Hija, yo me porté mal: Robé golosinas en la tienda

junio 6, 2012

Robé golosinas en la tienda

Adorada hija, algunas cosas que hice de niño me dan vergüenza contártelas a ti y a las demás personas. Pero, como sabes, lo hago para que veas que tu papá – que siempre te pide que te portes bien – cometió muchas faltas en sus años de infancia – y en todas las etapas de su vida – y como una forma de pedir perdón a mis “ángeles” y a todas las personas del mundo. Por cierto, algunas de esas cosas malas que hice se las dije a mis padres (tus abuelos paternos) hace ya muchos años, porque no me sentía bien; me sentía como un mentiroso con ellos, quienes siempre me enseñaron que hay que portarse bien, ser una buena persona todo el tiempo.

También quiero decirte que ahora solamente puedo contarte aquellas cosas que puedes entender a tus 5 añitos de edad. Hay otras cosas que, aunque las voy a escribir aquí para que las lean otras personas mayores (jóvenes y adultos), te las contaré a ti más adelante, cuando seas una muchacha grande, para que las puedas entender mejor.

Lo que te voy a contar hoy pudiera parecerle una simple travesura infantil a mucha gente, pero es algo peor. Algo que no me gusta recordar y que, como digo al principio, me da mucha pena contar.

Aun hoy no puedo entender por qué aquel día (yo tenía unos 9 años de edad) me pasó por la mente la pésima idea de entrar a un supermercado de mi localidad, y llevarme una barra de chocolate sin pagarla, es decir, robármela. ¿Me entiendes, bellísima? Tú sabes muy bien que cuando uno agarra cualquier cosa en el supermercado, o en cualquier otro lugar donde vendan algo, hay que pagar un dinero (como ese juego que a ti te gusta tanto, donde primero yo soy el vendedor y tú la compradora, y después cambiamos), porque esos productos no son nuestros sino de los dueños de la tienda. Y si uno se lleva las cosa escondidas para no tener que pagarlas, es algo muy, muy malo. Uno nunca debe quitarle o robar algo a alguien. Primero, porque esa persona trabajó mucho para tenerlo. Segundo, porque a nosotros tampoco nos gustaría que alguién nos robara nuestras cosas. Además, si uno hace eso, es visto como un ladrón y puede ser castigado muy duramente. Si un adulto roba, hasta puede ser metido en una cárcel, ese lugar con rejas de hierro donde meten a las personas que se portan muy mal.

Es verdad que hay niños – y también adultos – que han tenido que robar algo de comer porque tienen muchísima hambre y no tienen ningún dinero para comprar comida. Aunque eso también es robar, tenemos que pensar que si esas personas no hacen eso podrían morirse de hambre. Por eso el castigo para ellos no debería ser tan duro como el de alguien que robe teniendo dinero suficiente. Para que los niños y demás personas no roben hay que enseñarles desde muy pequeños que eso no es correcto, que hay que estudiar y trabajar en la vida para poder tener aquellas cosas que necesitamos y queremos. Pero de eso te hablo después, mi princesa…

Recuerdo que ese día yo cargaba en mi mano un cuaderno escolar, así que escondí la barra de chocolate entre sus hojas, muy rápido, cuidando que nadie me viera. También recuerdo que, aunque sentí temor de hacerlo por saber que era algo muy malo, las ganas fueron más fuerte que yo. Pero, lo peor, hija linda, es que me parece que volví a robar un chocolate una vez más. Pero no estoy seguro; no puedo acordarme.

Imagino que lo hice porque en ese momento no tenía dinero para comprar. Pero eso no me quita culpa, porque yo tranquilamente pude haber esperado un poco más; ir a la casa y pedirle el dinero a mis padres, quienes seguro me lo hubieran dado.

Quiero que pienses, mi corazón, en lo que me hubiera pasado si me descubren robando. Tal vez me hubieran llevado a la policía para que me regañaran muy fuerte. Seguramente le hubieran dicho a mis padres y tal vez a mis maestros de escuela. Hubiera sido una situación bastante fea, desagradable, para mí y mis padres, quienes hubieran sufrido una gran vergüenza sin merecerlo. Y yo iba a quedar como un ladronzuelo delante de todos.

Entonces, mi ángel, aunque aquel chocolate estaba delicioso, robar es algo muy malo. Y si me descubren robando, yo me iba a sentir muy avergonzado por mucho tiempo, y además mis padres me castigarían por mucho tiempo también, por lo que todos pasaríamos muchos días tristes. Así que hubiera sido muchísimo mejor que aquel día yo tuviera más fortaleza en mi mente, para portarme bien, ser un niño bueno y no robarme aquel chocolate.

Por último, te contaré algo que me contaron a mí unos amigos, hace ya bastantes años, cuando yo todavía estaba estudiando en la universidad, en Venezuela. Ellos me dijeron que una vez  estaban pasando vacaciones en un lugar muy bonito de mi país, que tiene muchas playas bellas y muchas tiendas donde comparar ropa muy bonita, muy buena y muy barata. Uno de ellos tuvo la muy mala idea de robarse algo que le gustaba mucho, para así no tener que gastar su dinero. Además, invitó a los otros amigos a hacer lo mismo, y ellos le hicieron caso. Así que, aquel día todas esas personas se robaron algunas ropas de aquella tienda. Y según recuerdo, me dijeron también que después volvieron a ir varias veces a ese bonito lugar de Venezuela, y siempre hacían lo mismo.

Lo más grave, mi preciosa, es que esos amigos míos (que ya eran personas adultas, y con dinero) me contaron eso como si fuera algo muy bueno y divertido; algo para aplaudirlos. En ese momento yo no fui valiente para decirles que eso estaba mal. Pero, sí recuerdo que me quedé muy preocupado, pensando que a veces las personas – y nosotros mismos – pueden hacer cosas tan malas como esa de robar ropa en una tienda, y pensar que es algo muy bueno; algo para que los demás los feliciten. ¿No te parece que es algo muy feo, y sobre todo muy triste, mi vida linda?

 Dios te bendiga, hija.

Papi


Temores infantiles

mayo 26, 2012

«Mi hijo le tiene miedo a…»

Recientemente, un matrimonio conocido mío me comentó que su hijo de 2 años le tenía pánico a algunos insectos muy pequeños. Tanto, que últimamente se rehusaba a caminar  cuando salían de la casa, por temor a encontrárselos en el suelo.

 Al preguntarles qué pensaban hacer al respecto, me dijeron que tal vez lo mejor era hacer que el niño pisara a los insectos. Imagino que para demostrarle que éstos, al ser tan pequeñitos, son absolutamente inofensivos y no pueden hacerle ningún daño. Es decir, enfrentarlo con la causa de su temor, como recomienda el conocimiento popular – no siempre actualizado – y algunos especialistas aun hoy en día.

 Esa conversación me hizo pensar en mi propia experiencia familiar con los miedos pasados y presentes de mi hija de 5 años. Y, como suele ocurrir en estos casos, también me llevó a investigar sobre el particular: temores infantiles.

 Definitivamente, lidiar con los miedos de nuestros hijos puede resultar complicado. Y una de las razones es que, como es de suponerse, los adultos generalmente no percibimos las amenazas que sí perciben ellos. Lo que para ellos es peligroso, pudiendo llegar incluso a aterrorizarlos, para nosotros no es tal. Esto pareciera obvio. Pero, la realidad es que los padres no siempre estamos conscientes de ello; se nos olvida que los niños ven el mundo de manera muy distinta a nosotros, y eso nos hace, involuntariamente, minimizar sus miedos.

 En el caso de mi hija, admito que en nuestro deseo de ayudarla a superar prontamente algunos de sus temores, inicialmente fuimos algo severos con ella (aunque mi esposa menos que yo). Por ejemplo, cuando sentíamos que su miedo era totalmente infundado, y tras razonar largamente con ella sin éxito, algunas veces la presionábamos diciéndole que le quitaríamos temporalmente algunas de sus actividades favoritas. Ese enfoque nos parecía correcto porque, al menos, no la forzábamos directamente a hacer aquello que la asustaba; le dejábamos la elección a ella y, además, siempre permanecíamos a su lado vigilantes.

 El problema es que de todas maneras la situación era muy perturbadora para nuestra pequeña hija. Primero, porque ella, lógicamente, para no ser castigada, a veces cedía a la presión. Y aunque al final terminara comprobando por sí misma (aunque sólo momentáneamente) que, tal como decíamos papá y mamá, no había razones para temer, ese momento, insisto, era bastante estresante para ella. Segundo, porque si su reacción de temor ameritaba un castigo, por leve que éste fuera, entonces ella sentía (porque eso era lo que, sin querer, le estábamos transmitiendo) que experimentar miedo era portarse mal, lo cual, obviamente, también le generaba confusión y angustia.

 Afortunadamente, aquel erróneo proceder no duró mucho en realidad. Además de que la propia reacción de nuestra hija indicaba claramente que el enfoque estaba fallando, recordé algunos casos de familiares y conocidos que terminaron desarrollando temores muy fuertes (fobias). Ellos creen que su fobia se debe a que siendo pequeños eran obligados duramente a efrentarse al objeto de dichos temores, lo cual les creo una especie de trauma.

 Lo cierto es que la observación de las reacciones de nuestra hija, y algunas lecturas sobre los temores infantiles (A continuación mostramos uno de ellos, que recomendamos altamente a los padres con hijos pequeños), nos hicieron adoptar una actitud aun más comprensiva hacia ella, sin presiones; encontrando soluciones intermedias, satisfactorias para todos, y alabándole suficientemente sus logros diarios en la superación de sus miedos.

 Los resultados han sido casi milagrosos…

 Miedos infantiles

(El siguiente texto fue extraído de Internet, pero debido a un error en la edición perdimos la página web de origen. Pedimos disculpas. Procuraremos encontrarla nuevamente para anexarla).  

 1- Introducción

Los miedos en general y cualquiera de sus modalidades en la etapa infantil suponen un fenómeno universal y omnipresente en todas las culturas y tiempos. La única explicación a esta regularidad es que el miedo debe tener un importante componente de valor adaptativo para la especie. En pequeña escala, estas sensaciones que se viven como desagradables por parte del niño o adolescente pueden cumplir una función de supervivencia en el sentido de apartarle de situaciones de peligro potencial (no acercarse a ciertos animales, no entrar en sitios oscuros, etc.). Sin embargo, cuando este miedo es desadaptativo (no obedece a ninguna causa real de peligro potencial o se sobrevaloran las posibles consecuencias) el resultado es un enorme sufrimiento por parte del niño que lo padece y sus padres. El miedo, puede entonces condicionar su funcionamiento y alterar sensiblemente su capacidad para afrontar situaciones cotidianas (ir a dormir, ir a la escuela, estar sólo, etc.).

No hay duda que los miedos son evolutivos y “normales” a cierta edad, cambiando el objeto temido a medida que el niño crece y su sistema psicobiológico va madurando. La tendencia natural será a que éstos vayan desapareciendo progresivamente. En otras ocasiones, podemos hablar abiertamente de temores o miedos patológicos que pueden derivar hacia trastornos que necesitan atención psicológica (ansiedad, fobias). Establecer la frontera entre uno y otro (normalidad-patología) no siempre es fácil y dependerá mucho de la edad del niño, la naturaleza del objeto temido y sus circunstancias, así como la intensidad, frecuencia, sufrimiento y grado de incapacitación que se produce en el niño.

2- Miedo

Un niño puede sentir un miedo natural ante la presencia de un perro grande mostrándose reacio a tocarlo y manteniéndose discretamente a cierta distancia (le tiene miedo). En otro niño la simple visión del perro o su ladrido puede despertar la necesidad de correr inmediatamente, sintiendo un malestar profundo y necesitando alejarse a mucha distancia para tranquilizarse. En éste último caso no ha habido ninguna causa objetiva que pueda justificar el temor del niño (salvo en el caso de que el niño hubiera sido víctima con anterioridad de la acción de algún perro). Las expectativas de que el perro le pueda atacar cuando va acompañado de sus padres y el perro se encuentra a distancia y va atado son irracionales. Ha este miedo irracional le llamamos fobia

3- Curso evolutivo de los miedos

a) Primera infancia
Los diferentes estadios de desarrollo conllevan asociados la preponderancia de un tipo u otro de miedos. Según algunos autores, los bebés no comienzan a manifestar el sentimiento de miedo antes de los seis meses de vida. Es a partir de esa edad cuando empiezan a experimentar miedos a las alturas, a los extraños y otros. Estos tres tipos de miedo se consideran programados genéticamente y de un alto valor adaptativo. De hecho su presencia denota un cierto grado de madurez en el bebé.
A esta edad también surge la ansiedad de separación de la figura de apego.
     Entre el año y los dos años y medio se intensifica el miedo a la separación de los padres a la que se le suma el temor hacia los compañeros extraños. Ambas formas de miedo pueden perdurar, en algunos casos, hasta la adolescencia y la edad adulta, tomando la forma de timidez. Lo habitual es que vayan desapareciendo progresivamente a medida que el niño crece.
    Es en esta etapa, cuando empiezan también a surgir los primeros miedos relacionados con pequeños animales y ruidos fuertes como pueden ser los de una tormenta.
b) Etapa preescolar (2,5-6 años)
Se inicia una evolución de los miedos infantiles. Se mantienen los de la etapa anterior (extraños, ruidos, etc.) pero van incrementándose los posibles estímulos potencialmente capaces de generar miedo. Ello va en paralelo al desarrollo cognitivo del niño. Ahora pueden entrar en escena los estímulos imaginarios, los monstruos, la oscuridad, los fantasmas, o algún personaje del cine. La mayoría de los miedos a los animales empiezan a desarrollarse en esta etapa y pueden perdurar hasta la edad adulta.

4- Posible origen de los miedos

Independientemente de la programación genética del niño para desarrollar los miedos evolutivos normales de la infancia, se han apuntado algunos factores que pueden incidir significativamente sobre los mismos.
    Una de las variables estudiadas han sido los patrones familiares. Según algunos estudios, los padres con tendencia a ser miedosos y/o con más trastornos de ansiedad suelen tener hijos con miedos o ansiedad, en mayor proporción que los padres “normales”. Algunas teorías explican esta hipótesis en base a que los hijos buscan y captan la información sobre la reacción emocional de sus cuidadores ante situaciones de incertidumbre. A través del modelado (aprendizaje que efectúa el niño por observación de un modelo) una madre puede alterar o modelar los miedos de sus hijos en función de las emociones que manifieste o que el niño perciba.
    Otro mecanismo de adquisición o potenciación de los miedos es la información negativa (instrucciones verbales). Una información negativa sobre alguna situación o estímulo concreto puede ser una fuente que genere el temor. La capacidad de convicción vendrá condicionado por lo relevante que resulte para el niño la persona que emita la información.
    En algunos casos, es correcto levantar temores, por ejemplo por parte de los padres, acerca de determinados riesgos que corren, en especial, los adolescentes. No obstante, también pueden darse informaciones erróneas por parte de personas ajenas a la familia que pueden provocar miedos injustificados. En la etapa adolescente se suele creer más a los compañeros a que a los padres.
    Hay un tipo de miedos que se adquieren por aprendizaje directo como es el miedo a no poder respirar. Sería el caso de niños que han sufrido ataques de asma o se han despertado repentinamente por la noche con la sensación de no poder respirar.
    Otra forma de adquisición es por condicionamiento. Supongamos un niño que de pequeño sufrió quemaduras importantes al jugar con un petardo que le explotó en las manos. Probablemente la simple visión de los mismos o su estruendo le provoquen miedo y rechazo, tanto más cuanto mayores fueron las consecuencias.
    Finalmente apuntar como posible generador de miedos en niños, otras experiencias vitales desagradables o traumáticas, como presenciar malos tratos, peleas o situaciones que le impacten emocionalmente (accidentes, muerte de algún ser querido, etc.). En el peor de los casos, estos miedos pueden derivar en trastornos clínicos como fobias específicas, ansiedad generalizada o estrés post-traumático.
    Igualmente, no es aconsejable la visualización de programas de televisión, películas u otros que contengan imágenes violentas o de terror cuando el niño aún no presenta una edad adecuada para separar nítidamente la ficción de la realidad.

5- Orientaciones para combatir el miedo infantil

1- En primer lugar vivir la situación del niño con tranquilidad, sin mostrar (al menos delante de él) preocupación o angustia. Recordemos que el modelado, es decir, los comportamientos que el niño observa de los padres son los patrones que interioriza. Padres excesivamente preocupados pueden ser un mal modelo y aumentar la tensión.
2- No forcemos al niño a efectuar aquellas conductas que teme. Hay que trazar un plan de forma que podemos crear aproximaciones sucesivas. Por ejemplo, un niño que teme a la oscuridad, no podemos pretender que lo supere inmediatamente por mucho que se lo razonemos. Hay que crear una gradación de situaciones (p.e. diferentes habitaciones con distintos grados de iluminación hasta llegar a la oscuridad total) para que el niño vaya progresando. Tras la permanencia un determinado tiempo en una de estas habitaciones podemos reforzarle con algún premio o efectuar alguna acción de su agrado. El próximo día probaremos en otra un poco más oscura. Hay que avanzar paulatinamente. No dar importancia a los retrocesos y celebrar los pequeños pasos. La solución a los miedos no es evitarlos sino enfrentarnos a ellos. Sin embargo, en el caso de los niños, debemos hacerlo con calma y con mucho sentido común. Utilice el juego y la imaginación.
    Algunas técnicas psicológicas utilizan la llamada escenificación emotiva en donde las diversas aproximaciones del niño al objeto o situación temida van acompañadas de instrucciones previas en el que ha de adoptar el papel de ayudante o colaborador de algún héroe de ficción de su elección. El niño se imagina que está ayudando a su heroe favorito en la consecución de alguna misión. No obstante estas técnicas deben ser aplicadas y controladas por un profesional ya que forman parte de lo que se conoce como desensibilización sistemática. Se trata del tratamiento psicológico más utilizado en trastornos de miedos, fobias y ansiedad.
    3- Una forma muy eficaz de actuar es mediante el modelado. Uno de los padres puede efectuar la conducta temida (p.e. estar en la habitación a oscuras) para enseñar al niño que no sucede nada. No obstante, el modelado es más eficaz cuando el modelo es de la misma edad del niño. En especial, terapias efectuadas en grupo de iguales para exponerse a los estímulos temidos (oscuridad, animales, etc.) han resultado muy eficaces en niños.
    4- Evitar siempre ridiculizar al niño por sus miedos, en especial, delante de sus compañeros. No reírse de él, no castigar ni sermonear. La atención debe estar dirigida a las posibles soluciones no a las consecuencias punitivas.
    5- Evitar el visionado de películas, juegos o actividades que comporten violencia, miedo o terror. Procurar que las personas de su entorno no lancen mensajes amenazadores (si no comes llamaré a….; si no te portas bien se lo diré a…..). No se trata de aislar o sobre proteger al niño. Hasta cierto punto el niño debe ir integrando las diferentes emociones y el miedo forma parte natural de nuestra vida desde el inicio. No obstante, siempre será de gran ayuda que estas emociones estén reguladas por el consejo y el acompañamiento de los padres.
6- Puede resultar también útil, según el caso, la introducción de alguna técnica de relajación.
7 Estas instrucciones son generales y deben ajustarse a la edad del niño y sus características.
8– Cuando los miedos son más severos, persistentes y alteran significativamente el funcionamiento del niño en su entorno familiar, escolar o social, podemos encontrarnos con trastornos que ya no formarían parte del ciclo evolutivo “normal” sino que deberían ser objeto de tratamiento especializado (fobias específicas, trastornos de ansiedad u otros). Ante cualquier duda consulte con un profesional de la salud.

 


Hija, yo me porté mal: Lancé objetos a los conductores

mayo 17, 2012

Mi bellísima, algunas de la faltas que cometí siendo pequeño – como la que te contaré hoy – aunque las llamemos “travesuras infantiles” pudieron haberle causado mucho daño a otras personas. Es muy cierto que cuando niño yo no tenía idea de que pudieran ser tan peligrosas para los demás, pero ahora, después de tantos años, las recuerdo y veo con claridad que pude haber lastimado muy seriamente a alguien. Y eso, hija mía, me hace sentir mucho miedo, arrepentimiento y vergüenza.

Así que, contarte esta anécdota es muy difícil para mí. Pero lo hago – como siempre te explico – con la esperanza de que tú puedas aprender algo de mis muchos errores o, mejor todavía, no los cometas. Sobre todo aquellos que, como me pasó a mí cuando era un muchachito, puedan ponerte a ti y a otras personas en serio peligro. Y algo muy importante: Esta vez también lo hago para disculparme muy sinceramente contigo, con todas las personas del mundo y con mi “Dios”, por haber hecho algo tan malo. Pienso que pedir perdón y arrepentirnos es necesario; es muy importante. Pero también pienso que además de eso siempre tenemos que hacer acciones que traigan cosas buenas para los demás y para nosotros mismos.

Me parece que yo tenía entre 8 y 9 años, un día que estaba jugando con mis amiguitos en una  pequeña colina ubicada en mi sector. Tenía la altura de una casa de dos pisos, más o menos, y  estaba separada de una carretera a unos 60 ó 70 pasos largos de persona adulta.

No puedo recordar a quién de nosotros se le ocurrió la muy mala idea de lanzar hacia la carretera (por la que siempre pasaban muchos carros que iban muy rápido) un par de neumáticos viejos que nos encontramos tirados por ahí.

Créeme, mi linda, que después de tantos años que han pasado desde que mis amigos y yo hicimos aquello, apenas hace poco, mientras trataba de recordar cosas que contarte, vi, por primera vez, el gran daño que pudimos haber hecho a los conductores que pasaban por ahí en ese momento. Estoy bien seguro de que por mi mente no pasaba la idea de lastimar a alguien. Pero, aun sin querer pudimos haber provocado una tragedia.

Afortunadamente, no pasó nada grave (o al menos eso es lo que vimos desde donde estábamos). Pero tengo que decirte con mucho dolor , mi ángel, que esos neumáticos bajaron rodando con tanta fuerza que pudieron haber producido un terrible accidente, donde las personas quedaran muy lastimadas y hasta muertas. Y eso, como tú bien sabes, hubiera sido algo muy malo, muy horrible, muy triste para mí y mi familia, pero, sobre todo para las personas lastimadas y sus seres queridos.

Ya ves, mi adoración, como algunas travesuras de niños son en realidad acciones bastante dañinas para los demás y para nosotros mismos. Insisto, es verdad que cuando somos pequeños no sabemos que esos juegos pueden dañar tanto a alguien. Por eso yo sigo pensando que debo contarte sobre esas faltas que cometí, y explicarte bien las cosas malas que pudieran haber pasado, porque es posible que tú no las hagas; que tú seas más cuidadosa que yo cuando tenía tu edad; que seas mejor persona que yo, y así puedas tener una vida con muchísimos momentos bonitos y muy poquitos momentos tristes. Y así ayudarás a que el mundo sea un mejor lugar para todas la personas que viven en él.

Dios te bendiga, mi princesita.

Te amo,

Papi


Lactancia materna

mayo 13, 2012

¡FELIZ DÍA, MADRES DEL MUNDO ENTERO!

Este escrito de hoy, con motivo de una fecha tan especial, quise dedicarlo especialmente a aquellas felices y orgullosas madres que dieron a luz recientemente, y a las que lo harán pronto.  

Lactancia materna: un mágico dar y recibir entre la madre y el bebé

Hoy en día, son más y más las madres en el mundo entero que están optando por no amamantar a sus bebés. Hay muchos factores que propician esta tendencia, sobre todo en los países más desarrollados: Desde una sociedad que privilegia la imagen de mujeres ultra independientes (tanto en lo personal como en lo familiar), pasando por precauciones estéticas, hasta la real imposibilidad física de dar pecho que tienen algunas mujeres. Pero, no nos proponemos ahondar en dichas razones, sino llamar la atención sobre la importancia vital de la lactancia materna para el bebé, y también para mamá.

¿Existe algo más enternecedor que la escena de un bebé acurrucadito en los brazos de su madre tomando teta? Pero, ni siquiera esa imagen tan poderosa, con todo lo que encierra, puede evitar el descenso de los niveles de lactancia materna a nivel mundial

Ahora, pensemos por un momento en la naturaleza y en todas las especies de mamíferos, como nosotros. Detengámonos en la siempre divertida y tierna imagen de las crías pegaditas a la teta de la madre, “llueva, truene o relampaguee”. Sin importar cuánto hemos evolucionado los humanos, diferenciándonos del resto de los mamíferos, modificando esta condición natural esencial en las madres, hay algo que nos dice que así como lo dicta la Madre Naturaleza es como debería ser; que en la creación universal debe haber una muy buena razón para ello.

 La lactancia materna es mucho más que una forma de alimentar a los recién nacidos, incluso  mucho más que “la mejor forma” de alimentarlos. Cuando una madre da pecho a su bebé está prolongando y fortaleciendo el especial e inquebrantable vínculo psico-físico entre ella y esa criaturita que se gestó y creció en su interior; le está garantizando que fuera del “perfectamente cómodo” vientre materno estará igual de protegida en el acogedor seno de su mamá, con todas sus necesidades materiales y emocionales satisfechas.

 Aunque está científicamente comprobado que las propiedades naturales de leche materna la hacen el alimento ideal para los bebés, actualmente es posible alimentarlos bien con la llamada “leche fórmula”. Y esa “ventaja” es precisamente lo que lleva a muchas madres a no amamantar. Pero, aparte de las propiedades nutritivas de la fórmula, ese método, por un lado, priva a los recién nacidos de la reconfortante e insustituible sensación que le produce el contacto entre su boquita y el pezón materno y, por otro, priva a la recién parida de la sensación de plenitud física y mental que le produce alimentar al bebé con su propio cuerpo. Y, en consecuencia priva a ambos de experimentar la muy estrecha comunicación emocional que ese contacto produce.

 De hecho, también se ha demostrado que, en general, los bebés que son amamantados por un período de al menos 6 meses (lo ideal sería entre 2 y 3 años, aunque en condiciones absolutamente naturales el amamantamiento podría durar hasta 6 años), serán niños anímicamente más estables que aquellos que no lo fueron, debido a que ese temprano y total acercamiento a la madre los hará experimentar una sensación de bienestar y seguridad en todos los sentidos. 

 Así que nuestro vehemente deseo para todas las maravillosas madres recién paridas, y para aquellas que están por traer su angelito al mundo, es que puedan vivir y disfrutar a plenitud la importantísima e insuperable experiencia maternal de amamantar a su bebé. Al darle a esa adorable criaturita parte de su vida y de su ser – literalmente – estarán formando un hijo sano y contento. Y en esa amorosa entrega, ustedes, fantásticas madres, también obtendrán salud y felicidad, en la misma medida.

 Amamantar es, pués, un mágico dar y recibir, donde la madre y el bebé están forjando una unión tan firme y profunda que ninguna fuerza del universo puede separar. 

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»


Hija, yo me porté mal: Patinador imprudente

abril 24, 2012

Patinador temerario

Mi preciosita, como te he dicho ya antes, cuando somos niños nuestra inocencia y falta de experiencia en la vida frecuentemente nos ponen en peligro. Por eso te cuento estas historias sobre  travesuras peligrosas que hice; para que pienses mejor que yo – cuando tenía tu edad – antes de hacer algo que pueda traerte problemas.

Siendo yo un muchachito de 7 años, un tío mío muy querido me regaló mis primeros patines (las 4 ruedas en cada patín formaban un cuadrado, no una línea como ahora, ¡y eran de metal!). Como imaginarás me puse muy contento. Algo parecido a lo que sentiste tú cuando te regalamos tu primera bicicleta.

Pero este cuento no es sobre los peligros de patinar, sino sobre otra cosa relacionada.

Después de varias semanas de práctica diaria y febril (con las incontables y normales caídas, pantalones rotos y moretones), cuando ya lograba patinar con cierta facilidad, un grupo de amiguitos más grandes que yo, más expertos patinando, y más tremendos también, me convencieron de ir con ellos hasta un lugar muy alejado de nuestro edificio.

A mis 7 años, yo ya sabía, que no podía hacer algo así sin permiso de mis padres, y que si se lo pedía igual me dirían que no. Pero, por la insistencia de mis amigos, y su promesa de que no nos pasaría nada malo y de que mi papá y mi mamá nunca lo sabrían (cuando seas más grandecita sabrás lo difícil que es decir que no a los niños más grandes y tremendos) acepté ir con aquellos “diablillos”.

Aun recuerdo que sentí una mezcla de emoción por la aventura y de arrepentimiento por estar haciendo algo prohibido y peligroso, y por estar burlando a mis padres.

Y ocurrió que mis amigos se equivocaron… Igual que pasó la vez que me subí en la azotea de mi edificio, una vecina nuestra me vio y me delató con mis padres. Afortunadamente. Siempre en estos casos digo que tuve suerte de ser delatado, porque apartando que mi mamá me dio unos cuantos correazos leves (antes era normal que muchos padres castigaran así a sus hijos, pero las cosas han cambiado, y papi y mami nunca te pegaremos a ti), eso hizo que yo no me escapara de nuevo. Al menos por un tiempo…

Mi vida linda, yo tenía prohibido ir tan lejos sin la compañía de algún adulto, por varias razones: Había muchas calles que cruzar y podía atropellarme algún carro; podía caerme patinando y lastimarme seriamente, y al encontrarme lejos de casa todo sería más complicado; A veces los niños grandes que son muy tremendos pueden ponerse violentos y crear problemas a los otros niños, como pegarles o insultarlos. Además, podía haber ladrones (personas que les quitan sus cosas a los demás, a veces con pistolas o cuchillos), y también gente muy mala que agarra a los niños pequeños y se los lleva escondidos para un lugar muy lejano, donde no podíar ver a su papá y su mamá nunca más. Siempre que te digo algo así, vida mía, siento un dolor aquí en el pecho; me pongo triste. Pero ahora sabes muy bien por qué te lo tengo que decir.

Así que, hija querida, si algún día alguno de tus amiguitos te invita a ir a un lugar muy lejano sin permiso nuestro (o si se te ocurre a ti esa mala idea), acuérdate de este cuento y de mis palabras, y diles que no lo harás porque es peligroso, y porque nosotros tus padres siempre te decimos que no lo hagas, y tú siempre quieres hacernos caso y no engañarnos.

Es verdad que de niños (e incluso de adultos) a veces es muy difícil decirle que no a los amigos mayores que nos invitan a hacer cosas prohibidas, porque ellos podrían molestarse mucho y no jugar más con nosotros, y hasta lastimarnos mental o físicamente.

Pero debes saber que tu mamá y yo estamos aquí a tu lado, todo el tiempo, queriéndote y cuidándote mucho, sobre todo de otras personas que quieran lastimarte, incluyendo a otros niños. Entonces, aunque sientas miedo de decirles que no, tienes que explicarles muy bien que tú siempre le dices todo a papá y mamá, y que nosotros siempre, siempre te defenderemos de cualquier cosa y de cualquier persona, y que si ellos se ponen bravos contigo, lastimándote de alguna forma, nosotros hablaremos con sus padres y con sus maestros para que lo sepan y tomen medidas.

Para finalizar, mi princesita. Cuando tengas algún problema, grande o pequeño, estés en una situación de peligro, mucho o poco, siempre acuérdate de rezar a tus “ángeles” protectores para que te cuiden. Como sabes, yo tengo muchas razones para pensar que hay fuerzas invisibles buenas y malas. Las malas hacen daño a las personas, y las buenas nos cuidan si se lo pedimos mucho y nos portamos bien. Esto es muy importante que lo hagas siempre, mi angelito.

Que los ángeles te bendigan y te cuiden.

Papi


Hija, yo me porté mal: Feas palabras

abril 9, 2012

Feas palabras

Mi bellísima, decir palabras feas, sobre todo si lo hacemos muy seguido, también es portarse mal. Así que hay que evitarlo siempre. Especialmente, ustedes los niños no deben repetir las malas palabras de nosotros los adultos. Pero, sería mucho mejor que nosotros los mayores nunca dijéramos cosas feas frente a ustedes, ¿no es verdad?

Alguien dijo una vez que las personas son como sus palabras. O sea, si todo el tiempo estamos diciendo palabrotas es porque tenemos cosas feas en la mente; hay algo malo con nuestra forma de ser. En cambio, si siempre hablamos bien, diciendo cosas bonitas, es porque en nuestra mente tenemos pensamientos buenos.

Te digo esto, amorcito, porque una vez, cuando yo tenía como 7 años de edad, rompí una bonita amistad con un amiguito (y también surgió un conflicto entre nuestras familias), por culpa de unas groserías que yo dije.

Un día que yo estaba reunido en la calle con otros niños del vecindario, nos pusimos a jugar que éramos una banda musical, cantando de forma muy alegre y cómica, mientras tocábamos unas latas de leche con unos palitos de madera. Recuerdo que estábamos justo frente al apartamento del amigo mío; cerca de la ventana de la cocina (por cierto, él no estaba con nosotros en ese momento). Ocurrió que comenzamos a cantar una canción muy famosa, pero con la mala ocurrencia de cambiarle la letra por malas palabras. No nos dimos cuenta de que la mamá de mi amigo estaba en la cocina escuchando nuestra muy original pero grosera versión. Lo supe más tarde, ese mismo día. Estando ya en mi casa, fui sorprendido por el sonido ¡de otra banda musical! instalada debajo de nuestro balcón, y dirigida por el mencionado amigo, quien gritaba como loco unas palabrotas bastante, pero bastante feas.

Mi mamá, muy extrañada y algo molesta por aquel poco agradable concierto, se asomó por el balcón para pedirles que bajaran la voz. El líder del grupo (hasta ese entonces mi buen amigo), respondió muy enojado que su mamá lo había enviado a hacerle a mi familia exactamente lo mismo que yo y demás niños le habíamos hecho a su familia, para ver si nos gustaba. Mi mamá no le dijo más nada al niño. Sencillamente cerró la ventana y me preguntó sobre lo ocurrido. Yo, llorando de vergüenza le conté lo que pasó. Pero le aseguré que nosotros no lo hicimos con la intención de ofender a nadie. Ella me explicó que aunque fue sin mala intención, la mamá de mi amigo se molestó muchísimo, y por eso lo mandó a hacernos lo mismo. También me dijo que, aunque ella jamás me hubiera pedido a mí tomar venganza (ella sencillamente le hubiera dicho a los niños que no era bueno decir groserías y menos frente a una casa de familia), todo era el resultado de las malas palabras que yo dije; que por eso siempre debíamos evitar hacerlo.

Pero lo más importnate que me dijo mi madre aquel día fue que no haríamos nada para responder a mi amigo, porque eso traería más problemas con esa familia; que aprendiéramos la lección y olvidáramos lo que pasó, para así volver a hacer amigos de ellos algún día.

Bendiciones, mi primor.

 


“Mi esposo dijo que iba a matarme”

abril 6, 2012

          Hace pocos días, me encontré por casualidad a una señora conocida mía, madre de un niño pequeño. Me llamó la atención que a esa hora (temprano en la mañana) ella iba en dirección contraria a la usual, y con una gran preocupación reflejada en el rostro.

 Al saludarla, me dijo, con evidente consternación, que esa misma mañana el esposo había amenzado con matarla, y por eso ella iba en camino a denunciarlo a la policía.

 Estimados lectores: ¿Qué hubieran hecho Ustedes en mi lugar?

 Un dato relevante: mi amiga es extranjera y el esposo japonés. Pero debo aclarar que mi intención no es generar aquí algún tipo de crítica o reacción en contra de nuestros anfitriones. Esto es sencillamente un aspecto que puede ayudarnos a todos quienes vivimos en este gran país, a entender la desesperada situación – y encontrarle soluciones – de esta mujer y madre, y de otras que pudieran estar enfrentando el mismo peligro.

Si bien en las últimas décadas ha habido avances significativos a nivel mundial en la lucha contra la violencia doméstica, el nivel de concientización de la sociedad, en general, sigue siendo bajo. Según un artículo de la publicación digital en inglés “Womensphere” http://womensphere.wordpress.com ), en Japón, por ejemplo, “los expertos y activistas advierten que el grado de violencia debe ser mucho mayor al manejado oficialmente, ya que muchos japoneses aun piensan que la VD es un asunto familiar y no una violación de los derechos humanos de la mujer”.

En el mismo artículo leemos que en 2008, una encuesta gubernamental hecha a 1.358 mujeres (con pareja o separadas) reveló que un 33,2 % había sufrido maltrato físico, amenazas sicológicas y coerción sexual por parte de sus parejas. Y en 2009, la VD en Japón aumentó 11,7 % (28.158 casos reportados), el porcentaje más elevado desde que las encuestas se iniciaran en 2002.

Entonces, ¿cómo reaccionaría Usted si una conocida suya pasa por algo así?

En las líneas de ayuda telefónica (hace algún tiempo me desempeñé como orientador telefónico, en la Tokyo English Life Line, TELL, y, posteriormente, en la Línea de Apoyo al Latino, LAL), cuando una mujer llama diciendo que fue amenazada de muerte por su pareja, el procedimiento a seguir es claro y estricto: se le sugiere a la llamadora que abandone la casa, se traslade a algún lugar seguro, y busque protección policial lo antes posible.

Ante una amenaza de muerte por parte del compañero, no hay tiempo para especular si éste sólo pretende asustar a la víctima (lo que constituye maltrato psicológico) o si piensa matarla realmente. Por esta razón es que se recomienda a la mujer actuar lo más rápido posible, haciendo lo que esté a su alcance para proteger su vida.

Si, por las razones que sea, subestimamos la amenaza y no urgimos a la mujer amenzada a ponerse a resguardo, podríamos contribuir involuntariamente a que ocurra una tragedia.

Así que le dije a mi amiga que ella estaba haciendo lo correcto al denunciar al esposo por amenazarla de muerte, y que se pusiera a salvo inmediatamente.

Huelga decir que pasé el resto del día muy preocupado pensando en ella, y en cómo podría yo ser más útil. Pués bien, en la tarde se me presentó la oportunidad de ayudar. Por una grandísima “casualidad” me conseguí al esposo de la señora, quien se encontraba conversando con otra conocida de ambos. Lo cierto es que tras dudar unos pocos segundos (no es lo más sencillo de hacer, sobre todo si uno tiene relaciones cordiales con los dos miembros de la pareja), me acerqué y le dije al hombre, en presencia de la otra mujer, lo que me había dicho su esposa horas antes, y que yo estaba considerando ir también a la policía a denunciarlo.

El hombre primero se sorprendió, pero luego dio señales de estar muy preocupado y avergonzado, lo que yo tomé como una aceptación de culpabilidad y arrepentimiento.  Precisamente su actitud, si se quiere pacífica (confieso que yo estaba algo ansioso y preparado para lo peor), me hizo adoptar un tono más bien calmado, sugiriendo que, aunque su conducta había sido absolutamente condenable, aun se podían arreglar las cosas de una manera civilizada.

Después de mi relato y de mi explicación, sé que todavía habrá quienes se oponen a mi decisión de encarar a este hombre por amenazar de muerte a mi amiga. Sobre todo porque les preocupa que uno pueda salir perjudicado de algún modo (especialmente si el maltratador en cuestión es una personal realmente violenta) y la familia también. Los entiendo perfectamente; no les falta razón. Pero voy a insistir en esto. En una situación como esta, no se puede correr el más mínimo riesgo de que el abusador esté considerando seriamente matar a su pareja. Además, pienso que mi intervención en un problema marital tan lamentable fue una especie de respuesta instintiva para proteger a otro ser humano de un peligro inminente. Así que estoy convencido de que muchos de Ustedes hubieran actuado igual en una situación parecida.

Lo importante es que ahora ese hombre violento sabe que esa mujer no está sola (la mayoría de los abusadores se aprovechan del estado de indefensión de sus parejas); que hay personas que sabemos que él la amenazó de muerte (incluida la policía), y que estamos dispuestos a tomar medidas para impedir que él atque a su esposa y se convierta en asesino, o que sencillamente la vuelva a maltratar psicológicamente.

Para finalizar, unas breves reflexiones, estimados lectores. Es importante que entendamos que esos hechos tan lamentables no ocurren sólo en las novelas televisivas. Triste y preocupantemente, pasan a nuestro alrededor con más frecuencia de la que imaginamos. Por eso debemos estar atentos, y prestos a ayudar a las víctimas según nuestras posibilidades. Por ejemplo, si no queremos involucrarnos directamente, podemos denunciar al abusador de forma anónima.

Ningún hombre que maltrate psicológica o físicamente a una mujer (o viceversa, por supuesto) puede quedar impune. Debe ser denunciado y castigado.

Y como siempre repetimos ante hechos de violencia doméstica, el maltratador presenta problemas mentales y emocionales muy severos que requieren urgente atención epecializada, para bien de toda la comunidad. De ahí que cualquier castigo aplicado debe estar contemplado en las leyes y diseñado para lograr la reinserción de dicho individuo en la sociedad, sin que represente un peligro para nadie, nunca más.

Ahora, les pido por favor que todos me acompañen en esta oración: Energías protectoras, les pido con todas las fuerzas de mi ser que mi proceder haya sido correcto, y no ponga en peligro a mi familia. Y sobre todo, que haya sido para bien de esa desesperada mujer y madre amiga mía… y también para ese pobre hombre enfermo que le dijo que iba a matarla…

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»

 


Tocando mi puerta… y mi corazón

marzo 31, 2012

Revista La Atalaya         

 Hoy (sábado 31 ) pasó algo después de lo cual sentí la imperiosa necesidad de escribir esto inmediatamente.

En una gélida y nublada tarde sabatina con fuertes vientos que anunciaban tormenta, me encontraba en la comodidad y el calorcito de mi hogar, disfrutando de un inusualmente largo reposo vespertino, junto a mi esposa y mi hija, cuando de pronto sonó el timbre. Definitivamente, el último sonido que espera oír uno en un momento así.

 Pensé en no responder el llamado, sospechando que podría tratarse de algún vendedor de fines de semana, y sobre todo dada la muy confortable situación en la que estaba. Pero cambié de opinión. Receloso como estaba de atender, me sorprendía el hecho de que un vendedor pudiera ser tan temerario como para desafiar condiciones climáticas tan adversas, así que me acerqué sigilosamente a la puerta para ver  a través del visor.

 Aquel inoportuno visitador lucía más bien como un Testigo de Jehová, por lo que decidí abrirle. Y ahí estaban: un hombre de mediana edad y una joven mujer (al caballero no lo reconocí, pero a la muchacha ya la había visto un par de veces), como siempre, muy agraciados en sus modales y en su aspecto personal;  rozagantes como en el más soleado de los días.     

 Aunque no estoy muy de acuerdo con la forma como estos diligentes visitadores cristianos difunden sus creencias (que son diferentes a las mías, además), en estos 5 años de residencia en Tokio he aprendido a ver el lado bueno de su infatigable pregonar, y de alguna forma les he tomado aprecio sincero. Y es porque aparte de mi natural aceptación de las tendencias religiosas del prójimo, veo que ellos se toman la molestia de visitarme cuando podrían estar reposando plácidamente, y siento que su interés por mi bienestar espiritual es genuino. Y adicionalmente, en la mayoría de los casos son hermanos latinoamericanos que me hablan en español, mi hermoso idioma materno.

 Tras 5 años de esporádicas, breves e interesantes conversaciones frente a mi puerta, ellos ya saben que mis convicciones no sólo difieren de las suyas, sino que son igual de firmes. Pero también saben que son siempre bienvenidos y apreciados. Por cierto, colecciono todos los folletos que tan gentilmente me dan, porque contienen material muy valioso para mi vida y la de mi familia (información, consejos, historias, etc.), si importar mi orientación espiritual.

 Repentinamente, me viene a la mente el recuerdo de mi amado difunto padre. En mi temprana juventud, me costaba entender que él pasara tanto tiempo hablando tan animadamente con los predicadores que nos visitaban en aquella época. Y resulta que ahora, sin proponérmelo, estoy haciendo lo mismo…       

 Mientras veía al gallardo caballero y a la agradable joven, ahí frente a mí, en tan cordial actitud, en tan severo clima, los respeté y admiré – y a mis otros amigos Testigos de Jehová – más que nunca. Y le agradecí, una vez más, íntima y profundamente, a su Dios y a mi Dios (que al final de cuentas tal vez son uno solo), que ellos pasaran hoy por mi casa, tocando mi puerta… y mi corazón. 

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»


Hija, yo me porté mal: Peligro en la azotea

marzo 20, 2012

Peligro en la azotea

Mi tesoro, cuando somos niños, algunas veces nuestras ocurrencias infantiles pueden ponernos en verdadero peligro, tanto que hasta puede peligrar nuestra vida. Es decir, podríamos morir. Lamento muchísimo asustarte diciéndote esto, mi ángel, pero prefiero eso, porque pienso que así siempre tendrás más cuidado, y tratarás de no hacer cosas demasiado peligrosas.

Una vez, un niño mayor que yo, me sonsacó para que subiéramos a la azotea de mi edificio. Ahora, con cuarenta y tantos años de edad, me da mucho miedo con sólo recordarlo, porque pienso en lo que pudo habernos pasado, y en que tú o cualquier otro niño pudieran hacerlo también. Pero, cuando tenemos 6 ó 7 años solamente, no podemos reconocer claramente todas las situaciones de peligro.

 Hoy recuerdo, atemorizado (pero en aquel entonces, no sentía ningún temor. Al contrario, estaba muy contento y emocionado), que aquella azotea de un edificio de 6 pisos no tenía cerca ni nada parecido; en sus bordes solamente había un muro de apenas un metro de altura, en el cual nos apoyamos mi amigo y yo para disfrutar de la vista panorámica.

 Hija linda, en verdad, yo no quiero que pienses mucho en algo tan feo. Y aunque tu mamá y yo hemos visto que a tus 5 añitos ya tienes muy buen sentido común, debemos estar seguros de que puedes entender perfectamente lo que hubiéra pasado si nos caemos de esa altura. Ya sabes, los niños de tu edad (incluso más grandes) nunca, nunca, y nunca deben hacer algo así. Y si ves que papi llora un poquito al decirte esto, es simplemente porque te amo con todas mis fuerzas, vida mía, y no quiero que te pase nada malo.

 Por cierto, una vecina que nos vió mientras salíamos de la azotea y entrábamos nuevamente en el edificio, le informó lo ocurrido a mi mamá, quien me castigó muy severamente. En aquel momento, pensé que la señora había sido muy mala conmigo por acusarme. Pero ahora agradezco a Dios – y a ella también – que lo hizo, porque ella me salvó de hacer lo mismo otra vez.

 Una última cosa. Como sabes, papi piensa que hay unos “ángeles” que nos protegen si se lo pedimos mucho y si somos buenas personas. Son los mismos angelitos a los que tu y yo rezamos juntos en las noches, pidiéndoles que todas la personas del mundo estén bien. Lo que quiero decirte es que además de cuidarnos mucho a nosotros mismos, es muy importante que pensemos mucho en esos “amigos buenos”. Papi cree que a ellos les gusta bastante que hagamos eso, y que siempre nos portemos muy bien.

 Que los ángeles te protejan hoy y siempre, mi princesita.


Hija, yo me porté mal: Maltraté a un gato

febrero 24, 2012

Maltraté a un gato

Mi princesita, es verdad que muchas de nuestras equivocaciones de niños son producto de la inocencia infantil; de la falta de experiencia en la vida. Pero, estoy seguro de que si te hablo oportunamente de mis propios errores de la infancia, y te explico claramente por qué no debí hacerlos, podrás entenderme, y evitar repetirlos.

 Cuando yo tenía unos 6 años, siempre me reunía con los amiguitos de mi edificio, por las tardes, después de la escuela, igual como hacen los niños de esa edad – y mayores- aquí en Japón y en muchas otras partes del mundo.

 Recuerdo que había un gato que siempre estaba cerca de nosotros cuando jugábamos, porque le gustaba mucho que lo acariciáramos. Ocurrió que un día uno de nosotros tuvo la muy mala idea de agarrarlo por la cola y lanzarlo muy fuertemente por el aire, igual que esa cosa pesada (“martillo”) que lanzan algunos deportistas en las competencias que papi ve a veces en la tele. El indefenso animal chilló mucho cuando estaba sujeto por la cola, y después cuando cayó muy duramente al piso.

No fui yo quien maltrató al gato. Pero eso no importa; yo compartí aquella fea maldad, así que también comparto la culpa.

 Aunque lo que pasó parezca una tontería; una simple travesura de niños, me produce cierta tristeza  y arrepentimiento, pensando en el miedo y el dolor que sintió aquel pobre animalito.

 Como bien sabes ya, hija querida, nunca bebemos lastimar a los animales (a menos que sea la única solución para defendernos de algunos muy peligrosos, grandes o pequeños que vayan a lastimarnos a nosotros, o que los necesitemos como alimento. Pero aun si el propósito es alimentario los humanos deberíamos evitarle el sufrimiento, cosa que no hacemos). Tu mamá y yo te lo hemos dicho desde que eras muy pequeñita, sobre todo cuando te llevábamos al parque, y te decíamos los nombres de todos esos animalitos chiquititos (insectos) que tanto te atraían.

 Mucha gente piensa que tu mami y yo exageramos cuando te recordamos, de tanto en tanto,  que por favor no mates insectos y demás animalitos (hormigas, mariposas, escarabajos, gusanitos, cigarras, etc.) por pura diversión. Pero te hemos explicado que para nosotros la vida humana, animal e incluso vegetal, es la obra más importante de todo el universo, y que tanto los animales como las plantas tienen su función en la naturaleza. Por ello debemos respetarlos y protegerlos, siempre que nos sea posible.

 Un día hasta tu mamá se sorprendió cuando le pedí que no matara a esos pequeños insectos voladores que rondan los desperdicios de comida en el lavaplatos, sobre todo en verano; esos que parecen mosquitos miniatura, pero sólo persiguen a la comida, no a la gente. Por cierto, hija, tú sabes bien que los mosquitos sí nos hacen daño al picarnos, y las moscas transmiten enfermedades en sus patas, por lo que hay que matarlos. Pero volviendo a los “avioncitos” de la comida, yo le explicaba un día a mami que últimamente cuando veo a alguno de esos animalitos inofensivos rondando la cocina, trato de imaginarme cómo sería ser uno de ellos (prometo que no estoy bromeando, jajaja), viendo el mundo que me rodea desde mi minúsculo cuerpecito, y con mi gran visión periférica, en busca de alimento. E imagino lo triste que sería que siendo yo ese animalito, de pronto venga alguien y ¡zas! acabe con mi existencia de una sola palmada…

 Claro que hay una diferencia muy grande entre lastimar a una hormiga que a un gato. Los gatos y demás animales domésticos tienen un nivel de inteligencia – se ha demostrado que también tienen su forma particular de sentimientos – que les permite convivir con nosotros los humanos, al punto de hacernos compañía y ayudarnos. Y precisamente por eso es tan importante que aprendamos a quererlos y cuidarlos.

 Así que, hija linda, si algún día ves a algún amiguito matando insectos sólo por divertirse, o lastimando mascotas (como hicimos mis amiguitos y yo con aquel gato indefenso), por favor dile de buena manera, pero con firmeza que no es una buena idea; que ellos no hacen daño a nadie; que los dejen vivir.

 Posiblemente, no te hagan caso. Pero no importa, mi preciosa. Primero, porque lo que hacen no es algo grave, en realidad, aunque a tu mamá y a mí no nos guste para nada. Segundo, porque son niños como tú y sencillamente, igual que pasó conmigo cuando tenía esa edad, no ven nada malo en eso; han aprendido que es una diversión más.

 Lo importante, mi vida linda, es que nosotros sí tratemos de proteger a los animales en todo momento. Esa será nuestra pequeña contribución para que este sea un mundo más bonito para ellos. Y para nosotros también.

 Papi