No todos, pero sí muchos padres en el mundo nos hemos preguntado esto, durante la infancia temprana de nuestros hijos, sean hembras o varones. Pero, ¿por qúe es tan relevante esta pregunta?
La sexualidad es un aspecto primordial del ser humano. Podría decirse que la vida misma gira en torno a nuestra condición sexual. Algunos sostienen, incluso, que la procreación no es sólo la función biológica primaria de la especie humana, sino el fin último de nuestra terrena existencia.
Por otra parte, a pesar de las importantes conquistas globales en materia de derechos humanos, específicamente en lo relativo al respeto por las minorías sexuales, sigue existiendo un rechazo social generalizado en contra de aquellas personas con una sexualidad diferente. Éstas continúan siendo objeto de una fuerte discriminación, que las expone a atropellos, humillaciones, agresiones y todo tipo de agravios. Es tal el escarnio público que pudieran sufrir si son descubiertas, que muchas se ven obligadas a aparentar durante toda su vida, teniendo incluso que denigrar públicamente de su propia secreta condición, para proteger su integridad personal.
Así que, en el caso de mi hija, esta inquietud mía por su futura sexualidad se fundamenta principalmente en mi vehemente deseo paternal de evitarle cualquier sufrimiento; de que ella sea feliz. No albergo ningún prejuicio moral, religioso, ideológico o de cualquier otra índole hacia la homosexualidad u otra condición. Pero sí me preocupa el hecho de que, en general, el mundo sea un lugar tan hostil para la gente sexualmente distinta.
Pero, ¿vale la pena pensar en eso ahora? Me preguntarán algunos lectores, justificadamente. Bien, en mi condición de padre, eso simplemente está dentro de otros tantos aspectos importantes relacionados con la vida presente y futura de mi pequeña, como salud, educación, personalidad, intereses, recreación, etc..
La historia de una gran amiga
A lo largo de mi vida, he visto tanto en propios como en extraños las consecuencias negativas – en ocasiones nefastas – de la intolerancia familiar y social hacia los homosexuales y otros grupos minoritarios. Aunque también conocemos muchos casos de personas que afortunadamente logran sobreponerse a dicha persecución (bien sean “ocultos” o “declarados”), llegando a desarrollar, entre otras tantas virtudes, una gran sensibilidad. Tal vez por aquello de que “lo que no nos mata nos hace más fuertes”.
Al final de mis 20, en Venezuela, conocí a una joven que tras varios meses de gran amistad y confianza me confesó, no sin muchísma dificultad y vergüenza, que era lesbiana. Lo traigo a colación porque, a pesar de que en esa época yo ya procuraba comprender y respetar la orientación sexual de los demás, esa experiencia causó un fuerte impacto en mi vida. Con esa amiga pude ver muy de cerca cuan dura puede ser la existencia para muchas personas como ella.
Mi amiga, a quien hoy en día quiero y admiro profundamente, tras hacerme aquella imposible confesión me contó que en su adolescencia, luego de muchos años de confusión y depresión buscó alivio en las drogas, y que incluso consideró quitarse la vida. Más adelante, en su proceso de autoaceptación, decidió frecuentar algunos establecimientos ”gays”, para así comenzar a buscar los medios de expresar su sexualidad, en un marco de protección y seguridad. Fue un paso necesario y sumamente importante. Pero, ella encontró que debido a la fuerte discriminación existente en esa época, la mayoría de esos lugares funcionaba en condición de clandestinidad, conformando una especie de submundo (de hecho muchos eran instalaciones subterráneas, sótanos), que al funcionar al margen de la ley atraían todo tipo de irregularidades, como vicios, delincuencia, prostitución, etc.. Eran, con algunas excepciones, antros de perdición, muy a pesar del gran número de clientes decentes, como mi amiga, quienes simplemente buscaban un lugar donde poder conocer gente igual a ellos, para poder expresar su condición tan duramente marginada y reprimida por la sociedad.
Al cabo de un tiempo, después de pasar por experiencias diversas, buenas y malas (algunas peligrosas para su bienestar físico y mental), mi amiga me dijo: “Yo no merezco esta vida de rata escondida en cañerías. Soy un ser humano con derecho a vivir dignamente. Yo también soy una criatura de Dios”.
Para resumir su historia, diré que con el tiempo y también con fe, paciencia y sabiduría, mi amiga felizmente logró encontrar su camino, rodeándose de personas como ella, con su misma sensibilidad, en un ambiente de mayor armonía, lo que le permitió vivir su sexualidad de manera sana y digna, y la ayudó a convertirse en la persona realizada y feliz que es hoy.
Mi respuesta a mi pregunta
En este punto, siento que al hacerme esa pregunta tan puntual sobre el futuro de mi hija, estoy mezclando dos aspectos de mi persona: mi instinto de protección de padre, y mi preocupación por el trato injusto que, hacia los homosexuales y otras minorías , todavía existe en pleno siglo XXI. Situación esta que afecta seriamente a personas de todas las edades, incluyendo a muchos niños en el mundo entero, quienes al ser rechazados – y hasta castigados – por su condición sexual particular, pueden llevar una vida de problemas y sufrimientos.
En ese sentido, mi respuesta a mi propia pregunta es que como padre me inclino a desear que mi adorada hija de 3 años sea heterosexual, y que viva de acuerdo al género femenino con el que vino al mundo, por creer que así su existencia tal vez sea más llevadera. Aunque entiendo cabalmente que “todo es relativo”, y que eso por sí solo no garantiza su felicidad.
Pero, si no es así, entonces comenzaré por pedir a Dios sabiduría para proporcionarle a mi niña un entorno familiar apropiado, de amor, respeto y comunicación. Esto con el fin de que se desarrolle mental y espiritualmente en armonía con su condición, cualquiera que esta sea. Más adelante, con esas herramientas, mi hija (que al final son todos los niños del mundo que puedan encontrarse realmente en esa situación), sabrá valerse por sí misma, y dará al mundo su cara digna, orgullosa y feliz.
(Escrito mío, publicado originalmente en Junio de 2010)
Así dice una canción mundialmente famosa del difunto cantautor argentino-platense Facundo Cabral. Y continúa: «no tengo edad ni porvenir, y ser feliz es mi color de identidad”. Pero no es de esa joya musical – y filosófica – que hablaré hoy. Sólo me robé la frase como punto de partida de este escrito.
Recuerdo que cuando niño yo estaba convencido de que mi país, Venezuela, era mejor que los demás países del mundo, en todos los sentidos. Conclusión ésta muy lógica teniendo en cuenta mi ignorancia de entonces en materia internacional. En mi limitada visión infantil, mi país era el más grande, bonito, moderno, próspero; el más chévere, en definitiva.
No hay nada de particular en eso. Nos pasa a todos los niños. Y a medida que vamos creciendo, crece nuestro conocimiento de otras latitudes, y también nuestra modestia, en el contexto mundial. En términos matemáticos diríamos que a mayor información sobre el mundo, menor es nuestro etnocentrismo. Es una relación inversamente proporcional. Pero esta no es una ley absoluta, sino una teoría relativa, porque bien podemos envejecer creyéndonos “más” que otros pueblos y sus culturas. Y como hemos sostenido reiteradamente, una actitud etnocentrista muy acentuada disminuye signifcativamente los potenciales beneficios de nuestras relaciones interculturales, con nuestros similares latinoamericanos y de otras regiones.
Mi infancia y adolescencia transcurrieron durante los años de “la Venezuela saudita”, cuando nos situamos entre las economías más robustas del continente, convirtiéndonos en una especie de “Meca económica”, para cientos de miles de hermanos de la región en busca de mayores oportuniades. Entonces, como es la norma en estos procesos migratorios, la gran mayoría de nuestros huéspedes llegaban para desempeñarse en las labores más modestas dentro de la escala socio-económica venezolana. Era muy común, por ejemplo, que las familias de clase media y alta emplearan a inmigrantes de países vecinos como personal doméstico. En mi propio hogar, esa costumbre se mantuvo por muchos años. Aunque, después, cuando se nos esfumó en el aire la burbuja económica, a los venezolanos nos correspondió también ir a tocarle la puerta a nuestros vecinos.
Pero lo que quiero resaltar es que a pesar de las enseñanzas familiares de respeto y amor hacia nuestros semejantes, mi reducida percepción del mundo y de la vida en general me hacía tomar erróneamente el factor económico como único parámetro para compararnos con otras naciones hermanas. Sólo con el tiempo, fui observando y aprendiendo que nuestros países vecinos y todos los que pueblan la tierra son grandes y valiosos por igual, sin indicadores estadísiticos que valgan.
Para mí, la experiencia japonesa ha sdio determinante para combatir cualquier resabio etnocentrista que pueda quedarme, y para reforzar convicciones de igualdad y fraternidad con todos los pueblos latinoamericanos. Es normal que de tanto en tanto yo todavía incurra en generalizaciones cultrales banales, pero procuro estar cada vez más alerta ante cualquier asomo de etnocentrismo, enfocándome en las muchas virtudes de esos países amigos, en aras de una relación intercultural cordial y fructífera.
En Japón, he compartido muchas experiencias importantes con latinos de distintas nacionalidades. Desde arduas tareas físicas en la fábrica, hasta actividades educativas en la universidad. Y en la parte artística específicamente he sido mexicano, peruano, colombiano y cubano, por ejemplo. ¡A mucha honra! Además, me jacto de tener buenas amistades de cada rincón de Latinoamérica.
Hoy en día, cuando pienso en la palpitante comunidad latinoamericana de Japón; en sus venturas y desventuras, siento que pertenezco a ella realmente; siento – como dice la canción – que no soy de aquí, ni soy de allá, y que con todo lo que amo a mi madre patria Venezuela, me fundiría sin dudarlo con todos y cada uno de los hermosos pueblos que conforman nuestra gran América Latina.
Me complace muchísimo informarles que ayer, miércoles 23 de junio, di una charla sobre mi país en la Universidad Rikkyo de Tokio (english.rikkyo.ac.jp). Titulada «Venezuela en su música tradicional», la exposición fue posible gracias a la por demás gentil invitación que me extendiera la renombrada psicóloga, profesora de español de dicha institución y mi amiga, la Dra. Irma Miwa.
Tuve oportunidad de impartir la charla a dos cursos, por separado. Uno de nivel intermedio y otro de nivel avanzado. Vale destacar que en el segundo grupo participaron simultáneamente alumnos tanto de la Dra. Miwa como de la «archiconocida» profesora Marcela Lamadrid (www.marceinternational.jp). Huelga decir que fue un altísimo honor y un inmeso placer para mí compartir con damas tan encantadoras, profesionales de altos quilates. A ellas mis más sinceras gracias por la valiosa experiencia, así como por sus muchas atenciones.
Igualmente, estoy profundamente agradecido con la muy prestigiosa Universidad Rikkyo y su excelente departamento de español. Y merecen mi agradecimiento especialísimo todos y cada uno de los estudiantes participantes, porque ellos fueron la razón de ser de la charla, y por estar estudiando mi lengua materna.
Días atrás, súbita e inesperadamente, fui consciente de algo que me emocionó grandemente. Algo relacionado con mi difunto padre y con la muerte. Por primera vez, desde que falleciera mi papá, hace 20 años, caí en cuenta de que es posible que me reúna con él cuando muera yo. ¿No es alucinante? Siempre he creído que los seres humanos, siendo una forma de energía, al dejar el plano terrenal no nos acabamos sino que nos transformamos en una entidad energética distinta, y pasamos a otro plano inmaterial. Según esa creencia, mi papá y demás seres queridos fallecidos existirían en «el más allá», como «espíritus». De hecho, soy una de esas personas – poco originales – que afirma que tiene algún tipo de comunicación con los espíritus. Aunque, en mi caso, es exclusivamente con mi progenitor. Sobre el tipo de contacto que tengo con él no hablaré aquí. Uno, porque lo considero algo muy personal, dos, porque, además de no tener pruebas – como es de esperarse – no tengo la más mínima intención de convencer a nadie sobre mi experiencia. Lo que sí quiero compartirles hoy es que, a pesar de mis creencias en la «vida después de la muerte» y en mi comunicación con mi papá, no se me había ocurrido pensar, en todos estos años, que, al morir ¡yo podría reencontrarme con él! Esa posibilidad me tiene muy animado e ilusionado estos días. Aclaro, no tengo ningún apuro en tener ese reencuentro padre-hijo (mi adorada hija de 17 años es mi más grande razón de vivir), pero la sola esperanza de estar con mi amado padre, cuando me llegue la hora, es algo simplemente indescriptible, maravilloso. Si antes no temía a la muerte – por considerarla una aventura más – ahora menos. Por el contrario, cuando ésta sea algo inevitable – después de disfrutar por muchos años más a mi hija, como espero – partiré gustoso, anhelando el «eterno» abrazo que me daré con mi papá.
Mi papá, hay que decirlo, siempre se mantenía en buena forma física, y según me contaba él mismo, de joven le gustaba mucho ejercitarse y hacer deporte. El hecho de que llegó a ser un destacado paracaidista militar, y que yo lo vi jugar softbol y voleibol a sus cuarenta años, lo demuestra.
Lo que ocurre – también hay que decirlo – es que el deportista en cuestión a veces era algo «pantallero», como llamamos jocosamente en Venezuela a alguien que alardea de cualidades o habilidades que no necesariamente tiene tan desarrolladas.
Sin embargo, en mi papá, ese rasgo, más bien ocasional, que afloraba principalmente durante alguna actividad deportiva o física en general, resultaba sumamente divertido para los presentes.
Recuerdo que en esas situaciones – sobre todo compartiendo algún juego deportivo con nosotros sus hijos – cuando adoptaba poses de deportista profesional (era algo natural, no lo hacía premeditadamente para entretener), mi mamá le gritaba: «¡Ángel La Rosa, te pasas de pantallero!».
Pero lo que quiero contarles hoy es que ese «pantallerismo» de mi papá una vez casi le cuesta una lesión seria.
A petición mía, mis padres habían instalado en el jardín de la casa unas barras paralelas (suficientemente altas para usarse también como barras fijas), para que mi hermano menor y yo pudiéramos ejercitarnos frecuentemente. Un día que yo estaba haciendo mis ejercicios acostumbrados, mi papá se acercó, y para sorpresa mía, luego de hacer unos muy leves y brevísimos movimientos de calentamiento para los brazos, se paró frente a mí en el extremo opuesto de las barras, cual gimnasta que se dispone a empezar su rutina.
Sorprendido como estaba, rápidamente le pedí que detuviera su accionar, porque el acondicionamiento que hizo no era suficiente. Además le pregunté si él estaba seguro de poder hacer barras. No me hizo caso; me contestó que estaba bien, e intentó subirse…
¡Craso error! El aguajero de mi padre, no había completado el salto de impulso, cuando cayó al piso aparatosamente, emitiendo un grito por el fuerte dolor que sintió en uno de sus tríceps.
Tras cerciorarnos de que no era una lesión seria, lo despedí con una palmadita compasiva en la espalda. No le dije nada; no quise «hacer leña del árbol caído». El tremendo susto que le causó aquella temeridad, y la molestia que le quedó en el brazo fueron suficiente escarmiento.
Al quedarme solo nuevamente, no pude evitar reírme de mi padre, recordando toda la escena, y pensando que eso le había pasado por pantallero.
Papá, perdóname si el recuerdo de tu intento gimnástico fallido me hace gracia. Pero, uno, no hubo consecuencias serias que lamentar, dos, al final es otra anécdota simpática tuya.
En países como el nuestro, las fuerzas armadas tradicionalmente han gozado de mucho prestigio, autoridad y, sobre todo, poder. Fuera de los cuarteles, en sus respectivas comunidades, incluso los soldados rasos son prácticamente venerados por muchos de sus vecinos civiles. Esto hace que un buen número de uniformados, desafortunadamente, abusen de ese privilegio socio-cultural, sacando provecho personal, injusta y descaradamente.
Valga mencionar que yo estudié los 5 años del bachillerato en un internado castrense y, aunque era sólo un adolescente, pude experimentar en carne propia el trato deferente generalizado que recibe quien porta un uniforme militar.
Abro un paréntesis para decir que en todos estos años de dictadura narco-genocida venezolana, adicionalmente, los militares son percibidos por la ciudadanía como elementos abusivos, corruptos, dañinos, peligrosos. Algunos de ellos, de hecho, son capaces de cometer crímenes atroces contra sus conciudadanos.
Volviendo al relato, mi difunto padre – quien se retiró de su amada y otrora honorable Guardia Nacional con el grado de coronel – fuera de los cuarteles era el más civil de los civiles.
Cuando se encontraba fuera de servicio, procuraba vestirse de paisano lo más posible (con la excepción de eventos socio-familiares muy especiales, como su casamiento y los 15 años de su hija, claro está). Con los años entendí que, entre otras razones – como su seguridad personal, por ejemplo – lo hacía para no recibir trato preferencial en determinadas situaciones, tales como diligencias cotidianas.
Sus sólidos principios sobre no abusar de la investidura castrense nos fueron inculcados a sus hijos, huelga decirlo. Recuerdo bien cuando, siendo yo adolescente, me pidió que nunca me valiera de su condición de oficial de la GN para obtener beneficios, y me recalcó: «Si algún día, por voluntad propia, cometes alguna falta – incluso si amerita cárcel – no esperes que yo te salve. Como el hijo de un oficial de las fuerzas armadas que eres, yo espero que tú des el ejemplo».
Aprovecho para disculparme con él, a 20 años de su partida, por no haber sido el más ejemplar de los primogénitos de un militar. Y en relación a la cárcel, sí la visité una vez… pero sólo por un par de horas, por permanecer con mis amigos en un bar de mi localidad, hasta las 7 de la mañana, haciendo más bulla de la permitida.
Otra de las instrucciones expresas que me diera mi padre tenía que ver con los funcionarios policiales o militares corruptos: «Hijo, nunca le des dinero a un funcionario para que te exonere de una multa o lo que sea, ¡sobre todo a un Guardia Nacional!»
Aquí, me es preciso acotar que, sólo en tres oportunidades de toda mi existencia, tuve que decir a los funcionarios de turno (policías y Guardias Nacionales aeroportuarios) que mi progenitor era coronel de la GN, y lo hice porque en esas tres ocasiones fui acusado falsamente, e incluso sentí que mi seguridad personal estaba en peligro. Afortunadamente, decirlo me salvó de ser chantajeado y, muy posiblemente, lastimado.
En cuanto al arma de reglamento, por ejemplo, recuerdo que era práctica común entre militares «llevar encima la pistola», estuvieran o no uniformados. Pero, relativamente temprano en su vida castrense, mi papá decidió no andar armado en la calle. Uno, porque – como me explicaría mi mamá – él entendió que su personalidad temperamental y las armas eran una pésima combinación; dos, porque no le parecía necesario, sencillamente.
Sólo una vez, en todos mis años junto a mi padre, recuerdo haberlo visto poniéndose la pistola en el bolsillo, pero sólo como medida preventiva.
Yo tendría unos 6 años de edad. Vivíamos en una zona del Oeste de Caracas, originalmente concebida como una bonita urbanización de pequeños edificios residenciales, rodeados de eucaliptos, y con vista a unos verdes cerros, los cuales fueron convirtiéndose aceleradamente en áreas marginales.
Según me explicarían mis padres, algunos jóvenes habitantes de los cerros más cercanos, esporádicamente bajaban en grupo hasta nuestra urbanización, con el fin expreso de cometer fechorías.
El día que vi al entonces «teniente La Rosa» calzarse su revólver y salir a la calle, fue precisamente en una de esas inesperadas e indeseadas ocasiones. Afortunadamente, no hubo hechos que lamentar. Sólo alcanzo a recordar que algunos residentes de nuestro sector comenzaron a alertar, a gritos, sobre la inminente venida de un «grupo grande de gente del cerro».
Tras ordenarnos a nosotros que nos pusiéramos a buen resguardo dentro del apartamento, y pedirle a los vecinos que se metieran en sus casas, mi papá salió a la calle con su arma, y se ubicó en un buen punto de observación, detrás de un pequeño muro. Al parecer, el grupo o se dispersó o se fue en otra dirección, ya que, por suerte, no se presentó en nuestra urbanización.
Los militares retirados tienen la potestad de uniformarse en ocasiones especiales, pero, tras su retiro, mi papá nunca más lució el uniforme. No porque no le gustara. Al contrario, siempre lo portó con mucho orgullo (y gallardía, hay que decirlo. felizmente conservo recuerdos fotográficos). Sencillamente, no lo creyó necesario.
Siempre admiré la entrega de mi papá a su profesión de soldado. No obstante, también valoré grandemente su decisión de dejar el uniforme y el arma sólo para los cuarteles; de ser un militar muy civil.
Al «Coronel La Rosa»- mi padre – como a cualquier militar, la carrera de las armas le deparó experiencias muy diversas, incluidas algunas en verdad emocionantes. El sólo hecho de ser paracaidista, por ejemplo, le permitiría vivir grandes emociones en sus primeros años como oficial de la otrora honorable Guardia Nacional venezolana (actualmente es una organización criminal).
Pero hoy quiero referirme a una actividad que a él le resultó particularmente atractiva. Y a mí también…
Me disculpo de antemano por las imprecisiones temporales atribuidas a mi mala memoria.
Siendo mi papá capitán antiguo o mayor recién ascendido – no recuerdo – se desempeñó brevemente como uno de los oficiales de enlace, entre el entonces Ministerio de Obras Públicas (MOP) y las Fuerzas Armadas, para la supervisión de un proyecto habitacional en una población indígena del estado Amazonas.
El oficial La Rosa, un padre muy motivador y consentidor, logró que le permitieran llevar a su hijo a uno de sus viajes.
Aunque no puedo recordar los detalles de aquella «aventura» compartida con mi papá, sí recuerdo algunos momentos inolvidables para mí: El despegue de la aeronave militar desde el aeropuerto de La Carlota, en el Este de Caracas (muy posiblemente mi primer vuelo en avión); el deslumbrante paisaje selvático visto desde las alturas; mi primer encuentro con indígenas.
De la interacción con mi papá durante todo el viaje sólo recuerdo una cosa: Mientras el grupo de trabajo inspeccionaba el desarrollo habitacional, me llamó la atención que las duchas de las viviendas estuvieran no en el interior sino en el exterior de las mismas. Mi papá me explicó que tuvieron que hacerlo así, ya que los indígenas, al estar acostumbrados a bañarse en los ríos, al aire libre, a la vista de todos en su tribu, nunca pudieron adaptarse a las duchas interiores.
Como explico en relatos y demás escritos anteriores, desde que yo era muy pequeño, mi papá, ocasionalmente, cuando las condiciones lo permitían, procuraba mostrarme directamente, in situ, algunas facetas de su trabajo como militar. Me viene a la memoria en este instante un recuerdo que había olvidado: Yo, muy pequeñito, correteando alegremente por los amplios pasillos de inmensas columnas de la antigua EFOFAC (Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación).
Pero volviendo a la anécdota presente, los recuerdos de aquel alucinante paseo amazónico, si bien vagos en mi mente luego de tantos años, hoy reviven en mí esa reconfortante sensación de camaradería con mi padre y de admiración hacia él, que yo experimentaba cuando compartía conmigo su vida de soldado en su mundo militar.
Yo tendría entre 6 y 8 años de edad. Recuerdo la escena vagamente: Mi mamá estaba llorando porque ese día mi papá me llevaría con él a un campamento militar – en las afueras de Caracas – y, ella, por más que trató, no pudo disuadirlo.
Lo siguiente que me viene a la mente es estar con mi papá y otros uniformados en el claro de un bosque; había una tienda de campaña y un Jeep. No logro recordar como llegamos a ese lugar, pero muy posiblemente fue en aquel vehículo rústico.
Hay otra imagen con una culebra: uno de los militares la atrapó, y si la memoria no me falla, ¡decidieron incluirla en el menú del almuerzo! Pasada por candela, por supuesto.
No tengo idea ni del objetivo ni de la magnitud de aquella actividad. No sé si se limitaba al número reducido de efectivos que había en aquella carpa, o sí éstos eran parte de un grupo mayor. Tampoco guardo en mi memoria sonido de disparos (creo que los recordaría), a diferencia de unas maniobras a las que también asistí con mi papá (ya más grande, mientras estudiaba en el Liceo Militar), y donde la mayoría de los ejercicios incluían armas de alto poder de fuego, como ametralladoras, por ejemplo. Incluso, presencié maniobras con el explosivo C-4.
No alcanzo a recordar mis emociones infantiles sobre aquella experiencia. Pero, apartando la mezcla de sorpresa con repulsión que sentí al ver a los soldados comiendo culebra asada, no tengo ningún mal recuerdo; es probable que me haya divertido. Por cierto, creo que en la casa familiar allá en Venezuela, hay una foto de aquel día.
Sin embargo, ahora como adulto y padre, concuerdo con mi mamá, desapruebo que mi papá me haya llevado con él a ese campamento militar. No porque piense que haya sido muy peligroso necesariamente (claro que en un bosque montañoso siempre hay sus peligros, como las culebras, por ejemplo), sino porque sencillamente no era una actividad para civiles, y mucho menos para niños de mi edad. Seguramente, eso era lo que preocupaba a mi mamá, y con razón.
¿Hubieran podido otros de los militares presentes llevar a sus hijos libremente? ¿Mi papá informó a sus superiores y les pidió autorización para llevarme? O, tal vez ese día él era el oficial más antiguo y simplemente consideró que no había problema. Cualquiera pensaría que siendo una zona militar el acceso sería más restringido. Pero también es cierto que carezco de información para saber de que se trataba. También es posible que, al igual que ocurre con algunos cuarteles y demás unidades militares que pueden visitarse (varias veces fui con mi mamá a ver a mi papá y a llevarle comida cuando estaba de guardia), tal vez aquel campamento podía ser visitado por familiares y civiles en general. No sé.
De todas formas, como digo al final de todas las anécdotas paternas, sé que lo que prevaleció en aquella extraña idea de mi papá fue que compartiéramos los dos, y en este caso en particular, que yo viviera una experiencia de su trabajo como soldado, que él suponía sería emocionante para mí. Siempre gracias papá. ¡Feliz «Cumpleaños»! en los mundos infinitos…
Yo nunca he sido un buen contador de chistes, por eso admiro a quienes tienen esa gracia.
Es posible que sea una condición familiar. Ni mis padres ni ninguno de nosotros, los tres hijos – dos varones y una hembra – nos distinguimos por esa forma de comicidad en particular. En cambio, tanto por la rama paterna como por la materna tengo parientes sumamente chistosos (algunos ya fallecidos), con el don de hacer reír a los demás.
Sin embargo, cuando yo era niño, mi papá de vez en cuando me echaba chistes (algo que no recuerdo haberlo visto haciendo con otras personas, adultas sobre todo), muy inocentes, huelga decirlo. Seguramente, con nosotros sus hijos se atrevía a mostrarse cómico; no le importaba hacer el ridículo. Algo como lo que hacía yo con mi hija cuando era chiquita, y hago actualmente con todos los niños pequeños.
Valga acotar que mi papá, sin ser contador de chistes, sí tenía un muy afilado sentido del humor (como buen oriental. No de Asia, sino de Venezuela), lo que le hacía tener salidas rápidas y divertidas. Por ejemplo, mi mamá me contó que un día al despertarse, se le acercó a mi papá – quién también se desperezaba su lado – y tras preguntarle juguetonamente al oído, «¿Quién es el negrito más rico de este mundo?», él le respondió en fracciones de segundo, «Michael Jackson».
De aquellas sesiones cómicas paternas recuerdo algo en particular; algo que 50 años después todavía me divierte: mi papá se destornillaba de la risa con sus propios chistes, aunque me los repitiera, mínimo, 3 veces cada uno.
Lo chistes en sí mismos me hacían reír mucho, pero definitivamente lo que más me divertía eran las contagiosas carcajadas de mi papá.
Dibujo extraído de dreamstime.com
Seguidamente, quisiera compartir con mis amables lectores tres de esos chistes paternos:
1)
Mi papá: «¿Tú sabes por qué al ‘Rey Pelé’ lo llaman así?» Yo: «No. ¿Por qué?». Mi papá (haciendo la demostración respectiva con mucho dramatismo escénico): «Porque siempre que iba a patear un penalti, fallaba la pelota y decía ¡ay, la pelé!».
2) Un tipo se le acerca a otro en plena calle y le pregunta, «Disculpe, Señor, podría decirme cuál es la acera de enfrente», a lo que éste responde, incómodo, «¿Usted se está burlando de mí? Por supuesto que es aquella» (señalando al lado opuesto de la calle). Entonces, el tipo le dice, «le juro que no es burla. Es que estoy confundido, porque acabo de preguntarle lo mismo a aquella Señora que está del otro lado, y me dijo que la acera de enfrente es esta».
3)
A un conductor se le espichó un caucho, pero siguió rodando unos 100 metros, hasta detenerse frente a un manicomio. Cuando se disponía a cambiar la llanta se dio cuenta de que ¡le faltaban las cuatro tuercas! y se quedó pensativo, sin saber qué hacer. Un paciente del manicomio que lo observaba desde una ventana, le pregunta, «¿Amigo, cuál es el problema?». El conductor le responde, «Por seguir rodando después del pinchazo, se le salieron todas las tuercas al caucho, y ahora no puedo cambiarlo». Entonces, el paciente, haciendo alarde de una gran inventiva, le sugiere, «¿Por qué no le quita una tuerca a los otros tres cauchos, y se las pone a ese? Así todos tendrían tres, y podría rodar sin problemas.» El hombre, impresionado por aquella genial solución, después de agradecerle muy efusivamente le pregunta al interno, «Amigo, dígame algo, ¿Cómo es posible que alguien tan inteligente como Usted esté en el manicomio? Y éste le responde sonreído, «Precisamente, yo estoy aquí por loco, no por bruto».
Querido papá, el recuerdo de tu rostro sonriente y tus carcajadas, durante aquellos shows cómicos para mí, todavía me hace reír – y llorar – de felicidad.
Por todos esos divertidos e invaluables momentos juntos siempre serás mi cómico favorito.
(Aprovecho para desearles a todos los papás buenos del mundo – especialmente al mío en el «Cielo» – ¡FELIZ DÍA DEL PADRE! Además quiero agradecer muy sinceramente a todos mis amables Soleros en todo el mundo, por su positiva respuesta a la anécdota anterior).
Sé que muy recurrente y abundantemente ensalzo a mi papá por su caballerosidad, al punto de sonar exagerado, pero, créanme, el hombre se merece el reconocimiento.
Apartando a mi primera novia formal (primer amor verdadero), que tuve a la edad de 19 años – y con quien estuve un año – y a mi segunda novia formal (segundo amor verdadero), que tuve a los 38 – y con quien me casé, tuve una hija y estuve 15 años – mis padres sólo me conocieron amigas. Es decir, por espacio de 14 años (no cuento el año que pasé en la antigua URSS y los 4 que pasé en China), nunca llegaron a conocerme «pareja legal».
En todos esos años, cuando iba a la casa acompañado de alguna amiga, mi papá, huelga decirlo, en todo momento se mostraba sumamente respetuoso y cordial. Incluso, paternal, diría yo. Vale destacar que lo mismo ocurría con las amigas y parejas de mi hermano menor.
A diferencia de mi madre, quien, sin ser ni «invasiva» ni inquisidora, era más curiosa y cautelosa, mi papá nunca llegó a hacerme preguntas sobre mi tipo de relación con esas muchachas. Si eran sólo conocidas, o buenas amigas, o conquistas, o novias, etc..
Fuera de las preguntas usuales que él, como mi padre, hacía en las conversaciones con esas jóvenes, o de algún comentario relacionado que le hiciera yo a él posteriormente, nunca quiso saber algo más allá.
Mi papá le dispensaba a todas mis amigas la misma deferencia, sin importar su apariencia, su condición social, ocupación, o su edad. A sus ojos, además de ser acompañantes de su hijo, eran mujeres, damas, merecedoras de todo su respeto y toda su consideración. De hecho, algunas de ellas llegaron a expresarme palabras de elogio y agradecimiento hacia mi papá, por su trato deferente, cálido. Y aquellas con quienes tuve una amistad más cercana y duradera llegaron a tenerle bastante aprecio.
Hoy, como padre de una adorable «catorceañera», quien en un par de años entrará en esa dinámica social con sus amigos varones, y tendrá mi aprobación para visitarlos (sólo durante reuniones familiares, o fiestas supervisadas, advierto desde ya), espero que los papás de esos futuros conocidos de mi adorada hija sean todo lo caballerosos, considerados, protectores y paternales que fue mi papá con mis amigas.
Una de tantas cosas que mis hermanos y yo tenemos que agradecerle a nuestros padres es que, durante toda nuestra juventud, nos permitieran hacer fiestas en la casa.
En el caso específico de mi papá – como explico en otras anécdotas suyas – es muy relevante, porque él era bastante más reservado y conservador que nosotros sus 3 hijos (y que mi mamá también). De hecho, a lo largo de mi festiva juventud, muchos amigos míos, asiduos asistentes a esas parrandas, se mostraban muy sorprendidos al enterarse de que mi progenitor y dueño de casa – «de festejos»- era un oficial de las fuerzas armadas.
En mis años juveniles, ya me llamaba la atención esa característica de mi papá; esa actitud tan solidaria y condescendiente con sus muy prolíficos organizadores de fiestas. Pero, fue con los años – y los bonches – que entendí las razones de aquella complicidad paterna. Lógicamente, privaba su deseo de vernos felices, pero también la certeza de que sus hijos, aunque bastante fiesteros, éramos suficientemente responsables y comedidos para mantener aquellas grandes rumbas bajo control, sin excesos ni violencia. Y más importante aun, la inmensa tranquilidad de saber que sus inquietos muchachos estaban festejando con sus amigos en la seguridad de su propia casa, justo debajo del dormitorio de los padres.
Por cierto, mis amigos disfrutaban tanto esas ocasiones que recuerdo una época cuando casi automáticamente después de saludarme me preguntaban: «¿Cuándo es la próxima rumba?».
Aprovecho para aclarar algo – y creo hablar por mi hermana y mi hermano también. Personalmente, mi tendencia a hacer fiestas en la casa no era por ganar popularidad, sino porque, uno, desde niño siempre he tenido el deseo genuino de hacer felices a mis amigos, dos, las fiestas eran la mejor forma de conocer muchachas.
Papá, perdóname por todas las horas que pasaste en vela producto de mis muchas fiestas caseras (¡más las que no dormiste cuando salí a rumbear a la calle!). Espero que haya realmente un «eterno descanso», para que así puedas recuperarte, aunque sea medianamente…
Siempre gracias por esa paternal comprensión.
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El militar comprensivo
Me sobran razones para admirar a mi padre: Su conducta recta; su responsabilidad para el trabajo, su elevado altruismo, su inteligencia, su solidaridad con los intereses de nosotros sus hijos, entre otras tantas. Pero, hay una cualidad suya que siempre le valoré especialmente en vida: Su gran respeto por nuestra individualidad.
Pero, hablaré de mi caso particular.
Podría decirse que soy una persona poco convencional, sin caer en el extremo. Condición que se acentuó más en mis años universitarios. Por ejemplo, recuerdo que a mediados de la carrera me dio por imitar el estilo de un popular cantante de la época, haciéndome una “colita” en el cabello. Más adelante, se me ocurrió probar suerte como stripper en despedidas de solteras, lo que se convertiría en mi principal fuente de ingresos (y de diversión) por los siguientes 4 años. Posteriormente, trabajé un par de años como animador de espectáculos nocturnos…
Esto no tendría nada de particular, a no ser porque mi papá, quien era bastante más conservador que yo, era también militar, oficial de las fuerzas armadas, con el grado de coronel.
Yo suponía entonces que a él no le agradaban mucho mis ocurrencias (ni a mi mamá tampoco). Pero, salvo por algunas conversaciones de sobremesa acerca de mis shows, nunca me dijo nada. Esto era muy significativo, tomando en cuenta su moralismo y su fuerte carácter. De hecho, a veces cuando nos mandaba a mis hermanos y a mí a hacer algo se le salía lo militar.
Creo que nunca me hizo señalamientos sobre esos asuntos porque ambos coincidíamos tácitamente en que si bien mi actitud era algo irreverente, no constituía ningún perjuicio para nuestra familia. De lo contrario, yo no lo hubiera hecho, y él tampoco lo hubiera permitido.
En el caso específico del strip-tease y la animación, hoy, en retrospectiva, me recrimino bastante a mi mismo muchos aspectos de esos trabajos. Pero, en aquel momento, como adulto responsable, al menos procuraba ser transparente, honesto y respetuoso con mi familia sobre esas actividades. Y siento que mi papá también, al menos, agradecía eso y me entendía.
Apenas dos años atrás, durante nuestras vacaciones decembrinas en Venezuela, mi mamá recordó en una de tantas conversaciones familiares, a modo de broma, que ni a ella ni a mi papá les gustaba para nada mi look de “mataor”, y que de hecho les incomodaba bastante. ¡Y pensar que llegué a acompañarlos así a innumerables actividades familiares y sociales!
Esa confesión de mi mamá, vino a confirmar mi vieja sospecha de que mis padres cuestionaban en secreto aquel excéntrico corte de cabello (y muy probablemente mi faceta de «animador»). Pero sobre todo me sirvió para reafirmar, casi 20 años más tarde, el profundo sentimiento de amor y respeto hacia mi padre por haberme amado y respetado él a mí también como su hijo y como persona.
El fin de semana pasado, durante uno de mis acostumbrados y gratificantes paseos ciclísticos con mi hija adolescente (visitamos el antiguo asentamiento de un castillo samurai construido hace 500 años), mientras pedaleaba, iba pensando en un rasgo suyo que ya había notado unos años atrás: su curiosidad y su naturaleza aventurera la hacen ser flexible, le permiten explorar más allá del plan trazado. Salió a su padre. Jajaja.
A la hora del almuerzo, en un paraje montañoso muy apacible, dentro de la otrora fortaleza, aproveché para explicarle a mi hija que me alegraba mucho que ella y yo compartiéramos esa flexibilidad, y que la misma era también característica de su abuelo paterno.
Cuando mi papá y yo viajábamos solos, prácticamente lo único planificado era el punto de llegada. Nuestros viajes eran auténticas aventuras exploratorias. En esas situaciones, nuestro carácter relajado y adaptable nos posibilitaba hacer cambios sobre la marcha, salirnos del plan de ruta cuando quisiéramos.
Siempre recuerdo con especial emoción nuestros periplos juntos por la costa oriental venezolana, cuando íbamos a visitar a la familia en Carúpano, ciudad natal de mi papá. Podíamos detenernos en muchos puntos a contemplar el idílico paisaje marino (la mayoría de las pinturas en la casa familiar, allá en Venezuela, son marinas, por la directa conexión que tenía mi papá con el mar), o salirnos del camino para incursionar en algún poblado pintoresco, o pararnos repentinamente para darnos un breve chapuzón en alguna playa paradisíaca, o hacer un alto aquí y allá para degustar algunos de los sabrosos alimentos locales.
Eran buenos tiempos, cuando Venezuela aun contaba con una infraestructura turística bastante decente; cuando el local y el foráneo podían disfrutar de las infinitas bondades de nuestro rico y hermoso país, en un ambiente de orden y seguridad aceptables. Como siempre digo, distaba mucho de ser un país perfecto, pero podíamos recorrerlo, admirarlo, palparlo, disfrutarlo.
A Chávez, Maduro, sus secuaces y colaboradores los condenaré y repudiaré por siempre, no sólo por ser una banda de criminales que somete cruelmente a mi pueblo, sino por haber arruinado nuestra Tierra, nuestro paraíso.
Discúlpenme el amargo paréntesis. Volviendo a los momentos felices con mi papá, en su «cumpleaños» (11 de febrero), y a 18 años de su partida, quiero agradecerle eternamente por nuestros emocionantes viajes juntos; por hacerlos más divertidos con su carácter jovial y su espíritu aventurero, y, hay que decirlo, con su deseo paterno de hacerme feliz a mí, su hijo y compañero de viaje.
(17 Octubre, 2020) El pelador de naranjas Tras jubilarse de las fuerzas armadas, el coronel La Rosa, mi papá, comenzó a pasar más tiempo en la casa y, en consecuencia, a hacer cosas que antes yo, en lo particular, no le conocía. Una de esas nuevas actividades era pelar naranjas. En esa época, cuando Venezuela todavía era un país decente (ahora está tan destruido y arruinado que da lástima. Parecieran tiempos muy lejanos, o que hubieran sido sólo una leyenda), y mucha gente podía vivir bien de su trabajo, mis padres le compraban naranjas por cientos a unos buenos vecinos italianos que tenían una pequeña finca frutal. Se acababa un saco y comprábamos otro. Esa dinámica se repitió por varios años. Debido a sus trabajos dignos, productivos y honestos tanto mis padres como los vecinos podían brindarle una buena vida a sus respectivas familias. Como les estaba diciendo, a mi padre, el coronel la Rosa (como lo llamaban todos por ser el rango con el que se retiró de su amada y otrora honorable Guardia Nacional) le dio por pelar naranjas. No sólo las suyas, aclaro, sino las de todos los comensales presentes. Y en ocasiones las exprimía para que tomáramos sumo. También lo recuerdo sirviendo, de vez en cuando, otras frutas como patilla, melón, etc., o haciendo el jugo. Ese hábito, ese gesto de mi papá- entre otros que sí le conocí de niño – era el reflejo de su naturaleza generosa y servicial, de su necesidad de proveer para los suyos, de su gran responsabilidad y su infinito amor de padre. Ayer en la noche (del 16 de octubre, aquí en Tokio) mientras consideraba opciones para la anécdota paterna de hoy, me vino a la mente ese recuerdo tan emotivo y aleccionador para mí, para mi vida: mi amado padre, un día cualquiera, justo antes del desayuno, pelando sus naranjas, de lo más contento – con mucha habilidad, hay que decirlo – compartiendo con nosotros, velando por su familia, como lo hace todo buen padre.
…………………………………………………………………………………………………………… Arepa con queso amarillo
Pasé el domingo y el lunes contándole a familiares y amigos en Venezuela y en todo el mundo que, el sábado, tuve la inmensa dicha de comer arepas (después de varios años sin poder hacerlo), ya que una empresa peruana radicada en Tokio está importando nuevamente la Harina P.A.N. a Japón. Valga acotar que tanto mi hija como mi esposa japonesas también se desviven por comerlas, y siempre que tenemos la oportunidad es motivo de fiesta. En una de esas conversaciones, mientras mi interlocutor y yo nos dábamos a la tarea de enumerar la infinidad de productos con los que rellenábamos las arepas en la otrora Venezuela de abundancia, me acordé de la predilección de mi difunto padre por el queso amarillo, que, si mal no recuerdo, era uno de los más baratos entre la gran y deliciosa variedad de quesos existente en mi país. Por eso, para satisfacción de mi papá, en la casa frecuentemente había queso amarillo para sus arepas. A mí y demás miembros de la familia también nos gustaba, y de tanto en tanto lo comíamos gustosos, pero sin llegar al grado de «manía» de mi papá. Me hace mucha gracia recordar la «fijación» de mi progenitor por el queso amarillo. Cuando se nos presentaba la feliz ocasión de ir juntos a una arepera, todos teníamos dificultad para elegir entre tantas opciones deliciosas; todos aprovechábamos para saborear algo especial, diferente a los sencillos rellenos que comíamos ordinariamente en casa. Todos menos mi papá, quien, sin dejarse seducir por la exuberante gama de manjares ante sus ojos, invariablemente se decidiría por su insustituible arepa con queso amarillo.
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«Revelación del Año»
En una anécdota anterior, «Tenor… en la ducha», les relaté que mi papá, quien se crecía como cantante a la hora del baño (jamás en público), una vez me sorprendió, incluyendo en su repertorio dos canciones de mi autoría.
También explico en «Corazón oriental fiestero», como se desataba mi padre entre sus hermanos y demás familiares directos.
Bueno, el cuento de hoy trata de otra sorpresa musical que me brindara mi progenitor, en una fiesta decembrina celebrada, precisamente, donde una hermana suya, en su Carúpano natal.
En aquella inolvidable cena navideña, junto a mis muy queridos tíos y primos paternos, me puse a cantar con un Cuatro. Lo que ocurrió entonces me emocionó hasta las lágrimas, y me emociona todavía hoy.
Tras dedicarle, muy modestamente, a los animados comensales carupaneros algunas canciones de su amada región, me animé a cantar dos valses orientales de mi cosecha, «Puerto Píritu» y «San Antonio del Golfo», los mismos que, anteriormente y de forma inesperada para mí, se había aprendido mi papá y cantaba bajo la ducha.
Mi padre, quien, repito, «jamás de los jamases» cantaba en público (a lo sumo, hacía bocaquiusa o se «tragaba las palabras» para no ser escuchado), se soltó a cantar mis dos canciones, como si nada, tan tranquilo, a todo pulmón, como si para él cantar frente a los demás de pronto fuera lo más natural del mundo.
Y que conste que para esa época, él ya tenía muchos años que no bebía.
Perplejo como estaba por aquel «milagro», yo, en la primera canción, fui bajando el volumen de mi voz gradualmente, hasta dejar a mi papá solo, en los solos.
Tuve que respirar muy fuertemente para contener un llanto de pura alegría.
La perplejidad de mis tíos no fue menor. Conocedores de la timidez de su hermano en esas lides, estallaron en vítores y aplausos.
En la segunda canción, ya simplemente le di la entrada a mi papá y lo dejé a sus anchas. Yo nada más le hice el coro, y me limité a disfrutar, alucinado, aquel acontecimiento sorprendente.
Permítaseme un explicación técnica: Aparte de su timidez, siendo yo muy joven ya había notado que cuando mi papá estaba solo, oyendo un disco o la radio, le resultaba imposible seguir una canción, porque él siempre se adelantaba ¡y por bastante! Así que lo que hice aquel día memorable fue seguirlo yo a él, con el Cuatro; adaptándome perfectamente a su tiempo, de modo que ni él mismo ni ninguno de los presentes notara su proverbial desfase musical. Resultado: ¡Un concierto de mi padre para la posteridad! y la votación unánime de la concurrencia, que le valió el premio como «Revelación del Año».
Uno de los mejores regalos que me hicieran mis padres de niño fue un avioncito de motor a control de cuerda. Esa aeronave entra, fácilmente, en la lista de los 3 mejores juguetes que tuve.
No logro recordar si fue un deseo mío, o si fue idea de mis padres. Lo cierto es que aprovecharon el viaje de un tío materno a los Estados Unidos para encargárselo.
El día que el tío llegó a la casa con el muy esperado encargo se produjo un gran revuelo familiar.
Y no era para menos. Nunca habíamos visto un juguete parecido: muy moderno, de tecnología avanzada. Aquello nos pareció salido de una película de ciencia ficción.
Por fortuna, mi tío era ingeniero mecánico y, de paso, uno de esos «manitas» capaz de armar y desarmar cualquier cosa. Así que él mismo se encargó de ensamblar aquel sofisticado artefacto. ¡Cómo agradecerle tanto!
Por fin, mi espectacular aeroplano estaba armado, listo para volar. Recuerdo bien que fue un día laboral, así que el tío nos pidió a mí y a mi papá que esperáramos hasta el fin de semana, para ir a volarlo juntos, y así poder ayudarnos con las instrucciones, que estaban en inglés y eran muy técnicas, como era de esperarse.
Pero mi papá tenía otros planes…
Lo venció la impaciencia. No pudo esperar hasta el fin de semana. Hoy entiendo que estaba incluso más entusiasmado que yo mismo. Afloró su «niño oculto», en toda su magnitud y, al siguiente día, mientras yo estaba en la escuela, se fue, de lo más contento, a volar «su» avión.
Cuando regresé de clases, mi súper avión, el juguete de mis sueños, estaba en un rincón de la sala, hecho pedazos.
Afortunadamente, no guardo recuerdos claros de mis emociones de aquellos años (creo que estaba en 6to. grado), ni de aquella situación en particular, pero imagino que debe haber sido una experiencia absolutamente desoladora para mí; algo triste para toda la familia, especialmente para mi papá.
En descargo de mi padre quisiera decir que, tal vez, él, en su afán de hacerme feliz, quiso tener más participación en aquella experiencia. Posiblemente sintió que mi tío ya había hecho bastante por nosotros, así que trató de aprender a volar el avión por su cuenta, para luego, ser él, mi padre, quien me enseñara.
En verdad, me es imposible recordar lo que sentí entonces. Pero no puedo culpar a mi padre por haber querido más protagonismo en procura de mi felicidad. Al contrario, se lo agradezco, hoy y siempre.
(Esto lo publiqué originalmente el 11 de febrero de 2013, cumpleaños de mi difunto padre)
Es verdad que a lo largo de toda su carrera militar mi padre se caracterizó por ser un subalterno «contestón», especialmente con los superiores «arbitrarios e inmorales», según decía él mismo cuando me echaba los cuentos sobre su vida en los cuarteles. Pero, también es verdad, como fui entendiendo yo con el tiempo, que aquella rebeldía característica suya era expresión de la solidez de sus valores humanos y castrenses. Testarudo defensor de la justicia, dentro y fuera del ámbito miliciano, nunca permitió abusos ni humillaciones de cadetes u oficiales de mayor rango, lo que le valió, sobre todo durante sus años de escuela, numerosos castigos, incluidas unas cuantas entradas al calabozo. Esto lo recordaba él con jocosidad y cierto orgullo.
De origen humilde, mi padre nació en Carúpano, en el Oriente venezolano, y se trasladó, con bastante sacrificio, a la capital, Caracas, para cursar estudios de secundaria, al término de los cuales decidió ser militar y abrazó la carrera de las armas con total devoción. Así lo demuestra su desempeño tanto en la antigua Escuela de Formación de Oficiales de la Guardia Nacional (EFOFAC), como en sus años de oficial.
En el último año de la escuela, llegó a ser el segundo más destacado de su promoción, obteniendo la jerarquía de Alférez Auxiliar, sólo por debajo del Alférez Mayor (en su curso, conformado por más de 100 alumnos, había sólo 2 ó 3 Alf. Aux.); en los años posteriores, desde el grado de Subteniente hasta el de Teniente Coronel, o «Comandante» (unos 20 años) estuvo invariablemente entre los primeros de su promoción.
Tras su ascenso a Teniente Coronel, le asignaron el comando de un destacamento encargado de la custodia de algunas empresas e instituciones localizadas en la región capital. Cargo de cierta relevancia dentro de la oficialidad de la Guardia Nacional, por la importancia estratégica de dichas instalaciones. Valga decir que, en todo el tiempo que estuvo frente al «destacamento industrial», lo vimos muy entregado a su trabajo, como siempre. Recuerdo que, entre otras tantas acciones positivas propias de su carácter visionario y emprendedor, remodeló el casino y fundó una pequeña biblioteca, «para que soldados y oficiales puedan pasar su tiempo libre de manera más constructiva», como él mismo explicaba.
Pero ocurrió que vino el Curso de Estado Mayor, el cual fue una experiencia no muy positiva para el Comandante La Rosa. Sus calificaciones finales fueron mucho más bajas de lo esperado. Mi padre se lo atribuiría a «antiguos enfrentamientos con la superioridad». De hecho, en su ascenso a Coronel, para sorpresa de muchos, él no ocupó un puesto destacado en la lista.
Sin embargo, el ahora Coronel La Rosa no permitió que aquella situación lo amilanara. Al contrario, desempeñó todas y cada una de las funciones asignadas (por modestas que estas fueran) con su espíritu militar de siempre y su proverbial entusiasmo para el trabajo; siempre buscándole el lado bueno a todo.
Así las cosas, mi padre cumplió su período de Coronel, pero, por primera vez en su carrera, no fue promovido a la jerarquía superior, el tan anhelado generalato.
Tuvo dificultad para asimilar aquel «tropiezo», puesto que él consideraba que durante sus 4 años de Coronel había hecho méritos más que suficientes para ser General. Sintió tal frustración, que llegó a plantearse muy seriamente el dejar de inmediato las fuerzas armadas, su entrañable Guardia Nacional.
En nuestras conversaciones de aquellos días difíciles para él, mi papá sugirió que algunos superiores (para aquel entonces generales influyentes) le estaban «cobrando viejas deudas» por diversas situaciones donde él los había enfrentado directamente, bien en protesta por alguna arbitrariedad en su contra, o bien en reclamo por ciertos procederes que, en opinión de mi padre, eran del todo incorrectos.
Aunado a eso, mi padre, aunque dotado de una personalidad muy cálida y cordial (muchos compañeros de armas, amistades y familiares – yo incluido – lo vieron siempre como un «perfecto caballero»), no era muy dado a la práctica de las relaciones públicas (salvo cuando se trataba de personas u organizaciones que compartieran sus intereses filantrópicos. De hecho llegó a ser presidente del Rotary Club de San Antonio de Los Altos. Aunque debo decir que a él no le importaba tanto el prestigio de esa presidencia como la gran oportunidad que le brindaba de servir a la comunidad); más aun, se opuso siempre al «amiguismo» y al «compadrismo», especialmente dentro de las fuerzas armadas. Y eso pudo haber influido en que algunos compañeros, superiores y subalternos lo percibieran, desde sus años en la escuela, como un tipo algo incómodo, como un outsider.
Con esto no estoy sugiriendo, en ningún momento, que en las fuerzas armadas venezolanas no haya personas que logren sus ascensos por méritos propios. Pero todos sabemos lo mucho que ayudan las relaciones sociales en esos altos niveles profesionales castrenses. Es mucho lo que hay en juego…
Lo cierto es que un día, cuando le pregunté que había decidido hacer al respecto, me dijo estas palabras: «Estoy tan arrecho y desilusionado con la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas en general, por esta injusticia, que estuve a punto de pedir la baja como muestra de mi repudio, y sobre todo porque sé que me están perjudicando expresamente. Pero después de meditarlo mucho, de consultarlo con Dios, entendí que si yo quiero combatir realmente esas irregularidades, hago mucho más desde adentro que desde afuera. Es más, después de tantos años, tengo la responsibilidad de quedarme y enfrentarlas. También entendí que mi rabia no es contra la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas, como instituciones, sino contra unos carajos perjudiciales que pretenden apoderarse de ellas, y arrebatárselas a quienes, como yo, sentimos que nos pertenecen, con todo derecho. Así que no les voy a dar el gusto de irme y dejarlos tranquilos, haciendo lo que les da la gana, en perjuicio de mi Fuerza. Me voy a quedar. Les voy a dar la razón sobre que soy un tipo incómodo, voy a ser «la piedra en el zapato» de esos carajos por los próximos 4 años…»
Al iniciar su «segundo período» de Coronel, mi papá aceptó – con mente positiva como siempre – su nuevo cargo, aunque sospechando que se lo daban porque lo consideraban de muy bajo perfil, poco relevante y hasta aburrido: Oficial de Enlace entre el Ministerio de la Defensa y el Ministerio del Ambiente.
Pero, como me diría el mismo, ellos no sospechaban que más bien lo estaban premiando, ya que mi padre siempre fue un ambientalista. Desde niños nos inculcó a mí y a mis dos hermanos el amor y el cuidado por la naturaleza. También recuerdo claramente el entusiasmo y la energía que desplegaba en las campañas voluntarias conservacionistas, durante sus años en el Rotary Club. Así que lo estaban colocando más bien en una posición privilegiada, estratégica, para contribuir con el desarollo, soporte, coordinación, etc., de proyectos ambientalistas a nivel nacional. Posiblemente, algunos jefes pensaron que aceptando ese cargo tan «administrativo» se marginaría a sí mismo, pero, en cambio, mi papá, un «guardia forestal» hasta los tuétanos, se sintió en el lugar perfecto.
De esa forma transcurrieron los últimos años de la carrera del Coronel La Rosa (como se refería y todavía se refiere a él mucha gente por cariño y por respeto): tranquilo, satisfecho, desempeñando una labor que lo apasionaba.
Aun puedo verlo y escucharlo hablando enérgico y emocionado sobre su trabajo, sus ideas, sus sueños. Por ejemplo, un día me contó que tomó acciones contra un contrabando de madera supuestamente encabezado por un general…
(Publicada originalmente en mi blog «El guachimán», el 11 de febrero de 2011, en el cumpleaños de mi difunto padre)
Podría decirse que es una ley de la vida que mientras nos vamos haciendo mayores menos tiempo pasamos con nuestros padres. Y si bien yo no fui la excepción de esa regla, de vez en cuando me proponía compartir actividades con mi papá, con el claro propósito de disfrutar de su irreemplazable y gratificante compañía paterna.
En una oportunidad, le pedí que me acompañara a un viaje de negocios. Para ese entonces yo no tenía empleo fijo, y se me ocurrió vender tambores de Gaita y cuatros (la Gaita es un género musical tradicional venezolano, originario del del estado Zulia, tocado mayormente en diciembre. El Cuatro es el instrumento nacional de Venezuela. Como su nombre lo indica tiene 4 cuerdas), en una de las ferias navideñas que tradicionalmente funcionaban en San Antonio de Los Altos, bonita y apacible ciudad montañosa del estado Miranda, donde viví con mis padres y hermanos por casi 30 años.
Mi plan consistía en ir a comprar los instrumentos a Barquisimeto, capital del centro-occidental estado Lara, y conocida como la “ciudad de los crepúsculos” y la “capital musical de Venezuela”. Allí se fabrican instrumentos de excelente calidad, y debido a las muchas fábricas y tiendas existentes, también se consiguen excelentes precios.
Iríamos en uno de los carros de la familia. Esos viajes solo con mi papá siempre eran interesantes de muchas maneras. Durante el recorrido (nos alternábamos al volante), hablábamos de muchas cosas, sobre todo de las menos conversadas en casa. Y además de ser aventureros por naturaleza, compartíamos una especie de flexibilidad, una tranquilidad que nos permitía tomar decisiones y hacer modificaciones al plan, sobre la marcha, lo que hacía la experiencia aun más placentera y provechosa. También discutíamos mucho; a veces bastante fuerte. Pero en esos casos, al final siempre prevalecía nuestro profundo deseo de compartir; nos “sacudíamos” la rabia rápidamente, ya que estábamos conscientes de que esos viajes juntos eran momentos irrepetibles cuya razón de ser eran el disfrute y la comunión padre-hijo.
Volviendo a los instrumentos, les cuento que en nuestro último día de compras en la pintoresca ciudad crepuscular y musical, fuimos a una tienda especializada en cuatros.
Para aspirar a obtener ganancias vendiendo instrumentos en una feria decembrina popular, estos tenían que ser económicos, de mediana calidad. Así se lo hice saber al encargado, pero, este, queriendo “pasarse de vivo”, incluyó en el grupo unos cuantos de calidad inferior. La prueba de sonido la hizo “por encimita”, a la carrera, y yo no quedé muy satisfecho. En efecto, le comuniqué a mi papá que no los compraría y que revisaría otra tienda. Pero él, un alma caritativa – hasta con los vendedores truculentos – me insistió y me convenció de que los comprara.
Así las cosas, regresamos a San Antonio “felices y contentos” con nuestro cargamento musical y con la aventura vivida. Vale destacar que nos las ingeniamos para conseguir tiempo de hacer turismo en algunos de los lugares más emblemáticos de la región.
Pero, mis temores sobre la dudosa condición de algunos de los cuatros se confirmaron: eran muy elementales; sólo permitían tocar unos pocos acordes básicos. Con esto no pretendo en modo alguno desprestigiar a sus fabricantes. Ellos hacen instrumentos para todos los “bolsillos” y usos, incluidos los muy sencillos adquiridos por mí con mi limitado presupuesto. Pero, se supone que el cliente sabe exactamente lo que está comparando. Así que aunque aquel comerciante nos “metió gato por liebre”, la responsabilidad fue nuestra por haber aceptado.
Pero, eso no es lo más relevante del cuento.
Una vez concluida la feria navideña, 10 cuatros “se quedaron fríos”, como decimos en Venezuela cuando una mercancía no se vende. Precisamente los de menor calidad. Yo sí le permitía a los clientes probarlos con calma, y ellos, a su vez, no eran tan caritativos como mi padre…
Tampoco esto es lo más importante de la historia.
Tras varios meses de tener los cuatros “fríos” guardados, sin saber qué hacer con ellos, se me ocurrió donarlos a un centro cultural comunitario de la ciudad, presidido en ese entonces por un buen amigo de la familia. No hace falta decir lo contento que se puso mi papá al saberlo. Muchos niños pequeños y de escasos recursos se beneficiarían con la idea. De hecho, decidí compartir esta anécdota porque hoy, a la distancia, entiendo claramente que así tenía que ser; a eso fui a Barquisimeto con mi amado papá y tocayo, Ángel Rafael La Rosa, a comprar unos cuatros de calidad regular, pero que en las manos de aquellos niños humildes seguramente fueron joyas.
Todo comenzó con la proverbial terquedad de Ángel La Rosa… Gracias papá. ¡Feliz cumpleaños! Tu alma noble y generosa descanse en paz.
En una cultura como la nuestra que, hasta hace poco, prácticamente le rendía tributo al machismo, un hombre cien por ciento fiel a su mujer era una rareza.
Lo paradójico es que, como aprendería yo con los años, las propias mujeres latinas, en mayor o en menor grado, contribuían a la existencia de esa mentalidad machista en la sociedad.
Por favor, relean lo que escribí. No estoy sugiriendo – ¡ni por equivocación! – que las féminas sean las responsables, sino que, por prácticas culturales muy arraigadas, ellas, en general, eran parte activa del problema.
Pero, este escrito no es una disertación sobre el machismo y sus causas, sino una reflexión muy ligera y anecdótica sobre la conducta de mi difunto padre en relación a ese aspecto en particular.
Algo que aún le agradezco a él, profundamente, es el respeto que, estando conmigo, siempre mostró hacia mi madre. De acción y de palabras. Creo que es un rasgo admirable. De tanto en tanto, me esfuerzo en encontrar en la memoria algún detalle, algún desliz, algún pequeño error… y nada.
No es poca cosa, considerando lo normales que eran esas conductas sexistas a mi alrededor, durante mis años infantiles y juveniles.
Ahora bien, si mi papá le fue siempre fiel a mi mamá, eso no lo sé. Quisiera creer que sí, pero ni siquiera por él puedo «meter las manos en el fuego». Lo único que puedo asegurar, insisto, es que en mi presencia – y en ausencia de mi mamá – permanentemente se condujo con el más absoluto respeto.
La fidelidad siempre ha sido algo sumamente importante para mí (tanto que, para no incurrir en falta, apartando las relaciones pasajeras, sólo he tenido dos novias formales en mi vida: mi primer amor y mi esposa), por eso me haría inmensamente feliz si mi papá fue honesto con mi mamá. Pero, el sólo hecho de que en tantos años, en infinidad de momentos padre-hijo, él haya sido un esposo tan respetuoso, caballeroso, ejemplar, lo hacen merecedor de mi admiración, mi respeto y mi agradecimiento eternos.
Querido papá, gracias miles por tan valioso ejemplo. Ahora es mi turno de ponerlo en práctica.
Esta anécdota, de cuando fui con mi papá al mismísimo DodgerStadium a ver a los mismísimos Dodgers de los Ángeles, la recordé hoy (jueves, 1 marzo, 2016), precisamente mientras veía un juego de Grandes Ligas por televisión.
Eso fue por allá por el 77, si no me equivoco. A mis 11 años. Entonces, mis padres y los 3 hermanos estábamos pasando las vacaciones escolares de julio-agosto junto a una entrañable tía materna y su esposo, quienes, por aquellos días, residían en California por motivos de estudio.
Para venezolanos aficionados al béisbol como mi papá y yo, aquella era, definitivamente, una actividad obligatoria dentro del plan vacacional.
Pero lo que quiero resaltar de aquella bonita experiencia no es el tremendo juego de pelota que vimos (Dodgers vs. Astros, incluida la emocionante aparición del legendario hitiador venezolano Víctor “Vitico” Davalillo), sino el proverbial carácter contradictorio de mi padre, el cual, durante el partido, salió a relucir en todo su esplendor. Ese mismo carácter que lo empujaba a librar innumerables batallas “solo contra el mundo”; el que lo hacía responder automáticamente “no” a una petición de sus hijos (aunque nosotros esperábamos tranquilos a que un minuto después nos diera su aprobación); el que, en ocasiones, exasperaba a mi mamá de tal forma que la hacía decirle: “¡Ángel La Rosa, tú eres la contradicción en pasta!”
Pero, aquel temperamento contradictorio que, elevado a su máxima expresión, causaba no pocas molestias a la gente, podía ser también, en muchos casos, motivo de diversión para los involucrados, como, en efecto, ocurriría aquella vez.
En uno de los más grandes templos del béisbol, el legendario Dodger Stadium, atestado de furibundos seguidores, y donde los amos y señores de aquel feudo se batían en duelo con uno de sus más asérrimos rivales de entonces, a mi padre se le ocurrió la original idea de ¡hacerle barra a los Astros de Huston! Así mismo como se lo estoy contando.
Algo preocupados, mi tío político y yo le pedíamos repetidamente a mi papá que moderara su efusividad, pero, al final, aquel temerario comportamiento resultó tan cómico que nos hizo reír muchísimo, ¡y a los fanáticos angelinos que nos rodeaban también!
Como Ustedes imaginarán, mi ocurrente padre en realidad no era ni remotamente fanático de los Astros. Por el contrario, él simpatizaba con los Dodgers porque eran un equipo popular en Venezuela, por la presencia del Venezolano Davalillo, y porque ese año eran fuertes candidatos a llegar a la Serie Mundial, como efectivamente lo harían.
Ese día mi papá sencillamente vio la oportunidad perfecta de divertirse y divertir a los demás llevándoles la contraria. ¡Y lo logró con creces!
Bendición papá. Siempre gracias por tantos bonitos recuerdos.
Para todos los felices y orgullosos papás del mundo, ¡FELIZ DÍA DEL PADRE! (2012)
SÍ alguien personifica cabalmente eso de “cantar bajo la ducha” es mi difunto padre. Incapaz de cantar en público por su timidez para lo histriónico, se transformaba en todo un tenor a la hora del baño.
Y, en honor a la verdad, además de su carácter reservado, tenía cierto “problema de oído”. A mi papá le resultaba sencillamente imposible cantar “sobre” una canción determinada. Siempre que trataba de seguir una (tenía que gustarle demasiado para atreverse a hacerlo con gente cerca) o se atrasaba o se adelantaba mucho, por lo que al final la música iba por un lado y él por otro. Ni hablar de cantar solamente con el acompañamiento musical. En los 37 años que vivimos juntos, ¡lo vi haciendo eso sólo una vez! Pero esa anécdota merece un escrito aparte, otro día.
Como digo al principio, aquel tipo más bien discreto, bajo la regadera se volvía un señor cantante. Y es lógico, porque su problema era únicamente con el ritmo, no con la melodía. Por el contrario, era bastante melodioso y, paradójicamente, tenía una tremenda voz de barítono, muy bien timbrada. O sea que en la privacidad de las cuatro paredes del baño, sin las ataduras rítmicas que le imponían los temas grabados, mi papá se soltaba a cantar libremente, a sus anchas, ofreciéndonos frecuentes y memorables conciertos.
Recuerdo que un buen día, comenzó a cantar también en la cocina. Él y yo éramos los lavaplatos oficiales de la casa, sobre todo por las noches y fines de semana, cuando no estaba la Señora María, nuestra entrañable doméstica. Así que a veces mi papá se ponía a fregar poco después de la cena, a la hora en que todos nos retirábamos a nuestras respectivas actividades del final del día, porque sabía que se quedaría solo en la cocina por un buen rato, el suficiente para uno de sus recitales.
Pero este recuerdo tan grato es apenas la introducción de la anécdota paterna que quiero contarles hoy.
Una tarde, al regresar a la casa, de mis clases en la universidad, recibí una de las mayores y más gratas sorpresas de toda mi existencia. Mientras subía las escaleras para dirigirme a mi cuarto, escuché al cantante lírico Angelo Rosi (por el parecido con Ángel La Rosa) en una de sus interpretaciones habituales. Esto no tendría nada de particular, excepto porque estaba cantando una canción compuesta por mí. Nunca imaginé que algo así pudiera ocurrir: ¡Mi papá cantando una de mis canciones! de principio a fin, con la misma gracia y el mismo entusiasmo que cantaba otros tantos temas de su predilección. “¿En qué momento se la había aprendido?”; “No sabía que le gustara tanto”; “la canta como si la conociera desde siempre”; “ojalá yo tuviera esa voz”; “Escuchar mi canción en ese estilo mezcla de Sinatra con Sadel es alucinante”; «que increíble sorpresa»; «le agradezco con todo mi corazón»…
(Aquí pueden ver el video Youtube de esta canción)
No me había recuperado de la impresión y de la tremenda emoción que me produjo aquel momento, ¡cuando mi papá comenzó a cantar otra composición mía!
(Aquí está el video YouTube de esta otra canción)
Si al recordar y escribir esto lloro. Naturalmente. Imagínense, amigos, lo que sentí ese día. Sobran las palabras…
Mi amado padre no era la persona más expresiva a la hora de mostrarnos sus afectos, pero con gestos como el de aquel día inolvidable nos decía todo y más. Esa tarde, durante uno de sus tantos conciertos bajo la ducha, mi papá me dijo claramente lo mucho que le gustaban mis canciones; lo mucho que valoraba mi modesto intento de hacer música, lo mucho que me amaba.
Papá, en todo estos años, alguna que otra vez he escuchado varias de mis canciones en las voces e instrumentos de algunos de mis amigos músicos, lo cual, como es de suponerse, me ha hecho sentir sumamente feliz y agradecido. Pero debes saber que nunca más volveré a sentir lo que sentí al oír tu maravillosa versión, la más pura expresión de tu amor de padre.
(Este 11 de febrero de 2012, mi amado difunto padre cumple un año más de existencia en los mundos infinitos. Así que, en su memoria, aquí va otra anécdota suya. Bendición papá).
Hasta donde alcanzo a recordar, siempre me ha gustado ejercitarme y hacer deporte. Es una constante en mi vida. Y aunque no puedo presumir de haber sido un deportista destacado (apenas gané un puñado de medallas en primaria y secundaria), sí me vanaglorio de tener bastante actividad deportiva desde niño, y de mantenerme en forma actualmente, lo cual, en mi opinión, ha redundado en una existencia más plena.
Hoy, cuando busco en mis recuerdos infantiles y juveniles escenas gratificantes de mis pasatiempos deportivos, puedo ver claramente que mi gusto por la actividad física se lo debo, en mucho, a mis padres. Mi madre, médico obstetra y una auténtica cheerleader de sus 3 hijos, es conocedora de los inmensos beneficios de la práctica deportiva para la salud mental y corporal. Mi padre, un “entrenador” nato (por su tendencia a mandar, como buen militar), también disfrutaba mucho los deportes, y era inmensamente feliz jugando cualquier cosa con nosotros.
Foto de: eresmama.com
Foto de: ABC Color
Precisamente, esta anécdota nace de uno de esos bonitos recuerdos infantiles. Yo estaba en 6to grado (el último de primaria), con 11 años de edad, y mi colegio organizaba una de sus acostumbradas y animadas verbenas familiares, con las típicas actividades culturales y deportivas donde los inquietos escolares muestran sus muchos talentos a sus muy orgullosos padres.
Por aquellos años, mi colegio se destacaba en voleibol masculino, por ser la especialidad de nuestro profesor de deportes. Cabe destacar que después de terminar la primaria visité el colegio con cierta frecuencia (justamente durante las verbenas), siendo la última vez en 2007, ¡y en esos 30 años, el profesor era el mismo! También quiero aprovechar para “hacerle una propagandita” a mi hermano menor (le llevo 4 años), quien, por su rendimiento sobresaliente en las competiciones de voleibol inter-escuelas, en una oportunidad fue llamado a representar a nuestro estado en unos juegos infantiles nacionales. Durante mis visitas, el “eterno” profesor siempre me repite: “Tu hermano es, tal vez, el mejor deportista en la historia del colegio”.
Y volviendo al protagonista del cuento, me gusta muchísimo recordar que en aquella feria escolar los padres fueron invitados expresamente a jugar voleibol junto a sus hijos, y que mi papá aceptó muy presto y solícito, como era de esperarse. Calculo que para esa época él tendría unos 37 años de edad, y aun exhibía unas condiciones físicas bastante decentes; todavía se “defendía”, como decimos en Venezuela, significando que a pesar de los años aun podemos desenvolvernos más o menos bien. Por cierto, el voleibol también era el deporte predilecto de mi papá. Y mi hermana menor no se quedaba atrás. Definitivamente, la cosa viene de familia…
Foto de mx.depositphotos.com
Esa imagen de mi papá jugando voleibol conmigo en la escuela me hace dichoso. De hecho, fue uno de los pocos padres que se atrevió a hacerlo, y – me disculpo por la inmodestia – el único de ellos que sabía jugar realmente. Además, parecía que él era el entrenador y el árbitro, ¡ya que no paraba de dar instrucciones!
Pero, la razón por la que ese recuerdo me es tan grato, es porque veo a mi papá junto a mí, feliz, jugando, riendo, compitiendo, y “luciéndose”; porque representa su marcada influencia en mi gusto por los deportes, con su propio interés por practicarlos, y con su paternal disposición a disfrutarlos conmigo y mis 2 hermanos. Era su manera de inculcarnos que tener “mente sana en cuerpo sano” es fundamental para vivir la vida en salud y plenitud.
Ahora me toca a mí inculcárselo a mi hija, lo cual, en parte gracias a mi papá, es algo muy natural y en extremo placentero para mí. Ella no conoció a su abuelo deportista pero, su amor de padre, expresado en esos instantes deportivos, me acompaña en todo momento, sobre todo cuando estoy correteando o jugando pelota con su muy enérgica nieta de 5 años, a quien ya estoy enseñándole a jugar voleibol… Por supuesto.
Esta anécdota tiene 2 propósitos: Uno, homenajear a mi amado difunto papá en el Día del Padre (junio 2011), dos, relatar un hecho que, en mi opinión, confirmaría la existencia de «algo» superior que nos protege, de «ángeles guardianes».
Una vez, mi papá me acompañó a comprar unos instrumentos musicales en la ciudad de Barquisimeto, capital del centro-occidental estado Lara, en Venezuela.
Al regreso de aquella breve pero muy productiva estadía de 2 días, debimos transitar de noche por un tramo carretero en extremo peligroso (con un elevado índice de accidentes viales, muchos de ellos trágicos). En ese momento nos encontrábamos a mitad de camino – unas 3 horas – de nuestra casa ubicada cerca de Caracas. En esa zona, la carretera de doble vía – un canal de ida y otro de venida – era sumamente angosta, y no tenía muro separador. De noche su peligrosidad aumentaba considerablemente, porque era cuando podían transitar los vehículos anchi-largos de carga pesada, como camiones y gandolas.
Mi papá y yo sabíamos que era un pasaje de cuidado, pero decidimos proseguir – extremando las precauciones – porque estábamos relativamente cerca de nuestro destino; queríamos dormir en la casa. Además, era mi turno al volante, y al momento de relevar a mi papá le manifesté que me encontraba en “perfectas condiciones para manejar”. Pero aquella parte del recorrido (Aprox. 1 hora) resultó bastante más difícil de lo que yo esperaba. Calcular, en lo oscuro, los espacios y los tiempos para adelantar – por el canal de venida – a los camiones muy lentos era una maniobra sumamente riesgosa, sobre todo por el incesante flujo de “anchi-largos” en sentido contrario, con sus potentes luces que encandilaban. Varias veces, también, tuve que detenerme completamente, a la orilla de la vía, por temor a chocar de frente con algún camión. Pero esa acción no era nada segura, porque igualmente corría el riesgo de ser impactado por los vehículos que venían detrás de mí.
A todas estas, mi papá estaba durmiendo, sin enterarse de nada. Pero, yo no quería despertarlo. De vez en cuando, el estrépito de alguna gandola gigante interrumpía su sueño; él abría los ojos por 2 segundos para preguntar “¿todo bien?”, y tras mi respuesta de “sí, todo bien”, seguía durmiendo plácidamente.
En un momento comencé a sentirme muy estresado y temeroso. Pero, por cuestión de hombría – estupidez, más bien – no quise decirle nada a mi papá. Además, estaba determinado a completar aquel tramo infernal, para llegar a la casa lo antes posible, y descansar debidamente en mi anhelada cama. Pero había otra razón para no despertarlo: A decir verdad, él no manejaba muy bien que se diga. De hecho, entre familiares y amigos tenía una bien ganada reputación de conductor distraído (aunque absolutamente respetuoso de las leyes de tránsito), de ahí que la opción de que él me relevara en condiciones tan duras, para mí no existía. Pero, conociéndolo, sabía que él se empeñaría tercamente en manejar, y yo me opondría con igual terquedad. Valga acotar, que yo tampoco me he distinguido nunca por mi pericia al volante. Y de no ser por los 10 años que tengo sin conducir (el tiempo que llevo en Asia) hace tiempo hubiera roto el récord de accidentes de tránsito mi papá. Pero, al menos, yo era mucho más joven que él, y en teoría mi vista, mis reflejos y mi resistencia eran mejores.
En medio de aquella preocupante situación, yo no paraba de rezar por nuestra seguridad y por la estación de servicio más cercana. Afortunadamente, por fin apareció una. ¡Que alivio! Yo necesitaba aquel descanso urgentemente. Aprovechamos esa parada para estirar el cuerpo, refrescarnos, y poner algo ligero en el estómago, tras lo cual mi papá, creyendo aun que todo estaba perfectamente bajo control, aceptó sin objeciones mi indicación de reanudar la marcha, y de que yo siguiera manejando.
Pero, ocurrió algo inesperado… el carro no prendía. Es verdad que era un modelo más bien viejo, y que presentaba fallas diversas con cierta frecuencia, pero en todo el viaje, desde que salimos de la casa hasta ese momento, no había dado ni el más mínimo problema; se portó de maravilla. Primero, mi papa y yo intentamos encontrar el desperfecto por nuestra cuenta, pero, nuestros conocimientos de mecánica automotriz eran bastante elementales – por no decir nulos – y no tuvimos éxito. Pero felizmente estábamos en una estación de servicio, y con toda seguridad alguien nos auxiliaría. Eso pensamos nosotros. Mas no fue así. Es decir, muchas personas trataron amable y arduamente de arreglar el carro (desde mecánicos de profesión empleados de la gasolinera, hasta algunos camioneros que estaban descansando), pero nadie logró dar con la solución. Todos estaban sorprendidos. Algunos, incluso, se lo tomaron como una cuestión de honor, ya que tenían vasta experiencia resolviendo a diario problemas mucho más graves. Pero todo fue inútil. Lo que lucía como un problema sencillo se convirtió en un verdadero misterio.
Poco a poco todos se fueron retirando – algunos visiblemente frustrados y apenados – prometiendo que en la mañana, más descansados, encontrarían la solución. En esa situación, lo único que podíamos hacer mi papá y yo era tener calma y paciencia, y esperar hasta el día siguiente, por lo que llamamos a la casa para informar sobre lo sucedido. Además, eran como las 2 de la madrugada; apenas faltaban 3 horas para que amaneciera, así que nos pusimos a descansar dentro del carro, resignados, aunque más tranquilos.
Por cierto, recuerdo que, a pesar de mi determinación por dormir en mi cama aquella noche, me alegré mucho – secretamente – por tan inesperado como oportuno desenlace. Yo calculaba que aun faltaban unos 30 minutos de aquella terrorífica carretera, y la posibilidad de transitarla de día de pronto me pareció una bendición.
Después de aquel corto pero reponedor descanso, nos levantamos al cantar el gallo, con ánimos renovados, para buscar la forma de resolver el problema. Mientras esperábamos que se hicieran las 6 (hora de inicio del servicio de reparaciones), nos aseamos y desayunamos con calma. Recuerdo que puse la llave en el encendedor (sólo por si acaso) y traté de prender el carro. Y ocurrió lo impensable… ¡prendió de a toque! como sacado de agencia.
Imaginen, amigos lectores, nuestra perplejidad, y la de quienes trataron de ayudarnos la noche anterior. Pero, principalmente, saquen sus propias conclusiones sobre tan curioso incidente. Es como para ponerse a pensar, ¿no?
No hace falta decir lo alegres que nos pusimos mi papá y yo al oír el glorioso sonido del motor arrancando al primer intento.
Durante el tiempo que tardamos en llegar a la casa, le conté a él la verdad de aquella peligrosa experiencia. Tras mostrarme su preocupación paternal y recriminarme por no haberlo puesto al tanto de lo que ocurría, ambos coincidimos en que aquello tenía que ser una señal, un milagro.
Todas las anécdotas de mi papá tienen un inmenso valor en mi vida; me mantienen cerca de él todos los días. Pero esta en particular es muy especial, porque siento que, a través de ese inexplicable acontecimiento, los dos nos mantendremos aun más unidos espiritualmente, por toda la eternidad.
Dame la bendición, amado papá. Para ti, y todos los padres del mundo, ¡FELÍZ DÍA DEL PADRE!
Mis muy estimados huéspedes, siempre gracias por sus amables visitas y por sus comentarios. La siguiente anécdota quisiera dedicársela a mi amado difunto padre y a todos los padres buenos del mundo, hoy en su día (2014). ¡FELICIDADES!
Confieso que siempre me costó admitir abiertamente cuando mi papá me daba un buen consejo. Y no es que yo fuera incapaz de identificarlo como tal. En el fondo, sabía que su sugerencia era lo más conveniente. Tal vez lo que ocurría es que él tenía un carácter si se quiere muy “mandón” (el mío tampoco es muy fácil que digamos), y cuando me aconsejaba yo sentía más bien que me estaba dando órdenes.
De cualquier manera, eso no impedía que de tanto en tanto yo acudiera a él con algún asunto personal, buscando su orientación. Al fin y al cabo, yo lo respetaba y amaba muchísimo como padre y ser humano.
Teniendo yo como 35 años, un día, durante una conversación de sobremesa, le manifesté que de pronto estaba sintiendo preocupación por cómo criar a mis futuros hijos (en caso de que los tuviera), y le pedí alguna recomendación, en su condición de buen padre de tres.
Mis temores no tenían que ver con la formación de una familia como tal. Primero, porque aunque mi prolongada y amena soltería (que se extendería hasta los 40) y mi sempiterna renuencia a tener novia formal indicaran lo contrario, siempre me visualicé felizmente casado. Segundo, porque aunque nunca tuve ningún apuro en tener hijos, siempre me han fascinado los niños.
En resumen, mi naturaleza, a pesar de las apariencias, es hogareña, lo cual, imagino que se deba, en buena parte, a que eso fue lo que vi en mi casa: un matrimonio y sus tres hijos, viviendo bajo el mismo techo, en la unión familiar.
De todas formas, sí recuerdo que en mis años de soltero, estaba totalmente convencido de que ese era el “estado ideal del hombre”. Hasta que me casé y tuve a mi hija. Y ahora no cambiaría por nada del mundo mi situación de esposo y padre enamorado.
Todavía, hoy, tengo más presente que nunca la respuesta de mi papá a aquella inquietud mía sobre la crianza de los hijos: “Dales mucho amor y buen ejemplo”, me dijo, simplemente.
Esas palabras, tan sencillas y profundas a la vez, constituyen, sin duda, uno de los consejos más sabios y útiles que he recibido en toda mi vida.
Conociendo a mi papá como lo conocí, sé que la única retribución que él esperaría por ese invaluable consejo es que lo ponga en práctica con su adorable nieta japonesa, a la que no disfrutó aquí en la Tierra, pero quiero creer que lo hace desde el “más allá”.
Huelga decir que, desde que ella nació, mi amada esposa y yo nos esforzamos a diario por poner en práctica esa amorosa filosofía. Y aunque no somos perfectos – por el contrario, nos equivocamos mucho, humanamente – esa fórmula de amor y ejemplo en su formación está dando muy buenos resultados, gracias a Dios.
Papá, no quiero finalizar, sin agradecerte con el corazón por aquel acertado consejo paterno. Por cierto, Mil gracias, también, por haberlo aplicado conmigo y mis hermanos.
Hoy domingo 20 de junio de 2010, a apenas minutos de finalizar el Día del Padre, quisiera rendir un modesto tributo a la memoria de mi amado papá, Ángel Rafael La Rosa Monasterio, fallecido hace 7 años. Para ello compartiré unas anécdotas suyas con mi queridos lectores, y muy especialmente con mis apreciados y respetados «colegas», los esforzados padres latinoamericanos establecidos en Japón.¡FELIZ DÍA DEL PADRE!
Yo tendría unos 8 ó 9 años de edad, un día que estaba con mi papá en el jardín de la casa, mientras él estaba haciendo algunas labores de jardinería. Tuve que haber hecho alguna travesura muy grande, porque recuerdo que mi papá se molestó, y reaccionó con cierta brusquedad, profiriendo un “’¡carajo!” y haciendo un movimiento de brazo para darme una nalgada. Logré esquivar el manotazo y me le alejé, por lo que él pegó una carrerita para tratar de agarrarme. Una vez más, pude escabullirme moviéndome rápidamente por detrás de una matica de guayaba, provocando que él se resbalara y ¡cayera en la cuneta!
“Ahora sí estoy en problemas”, pensé. Pero, suspiré de alivio al verlo más bién soltar una carcajada, por la situación tan ridícula y cómica en la que se encontraba, e imagino que sorprendido, también, por la habilidad de su hijo.
El cuento termina con los dos muertos de la risa por lo que pasó.
Aparte de ese intento fallido de nalgada, no puedo recordar, por más que trato, otra ocasión en la que mi papá haya intentado pegarme.
Siento que esas explosiones de mi papá eran «pura bulla». Ciertamente, a veces eran muy fuertes y atemorizaban a cualquiera, pero con los años entendí que eran más bien erupciones volcánicas efímeras, porque dentro del volcán en realidad lo que había era un alma llena de bondad.
Pocos meses antes de que a mi papá le diagnosticaran cáncer, en el año 2002, lo entusiasmé para que fuéramos los dos a ver un juego de fútbol entre Venezuela y Colombia. Por aquellos tiempos, «La vino tinto» estaba jugando muy bien, conducida por el técnico Richard Páez, y llenaba los estadios donde se presentaba.
Huelga decir lo contento que estaba yo por compartir tan ansiado evento deportivo con mi papá.
En el «Universitario» (Estadio de la Universidad Central de Venezuela, patrimonio cultural de la humanidad), reinaba un ambiente festivo tremendo; las gradas eran una rumba total, en parte provocado por la muy pegajosa música que salía por los altavoces del estadio, que hacía bailar animadamente a la mayoría de los presentes.
En medio de aquella algarabía, me provocó comprar golosinas a un vendedor que se encontraba unas cuantas filas más arriba de nosotros. De regreso a mi asiento logré presenciar una imagen bastante poco probable, por no decir insólita: ¡Ángel La Rosa estaba bailando, frente a su asiento, de lo más tranquilo!
Aparte de fiestas familiares y recepciones militares, donde normalmente él bailaba con mi mamá, mi hermana menor y, muy rara vez, con alguna allegada, nunca en mi existencia había visto a mi papá bailando en una situación similar, y de paso en actitud tan natural, cómo si nada.
Tengo que admitir que me hizo muchísima gracia verlo bailar así. Y no lo digo en son de burla, sino porque además de que estaba irreconocible en aquella faceta de bailarín de gradas, era obvio que estaba tratando de imitar el estilo de los jóvenes a su alrededor (después me di a la tarea de encontrar a alguien de su edad entre el público y el era el más viejo por bastante), lo que dio como resultado un fusión dancística memorable.
Pero, al final, el sentimiento que prevaleció en mí ante semejante expresión de disfrute y desenfado fue el de una gran admiración. ¡Hay que tenerlas bien puestas!
Mientras caminaba a mi asiento, observándolo como se entregaba al enérgico baile, primero me sentí un poquito ruborizado, pero en cuestión de segundos me invadió una fuerte sensación de alegría y orgullo al ver a mi papá disfrutando plenamente su momento.
Cuando me sintió llegar a su lado, dejó de bailar. Nunca le hice ningún comentario al respecto. Pero, de tanto en tanto, recuerdo aquella para mí inesperada y feliz experiencia, y sonrío de puro regocijo y de profunda admiración por esas ocurrencias de mi amado papá.
Sin ser tan parrandero como yo, por ejemplo, a mí papá le gustaban mucho las fiestas, y siempre estaba más que dispuesto a “echar un pie” con mi mamá, especialmente con música suave y cadenciosa, exhibiendo una elegancia marcial, como buen militar.
Él era, más bien, del tipo comedido, y en las fiestas familiares y demás eventos sociales, se comportaba con cierta reserva. Disfrutaba mucho, sí, pero recatadamente.
Sólo como en tres ocasiones en toda mi vida pude ver a mi papá bailando “derrapado”, olvidado del mundo. Entonces me pareció estar viendo a una persona completamente distinta. Tanto, que parecía estar borracho al ensayar unas muy peculiares y osadas piruetas de baile, haciendo las delicias de los presentes, quienes le celebraban la actuación muy efusivamente. Pero, según recuerdo, en esas oportunidades ni siquiera consumió alcohol.
Estos raros eventos tuvieron lugar en fiestas de la familia paterna; entre sus hermanos y sobrinos, caracterizados, en su mayoría, por ser sumamente alegres y fiesteros, sobre todo los carupaneros (oriundos de la ciudad oriental venezolana de Carúpano).
Y no es que entre “nosotros” no disfrutara plenamente. Al contrario, simpre lo recordaremos feliz y contento en las reuniones hogareñas. Es que entre “los suyos”, como es lógico, se mostraba bastante más desenvuelto que de costumbre; se «desataba», tanto en el baile como a la hora de hacer chistes y bromas en familia.
Anque esas veces me sorprendió un poquito su cambio tan notorio, disfruté enormemente ver a mi padre en acitud tan rumbera, junto a su muy parrandera familia carupanera. Definitivamente, fue un gran privilegio para mí conocer su tan fiestero corazón oriental.
Un día, mi papá regañó muy duramente a una sobrina mía de 6 años de edad ; le gritó de manera violenta, lo que me molestó muchísimo.
Mi forma de reprochárselo fue gritándole a él también, incluso con mayor violencia, delante de algunos miembros de la familia, incluidos sus nietos.
Si bien tan inusual y desafortunada reacción mía me sirvió como desahogo momentáneo, también me produjo gran tristeza, frustración y arrepentimiento – que todavía hoy siento – porque, en mi desproporcionado deseo de “justicia” para con mi sobrina, fui incapaz de controlarme, y porque entonces – a pesar de que mi actitud demostrara lo contario – no creía que la violencia debía pagarse con violencia.
Pero, lo que quiero destacar en este relato es que al día siguiente de aquel lamentable incidente familiar, y sintiéndome yo todavía bastante contrariado, tanto por lo que hizo mi papá como por mi errática respuesta, él se acercó para pedirme disculpas, en una actitud sumamente paternal y conciliadora. En el contacto con su mano y en su mirada, pude sentir claramente la sinceridad y el amor de sus palabras.
Creo que yo, en mi necio orgullo de aquellos años juveniles, no hubiera sido capaz de un gesto tan elevado como el de mi padre, que si bien fue su sincera expresión de arrepentimiento, fue, además, un acto de valentía y una lección de humildad que recibí para toda mi vida. Por ello, lo respeto, lo admiro y lo amo tanto.
Yo no sé si mi papá se hizo militar por su tendencia a dar órdenes, o si desarrolló esa actitud durante la carrera. Lo que sí sé es que le gustaba mandar bastante. Tanto, que yo a veces lo sentía un poco autoritario, por lo que, a lo largo de los años, tuvimos algunos encontronazos. Sin embargo, con el tiempo, también aprendí a aceptar ese rasgo de su naturaleza dominante y a convivir con él. Así que, cuando lo notaba más mandón de la cuenta, me daba a la tarea de «torearlo», como se hace con los toros bravos y testarudos.
Unos 30 años atrás, mis padres adquirieron un terreno en una bonita zona montañosa de la vecina ciudad, San Pedro de Los Altos, caracterizada por sus innumerables parajes con vistas magníficas sobre sembradíos desplegados en un estrecho valle y en las faldas de los cerros, y los cuales semejan un hermoso tapiz que hubiese sido bordado por una mano divina para disfrute de nosotros los mortales.
San Pedro de Los Altos (foto obtenida de Mapio.net)
Pozo de Rosas
El lote de tierra en cuestión, con una ubicación privilegiada en una pequeña montaña, poseía una de esas panorámicas memorables sobre aquel paisaje de ensueño.
Mis padres, a los pocos años de la compra del terreno, comprendieron que, debido a su lejanía e inaccesibilidad topográfica, se les imposibilitaría cuidarlo, así que decidieron cedérmelo a cambio de que yo me encargara totalmente de su cuidado, incluidos los gastos.
Así las cosas, cuando me llevaron a verlo por primera vez, entendí, en un segundo, por qué ellos se habían sentido atraídos por tan remoto y solitario punto. Yo mismo me enamoré a primera vista de aquel edén montañoso (Imagen Satelital).
Pero, este cuento no es sobre el par de años felices que pasé entregado, en cuerpo y alma, a tan bonito pedazo de tierra (el cual, muy triste y contradictoriamente, por cierto, dejé abandonado cuando me vine a Asia), sino sobre la vez que le pedí a mi papá que me acompañara a ir a verlo – junto a un entrañable tío materno y padrino mío – para mostrarle, insitu y mapa en mano, lo mucho que había avanzado limpiándolo, y explicarle mis ideas para una posible construcción.
Hoy, casi 20 años después, recuerdo el gran sentimiento de dicha que me embargaba aquel día, al ver lo contentos que estaban tanto mi papá como mi padrino de visitar mi modesto paraíso, y constatar lo bien cuidado que yo tenía el «terrenito».
Mi difunto y amado padre, el «Coronel La Rosa», de pronto se puso en modo jefe militar; parecía estar al mando de una operación bélica, dándome instrucciones a diestra y siniestra: «párate allá», «mide la distancia que hay desde aquel punto hasta aquella esquina», «creo que eso quedaría mejor aquí», ¿por qué mejor no lo haces así?», etc., etc., etc..
Recuerdo que, en mi adultez temprana, ocasionalmente tuve que pedirle que moderara su inclinación a darme órdenes. «Papá esta casa no es un cuartel y yo no soy un soldado». Pero, en situaciones como esa, disfrutando una experiencia tan entretenida, productiva y vivificante para ambos, yo más bien apreciaba y conseguía divertida aquella retahíla de órdenes del Mariscal de Campo, Ángel La Rosa.
Entonces, aquel temperamento mandón era el reflejo de su enérgica personalidad, de su genuino interés en mi proyecto, de su gran satisfacción por compartir con su hijo; en definitiva, de su infinito amor de padre.
Mi papá se caracterizaba por ser una persona piadosa, compasiva, muy solidaria. Pero, él no iba por ahí divulgando sus obras de caridad. Al contrario, prefería guardárselas para sí mismo. De hecho, yo siempre me enteraba de sus acciones en pro de los más necesitados por casualidad. Únicamente cuando se convirtió en Rotario (llegó a ser el presidente del Rotary Club de San Antonio de los Altos, en el Estado Miranda venezolano), se vio obligado a informar a la comunidad sobre las actividades voluntarias de la asociación, lógicamente.
Y, a medida que fui creciendo, fui entidiendo que lo más importante en los gestos de solidaridad de mi padre con el prójimo, no era tanto lo que daba sino como lo daba. Ya sea cuando ponía dinero en la mano del limosnero; cuando le daba ropa a su amigo indigente, o cuando le compraba comida a un niño de la calle, el factor común en todos esos nobles actos era la gran calidez humana con que los acompañaba. De hecho, una de las razones por las que él siempre se tardaba tanto cuando se ofrecía a ir caminando a comprar algo, pan, comida, medicinas, etc. (para infortunio de mi madre, que a veces necesitaba esos productos con cierta urgencia), eran sus largas y amenas conversaciones con esas personas necesitadas que se encontraba en el camino. Conversaciones, por cierto, que en ocasiones ¡lo hacían olvidarse de que salió a comprar algo!
Eso ocurría con cierta frecuencia. Y, hoy en día, entiendo claramente que tanto los beneficiarios como el benefactor necesitaban, por igual, aquellas acciones filantrópicas cotidianas.
Luego de la Tragedia de Vargas, en 1999, un gran número de instituciones de cuidado diario se vieron obligadas a cerrar sus puertas y a reubicar a sus pacientes. Un grupo de niños con necesidades especiales fue transferido a un centro especializado en San Antonio de los Altos. Mi papá me informó que en dicho centro estaban necesitando voluntarios que ayudaran en las labores de cuidado a los niños recién llegados, al menos en la ajetreada etapa de instalación en su nueva morada.
Decidí ir a colaborar un poco, y mi papá se ofreció a llevarme, aprovechando que tenía que llevar algunas donaciones a los adultos, pacientes regulares de aquel centro. Así las cosas, nos pusimos de acuerdo y fuimos un día juntos. Antes de ir a ver a los niños de Vargas, pasamos primero por la sección de mayores para dejar las cosas que él les llevaba, algunas propias y otras donadas por el Rotary Club, si no me falla la memoria.
Lo que presencié ese día fue una bonita muestra de la personalidad humanitaria de mi padre, y también una valiosa enseñanza para mí. Apenas entramos al recinto, algunos de los pacientes reconocieron a mi papá y se acercaron a él presurosos, rodeándolo, llamándolo por su nombre, en expresión de genuino aprecio, de alegría por su llegada. Unos le extendían la mano, otros lo abrazaban con fuerza, todos visiblemente emocionados por su presencia.
Yo me limitaba a observar, asombrado, y muy conmovido. Lo más cercano que yo había visto a tan cálido recibimiento era la aglomeración de los fans en torno a un artista famoso… Yo conocía al «buen samaritano» que habitaba en mi padre, y sabía que en su condición de rotario regularmente realizaba ese tipo de actividades filantrópicas, solo o con otros miembros del club. Pero no sabía de su contacto tan estrecho con aquel centro en particular, ni de su relación tan cercana, tan personal con los pacientes.
Foto extraída de sitio «Editores Verbo Divino»
En ese momento estremecedor, mientras veía aquella alma caritativa obrar en toda su dimensión, admiré infinitamente a mi padre, y fui el hijo más orgulloso de la tierra.
Apartando el hecho de que desde muy pequeño he soñado – dormido y despierto – con todo tipo de aventuras, la razón más importante para haber estudiado en un liceo militar fue mi padre. Pero, no porque él me lo haya exigido ni mucho menos, sino porque yo en esa época realmente quería imitarlo en muchos aspectos, incluyendo su vida de soldado.
Tanto mi papá como mi mamá únicamente me lo plantearon como una opción, porque lo veían como una excelente alternativa para mi formación integral, y también porque el mismo año de mi ingreso a la secundaria, un entrañable amigo de mi papá metería a su hijo en el liceo militar «Anzoátegui» de Puerto Píritu, cuidad costera del oriente venezolano. Por cierto, el señor para ese entonces se desempeñaba como coordinador del Departamento de Deportes y Educación Física del liceo, lo que sería muy conveniente para mí, ya que así podría contar con la supervisión y la orientación de un amigo de la familia. Permítanme hacer un alto para elevar una oración y rendir un pequeño homenaje póstumo, tanto a mi querido y recordado «Profesor Roque» como a su hijo – quien se convertiría en mi mejor amigo del liceo- el «negro Roque».
Cuando mis padres me explicaron la situación y me hablaron de Puerto Píritu, yo enseguida vi en esa opción la oportunidad perfecta de satisfacer tanto mis juveniles sueños de aventura como mis deseos de seguir los pasos de mi padre como militar.
Entre mis recuerdos más gratos de mi papá el soldado están los deslumbrantes desfiles en el Paseo Los Próceres de la capital, Caracas, y demás actos castrenses, como ascensos, entrega de condecoraciones, etc.. Recuerdo lo tremendamente orgulloso que me sentía en esos momentos, al verlo con su porte tan gallardo y marcial, luciendo sus uniformes de gala, combate o trabajo.
También me vienen a la mente las veces que me contaba, apasionado, sus emocionantes vivencias en los cuarteles. Por cierto, desde muy pequeño, de vez en cuando me llevaba con él a sus distintos lugares de trabajo. Por ejemplo, estando yo ya en el «Anzoátegui», en mi condición de estudiante militar, una vez me llevó a ver los ejercicios de guerra de unos oficiales de la Guardia Nacional, alumnos suyos en un curso.
Por aquello de que «una imagen dice más que mil palabras, quiero que vean una foto de mi papá, durante una de aquellas memorables paradas en Los Próceres, cuando, con el grado de Mayor, y en su condición de comandante ejecutivo del alumnado de la otrora gloriosa EFOFAC (Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación), le correspondió marchar al frente de tan excelsa agrupación de cadetes.
Sólo quisiera agregar que, tradicionalmente, el comando ejecutivo del cuerpo de cadetes de cada academia de las fuerzas armadas (Ejército, Guardia Nacional, Aviación y Marina), por la responsabilidad, el honor y el privilegio que dicho comando encierra, lo ostentan sólo oficiales élites; aquellos que, a lo largo de la carrera, ocupan los primeros lugares de sus respectivas promociones; que sobresalen tanto en lo académico como en lo militar propiamente. Esos oficiales son vistos por la superioridad y por la institución en general como el modelo a seguir por los jóvenes cadetes.
La vida está llena de paradojas. En la mía, una de las más grandes es que yo sólo necesité el primer año del liceo para saber que no iba a ser militar como mi padre. Pero, decidí seguir, porque, como digo al principio, yo me tomé esos cinco años en el internado castrense como una aventura adolescente (el uniforme, los ejercicios de guerra, la competencia académico-deportivo-militar, etc.); porque entendí que recibiría una educación muy completa, y porque, aun a sabiendas de que al terminar el liceo no seguiría la carrera de las armas, me hacía mucha ilusión, lograr, aunque sea sólo a ese nivel de secundaria, algunas de las cosas que hizo mi papá como soldado, y hacer que tanto él como mi mamá se sintieran orgullosos de mí.
Ahora, permítanme – y perdónenme – un momento de gran inmodestia. La experiencia del liceo fue tan satisfactoria para mí que cada año obtuve la mayor jerarquía entre mis compañeros de promoción («Distinguido»), y en el 5to. año, el último de la secundaria, logré obtener la jerarquía más alta («Brigadier Mayor»). Es decir, era el jefe de todo el alumnado. Adicionalmente, al igual que mi padre, me hice paracaidista militar (realicé el curso durante las vacaciones del 4to. año).
Imagínense lo feliz que se ponía mi padre, durante mi etapa castrense, con las actuaciones de su «soldadito». Y no piensen ni por un instante que se decepcionó o se entristeció porque no seguí la carrera militar. De hecho, el día de mi graduación se le notaba muy ufano y orgulloso. A pesar de que él fue un gran soldado y de que, seguramente, alguna vez soñaría que yo también lo fuera, desde que le informé, al comienzo de la secundaria, que yo no sería militar, siempre me manifestó su comprensión, su apoyo y su amor de padre. Y ahora que tengo una hija, también en eso me desvivo por imitarlo.
En estos días, vi una película sobre una pareja que decidió a adoptar a una adolescente con algunos problemas de conducta más o menos fuertes. Por ejemplo, en un par de oportunidades hurtó pertenencias de la madre adoptiva. Eso me hizo recordar una situación similar que se nos presentó en la casa familiar, allá en mi país, Venezuela, con un jovencito, hijo de un amigo de la familia, que se quedó a dormir una noche con nosotros.
Si recuerdo bien, el muchacho, de unos 16 años, estuvo detenido un par de días en una estación policial cercana y, tras ser liberado, mi papá lo llevó con nosotros para que comiera y durmiera debidamente, antes de regresarse a su casa, al día siguiente.
Un detalle importante: El padre del joven, viejo conocido de mis padres, pasó varios años de su vida en la cárcel.
Ese día, sin importar el motivo de su detención (el cual no logro recordar) todos en la casa tratamos de que el muchacho se sintiera a gusto. Y, en mi caso, puedo decir que hasta llegué a disfrutar de su muy breve estadía, porque resultó ser una persona bastante conversadora.
El problema es que, tras su partida, a la mañana siguiente, notamos que él se había llevado «prestados» unos cuantos discos compactos nuestros. Para ello, debió haber actuado muy sigilosamente, tarde aquella noche, luego de cersiorarse de que todos dormíamos.
Aunque sentí compasión por aquel muchacho desorientado, recuerdo que el sentimiento que prevaleció en mí fue el de una gran indignación, por considerarlo un acto ofensivo e injusto hacia toda mi familia, pero sobre todo hacia mi padre, tomando en cuenta todo lo que hizo para ayudarlo. Pero, precisamente fue él quien reaccionó con mayor comprensión, con benevolencia, frente a la mala acción de nuestro joven huésped.
A diferencia de mí y de otros miembros de la familia, mi papá sólo tuvo expresiones de compasión hacia el muchacho; nos pidió que rezáramos mucho por él, para que no reincidiera en acciones tan reprobables, que pudieran traerle consecuencias graves en su vida, que apenas comenzaba.
Lo que quiero decir con este cuento es que, entonces, yo perdoné al muchacho sólo a medias, mientras que mi papá lo perdonó inmediata y totalmente.
Hoy, mi padre tendría unos 80 años de edad. Estoy seguro de que si aun viviese y la vida nos hubiese puesto en situación de albergar nuevamente al mismo personaje de la anécdota, (quien por cierto, espero sea actualmente un hombre realizado, feliz), yo, muy posiblemente, me aseguraría primero de que todo estuviera en orden, mientras que mi papá, no sólo le abriría las puertas de para en par, sin dudar, sin preguntar nada, sino que incluso le regalaría una colección de discos compactos nuevecitos… ese era mi padre.
Lo que sigue no es es una anécdota de mi padre, propiamente, pero sí algo muy curioso – por decir lo menos – que me pasó relacionado con él.
Creo en la existencia de «energías superiores» (buenas y malas), o «almas», que tendrían influencia sobre la vida de nosotros los mortales. Pero no creo en esas cosas porque haya visto alguna aparición ni nada por el estilo, sino por situaciones inexplicables que se me presentan de tanto en tanto. Hoy les relataré algunas de ellas, ocurridas en varios de los hogares de ancianos donde trabajé.
Tengo una teoría que he podido comprobar en la práctica: Existen seres humanos quienes, además de tener un gran parecido físico con otras personas, también se parecen mucho a sus «dobles» en la personalidad.
En el primer geriátrico donde trabajé – como obrero de limpieza – entre mis colegas aseadores había una mujer de mediana edad, que me recordaba muchísimo un tío mío, hermano de mi difunto y amado padre, y muy parecido a él. Lo más curioso es que además de tener rasgos faciales y personales muy similares a los de mi pariente – caracterizado por ser muy jovial y risueño – aquella señora era de contextura delgada como éste; tenía la voz bastante grave para ser mujer, y, de paso, ¡llevaba cabello corto! Una «fotocopia» del tío paterno, pues; su hermana melliza, pero asiática.
Huelga decir lo agradado que me sentía yo siempre que estaba en presencia de esa compañera de trabajo. ¡Era como si estuviera viendo a mi tío! lo que a su vez me recordaba a mi padre…
Ahora bien, ¿por qué tendría que ocurrirme algo así tan raro? En mis particulares y muy modestas creencias, esa sería una de las formas que usarían las «energías superiores» para manifestarse ocasionalmente e influir sobre mi vida diaria. Por ejemplo, podría ser una jugada del alma de mi padre para hacerme compañía. Se habría valido del impresionante parecido de esa mujer con mi tío para hacer más llevaderos mis primeros meses de aquel exigente trabajo, y así poder aguantar hasta haber logrado el nivel suficiente de japonés para dar mi siguiente paso.
¿Les parece interesante? Bueno, me ocurrió lo mismo en el siguiente centro de cuidado diario (aquí, ya como cuidador de ancianos). Pero esta vez, las energías se buscaron a una abuelita idéntica a una tía mía fallecida ya hace algunos años, ¡hermana de mi padre, también!
¿Recuerdan que anteriormente les hablé de algunos ancianos «angelicales» que he cuidado? Esa viejita pertenece a ese grupo «celestial»; sencillamente encantadora. Tanto ella como mi entrañable tía paterna están entre las mujeres más dulces, cálidas y protectoras que he conocido en toda mi vida.
Imagínense cómo podía sentirme yo en presencia de aquella anciana, de por sí adorable, tan parecida en todo a mi tía, otro ser maravilloso. Me sentía derretido.
Hay un caso más. Me ocurrió en el último centro de cuidado diario donde laboré antes de dedicarme a cuidar a personas con necesidades especiales. Una de las usuarias se parecía a otra de mis tías paternas… ¡se los juro!
Hago un paréntesis para aclarar que no me interesa convencer a nadie de la veracidad de las historias aquí narradas. Obviamente, sería chévere que me creyeran, pero eso tendrán que decidirlo Ustedes.
Mi primer día de trabajo en aquel centro, cuando conocí a la señora en cuestión, inmediatamente percibí algo bastante familiar en su aspecto y, curiosamente, en su voz. Sólo necesité un segundo para descubrir que se parecía a esa otra hermana de mi papá.
Como digo al principio, para mí en el mundo hay personas que, sin tener ningún parentesco, tienen aspecto y personalidad similares. Pero, que además tengan la misma voz (que es algo tan propio) ya es demasiado, ¿no les parece? Por cierto, esta otra hermana de mi papá (una mujer muy religiosa, servicial y en extremo sacrificada) posee una voz muy particular… De hecho, al ver a aquella abuelita, y al oírla hablar, un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Insisto, apreciados lectores, no tienen que creerme, pero, partiendo de que yo esté diciendo la verdad, ¿cómo se explica que en tres centros diferentes me haya conseguido a estas tres señoras tan parecidas a tres hermanos de mi papá? Aquí no hay casualidad posible. A falta de una explicación terrenal lógica, me atrevo a sugerir que el alma de mi padre, en su afán de hacerme sentir acompañado y protegido, de vez en cuando me juega esas travesuras…
Extraído del sitio plusesmas.com / Abuelo recibiendo besos de sus nietos
El recuerdo nítido más lejano que guardo en mi memoria, compartiendo alguna actividad con mi papá, es de cuando yo tenía entre 6 y 7 años. Estaba en construcción la nueva casa, y casi todos los fines de semana íbamos a verla. En esas ocasiones, mi papá se ponía a jugar conmigo alrededor de la obra, y lo que me viene a la mente es la imagen de los dos saltando desde el balcón hacia un montón de gravilla, agarrados de la mano y gritando alocadamente durante el brinco.
Hay un par de momentos más que recuerdo muy vagamente: uno, jugando voleibol, los dos, en la arena de la playa, otro, igualmente en el mar, pero, divirtiéndonos dentro del agua. Esa vez, estaban también mi mamá y mis dos hermanos. Pero, no sé si ambas situaciones tuvieron lugar antes, durante o después de las visitas a la casa en construcción.
Aparte de eso, no alcanzo a recordar, más atrás en el tiempo, mis interacciones con mi padre. Tampoco situaciones de él con mis dos hermanos menores, una hembra y un varón, 3 y 4 años menores que yo, respectivamente. Aunque, claro, hay muchas fotos familiares – también relatos – que me permiten cubrir esa bonita etapa de mi infancia en la compañía paterna.
Esto viene a cuento porque, en cambio, sí pude ver a mi papá compartiendo mucho con sus primeros 3 nietos, los hijos de mi hermana, ya que durante el período cuando ellos nacieron, tanto yo como mi hermana y su familia vivíamos en la casa de nuestros padres.
Eso me permitió ser testigo presencial, por espacio de 10 años, más o menos, de algunos de los acontecimientos más gratificantes y aleccionadores de toda mi vida: la faceta de mi papá como abuelo niñero.
En todos esos años, cuando sus 3 nietos iban alcanzando la edad escolar, prácticamente, él era el encargado de sus rutinas mañaneras, preparatorias para ir a la escuela. Uno, porque mi hermana y yo salíamos más temprano a nuestras actividades diarias, dos, porque mi mamá, con sus muchas ocupaciones durante el día, se permitía dormir siempre hasta un poco más tarde en las mañanas.
Por las tardes, cuando regresaban de la guardería o de la escuela, era su abuelo quien procuraba recibirlos, listo, siempre, para atenderlos. Recuerdo que una de las actividades predilectas en ese mundo exclusivo y mágico compartido por el niñero y sus niños era la aventura exploratoria del jardín, incluida la obligatoria contemplación del ocaso.
Cuando el «abuelo Ángel» estaba con sus amados nietos, les hablaba mucho; les enseñaba acerca de las cosas que conformaban aquel universo fascinante donde sólo ellos habitaban. Por ejemplo, un día que yo estaba jugando con la menor de mis dos sobrinas (para ese entonces tendría 4 o 5 años de edad), durante un muy bonito atardecer, le explicaba por donde es la salida y la puesta del sol, en un lenguaje que ella pudiera entender. Cuando le dije, «¿ves? el sol se oculta por este lado, por el oeste», ella me respondió, dándome clases a mí, «si Tío, por el poniente». En mi asombro, por tan temprana sabiduría, sólo alcancé a balbucear, a duras penas, «sí, exacto, sobrina», sintiéndome algo avergonzado, como el maestro que es instruido por su alumno. Su niñero de lujo, ya le había enseñado todo eso, mucho antes, por su puesto.
Extraído de guiainfantil.com / El abuelo Filemón. Cuentos de abuelos
Como es de imaginarse, para mi papá, sus nietos también fueron una fuente de inspiración infinita, en muchos sentidos. Como muestra de ello, quiero plasmar aquí un pequeño verso que él escribiera a sus dos hembritas, y el cual recuerdo, perfectamente, después de tantos años, porque siempre me ha cautivado la elaborada belleza estética que encierra su simplicidad literaria:
Yo tengo dos nietecitas/una es linda, la otra es bella/ una juega con la luna/la otra con las estrellas.
Pero, entre tantos aspectos que merecen mi admiración y mi respeto, en esa faceta de mi padre como abuelo y niñero a tiempo completo, hay una imagen que me quedó grabada para siempre – en el alma, sobre todo – y que se remonta a los primeros años de mis sobrinos. Un ritual sagrado que se repetiría en el tiempo, con todos y cada uno de ellos 3. Después de que mi mamá les daba su tetero, mi papá se encargaba de sacarle los gases y de dormirlos, sentado en su mecedora, cargándolos el tiempo que fuese necesario, con amor y paciencia infinitos.
Papá, ese sólo recuerdo le da sentido a mi existencia y conforta mi espíritu.
Es cierto que el 99.9 % de las anécdotas de mi papá son para resaltar sus virtudes; para hacerlo brillar. No puedo evitarlo. Pero hoy, en este Día del Padre, será diferente. Lo atacaré por uno de sus lados más flacos: su carácter despistado.
Mi papá era tan despistado, que a veces salía a la calle con el único propósito de comprar algo – víveres, que por lo general eran encargos específicos de mi mamá – y tras ponerse a conversar con alguno de los tantos conocidos que se encontraba en el camino, se regresaba a la casa, ¡habiéndose olvidado por completo del mandado!
Que mi papá extraviara algo, momentánea o permanentemente, era una constante en el día a día de nuestra familia; casi tan rutinario como comer o dormir.
Para ser justos, yo mismo era bastante distraído (me pregunto si en verdad esos rasgos de la personalidad se heredarán), y a lo largo de mi vida he tenido no pocos despistes memorables. Pero siento que en mi caso no llegué a alcanzar el nivel legendario que sí logró mi padre. En parte creo que se debe a que a él le costaba admitir esa limitación y, en consecuencia, se molestaba cuando alguien lo sugería, lo que al final hacía que todos nosotros lo comentáramos más. Yo, en cambio, siempre lo acepté como parte de mi personalidad. Aunque debo decir que desde que me establecí en Asia, hace unos 15 años, el despiste casi ha desaparecido. Pienso que pudiera ser porque me ha tocado hacer muchas cosas que durante mis años mozos allá en Venezuela no hacía, incluyendo innumerables tareas familiares y laborales. La necesidad obliga…
Pero volviendo a mi padre y su fama de despistado, había una situación en particular en la que esa condición podía ser en verdad atemorizante: Cuando se ponía al volante. Todos quienes, durante tantos años, tuvimos que meternos en carro conducido por él somos testigos. Era una experiencia en verdad estresante.
Debido a su carácter distraído, mi papá a veces manejaba como si no existieran otros vehículos y otros elementos en la vía. La mayoría de las veces sus acompañantes de turno teníamos que convertirnos automáticamente en sus ojos, sus oídos, sus «radares» (como los copilotos de un rally), para alertarlo de potenciales peligros, durante todo el camino.
Recuerdo que una parienta mía – que quiso y admiró mucho a mi padre, por cierto – un buen día nos informó, pública y solemnemente, que se había propuesto pasar una Tercera Edad realmente tranquila, relajada, y que para lograrlo, una de sus resoluciones era no montarse más nunca en su vida en un carro conducido por Ángel La Rosa.
Luego de varios años de la muerte de mi papá, una vez, acordándome de su proverbial distracción al manejar, de repente me vino a la mente la serie de dibujos animados «Mr. Magoo». Quienes la conocen y también conocieron a mi papá el conductor, seguramente, como yo, sonreirán por el gran parecido entre el personaje ficticio y el real. Pero, también, al igual que yo, pensarán que ese era apenas un detallito ante tantas virtudes para admirarlo y quererlo.
Mitos + desinformación = probelmas de identidad cultural
Como padre de una niña nipona-venezolana de 3 años, nacida en Japón, me interesa sobremanera el tema de la identidad cultural en niños como ella. Durante años, hemos sabido tanto de niños que se benefician grandemente de su condición bicultural, como de aquellos que, al contrario, se ven perjudicados por ese hecho.
¿Cómo garantizar que los hijos de parejas internacionales, o de padres connacionales establecidos en el extranjero engrosen las estadísticas positivas? Este escrito no ambiciona dar una respuesta definitiva. Pero sí nos permitiremos contribuir a tan importante discusión, basados en nuestras observaciones y modestas reflexiones sobre el particular.
Son muchos los mitos negativos creados en torno a la condición bicultural de los hijos de parejas internacionales. Hay quienes sostienen que los problemas de confusión o falta de identidad cultural tienen su origen precisamente en esa “doble cultura” del niño. Somos del pensar que si, tal como está demostrado científicamente, el cerebro del niño se beneficia cuando éste aprende 2 – o más – lenguas, también es altamente beneficioso para el desarrollo de su personalidad que asimile las respectivas culturas de sus progenitores. En nuestra modesta opinión – y a sabiendas de que al final todos los padres queremos lo mejor para nuestros pequeños – los problemas de identidad cultural se presentan mayormente por la falta de información en algunos hogares interculturales, a la hora de educar a los hijos “mezcaldos”.
Por ejemplo, en una oportunidad, conocí a un caballero latino casado con una dama japonesa. Me explicaba que mientras sus 2 hijos fueran menores de edad, él prefería inculcarles la cultura japonesa solamente. Primero, porque ellos nacieron en Japón, segundo, porque así “no tendrían problemas de identidad cultural”. Además, comentó que su estrategia educativa incluía “cero besos, cero abrazos”, por considerar que ambas son manifestaciones de afecto “muy latinas”. En este caso, podemos entender perfectamente la paternal aspiración de este amigo latino. Como padre, él siente que dándole a sus hijos una educación exclusivamente japonesa les hará la vida menos complicada, y les proporcionará un punto de partida sólido hacia un futuro de seguridad y bienestar. No obstante, creemos que erradicar totalmente gestos afectivos propios de nuestra cultura latina no es lo más apropiado, ya que los hijos pudieran asumir que es algo incorrecto, inaceptable. Adicionalmente, nada garantiza que al ser mayores de edad, ellos vayan a adoptar naturalmente dichas costumbres latinas, lo que pudiera ocasionarles no pocos inconvenientes durante sus contactos con círculos latinos aquí en Japón, o en sus posibles estadías en el país del padre.
Hemos observado, además, casos de familias internacionales donde existe una férrea competencia entre el padre y la madre, para imponer al hijo sus distintas culturas, llegando incluso al punto de denigrar las costumbres del otro. Tanto esta postura de confrontación, como la anterior (padres que acuerdan privilegiar una de las culturas frente a la otra) lógicamente inducirán al niño a pensar que es indebido expresar – y hasta sentir -simultáneamente las dos culturas familiares, o que una es “buena” y la otra es “mala”. Y más adelante, muy posiblemente comenzará a cuestionar esas enseñanzas, lo que redundará en problemas de identidad cultural.
También sucede que algunos padres sencillamente dan poca importancia – o no dan ninguna – al asunto, negándole al hijo la mínima y necesaria orientación, lo que constituye otro extremo, ya que lo dejan en una suerte de limbo existencial que le impide conocer, vivir y disfrutar plenamente ambas experiencias culturales. Esto igualmente le traerá conflictos de identidad en el futuro.
2 culturas + armonía familiar = gran personalidad
Como señalamos anteriormente, está suficientemente demostrado que los niños que hablan 2 – o más – idomas desde temprana edad experimentan un mayor aprovechamiento de sus capacidades cerebrales, ya que el multilingüismo, al igual que otras actividades mentales, potencia el funcionamiento del cerebro, lo que se manifiesta en un mayor nivel de comprensión, expresión y comunicación, entre otras ventajas. Aunado a esto, cuando el niño aprende a hablar va absorbiendo la cultura contenida en el idioma. En otras palabras, a través del lenguaje los padres le transmiten a su hijo un modo particular y único de percibir la existencia. Esta premisa la sintetizó hermosamente el intelectual venezolano José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) cuando dijo: “Un idioma es el universo traducido a ese idoma”.
Desde el mismo instante cuando el bebé comienza a balbucear sus primeros sonidos, se inicia el maravilloso proceso de “traducción” del mundo que lo rodea. De ahí que el idoma sea un instrumento imprescindible en la formación de nuestra identidad cultural.
Hay un dicho latinoamericano, un tanto jocoso, que expresa nuestra posición sobre el tema del desarrollo bicultural infantil: “Mejor que sobre y no que falte”. Tanto la cultura de la madre como la del padre, incluidos lenguaje, música, comida, etc., constiuyen un legado invaluable para los hijos. Cuando transmitimos a ellos nuestras costumbres y tradiciones, en un ambiente armonioso, de mutua aceptación y valoración cultural, estamos enriqueciendo grandemente su personalidad.
Al inculcarle a nuestros hijos, en un marco de unión y cariño familiar, que las culturas de papá y mamá son hermosas y valiosas por igual, estamos sembrándoles la semilla de la tolerancia y el amor hacia propios y extraños, sin distingos de ningún tipo, y estamos haciendo de ellos hombres de bien; puentes culturales en un mundo sediento de entendimiento y paz. Y cuando llegue el día de preguntarse a sí mismos “¿quién soy?”, la respuesta más probable será: “alguien realizado, orgulloso de mis dos culturas. Y eternamente agradecido con mis padres que supieron dármelas”.
(Este escrito mío fue originalmente publicado en mayo de 2010)
Sin importar quiénes somos ni de dónde venimos, todos compartimos necesidades e instintos humanos básicos. El instinto de supervivencia es uno de ellos. He aquí algunas de sus definiciones:
“Reflejo animal que tenemos todos los seres vivos para proteger nuestro ser”.
“Reacción natural ante el peligro”.
“fuerza interior que te hace luchar por ti”.
“Nos lleva a adaptarnos a diversas realidades, con el fin de suplir las necesidades básicas”.
Una variante del instinto de supervivencia animal es el instinto de superación del ser humano que, como su nombre lo indica, nos lleva a superarnos; a ser más eficientes en procura de nuestro bienestar individual y colectivo. En condiciones normales, esa humana necesidad de superación personal establece que, de alguna forma, compitamos a diario con las personas que nos rodean. Pero, cuando se manifiesta con mucha intensidad nos lleva a competir duramente por recursos, territorio y poder.
En su forma más primitiva o básica, esa condición natural nos dicta que somos mejores que los demás; que nuestros pensamientos, sentimientos y acciones son preponderantes. De hecho, es lógico que todos y cada uno de nosotros seamos simultáneamente el centro del universo, ya que lo percibimos individualmente a través de nuestros sentidos y nuestra mente. Esa condición individual se expresa también en los colectivos humanos, desde un grupo de amigos hasta un país.
Tanto el instinto de supervivencia como la necesidad de superación, tal como es de suponerse, también juegan un papel determinante en nuestro proceso de adaptación cultural. Se cuentan entren los factores que nos permiten hacer los ajustes necesarios para aclimatarnos en otros países y sus culturas. Ahora bien, cuando ambas condiciones se manifiestan en forma extrema, haciendo que nos comportemos recurrentemente de manera egoísta y agresiva, por el contrario entorpecen nuestro proceso adaptativo.
Podría pensarse que es normal comportarse a la defensiva cuando vivimos en el extranjero. Y hasta cierto punto lo es. Durante mis estadías más largas en distintos países, he podido constatar que criticar a los locales, por ejemplo, es una práctica común – e inofensiva – entre los foráneos. Yo mismo he participado de esa dinámica, y entiendo que se trata de una especie de catarsis, de mecanismo de compensación puesto en práctica por los inmigrantes, que nos permite lidiar con la adaptación, generalmente compleja y en no pocos casos problemática.
Cuando criticamos a la cultura receptora – una comparación en la que los críticos siempre salimos airosos – estamos expresando nuestros sentimientos e ideas, y adicionalmente obtenemos comprensión y aceptación por parte de nuestros “iguales”. Esto de algún modo nos ayuda a sobrellevar la carga que implica el adaptarnos. En ese sentido, más allá de que la crítica sea objetiva o no, expresarnos criticando a los locales constituye una reacción humana, y muy terapéutica por cierto. Pero “todo en exceso es malo”, como diríamos en nuestros países latinos.
Una actitud demasiado crítica u hostil hacia la cultura receptora puede explicarse de varias maneras. Pudiera implicar que tenemos un problema latente de inconformidad con la vida, que nos hace quejarnos por todo permanentemente, lo cual de seguro empeorará nuestro de por sí trabajoso proceso de integración cultural. También pudiera ser el reflejo de una fase de adaptación extremadamente dura, traumática. En ambos casos convendría consultar a los especialistas para comprender debidamente las causas de nuestra constante insatisfacción o de nuestra gran dificultad para adaptarnos culturalmente.
El énfasis de este escrito sobre el hábito de criticar exageradamente a nuestros anfitriones, es porque más allá de que es un problema en sí mismo, con sus causas determinadas, pudiera traernos más y mayores inconvenientes en nuestra adaptación cultural y en nuestra vida, en general. Una actitud marcadamente negativa hacia la cultura receptora significa que sólo estamos percibiendo su “lado malo”, y que en conjunto prácticamente los vemos como enemigos a vencer. Esto, limitará seriamente – e incluso impedirá – nuestras posibilidades de interactuar con ellos en forma fluida y constructiva, y en consecuencia hará nuestra convivencia intercultural cada vez más cuesta arriba.
Además, es muy lógico que los nacionales reaccionen con igual desconfianza y hostilidad si de entrada perciben en nosotros esa actitud negativa. No hace falta explicar lo altamente beneficioso que sería para ambas partes si, por el contrario, mostramos una disposición positiva: Tolerante, comunicativa y cordial, considerando, por cierto, que ellos son los dueños de casa y nosotros sus invitados…
Ayer se celebró el Día de la Madre en muchos países del mundo, incluido Japón. Para nosotros en SOL, dicha celebración fue motivo de alegría, y también de algunas reflexiones importantes. En ese sentido, quisimos usar las historias reales de 4 madres latinoamericanas radicadas en Japón (los nombres fueron cambiados para proteger su identidad) como un modesto pero sentido tributo a las madres del mundo entero, y muy especialmente a aquellas que luchan incansablemente en suelo nipón, armadas con amor y fe indestructibles, para darle a sus amados hijos una vida digna.
Las ejemplares historias aquí mostradas pueden ser las de muchas madres latinoamericanas en suelo japonés y en todo el planeta. Para ellas, toda nuestra comprensión, todo nuestro respeto, y toda nuestra admiración. Esperamos que estos breves relatos contribuyan de alguna manera a generar acciones que beneficien a esas madres amorosas y sacrificadas, bendición para sus hijos y para la humanidad entera.
I) LUISA
Luisa llegó hace pocos meses a Japón con su esposo ( del mismo país que ella), su hija de 3 años y una “barriga” de 7 meses. Al mes de haber llegado, la niña fue aceptada en una guardería por un período de 4 meses: los últimos dos del prenatal, y los primeros dos del postnatal. Fueron afortunados, ya que este arreglo le permitió a la pareja disponer de más tiempo para concentrarse en la condición de la madre embarazada, y en los preparativos del parto.
Sin embrago, esos dos últimos meses de espera – de por sí difíciles para un gran número de mujeres embarazadas – se complicaron significativamente por el hecho de que ninguno de los miembros de la familia habla japonés. Así que los padres – sobre todo Luisa, como es lógico – tuvieron que lidiar simultáneamente con el avanzado embarazo, y con la dura adaptación a Japón, incluyendo la aclimatación de la niña a la guardería, quien, como es de suponerse, lloraba mucho todos los días por la ausencia de los padres, y por la imposibilidad de comunicarse con los maestros y los demás niños.
Luisa dio a luz, sin problemas, gracias a Dios. Pero casi inmediatamente, el esposo se enfermó y está de reposo, esperando por una operación. Eso significa que en los próximos meses, Luisa además de velar por el bebé recien nacido y por sí misma, deberá también ayudar a su esposo enfermo y, muy probablemente, encargarse de la hija mayor, ya que no es seguro que les permitan dejarla en la guardería, al menos por un tiempo.
II)MÓNICA
Mónica tiene una niña de 7 años. Llegó a tierras niponas con su esposo japonés hace aproximadamente 8 años; como al año de haber llegado tuvieron a su bebita, y unos 3 años más tarde se divorciaron.
Actualmente, Mónica es una madre soltera que trabaja duro para ganarse el sustento y procurarle una vida digna a su hija, mediante la puesta en marcha de su propio negocio, y la realización de diversos trabajos a destajo.
Pero sus dificultades no terminan ahí. Junto a su complicada situación laboral, esta abnegada mujer enfrenta algunas de las dificultades propias de las “madres solas”: los problemas emocionales de la hija por la ausencia paterna, y sus propios dilemas de mujer divorciada, incluyendo la muy humana aspiración de encontrar una pareja sentimental.
III) CORINA
Corina está felizmente casada con un japonés, y tienen una pequeña de 2 años. La niña, al igual que muchos otros niños nacidos en Japón de matrimonios nipo-latinos, está aprendiendo japonés rápidamente – el único idioma que se habla en casa – pero no habla nada de español.
Esta situación que antes parecía irrelevante ahora se está convirtiendo en un motivo de gran preocupación para Corina, ya que ella misma no habla japonés muy bien, y está comenzando a sentir que en el futuro cercano va a tener problemas para entenderse con su hija. Y en el peor de los casos, no van a poder comunicarse entre sí en español, la lengua nativa de la madre.
Corina, quien hasta ahora se ha sentido muy satisfecha con su vida de esposa y madre en Japón , no puede evitar experimentar ansiedad y temor, ya que si bien su esposo ha sido un gran apoyo en su proceso de adaptación a la sociedad japonesa, ella aquí aun se siente entre extraños. La sola idea de que la falta de comunicación con su adorada hija pudiera conducirla a la soledad y al aislamiento le hace sentir mucho miedo.
IV) ADRIANA
Adriana y su esposo japonés llevan casi 20 años viviendo en Japón – el mismo tiempo de casados – y forman una bonita familia que incluye 3 hijos.
Adriana es una mujer optimista y luchadora por naturaleza. Y en todos estos años en suelo nipón ha obtenido grandes logros profesionales, los cuales le han ganado el respeto y la admiración de propios y extraños.
Su felicidad sería completa a no ser por el lamentable hecho de que uno de sus hijos actualmente está enfermo de gravedad, y pudiera no tener cura.
Esta excelente mujer y madre, trabajadora incansable, enfrenta la enfermedad de su hijo con resignación y valor admirables. Su fortaleza espiritual, y el amor ilimitado por los suyos son los pilares que sostienen a su bonito hogar. Pero, precisamente esa gran sensibilidad de la que surge tan inmenso querer es la misma sensibilidad que la hace romper en llanto maternal, sagrado y puro, siempre que sostiene al hijo amado entre sus brazos.
Una fría noche de febrero, encontraron el cuerpo sin vida del inmigrante brasilero, Flavio Sugawara, en una plaza de Nagoya, en el banco que fuera su cama – y su hogar – por mucho tiempo, hasta el día de su silenciosa muerte.
Nos enteramos de tan desoladora historia por esta reseña del semanario International Press:
Casi puedo ver a Flavio durante sus primeros años en Japón. Persiguiendo sus sueños, con el corazón rebosante de vida y de esperanza; anhelando un futuro próspero y feliz, como tantos otros inmigrantes, como todos nosotros.
Casi puedo verlo esforzándose y luchando día tras día por salir adelante, y por encontrarle un sentido a tanto sacrificio, como tantos otros inmigrantes, como todos nosotros.
¿Entonces, qué te pasó Flavio? ¿Dónde estaba la sociedad, dónde estaban tus amigos, dónde estábamos nosotros, primero cuando se entumeció tu ilusión, y después cuando se entumeció tu cuerpo?
Aunque sé que ya es muy tarde para preguntarte, Flavio, ¿Qué angustias y sufrimientos ahogabas en el tramposo y mortífero alivio del alcohol? ¿Qué desventuras e injusticias te forzaron a abandonarte de esa manera? ¿Qué gritabas desesperado a nuestros oídos sordos y a nuestras almas insensibles?
Soy parte de esta sociedad mayormente egoísta y excluyente. Tengo parte de culpa por tu muerte, y por la de tantos «Flavios Sugawara » del mundo. Perdóname Flavio. Y más me vale haber aprendido algo de tu injusto final, si quiero ser merecedor de esta vida más o menos llevadera que tengo.
Según estudios, la mitad de los indigentes llega a ese deprimente estado por causa de las drogas y el alcohol, otros directamente por traumas psicológicos producto de abuso infantil, violencia doméstica y comunitaria, discriminación y desprecio social, entre otras vergüenzas humanas. Algunos, debido a conflictos familiares varios, o a problemas económicos y de salud , por ejemplo. Todo lo cual pone en evidencia la falta de apoyo, solidaridad y compasión de la sociedad a la que pertenecemos. Y más importante aun, demuestra que si no hacemos un gran esfuerzo individual y colectivo por aumentar la voluntad y la capacidad de ayudarnos los unos a los otros, en algún momento de nuestra incierta existencia también pudiéramos correr la triste suerte de Flavio el brasilero.
En su engañosa conformidad, los indigentes tienden a vivir en la más terrible soledad; son seres marginados, sin atención ni afecto. Muchos de ellos cayeron en la indigencia precisamente por sentirse rechazados y excluidos socialmente, y el precio que deben pagar por ello es aun peor: Son invisibles para nuestros ojos y nuestros corazones; no existen.
Esa desadaptación; esa total renuncia a la vida en sociedad es, en muchos casos, el resultado de una dignidad dura y largamente pisoteada.
La reinserción de los indigentes en la sociedad es una tarea ardua más no imposible. El mayor obstáculo no son las necesarias y grandes restructuraciones sociales, sino la urgente y difícil transformación de todos y cada uno de nosotros, integrantes de esa sociedad. Condición imprescindible para lograr una convivencia más armónica y justa, que reduzca significativamente las causas de tragedias humanas como la indigencia.
Flavio, no podemos permitir que te hayas ido en vano. Espero que tu oscura muerte sea luz que nos guíe, ayudándonos a crecer en el amor al prójimo, para ser capaces de tender la mano a otros muchos hermanos a los que también hemos abandonado a tan mísero destino.
Ángel Rafael La Rosa Milano,
Director-fundador de SOL, Servicio y Orientación al Latino
(ACLARATORIA: Condeno duramente las violaciones de los derechos humanos a la minoría uigur por parte del gobierno chino, y condeno igualmente el apoyo que ese gobierno da al genocida autócrata ruso, Vladimir Putin, en su criminal invasión a Ucrania. No obstante, profeso respeto, cariño y admiración sinceros al pueblo chino).
En las regiones del mundo donde se producen las cuatro estaciones, la época primaveral es, quizá, la más esperada por todos, porque si bien cada estación tiene su encanto particular, la primavera es renacer, comienzo y despertar de vida en la naturaleza y en el corazón de las gentes, quienes, al liberarse de sus ropas de invierno para sentir del sol los rayos, también liberan su espíritu, ante la promesa de renovación que encierra la llegada de la primavera.
Beijing no es la excepción. A finales de febrero, principios de marzo recibe la ansiada visita de la estación floral. Y, aunque en la próspera capital china los edificios también crecen como flores silvestres, el sentido de armonía y la creatividad intrínsecos del pueblo chino se conjugan para adornar la ciudad de belleza primaveral; se decoran todos los espacios urbanos disponibles, y Beijing se convierte en mosaico gigante de plantas y flores multicolores, para disfrute terreno y espiritual de los beijineses y los visitantes.
Pero, no sólo las calles, las plazas y los parques capitalinos exhiben encanto primaveral; el cielo de Beijing también se llena de primavera, con centenares de coloridos cometas chinos. Gracias a la inventiva característica de la milenaria cultura china, se consiguen cometas en todas las formas imaginables. Los más populares y realistas – por su condición aérea – son las aves (este año predominará la golondrina, por ser una de las 5 mascotas de las Olimpiadas de Beijing 2008), los aviones y los cohetes espaciales chinos “Gran Marcha”. Pero, aquí en China no sólo vuelan animales y objetos alados, también vuelan dragones y leones chinos, y cualquier cosa que permita la imaginación, convirtiendo al cielo beijinés en un circo de magia y color.
Aunque volar cometas puede considerarse una actividad lúdica colectiva, es más bien una experiencia íntima entre el hombre y ese objeto volador que representa su deseo físico de volar como las aves, y sus sueños de trascendencia. Por ello, no es sólo el viento, sino la ilusión y la fe de su dueño lo que permite al cometa elevarse y mantenerse en el cielo. Yo, como espectador, comparto esa sensación, y cuando veo un cometa remontando las nubes, muy alto en el cielo, quisiera acompañarlo en su vuelo libre y sereno.
Cometa chino / Foto de China Hoy
Comunidad voladora de cometas
En la primavera de 2004, fui invitado por la Universidad de Beijing a asistir – en representación de los estudiantes extranjeros – a una competición de vuelo de cometas en un municipio en las afueras de la ciudad. Me sorprendieron gratamente la excelente organización del evento y la nutrida participación de competidores y espectadores de dicha comunidad. Inesperadamente, las autoridades locales me pidieron que dijera unas palabras (con traducción de la estudiante china que me acompañó). Acepté, honrado, pero sin saber qué podía yo a decir a aquellos expertos voladores de cometas. Mientras me entregaban el micrófono, vino a mi mente la letra de una canción tradicional infantil venezolana que habla, justamente, sobre cometas (“papagayos”, en mi país), y por ahí comencé… Al final, más confiado, les expliqué que en mi opinión esos eventos sirven para preservar y fomentar las tradiciones, y para promover las actividades de sano esparcimiento familiar en la comunidad.
Al término de aquella pintoresca y animada competición, me regalaron un bonito cometa chino y me hicieron volarlo. Y, aunque volé papagayos cuando niño, disto mucho de tener la pericia de los chinos (y, para ser justos, había muy poco viento), así que el público debió conformarse con el vuelo muy breve y rasante de mi cometa, mientras yo corría como loco tratando de elevarlo. ¡Al menos, se rieron bastante!
Antes de despedirme, tuve oportunidad de compartir con personas de todas las edades (siempre con mi amiga traduciendo). En un momento, me vi rodeado por curiosos niños de entre 7 y 9 años de edad, ¡que hablaban inglés¡ Ante mi sorpresa, me explicaron que estaban aprendiéndolo para ayudar en las Olimpiadas de Beijing. Les manifesté mi sincera admiración y los felicité. Además, los exhorté a que en el futuro siguieran volando cometas y mejorando su inglés, para que China siga siendo un gran país y organice unas fantásticas olimpiadas. Cuando me despedía de aquellos encantadores niños chinos, se me acercó una pequeñita, y en un gesto que nunca olvidaré se quitó un bonito collar para obsequiármelo como recuerdo de aquel emotivo encuentro. Inicialmente me rehusé a aceptarlo, así que buscó a su mamá para que me convenciera. Mis ojos se llenaron de lágrimas, y los niños me preguntaron por qué lloraba. La estudiante china les tradujo mis palabras: “Mis lágrimas son de pura alegría. Esta linda niña, y todos ustedes con su generosidad y ternura me hacen muy feliz”.
Siempre pensé que los cometas requerían espacios abiertos y extensos para poder volar. Pero, en Beijing, los voladores de cometas desafían toda lógica, y con increíble pericia logran elevarlos desde lugares imposibles: en medio de altos edificios, en plena avenida o entre los árboles. En Beijing, es común ver cometas solitarios volando entre edificios enormes, creando un contraste interesante entre la espesa selva de concreto y el bonito juguete volador que anuncia la primavera, y brinda sosiego a esta agitada metrópolis. Por esta época, desde las oficinas de traducción en el piso 8 del edificio de CCTV, ya diviso cometas en el horizonte, que también traen sosiego y alegría a mi espíritu en primavera.
Vuelo cultural del cometa chino
A la edad de 10 años, conocí el Barrio Chino de la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos. Entonces, la cultura china ya ejercía cierta fascinación en mí. Allí me antojé de un espectacular cometa en forma de dragón, con 10 metros de cola, y convencí a mis padres de que lo compraran. Recuerdo como si fuera ayer la gran sensación que causó aquel dragón volador en Venezuela, y los momentos felices que pasé junto a mi padre viéndolo elevarse majestuoso en el cielo. Hoy, 30 años después, mis sueños de aventura, mi interés por la cultura china y el destino me trajeron a esta hermosa tierra, y deseo a sus habitantes que la prosperidad que ambicionan llegue tan alto como sus cometas en los cielos de China.
Mi madre, quien vino a China en verano de 2004 a pasarse un mes conmigo por mi graduación, quedó fascinada con vitalidad de la cultura china y con la vigencia de sus ancestrales y hermosas costumbres. Ella se autodenomina “ciudadana del mundo”, y atribuye gran valor a la diversidad cultural de la humanidad. Así que me pidió que si escribía sobre los cometas, dijera que llevé a Venezuela el que me obsequiara aquella gentil y entusiasta comunidad beijinesa, para volarlo en los cielos venezolanos. Además de la dicha experimentada por mis amados sobrinos, Venezuela y China se unieron en un abrazo cultural, ya que con cada pirueta aquel cometa llenaba el cielo de mi país con la historia y la belleza creativa de esa milenaria tradición china.
En esta estación de flores y canto de aves, también quiero ver la primavera en el cielo de Beijing, constelación de cometas multicolores contra el azul infinito, expresión de los sueños bonitos de esplendor y felicidad que alberga el noble pueblo chino.
Ángel Rafael La Rosa Milano, director-fundador de Sol, Servicio y Orientación al Latino
Hola, mis muy estimados Soleros. Quisiera saludarles en circunstancias más auspiciosas y no en momentos cuando la pandemia del Coronavirus está causando tanta tragedia a nivel mundial.
De hecho, siguiendo las recomendaciones de las autoridades japonesas (mas bien blandas, en nuestra opinión), este año mi familia y yo no realizaremos nuestro obligado «ritual» anual de contemplación de los cerezos en flor. Eso con el fin de evitar el riesgo de contagio.
Sabemos lo duro que es permanecer encerrados en casa por largo tiempo, y lo placentero que resulta disfrutar el florecimiento de los cerezales, pero desde SOL, los exhortamos encarecidamente a actuar con prudencia y a evitar grandes concentraciones de personas, como medida de protección contra el virus. Por ejemplo, una alternativa más segura sería asistir a lugares menos conocidos, poco concurridos, en horarios de baja afluencia. Muy temprano en la mañana por ejemplo.
El siguiente es un artículo «reciclado» – escrito en 2006 – que publico hoy nuevamente con la intención de transmitir, no triunfalismo, pero sí esperanza y solidaridad en nuestra batalla contra esta terrible pandemia.
Protéjanse, por favor.
Un abrazo,
Ángel La Rosa
Picnic bajo un cerezo, abril 2007. Foto de Ángel La Rosa
(Escrito por Ángel Rafael La Rosa Milano, director-fundador de SOl, en septiembre de 2006)
Japón es uno de esos países que uno espera conocer algún día. En mi caso, por estar residenciado en China desde el año 2002, era sólo cuestión de organizarme para hacerle una visita a ese paradigma de gente amable, alta tecnología y cerezos. Pero, ni en mis sueños más fantásticos imaginé que mi primer viaje a tierras niponas sería para casarme con la mujer de mi vida. Así fue como el pasado mes de marzo viajé, en alas del romance, a la Tierra del Sol Naciente, para desposar a mi amada prometida japonesa, Michiyo.
A lo largo de mi vida he podido comprobar que el querer, en todas sus formas, tiene propiedades mágicas; funciona como una varita encantada que vuelve bonito todo lo que toca. Y esa magia de amor contribuyó, en gran medida, a la experiencia sin par que viví en Tokio.
Es sabido de todos que existen marcadas diferencias entre las culturas asiática y latina y, por ende, entre la japonesa y la venezolana. Por ello, a pesar de mi natural optimismo latino y mi confianza en la fuerza del cariño, no dejaba de inquietarme un poco el tan esperado encuentro con la familia de Michiyo. Ya ella me había advertido que sus padres son del tipo conservador; un tanto reservados, lo que contrasta con mi estilo más bien abierto y algo desenfadado. Pero, a pesar de todo, desde el mismo primer día, sus progenitores y su hermano me hicieron sentir como en mi casa; me brindaron calor de hogar. Y durante el mes que pasé entre los Mori, las distancias culturales se acortaron significativamente; nuestras diferencias se complementaron, generando una bonita y fructífera convivencia familiar intercultural.
Cerezo florecido, abril 2007. Foto de Ángel La Rosa
Cuando relato esta experiencia única a mis familiares en Venezuela, y amigos en todo el mundo, para que me entiendan mejor les digo que el exquisito sushi y las pinturas tradicionales de mi suegra (que tiene ancestros samurais); los sabios consejos, el sake y las clases de kendo de mi suegro; las constructivas conversaciones con mi cuñado, y el amor de mi adorada Michiyo, me hicieron sentir como Tom Cruise en “El Último Samurai”.
Mi primer encuentro con Japón fue como una alucinación. Se combinaron mi embriaguez amorosa y la gran impresión que me causó Tokio con su ecléctica modernidad. Muchas cosas de esa deslumbrante metrópolis llamaron mi atención: el gran civismo de su gente, el contraste entre sus gigantes rascacielos y sus templos; la tolerante convivencia entre el conservadurismo y el más reciente liberalismo social japonés; la mezcla de candidez y desenfado de las adolescentes en super-mini faldas, y, por supuesto, su altísimo – pero afable – desarrollo.
Bajo un florido cerezal, abril 2009. Foto de Ángel La Rosa
Sabía que la flor del cerezo es un símbolo nacional de Japón, y ya Michiyo me había hablado, con florecitas de contento en sus ojos, acerca de sus bonitos recuerdos de cerezos florecidos. Pero, algún día yo tenía que verlos, para entender realmente la devoción de los japoneses por este acontecimiento primaveral. La familia de mi esposa me explicó que, tal vez, los cerezos florecerían para principios de abril. Y yo tenía boleto de regreso a Beijing para el 30 de marzo. ¡Lastima! Durante mi estancia de un mes en Tokio percibí que éste es un es un hecho importante en la vida de los japoneses, quienes aguardan con ansia la llegada de ese obsequio de la primavera. Semanas antes, se muestran alegres y animados, recordando a cada instante que se acerca el tan esperado momento. Michiyo y su familia me contagiaron su entusiasmo; yo también quería ver florecer los cerezos. Pero, para entonces, ya yo estaría de regreso en China.
Contemplación del cerezo, abril 2008. Foto de Ángel La Rosa
Curiosamente, esta primavera ocurrió algo inesperado: ¡los cerezos florecieron antes de tiempo! Fui privilegiado al poder disfrutar de ese maravilloso espectáculo natural, deleite para la retina y el espíritu. Un acontecimiento cultural único, los cerezos en flor son para los japoneses no sólo una primorosa manifestación de la primavera; simbolizan, sobre todo, la renovación del espíritu; anuncian tiempos felices. Durante dos semanas, nada más, la endiosada flor del cerezo comparte sus divinos encantos con los mortales, así que los japoneses disfrutan intensamente, dichosos y agradecidos, ese efímero regalo de los dioses. Los residentes de Tokio, en particular, contemplan extasiados los cerezos que embellecen las avenidas de la ciudad; realizan todo tipo de actividades culturales alusivas al florido evento; organizan celebraciones familiares; visitan parques para tomarse fotos, y para tomar té y sake tumbados a la plácida sombra de un frondoso cerezal. Así, pues, constaté que en tierras niponas los cerezos florecen por doquier, pero descubrí que sus flores abren, principalmente, en el jardín que hay en el corazón de todos sus habitantes.
Este mi primer viaje a Japón fue mágico, sin duda. Me casé con la mujer de mi vida, que espera un hijo de nuestro amor; conocí a mi bonita familia japonesa y pasé con ellos unas vacaciones perfectas. Cualquier cosa que yo pueda decir aquí no haría justicia a esa gran experiencia. Así que para finalizar, sólo diré que me gusta pensar que esta primavera en Tokio, los cerezales florecieron anticipadamente para mí, como un pequeño milagro de amor, en señal de que mi matrimonio con mi adorada esposa Michiyo; nuestro bebé en camino, y la unión de nuestras familias fueron bendecidos por el cielo con las hermosas flores del cerezo.
Contemplación del cerezo, abril 2007. Foto de Michiyo