La entrada al bachillerato es un hito importante en la vida de cualquier joven – y de toda la familia – ya que constituye un notable avance en sus estudios. Pero, además, porque ese acontecimiento académico coincide con un momento crucial en el devenir de su existencia: tiene unos 15 años de edad; es todo un adolescente en plena transición hacia la adultez.
Esa fase juvenil es un verdadero torbellino; los jóvenes experimentan vertiginosa y simultáneamente muchos cambios, los cuales serán más o menos fluidos, más o menos difíciles, dependiendo de cuán preparados mental y espiritualmente lleguen a esa parada del camino.
Todas las transformaciones profundas ocurridas durante el ciclo vital, incluida la de niño a adulto, implican ciertas “pérdidas”. Los quinceañeros teóricamente ya pueden valerse por sí mismos, así que dejan de ser tratados como niños, perdiendo con ello las prerrogativas intrínsecas a la niñez. Por otro lado, esa transformación en adultos también representa “ganancia”, el equivalente a alzar el vuelo en pos de la emocionante aventura de vivir. Cambios como éste, y las diversas posibilidades que encierran contribuyen a hacer de los 15 una edad verdaderamente especial.
Hay amplio consenso en que en la adolescencia ocurren los cambios más determinantes de nuestra vida. Por ejemplo, comenzamos a formularnos preguntas serias sobre el origen nuestro y del universo. Y asoman los primeros dilemas existenciales, cuando empezamos a cuestionar todo, incluso a nosotros mismos.
En esos años juveniles se avivan nuestros sentidos – físicos y metafísicos – y se agudiza nuestra curiosidad por el mundo circundante. Respondemos presurosos – aunque todavía inocentes – al urgente llamado de la sexualidad. Algunos incluso se inician en la experiencia amatoria a esa temprana edad.
¡Y el amor! Desde mucho antes, siendo niños, ya experimentamos ilusión y atracción, pero es alrededor de los 15 cuando suspiramos con el verdadero amor romántico, ese que nos hace soñar dormidos y despiertos; a las chicas con su príncipe azul y a los chicos con su virtuosa damisela.
Los humanos somos seres gregarios. Así como precisamos el aire para vivir, precisamos comunicarnos con nuestros semejantes. Y justo en la adolescencia, sentimos la urgencia de expresar el caudal de sensaciones que nos invaden. Esto pone a los padres en una posición privilegiada para propiciar un mayor contacto con sus hijos adolescentes. Pero, si no están dadas las condiciones, entonces los jóvenes conseguirán otros medios de satisfacer esa necesidad vital de expresión. Tal vez en otras personas (no siempre las más idóneas); tal vez en experiencias diversas, algunas de las cuales pueden resultar muy destructivas, como las drogas y el alcohol, por ejemplo.
Algunos padres optan por no inmiscuirse mucho en los asuntos de sus hijos adolescentes para “no invadir sus privacidad”. Y porque “la naturaleza y la vida se encargan de enseñarles todo”. Ciertamente, lo último que quieren los muchachos son unos padres policías escudriñando con lupa todos sus asuntos. Pero, sí quieren padres amigos, dispuestos a escucharlos y a orientarlos, e incluso a hacerles preguntas, siempre que sea con cariño y respeto.
En lo concerniente a los estudios, es un deseo muy legítimo y natural de los padres que sus hijos adolescentes entren con buen pié al bachillerato, y obtengan buenas calificaciones. Y entendemos cabalmente que para los padres latinoamericanos en un país tan competitivo como este, el desempeño académico de los hijos sea prioritario. Sólo convendría recordar que en ese preciso momento de la vida, sus jóvenes mentes y corazones están procesando un sin fin de cosas más que también requieren atención. Y que mientras más equilibrada sea su adolescencia, más posibilidades tendrán los muchachos de rendir en los estudios.
Es verdad. Lidiar con esos jóvenes estudiantes que están próximos a convertirse en hombres y mujeres no es fácil. Pero si los padres se proponen remontar la cuesta comunicacional, descenderán a verdes praderas donde podrán sentarse a conversar con sus “hombrecitos” y “mujercitas” sobre tantas cosas; unas banales, como la moda – por decir algo – y otras muy serias, como los príncipes y las damiselas. Porque, al igual que las materias del bachillerato, el romance es una de tantas asignaturas de la vida, y todos los padres anhelamos para nuestros hijos un amor bonito, puro y sincero, es decir que lo pasen con “A”.
Esta queja de algunos padres llega a nuestros oídos sobre todo en épocas de vacaciones, cuando ellos tienen que hacerse cargo de los hijos que se quedan en casa todo el día.
Tanto la tendencia de un niño a aburrirse, como la condición opuesta: su capacidad de entretenerse por sí mismo, son conductas aprendidas. ¿Y de quién las aprenden? Sí. Es correcto. De nosotros los padres.
Mientras más cosas les enseñemos a nuestros pequeños en sus primeros 2 años de vida, más formas de divertirse por su cuenta tendrán en los años siguientes, especialmente cuando no podamos – o simplemente no queramos – prestarles toda nuestra atención. No estamos sugiriendo que todos los padres debemos aspirar a producir un Leonardo da Vinci (los encargados de criar al genio renacentista debieron ser en extremo dedicados y estimuladores), sino que invirtamos en nuestros hijos el tiempo suficiente para inculcarles el gusto por algunos pasatiempos como la música (bailar, cantar o tocar instrumentos), los videos infantiles, los cuentos en CD, el dibujo, las manualidades y los juegos con muñecos, legos, etc..
Como bien sabemos, esas adorables criaturitas pueden poseer cantidades ilimitadas de energía física y mental, y nosotros sus progenitores debemos ayudarlos a canalizarla enseñándoles actividades entretenidas y beneficiosas, que expandan su creatividad y les creen hábitos saludables. Así, cuando no nos sea posible atenderlos, ellos conseguirán por sí solos algo divertido y productivo en que ocuparse.
Por supuesto que lo ideal sería pasar el mayor tiempo posible con nuestros retoños. Compartir con ellos actividades cotidianas y recreativas , tanto dentro como fuera del hogar, es fundamental para su desarrollo emocional. Pero como es poco probable que nuestras rutinas diarias (incluso cuando permanecemos en casa) nos permitan estar permanentemente con ellos, lo más aconsejable es tratar de lograr un balance entre su natural dependencia de los padres y su sentido de independencia.
Medidas prácticas, resultados mágicos
En nuestra doble condición de padres y orientadores estamos muy conscientes de que no siempre es fácil (particularmente en el caso de padres muy jóvenes o primerizos) poner en práctica las sugerencias recibidas en materia de educación temprana. Factores personales, familiares y de diversa índole pueden dificultar la aplicación de la “teoría” en nuestro diario acontecer, o como diríamos coloquialmente: “del dicho al hecho hay mucho trecho”. Por eso, aunque convencidos de que nuestra modesta orientación sobre el particular daría resultados muy positivos si es implementada, entendemos que no es una receta sencilla que traiga resultados inmediatos. No. Hay que hacer algunos sacrificios. Pero, ahí está el detalle: entender que a la hora de educar a nuestros querubines – y en la vida en general – lo bueno cuesta.
Pero, somos personas, no robots. De ahí que, a veces, por falta de información, energía, motivación u otras razones humanas, dejamos de hacer lo que instintivamente sabemos que es mejor para nuestros hijos. Por eso es tan importante estar al tanto de los inmensos beneficios que, en todos los aspectos, traerían a nuestros niños, a nosotros los padres y a todos los involucrados seguir los consejos básicos de los especialistas en materia de educación y estimulación infantil temprana.
No hay fórmulas mágicas, en el sentido de que tenemos que dedicar tiempo y esfuerzo. Pero, si nos lo proponemos, veremos en nuestros adorados pequeños resultados tan maravillosos y gratificantes, que nos sentiremos inmensamente recompensados y bendecidos. Veremos ante nosotros la diaria transformación de nuestros bebés en niños sanos, felices y despiertos, gracias a nuestra dedicación. Eso nos llenará de dicha y hará nuestra vida familiar mucho más llevadera. En este sentido, el resultado sí es algo mágico, ya que es una prueba contundente de la magia que produce la amorosa entrega de los padres a sus hijos.
A través del periódico International Press (en las columnas de la psicóloga Nélida Tanaka y del Sr. Takaharu Hayasi) supimos de la desgracia ocurrida a una familia latina de Takarazuka, Hyogo.
El cuadro no puede ser más trágico y desgarrador: una joven brasilera de 15 años, prende fuego a su propia familia, matando a la madre y dejando tanto al padrastro como a la hermanastra gravemente heridos.
Cuán perturbada tenía que estar esa niña para procurar la muerte de sus seres más cercanos. Cuánto odio hacia ellos tenía que albergar su joven corazón para concebir tan horrendo crimen.
Ella, que a su edad no debería soñar sino una vida de fantasía con su príncipe azul, ahora vivirá la pesadilla de ser una asesina. Que miserable puede ser la vida para algunas personas.
Según informes policiales y noticiosos la niña declaró que decidió matar a su familia porque la madre la maltrataba, y todos la despreciaban – también se sentía aborrecida en la escuela – mientras favorecían a la hermana menor.
Son muchas y muy diversas las opiniones emitidas sobre este caso tan desolador. Algunos sugieren que los culpables son las propias víctimas, por el supuesto maltrato físico y emocional que infligían constantemente a la niña. Otros piensan que dichos maltratos no justificaban de ningún modo una represalia tan atroz por parte de la joven, y que ella es la única culpable. Y hay quienes opinan que la responsabilidad de esta tragedia, si bien recae mayormente sobre la menor brasilera, es compartida por la sociedad. Nosotros nos inclinamos por esta última posición. Mas, no es nuestra intención exculpar a la joven. Creemos que a su edad ella tiene conciencia de lo que hace y debe responsabilizarse por ello. Pero, el entorno social (incluidos todos los individuos e instituciones que lo conformamos, y esa desafortunada familia) comparte la culpabilidad de algún modo.
Pareciera que mientras evolucionamos en aspectos como el conocimiento, por ejemplo, involucionáramos en lo relativo al amor al prójimo y el respeto a la vida. Y es que en nuestro inexorable avance material, los seres humanos nos vamos creando más y mayores necesidades mundanas – y valores – que van socavando paulatinamente nuestro humanitarismo y nuestra conciencia del bien y del mal.
Lógicamente, desde nuestros tiempos primitivos es mucho lo que hemos crecido en materia humanitaria. Pero todo pareciera indicar que la humanidad, en su conjunto, antepone la satisfacción de sus apetencias terrenales a las búsquedas espirituales.
Pero, aunque pueda haber amplio consenso en que el acelerado derrumbe de los valores morales y espirituales de la sociedad pudiera ser la causa de desgracias familiares como la que nos ocupa, es una problemática en extremo compleja, sin soluciones claras o inmediatas. Es decir, a todos nos queda claro que el amor engendra amor y el odio engendra odio. ¿Pero cómo utilizar ese conocimiento para prevenir desgracias semejantes?
Un posible punto de partida sería tratar de explicar tan triste acontecimiento en términos más científicos. A juzgar por las declaraciones rendidas a la policía por la joven acusada, en el sentido de que sus padres la maltrataban física y mentalmente, pudiéramos asumir que ella viene de una “familia disfuncional”. Según el blog “La familia bajo un mismo techo” (http://www.grilk.com/bajounmismotecho/lasfamilias/familias-disfuncionales.php), los ”rasgos típicos de las familias disfuncionales son:
Niegan que exista un problema en su seno, y responden de manera agresiva a todo intento de ayuda.
La desesperanza y la frustración, contribuyen a desarrollar una incapacidad para afrontar los problemas.
Se dan manifestaciones de violencia física y emocional.
No se comparten actividades colectivas positivas, tan sólo las crisis.
La relación afectiva se da en base al autoritarismo y el miedo, con ausencia del cariño y la tolerancia.
La comunicación defectuosa deteriora las relaciones, provocando discusiones, frustraciones y hostilidades.»
En este punto, conviene aclarar que, aunque con esto pretendemos encontrar el eslabón entre la terrible reacción de la joven brasilera y su problemático contexto familiar, no debemos generalizar estigmatizando a todas las familias disfuncionales como formadoras de anti-sociales. No todas las personas criadas en familias conflictivas cometen forzosamente actos criminales. Al contrario, muchas de ellas logran superar su traumática situación hogareña y llegan a ser personas normales.
Pero también es preciso señalar que el entorno familiar es determinante en la formación de la personalidad de los niños. Numerosos estudios demuestran que mediante la imitación – entre otros mecanismos de aprendizaje – los hijos asimilan gran parte del comportamiento de los padres, o son influenciados por éste grandemente.
Al respecto, la psicóloga de familia María Helena López señala que “crecer en familias disfuncionales podría cultivar sentimientos de angustia, ansiedad o miedo en los niños, que repetirían modelos de agresividad, pasividad o abandono. Les es difícil desarrollar recursos para enfrentar las dificultades en su vida”. (Blog ABC del Bebé: http://www.abcdelbebe.com/node/154221)
Prevenir la formación de familias conflictivas, y las potenciales tragedias gestadas en su seno, es una tarea monumental. Uno de los obstáculos para la prevención es el carácter “multigeneracional” de la propia familia disfuncional. En su libro La Familia, John Bradshaw explica: “Un hecho observable en las familias disfuncionales es que forman parte de un proceso multigeneracional. Los individuos disfuncionales se casan con otros individuos disfuncionales, provienen de familias disfuncionales y asi el círculo continua. Las familias disfuncionales crean individuos disfuncionales que a la vez generan otras familias disfuncionales».
Ante esta compleja situación, sólo nos queda sumar esfuerzos, cada quien en la medida de sus posibilidades, ya sea educando, concientizando, alertando, observando, denunciando. Pero sobre todo mejorándonos a nosotros mismos para ser más capaces de ayudar a aquellas personas – y a todo el grupo familiar – afectadas por esta dramática realidad. Todo ello con la esperanza de que algún día en la familia y en la sociedad se imponga el bien sobre el mal, y ningún niño – ni nadie – vea truncarse injustamente sus bonitos sueños de amor y paz, para vivir horrendas pesadillas de odio y maldad.
No todos, pero sí muchos padres en el mundo nos hemos preguntado esto, durante la infancia temprana de nuestros hijos, sean hembras o varones. Pero, ¿por qúe es tan relevante esta pregunta?
La sexualidad es un aspecto primordial del ser humano. Podría decirse que la vida misma gira en torno a nuestra condición sexual. Algunos sostienen, incluso, que la procreación no es sólo la función biológica primaria de la especie humana, sino el fin último de nuestra terrena existencia.
Por otra parte, a pesar de las importantes conquistas globales en materia de derechos humanos, específicamente en lo relativo al respeto por las minorías sexuales, sigue existiendo un rechazo social generalizado en contra de aquellas personas con una sexualidad diferente. Éstas continúan siendo objeto de una fuerte discriminación, que las expone a atropellos, humillaciones, agresiones y todo tipo de agravios. Es tal el escarnio público que pudieran sufrir si son descubiertas, que muchas se ven obligadas a aparentar durante toda su vida, teniendo incluso que denigrar públicamente de su propia secreta condición, para proteger su integridad personal.
Así que, en el caso de mi hija, esta inquietud mía por su futura sexualidad se fundamenta principalmente en mi vehemente deseo paternal de evitarle cualquier sufrimiento; de que ella sea feliz. No albergo ningún prejuicio moral, religioso, ideológico o de cualquier otra índole hacia la homosexualidad u otra condición. Pero sí me preocupa el hecho de que, en general, el mundo sea un lugar tan hostil para la gente sexualmente distinta.
Pero, ¿vale la pena pensar en eso ahora? Me preguntarán algunos lectores, justificadamente. Bien, en mi condición de padre, eso simplemente está dentro de otros tantos aspectos importantes relacionados con la vida presente y futura de mi pequeña, como salud, educación, personalidad, intereses, recreación, etc..
La historia de una gran amiga
A lo largo de mi vida, he visto tanto en propios como en extraños las consecuencias negativas – en ocasiones nefastas – de la intolerancia familiar y social hacia los homosexuales y otros grupos minoritarios. Aunque también conocemos muchos casos de personas que afortunadamente logran sobreponerse a dicha persecución (bien sean “ocultos” o “declarados”), llegando a desarrollar, entre otras tantas virtudes, una gran sensibilidad. Tal vez por aquello de que “lo que no nos mata nos hace más fuertes”.
Al final de mis 20, en Venezuela, conocí a una joven que tras varios meses de gran amistad y confianza me confesó, no sin muchísma dificultad y vergüenza, que era lesbiana. Lo traigo a colación porque, a pesar de que en esa época yo ya procuraba comprender y respetar la orientación sexual de los demás, esa experiencia causó un fuerte impacto en mi vida. Con esa amiga pude ver muy de cerca cuan dura puede ser la existencia para muchas personas como ella.
Mi amiga, a quien hoy en día quiero y admiro profundamente, tras hacerme aquella imposible confesión me contó que en su adolescencia, luego de muchos años de confusión y depresión buscó alivio en las drogas, y que incluso consideró quitarse la vida. Más adelante, en su proceso de autoaceptación, decidió frecuentar algunos establecimientos ”gays”, para así comenzar a buscar los medios de expresar su sexualidad, en un marco de protección y seguridad. Fue un paso necesario y sumamente importante. Pero, ella encontró que debido a la fuerte discriminación existente en esa época, la mayoría de esos lugares funcionaba en condición de clandestinidad, conformando una especie de submundo (de hecho muchos eran instalaciones subterráneas, sótanos), que al funcionar al margen de la ley atraían todo tipo de irregularidades, como vicios, delincuencia, prostitución, etc.. Eran, con algunas excepciones, antros de perdición, muy a pesar del gran número de clientes decentes, como mi amiga, quienes simplemente buscaban un lugar donde poder conocer gente igual a ellos, para poder expresar su condición tan duramente marginada y reprimida por la sociedad.
Al cabo de un tiempo, después de pasar por experiencias diversas, buenas y malas (algunas peligrosas para su bienestar físico y mental), mi amiga me dijo: “Yo no merezco esta vida de rata escondida en cañerías. Soy un ser humano con derecho a vivir dignamente. Yo también soy una criatura de Dios”.
Para resumir su historia, diré que con el tiempo y también con fe, paciencia y sabiduría, mi amiga felizmente logró encontrar su camino, rodeándose de personas como ella, con su misma sensibilidad, en un ambiente de mayor armonía, lo que le permitió vivir su sexualidad de manera sana y digna, y la ayudó a convertirse en la persona realizada y feliz que es hoy.
Mi respuesta a mi pregunta
En este punto, siento que al hacerme esa pregunta tan puntual sobre el futuro de mi hija, estoy mezclando dos aspectos de mi persona: mi instinto de protección de padre, y mi preocupación por el trato injusto que, hacia los homosexuales y otras minorías , todavía existe en pleno siglo XXI. Situación esta que afecta seriamente a personas de todas las edades, incluyendo a muchos niños en el mundo entero, quienes al ser rechazados – y hasta castigados – por su condición sexual particular, pueden llevar una vida de problemas y sufrimientos.
En ese sentido, mi respuesta a mi propia pregunta es que como padre me inclino a desear que mi adorada hija de 3 años sea heterosexual, y que viva de acuerdo al género femenino con el que vino al mundo, por creer que así su existencia tal vez sea más llevadera. Aunque entiendo cabalmente que “todo es relativo”, y que eso por sí solo no garantiza su felicidad.
Pero, si no es así, entonces comenzaré por pedir a Dios sabiduría para proporcionarle a mi niña un entorno familiar apropiado, de amor, respeto y comunicación. Esto con el fin de que se desarrolle mental y espiritualmente en armonía con su condición, cualquiera que esta sea. Más adelante, con esas herramientas, mi hija (que al final son todos los niños del mundo que puedan encontrarse realmente en esa situación), sabrá valerse por sí misma, y dará al mundo su cara digna, orgullosa y feliz.
Mitos + desinformación = probelmas de identidad cultural
Como padre de una niña nipona-venezolana de 3 años, nacida en Japón, me interesa sobremanera el tema de la identidad cultural en niños como ella. Durante años, hemos sabido tanto de niños que se benefician grandemente de su condición bicultural, como de aquellos que, al contrario, se ven perjudicados por ese hecho.
¿Cómo garantizar que los hijos de parejas internacionales, o de padres connacionales establecidos en el extranjero engrosen las estadísticas positivas? Este escrito no ambiciona dar una respuesta definitiva. Pero sí nos permitiremos contribuir a tan importante discusión, basados en nuestras observaciones y modestas reflexiones sobre el particular.
Son muchos los mitos negativos creados en torno a la condición bicultural de los hijos de parejas internacionales. Hay quienes sostienen que los problemas de confusión o falta de identidad cultural tienen su origen precisamente en esa “doble cultura” del niño. Somos del pensar que si, tal como está demostrado científicamente, el cerebro del niño se beneficia cuando éste aprende 2 – o más – lenguas, también es altamente beneficioso para el desarrollo de su personalidad que asimile las respectivas culturas de sus progenitores. En nuestra modesta opinión – y a sabiendas de que al final todos los padres queremos lo mejor para nuestros pequeños – los problemas de identidad cultural se presentan mayormente por la falta de información en algunos hogares interculturales, a la hora de educar a los hijos “mezcaldos”.
Por ejemplo, en una oportunidad, conocí a un caballero latino casado con una dama japonesa. Me explicaba que mientras sus 2 hijos fueran menores de edad, él prefería inculcarles la cultura japonesa solamente. Primero, porque ellos nacieron en Japón, segundo, porque así “no tendrían problemas de identidad cultural”. Además, comentó que su estrategia educativa incluía “cero besos, cero abrazos”, por considerar que ambas son manifestaciones de afecto “muy latinas”. En este caso, podemos entender perfectamente la paternal aspiración de este amigo latino. Como padre, él siente que dándole a sus hijos una educación exclusivamente japonesa les hará la vida menos complicada, y les proporcionará un punto de partida sólido hacia un futuro de seguridad y bienestar. No obstante, creemos que erradicar totalmente gestos afectivos propios de nuestra cultura latina no es lo más apropiado, ya que los hijos pudieran asumir que es algo incorrecto, inaceptable. Adicionalmente, nada garantiza que al ser mayores de edad, ellos vayan a adoptar naturalmente dichas costumbres latinas, lo que pudiera ocasionarles no pocos inconvenientes durante sus contactos con círculos latinos aquí en Japón, o en sus posibles estadías en el país del padre.
Hemos observado, además, casos de familias internacionales donde existe una férrea competencia entre el padre y la madre, para imponer al hijo sus distintas culturas, llegando incluso al punto de denigrar las costumbres del otro. Tanto esta postura de confrontación, como la anterior (padres que acuerdan privilegiar una de las culturas frente a la otra) lógicamente inducirán al niño a pensar que es indebido expresar – y hasta sentir -simultáneamente las dos culturas familiares, o que una es “buena” y la otra es “mala”. Y más adelante, muy posiblemente comenzará a cuestionar esas enseñanzas, lo que redundará en problemas de identidad cultural.
También sucede que algunos padres sencillamente dan poca importancia – o no dan ninguna – al asunto, negándole al hijo la mínima y necesaria orientación, lo que constituye otro extremo, ya que lo dejan en una suerte de limbo existencial que le impide conocer, vivir y disfrutar plenamente ambas experiencias culturales. Esto igualmente le traerá conflictos de identidad en el futuro.
2 culturas + armonía familiar = gran personalidad
Como señalamos anteriormente, está suficientemente demostrado que los niños que hablan 2 – o más – idomas desde temprana edad experimentan un mayor aprovechamiento de sus capacidades cerebrales, ya que el multilingüismo, al igual que otras actividades mentales, potencia el funcionamiento del cerebro, lo que se manifiesta en un mayor nivel de comprensión, expresión y comunicación, entre otras ventajas. Aunado a esto, cuando el niño aprende a hablar va absorbiendo la cultura contenida en el idioma. En otras palabras, a través del lenguaje los padres le transmiten a su hijo un modo particular y único de percibir la existencia. Esta premisa la sintetizó hermosamente el intelectual venezolano José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) cuando dijo: “Un idioma es el universo traducido a ese idoma”.
Desde el mismo instante cuando el bebé comienza a balbucear sus primeros sonidos, se inicia el maravilloso proceso de “traducción” del mundo que lo rodea. De ahí que el idoma sea un instrumento imprescindible en la formación de nuestra identidad cultural.
Hay un dicho latinoamericano, un tanto jocoso, que expresa nuestra posición sobre el tema del desarrollo bicultural infantil: “Mejor que sobre y no que falte”. Tanto la cultura de la madre como la del padre, incluidos lenguaje, música, comida, etc., constiuyen un legado invaluable para los hijos. Cuando transmitimos a ellos nuestras costumbres y tradiciones, en un ambiente armonioso, de mutua aceptación y valoración cultural, estamos enriqueciendo grandemente su personalidad.
Al inculcarle a nuestros hijos, en un marco de unión y cariño familiar, que las culturas de papá y mamá son hermosas y valiosas por igual, estamos sembrándoles la semilla de la tolerancia y el amor hacia propios y extraños, sin distingos de ningún tipo, y estamos haciendo de ellos hombres de bien; puentes culturales en un mundo sediento de entendimiento y paz. Y cuando llegue el día de preguntarse a sí mismos “¿quién soy?”, la respuesta más probable será: “alguien realizado, orgulloso de mis dos culturas. Y eternamente agradecido con mis padres que supieron dármelas”.
(Este escrito mío fue originalmente publicado en mayo de 2010)
Sin importar quiénes somos ni de dónde venimos, todos compartimos necesidades e instintos humanos básicos. El instinto de supervivencia es uno de ellos. He aquí algunas de sus definiciones:
“Reflejo animal que tenemos todos los seres vivos para proteger nuestro ser”.
“Reacción natural ante el peligro”.
“fuerza interior que te hace luchar por ti”.
“Nos lleva a adaptarnos a diversas realidades, con el fin de suplir las necesidades básicas”.
Una variante del instinto de supervivencia animal es el instinto de superación del ser humano que, como su nombre lo indica, nos lleva a superarnos; a ser más eficientes en procura de nuestro bienestar individual y colectivo. En condiciones normales, esa humana necesidad de superación personal establece que, de alguna forma, compitamos a diario con las personas que nos rodean. Pero, cuando se manifiesta con mucha intensidad nos lleva a competir duramente por recursos, territorio y poder.
En su forma más primitiva o básica, esa condición natural nos dicta que somos mejores que los demás; que nuestros pensamientos, sentimientos y acciones son preponderantes. De hecho, es lógico que todos y cada uno de nosotros seamos simultáneamente el centro del universo, ya que lo percibimos individualmente a través de nuestros sentidos y nuestra mente. Esa condición individual se expresa también en los colectivos humanos, desde un grupo de amigos hasta un país.
Tanto el instinto de supervivencia como la necesidad de superación, tal como es de suponerse, también juegan un papel determinante en nuestro proceso de adaptación cultural. Se cuentan entren los factores que nos permiten hacer los ajustes necesarios para aclimatarnos en otros países y sus culturas. Ahora bien, cuando ambas condiciones se manifiestan en forma extrema, haciendo que nos comportemos recurrentemente de manera egoísta y agresiva, por el contrario entorpecen nuestro proceso adaptativo.
Podría pensarse que es normal comportarse a la defensiva cuando vivimos en el extranjero. Y hasta cierto punto lo es. Durante mis estadías más largas en distintos países, he podido constatar que criticar a los locales, por ejemplo, es una práctica común – e inofensiva – entre los foráneos. Yo mismo he participado de esa dinámica, y entiendo que se trata de una especie de catarsis, de mecanismo de compensación puesto en práctica por los inmigrantes, que nos permite lidiar con la adaptación, generalmente compleja y en no pocos casos problemática.
Cuando criticamos a la cultura receptora – una comparación en la que los críticos siempre salimos airosos – estamos expresando nuestros sentimientos e ideas, y adicionalmente obtenemos comprensión y aceptación por parte de nuestros “iguales”. Esto de algún modo nos ayuda a sobrellevar la carga que implica el adaptarnos. En ese sentido, más allá de que la crítica sea objetiva o no, expresarnos criticando a los locales constituye una reacción humana, y muy terapéutica por cierto. Pero “todo en exceso es malo”, como diríamos en nuestros países latinos.
Una actitud demasiado crítica u hostil hacia la cultura receptora puede explicarse de varias maneras. Pudiera implicar que tenemos un problema latente de inconformidad con la vida, que nos hace quejarnos por todo permanentemente, lo cual de seguro empeorará nuestro de por sí trabajoso proceso de integración cultural. También pudiera ser el reflejo de una fase de adaptación extremadamente dura, traumática. En ambos casos convendría consultar a los especialistas para comprender debidamente las causas de nuestra constante insatisfacción o de nuestra gran dificultad para adaptarnos culturalmente.
El énfasis de este escrito sobre el hábito de criticar exageradamente a nuestros anfitriones, es porque más allá de que es un problema en sí mismo, con sus causas determinadas, pudiera traernos más y mayores inconvenientes en nuestra adaptación cultural y en nuestra vida, en general. Una actitud marcadamente negativa hacia la cultura receptora significa que sólo estamos percibiendo su “lado malo”, y que en conjunto prácticamente los vemos como enemigos a vencer. Esto, limitará seriamente – e incluso impedirá – nuestras posibilidades de interactuar con ellos en forma fluida y constructiva, y en consecuencia hará nuestra convivencia intercultural cada vez más cuesta arriba.
Además, es muy lógico que los nacionales reaccionen con igual desconfianza y hostilidad si de entrada perciben en nosotros esa actitud negativa. No hace falta explicar lo altamente beneficioso que sería para ambas partes si, por el contrario, mostramos una disposición positiva: Tolerante, comunicativa y cordial, considerando, por cierto, que ellos son los dueños de casa y nosotros sus invitados…
Una fría noche de febrero, encontraron el cuerpo sin vida del inmigrante brasilero, Flavio Sugawara, en una plaza de Nagoya, en el banco que fuera su cama – y su hogar – por mucho tiempo, hasta el día de su silenciosa muerte.
Nos enteramos de tan desoladora historia por esta reseña del semanario International Press:
Casi puedo ver a Flavio durante sus primeros años en Japón. Persiguiendo sus sueños, con el corazón rebosante de vida y de esperanza; anhelando un futuro próspero y feliz, como tantos otros inmigrantes, como todos nosotros.
Casi puedo verlo esforzándose y luchando día tras día por salir adelante, y por encontrarle un sentido a tanto sacrificio, como tantos otros inmigrantes, como todos nosotros.
¿Entonces, qué te pasó Flavio? ¿Dónde estaba la sociedad, dónde estaban tus amigos, dónde estábamos nosotros, primero cuando se entumeció tu ilusión, y después cuando se entumeció tu cuerpo?
Aunque sé que ya es muy tarde para preguntarte, Flavio, ¿Qué angustias y sufrimientos ahogabas en el tramposo y mortífero alivio del alcohol? ¿Qué desventuras e injusticias te forzaron a abandonarte de esa manera? ¿Qué gritabas desesperado a nuestros oídos sordos y a nuestras almas insensibles?
Soy parte de esta sociedad mayormente egoísta y excluyente. Tengo parte de culpa por tu muerte, y por la de tantos «Flavios Sugawara » del mundo. Perdóname Flavio. Y más me vale haber aprendido algo de tu injusto final, si quiero ser merecedor de esta vida más o menos llevadera que tengo.
Según estudios, la mitad de los indigentes llega a ese deprimente estado por causa de las drogas y el alcohol, otros directamente por traumas psicológicos producto de abuso infantil, violencia doméstica y comunitaria, discriminación y desprecio social, entre otras vergüenzas humanas. Algunos, debido a conflictos familiares varios, o a problemas económicos y de salud , por ejemplo. Todo lo cual pone en evidencia la falta de apoyo, solidaridad y compasión de la sociedad a la que pertenecemos. Y más importante aun, demuestra que si no hacemos un gran esfuerzo individual y colectivo por aumentar la voluntad y la capacidad de ayudarnos los unos a los otros, en algún momento de nuestra incierta existencia también pudiéramos correr la triste suerte de Flavio el brasilero.
En su engañosa conformidad, los indigentes tienden a vivir en la más terrible soledad; son seres marginados, sin atención ni afecto. Muchos de ellos cayeron en la indigencia precisamente por sentirse rechazados y excluidos socialmente, y el precio que deben pagar por ello es aun peor: Son invisibles para nuestros ojos y nuestros corazones; no existen.
Esa desadaptación; esa total renuncia a la vida en sociedad es, en muchos casos, el resultado de una dignidad dura y largamente pisoteada.
La reinserción de los indigentes en la sociedad es una tarea ardua más no imposible. El mayor obstáculo no son las necesarias y grandes restructuraciones sociales, sino la urgente y difícil transformación de todos y cada uno de nosotros, integrantes de esa sociedad. Condición imprescindible para lograr una convivencia más armónica y justa, que reduzca significativamente las causas de tragedias humanas como la indigencia.
Flavio, no podemos permitir que te hayas ido en vano. Espero que tu oscura muerte sea luz que nos guíe, ayudándonos a crecer en el amor al prójimo, para ser capaces de tender la mano a otros muchos hermanos a los que también hemos abandonado a tan mísero destino.
Ángel Rafael La Rosa Milano,
Director-fundador de SOL, Servicio y Orientación al Latino
Aunque mi escrito anterior, “La bendición de los cerezos”, pudiera sugerir, involuntariamente, una vida familiar ideal, todos sabemos que nada es perfecto. Ciertamente, hoy puedo decir con honestidad y humildad que mi vida de esposo y padre es lo que siempre soñé, pero aclarando que en los 4 años transcurridos desde que aluciné por primera vez con los cerezos florecidos, junto a las alegrías también he vivido sinsabores.
Después de aquellas vacaciones inolvidables, signadas por la aventura, el amor y las flores del cerezo, debí regresarme solo a China para completar mi período laboral, pero al poco tiempo se me unieron mi esposa y nuestra “barriguita”. Cinco meses después, mis suegros fueron a visitarnos y, luego de una breve y muy placentera estadía, volvieron a japón llevándose a mi barrigona esposa, quien estaba a un mes y algo de dar a luz. Yo permanecí la mitad de ese tiempo en Beijing, y eventualmente partí a tierras niponas para estar con mis dos amores durante el alumbramiento, y establecernos definitivamente en Tokio.
Me es imposible describir con palabras la felicidad de esos primeros días, antes y después del nacimiento de nuestro tesoro. Es sencillamente indescriptible. Ante la dicha que nos produjo su gloriosa llegada a nuestras vidas, las noches sin dormir, los malestares de mi esposa, la vergüenza por vivir “arrimados”, mi desempleo, etc., eran realmente pequeñeces.
Pero todo tiene un límite. Así como la noche limita al día, y el invierno limita al verano, algunos momentos tristes limitaron nuestra felicidad….
Algunas situaciones incómodas con los suegros que yo inicialmente percibía como tonterías, atribuidas a nuestras marcadas diferencias culturales, se fueron convirtiendo gradualmente en focos de tensión, primero, y de conflicto, después. La convivencia familiar, tan armoniosa al principio, se volvió en extremo difícil a los pocos meses. Pienso que entonces lo único que impidió un enfrentamiento entre nosotros fueron el respeto, la educación y el pacifismo que, afortunadamente, todavía nos asistían en los momentos conflictivos. Sin embargo, una vez, mi cuñado y yo casi llegamos a la violencia física, luego de una acalorada discusión.
La situación se tornaba cada vez más insoportable y, como es lógico, comenzó a afectar directamente la comunicación con mi esposa, quien desempeñaba el muy delicado y extenuante papel de mediadora entre su familia y yo, sin poder tomar partido por ninguna de las partes. Es cierto que ella y yo hacíamos un esfuerzo consciente por evitar pelearnos. Recuerdo que comenzamos a discutir mucho, pero era preferible a guardar silencio, ya que al menos podíamos desahogarnos. Aun así, tratábamos a toda costa de preservar el oasis de paz y amor que conformábamos los dos junto a nuestra adorada bebé. Pero las críticas y recriminaciones mutuas eran cada vez más frecuentes, por lo que vivimos momentos en verdad amargos para ambos.
Gracias a Dios, nuestro amor aun resistía como los frondosos datileros del desierto, dándonos sombra y cobijo. Y nuestra amada hija era fresco manantial de alegría y esperanza. Pero, nuestro edén estaba rodeado por un desierto arenoso que nos cubría lentamente con tormentas de problemas.
Debo señalar que tanto mis suegros como mi cuñado también adoraban con locura a nuestra hija, y eso con toda seguridad los ayudó igualmente a sobrellevar sus desavenencias conmigo.
En medio de aquella situación ya insostenible, finalmente conseguí un trabajo que nos permitió mudarnos a un apartamento alquilado. Un cambio de casa – y de suerte – que llegó justo cuando más lo necesitábamos.
Tras la oportuna mudanza, mi relación con los suegros se mantuvo tensa; yo me resistía a los acercamientos que ellos hacían, y me rehusaba a cualquier contacto que no fuera estrictamente necesario. Pero siempre me recordaba a mí mismo que ellos son los padres de mi esposa y los abuelos de mi hija, por lo que al menos debía mantener la tregua, y evitar más discordia.
Pero ocurrió que mi resistencia se fue debilitando. No hay mal que dure cien años… poco a poco el río retomó su cauce. Incluso afloró de nuevo – como las flores del cerezo cada primavera – el cariño que nos había unido años antes, en mi primer viaje a Japón.
Vale destacar que esa transformación no podemos atribuirla solamente al tiempo (aunque estoy de acuerdo en que éste lo cura todo). Todos los involucrados tuvimos que poner de nuestra parte para restablecer la comunicación perdida, y superar las diferencias que nos hubieran podido enemistar para siempre, con las tristes consecuencias para nuestras vidas y, sobre todo, para la de nuestra hija.
Esto me lleva a hacer algunas modestas reflexiones sobre las enseñanzas obtenidas de esta dura pero aleccionadora experiencia. Si bien son aspectos que todos conocemos, decidí escribirlos para recordarlos siempre que haya menester en la vida. Aunque espero fervientemente que cada vez me hagan menos falta.
En general, la convivencia humana (de pareja, grupal, social, etc.) es trabajosa, y más aun en casos de diferencias culturales muy marcadas.
Por erráticas y hostiles que nos parezcan algunas actitudes de personas del país anfitrión, debemos esforzarnos por recordar que su perspectiva de las cosas puede ser muy distinta a la nuestra, si no opuesta. Esto se debe a valores y nociones que adquirimos con solidez, por muchos años, en nuestros respectivos contextos culturales.
En una relación de tipo intercultural se requieren dosis mayores de tolerancia, empatía y amor hacia el prójimo, para mantener el diálogo y aspirar a alcanzar una relación armoniosa.
El instinto de conservación hace que los individuos se vean a sí mismos como el centro del universo; mejor que los otros. Esto se extiende a los grupos humanos: “nuestra cultura es mejor que las demás”. Pero lo cierto es que es imposible y, sobre todo, inútil, comparar culturas en dichos términos. Ninguna cultura es mejor o peor que otra.
Para que una relación moribunda resucite, tiene que existir un deseo vehemente de salvación por parte de los involucrados. Esto es un requisito sine qua non.
El orgullo en ocasiones funciona como un escudo protector, pero la más de las veces se yergue como una muralla infranqueable que impide toda reconciliación posible con el “enemigo”.
Cuán difícil es perdonar y reconocer nuestras faltas, pero cuán beneficioso es para sanar las heridas de odios y resentimientos.
A veces pensamos erróneamente que el rompimiento drástico y definitivo de una relación es la solución más práctica y efectiva. Pero todos sabemos que sentimientos negativos generan mal, y que sentimientos positivos generan bien.
Por estos días, estamos aguardando impacientes y emocionados la primorosa floración de los cerezos. Así que quiero finalizar con un breve comentario sobre tan anhelado acontecimiento. Hay rituales que contribuyen a consolidar la unión y el amor en la familia. Los dos últimos años he ido gustosamente con mis suegros a contemplar los cerezos en flor, y hemos compartido un sin fin de actividades más. No digo que las flores del cerezo sean las responsables directas de las buenas relaciones familiares actuales, y que no vaya a polemizar con ellos en el futuro. Lo que sí aseguro es que han contribuido notablemente a mejorar el entendimiento entre nosotros.
En cada contemplación de ese portento de belleza natural, abrazando a mis dos tesoros, y observando en silencio a mis suegros japoneses, siempre agradezco a Dios en el alma por ese irrepetible instante de unión y paz, y le pido sabiduría para proseguir mi camino en pos de un mayor acercamiento hacia ellos y su rica cultura nipona.
¿Cerezos, anti-estrés?
¿Te sientes algo estresado estos días? Si eres uno de los afortunados con trabajo estable, posiblemente estás laborando mucho y descansando poco, lo cual te produce una fatiga permanente que, como es lógico, también te genera estrés mental. Si por el contrario trabajas unas pocas horas semanales, o peor aun, estás desempleado, posiblemente las preocupaciones por no estar generando ingresos suficientes se transforman en ansiedad. Y si a eso le sumamos que el frío no termina de irse…Nos referimos al tema del trabajo porque ya sea que tengamos demasiado, poco o nada, éste siempre es un probable foco de tensión en nuestras vidas. Pero aparte de nuestra condición laboral, en nuestro día a día abundan otras potenciales causas de estrés: conflictos con la pareja; falta de comunicación con los hjos; familiares con problemas en nuestro país de origen; salud debilitada; dificultad para adaptarnos a la sociedad japonesa, y un largo etcétera.
Es normal que nos afecten estas situaciones, al punto que podamos sentirnos preocupados, irritados, y hasta alterados. Después de todo, el estrés, al ser un a respuesta a una situación determinada, es una señal que nos alerta, y que debería hacernos tomar medidas para salir de la sitiuación estresante lo antes posible. Lo importante en estos casos es identificar el origen del malestar y aplicar correctivos oportunamente, con el fin de impedir que el problema aumente y escape de nuestras manos, volviéndose incontrolable. Y es aquí donde entran las flores del cerezo…
No es nuestra intención trivializar o minimizar las posibles causas de tu estrés. Por el contrario, nos atrevemos a hacerte estas sugerencias porque al igual que tú estamos sometidos diariamente a una serie de circunstancias estresantes, pero en esta estación primaveral encontramos en la contemplación de las flores del cerezo (sakura, en japonés) una fuente de relajación adicional y un alivio temporal a la tensión que nos generan las preocupaciones cotidianas.
En mi caso particular, ayer (martes 6 de abril) en la mañana, luego de varias horas frente a la computadora, sintiendo cansancio corporal y preocupación por mi falta de ingreso fijo (aunque trabajo en el blog día y noche) tuve conciencia repentina del día soleado y espectacular que se me ofrecía justo ahí afuera. Así que me eyecté de la silla, me armé de la cámara fotográfica, y salí en la bicicleta a buscar bonitos cerezos en flor por mi vecindario, para captar las imágenes que decoran hoy mi blog. Como es de suponer, mi situación económica no cambió en nada – por el momento – pero al menos regresé a mi aptartamento y a mi computadora con energía e inspiración renovadas, para escribir estas modestas líneas, que espero sean de interés y utilidad a alguien, y sean también beneficiosas para mi blog, para mi familia y para mí.
¨Lucky phone¨ /Ángel La Rosa
Beneficios de contemplar la sakura:
En general, la contemplación de obras de belleza naturales o hechas por el hombre nos produce una sensación de bienestar.
En teoría, las maravillas naturales nos producen mayor satisfacción, debido a que nosotros mismos, como humanos, somos obra de la madre naturaleza.
Los cerezos florecidos son un deleite para la vista y el corazón.
La observación de los cerezos en flor es fuente tanto de entretenimiento como de conocimiento.
La contemplacón individual de los cerezos puede brindarnos un mometo a solas, de tranquilidad y meditacón, sumamente beneficioso para aclarar la mente en procura de soluciones a situaciones determinadas.
La contemplación grupal de los cerezos nos permite socializar, y estrechar lazos de amistad (en un ambiente relajado y de singular belleza), lo cual nos ayuda a crear redes de apoyo importantes para llevar una vida equilibrada.
La contemplación de los cerezos en familia propicia la comunicación y la unidad en el seno familiar.
Un picnic bajo un florido cerezo refuerza nuestros hábitos de sano esparcimiento, mediante la realización de actividades recreativas al aire libre.
La observacón de los cerezales florecidos nos ayuda a fomentar el respeto y el cuidado del medio ambiente.
La participación en este “ritual” primaveral nos permite aprender sobre cultura y costumbres japonesas, y facilita nuestra integración a la sociedad nipona.
¨Japón entre sakuras¨ / Ángel La Rosa
Para finalizar, quisiéramos insistir – aunque parezca obvio – en que si bien el solo acto de contemplar los hermosos cerezos florecidos no resolverá nuestros problemas, si nos ofrece incontables beneficios, como la oportunidad valiosa de descansar el cuerpo y la mente, lo que nos hará ver las complicaciones mundanas, y la vida en general, con mayor serenidad, comprensión y optimismo.
¨Stressless sense¨ / Ángel La Rosa
Ángel Rafel LaRosa Milano
Director-fundador de SOL, Servicio y Orientación al Latino
(Escrito publicado originalmente el 22 de marzo de 2010)
La noticia reciente sobre el acoso que habría sufrido la princesa japonesa Aiko por parte de algunos compañeritos de escuela causó revuelo y consternación en la sociedad japonesa, así como en la opinión pública en general, dentro y fuera de Japón.
La preocupación expresada por una mujer y madre latinoamericana en una carta enviada al semanario International Press en Español, me motivó a publicar este escrito sobre como ayudar a nuestros niños a enfrentar posibles situaciones de acoso escolar. En dicha carta, la Sra. se pregunta, con mucha razón, que si eso le ocurría a una princesa japonesa que podíamos esperar los inmigrantes para nuestros hijos.
ACOSO ESCOLAR
(Texto del Instituto Australiano de Orientadores Profesionales, traducido del inglés al español por Ángel La Rosa).
Según Rigby (2006), el acoso es el acto intencional de causar daño y aflicción a otros, mediante hostilidad, agresión física, y otras formas más sutiles de intimidación como la manipulación. El acoso puede ser verbal, físico o emocional, y se produce cuando una persona (el agresor) incapaz de controlar su rabia, resentimiento o agresividad (y con problemas de comunicación social e interpersonal), descarga en otra persona (la víctima) su agresividad, y su necesidad de control y poder. Con el fin de molestar a la víctima, el agresor utiliza métodos tales como la crítica, la manipulación, la exclusión, el aislamiento y la burla (Masheder, 1998).
El acoso puede ocurrir en casi cualquier lugar donde interactúen las personas, por ejemplo, en la escuela, la oficina y el hogar. En el contexto de la escuela, el acoso suele ocurrir en áreas con escasa o nula supervisión de adultos o profesores. Puede darse alrededor de los edificios escolares, y más frecuentemente durante las clases deportivas o a la hora del almuerzo; en los baños o durante actividades realizadas al terminar las clases (Elliot, 1991).
Un niño víctima de acoso que no recibe asistencia o tratamiento oportunos generalmente se vuelve pasivo, retraído y falto de la capacidad de interacción social necesaria para relacionarse con otros como adulto. ¿En tu condición de orientador, padre o amigo, sabes qué pueden hacer los niños para enfrentar el acoso?
Actitud frente al acoso
Existen varias técnicas de orientación y algunas estrategias que pueden mejorar la capacidad de la víctima para enfrentar y detener el acoso. Estas incluyen el enseñar a un niño que ha sido acosado y que se muestra pasivo como aumentar su autoestima; como ser más asertivo y hacer valer sus derechos sin violar los de los demás. Uno de los métodos más efectivos que puede usar el orientador para contrarrestar el acoso es enseñar al niño afectado formas de resolver conflictos. El aprendizaje oportuno de dichas formas, permite que los escolares estén mejor capacitados, preparados, y apoyados para enfrentar favorablemente situaciones conflictivas en la escuela, en el hogar, y más adelante en sus vidas. La resolución de conflictos incluye escuchar atentamente, negociar, y desarrollar la asertividad, entre otras técnicas.
Cómo enseñar la resolución de conflictos
Discuta y evalúe el comportamiento del niño (pasivo, asertivo, agresivo). Utilice un lenguaje acorde a la edad y al nivel de comprensión del niño.
Explique al niño la importancia de que pueda defender sus derechos por sí mismo.
Explique al niño que las técnicas de resolución de conflictos lo ayudarán a enfrentar el acoso.
Practique con el niño como comunicarse en forma asertiva.
Estas son algunas frases para lograr una comunicación asertiva:
Afirmación: Cuando tú haces… / cuando te veo… yo me siento…
Confirmación: ¿Puedes decirme lo que tú crees que yo dije?
Ratificación: Sí, yo entiendo que tú estés molesto conmigo.
Invitación: ¿Simplemente no podemos ser amigos?
Acuerdo: ¿No sería mejor que jugáramos con otros amigos y no juntos?
Diálogo: ¿Cómo piensas que podemos mejorar esta situación?
Feedback: ¿Te sientes… cuando yo…? Puedo ver que estás molesto.
Aceptación: Ahora entiendo por qué tú piensas que…
Pregunta: ¿te molestaste cuando yo…?
Otras técnicas para la resolución de conflictos:
Es importante ayudar al niño a entender mediante otras actividades que le permitan expresarse, tales como juegos, diálogos, manualidades, dibujo, etc..
La comunicación asertiva puede resultar muy efectiva. Enseñar al niño a decir, no me gusta que tú… puede ser muy útil.
Evalúe el nivel de autoestima del niño preguntándole cómo se ve a sí mismo, y cuáles serían las cosas buenas y no tan buenas de su persona.
Para poder aplicar la resolución de conflictos efectivamente es importante que el niño tenga un concepto positivo de sí mismo. Por eso, la creación de autoestima puede incluirse en el proceso de resolución de conflictos.
Estimule al niño a expresar sus sentimientos abiertamente. Explíquele que inhibirse o retraerse puede aumentar sus sentimientos de tristeza y aislamiento.
A continuación hay una serie de preguntas que pueden utilizarse para enseñar al niño como manejar sus sentimientos:
¿Por qué me estoy sintiendo de esta manera? ¿Qué es lo que quiero cambiar?
¿Qué debo hacer para dejar de sentirme así?
¿De quién es el problema realmente, mío o de ellos?
¿Cuál es el mensaje que debo interpretar en esta situación? Por ejemplo, ellos no me aprecian; ellos no me respetan.
Finalidad de expresar las emociones.
Comunicar los sentimientos de rabia, dolor o miedo.
Cambiar la situación.
Evitar volver a sentir nuevamente rabia, dolor o miedo.
Mejorar la relación y la comunicación.
Seguidamente, Morrison 1998) y Ross (2002) proponen otras estrategias para que los orientadores ayuden a los niños a contrarrestar el efecto del acoso:
Estimule al niño a hablar a los adultos (padres, amigos o profesores) sobre la situación que lo afecta.
Hágale saber al niño que el acoso en ningún caso es aceptable o merecido.
Mantenga contacto con las autoridades escolares. Discuta el asunto con ellos.
Proponga a la escuela que haya más supervisión en el patio, en los baños, etc..
Ponga énfasis en el cuidado, el respeto y la seguridad.
Enfatice las consecuencias de ser acosado y de acosar a otros.
Discuta sobre las medidas existentes en la escuela para garantizar acción inmediata en casos de comportamientos agresivos y abusivos.
Enseñe al niño conductas positivas, y estimúlelo a relacionarse con personas en quienes pueda confiar.
Enseñe al niño actividades de aprendizaje en grupo; de cooperación mutua.
Enseñe y ayude al niño a controlar su rabia, mediante el desarrollo de una actitud empática hacia los otros niños.
Promueva las relaciones positivas dentro del grupo de amigos.
Boston.com / Foto de «New York Times» / por Tequila Minsky
(Publicado en el 18 de marzo de 2010)
Estimado(a) visitante,
En nuestra revisión diaria del inmenso volumen de información generado por las tragedias ocurridas en Haití y Chile, nos detenemos a pensar en la urgente necesidad de apoyo emocional y de ayuda especializada en salud mental que tienen actualmente millones de personas en ambos países.
Es por ello que queremos compartir contigo un breve texto sobre cómo ayudar a personas afectadas emocionalmente por desastres naturales y demás eventos traumáticos. Vale la pena recordar – sin querer ser pesimistas ni agoreros – que el archipiélago nipón se caracteriza por su elevada actividad sísmica, y que es aconsejable estar preparados para ayudarnos a nosotros mismos y para ayudar a los demás, en caso de una eventualidad.
Cómo ayudar a un familiar o amigo que vive una experiencia traumática.
(Texto de la Universidad de Melbourne, Australia. Traducido al español por Ángel La Rosa)
Para una persona puede resultar muy difícil sobreponerse a un evento traumático como un accidente, una agresión o un desastre natural; puede tomarle tiempo aceptar lo que ha ocurrido. Tanto los días siguientes al evento como las próximas semanas serán muy difíciles.
Después de un suceso traumático, es común que la persona experimente diversas sensaciones. Puede sentir miedo, pánico, tristeza, culpa, frustración, rabia y desamparo. Estas reacciones son normales y, en la mayoría de los casos, al cabo de pocas semanas serán menos intensas. Durante ese período, el apoyo de familiares y amigos es de vital importancia. Hay algunas cosas que Usted puede hacer para ayudar.
En algunas personas, las complicaciones pueden prolongarse más de un par de semanas, en ese caso es importante consultar a un especialista.
despuesdegoogle / Foto de » National Geographic» y «Huffington Post»
Proporcione ayuda práctica y estímulo
Entienda que la persona vivió una experiencia extremadamente perturbadora; que puede necesitar tiempo y “espacio” para asimilar lo que le ha ocurrido. Usted puede cooperar brindándole ayuda práctica en las tareas domésticas o cuidando a sus hijos, por ejemplo.
Es importante que la persona esté informada sobre los hechos, pero no es aconsejable que se exponga mucho a la televisión, la radio o la prensa escrita. Sugiérale que limite su tiempo de contacto con los medios de comunicación. Y ofrézcase Usted a seguir las noticias, para de esa forma mantener a la persona informada y evitar que ésta se sienta obligada a buscar información constantemente.
Con empatía, estimule a la persona a que vele por su propia salud; a que descanse suficientemente, aun si se le dificulta dormir; a que coma regularmente alimentos balanceados; a hacer ejercicios físicos moderados, en caso de que sea posible; a disminuir o eliminar el consumo de café, cigarrillos, drogas o alcohol. Ayúdela a encontrar tiempo para relajarse.
Estimule a la persona a retomar las rutinas normales lo antes posible. Esto la ayudará a recuperar el sentido de orden y control en su vida. Ayúdela a empezar con pequeñas metas diarias y a reconocer los pequeños logros. Pero no le permita llenarse de actividades como una forma de evitar sentimientos o recuerdos desagradables. Recomiéndele bajar el ritmo de actividad.
Sugiera a la persona hacer cosas agradables. Es importante que vuelva a realizar gradualmente actividades amenas y relajantes. Estimúlela a hacer al menos una actividad diaria que disfrute.
Ayude a la persona a tomar decisiones, pero no tome las decisiones por ella. Aconséjele que evite tomar decisiones importantes para su vida, tales como cambiar de hogar o de trabajo, inmediatamente después del trauma.
Estimule a la persona a pensar de manera constructiva sobre su vida. Ayúdela a planificar cosas que quiera hacer, y a reconocer los avances hechos hasta el momento. Por ejemplo, ¿qué crees que te ayudaría a sentirte mejor?; ¿hay algo que yo pueda hacer para ayudarte a sentirte mejor?; ¿tienes alguna preocupación o algún problema que podamos resolver juntos?; ¿qué has hecho en situaciones difíciles pasadas para sentirte bien?
Proporcione apoyo emocional
Su familiar o amigo tal vez quiera hablarle sobre la experiencia o sobre sus sentimientos. Trate de escuchar. Si es posible, elija un momento para hacerlo con tranquilidad, sin interrupciones; cuando ninguno de los dos esté apurado o cansado.
Usted puede tranquilizar a la persona diciéndole que después de un evento traumático es normal sentir dolor emocional. Incluso para personas “fuertes” puede resultar difícil.
Hablar puede ser doloroso de por sí, y la persona puede sentirse irritada. Este es un paso normal en el proceso de superación del trauma. No se sienta Ud. obligado a subsanar esa aflicción. Si Ud. siente que la persona está muy afectada por la conversación, puede sugerir que continúen otro día: Si prefieres, podemos hablar mañana.
Escuchar es muy importante, pero generalmente es difícil saber cómo responder. No se sienta Ud. obligado a decir siempre lo “correcto”; no hay nada correcto que decir, pero hay algunos puntos útiles:
Si la persona habla sobre su experiencia, escúchela atentamente. Procure entender el por qué de cada punto específico. Trate de “ponerse en sus zapatos”. No interrumpa; no dé ejemplos de su vida, ni hable sobre Ud. mismo. Trate de no calmar a la persona con fórmulas trilladas y superficiales como, yo sé como te estás sintiendo, o todo va a estar bien.
Invite gentilmente a la persona a hablar o a continuar hablando, mediante preguntas como ¿crees que sería beneficioso para ti hablar sobre lo ocurrido?; ¿qué es lo que más te preocupa actualmente?; pasaste por algo muy fuerte ¿cómo te sientes ahora?; ¿cómo se siente (Pedro)?
Ud. Puede responder a sus comentarios con frases como: Es realmente difícil pasar por algo así; es una experiencia muy dura para ti; a veces situaciones como esta pueden ser abrumadoras, y es difícil ver la luz al final del túnel.
Después de escuchar lo que la persona tiene que decir, Ud. puede indicar que entendió repitiendo lo que ésta dijo. Ud. puede iniciar la respuesta con frases como: luces bastante (cansado / asustado); creo entender que… ; ¿entendí bien que tú.. ?; es lógico que te sientas…
Si la persona no quiere hablar sobre lo ocurrido, o sobre sus sentimientos, no la presione. Sólo procure apoyarla, y concéntrese en brindarle ayuda práctica, así como otros temas de conversación. Permítale estar a solas, si es lo que la persona desea. Sin embargo, no es recomendable que se aísle demasiado; es conveniente que tenga compañía buena parte del día.
¿Cuándo solicitar ayuda profesional?
Ud. Puede tener necesidad de buscar servicios de asistencia o ayuda profesional. Si su familiar o amigo se siente muy afligido, asustado o desesperanzado; o si no es capaz de realizar las rutinas normales en la casa, el trabajo o la escuela, estímulelo amablemente y apóyelo en la búsqueda de ayuda profesional. Si la persona continúa experimentando problemas serios o aflicción luego de dos semanas de ocurrido el evento, hable con un doctor o con un especialista en salud mental.
Dónde obtener ayuda profesional
Siempre es bueno llamar primero a un doctor. Éste puede determinar si hay un problema y cuál es la mejor forma de abordarlo. Además, puede recomendar servicios de salud y especialistas en salud mental, tales como psiquiatras, psicólogos, orientadores y trabajadores sociales.
La persona también puede obtener apoyo e información inmediatos, a través de las líneas telefónicas de ayuda.