Maltrato verbal/psicológico de un entrenador a un niño

septiembre 13, 2020

En una oportunidad anterior, escribí aquí en mi blog un artículo titulado «Pegar no es educar, es humillar». En dicho escrito, además de mi posición sobre tan importante tema, aporté información variada, obtenida de diversas fuentes calificadas. Hoy, escribiré sobre un problema relacionado: El grito como una forma de maltrato infantil. Pero, a diferencia del texto anterior, sobre el castigo corporal, esta vez sólo me limitaré a narrarles un hecho en el que me vi envuelto, y el cual motivó estas líneas.                                          

En días recientes, mientras me disponía a dar un paseo en bicicleta por mi localidad, se me presentó una situación inesperada y alarmante; una de esas en las que no quisiéramos involucrarnos, pero en las que DEBEMOS hacerlo.                                                                                               

Mientras rodeaba la escuela secundaria de mi hija (ubicada muy cerca de nuestra residencia y cuyo patio funciona como campo de béisbol, fútbol y atletismo), escuché un grito de hombre, tan violento y perturbador que tuve que detener la marcha para ver que ocurría. Inmediatamente entendí que se trataba de uno de los entrenadores («coach») regañando con excesiva violencia a uno de los niños del equipo.                                                                                                                                                  

Debo confesar que en ese instante, ante aquella imagen tan horrenda, perdí momentáneamente la compostura (no respiré profundo ni conté hasta diez, como me recomienda siempre mi madre), y lo único que atiné a hacer fue entrar abruptamente a la escuela; irrumpir en el campo, y dirigirme agresivamente hacia el entrenador gritándole con la misma violencia que el gritaba a aquel pobre niño paralizado por el miedo y la humillación.                                                                                                                                     

Abro un paréntesis para explicar que, en parte, mi reacción se debió a que había antecedentes; en el pasado ya yo había presenciado varias situaciones con otros dos entrenadores (a uno de ellos también le interrumpí el regaño frente a los niños – pero pacíficamente – para explicarle que era incorrecto, y para solicitarle una conversación al respecto, la cual, dicho sea de paso, se produjo al terminar la práctica, muy cordial y constructivamente), que si bien no llegaron a ese nivel de maltrato, me pusieron en guardia, dispararon mis alarmas.                                                                                                                                 

También, aprovecho para aclarar que el agresor de la historia de hoy no pertenecía al equipo del colegio de mi hija, sino al equipo visitante, lo que, por supuesto, supuso cierto alivio para mí. Huelga decir lo sorprendido y desconcertado que estaba el abusivo profesor (así como los demás presentes, entre niños y representantes); sus ojos desorbitados en un rostro desencajado expresaba su gran asombro y confusión, preguntándose quién era aquel individuo (claramente extranjero), de dónde había salido y cómo osaba increparlo tan fuertemente delante de todo el mundo.  Yo le decía (siempre gritándole con todas mis fuerzas) en mi elemental japonés mezclado con inglés, por qué le gritaba así a ese niño, que dejara de hacerlo inmediatamente, que eso era maltrato infantil aquí y en todas partes del mundo. Ya más calmado, dueño de mí, me alejé de él y me ubique en un lugar del campo donde los jóvenes jugadores y los asistentes pudieran escucharme con claridad.                                                                                               

Mantuve el tono altisonante, pero ahora más respetuoso, más comunicativo, para dirigirme específicamente a ellos y explicarles que la conducta del entrenador era inaceptable, dañina; que no debía ser tolerada de ningún modo; que los niños tienen derechos reconocidos mundialmente, que incluyen no ser maltratados ni humillados de esa manera; que los niños debían informar a sus padres sobre los métodos abusivos y humillantes del coach.                                                                                    

Sólo en un momento cuando el agresor intentó dar unos pasos hacia mí (al ver que yo estaba más controlado, hizo un gesto educado, conciliador, para que yo abandonara el campo), me puse otra vez en modo agresivo y vociferante contra él, advirtiéndole con un movimiento de mi mano que no se acercara más a mí. Después de ver como agredió y denigró verbalmente a aquel pobre niño en público, no le iba a permitir que se acercara mucho a mí. Si lo hacía yo lo percibiría como una violación de mi espacio personal, como una muestra de poder, como una agresión, y entonces habría tenido que usar la fuerza, con las consecuencias negativas lógicas. Aunque, debo reconocer que, por la juventud y fortaleza física del entrenador, yo seguramente hubiera tenido las de perder. Pero, la situación bien ameritaba el riesgo.                                                                                                                                  

Por cierto, el entrenador con quien yo había tenido el incidente previo y la útil conversación, ese día era el coach de nuestro colegio. Durante mi acalorada intervención, hubo un momento en que nuestras miradas coincidieron. Para mi tranquilidad, pude percibir comprensión y aceptación en sus ojos, lo que comprobé días después en la reunión que solicité expresamente con las autoridades del colegio, donde él estuvo presente, y me dio su respaldo.                                                                                                                       

Durante mi encuentro con los directivos del plantel, en mi condición de padre de una estudiante del colegio, además de condenar enérgicamente el maltrato psicológico que perpetró el entrenador contra ese niño indefenso, y tras exponerles mis puntos de vista (les entregué materiales de Internet elaborados por UNICEF, etc.), les pedí que tomaran medidas contra el agresor, e igualmente para evitar la recurrencia de prácticas tan negativas y lamentables en nuestro colegio, mediante la realización de campañas de concientización y demás iniciativas. Para mi satisfacción, fui informado que, por la gravedad de lo ocurrido, y antes de saber que yo solicitaría reunirme con ellos, ya la Dirección había comenzado a tomar cartas en el asunto.                                                                                                                                         

Pero, deben saber amigos lectores que, así como pedí acciones contundentes contra el coach, también les manifesté que, en mi opinión, él mismo necesita ayuda, orientación psicológica. Es un ser humano que muy posiblemente creció y se hizo hombre viendo ese tipo de conductas violentas a su alrededor, y ahora, en una situación de autoridad, piensa que así, con esa violencia, es como se le llama la atención a un niño.                                                                                                                                          

Sin importar cuan errado, enfermizo y condenable nos parezca su proceder, tenemos que aceptar que tras recibir la sanción adecuada, tiene derecho a enmendar, a recibir ayuda, como todos nosotros cuando cometemos faltas.                                                                                                                                               

Al final de la reunión, también me disculpe con las autoridades (y les pedí me disculparan con los jugadores y demás estudiantes), por mi conducta incorrecta, por agresiva. Es cierto que produjo resultados positivos, pero imagino que debe haber otra forma más civilizada de proceder en un caso así. Aunque, en honor a la verdad, no estoy muy seguro…                                                                                  


Hija, yo me porté mal: Amistades peligrosas

agosto 20, 2020

Desde niño y hasta el día de hoy, mi carácter sociable y adaptable me ha permitido tener muchos amigos. Sobre todo en mi años juveniles llegué a pertenecer a varios grupos. Algunos muy distintos entre sí: Desde los deportivos, pasando por los musicales, hasta los eminentemente fiesteros. De entre todos esos grupos, hubo uno que influyó muy marcadamente en mí, formado principalmente por amigos de mi localidad, con quienes compartía todo tipo de intereses, especialmente los deportes, los paseos y las fiestas. Aunque, en realidad, tanto las actividades deportivas como las aventuras ¡siempre terminaban en fiesta! Junto a ellos disfruté, por largos años (con algunos todavía mantengo una estrecha amistad), momentos muy felices.                                                                                                         

Pero, tener tantas amistades, si bien es algo bueno para cualquiera, también tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, uno no siempre conoce bien a las personas con quienes comparte ocasionalmente. De hecho, varias veces coincidí con amigos varones quienes, aunque normalmente eran bastante agradables, en algunas situaciones específicas – interactuando con otras personas o grupos – se volvían altamente agresivos, de un momento a otro, provocando conflictos, como peleas a golpes, por ejemplo, que podían llegar a ser muy peligrosas para los involucrados.                                                       

De por qué eso ocurría te hablaré más detalladamente otro día, hija. Hoy sólo te diré que, en muchos casos, las personas violentas traen ese problema desde su infancia, por condiciones negativas existentes en su núcleo familiar. Aunado a eso, estando en grupo, en una posición de poder, se sienten más apoyados y más fuertes, para mostrar su agresividad.      

Me vienen a la mente un par de situaciones violentas, muy lamentables.   En ocasiones, formábamos grupos de más de veinte personas, entre hombres y mujeres, repartidas en unos 5 vehículos, y salíamos a pasear, generalmente los fines de semana por la noche. A veces, teníamos un plan determinado, pero, otras veces, simplemente nos dábamos a la tarea de deambular por ahí, sin rumbo fijo.                                                      

Recuerdo que en una de esas salidas, se presentó un altercado entre el «líder» del grupo, quien manejaba el carro que iba al frente de la «caravana», y el conductor de un taxi, por no sé que problema ocurrido en un cruce de la vía. Lo cierto es que el mandamás de la expedición, luego de una breve y acalorada discusión verbal con el señor taxista, echó mano de una gruesa cadena que guardaba en su carro, y procedió a destrozar el parabrisas del taxi. Huelga decir que huímos de la escena inmediatamente. Piensa un momento hija mía, en lo que hubiera ocurrido si el otro conductor hubiera reaccionado con igual violencia…                                  

Otro día, que iba con otro grupo grande entrando en cambote a una fiesta en un edificio del sector, el jefe de turno tuvo un cruce de palabras con uno de los presentes que se encontraba en la entrada. No habíamos cruzado la puerta, cuando comenzó un forcejeo entre ambos, que se volvió una pelea a golpes, la cual a su vez escaló rápidamente hasta convertirse en una trifulca general entre nosotros y los demás invitados, en medio de la calle.      

Debes saber, mi linda (sin querer librarme de la responsabilidad que me corresponde), que en esos casos, mi reacción natural siempre era tratar de controlar, a toda costa, a los individuos violentos, para evitar problemas graves. De hecho, esa vez en particular, traté de impedir que uno de mis compañeros lastimara seriamente a otro muchacho con un bate de béisbol. Aunque, desafortunadamente, llegué después de que el agresor lo golpeara muy fuerte, y éste debió ser llevado al hospital. 

También quisiera aclararte que mi rechazo a la violencia y a los conflictos en general me hizo apartarme gradualmente de los integrantes del grupo que consideraba problemático, y me limité a compartir sólo con aquellos quienes, al igual que yo, tenían una actitud más pacífica y concienzuda.

Preciosa, en casos como los que te menciono, mi falta no consistió en ser violento, es cierto, pero sí me recrimino a mí mismo, aun hoy, el no haber sido más frontal y contundente con aquellos amigos violentos. Es cierto que no pocas veces expresé públicamente mi preocupación sobre esas conductas grupales, prácticamente gansteriles, pero, mi postura fue más bien timorata y débil. También es verdad que no es nada fácil enfrentarse a un líder controlador y a sus seguidores, pero insisto, me faltó valor para hacerlo, y hoy me avergüenzo y arrepiento sinceramente de ello.


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Arepa con queso amarillo

agosto 10, 2020

Pasé el domingo y el lunes contándole a familiares y amigos en Venezuela y en todo el mundo que, el sábado, tuve la inmensa dicha de comer arepas (después de varios años sin poder hacerlo), ya que una empresa peruana radicada en Tokio está importando nuevamente la Harina P.A.N. a Japón. Valga acotar que tanto mi hija como mi esposa japonesas también se desviven por comerlas, y siempre que tenemos la oportunidad es motivo de fiesta.                                                                                                                            En una de esas conversaciones, mientras mi interlocutor y yo nos dábamos a la tarea de enumerar la infinidad de productos con los que rellenábamos las arepas en la otrora Venezuela de abundancia, me acordé de la predilección de mi difunto padre por el queso amarillo, que, si mal no recuerdo, era uno de los más baratos entre la gran y deliciosa variedad de quesos existente en mi país. Por eso, para satisfacción de mi papá, en la casa frecuentemente había queso amarillo para sus arepas. A mí y demás miembros de la familia también nos gustaba,y de tanto en tanto lo comíamos gustosos, pero sin llegar al grado de «manía» de mi papá.           Me hace mucha gracia recordar la «fijación» de mi progenitor por el queso amarillo. Cuando se nos presentaba la feliz ocasión de ir juntos a una arepera, todos teníamos dificultad para elegir entre tantas opciones deliciosas; todos aprovechábamos para saborear algo especial, diferente a los sencillos rellenos que comíamos ordinariamente en casa. Todos menos mi papá, quien, sin dejarse seducir por la exuberante gama de manjares ante sus ojos, invariablemente, se decidiría por su insustituible arepa con mantequilla y queso amarillo.


Cuarentena Musical: Copla llanera venezolana

agosto 6, 2020


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: «Revelación del Año»

junio 20, 2020

En una anécdota anterior, «Tenor… en la ducha», les relaté que mi papá, quien se crecía como cantante a la hora del baño (jamás en público), una vez me sorprendió, incluyendo en su repertorio dos canciones de mi autoría.

También explico en «Corazón oriental fiestero», como se desataba mi padre entre sus hermanos y demás familiares directos.

Bueno, el cuento de hoy trata de otra sorpresa musical que me brindara mi progenitor, en una fiesta decembrina celebrada, precisamente, donde una hermana suya, en su Carúpano natal.

En aquella inolvidable cena familiar navideña, junto a mis muy queridos tíos y primos paternos, me puse a cantar con un cuatro. Lo que ocurrió entonces me emocionó hasta las lágrimas, y me emociona todavía hoy.

Tras dedicarle, muy modestamente, a los animados comensales carupaneros algunas canciones de su amada región, me animé a cantar dos valses orientales de mi cosecha, «Puerto Píritu» y «San Antonio del Golfo», los mismos que, anteriormente y de forma inesperada para mí, se había aprendido mi papá y cantaba bajo la ducha.

Mi padre, quien, repito, «jamás de los jamases» cantaba en público (a lo sumo, hacía bocaquiusa o se «tragaba las palabras» para no ser escucahdo), se soltó a cantar mis dos canciones, como si nada, tan tranquilo, a todo pulmón, como si para él cantar frente a los demás, de pronto, fuera lo más natural del mundo.

Y que conste que para esa época, él ya tenía muchos años que no bebía.

Perplejo como estaba por aquel «milagro», yo, en la primera canción, fui bajando el volumen de mi voz gradualmente, hasta dejar a mi papá solo, en los solos.

Tuve que respirar muy fuertemente para contener un llanto de pura alegría.

La perplejidad de mis tíos no fue menor. Conocedores de la timidez de su hermano en esas lides, estallaron en vítores y aplausos.

En la segunda canción, ya simplemente le di la entrada a mi papá y lo dejé a sus anchas. Yo nada más le hice el coro, y me limité a disfrutar, alucinado, aquel acontecimiento sorprendente.

Permítaseme un explicación técnica: Aparte de su timidez, siendo yo muy joven ya había notado que cuando mi papá estaba solo, oyendo un disco o la radio, le resultaba imposible seguir una canción, porque él siempre se adelantaba ¡y por bastante! Así que lo que hice aquel día memorable fue seguirlo yo a él, con el cuatro; adaptándome perfectamente a su tiempo, de modo que ni él mismo ni ninguno de los presentes notara su proverbial desfase musical. Resultado: ¡Un concierto de mi padre para la posteridad! y la votación unánime de la concurrencia, que le valió el premio como «Revelación del Año».

Papá, gracias por tan grata recordación.


Hija, yo me porté mal: Vulgar ladrón

junio 18, 2020

Como sabes, mi linda, entre los actos más reprochables que he cometido en mi vida están un par de robos, y también los que más vergüenza me da confesar. Pero una cosa es que uno robe siendo un niño y otra muy distinta es que lo haga de adulto…

Esto que te contaré hoy es una de esas faltas vergonzosas. Tanto, que dudé mucho si contarla o no.

Durante el año que estudié en la antigua Unión Soviética (89-90), tuve la posibilidad de viajar por unas dos semanas a Francia y a la, entonces, Alemania occidental.

Por esa época, con 23 años de edad, me impresionó y me atrajo grandemente la libertad sexual que había en esa parte del mundo, con mucho material para adultos a la venta y a la vista.

A su debido tiempo, hija adorada, comprobarás por ti misma lo tremendamente inquietos, curiosos, que podemos ser los seres humanos a esa edad. Aunque esa inquietud no justifica en ningún modo la falta (más bien delito) que te contaré hoy.

Mientras paseaba por una calle parisina, me llamó la atención un quiosco que vendía revistas eróticas, de esas que tienen en la portada mujeres semidesnudas muy hermosas. Después de ojearlas, pensé en comprar una. Pero, de pronto, me pasó por la mente una de las ideas más infelices que he tenido en toda mi existencia: Robármela. Y así lo hice. ¿Por qué?

Insisto, hija mía, absolutamente nada justifica aquel robo de mi parte. Te explicaré mis razones sólo para que sepas que pasó por mi – al menos en ese momento – mente delictiva.

Uno, no quería desprenderme de un dinero que me haría falta durante el resto del viaje. Dos, vi que tanto la ubicación específica del quiosco en la calle, como la del vendedor dentro del mismo, me facilitarían el hurto.

Siempre he pensado que el arrepentimiento genuino va acompañado de acciones pertinentes. Y,  modestamente, creo que confesarte a ti y a mis amables lectores un acto tan condenable y bochornoso es algo bueno, sobre todo porque,  apartando lo difícil que me resultó esta confesión, lo hago para dejarle una enseñanza a mi amada hija y a otros niños y adolescentes que pudieran leer esto.

Hija, sabes que no soy religioso, pero en no poco casos, coincido con algunos preceptos provenientes del catolicismo (donde fui bautizado) y otras creencias según las cuales robar es un pecado muy grande. Así que, «no robarás».

Una última cosa. ¿Te imaginas lo que me hubiera ocurrido si me agarran robando? Apartando los inconvenientes lógicos asociados a la detención, como la interrupción del viaje, muy posiblemente de mis estudios, y el encarcelamiento, hubiera sido motivo de una inmensa vergüenza, para mí mismo, mi familia y mis paisanos venezolanos.

Mi tesoro, en verdad, tuve mucha suerte de que no me descubrieran robando aquella revista. Hubiera sido uno de los momentos más tristes, lamentables y humillantes de toda mi vida.

Perdóname hija. Perdónenme todos.


Tributo a la raza negra

junio 13, 2020

Hola, mis muy apreciados «Soleros» en el mundo entero, siempre gracias por su amable atención.

Hoy, en medio de las masivas y numerosas protestas internacionales en apoyo al movimiento estadounidense «Black Lives Matter», quisiera aportar mi granito de arena a tan importante causa, compartiendo con todos Ustedes materiales diversos dedicados a la negritud y a sus infinitas bondades, como todas y cada una de las razas que conforman la humanidad.

Primeramente, quisiera mostrarles unos versos de mi autoría –  escritos hace unos 30 años – dedicados a las mujeres negras de la costa central venezolana, y los cuales, igualmente, constituyen un modesto pero sentido tributo a la negritud de mi país, Venezuela y, por extensión, del mundo entero.

George Floyd, gracias por enseñarnos el camino. Tu muerte no será en vano.

(NOTA: estimados lectores bilingües perfectos, ¿estaría en sus posibilidades ayudarme por favor a traducir los versos al inglés? La traducción puede ser libre, no necesariamente rimada. Mil gracias de antemano)        

 

DIOSA DE ÉBANO

Un estruendo de cumacos resuena en la noche oscura
En la playa se oye el canto enigmático de guaruras
La música de las olas se derrama sin cesar
Y un eco de voces negras cruza la tierra y el mar

Repica, repica, repica el tambor
Ay! late, que late así mi corazón

Diosa de ébano danzante, tu cuerpo es obra divina
Caderas que inspiran sueños, tu piel diamantes transpira
Río de trenzas azabache se desborda por tu espalda
tus ojos son perlas negras tus dientes son perlas blancas

Repica…

Poseída por los tambores caes en trance al bailar
Eres fuerte marejada, eres oleaje sensual
Al calor de tu cadencia una fogata se aviva
cuando mueves la cintura le prendes fuego a mi vida

Repica…

Eros, fogoso dios griego, suspira al verte danzar
Pero tu herencia es cristiana, le rindes culto a San Juan
Como un sol brillas bailando, te hace rueda el universo
que no se pare el tambor, que no se pare mi verso

Repica…

…………………………………………………………………………………………………………………………………………………….

Canción: Angelitos Negros

Realizada con base en un extracto del poema «Píntame Angelitos Negros», del ilustre poeta venezolano Andrés Eloy Blanco.

Intérprete: Javier Solís, gloria del canto mexicano e hispano en general, conocido como el «Rey del bolero ranchero».


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Impaciencia destructiva

mayo 25, 2020

Uno de los mejores regalos que me hicieran mis padres de niño fue un avioncito de motor a control de cuerda. Esa aeronave entra, fácilmente, en la lista de los 3 mejores juguetes que tuve.

No logro recordar si fue un deseo mío, o si fue idea de mis padres. Lo cierto es que aprovecharon el viaje de un tío materno a los Estados Unidos para encargárselo.

El día que el tío llegó a la casa con el muy esperado encargo se produjo un gran revuelo familiar.

Y no era para menos. Nunca habíamos visto un juguete parecido: muy moderno, de tecnología avanzada. Aquello nos pareció salido de una película de ciencia ficción.

Por fortuna, mi tío era ingeniero mecánico y, de paso, uno de esos «manitas» capaz de armar y desarmar cualquier cosa. Así que él mismo se encargó de ensamblar aquel sofisticado artefacto.  ¡Cómo agradecerle tanto!

Por fin, mi espectacular aeroplano estaba armado, listo para volar. Recuerdo bien que fue un día laboral, así que el tío nos pidió a mí y a mi papá que esperáramos hasta el fin de semana, para ir a volarlo juntos, y así poder ayudarnos con las instrucciones, que estaban en inglés y eran muy técnicas, como era de esperarse.

Pero mi papá tenía otros planes…

Lo venció la impaciencia. No pudo esperar hasta el fin de semana. Hoy entiendo que estaba incluso más entusiasmado que yo mismo. Afloró su «niño oculto», en toda su magnitud y, al siguiente día, mientras yo estaba en la escuela, se fue, de lo más contento, a volar «su» avión.

Cuando regresé de clases, mi súper avión, el juguete de mis sueños, estaba en un rincón de la sala, hecho pedazos.

Afortunadamente, no guardo recuerdos claros de mis emociones de aquellos años (creo que estaba en 6to. grado), ni de aquella situación en particular, pero imagino que debe haber sido una experiencia absolutamente desoladora para mí; algo triste para toda la famila, especialmente para mi papá.

En descargo de mi padre quisiera decir que, tal vez, él, en su afán de hacerme feliz, quizo tener más participación en aquella experiencia. Posiblemente sintió que mi tío ya había hecho bastante por nosotros, así que trató de aprender a volar el avión por su cuenta, para luego, ser él, mi padre, quien me enseñara.

En verdad, me es imposible recordar lo que sentí entonces. Pero no puedo culpar a mi padre por haber querido más protagonismo en procura de mi felicidad. Al contrario, se lo agradezco, hoy y siempre.


Hija, yo me porté mal: Conductor inconsciente

mayo 21, 2020

Hija, como has podido notar, algunas de mis muchas faltas han constituido acciones peligrosas que han podido causarme mucho daño, así como a otras personas

Lo que te voy a contar hoy, aun después de tantos años me produce una gran vergüenza, sobre todo porque yo ya era adulto, y se supone que sabía perfectamente que lo que hacía era del todo incorrecto, inaceptable.

A los veinte años de edad ya yo tenía mi propio vehículo. Me lo compraron mis padres cuando cumplí los 18.

Es cierto que, normalmente, un carro es una pertenencia de gran utilidad para su dueño. En mi caso, por ejemplo,  me permitía ir a la universidad – que se encontraba relativamente lejos de la casa – cómodamente, haciendo más soportable los atascos de tráfico diarios. Además, como es lógico, me brindaba una enorme ventaja a la hora de planificar actividades recreativas.

Pero, también es muy cierto que, en las manos equivocadas, el carro puede convertirse en un vehículo de manejo imprudente y altamente peligroso.

En honor a la verdad, hija mía, no se me puede acusar de haber sido un conductor irrespetuoso de las leyes, o de haber conducido siempre de forma riesgosa. No. Al contrario, la mayor parte del tiempo procuré manejar con rectitud. Pero en esa oportunidad en particular, simplemente me dejé arrastrar por la insensatez; por el deseo de lucirme delante de mis amistades, de manera temeraria y estúpida.

Ese día, regresaba a la casa después de un paseo playero en grupo. Formábamos una caravana de 3 o 4 carros. En el mío íbamos un amigo y yo. Después de salir de la carretera costera y entrar a la autopista, se nos ocurrió la pésima y lamentable idea hacer carreras, para ver quién llegaba de primero al final de ese tramo.

Recuerdo como si fuera ayer (tal vez por el remordimiento y el medio que siento al recordar) que yo, no conforme con acelerar a más de 120 km/h, me puse a adelantar a otros carros por el hombrillo, que es el área marcada a la derecha de la vía, donde pueden pararse los vehículos brevemente.

Mi linda, a tus 13 años ya sabes sobradamente que aquella irresponsabilidad, aquella  estupidez del momento pudo haber provocado un accidente muy grave, una tragedia, a mí y demás personas en la vía.

A la vuelta de unos años, cuando te llegue a ti el momento de manejar, por favor, ten siempre presente este desafortunado y grave error de tu papá.

Sé prudente, mi tesoro.


Hija, yo me porté mal: El francotirador

abril 23, 2020

Cuando yo tenía unos 6 o 7 años, a los niños más grandes de mi edificio les dio por jugar a «policías y ladrones» o a la guerra usando cerbatanas.

Cerbatana, según el diccionario, «es un tubo estrecho que se utiliza para lanzar dardos u otros proyectiles, los cuales se introducen en su interior y salen expulsados al soplar enérgicamente por uno de sus extremos».

¡Claro que mis amigos no usaban dardos ni nada parecido! sino caraotas negras o piedras muy pequeñitas.

No logro recordar momentos de esas «batallas campales» que, seguramente, se produjeron alrededor de mi edifició, pero sí recuerdo que una de esas «armas» llegó a mis manos (no sé como), y que yo estaba muy emocionado por eso.

Lo que se me ocurrió hacer con aquella cerbatana todavía me sorprende…

Yo iba a la escuela en un autobús escolar. En mis recuerdos, puedo verme asomado por la ventana del bus, armado de mi cerbatana y cargándola con caraotas que disparaba a los transeúntes cercanos, cuando el transporte disminuía la marcha, cual un francotirador.

¿Fue una ocurrencia mía o alguien me incitó? ¿Cómo terminó aquella travesura? ¿Fui descubierto o no por el conductor? ¿Mis maestros y mis padres se enteraron?¿Me reprendieron o salí bien parado? No me acuerdo. Aunque, si hubiera habido consecuencias que lamentar, lo recordaría. ¿No es así? Pero, sí guardo en la memoria – no sin remordimiento – una sensación de goce y triunfo cada vez que impactaba a una víctima y veía su reacción de sorpresa y disgusto.

Aunque me es imposible saber hoy qué diablos estaba pasando entonces por la cabecita de aquel muchachito tremendo, para llegar a hacer algo semejante, imagino que, en parte, fue porque yo sabía que apartando el susto y la molestia lógica que sufrirían mis «objetivos», no les causaría daño… o casi.

De cualquier manera, hija mía, eso no es razón para haber cometido aquella diablura.

De hecho, el impacto de una semilla de caraota en la cara, a unos 7 metros de distancia, puede ser doloroso. Ni hablar del peligro de impactar a alguien en un ojo. Casi 50 años después, me angustia pensarlo.

Adicionalmente, alguien podría haberse molestado mucho, al punto de denunciar con la policía al conductor del bus, al colegio y a mis padres.

Mi linda, es cierto que la mayoría de los niños, en su inocencia y falta de experiencia, generalmente no ven lo negativo y peligroso de algunas de sus acciones. Aunado a eso, «aprendemos de nuestros errores», como suele decirse. Pero, es precisamente por eso que veo útil y beneficioso que nosotros los padres compartamos con nuestros hijos anécdotas de nuestras diabluras y malos comportamientos. Así podemos ahorrarles a Ustedes un poquito de trabajo y tiempo, en su largo camino de crecimiento personal. Claro, siempre teniendo en mente lo que dice aquella otra frase nuestra: «nadie aprende de experiencias ajenas».

Así que, mucha suerte, hija mía.


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