Lactancia materna

mayo 13, 2012

¡FELIZ DÍA, MADRES DEL MUNDO ENTERO!

Este escrito de hoy, con motivo de una fecha tan especial, quise dedicarlo especialmente a aquellas felices y orgullosas madres que dieron a luz recientemente, y a las que lo harán pronto.  

Lactancia materna: un mágico dar y recibir entre la madre y el bebé

Hoy en día, son más y más las madres en el mundo entero que están optando por no amamantar a sus bebés. Hay muchos factores que propician esta tendencia, sobre todo en los países más desarrollados: Desde una sociedad que privilegia la imagen de mujeres ultra independientes (tanto en lo personal como en lo familiar), pasando por precauciones estéticas, hasta la real imposibilidad física de dar pecho que tienen algunas mujeres. Pero, no nos proponemos ahondar en dichas razones, sino llamar la atención sobre la importancia vital de la lactancia materna para el bebé, y también para mamá.

¿Existe algo más enternecedor que la escena de un bebé acurrucadito en los brazos de su madre tomando teta? Pero, ni siquiera esa imagen tan poderosa, con todo lo que encierra, puede evitar el descenso de los niveles de lactancia materna a nivel mundial

Ahora, pensemos por un momento en la naturaleza y en todas las especies de mamíferos, como nosotros. Detengámonos en la siempre divertida y tierna imagen de las crías pegaditas a la teta de la madre, “llueva, truene o relampaguee”. Sin importar cuánto hemos evolucionado los humanos, diferenciándonos del resto de los mamíferos, modificando esta condición natural esencial en las madres, hay algo que nos dice que así como lo dicta la Madre Naturaleza es como debería ser; que en la creación universal debe haber una muy buena razón para ello.

 La lactancia materna es mucho más que una forma de alimentar a los recién nacidos, incluso  mucho más que “la mejor forma” de alimentarlos. Cuando una madre da pecho a su bebé está prolongando y fortaleciendo el especial e inquebrantable vínculo psico-físico entre ella y esa criaturita que se gestó y creció en su interior; le está garantizando que fuera del “perfectamente cómodo” vientre materno estará igual de protegida en el acogedor seno de su mamá, con todas sus necesidades materiales y emocionales satisfechas.

 Aunque está científicamente comprobado que las propiedades naturales de leche materna la hacen el alimento ideal para los bebés, actualmente es posible alimentarlos bien con la llamada “leche fórmula”. Y esa “ventaja” es precisamente lo que lleva a muchas madres a no amamantar. Pero, aparte de las propiedades nutritivas de la fórmula, ese método, por un lado, priva a los recién nacidos de la reconfortante e insustituible sensación que le produce el contacto entre su boquita y el pezón materno y, por otro, priva a la recién parida de la sensación de plenitud física y mental que le produce alimentar al bebé con su propio cuerpo. Y, en consecuencia priva a ambos de experimentar la muy estrecha comunicación emocional que ese contacto produce.

 De hecho, también se ha demostrado que, en general, los bebés que son amamantados por un período de al menos 6 meses (lo ideal sería entre 2 y 3 años, aunque en condiciones absolutamente naturales el amamantamiento podría durar hasta 6 años), serán niños anímicamente más estables que aquellos que no lo fueron, debido a que ese temprano y total acercamiento a la madre los hará experimentar una sensación de bienestar y seguridad en todos los sentidos. 

 Así que nuestro vehemente deseo para todas las maravillosas madres recién paridas, y para aquellas que están por traer su angelito al mundo, es que puedan vivir y disfrutar a plenitud la importantísima e insuperable experiencia maternal de amamantar a su bebé. Al darle a esa adorable criaturita parte de su vida y de su ser – literalmente – estarán formando un hijo sano y contento. Y en esa amorosa entrega, ustedes, fantásticas madres, también obtendrán salud y felicidad, en la misma medida.

 Amamantar es, pués, un mágico dar y recibir, donde la madre y el bebé están forjando una unión tan firme y profunda que ninguna fuerza del universo puede separar. 

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»


Hija, yo me porté mal: Patinador imprudente

abril 24, 2012

Patinador temerario

Mi preciosita, como te he dicho ya antes, cuando somos niños nuestra inocencia y falta de experiencia en la vida frecuentemente nos ponen en peligro. Por eso te cuento estas historias sobre  travesuras peligrosas que hice; para que pienses mejor que yo – cuando tenía tu edad – antes de hacer algo que pueda traerte problemas.

Siendo yo un muchachito de 7 años, un tío mío muy querido me regaló mis primeros patines (las 4 ruedas en cada patín formaban un cuadrado, no una línea como ahora, ¡y eran de metal!). Como imaginarás me puse muy contento. Algo parecido a lo que sentiste tú cuando te regalamos tu primera bicicleta.

Pero este cuento no es sobre los peligros de patinar, sino sobre otra cosa relacionada.

Después de varias semanas de práctica diaria y febril (con las incontables y normales caídas, pantalones rotos y moretones), cuando ya lograba patinar con cierta facilidad, un grupo de amiguitos más grandes que yo, más expertos patinando, y más tremendos también, me convencieron de ir con ellos hasta un lugar muy alejado de nuestro edificio.

A mis 7 años, yo ya sabía, que no podía hacer algo así sin permiso de mis padres, y que si se lo pedía igual me dirían que no. Pero, por la insistencia de mis amigos, y su promesa de que no nos pasaría nada malo y de que mi papá y mi mamá nunca lo sabrían (cuando seas más grandecita sabrás lo difícil que es decir que no a los niños más grandes y tremendos) acepté ir con aquellos “diablillos”.

Aun recuerdo que sentí una mezcla de emoción por la aventura y de arrepentimiento por estar haciendo algo prohibido y peligroso, y por estar burlando a mis padres.

Y ocurrió que mis amigos se equivocaron… Igual que pasó la vez que me subí en la azotea de mi edificio, una vecina nuestra me vio y me delató con mis padres. Afortunadamente. Siempre en estos casos digo que tuve suerte de ser delatado, porque apartando que mi mamá me dio unos cuantos correazos leves (antes era normal que muchos padres castigaran así a sus hijos, pero las cosas han cambiado, y papi y mami nunca te pegaremos a ti), eso hizo que yo no me escapara de nuevo. Al menos por un tiempo…

Mi vida linda, yo tenía prohibido ir tan lejos sin la compañía de algún adulto, por varias razones: Había muchas calles que cruzar y podía atropellarme algún carro; podía caerme patinando y lastimarme seriamente, y al encontrarme lejos de casa todo sería más complicado; A veces los niños grandes que son muy tremendos pueden ponerse violentos y crear problemas a los otros niños, como pegarles o insultarlos. Además, podía haber ladrones (personas que les quitan sus cosas a los demás, a veces con pistolas o cuchillos), y también gente muy mala que agarra a los niños pequeños y se los lleva escondidos para un lugar muy lejano, donde no podíar ver a su papá y su mamá nunca más. Siempre que te digo algo así, vida mía, siento un dolor aquí en el pecho; me pongo triste. Pero ahora sabes muy bien por qué te lo tengo que decir.

Así que, hija querida, si algún día alguno de tus amiguitos te invita a ir a un lugar muy lejano sin permiso nuestro (o si se te ocurre a ti esa mala idea), acuérdate de este cuento y de mis palabras, y diles que no lo harás porque es peligroso, y porque nosotros tus padres siempre te decimos que no lo hagas, y tú siempre quieres hacernos caso y no engañarnos.

Es verdad que de niños (e incluso de adultos) a veces es muy difícil decirle que no a los amigos mayores que nos invitan a hacer cosas prohibidas, porque ellos podrían molestarse mucho y no jugar más con nosotros, y hasta lastimarnos mental o físicamente.

Pero debes saber que tu mamá y yo estamos aquí a tu lado, todo el tiempo, queriéndote y cuidándote mucho, sobre todo de otras personas que quieran lastimarte, incluyendo a otros niños. Entonces, aunque sientas miedo de decirles que no, tienes que explicarles muy bien que tú siempre le dices todo a papá y mamá, y que nosotros siempre, siempre te defenderemos de cualquier cosa y de cualquier persona, y que si ellos se ponen bravos contigo, lastimándote de alguna forma, nosotros hablaremos con sus padres y con sus maestros para que lo sepan y tomen medidas.

Para finalizar, mi princesita. Cuando tengas algún problema, grande o pequeño, estés en una situación de peligro, mucho o poco, siempre acuérdate de rezar a tus “ángeles” protectores para que te cuiden. Como sabes, yo tengo muchas razones para pensar que hay fuerzas invisibles buenas y malas. Las malas hacen daño a las personas, y las buenas nos cuidan si se lo pedimos mucho y nos portamos bien. Esto es muy importante que lo hagas siempre, mi angelito.

Que los ángeles te bendigan y te cuiden.

Papi


Hija, yo me porté mal: Feas palabras

abril 9, 2012

Feas palabras

Mi bellísima, decir palabras feas, sobre todo si lo hacemos muy seguido, también es portarse mal. Así que hay que evitarlo siempre. Especialmente, ustedes los niños no deben repetir las malas palabras de nosotros los adultos. Pero, sería mucho mejor que nosotros los mayores nunca dijéramos cosas feas frente a ustedes, ¿no es verdad?

Alguien dijo una vez que las personas son como sus palabras. O sea, si todo el tiempo estamos diciendo palabrotas es porque tenemos cosas feas en la mente; hay algo malo con nuestra forma de ser. En cambio, si siempre hablamos bien, diciendo cosas bonitas, es porque en nuestra mente tenemos pensamientos buenos.

Te digo esto, amorcito, porque una vez, cuando yo tenía como 7 años de edad, rompí una bonita amistad con un amiguito (y también surgió un conflicto entre nuestras familias), por culpa de unas groserías que yo dije.

Un día que yo estaba reunido en la calle con otros niños del vecindario, nos pusimos a jugar que éramos una banda musical, cantando de forma muy alegre y cómica, mientras tocábamos unas latas de leche con unos palitos de madera. Recuerdo que estábamos justo frente al apartamento del amigo mío; cerca de la ventana de la cocina (por cierto, él no estaba con nosotros en ese momento). Ocurrió que comenzamos a cantar una canción muy famosa, pero con la mala ocurrencia de cambiarle la letra por malas palabras. No nos dimos cuenta de que la mamá de mi amigo estaba en la cocina escuchando nuestra muy original pero grosera versión. Lo supe más tarde, ese mismo día. Estando ya en mi casa, fui sorprendido por el sonido ¡de otra banda musical! instalada debajo de nuestro balcón, y dirigida por el mencionado amigo, quien gritaba como loco unas palabrotas bastante, pero bastante feas.

Mi mamá, muy extrañada y algo molesta por aquel poco agradable concierto, se asomó por el balcón para pedirles que bajaran la voz. El líder del grupo (hasta ese entonces mi buen amigo), respondió muy enojado que su mamá lo había enviado a hacerle a mi familia exactamente lo mismo que yo y demás niños le habíamos hecho a su familia, para ver si nos gustaba. Mi mamá no le dijo más nada al niño. Sencillamente cerró la ventana y me preguntó sobre lo ocurrido. Yo, llorando de vergüenza le conté lo que pasó. Pero le aseguré que nosotros no lo hicimos con la intención de ofender a nadie. Ella me explicó que aunque fue sin mala intención, la mamá de mi amigo se molestó muchísimo, y por eso lo mandó a hacernos lo mismo. También me dijo que, aunque ella jamás me hubiera pedido a mí tomar venganza (ella sencillamente le hubiera dicho a los niños que no era bueno decir groserías y menos frente a una casa de familia), todo era el resultado de las malas palabras que yo dije; que por eso siempre debíamos evitar hacerlo.

Pero lo más importnate que me dijo mi madre aquel día fue que no haríamos nada para responder a mi amigo, porque eso traería más problemas con esa familia; que aprendiéramos la lección y olvidáramos lo que pasó, para así volver a hacer amigos de ellos algún día.

Bendiciones, mi primor.

 


“Mi esposo dijo que iba a matarme”

abril 6, 2012

          Hace pocos días, me encontré por casualidad a una señora conocida mía, madre de un niño pequeño. Me llamó la atención que a esa hora (temprano en la mañana) ella iba en dirección contraria a la usual, y con una gran preocupación reflejada en el rostro.

 Al saludarla, me dijo, con evidente consternación, que esa misma mañana el esposo había amenzado con matarla, y por eso ella iba en camino a denunciarlo a la policía.

 Estimados lectores: ¿Qué hubieran hecho Ustedes en mi lugar?

 Un dato relevante: mi amiga es extranjera y el esposo japonés. Pero debo aclarar que mi intención no es generar aquí algún tipo de crítica o reacción en contra de nuestros anfitriones. Esto es sencillamente un aspecto que puede ayudarnos a todos quienes vivimos en este gran país, a entender la desesperada situación – y encontrarle soluciones – de esta mujer y madre, y de otras que pudieran estar enfrentando el mismo peligro.

Si bien en las últimas décadas ha habido avances significativos a nivel mundial en la lucha contra la violencia doméstica, el nivel de concientización de la sociedad, en general, sigue siendo bajo. Según un artículo de la publicación digital en inglés “Womensphere” http://womensphere.wordpress.com ), en Japón, por ejemplo, “los expertos y activistas advierten que el grado de violencia debe ser mucho mayor al manejado oficialmente, ya que muchos japoneses aun piensan que la VD es un asunto familiar y no una violación de los derechos humanos de la mujer”.

En el mismo artículo leemos que en 2008, una encuesta gubernamental hecha a 1.358 mujeres (con pareja o separadas) reveló que un 33,2 % había sufrido maltrato físico, amenazas sicológicas y coerción sexual por parte de sus parejas. Y en 2009, la VD en Japón aumentó 11,7 % (28.158 casos reportados), el porcentaje más elevado desde que las encuestas se iniciaran en 2002.

Entonces, ¿cómo reaccionaría Usted si una conocida suya pasa por algo así?

En las líneas de ayuda telefónica (hace algún tiempo me desempeñé como orientador telefónico, en la Tokyo English Life Line, TELL, y, posteriormente, en la Línea de Apoyo al Latino, LAL), cuando una mujer llama diciendo que fue amenazada de muerte por su pareja, el procedimiento a seguir es claro y estricto: se le sugiere a la llamadora que abandone la casa, se traslade a algún lugar seguro, y busque protección policial lo antes posible.

Ante una amenaza de muerte por parte del compañero, no hay tiempo para especular si éste sólo pretende asustar a la víctima (lo que constituye maltrato psicológico) o si piensa matarla realmente. Por esta razón es que se recomienda a la mujer actuar lo más rápido posible, haciendo lo que esté a su alcance para proteger su vida.

Si, por las razones que sea, subestimamos la amenaza y no urgimos a la mujer amenzada a ponerse a resguardo, podríamos contribuir involuntariamente a que ocurra una tragedia.

Así que le dije a mi amiga que ella estaba haciendo lo correcto al denunciar al esposo por amenazarla de muerte, y que se pusiera a salvo inmediatamente.

Huelga decir que pasé el resto del día muy preocupado pensando en ella, y en cómo podría yo ser más útil. Pués bien, en la tarde se me presentó la oportunidad de ayudar. Por una grandísima “casualidad” me conseguí al esposo de la señora, quien se encontraba conversando con otra conocida de ambos. Lo cierto es que tras dudar unos pocos segundos (no es lo más sencillo de hacer, sobre todo si uno tiene relaciones cordiales con los dos miembros de la pareja), me acerqué y le dije al hombre, en presencia de la otra mujer, lo que me había dicho su esposa horas antes, y que yo estaba considerando ir también a la policía a denunciarlo.

El hombre primero se sorprendió, pero luego dio señales de estar muy preocupado y avergonzado, lo que yo tomé como una aceptación de culpabilidad y arrepentimiento.  Precisamente su actitud, si se quiere pacífica (confieso que yo estaba algo ansioso y preparado para lo peor), me hizo adoptar un tono más bien calmado, sugiriendo que, aunque su conducta había sido absolutamente condenable, aun se podían arreglar las cosas de una manera civilizada.

Después de mi relato y de mi explicación, sé que todavía habrá quienes se oponen a mi decisión de encarar a este hombre por amenazar de muerte a mi amiga. Sobre todo porque les preocupa que uno pueda salir perjudicado de algún modo (especialmente si el maltratador en cuestión es una personal realmente violenta) y la familia también. Los entiendo perfectamente; no les falta razón. Pero voy a insistir en esto. En una situación como esta, no se puede correr el más mínimo riesgo de que el abusador esté considerando seriamente matar a su pareja. Además, pienso que mi intervención en un problema marital tan lamentable fue una especie de respuesta instintiva para proteger a otro ser humano de un peligro inminente. Así que estoy convencido de que muchos de Ustedes hubieran actuado igual en una situación parecida.

Lo importante es que ahora ese hombre violento sabe que esa mujer no está sola (la mayoría de los abusadores se aprovechan del estado de indefensión de sus parejas); que hay personas que sabemos que él la amenazó de muerte (incluida la policía), y que estamos dispuestos a tomar medidas para impedir que él atque a su esposa y se convierta en asesino, o que sencillamente la vuelva a maltratar psicológicamente.

Para finalizar, unas breves reflexiones, estimados lectores. Es importante que entendamos que esos hechos tan lamentables no ocurren sólo en las novelas televisivas. Triste y preocupantemente, pasan a nuestro alrededor con más frecuencia de la que imaginamos. Por eso debemos estar atentos, y prestos a ayudar a las víctimas según nuestras posibilidades. Por ejemplo, si no queremos involucrarnos directamente, podemos denunciar al abusador de forma anónima.

Ningún hombre que maltrate psicológica o físicamente a una mujer (o viceversa, por supuesto) puede quedar impune. Debe ser denunciado y castigado.

Y como siempre repetimos ante hechos de violencia doméstica, el maltratador presenta problemas mentales y emocionales muy severos que requieren urgente atención epecializada, para bien de toda la comunidad. De ahí que cualquier castigo aplicado debe estar contemplado en las leyes y diseñado para lograr la reinserción de dicho individuo en la sociedad, sin que represente un peligro para nadie, nunca más.

Ahora, les pido por favor que todos me acompañen en esta oración: Energías protectoras, les pido con todas las fuerzas de mi ser que mi proceder haya sido correcto, y no ponga en peligro a mi familia. Y sobre todo, que haya sido para bien de esa desesperada mujer y madre amiga mía… y también para ese pobre hombre enfermo que le dijo que iba a matarla…

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»

 


Tocando mi puerta… y mi corazón

marzo 31, 2012

Revista La Atalaya         

 Hoy (sábado 31 ) pasó algo después de lo cual sentí la imperiosa necesidad de escribir esto inmediatamente.

En una gélida y nublada tarde sabatina con fuertes vientos que anunciaban tormenta, me encontraba en la comodidad y el calorcito de mi hogar, disfrutando de un inusualmente largo reposo vespertino, junto a mi esposa y mi hija, cuando de pronto sonó el timbre. Definitivamente, el último sonido que espera oír uno en un momento así.

 Pensé en no responder el llamado, sospechando que podría tratarse de algún vendedor de fines de semana, y sobre todo dada la muy confortable situación en la que estaba. Pero cambié de opinión. Receloso como estaba de atender, me sorprendía el hecho de que un vendedor pudiera ser tan temerario como para desafiar condiciones climáticas tan adversas, así que me acerqué sigilosamente a la puerta para ver  a través del visor.

 Aquel inoportuno visitador lucía más bien como un Testigo de Jehová, por lo que decidí abrirle. Y ahí estaban: un hombre de mediana edad y una joven mujer (al caballero no lo reconocí, pero a la muchacha ya la había visto un par de veces), como siempre, muy agraciados en sus modales y en su aspecto personal;  rozagantes como en el más soleado de los días.     

 Aunque no estoy muy de acuerdo con la forma como estos diligentes visitadores cristianos difunden sus creencias (que son diferentes a las mías, además), en estos 5 años de residencia en Tokio he aprendido a ver el lado bueno de su infatigable pregonar, y de alguna forma les he tomado aprecio sincero. Y es porque aparte de mi natural aceptación de las tendencias religiosas del prójimo, veo que ellos se toman la molestia de visitarme cuando podrían estar reposando plácidamente, y siento que su interés por mi bienestar espiritual es genuino. Y adicionalmente, en la mayoría de los casos son hermanos latinoamericanos que me hablan en español, mi hermoso idioma materno.

 Tras 5 años de esporádicas, breves e interesantes conversaciones frente a mi puerta, ellos ya saben que mis convicciones no sólo difieren de las suyas, sino que son igual de firmes. Pero también saben que son siempre bienvenidos y apreciados. Por cierto, colecciono todos los folletos que tan gentilmente me dan, porque contienen material muy valioso para mi vida y la de mi familia (información, consejos, historias, etc.), si importar mi orientación espiritual.

 Repentinamente, me viene a la mente el recuerdo de mi amado difunto padre. En mi temprana juventud, me costaba entender que él pasara tanto tiempo hablando tan animadamente con los predicadores que nos visitaban en aquella época. Y resulta que ahora, sin proponérmelo, estoy haciendo lo mismo…       

 Mientras veía al gallardo caballero y a la agradable joven, ahí frente a mí, en tan cordial actitud, en tan severo clima, los respeté y admiré – y a mis otros amigos Testigos de Jehová – más que nunca. Y le agradecí, una vez más, íntima y profundamente, a su Dios y a mi Dios (que al final de cuentas tal vez son uno solo), que ellos pasaran hoy por mi casa, tocando mi puerta… y mi corazón. 

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»


Hija, yo me porté mal: Peligro en la azotea

marzo 20, 2012

Peligro en la azotea

Mi tesoro, cuando somos niños, algunas veces nuestras ocurrencias infantiles pueden ponernos en verdadero peligro, tanto que hasta puede peligrar nuestra vida. Es decir, podríamos morir. Lamento muchísimo asustarte diciéndote esto, mi ángel, pero prefiero eso, porque pienso que así siempre tendrás más cuidado, y tratarás de no hacer cosas demasiado peligrosas.

Una vez, un niño mayor que yo, me sonsacó para que subiéramos a la azotea de mi edificio. Ahora, con cuarenta y tantos años de edad, me da mucho miedo con sólo recordarlo, porque pienso en lo que pudo habernos pasado, y en que tú o cualquier otro niño pudieran hacerlo también. Pero, cuando tenemos 6 ó 7 años solamente, no podemos reconocer claramente todas las situaciones de peligro.

 Hoy recuerdo, atemorizado (pero en aquel entonces, no sentía ningún temor. Al contrario, estaba muy contento y emocionado), que aquella azotea de un edificio de 6 pisos no tenía cerca ni nada parecido; en sus bordes solamente había un muro de apenas un metro de altura, en el cual nos apoyamos mi amigo y yo para disfrutar de la vista panorámica.

 Hija linda, en verdad, yo no quiero que pienses mucho en algo tan feo. Y aunque tu mamá y yo hemos visto que a tus 5 añitos ya tienes muy buen sentido común, debemos estar seguros de que puedes entender perfectamente lo que hubiéra pasado si nos caemos de esa altura. Ya sabes, los niños de tu edad (incluso más grandes) nunca, nunca, y nunca deben hacer algo así. Y si ves que papi llora un poquito al decirte esto, es simplemente porque te amo con todas mis fuerzas, vida mía, y no quiero que te pase nada malo.

 Por cierto, una vecina que nos vió mientras salíamos de la azotea y entrábamos nuevamente en el edificio, le informó lo ocurrido a mi mamá, quien me castigó muy severamente. En aquel momento, pensé que la señora había sido muy mala conmigo por acusarme. Pero ahora agradezco a Dios – y a ella también – que lo hizo, porque ella me salvó de hacer lo mismo otra vez.

 Una última cosa. Como sabes, papi piensa que hay unos “ángeles” que nos protegen si se lo pedimos mucho y si somos buenas personas. Son los mismos angelitos a los que tu y yo rezamos juntos en las noches, pidiéndoles que todas la personas del mundo estén bien. Lo que quiero decirte es que además de cuidarnos mucho a nosotros mismos, es muy importante que pensemos mucho en esos “amigos buenos”. Papi cree que a ellos les gusta bastante que hagamos eso, y que siempre nos portemos muy bien.

 Que los ángeles te protejan hoy y siempre, mi princesita.


Hija, yo me porté mal: Maltraté a un gato

febrero 24, 2012

Maltraté a un gato

Mi princesita, es verdad que muchas de nuestras equivocaciones de niños son producto de la inocencia infantil; de la falta de experiencia en la vida. Pero, estoy seguro de que si te hablo oportunamente de mis propios errores de la infancia, y te explico claramente por qué no debí hacerlos, podrás entenderme, y evitar repetirlos.

 Cuando yo tenía unos 6 años, siempre me reunía con los amiguitos de mi edificio, por las tardes, después de la escuela, igual como hacen los niños de esa edad – y mayores- aquí en Japón y en muchas otras partes del mundo.

 Recuerdo que había un gato que siempre estaba cerca de nosotros cuando jugábamos, porque le gustaba mucho que lo acariciáramos. Ocurrió que un día uno de nosotros tuvo la muy mala idea de agarrarlo por la cola y lanzarlo muy fuertemente por el aire, igual que esa cosa pesada (“martillo”) que lanzan algunos deportistas en las competencias que papi ve a veces en la tele. El indefenso animal chilló mucho cuando estaba sujeto por la cola, y después cuando cayó muy duramente al piso.

No fui yo quien maltrató al gato. Pero eso no importa; yo compartí aquella fea maldad, así que también comparto la culpa.

 Aunque lo que pasó parezca una tontería; una simple travesura de niños, me produce cierta tristeza  y arrepentimiento, pensando en el miedo y el dolor que sintió aquel pobre animalito.

 Como bien sabes ya, hija querida, nunca bebemos lastimar a los animales (a menos que sea la única solución para defendernos de algunos muy peligrosos, grandes o pequeños que vayan a lastimarnos a nosotros, o que los necesitemos como alimento. Pero aun si el propósito es alimentario los humanos deberíamos evitarle el sufrimiento, cosa que no hacemos). Tu mamá y yo te lo hemos dicho desde que eras muy pequeñita, sobre todo cuando te llevábamos al parque, y te decíamos los nombres de todos esos animalitos chiquititos (insectos) que tanto te atraían.

 Mucha gente piensa que tu mami y yo exageramos cuando te recordamos, de tanto en tanto,  que por favor no mates insectos y demás animalitos (hormigas, mariposas, escarabajos, gusanitos, cigarras, etc.) por pura diversión. Pero te hemos explicado que para nosotros la vida humana, animal e incluso vegetal, es la obra más importante de todo el universo, y que tanto los animales como las plantas tienen su función en la naturaleza. Por ello debemos respetarlos y protegerlos, siempre que nos sea posible.

 Un día hasta tu mamá se sorprendió cuando le pedí que no matara a esos pequeños insectos voladores que rondan los desperdicios de comida en el lavaplatos, sobre todo en verano; esos que parecen mosquitos miniatura, pero sólo persiguen a la comida, no a la gente. Por cierto, hija, tú sabes bien que los mosquitos sí nos hacen daño al picarnos, y las moscas transmiten enfermedades en sus patas, por lo que hay que matarlos. Pero volviendo a los “avioncitos” de la comida, yo le explicaba un día a mami que últimamente cuando veo a alguno de esos animalitos inofensivos rondando la cocina, trato de imaginarme cómo sería ser uno de ellos (prometo que no estoy bromeando, jajaja), viendo el mundo que me rodea desde mi minúsculo cuerpecito, y con mi gran visión periférica, en busca de alimento. E imagino lo triste que sería que siendo yo ese animalito, de pronto venga alguien y ¡zas! acabe con mi existencia de una sola palmada…

 Claro que hay una diferencia muy grande entre lastimar a una hormiga que a un gato. Los gatos y demás animales domésticos tienen un nivel de inteligencia – se ha demostrado que también tienen su forma particular de sentimientos – que les permite convivir con nosotros los humanos, al punto de hacernos compañía y ayudarnos. Y precisamente por eso es tan importante que aprendamos a quererlos y cuidarlos.

 Así que, hija linda, si algún día ves a algún amiguito matando insectos sólo por divertirse, o lastimando mascotas (como hicimos mis amiguitos y yo con aquel gato indefenso), por favor dile de buena manera, pero con firmeza que no es una buena idea; que ellos no hacen daño a nadie; que los dejen vivir.

 Posiblemente, no te hagan caso. Pero no importa, mi preciosa. Primero, porque lo que hacen no es algo grave, en realidad, aunque a tu mamá y a mí no nos guste para nada. Segundo, porque son niños como tú y sencillamente, igual que pasó conmigo cuando tenía esa edad, no ven nada malo en eso; han aprendido que es una diversión más.

 Lo importante, mi vida linda, es que nosotros sí tratemos de proteger a los animales en todo momento. Esa será nuestra pequeña contribución para que este sea un mundo más bonito para ellos. Y para nosotros también.

 Papi


Reflexiones carnestolendas

febrero 22, 2012

(El siguiente es un artículo de mi autoría titulado originalmente «Carnavales de Carúpano: Mis dudas y esperanzas», el cual fue  publicado anteriormente, el 24 de enero de 2010, en otro blog que administro. Aunque se refiere específicamente a los Carnavales de Carúpano, en mi país Venezuela, lo que allí describo podría bien reflejar la realidad de otras fiestas carnestolendas latinoamericanas, por lo que decidí compartirlo, con mis amables «Soleros». ¡Felices Fiestas de Carnaval! Y como sorpresa carnavalesca les anexo un video casero al final del texto). 

Para bien o para mal, nunca he disfrutado de unos carnavales en Carúpano, pintoresca ciudad del estado Sucre venezolano. Es bastante paradójico, considerando mi marcado gusto por nuestras fiestas populares y por esa región del país; que mi difunto padre y familia son carupaneros, y que mi abuelo paterno fue, en vida, un infatigable animador de su carnaval. Hay una foto donde sale él muy orondo, luciendo un colorido traje de payaso que le regaló mi mamá, confeccionado por ella misma. Cuentan que ese año mi abuelo Ángel fue la sensación.

     Mis dudas

Entre otras razones para no haber conocido ese importante y festivo evento, están mis sentimientos encontrados hacia el mismo. Comenzaré por lo malo. Hace unos 10 años, un familiar mío perdió la vida en Carúpano, por arma de fuego, en plena celebración del carnaval. Apartando la desgracia que esa muerte trajo a mi familia, fue un hecho que puso en evidencia una alarmante situación de inseguridad y peligro, donde la violencia y el crimen también sacaron su comparsa a las calles.

No sé, a ciencia cierta, si fue un incidente aislado, o el resultado de un estado de inseguridad generalizado. Lo cierto es que tragedias como esa castigan injustamente a familias enteras y ponen una sombra de miedo y desconfianza sobre las fiestas, empañando el trabajo que, por generaciones, ha hecho el alegre y hospitalario pueblo carupanero para brindar unos bonitos carnavales a su gente y a todo el país.

Hay otro aspecto negativo. Por años, escuché a través de parientes y amigos que durante la fiesta, tradicionalmente ALGUNOS representantes de la comunidad gay de la ciudad, y demás regiones del país, se extralimitaban en sus expresiones de contento, mostrando públicamente comportamientos reñidos con la moral y las buenas costumbres, lo cual ahuyentaba a un número importante de asistentes, entre locales y foráneos. Entiendo que este es un tema delicado. Mi comentario no es una crítica disfrazada a la homosexualidad como tal. De hecho, pienso que sin importar nuestra orientación sexual, nuestras libertades nunca deben estar por encima de las normas básicas de convivencia ciudadana. Además, dentro del mayoritario sector heterosexual de la población, abundan los casos de inmoralidad en público, los cuales también deben ser denunciados, por el bien de todos. Lo que ocurre es que en una sociedad como la venezolana, más bien conservadora (comparada con otras más liberales de Europa, por ejemplo), reaccionamos más duramente cuando los involucrados son homosexuales. Dos dichos nuestros reflejan mi posición definitiva sobre este asunto: “En el mundo hay de todo y para todos” y “todo en exceso es malo”.

     «Grito» inspirador

Ahora, lo positivo; lo que realmente quiero resaltar aquí, y mi principal motivación para escribir sobre los Carnavales de Carúpano.

Como digo al principio, por cosas del destino no he asistido a los carnavales de la alegre ciudad sucrense. Aunque sí tuve la fortuna de ver algunos de los preparativos para el gran evento. Antes de establecerme en Asia, generalmente iba a casa de la familia en Carúpano con mi papá (su alma ya debe estar velando por los suyos en estas fiestas de 2010), poco antes o poco después del Año Nuevo, por lo que un par de veces el viaje coincidió con el Grito de Carnaval, los primeros días de enero. Entonces, me impresionaron realmente unas muy vistosas y bien acopladas bandas-show escolares, algunas con percusionistas chiquiticos, ¡de hasta 5 años de edad!, y con “batutas” también muy jovencitas, con impresionante habilidad. Asimismo, fui afortunado al ver la elección de la reina de nuestro sector, y constatar muy complacido que mis primos participan de lleno en la organización de esos eventos, incluyendo el diseño y confección de las elaboradas y exóticas “fantasías” lucidas por las bellísimas candidatas.

En relación a las agrupaciones musicales, los asiduos visitantes del Carnaval de Carúpano y los propios carupaneros están acostumbrados a esas refrescantes y emocionantes imágenes, pero, yo, personalmente, desconocía que existiera en Carúpano, desde hace muchos años, un sistema de bandas estudiantiles tan consolidado y vibrante. De hecho, la inspiradora escena de esos nños y jóvenes tan talentosos y esforzados originó en mí estas reflexiones, que permanecieron en el «tintero» por varios años, esperando el momento apropiado para ser compartidas.

     Mis esperanzas

Detrás de ese importantísimo movimiento socio-cultural, directamente asociado al carnaval, hay un factor esencial que lo hace posible y lo potencia, y que es, quizá, el patrimonio más grande y valioso de Carúpano: La alegría del carupanero. Los carupaneros se cuentan entre las gentes más alegres del país. Su alegría es famosa, y es uno de los pilares de su idiosincracia. En consecuencia, yo me siento orgulloso, bendecido – y alegre, claro está – por tener sangre carupanera en las venas.

El espíritu festivo de un pueblo puede transformarse en fuente inagotable de felicidad y prosperidad. Pero, al igual que ocurre con los ríos muy caudalosos, es aconsejable canalizarlo para obtener de éste el máximo beneficio. También podemos ver la alegría como la materia prima que necesita ser procesada y mezclada con otros productos para que podamos consumirla. En esta sencilla comparación, las plantas procesadoras serían la familia, los centros educativos, las organizaciones culturales, y demás instituciones. Y los otros productos serían la educación, la disciplina, la integridad, el trabajo, etc..

Por ejemplo, el Carnaval de Río (sin pretender hacer comparaciones odiosas), la fiesta más grande y fastuosa del mundo entero, tiene en la proverbial alegría del pueblo carioca su recurso más cuantioso. Pero, una celebración de magnitudes tan colosales no podría concebirse sin cantidades igualmente gigantescas de organización y trabajo.

Pero, volviendo a mi querido y recordado Carúpano, me emociono con el simple recuerdo de los muchachos que integran las fantásticas bandas musicales, entregados en cuerpo y alma a la impecable ejecución de sus instrumentos y coreografías. Y me regocijo, igualmente, pensando en lo atareados y contentos que han de estar ahora mis primos organizando la muy llamativa elección de su reina. Todos hacen la fiesta del carnaval, y también hacen patria, al mantener vivas nuestras ricas tradiciones.

Ahora, como entonces, tanto esos chamos comparseros como mis familiares me hacen sentir un orgullo incontenible por mi identidad venezolana y mi origen carupanero.

Sigamos poniendo tamborcitos, trompetas y disfraces en las manos y el corazón de nuestros pequeños, y enseñémosles «moral y luces», para que con el don divino de su alegría convertida en carnaval formen bonitas comparsas de bienestar y progreso, para su amado Carúpano, Venezuela y el mundo.


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Abuelo deportista

febrero 9, 2012

El 11 de febrero, mi amado difunto padre cumple un año más de existencia en los mundos infinitos. Así que, en su memoria, aquí va otra anécdota suya.  Bendición papá.              

Hasta donde alcanzo a recordar, siempre me ha gustado ejercitarme y hacer deporte. Es una constante en mi vida. Y aunque no puedo presumir de haber sido un deportista destacado (apenas gané un puñado de medallas en primaria y secundaria), sí me vanaglorio de tener bastante actividad deportiva desde niño, y de mantenerme en forma actualmente, lo cual, en mi opinión, ha redundado en una existencia más plena. 

Hoy, cuando busco en mis recuerdos infantiles y juveniles escenas gratificantes de mis pasatiempos deportivos, puedo ver claramente que mi gusto por la actividad física se lo debo, en mucho, a mis padres. Mi madre, una auténtica cheerleader de sus 3 hijos, es conocedora de los inmensos beneficios de la práctica deportiva para la salud mental y corporal. Mi padre, un “entrenador” nato (por su tendencia a mandar, como buen militar), también disfrutaba mucho los deportes, y era inmensamente feliz jugando cualquier cosa con nosotros. 

Precisamente, esta anécdota nace de uno de esos bonitos recuerdos infantiles. Yo estaba en 6to grado (el último de primaria), con 11 años de edad, y mi colegio organizaba una de sus acostumbradas y animadas verbenas familiares, con las típicas actividades culturales y deportivas donde los inquietos escolares muestran sus muchos talentos a sus muy orgullosos padres. 

Por aquellos años, mi colegio se destacaba en voleibol masculino, por ser la especialidad de nuestro profesor de deportes. Cabe destacar que después de terminar la primaria visité el colegio con cierta frecuencia (justamente durante las verbenas), siendo la última vez en 2007, ¡y en esos 30 años, el profesor era el mismo! También quiero aprovechar para “hacerle una propagandita” a mi hermano menor (le llevo 4 años), quien, por su rendimiento sobresaliente en las competiciones de voleibol inter-escuelas, en una oportunidad fue llamado a representar a nuestro estado en unos juegos infantiles nacionales. Durante mis visitas, el “eterno” profesor siempre me repite: “Tu hermano es, tal vez, el mejor deportista en la historia del colegio”. 

Y volviendo al protagonista del cuento, me gusta muchísimo recordar que en aquella feria escolar los padres fueron invitados expresamente a jugar voleibol junto a sus hijos, y que mi papá aceptó muy presto y solícito, como era de esperarse. Calculo que para esa época él tendría unos 37 años de edad, y aun exhibía unas condiciones físicas bastante decentes; todavía se “defendía”, como decimos en Venezuela, significando que a pesar de los años aun podemos desenvolvernos más o menos bien. Por cierto, el voleibol también era el deporte predilecto de mi papá. Y mi hermana menor no se quedaba atrás. Definitivamente, la cosa viene de familia… 

Esa imagen de mi papá jugando voleibol conmigo en la escuela me hace dichoso. De hecho, fue uno de los pocos padres que se atrevió a hacerlo, y – me disculpo por la inmodestia – el único de ellos que sabía jugar realmente. Además, parecía que él era el entrenador y el árbitro, ¡ya que no paraba de dar instrucciones!     

Pero, la razón por la que ese recuerdo me es tan grato, es porque veo a mi papá junto a mí, feliz, jugando, riendo, compitiendo, y “luciéndose”; porque representa su marcada influencia en mi gusto por los deportes, con su propio interés por practicarlos, y con su paternal disposición a disfrutarlos conmigo y mis 2 hermanos. Era su manera de inculcarnos que tener “mente sana en cuerpo sano” es fundamental para vivir la vida en salud y plenitud. 

Ahora me toca a mí inculcárselo a mi hija, lo cual, en parte gracias a mi papá, es algo muy natural y en extremo placentero para mí. Ella no conoció a su abuelo deportista pero, su amor de padre, expresado en esos instantes deportivos, me acompaña en todo momento, sobre todo cuando estoy correteando o jugando pelota con su muy enérgica nieta de 5 años, a quien ya estoy enseñándole a jugar voleibol… Por supuesto.


Pegar no es educar, es humillar

enero 31, 2012

Recientemente, en un supermercado de mi localidad, vi a una joven madre dando un palmada en la cabeza a su hijo de 2 ó 3 añitos, porque éste alcanzó una mercancía que colgaba próxima al coche, mientras ella esperaba en la fila para pagar. Por cierto, el niño tenía síndrome de Down…

 En esas situaciones, generalmente me entrometo, pidiéndole a la persona (de la mejor manera posible) que no lo haga. Pero esa vez, la palmada no me pareció tan fuerte, así que me abstuve de intervenir. Después me arrepentí. Primero, por que esa madre claramente tiene el hábito de palmear al hijo; es un acto reflejo. Y si lo palmea con tanta tranquilidad en público, tal vez entre las cuatro paredes de su casa pudiera ser peor. Segundo, porque el niño tiene necesidades especiales, y requiere aun mayor comprensión y protección. Así que escribo estas líneas en pago por mi inoperancia, y como disculpa pública a ese pequeño y a otros en su situación.

Ya hemos abordado el tema anteriormente, y lo haremos las veces que haga falta. A los niños no se les pega. Punto.

La organización para la protección de los niños, Save The Children, define el castigo físico como “el uso de la fuerza causando dolor, pero no heridas, con el propósito de corregir una conducta no deseable en el niño”.

Según un artículo aparecido en la revista Ellos & Ellas, edición 347 (www.caretas.com.pe), en varios países del mundo el castigo físico es una práctica ilegal. Además, cita al psicólogo infantil César Estrella diciendo que nunca debe aplicarse el castigo corporal, y que éste es un método que todavía se utiliza por creer que cambia la conducta de los chicos más rápidamente, a diferencia del diálogo. El especialista explica que golpear a los hijos es, generalmente, una reacción de descontrol y rabia que se transforma en una conducta de abuso y prepotencia.

Pero, a pesar de las evidencias científicas contra los castigos físicos, hoy en día aun hay padres que piensan que “una buena nalgada” o “un buen bofetón a tiempo” no hacen daño y que son , al contrario, beneficiosos para educar a los hijos pequeños. Ahora bien, el problema no radica sólo en la intensidad del golpe. Se ha demostrado que cualquier forma de reprimenda corporal, sean palmadas, nalgadas, sacudidas, empujones, apretones, tirones de orejas o cabellos, pellizcos y cualquier otra forma de reprimenda física “leve”, por inofensiva que parezca, traerá consecuencias negativas en la vida del niño. Por ejemplo, los niños golpeados por sus padres tienden a crecer creyendo que tanto sus faltas como las de otras personas deben, necesariamente, ser corregidas con castigos corporales.

En el sitio www.wethecildren.com/spanish/spankingspanish.htm, leemos esto: “El niño aprende que la manera de resolver un conflicto es por medio del uso de la violencia.  Empujar, jalar, morder, patear y pegar son acciones realizadas por sus hijos como una manera de solucionar el problema… el niño puede convertirse en una persona violenta que incluso utiliza la amenaza y la represión en sus relaciones con otras personas”.

A lo expuesto anteriormente, hay que agregar la humillación a la que se somete a los niños cuando se les castiga físicamente. Sin importar cuan bienintencionada sea la acción de pegar a un hijo pequeño, al hacerlo se le degrada como persona y se le vulneran sus derechos de niño y de ser humano. Asimismo, la autoestima del niño se ve seriamente afectada.

Este artículo, www.guiainfantil.com/educacion/castigo/infancia.htm, nos dice al respecto: “El pegar no enseña, no educa, solo representa amenaza y sumisión a los niños. El castigo físico enseña al niño a tener miedo y a ser sumiso a tal punto de disminuir su capacidad para crecer como persona autónoma y responsable”.

En el mismo artículo encontramos:

“Por qué pegan los padres a sus hijos

Existen muchos motivos por los que los padres recurren al castigo físico:

– Porque lo consideran oportuno para la educación de sus hijos

– Porque lo utilizan para descargar sus nervios

– Porque carecen de recursos suficientes para afrontar una situación difícil

– Porque no poseen las habilidades necesarias para conseguir lo que quieren

– Porque no definen bien las situaciones sociales en las que las emiten

– Porque no consiguen controlar sus emociones”

 Dada la desafortunada aceptación que, todavía en pleno siglo XXI, puede tener el reprender físicamente a los hijos, no estamos en posición de culpabilizar o condenar a aquellos padres que utilizan ese perjudicial método correctivo. Pero, como ciudadanos preocupados por el bienestar integral de todos los niños y de la sociedad en que vivimos, sí podemos instar a esos padres a que hagan una profunda auto evaluación de su proceder; que con mente abierta piensen en las razones que pueda haber detrás de tanta severidad hacia sus pequeños y amados hijos.