacerlo), ya que una empresa peruana radicada en Tokio está importando nuevamente la Harina P.A.N. a Japón. Valga acotar que tanto mi hija como mi esposa japonesas también se desviven por comerlas, y siempre que tenemos la oportunidad es motivo de fiesta.                                                                                                                            En una de esas conversaciones, mientras mi interlocutor y yo nos dábamos a la tarea de enumerar la infinidad de productos con los que rellenábamos las arepas en la otrora Venezuela de abundancia, me acordé de la predilección de mi difunto padre por el queso amarillo, que, si mal no recuerdo, era uno de los más baratos entre la gran y deliciosa variedad de quesos existente en mi país. Por eso, para satisfacción de mi papá, en la casa frecuentemente había queso amarillo para sus arepas. A mí y demás miembros de la familia también nos gustaba,y de tanto en tanto lo comíamos gustosos, pero sin llegar al grado de «manía» de mi papá.           Me hace mucha gracia recordar la «fijación» de mi progenitor por el queso amarillo. Cuando se nos presentaba la feliz ocasión de ir juntos a una arepera, todos teníamos dificultad para elegir entre tantas opciones deliciosas; todos aprovechábamos para saborear algo especial, diferente a los sencillos rellenos que comíamos ordinariamente en casa. Todos menos mi papá, quien, sin dejarse seducir por la exuberante gama de manjares ante sus ojos, invariablemente, se decidiría por su insustituible arepa con mantequilla y queso amarillo.


Cuarentena Musical: Copla llanera venezolana

agosto 6, 2020


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: «Revelación del Año»

junio 20, 2020

En una anécdota anterior, «Tenor… en la ducha», les relaté que mi papá, quien se crecía como cantante a la hora del baño (jamás en público), una vez me sorprendió, incluyendo en su repertorio dos canciones de mi autoría.

También explico en «Corazón oriental fiestero», como se desataba mi padre entre sus hermanos y demás familiares directos.

Bueno, el cuento de hoy trata de otra sorpresa musical que me brindara mi progenitor, en una fiesta decembrina celebrada, precisamente, donde una hermana suya, en su Carúpano natal.

En aquella inolvidable cena familiar navideña, junto a mis muy queridos tíos y primos paternos, me puse a cantar con un cuatro. Lo que ocurrió entonces me emocionó hasta las lágrimas, y me emociona todavía hoy.

Tras dedicarle, muy modestamente, a los animados comensales carupaneros algunas canciones de su amada región, me animé a cantar dos valses orientales de mi cosecha, «Puerto Píritu» y «San Antonio del Golfo», los mismos que, anteriormente y de forma inesperada para mí, se había aprendido mi papá y cantaba bajo la ducha.

Mi padre, quien, repito, «jamás de los jamases» cantaba en público (a lo sumo, hacía bocaquiusa o se «tragaba las palabras» para no ser escucahdo), se soltó a cantar mis dos canciones, como si nada, tan tranquilo, a todo pulmón, como si para él cantar frente a los demás, de pronto, fuera lo más natural del mundo.

Y que conste que para esa época, él ya tenía muchos años que no bebía.

Perplejo como estaba por aquel «milagro», yo, en la primera canción, fui bajando el volumen de mi voz gradualmente, hasta dejar a mi papá solo, en los solos.

Tuve que respirar muy fuertemente para contener un llanto de pura alegría.

La perplejidad de mis tíos no fue menor. Conocedores de la timidez de su hermano en esas lides, estallaron en vítores y aplausos.

En la segunda canción, ya simplemente le di la entrada a mi papá y lo dejé a sus anchas. Yo nada más le hice el coro, y me limité a disfrutar, alucinado, aquel acontecimiento sorprendente.

Permítaseme un explicación técnica: Aparte de su timidez, siendo yo muy joven ya había notado que cuando mi papá estaba solo, oyendo un disco o la radio, le resultaba imposible seguir una canción, porque él siempre se adelantaba ¡y por bastante! Así que lo que hice aquel día memorable fue seguirlo yo a él, con el cuatro; adaptándome perfectamente a su tiempo, de modo que ni él mismo ni ninguno de los presentes notara su proverbial desfase musical. Resultado: ¡Un concierto de mi padre para la posteridad! y la votación unánime de la concurrencia, que le valió el premio como «Revelación del Año».

Papá, gracias por tan grata recordación.


Hija, yo me porté mal: Vulgar ladrón

junio 18, 2020

Como sabes, mi linda, entre los actos más reprochables que he cometido en mi vida están un par de robos, y también los que más vergüenza me da confesar. Pero una cosa es que uno robe siendo un niño y otra muy distinta es que lo haga de adulto…

Esto que te contaré hoy es una de esas faltas vergonzosas. Tanto, que dudé mucho si contarla o no.

Durante el año que estudié en la antigua Unión Soviética (89-90), tuve la posibilidad de viajar por unas dos semanas a Francia y a la, entonces, Alemania occidental.

Por esa época, con 23 años de edad, me impresionó y me atrajo grandemente la libertad sexual que había en esa parte del mundo, con mucho material para adultos a la venta y a la vista.

A su debido tiempo, hija adorada, comprobarás por ti misma lo tremendamente inquietos, curiosos, que podemos ser los seres humanos a esa edad. Aunque esa inquietud no justifica en ningún modo la falta (más bien delito) que te contaré hoy.

Mientras paseaba por una calle parisina, me llamó la atención un quiosco que vendía revistas eróticas, de esas que tienen en la portada mujeres semidesnudas muy hermosas. Después de ojearlas, pensé en comprar una. Pero, de pronto, me pasó por la mente una de las ideas más infelices que he tenido en toda mi existencia: Robármela. Y así lo hice. ¿Por qué?

Insisto, hija mía, absolutamente nada justifica aquel robo de mi parte. Te explicaré mis razones sólo para que sepas que pasó por mi – al menos en ese momento – mente delictiva.

Uno, no quería desprenderme de un dinero que me haría falta durante el resto del viaje. Dos, vi que tanto la ubicación específica del quiosco en la calle, como la del vendedor dentro del mismo, me facilitarían el hurto.

Siempre he pensado que el arrepentimiento genuino va acompañado de acciones pertinentes. Y,  modestamente, creo que confesarte a ti y a mis amables lectores un acto tan condenable y bochornoso es algo bueno, sobre todo porque,  apartando lo difícil que me resultó esta confesión, lo hago para dejarle una enseñanza a mi amada hija y a otros niños y adolescentes que pudieran leer esto.

Hija, sabes que no soy religioso, pero en no poco casos, coincido con algunos preceptos provenientes del catolicismo (donde fui bautizado) y otras creencias según las cuales robar es un pecado muy grande. Así que, «no robarás».

Una última cosa. ¿Te imaginas lo que me hubiera ocurrido si me agarran robando? Apartando los inconvenientes lógicos asociados a la detención, como la interrupción del viaje, muy posiblemente de mis estudios, y el encarcelamiento, hubiera sido motivo de una inmensa vergüenza, para mí mismo, mi familia y mis paisanos venezolanos.

Mi tesoro, en verdad, tuve mucha suerte de que no me descubrieran robando aquella revista. Hubiera sido uno de los momentos más tristes, lamentables y humillantes de toda mi vida.

Perdóname hija. Perdónenme todos.


Tributo a la raza negra

junio 13, 2020

Hola, mis muy apreciados «Soleros» en el mundo entero, siempre gracias por su amable atención.

Hoy, en medio de las masivas y numerosas protestas internacionales en apoyo al movimiento estadounidense «Black Lives Matter», quisiera aportar mi granito de arena a tan importante causa, compartiendo con todos Ustedes materiales diversos dedicados a la negritud y a sus infinitas bondades, como todas y cada una de las razas que conforman la humanidad.

Primeramente, quisiera mostrarles unos versos de mi autoría –  escritos hace unos 30 años – dedicados a las mujeres negras de la costa central venezolana, y los cuales, igualmente, constituyen un modesto pero sentido tributo a la negritud de mi país, Venezuela y, por extensión, del mundo entero.

George Floyd, gracias por enseñarnos el camino. Tu muerte no será en vano.

(NOTA: estimados lectores bilingües perfectos, ¿estaría en sus posibilidades ayudarme por favor a traducir los versos al inglés? La traducción puede ser libre, no necesariamente rimada. Mil gracias de antemano)        

 

DIOSA DE ÉBANO

Un estruendo de cumacos resuena en la noche oscura
En la playa se oye el canto enigmático de guaruras
La música de las olas se derrama sin cesar
Y un eco de voces negras cruza la tierra y el mar

Repica, repica, repica el tambor
Ay! late, que late así mi corazón

Diosa de ébano danzante, tu cuerpo es obra divina
Caderas que inspiran sueños, tu piel diamantes transpira
Río de trenzas azabache se desborda por tu espalda
tus ojos son perlas negras tus dientes son perlas blancas

Repica…

Poseída por los tambores caes en trance al bailar
Eres fuerte marejada, eres oleaje sensual
Al calor de tu cadencia una fogata se aviva
cuando mueves la cintura le prendes fuego a mi vida

Repica…

Eros, fogoso dios griego, suspira al verte danzar
Pero tu herencia es cristiana, le rindes culto a San Juan
Como un sol brillas bailando, te hace rueda el universo
que no se pare el tambor, que no se pare mi verso

Repica…

…………………………………………………………………………………………………………………………………………………….

Canción: Angelitos Negros

Realizada con base en un extracto del poema «Píntame Angelitos Negros», del ilustre poeta venezolano Andrés Eloy Blanco.

Intérprete: Javier Solís, gloria del canto mexicano e hispano en general, conocido como el «Rey del bolero ranchero».


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Impaciencia destructiva

mayo 25, 2020

Uno de los mejores regalos que me hicieran mis padres de niño fue un avioncito de motor a control de cuerda. Esa aeronave entra, fácilmente, en la lista de los 3 mejores juguetes que tuve.

No logro recordar si fue un deseo mío, o si fue idea de mis padres. Lo cierto es que aprovecharon el viaje de un tío materno a los Estados Unidos para encargárselo.

El día que el tío llegó a la casa con el muy esperado encargo se produjo un gran revuelo familiar.

Y no era para menos. Nunca habíamos visto un juguete parecido: muy moderno, de tecnología avanzada. Aquello nos pareció salido de una película de ciencia ficción.

Por fortuna, mi tío era ingeniero mecánico y, de paso, uno de esos «manitas» capaz de armar y desarmar cualquier cosa. Así que él mismo se encargó de ensamblar aquel sofisticado artefacto.  ¡Cómo agradecerle tanto!

Por fin, mi espectacular aeroplano estaba armado, listo para volar. Recuerdo bien que fue un día laboral, así que el tío nos pidió a mí y a mi papá que esperáramos hasta el fin de semana, para ir a volarlo juntos, y así poder ayudarnos con las instrucciones, que estaban en inglés y eran muy técnicas, como era de esperarse.

Pero mi papá tenía otros planes…

Lo venció la impaciencia. No pudo esperar hasta el fin de semana. Hoy entiendo que estaba incluso más entusiasmado que yo mismo. Afloró su «niño oculto», en toda su magnitud y, al siguiente día, mientras yo estaba en la escuela, se fue, de lo más contento, a volar «su» avión.

Cuando regresé de clases, mi súper avión, el juguete de mis sueños, estaba en un rincón de la sala, hecho pedazos.

Afortunadamente, no guardo recuerdos claros de mis emociones de aquellos años (creo que estaba en 6to. grado), ni de aquella situación en particular, pero imagino que debe haber sido una experiencia absolutamente desoladora para mí; algo triste para toda la famila, especialmente para mi papá.

En descargo de mi padre quisiera decir que, tal vez, él, en su afán de hacerme feliz, quizo tener más participación en aquella experiencia. Posiblemente sintió que mi tío ya había hecho bastante por nosotros, así que trató de aprender a volar el avión por su cuenta, para luego, ser él, mi padre, quien me enseñara.

En verdad, me es imposible recordar lo que sentí entonces. Pero no puedo culpar a mi padre por haber querido más protagonismo en procura de mi felicidad. Al contrario, se lo agradezco, hoy y siempre.


Hija, yo me porté mal: Conductor inconsciente

mayo 21, 2020

Hija, como has podido notar, algunas de mis muchas faltas han constituido acciones peligrosas que han podido causarme mucho daño, así como a otras personas

Lo que te voy a contar hoy, aun después de tantos años me produce una gran vergüenza, sobre todo porque yo ya era adulto, y se supone que sabía perfectamente que lo que hacía era del todo incorrecto, inaceptable.

A los veinte años de edad ya yo tenía mi propio vehículo. Me lo compraron mis padres cuando cumplí los 18.

Es cierto que, normalmente, un carro es una pertenencia de gran utilidad para su dueño. En mi caso, por ejemplo,  me permitía ir a la universidad – que se encontraba relativamente lejos de la casa – cómodamente, haciendo más soportable los atascos de tráfico diarios. Además, como es lógico, me brindaba una enorme ventaja a la hora de planificar actividades recreativas.

Pero, también es muy cierto que, en las manos equivocadas, el carro puede convertirse en un vehículo de manejo imprudente y altamente peligroso.

En honor a la verdad, hija mía, no se me puede acusar de haber sido un conductor irrespetuoso de las leyes, o de haber conducido siempre de forma riesgosa. No. Al contrario, la mayor parte del tiempo procuré manejar con rectitud. Pero en esa oportunidad en particular, simplemente me dejé arrastrar por la insensatez; por el deseo de lucirme delante de mis amistades, de manera temeraria y estúpida.

Ese día, regresaba a la casa después de un paseo playero en grupo. Formábamos una caravana de 3 o 4 carros. En el mío íbamos un amigo y yo. Después de salir de la carretera costera y entrar a la autopista, se nos ocurrió la pésima y lamentable idea hacer carreras, para ver quién llegaba de primero al final de ese tramo.

Recuerdo como si fuera ayer (tal vez por el remordimiento y el medio que siento al recordar) que yo, no conforme con acelerar a más de 120 km/h, me puse a adelantar a otros carros por el hombrillo, que es el área marcada a la derecha de la vía, donde pueden pararse los vehículos brevemente.

Mi linda, a tus 13 años ya sabes sobradamente que aquella irresponsabilidad, aquella  estupidez del momento pudo haber provocado un accidente muy grave, una tragedia, a mí y demás personas en la vía.

A la vuelta de unos años, cuando te llegue a ti el momento de manejar, por favor, ten siempre presente este desafortunado y grave error de tu papá.

Sé prudente, mi tesoro.


Hija, yo me porté mal: El francotirador

abril 23, 2020

Cuando yo tenía unos 6 o 7 años, a los niños más grandes de mi edificio les dio por jugar a «policías y ladrones» o a la guerra usando cerbatanas.

Cerbatana, según el diccionario, «es un tubo estrecho que se utiliza para lanzar dardos u otros proyectiles, los cuales se introducen en su interior y salen expulsados al soplar enérgicamente por uno de sus extremos».

¡Claro que mis amigos no usaban dardos ni nada parecido! sino caraotas negras o piedras muy pequeñitas.

No logro recordar momentos de esas «batallas campales» que, seguramente, se produjeron alrededor de mi edifició, pero sí recuerdo que una de esas «armas» llegó a mis manos (no sé como), y que yo estaba muy emocionado por eso.

Lo que se me ocurrió hacer con aquella cerbatana todavía me sorprende…

Yo iba a la escuela en un autobús escolar. En mis recuerdos, puedo verme asomado por la ventana del bus, armado de mi cerbatana y cargándola con caraotas que disparaba a los transeúntes cercanos, cuando el transporte disminuía la marcha, cual un francotirador.

¿Fue una ocurrencia mía o alguien me incitó? ¿Cómo terminó aquella travesura? ¿Fui descubierto o no por el conductor? ¿Mis maestros y mis padres se enteraron?¿Me reprendieron o salí bien parado? No me acuerdo. Aunque, si hubiera habido consecuencias que lamentar, lo recordaría. ¿No es así? Pero, sí guardo en la memoria – no sin remordimiento – una sensación de goce y triunfo cada vez que impactaba a una víctima y veía su reacción de sorpresa y disgusto.

Aunque me es imposible saber hoy qué diablos estaba pasando entonces por la cabecita de aquel muchachito tremendo, para llegar a hacer algo semejante, imagino que, en parte, fue porque yo sabía que apartando el susto y la molestia lógica que sufrirían mis «objetivos», no les causaría daño… o casi.

De cualquier manera, hija mía, eso no es razón para haber cometido aquella diablura.

De hecho, el impacto de una semilla de caraota en la cara, a unos 7 metros de distancia, puede ser doloroso. Ni hablar del peligro de impactar a alguien en un ojo. Casi 50 años después, me angustia pensarlo.

Adicionalmente, alguien podría haberse molestado mucho, al punto de denunciar con la policía al conductor del bus, al colegio y a mis padres.

Mi linda, es cierto que la mayoría de los niños, en su inocencia y falta de experiencia, generalmente no ven lo negativo y peligroso de algunas de sus acciones. Aunado a eso, «aprendemos de nuestros errores», como suele decirse. Pero, es precisamente por eso que veo útil y beneficioso que nosotros los padres compartamos con nuestros hijos anécdotas de nuestras diabluras y malos comportamientos. Así podemos ahorrarles a Ustedes un poquito de trabajo y tiempo, en su largo camino de crecimiento personal. Claro, siempre teniendo en mente lo que dice aquella otra frase nuestra: «nadie aprende de experiencias ajenas».

Así que, mucha suerte, hija mía.


Coronavirus y más

marzo 29, 2020

Jueves 16 de Abril, 9:20 a.am.

Piensen lo siguiente estimados compatriotas (y también la cuerda de bocabiertas, jalabolas y zánganos chavistas que todavía creen que Chávez era chévere porque les tiró unas pocas limosnas, cuando en realidad fue el padre del cártel narco asesino que somete a Venezuela): La mayor súper potencia mundial, EE.UU., que cuenta con un sistema de salud avanzado, equipos médicos de alta tecnología y especialistas del más alto nivel,  es el país con más contagios y muertes por el Coronavirus.

Hasta ayer, en ese país el número de casos confirmados alcanzó los 641.726 (seiscientos cuarenta y un mil, setecientos veintiséis),y el de fallecidos llegó a 28.390 (veintiocho mil trescientos noventa).

Por el contrario, en la colapsada Venezuela, donde, de manera insólita reaparecieron enfermedades erradicadas hace años, como el sarampión y la difteria, los casos positivos no llegan a 200 y las muertes no llegan a 10…

Lo voy a repetir una vez más y las veces que sea necesario: No hay nada que yo desee más,  en estos momentos, que esas cifras venezolanas fueran reales; que mis coterráneos allá (que bastante sufrimiento han tenido ya a manos de los malditos criminales que los «gobiernan») estuvieran realmente bien atendidos y protegidos. Pero eso es falso de toda falsedad.

Es verdad, lo malnacidos que someten a Venezuela y su infinita maldad serán los responsables de la nueva tragedia infecciosa que se avecina, pero la falta de información y la ignorancia también pueden resultar mortalmente dañinas.

En relación a mi trabajo, les comento que hoy me quedé en la casa, porque asistieron pocos pacientes y mi presencia no era necesaria. Por eso pude sentarme a escribir estas líneas a esta hora. Mis jefes y yo lo estamos resolviendo día a día. Así que todavía no sé si mañana viernes me tocará trabajar.

Cuídense mucho, protéjanse.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………………..

Miércoles 15 de abril, 6:40 a.am.

En Japón, hasta ayer 14 de abril, la cifra de contagios era de 7.645, y la de muertes, 143, comparadas con 582.955 casos positivos y  24.432 fallecimientos en EE.UU..

En el caso de mi país, Venezuela por ejemplo, las bajas cifras tanto de infecciones como de decesos llaman la atención: 189 infectados, 9 fallecidos.

Ojalá fuera cierto que el virus mortal no está afectando a mis compatriotas, allá en mi país, tan severamente como a otros países. Pero no puede ser cierto. ¿Quién medianamente pensante puede creer que en un país donde antes de la llegada del COVID-19 ya el sistema de salud tenía años colapsado, tienen controlada la enfermedad?

No podemos olvidar que Venezuela está secuestrada y violada por una mafia de narco asesinos, capaces de cometer las mayores atrocidades para mantenerse en el poder y hacerse propaganda.

Aprovecho para contarles que ayer, martes 14, me volvieron a llamar del trabajo (esta vez el director del centro) para pedirme que fuera a trabajar hoy. Imagino que es porque algunos otros compañero de trabajo están descansando y necesitarán gente.

Me hago la pregunta: ¿todas las familias que envían usuarios al centro tienen realmente la urgencia de hacerlo? ¿Les es realmente imposible mantenerlos en sus casas? si la respuesta es no, están poniéndonos a todos en riesgo sin necesidad; tanto a los pacientes como a nosotros los cuidadores.

……………………………………………………………………………………………………………………………………………………..

Lunes 13 de abril, 11:10 a.m.

Retomo mi artículo/relato anterior – escrito debajo de éste con el encabezado «Lunes 13 de abril» – para contarles que atendiendo la petición de uno de los superiores de mi sección para que fuera a trabajar hoy, me presenté en el centro a las 10 a.m., como de costumbre.

Cuando entré a la habitación de mi grupo, me sorprendió ver que hoy  habría 6 cuidadores (yo incluido) para atender a sólo 4 usuarios, de 9 que acuden normalmente los lunes.

Inmediatamente, le comuniqué mi inquietud al superior que me llamó ayer domingo, y le ratifiqué que, el jueves de la semana pasada, el jefe del grupo me había recomendado – siguiendo instrucciones de la dirección – descansar si yo así lo consideraba necesario, precisamente por la baja asistencia de pacientes. Éste se disculpó, aclarándome que no sabía de esa decisión del jefe, quien al saber de mi decisión de regresarme a mi casa, entendió perfectamente.

Al final, me tranquilizó saber que todo se debió a un malentendido, a una pequeña falta de comunicación entre mis dos superiores de grupo, y no a un repentino cambio de postura del jefe sobre la posibilidad de que yo me ausentase estos días. Esto último hubiera creado una situación incómoda, y hasta conflictiva, entre ellos y yo, considerando que fueron las propias autoridades del centro quienes recomendaron al líder del grupo que, debido a los días de descanso pagados que yo tenía acumulados, podía descansar si así lo deseaba.

…………………………………………………………………………………………………………………………………………………….

Lunes 13 de abril

A pesar de las bajas cifras tanto en casos positivos como en muertes por el COVID-19 (en comparación con Estados Unidos y los países de Europa central, por ejemplo), recientemente el gobierno japonés ha estado redoblando sus llamados a la población, exhortándola a fortalecer las medidas de prevención contra el virus.

En ese marco de acción, la semana pasada se informó sobre una alocución nacional para el pasado viernes 10, donde el primer ministro Abe supuestamente anunciaría nuevas medidas (con carácter de mandato, no sólo de recomendación como hasta ahora). Esto lógicamente provocó reacciones inmediatas en la ciudadanía, tanto de parte de quienes – como yo – piden restricciones oficiales, como de aquellos que consideran que no son necesarias.

Pero, al final (según me explicó mi esposa. Esto no lo pude constatar por mi cuenta), el primer ministro lo que hizo fue plantear que ¡el anuncio de las medidas se pospusiera dos semanas!

Así las cosas, en mi trabajo (un centro para personas con necesidades especiales, donde pasan el día y regresan en la tarde a su casa), nos informaron que debido a que, esta semana que comienza, el número de usuarios disminuiría aproximadamente a la mitad, no era necesario que fuéramos todos los cuidadores a trabajar, así que quienes quisieran ausentarse, por precaución contra el virus, podían hacerlo.

Aunque, desde el principio le he manifestado a mis superiores mi preocupación porque tengamos que seguir trabajando, no pedí inmediatamente el permiso para ausentarme, porque anteriormente el jefe de mi grupo me había explicado que los cuidadores que laboran sólo 6 horas al día – como es mi caso – no contarían con permiso remunerado.

Pero, para satisfacción mía, la semana pasada me informaron que yo tenía acumulados 27 días de permiso remunerado (raramente utilizo esos días), por lo que podía tomarlos si quisiera. Todos juntos o salteados, como yo decidiera. Así que decidí tomarme el viernes pasado y toda esta semana de descanso, aclarando que si llegaban a necesitarme realmente podían llamarme.

Bueno, ayer domingo 12 en la noche, uno de mis superiores me llamó para preguntarme si hoy lunes 13 podía ir a trabajar… No quise preguntarle a que se debía la necesidad de mi presencia, asumiendo que si me piden que vaya (a pesar de que prácticamente no he comenzado mi descanso) debe ser porque en realidad hago falta. Pero entonces, no puedo evitar preguntarme: ¿por qué me enfatizaron tanto que podía irme a descansar, sin problemas?.

Después les sigo contando. Continuará…

……………………………………………………………………………………………………………………………………………………..

Martes 31 de marzo de 2020

Según el conteo periódico de casos de COVID-19 realizado por el diario en Inglés Japan Times (https://www.japantimes.co.jp/liveblogs/news/coronavirus-outbreak-updates/), hasta ayer,  lunes 30 de marzo, en todo Japón se habían realizado 28.966 pruebas del Coronavirus.

Cabe resaltar que en su más reciente conferencia informativa sobre el virus, el presidente estadounidense, Donald Trump, informó que, hasta la fecha, en ese país se habían realizado un millón de pruebas.

Nos preguntamos, ¿no es lógico suponer que si aquí en Japón se hubiese realizado un número tan elevado de pruebas como en Estados Unidos, subsiguientemente se confirmaría también un número tan elevado de contagios? Muy superior al que existe actualmente?

,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,,………………….

Lunes 30 de marzo de 2020

Para el momento de escribir estas líneas, en varios países de los 5 continentes, el coronavirus está matando a cientos de personas diariamente, creando una crisis sanitaria sin precedentes, y según las autoridades competentes es muy probable que tan aterrorizante situación siga empeorando aceleradamente en los próximos días.

Por el contrario, aquí en el archipiélago nipón, hasta la fecha, el impacto del covid-19 ha sido, si se quiere, leve, en comparación con los alarmantes índices de infección y mortandad arrojados por los países más afectados.

Pero, aunque son cifras que deberían tranquilizar a quienes residimos en Japón, en nuestro caso en particular producen el efecto contrario. ¿Por qué?

Antes quisiéramos dejar claro que, en nuestra condición de extranjeros en suelo japonés, somos respetuosos de su gobierno y obedeientes de sus leyes. Pero, al aportar con nuestro trabajo (y nuestros impuestos) al bienestar de este gran país, también tenemos derecho a ser críticos cuando lo consideremos necesario.

Dicho lo anterior, nos sentimos con en el deber de expresar nuestra profunda procupación por las bajas cifras de nuevos casos y de fallecimientos por el COVID-19 que maneja el gobierno japonés.

Según el portal de NHK (Corporación Radiodifusora de Japón) https://www3.nhk.or.jp/nhkworld/es/, en suelo nipón, hasta el día de hoy (lunes, 30 de marzo) se habrían producido unos 1.700 contagios y 65 muertes, comparados con los 130.000 contagios y las 2.300 muertes en Estados Unidos, por poner un ejemplo.

El gobierno Japonés sostiene que el bajo número de infecciones del país (comparativamente) se debe a que ellos lograron ubicar los principales focos de contagio de manera temprana, lo cual les permitió contener la transmisión del virus significativamente. Sin embargo, nosotros nos inclinamos por la tesis de que las bajas cifras de contagios en el archipiélago nipón se deben al hecho de que no se han realizado suficientes pruebas del virus en la población.

Un caso en particular, por su gravedad, nos llama poderosamente la atención. Según el portal de noticias de la agencia noticiosa estatal japonesa NHK, en un centro de cuidado de personas con necesidades especiales ubicado en la prefectura de Chiba, 86 personas, entre usuarios y cuidadores, resultaron positivos en el COVID-19.

Es perfectamente comprensible preocuparse y hacerse las siguientes preguntas: si en ese solo centro se detectó semejante número de infecciones, ¿cuántas personas más pudieran estar contagiadas en esa localidad, y en esa prefectura?; ¿Cómo se introdujo el virus en el referido centro?; Los cuidadores del centro que pernoctan diariamente fuera del mismo han tenido contacto directo con otras personas, incluidos familiares?

Aprovechamos para hacer una modesta recomendación a las autoridades sanitarias de Japón. Realicen al menos una o dos pruebas  del COVID-19, en todos los centros asistenciales del país, aleatoriamente, entre usuarios y cuidadores. Es justo y necesario.

Señores del gobierno, autoridades competentes, esperammos por respuestas y acciones, antes de que sea demasiado tarde.