En Kabukicho me sentí en casa

agosto 9, 2010

 

En los últimos 2 años de los 4 que llevo viviendo en Japón, he tenido oportunidad de asistir a las fiestas aniversarias del Perú celebradas en la plaza Kabukicho de Shinjuku. En ambas ocasiones estuve tan a gusto que me sentí realmente en familia. 

Abundan las razones. Primero, la gente de Impacto Latino que, trabajando en equipo con colectivos y particulares de la dinámica comunidad peruana, se esmera en organizar un espectáculo de gran magnitud y atractivo, con buena música, sabrosos platos peruanos y otros servicios importantes, para disfrute de toda la ciudadanía. 

En cuanto a la oferta musical propiamente, las enérgicas y bien acopladas bandas juveniles, por ejemplo, resultaron ser un espectáculo muy refrescante en aquella calurosa tarde tokiota. Aunque, pensándolo bien, algunas agrupaciones más bien elevaron la temperatura de algunos asistentes… Esos dedicados y talentosos jóvenes tienen todo nuestro respeto y admiración.

 Por su parte, el grupo de danzas tradicionales hizo alarde de gracia y habilidad, cautivándonos con una primorosa Marinera que arrancó fuertes aplausos de todo el público, y gritos de ¡viva el Perú, carajo! de emocionados hermanos peruanos.

Tuve que retirarme temprano, por lo que sólo alcancé a disfrutar un par de canciones de “Los Fukunaga”, pero fue suficiente para confirmar que esos excelentes artistas siempre ponen a bailar a todos los presentes. Yo mismo aproveché uno de sus pegajosos temas para bailar apretadito con mi señora japonesa.

 Queremos resaltar también la destacada labor de los animadores (incluido el muy divertido payaso para todas las edades) quienes con su prestancia y chispa latina le dieron mayor amenidad al evento.

 Y lo que más me gusta de todo: el gran público, con su proverbial receptividad y entusiasmo. Entre ellos compartí con los amigos de siempre: peruanos, latinos en general, japoneses y de otras latitudes, compañeros de trabajo, músicos, gente de los medios impresos y audiovisuales. Éstos últimos, heroicos trabajadores que laboran sin descanso mientras los demás disfrutamos. Y también hice nuevas y valiosas amistades, por supuesto. Unos y otros me brindaron su agradable compañía y su calidez.

Envuelto en esa atmósfera de música,  alegría y calor humano, abrazado a mi esposa y viendo a nuestra pequeña hija bailar feliz junto a los otros niños, di gracias a Dios, a la vida y a los hermanos peruanos por tan bonita fiesta, y por hacerme sentir como en mi casa.

 ¡Qué viva el Perú!


Cuando el odio vence al amor familiar

agosto 2, 2010

A través del periódico International Press (en las columnas de la psicóloga Nélida Tanaka y del Sr. Takaharu Hayasi) supimos de la desgracia ocurrida a una familia latina de Takarazuka, Hyogo.

El cuadro no puede ser más trágico y desgarrador: una joven brasilera de 15 años, prende fuego a su propia familia, matando a la madre y dejando tanto al padrastro como a la hermanastra gravemente heridos.

Cuán perturbada tenía que estar esa niña para procurar la muerte de sus seres más cercanos. Cuánto odio hacia ellos tenía que albergar su joven corazón para concebir tan horrendo crimen.

Ella, que a su edad no debería soñar sino una vida de fantasía con su príncipe azul, ahora vivirá la pesadilla de ser una asesina. Que miserable puede ser la vida para algunas personas.

Según informes policiales y noticiosos la niña declaró que decidió matar a su familia porque la madre la maltrataba, y todos la despreciaban – también se sentía aborrecida en la escuela – mientras favorecían a la hermana menor.

 Son muchas y muy diversas las opiniones emitidas sobre este caso tan desolador. Algunos sugieren que los culpables son las propias víctimas, por el supuesto maltrato físico y emocional que infligían constantemente a la niña. Otros piensan que dichos maltratos no justificaban de ningún modo una represalia tan atroz por parte de la joven, y que ella es la única culpable. Y hay quienes opinan que la responsabilidad de esta tragedia, si bien recae mayormente sobre la menor brasilera, es compartida por la sociedad. Nosotros nos inclinamos por esta última posición. Mas, no es nuestra intención exculpar a la joven. Creemos que a su edad ella tiene conciencia de lo que hace y debe responsabilizarse por ello. Pero, el entorno social (incluidos todos los individuos e instituciones que lo conformamos, y esa desafortunada familia) comparte la culpabilidad de algún modo.

 Pareciera que mientras evolucionamos en aspectos como el conocimiento, por ejemplo, involucionáramos en lo relativo al amor al prójimo y el respeto a la vida. Y es que en nuestro inexorable avance material, los seres humanos nos vamos creando más y mayores necesidades mundanas – y valores – que van socavando paulatinamente nuestro humanitarismo y nuestra conciencia del bien y del mal.

 Lógicamente, desde nuestros tiempos primitivos es mucho lo que hemos crecido en materia humanitaria. Pero todo pareciera indicar que la humanidad, en su conjunto, antepone la satisfacción de sus apetencias terrenales a las búsquedas espirituales.

Pero, aunque pueda haber amplio consenso en que el acelerado derrumbe de los valores morales y espirituales de la sociedad pudiera ser la causa de desgracias familiares como la que nos ocupa, es una problemática en extremo compleja, sin soluciones claras o inmediatas. Es decir, a todos nos queda claro que el amor engendra amor y el odio engendra odio. ¿Pero cómo utilizar ese conocimiento para prevenir desgracias semejantes?

Un posible punto de partida sería tratar de explicar tan triste acontecimiento en términos más científicos. A juzgar por las declaraciones rendidas a la policía por la joven acusada, en el sentido de que sus padres la maltrataban física y mentalmente, pudiéramos asumir que ella viene de una “familia disfuncional”. Según el blog “La familia bajo un mismo techo” (http://www.grilk.com/bajounmismotecho/lasfamilias/familias-disfuncionales.php), los ”rasgos típicos de las familias disfuncionales son:

  1. Niegan que exista un problema en su seno, y responden de manera agresiva a todo intento de ayuda.
  2. La desesperanza y la frustración, contribuyen a desarrollar una incapacidad para afrontar los problemas.
  3. Se dan manifestaciones de violencia física y emocional.
  4. No se comparten actividades colectivas positivas, tan sólo las crisis.
  5. La relación afectiva se da en base al autoritarismo y el miedo, con ausencia del cariño y la tolerancia.
  6. La comunicación defectuosa deteriora las relaciones, provocando discusiones, frustraciones y hostilidades.»

En este punto, conviene aclarar que, aunque con esto pretendemos encontrar el eslabón entre la terrible reacción de la joven brasilera y su problemático contexto familiar, no debemos generalizar estigmatizando a todas las familias disfuncionales como formadoras de anti-sociales. No todas las personas criadas en familias conflictivas cometen forzosamente actos criminales. Al contrario, muchas de ellas logran superar su traumática situación hogareña y llegan a ser personas normales.

Pero también es preciso señalar que el entorno familiar es determinante en la formación de la personalidad de los niños. Numerosos estudios demuestran que mediante la imitación – entre otros mecanismos de aprendizaje – los hijos asimilan gran parte del comportamiento de los padres, o son influenciados por éste grandemente.

Al respecto, la psicóloga de familia María Helena López señala que “crecer en familias disfuncionales podría cultivar sentimientos de angustia, ansiedad o miedo en los niños, que repetirían modelos de agresividad, pasividad o abandono. Les es difícil desarrollar recursos para enfrentar las dificultades en su vida”. (Blog ABC del Bebé: http://www.abcdelbebe.com/node/154221)

Prevenir la formación de familias conflictivas, y las potenciales tragedias gestadas en su seno, es una tarea monumental. Uno de los obstáculos para la prevención es el carácter “multigeneracional” de la propia familia disfuncional. En su libro La Familia, John Bradshaw explica: “Un hecho observable en las familias disfuncionales es que forman parte de un proceso multigeneracional. Los individuos disfuncionales se casan con otros individuos disfuncionales, provienen de familias disfuncionales y asi el círculo continua. Las familias disfuncionales crean individuos disfuncionales que a la vez generan otras familias disfuncionales».

Ante esta compleja situación, sólo nos queda sumar esfuerzos, cada quien en la medida de sus posibilidades, ya sea educando, concientizando, alertando, observando, denunciando. Pero sobre todo mejorándonos a nosotros mismos para ser más capaces de ayudar a aquellas personas – y a todo el grupo familiar – afectadas por esta dramática realidad. Todo ello con la esperanza de que algún día en la familia y en la sociedad se imponga el bien sobre el mal, y ningún niño – ni nadie – vea truncarse injustamente sus bonitos sueños de amor y paz, para vivir horrendas pesadillas de odio y maldad.

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»


Ese día fui colombiano…

julio 19, 2010

 

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Ayer 18 de julio, la gran comunidad colombiana de Japón celebró los 200 Años de Independencia del país neogranadino. Y lo hizo en grande, con una tremenda fiesta popular en el Parque Hibiya de Tokio, que atrajo miles de personas, lideradas por los cálidos y alegres anfitriones colombianos, y entre quienes se encontraban entusiastas representantes de toda América Latina, Japón y el mundo entero.

Ese día fui colombiano.

La experiencia fue total. Al entrar a la zona del evento, fui inmediatamente seducido por los ricos olores de nuestra gastronomía latinoamericana. Aposté por un suculento set de pollo asado con plátano colombiano tostado (llamado “tostón” en Venezuela), que ofrecía el kiosko Danilo’s , de mi amigo peruano Danilo Arakaki.

Tan feliz degustación fue aumentada por el hecho de encontrarme (por casualidad) con unos buenos amigos y compatriotas venezolanos, con quienes conversé muy animadamente mientras devoraba aquel memorable pollo con tostones. Ellos por su parte, lucían también muy risueños con su arepa de carne y su plátano sancochado.

 Más tarde, como aperitivo, probé unos exquisitos jugos naturales y unas empanadas colombianas , que me transportaron al paraíso terrenal, en plena rumba.

De la música, ni hablar. Aunque su disfrute es auditivo, es siempre el “plato fuerte” de la fiesta. Una contagiosa versión colombiana del “Waka Waka”, popularizado durante el Mundial por la barranquillera global Shakira, me obligó a comer de pie, bailando . Espero que ningún paparazzi haya capturado esa pérdida de la compostura.

 Los jóvenes y excelsos bailadores de Salsa Caleña me hicieron sentir caleño, también. No he tenido el gusto de conocer la renombrada ciudad de Cali (¡ni Colombia tampoco!) Pero, entre su simpática gente, su vibrante música y los relatos de tantos viajeros satisfechos, estoy que me monto en un avión para visitarla (y a todo el país).

Las orquestas El Combo Creación (emblema tokiota de rumba y calidad) y Calambuco (“grandes ligas” importados de Colombia, ante quienes me quito el sombrero con una reverencia japonesa) llevaron a la gente a un estado de euforia dancística colectiva (incluida mi hija de 3 años), y lograron una hazaña histórica insuperable: hacer que mi tímida esposa japonesa bailara sola (sin que yo la obligara) delante de todo el mundo, como si nada… ¡Bravísimo!

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 Pero no fue sólo la bonita fiesta bicentenaria de Colombia lo que me hizo sentir neogranadino. Son demasiadas cosas que no caben en este escrito. Son Shakira, Juanes y Carlos Vives (entre otros tantos artistas colombianos exitosos); son sus productos de exportación, mundialmente alabados; es la solidez de sus instituciones democráticas; es la apuesta de su heroica gente por la paz y la justicia ante el terror de guerrilleros y narcos; es el Gabo (sobran los calificativos); es nuestra hermandad histórica, geográfica y cultural; son sus pueblos andinos, llaneros y guajiros, fundidos con nosotros los venezolanos; es el proverbial afán de trascendencia, y la admirable vitalidad del gran pueblo colombiano.

 Por cierto, esta vez no logré ver a la Sra. embajadora, Patricia Cárdenas Santa María. El año pasado tuve el honor de estrechar su mano para felicitarla y agradecerle a ella y a toda la comunidad colombiana de Japón por aquella fiesta igualmente hermosa. Pero no importa. Lo realmente importante es que ella, el Sr. cónsul (muy activo durante toda la celebración), todo el personal de la embajada y todos los hermanos colombianos sepan que una vez más su alegría, su fraternidad y su sentido de unidad y trabajo hicieron sentir colombiano a este humilde venezolano de pura cepa , y seguramente a todos los hermanos latinoamericanos, japoneses y demás ciudadanos internacionales que disfrutaron esa fiesta bicentenaria para la historia.

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»


«No soy de aquí, ni soy de allá»

junio 28, 2010

 (Escrito mío, publicado originalmente en Junio de 2010)

Así dice una canción mundialmente famosa del difunto cantautor argentino-platense Facundo Cabral. Y continúa: «no tengo edad ni porvenir, y ser feliz es mi color de identidad”. Pero no es de esa joya musical – y filosófica – que hablaré hoy. Sólo me robé la frase como punto de partida de este escrito.

 Recuerdo que cuando niño yo estaba convencido de que mi país, Venezuela, era mejor que los demás países del mundo, en todos los sentidos. Conclusión ésta muy lógica teniendo en cuenta mi ignorancia de entonces en materia internacional. En mi limitada visión infantil, mi país era el más grande, bonito, moderno, próspero; el más chévere, en definitiva.

No hay nada de particular en eso. Nos pasa a todos los niños. Y a medida que vamos creciendo, crece nuestro conocimiento de otras latitudes, y también nuestra modestia, en el contexto mundial. En términos matemáticos diríamos que a mayor información sobre el mundo, menor es nuestro etnocentrismo. Es una relación inversamente proporcional. Pero esta no es una ley absoluta, sino una teoría relativa, porque bien podemos envejecer creyéndonos “más” que otros pueblos y sus culturas. Y como hemos sostenido reiteradamente, una actitud etnocentrista muy acentuada disminuye signifcativamente los potenciales beneficios de nuestras relaciones interculturales, con nuestros similares latinoamericanos y de otras regiones.

 Mi infancia y adolescencia transcurrieron durante los años de “la Venezuela saudita”, cuando nos situamos entre las economías más robustas del continente, convirtiéndonos en una especie de “Meca económica”, para cientos de miles de hermanos de la región en busca de mayores oportuniades. Entonces, como es la norma en estos procesos migratorios, la gran  mayoría de nuestros huéspedes llegaban para desempeñarse en las labores más modestas dentro de la escala socio-económica venezolana. Era muy común, por ejemplo, que las familias de clase media y alta emplearan a inmigrantes de países vecinos como personal doméstico. En mi propio hogar, esa costumbre se mantuvo por muchos años. Aunque, después, cuando se nos esfumó en el aire la burbuja económica, a los venezolanos nos correspondió también ir a tocarle la puerta a nuestros vecinos.

Pero lo que quiero resaltar es que a pesar de las enseñanzas familiares de respeto y amor hacia nuestros semejantes, mi reducida percepción del mundo y de la vida en general me hacía tomar erróneamente el factor económico como único parámetro para compararnos con otras naciones hermanas. Sólo con el tiempo, fui observando y aprendiendo que nuestros países vecinos y todos los que pueblan la tierra son grandes y valiosos por igual, sin indicadores estadísiticos que valgan.

 Para mí, la experiencia japonesa ha sdio determinante para combatir cualquier resabio etnocentrista que pueda quedarme, y para reforzar convicciones de igualdad y fraternidad con todos los pueblos latinoamericanos. Es normal que de tanto en tanto yo todavía incurra en generalizaciones cultrales banales, pero procuro estar cada vez más alerta ante cualquier asomo de etnocentrismo, enfocándome en las muchas virtudes de esos países amigos, en aras de una relación intercultural cordial y fructífera.

En Japón, he compartido muchas experiencias importantes con latinos de distintas nacionalidades. Desde arduas tareas físicas en la fábrica, hasta actividades educativas en la universidad. Y en la parte artística específicamente he sido mexicano, peruano, colombiano y cubano, por ejemplo. ¡A mucha honra! Además, me jacto de tener buenas amistades de cada rincón de Latinoamérica.

 Hoy en día, cuando pienso en la palpitante comunidad latinoamericana de Japón; en sus venturas y desventuras, siento que pertenezco a ella realmente; siento – como dice la canción – que no soy de aquí, ni soy de allá, y que con todo lo que amo a mi madre patria Venezuela, me fundiría sin dudarlo con todos y cada uno de los hermosos pueblos que conforman nuestra gran América Latina.

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»


Venezuela en la Universidad Rikkyo

junio 24, 2010

 

¡Hola familia!

Me complace muchísimo informarles que ayer, miércoles 23 de junio,  di una charla sobre mi país en la Universidad Rikkyo de Tokio (english.rikkyo.ac.jp). Titulada «Venezuela en su música tradicional», la exposición fue posible gracias a la por demás gentil invitación que me extendiera la renombrada psicóloga, profesora de español de dicha institución y mi amiga, la Dra. Irma Miwa.

Tuve oportunidad de impartir la charla a dos cursos, por separado. Uno de nivel intermedio y otro de nivel avanzado. Vale destacar que en el segundo grupo participaron simultáneamente alumnos tanto de la Dra. Miwa como de la «archiconocida» profesora Marcela Lamadrid (www.marceinternational.jp). Huelga decir que fue un altísimo honor y un inmeso placer para mí compartir con damas tan encantadoras, profesionales de altos quilates. A ellas mis más sinceras gracias por la valiosa experiencia, así como por sus muchas atenciones.

Igualmente, estoy profundamente agradecido con la muy prestigiosa Universidad Rikkyo y su excelente departamento de español. Y merecen mi agradecimiento especialísimo todos y cada uno de los estudiantes participantes, porque ellos fueron la razón de ser de la charla, y por estar estudiando mi lengua materna.

¡Mil Gracias!

 

Ángel Rafael La Rosa Milano 

«El sol brilla siempre dentro de ti»


«¿Quién soy?»

junio 3, 2010

 

Mitos + desinformación = probelmas de identidad cultural

Como padre de una niña nipona-venezolana de 3 años, nacida en Japón, me interesa sobremanera el tema de la identidad cultural en niños como ella. Durante años, hemos sabido tanto de niños que se benefician grandemente de su condición bicultural, como de aquellos que, al contrario, se ven perjudicados por ese hecho.

¿Cómo garantizar que los hijos de parejas internacionales, o de padres connacionales establecidos en el extranjero engrosen las estadísticas positivas? Este escrito no ambiciona dar una respuesta definitiva. Pero sí nos permitiremos contribuir a tan importante discusión, basados en nuestras observaciones y modestas reflexiones sobre el particular.

Son muchos los mitos negativos creados en torno a la condición bicultural de los hijos de parejas internacionales. Hay quienes sostienen que los problemas de confusión o falta de identidad cultural tienen su origen precisamente en esa “doble cultura” del niño. Somos del pensar que si, tal como está demostrado científicamente, el cerebro del niño se beneficia cuando éste aprende 2 – o más – lenguas, también es altamente beneficioso para el desarrollo de su personalidad que asimile las respectivas culturas de sus progenitores. En nuestra modesta opinión – y a sabiendas de que al final todos los padres queremos lo mejor para nuestros pequeños – los problemas de identidad cultural se presentan mayormente por la falta de información en algunos hogares interculturales, a la hora de educar a los hijos “mezcaldos”. 

Por ejemplo, en una oportunidad, conocí a un caballero latino casado con una dama japonesa. Me explicaba que mientras sus 2 hijos fueran menores de edad, él prefería inculcarles la cultura japonesa solamente. Primero, porque ellos nacieron en Japón, segundo, porque así “no tendrían problemas de identidad cultural”. Además, comentó que su estrategia educativa incluía “cero besos, cero abrazos”, por considerar que ambas son manifestaciones de afecto “muy latinas”. En este caso, podemos entender perfectamente la paternal aspiración de este amigo latino. Como padre, él siente que dándole a sus hijos una educación exclusivamente japonesa les hará la vida menos complicada, y les proporcionará un punto de partida sólido hacia un futuro de seguridad y bienestar. No obstante, creemos que erradicar totalmente gestos afectivos propios de nuestra cultura latina no es lo más apropiado, ya que los hijos pudieran asumir que es algo incorrecto, inaceptable. Adicionalmente, nada garantiza que al ser mayores de edad, ellos vayan a adoptar naturalmente dichas costumbres latinas, lo que pudiera ocasionarles no pocos inconvenientes durante sus contactos con círculos latinos aquí en Japón, o en sus posibles estadías en el país del padre.

Hemos observado, además, casos de familias internacionales donde existe una férrea competencia entre el padre y la madre, para imponer al hijo sus distintas culturas, llegando incluso al punto de denigrar las costumbres del otro. Tanto esta postura de confrontación, como la anterior (padres que acuerdan privilegiar una de las culturas frente a la otra) lógicamente inducirán al niño a pensar que es indebido expresar  – y hasta sentir -simultáneamente las dos culturas familiares, o que una es “buena” y la otra es “mala”. Y más adelante, muy posiblemente comenzará a cuestionar esas enseñanzas, lo que redundará en problemas de identidad cultural.

También sucede que algunos padres sencillamente dan poca importancia – o no dan ninguna – al asunto, negándole al hijo la mínima y necesaria orientación, lo que constituye otro extremo, ya que lo dejan en una suerte de limbo existencial que le impide conocer, vivir y disfrutar plenamente ambas experiencias culturales. Esto igualmente le traerá conflictos de identidad en el futuro.

2 culturas + armonía familiar = gran personalidad  

Como señalamos anteriormente, está suficientemente demostrado que los niños que hablan 2 – o más – idomas desde temprana edad experimentan un mayor aprovechamiento de sus capacidades cerebrales, ya que el multilingüismo, al igual que otras actividades mentales, potencia el funcionamiento del cerebro, lo que se manifiesta en un mayor nivel de comprensión, expresión y comunicación, entre otras ventajas. Aunado a esto, cuando el niño aprende a hablar va absorbiendo la cultura contenida en el idioma. En otras palabras, a través del lenguaje los padres le transmiten a su hijo un modo particular y único de percibir la existencia. Esta premisa la sintetizó hermosamente el intelectual venezolano José Antonio Ramos Sucre (1890-1930) cuando dijo: “Un idioma es el universo traducido a ese idoma”.
 
Desde el mismo instante cuando el bebé comienza a balbucear sus primeros sonidos, se inicia el maravilloso proceso de “traducción” del mundo que lo rodea. De ahí que el idoma sea un instrumento imprescindible en la formación de nuestra identidad cultural.
Hay un dicho latinoamericano, un tanto jocoso, que expresa nuestra posición sobre el tema del desarrollo bicultural infantil: “Mejor que sobre y no que falte”. Tanto la cultura de la madre como la del padre, incluidos lenguaje, música, comida, etc., constiuyen un legado invaluable para los hijos. Cuando transmitimos a ellos nuestras costumbres y tradiciones, en un ambiente armonioso, de mutua aceptación y valoración cultural, estamos enriqueciendo grandemente su personalidad.

Al inculcarle a nuestros hijos, en un marco de unión y cariño familiar, que las culturas de papá y mamá son hermosas y valiosas por igual, estamos sembrándoles la semilla de la tolerancia y el amor hacia propios y extraños, sin distingos de ningún tipo, y estamos haciendo de ellos hombres de bien; puentes culturales en un mundo sediento de entendimiento y paz. Y cuando llegue el día de preguntarse a sí mismos “¿quién soy?”, la respuesta más probable será: “alguien realizado, orgulloso de mis dos culturas. Y eternamente agradecido con mis padres que supieron dármelas”. 

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»


Supervivencia y adaptación cultural

mayo 19, 2010

(Este escrito mío fue originalmente publicado en mayo de 2010)

Sin importar quiénes somos ni de dónde venimos, todos compartimos necesidades e instintos humanos básicos. El instinto de supervivencia es uno de ellos. He aquí algunas de sus definiciones:

  1. “Reflejo animal que tenemos todos los seres vivos para proteger nuestro ser”.
  2. “Reacción natural ante el peligro”.
  3. “fuerza interior que te hace luchar por ti”.
  4. “Nos lleva a adaptarnos a diversas realidades, con el fin de suplir las necesidades básicas”.

Una variante del instinto de supervivencia animal es el instinto de superación del ser humano que, como su nombre lo indica, nos lleva a superarnos; a ser más eficientes en procura de nuestro bienestar individual y colectivo. En condiciones normales, esa humana necesidad de superación personal establece que, de alguna forma, compitamos a diario con las personas que nos rodean. Pero, cuando se manifiesta con mucha intensidad nos lleva a competir duramente por recursos, territorio y poder.

En su forma más primitiva o básica, esa condición natural nos dicta que somos mejores que los demás; que nuestros pensamientos, sentimientos y acciones son preponderantes. De hecho, es lógico que todos y cada uno de nosotros seamos simultáneamente el centro del universo, ya que lo percibimos individualmente a través de nuestros sentidos y nuestra mente. Esa condición individual se expresa también en los colectivos humanos, desde un grupo de amigos hasta un país.

Tanto el instinto de supervivencia como la necesidad de superación, tal como es de suponerse, también juegan un papel determinante en nuestro proceso de adaptación cultural. Se cuentan entren los factores que nos permiten hacer los ajustes necesarios para aclimatarnos en otros países y sus culturas. Ahora bien, cuando ambas condiciones se manifiestan en forma extrema, haciendo que nos comportemos recurrentemente de manera egoísta y agresiva, por el contrario entorpecen nuestro proceso adaptativo.

Podría pensarse que es normal comportarse a la defensiva cuando vivimos en el extranjero. Y hasta cierto punto lo es. Durante mis estadías más largas en distintos países, he podido constatar que criticar a los locales, por ejemplo, es una práctica común  – e inofensiva – entre los foráneos. Yo mismo he participado de esa dinámica, y entiendo que se trata de una especie de catarsis, de mecanismo de compensación puesto en práctica por los inmigrantes, que nos permite lidiar con la adaptación, generalmente compleja y en no pocos casos problemática.

Cuando criticamos a la cultura receptora – una comparación en la que los críticos siempre salimos airosos – estamos expresando nuestros sentimientos e ideas, y adicionalmente obtenemos comprensión y aceptación por parte de nuestros “iguales”. Esto de algún modo nos ayuda a sobrellevar la carga que implica el adaptarnos. En ese sentido, más allá de que la crítica sea objetiva o no, expresarnos criticando a los locales constituye una reacción humana, y muy terapéutica por cierto. Pero “todo en exceso es malo”, como diríamos en nuestros países latinos.

Una actitud demasiado crítica u hostil hacia la cultura receptora puede explicarse de varias maneras. Pudiera implicar que tenemos un problema latente de inconformidad con la vida, que nos hace quejarnos por todo permanentemente, lo cual de seguro empeorará nuestro de por sí trabajoso proceso de integración cultural. También pudiera ser el reflejo de una fase de adaptación extremadamente dura, traumática. En ambos casos convendría consultar a los especialistas para comprender debidamente las causas de nuestra constante insatisfacción o de nuestra gran dificultad para adaptarnos culturalmente.

El énfasis de este escrito sobre el hábito de criticar exageradamente a nuestros anfitriones, es porque más allá de que es un problema en sí mismo, con sus causas determinadas, pudiera traernos más y mayores inconvenientes en nuestra adaptación cultural y en nuestra vida, en general. Una actitud marcadamente negativa hacia la cultura receptora significa que sólo estamos percibiendo su “lado malo”, y que en conjunto prácticamente los vemos como enemigos a vencer. Esto, limitará seriamente – e incluso impedirá – nuestras posibilidades de interactuar con ellos en forma fluida y constructiva, y en consecuencia hará nuestra convivencia intercultural cada vez más cuesta arriba.

Además, es muy lógico que los nacionales reaccionen con igual desconfianza y hostilidad si de entrada perciben en nosotros esa actitud negativa. No hace falta explicar lo altamente beneficioso que sería para ambas partes si, por el contrario, mostramos una disposición positiva: Tolerante, comunicativa y cordial, considerando, por cierto, que ellos son los dueños de casa y nosotros sus invitados…

 Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»


Cuatro madres, cuatro historias ejemplares

mayo 10, 2010

(Escrito publicado originalmente en mayo de 2010)

Ayer se celebró el Día de la Madre en muchos países del mundo, incluido Japón. Para nosotros en SOL, dicha celebración fue motivo de alegría, y también de algunas reflexiones importantes. En ese sentido, quisimos usar las historias reales de 4 madres latinoamericanas radicadas en Japón (los nombres fueron cambiados para proteger su identidad) como un modesto pero sentido tributo a las madres del mundo entero, y muy especialmente a aquellas que luchan incansablemente en suelo nipón, armadas con amor y fe indestructibles, para darle a sus amados hijos una vida digna.

Las ejemplares historias aquí mostradas pueden ser las de muchas madres latinoamericanas en suelo japonés y en todo el planeta. Para ellas, toda nuestra comprensión, todo nuestro respeto, y toda nuestra admiración. Esperamos que estos breves relatos contribuyan de alguna manera a generar acciones que beneficien a esas madres amorosas y sacrificadas, bendición para sus hijos y para la humanidad entera.

I) LUISA

Luisa llegó hace pocos meses a Japón con su esposo ( del mismo país que ella),  su hija de 3 años y una “barriga” de 7 meses. Al mes de haber llegado, la niña fue aceptada en una guardería por un período de 4 meses: los últimos dos del prenatal, y los primeros dos del postnatal. Fueron afortunados, ya que este arreglo le permitió a la pareja disponer de más tiempo para concentrarse en la condición de la madre embarazada, y en los preparativos del parto.

 Sin embrago, esos dos últimos meses de espera – de por sí difíciles para un gran número de mujeres embarazadas – se complicaron significativamente por el hecho de que ninguno de los miembros de la familia habla japonés. Así que los padres – sobre todo Luisa, como es lógico – tuvieron que lidiar simultáneamente con el avanzado embarazo, y con la dura adaptación a Japón, incluyendo la aclimatación de la niña a la guardería, quien, como es de suponerse, lloraba mucho todos los días por la ausencia de los padres, y por la imposibilidad de comunicarse con los maestros y los demás niños.

Luisa dio a luz, sin problemas, gracias a Dios. Pero casi inmediatamente, el esposo se enfermó y está de reposo, esperando por una operación. Eso significa que en los próximos meses, Luisa además de velar por el bebé recien nacido y por sí misma, deberá también ayudar a su esposo enfermo y, muy probablemente, encargarse de la hija mayor, ya que no es seguro que les permitan dejarla en la guardería, al menos por un tiempo.

 II) MÓNICA

Mónica tiene una niña de 7 años. Llegó a tierras niponas con su esposo japonés hace aproximadamente 8 años; como al año de haber llegado tuvieron a su bebita, y unos 3 años más tarde se divorciaron.

 Actualmente, Mónica es una madre soltera que trabaja duro para ganarse el sustento y procurarle una vida digna a su hija, mediante la puesta en marcha de su propio negocio, y la realización de diversos trabajos a destajo.

Pero sus dificultades no terminan ahí. Junto a su complicada situación laboral, esta abnegada mujer enfrenta algunas de las dificultades propias de las “madres solas”: los problemas emocionales de la hija por la ausencia paterna, y sus propios dilemas de mujer divorciada, incluyendo la muy humana aspiración de encontrar una pareja sentimental.

III) CORINA

Corina está felizmente casada con un japonés, y tienen una pequeña de 2 años. La niña, al igual que muchos otros niños nacidos en Japón de matrimonios nipo-latinos, está aprendiendo japonés rápidamente – el único idioma que se habla en casa – pero no habla nada de español.

Esta situación que antes parecía irrelevante ahora se está convirtiendo en un motivo de gran preocupación para Corina, ya que ella misma no habla japonés muy bien, y está comenzando a sentir que en el futuro cercano va a tener problemas para entenderse con su hija. Y en el peor de los casos, no van a poder comunicarse entre sí en español, la lengua nativa de la madre.

 Corina, quien hasta ahora se ha sentido muy satisfecha con su vida de esposa y madre en Japón , no puede evitar experimentar ansiedad y temor, ya que si bien su esposo ha sido un gran apoyo en su proceso de adaptación a la sociedad japonesa, ella aquí aun se siente entre extraños. La sola idea de que la falta de comunicación con su adorada hija pudiera conducirla a la soledad y al aislamiento le hace sentir mucho miedo.

IV) ADRIANA

 Adriana y su esposo japonés llevan casi 20 años viviendo en Japón – el mismo tiempo de casados –  y forman una bonita familia que incluye 3 hijos.

Adriana es una mujer optimista y luchadora por naturaleza. Y en todos estos años en suelo nipón ha obtenido grandes logros profesionales, los cuales le han ganado el respeto y la admiración de propios y extraños.

Su felicidad sería completa a no ser por el lamentable hecho de que uno de sus hijos actualmente está enfermo de gravedad, y pudiera no tener cura.

Esta excelente mujer y madre, trabajadora incansable, enfrenta la enfermedad de su hijo con resignación y valor admirables. Su fortaleza espiritual, y el amor ilimitado por los suyos son los pilares que sostienen a su bonito hogar. Pero, precisamente esa gran sensibilidad de la que surge tan inmenso querer es la misma sensibilidad que la hace romper en llanto maternal, sagrado y puro, siempre que sostiene al hijo amado entre sus brazos.


La bendición de los cerezos (II)

marzo 30, 2010

      Aunque mi escrito anterior, “La bendición de los cerezos”, pudiera sugerir, involuntariamente, una vida familiar ideal, todos sabemos que nada es perfecto. Ciertamente, hoy puedo decir con honestidad y humildad que mi vida de esposo y padre es lo que siempre soñé, pero aclarando que en los 4 años transcurridos desde que aluciné por primera vez con los cerezos florecidos, junto a las alegrías también he vivido sinsabores.

 Después de aquellas vacaciones inolvidables, signadas por la aventura, el amor y las flores del cerezo, debí regresarme solo a China para completar mi período laboral, pero al poco tiempo se me unieron mi esposa y nuestra “barriguita”. Cinco meses después, mis suegros fueron a visitarnos y, luego de una breve y muy placentera estadía, volvieron a japón llevándose a mi barrigona esposa, quien estaba a un mes y algo de dar a luz. Yo permanecí la mitad de ese tiempo en Beijing, y eventualmente partí a tierras niponas para estar con mis dos amores durante el alumbramiento, y establecernos definitivamente en Tokio.

 Me es imposible describir con palabras la felicidad de esos primeros días, antes y después del nacimiento de nuestro tesoro. Es sencillamente indescriptible. Ante la dicha que nos produjo su gloriosa llegada a nuestras vidas, las noches sin dormir, los malestares de mi esposa, la vergüenza por vivir “arrimados”, mi desempleo, etc., eran realmente pequeñeces.

 Pero todo tiene un límite. Así como la noche limita al día, y el invierno limita al verano, algunos momentos tristes limitaron nuestra felicidad….

 Algunas situaciones incómodas con los suegros que yo inicialmente percibía como tonterías, atribuidas a nuestras marcadas diferencias culturales, se fueron convirtiendo gradualmente en focos de tensión, primero, y de conflicto, después. La convivencia familiar, tan armoniosa al principio, se volvió en extremo difícil a los pocos meses. Pienso que entonces lo único que impidió un enfrentamiento entre nosotros fueron el respeto, la educación y el pacifismo que, afortunadamente, todavía nos asistían en los momentos conflictivos. Sin embargo, una vez, mi cuñado y yo casi llegamos a la violencia física, luego de una acalorada discusión.

 La situación se tornaba cada vez más insoportable y, como es lógico, comenzó a afectar directamente la comunicación con mi esposa, quien desempeñaba el muy delicado y extenuante papel de mediadora entre su familia y yo, sin poder tomar partido por ninguna de las partes. Es cierto que ella y yo hacíamos un esfuerzo consciente por evitar pelearnos. Recuerdo que comenzamos a discutir mucho, pero era preferible a guardar silencio, ya que al menos podíamos desahogarnos. Aun así, tratábamos a toda costa de preservar el oasis de paz y amor que conformábamos los dos junto a nuestra adorada bebé. Pero las críticas y recriminaciones mutuas eran cada vez más frecuentes, por lo que vivimos momentos en verdad amargos para ambos.

 Gracias a Dios, nuestro amor aun resistía como los frondosos datileros del desierto, dándonos sombra y cobijo. Y nuestra amada hija era fresco manantial de alegría y esperanza. Pero, nuestro edén estaba rodeado por un desierto arenoso que nos cubría lentamente con tormentas de problemas.

 Debo señalar que tanto mis suegros como mi cuñado también adoraban con locura a nuestra hija, y eso con toda seguridad los ayudó igualmente a sobrellevar sus desavenencias conmigo.

 En medio de aquella situación ya insostenible, finalmente conseguí un trabajo que nos permitió mudarnos a un apartamento alquilado. Un cambio de casa – y de suerte – que llegó justo cuando más lo necesitábamos.

 Tras la oportuna mudanza, mi relación con los suegros se mantuvo tensa; yo me resistía a los acercamientos que ellos hacían, y me rehusaba a cualquier contacto que no fuera estrictamente necesario. Pero siempre me recordaba a mí mismo que ellos son los padres de mi esposa y los abuelos de mi hija, por lo que al menos debía mantener la tregua, y evitar más discordia.

Pero ocurrió que mi resistencia se fue debilitando. No hay mal que dure cien años… poco a poco el río retomó su cauce. Incluso afloró de nuevo – como las flores del cerezo cada primavera – el cariño que nos había unido años antes, en mi primer viaje a Japón.

 Vale destacar que esa transformación no podemos atribuirla solamente al tiempo (aunque estoy de acuerdo en que éste lo cura todo). Todos los involucrados tuvimos que poner de nuestra parte para restablecer la comunicación perdida, y superar las diferencias que nos hubieran podido enemistar para siempre, con las tristes consecuencias para nuestras vidas y, sobre todo, para la de nuestra hija.

"Santuario en flor" / Ángel La Rosa

 Esto me lleva a hacer algunas modestas reflexiones sobre las enseñanzas obtenidas de esta dura pero aleccionadora experiencia. Si bien son aspectos que todos conocemos, decidí escribirlos para recordarlos siempre que haya menester en la vida. Aunque espero fervientemente que cada vez me hagan menos falta.

  • En general, la convivencia humana (de pareja, grupal, social, etc.) es trabajosa, y más aun en casos de diferencias culturales muy marcadas.
  • Por erráticas y hostiles que nos parezcan algunas actitudes de personas del país anfitrión, debemos esforzarnos por recordar que su perspectiva de las cosas puede ser muy distinta a la nuestra, si no opuesta. Esto se debe a valores y nociones que adquirimos con solidez, por muchos años, en nuestros respectivos contextos culturales.
  • En una relación de tipo intercultural se requieren dosis mayores de tolerancia, empatía y amor hacia el prójimo, para mantener el diálogo y aspirar a alcanzar una relación armoniosa.
  • El instinto de conservación hace que los individuos se vean a sí mismos como el centro del universo; mejor que los otros. Esto se extiende a los grupos humanos: “nuestra cultura es mejor que las demás”. Pero lo cierto es que es imposible y, sobre todo, inútil, comparar culturas en dichos términos. Ninguna cultura es mejor o peor que otra.
  • Para que una relación moribunda resucite, tiene que existir un deseo vehemente de salvación por parte de los involucrados. Esto es un requisito sine qua non.
  • El orgullo en ocasiones funciona como un escudo protector, pero la más de las veces se yergue como una muralla infranqueable que impide toda reconciliación posible con el “enemigo”.
  • Cuán difícil es perdonar y reconocer nuestras faltas, pero cuán beneficioso es para sanar las heridas de odios y resentimientos.
  • A veces pensamos erróneamente que el rompimiento drástico y definitivo de una relación es la solución más práctica y efectiva. Pero todos sabemos que sentimientos negativos generan mal, y que sentimientos positivos generan bien.

Por estos días, estamos aguardando impacientes y emocionados la primorosa floración de los cerezos. Así que quiero finalizar con un breve comentario sobre tan anhelado acontecimiento. Hay rituales que contribuyen a consolidar la unión y el amor en la familia. Los dos últimos años he ido gustosamente con mis suegros a contemplar los cerezos en flor, y hemos compartido un sin fin de actividades más. No digo que las flores del cerezo sean las responsables directas de las buenas relaciones familiares actuales, y que no vaya a polemizar con ellos en el futuro. Lo que sí aseguro es que han contribuido notablemente a mejorar el entendimiento entre nosotros.

En cada contemplación de ese portento de belleza natural, abrazando a mis dos tesoros, y observando en silencio  a mis suegros japoneses, siempre agradezco a Dios en el alma por ese irrepetible instante de unión y paz, y le pido sabiduría para proseguir mi camino en pos de un mayor acercamiento hacia ellos y su rica cultura nipona.

"Armonía" / Ángel La Rosa

¿Cerezos, anti-estrés?

¿Te sientes algo estresado estos días? Si eres uno de los afortunados con trabajo estable, posiblemente estás laborando mucho y descansando poco, lo cual te produce una fatiga permanente que, como es lógico, también te genera estrés mental. Si por el contrario trabajas unas pocas horas semanales, o peor aun, estás desempleado, posiblemente las preocupaciones por no estar generando ingresos suficientes se transforman en ansiedad. Y si a eso le sumamos que el frío no termina de irse…Nos referimos al tema del trabajo porque ya sea que tengamos demasiado, poco o nada, éste siempre es un probable foco de tensión en nuestras vidas. Pero aparte de nuestra condición laboral, en nuestro día a día abundan otras potenciales causas de estrés: conflictos con la pareja; falta de comunicación con los hjos; familiares con problemas en nuestro país de origen; salud debilitada; dificultad para adaptarnos a la sociedad japonesa, y un largo etcétera.

Es normal que nos afecten estas situaciones, al punto que podamos sentirnos preocupados, irritados, y hasta alterados. Después de todo, el estrés, al ser un a respuesta a una situación determinada, es una señal que nos alerta, y que debería hacernos tomar medidas para salir de la sitiuación estresante lo antes posible. Lo importante en estos casos es identificar el origen del malestar y aplicar correctivos oportunamente, con el fin de impedir que el problema aumente y escape de nuestras manos, volviéndose incontrolable. Y es aquí donde entran las flores del cerezo…

No es nuestra intención trivializar o minimizar las posibles causas de tu estrés. Por el contrario, nos atrevemos a hacerte estas sugerencias porque al igual que tú estamos sometidos diariamente a una serie de circunstancias estresantes, pero en esta estación primaveral encontramos en la contemplación de las flores del cerezo (sakura,  en japonés) una fuente de relajación adicional y un alivio temporal a la tensión que nos generan las preocupaciones cotidianas.

En mi caso particular, ayer (martes 6 de abril) en la mañana, luego de varias horas frente a la computadora, sintiendo cansancio corporal y preocupación por mi falta de ingreso fijo (aunque trabajo en el blog día y noche) tuve conciencia repentina del día soleado y espectacular que se me ofrecía justo ahí afuera. Así que me eyecté de la silla, me armé de la cámara fotográfica, y salí en la bicicleta a buscar bonitos cerezos en flor por mi vecindario, para captar las imágenes que decoran hoy mi blog. Como es de suponer, mi situación económica no cambió en nada – por el momento – pero al menos regresé a mi aptartamento y a mi computadora con energía e inspiración renovadas, para escribir estas modestas líneas, que espero sean de interés y utilidad a alguien, y sean también beneficiosas para mi blog, para mi familia y para mí.

¨Lucky phone¨ /Ángel La Rosa

¨Lucky phone¨ /Ángel La Rosa

Beneficios de contemplar la sakura:

  • En general, la contemplación de obras de belleza naturales o hechas por el hombre nos produce una sensación de bienestar.
  • En teoría, las maravillas naturales nos producen mayor satisfacción, debido a que nosotros mismos, como humanos, somos obra de la madre naturaleza.
  • Los cerezos florecidos son un deleite para la vista y el corazón.
  • La observación de los cerezos en flor es fuente tanto de entretenimiento como de conocimiento.
  • La contemplacón individual de los cerezos puede brindarnos un mometo a solas, de tranquilidad y meditacón, sumamente beneficioso para aclarar la mente en procura de soluciones a situaciones determinadas.
  • La contemplación grupal de los cerezos nos permite socializar, y estrechar lazos de amistad (en un ambiente relajado y de singular belleza), lo cual nos ayuda a crear redes de apoyo importantes para llevar una vida equilibrada.
  • La contemplación de los cerezos en familia propicia la comunicación y la unidad en el seno familiar.
  • Un picnic bajo un florido cerezo refuerza nuestros hábitos de sano esparcimiento, mediante la realización de actividades recreativas al aire libre.
  • La observacón de los cerezales florecidos nos ayuda a fomentar el respeto y el cuidado del medio ambiente.
  • La participación en este “ritual” primaveral nos permite aprender sobre cultura y costumbres japonesas, y facilita nuestra integración a la sociedad nipona.
¨Japón entre sakuras¨ / Ángel La Rosa

¨Japón entre sakuras¨ / Ángel La Rosa

Para finalizar, quisiéramos insistir – aunque parezca obvio – en que si bien el solo acto de contemplar los hermosos cerezos florecidos no resolverá nuestros problemas, si nos ofrece incontables beneficios, como la oportunidad valiosa de descansar el cuerpo y la mente, lo que nos hará ver las complicaciones mundanas, y la vida en general, con mayor serenidad, comprensión y optimismo.

¨Stressless sense¨ / Ángel La Rosa

¨Stressless sense¨ / Ángel La Rosa

Ángel Rafel LaRosa Milano

Director-fundador de SOL, Servicio y Orientación al Latino

«El sol brilla siempre dentro de ti»


La bendición de los cerezos

marzo 15, 2010

Hola, mis muy estimados Soleros. Quisiera saludarles en circunstancias más auspiciosas y no en momentos cuando la pandemia del Coronavirus está causando tanta tragedia a nivel mundial.

De hecho, siguiendo las recomendaciones  de las autoridades japonesas (mas bien blandas, en nuestra opinión), este año mi familia  y yo no realizaremos nuestro obligado «ritual» anual de contemplación de los cerezos en flor. Eso con el fin de evitar el riesgo de contagio.

Sabemos lo duro que es permanecer encerrados en casa por largo tiempo, y lo placentero que resulta disfrutar el florecimiento de los cerezales, pero desde SOL, los exhortamos encarecidamente a actuar con prudencia y a evitar grandes concentraciones de personas, como medida de protección contra el virus. Por ejemplo, una alternativa más segura sería asistir a lugares menos conocidos, poco concurridos, en horarios de baja afluencia. Muy temprano en la mañana por ejemplo.

El siguiente es un artículo «reciclado» – escrito en 2006 – que publico hoy nuevamente con la intención de transmitir, no triunfalismo, pero sí esperanza y solidaridad en nuestra batalla contra esta terrible pandemia.

Protéjanse, por favor.

Un abrazo,

Ángel La Rosa

 

Cerezo en flor

Picnic bajo un cerezo, abril 2007. Foto de Ángel La Rosa

(Escrito por Ángel Rafael La Rosa Milano, director-fundador de SOl,  en  septiembre de 2006)

Japón es uno de esos países que uno espera conocer algún día. En mi caso, por estar residenciado en China desde el año 2002, era sólo cuestión de organizarme para hacerle una visita a ese paradigma de gente amable, alta tecnología y cerezos. Pero, ni en mis sueños más fantásticos imaginé que mi primer viaje a tierras niponas sería para casarme con la mujer de mi vida. Así fue como el pasado mes de marzo viajé, en alas del romance, a la Tierra del Sol Naciente, para desposar a mi amada prometida japonesa, Michiyo.

A lo largo de mi vida he podido comprobar que el querer, en todas sus formas, tiene propiedades mágicas; funciona como una varita encantada que vuelve bonito todo lo que toca. Y esa magia de amor contribuyó, en gran medida, a la experiencia sin par que viví en Tokio.

Es sabido de todos que existen marcadas diferencias entre las culturas asiática y latina y, por ende, entre la japonesa y la venezolana. Por ello, a pesar de mi natural optimismo latino y mi confianza en la fuerza del cariño, no dejaba de inquietarme un poco el tan esperado encuentro con la familia de Michiyo. Ya ella me había advertido que sus padres son del tipo conservador; un tanto reservados, lo que contrasta con mi estilo más bien abierto y algo desenfadado. Pero, a pesar de todo, desde el mismo primer día, sus progenitores y su hermano me hicieron sentir como en mi casa; me brindaron calor de hogar. Y durante el mes que pasé entre los Mori, las distancias culturales se acortaron significativamente; nuestras diferencias se complementaron, generando una bonita y fructífera convivencia familiar intercultural.

Cerezo florecido

Cerezo florecido, abril 2007. Foto de Ángel La Rosa

Cuando relato esta experiencia única a mis familiares en Venezuela, y amigos en todo el mundo, para que me entiendan mejor les digo que el exquisito sushi y las pinturas tradicionales de mi suegra (que tiene ancestros samurais); los sabios consejos, el sake y las clases de kendo de mi suegro; las constructivas conversaciones con mi cuñado, y el amor de mi adorada Michiyo, me hicieron sentir como Tom Cruise en “El Último Samurai”.

Mi primer encuentro con Japón fue como una alucinación. Se combinaron mi embriaguez amorosa y la gran impresión que me causó Tokio con su ecléctica modernidad. Muchas cosas de esa deslumbrante metrópolis llamaron mi atención: el gran civismo de su gente, el contraste entre sus gigantes rascacielos y sus templos; la tolerante convivencia entre el conservadurismo y el más reciente liberalismo social japonés; la mezcla de candidez y desenfado de las adolescentes en super-mini faldas, y, por supuesto, su altísimo – pero afable – desarrollo.

La flor del cerezo

Bajo un florido cerezal, abril 2009. Foto de Ángel La Rosa

Sabía que la flor del cerezo es un símbolo nacional de Japón, y ya Michiyo me había hablado, con florecitas de contento en sus ojos, acerca de sus bonitos recuerdos de cerezos florecidos. Pero, algún día yo tenía que verlos, para entender realmente la devoción de los japoneses por este acontecimiento primaveral. La familia de mi esposa me explicó que, tal vez, los cerezos florecerían para principios de abril. Y yo tenía boleto de regreso a Beijing para el 30 de marzo. ¡Lastima! Durante mi estancia de un mes en Tokio percibí que éste es un es un hecho importante en la vida de los japoneses, quienes aguardan con ansia la llegada de ese obsequio de la primavera. Semanas antes, se muestran alegres y animados, recordando a cada instante que se acerca el tan esperado momento. Michiyo y su familia me contagiaron su entusiasmo; yo también quería ver florecer los cerezos. Pero, para entonces, ya yo estaría de regreso en China.

Contemplación del Cerezo, Tokio

Contemplación del cerezo, abril 2008. Foto de Ángel La Rosa

Curiosamente, esta primavera ocurrió algo inesperado: ¡los cerezos florecieron antes de tiempo! Fui privilegiado al poder disfrutar de ese maravilloso espectáculo natural, deleite para la retina y el espíritu. Un acontecimiento cultural único, los cerezos en flor son para los japoneses no sólo una primorosa manifestación de la primavera; simbolizan, sobre todo, la renovación del espíritu; anuncian tiempos felices. Durante dos semanas, nada más, la endiosada flor del cerezo comparte sus divinos encantos con los mortales, así que los japoneses disfrutan intensamente, dichosos y agradecidos, ese efímero regalo de los dioses. Los residentes de Tokio, en particular, contemplan extasiados los cerezos que embellecen las avenidas de la ciudad; realizan todo tipo de actividades culturales alusivas al florido evento; organizan celebraciones familiares; visitan parques para tomarse fotos, y para tomar té y sake tumbados a la plácida sombra de un frondoso cerezal. Así, pues, constaté que en tierras niponas los cerezos florecen por doquier, pero descubrí que sus flores abren, principalmente, en el jardín que hay en el corazón de todos sus habitantes.

Este mi primer viaje a Japón fue mágico, sin duda. Me casé con la mujer de mi vida, que espera un hijo de nuestro amor; conocí a mi bonita familia japonesa y pasé con ellos unas vacaciones perfectas. Cualquier cosa que yo pueda decir aquí no haría justicia a esa gran experiencia. Así que para finalizar, sólo diré que me gusta pensar que esta primavera en Tokio, los cerezales florecieron anticipadamente para mí, como un pequeño milagro de amor, en señal de que mi matrimonio con mi adorada esposa Michiyo; nuestro bebé en camino, y la unión de nuestras familias fueron bendecidos por el cielo con las hermosas flores del cerezo.

Contemplación del cerezo

Contemplación del cerezo, abril 2007. Foto de Michiyo