Hija, yo me porté mal: Feas palabras

abril 9, 2012

Feas palabras

Mi bellísima, decir palabras feas, sobre todo si lo hacemos muy seguido, también es portarse mal. Así que hay que evitarlo siempre. Especialmente, ustedes los niños no deben repetir las malas palabras de nosotros los adultos. Pero, sería mucho mejor que nosotros los mayores nunca dijéramos cosas feas frente a ustedes, ¿no es verdad?

Alguien dijo una vez que las personas son como sus palabras. O sea, si todo el tiempo estamos diciendo palabrotas es porque tenemos cosas feas en la mente; hay algo malo con nuestra forma de ser. En cambio, si siempre hablamos bien, diciendo cosas bonitas, es porque en nuestra mente tenemos pensamientos buenos.

Te digo esto, amorcito, porque una vez, cuando yo tenía como 7 años de edad, rompí una bonita amistad con un amiguito (y también surgió un conflicto entre nuestras familias), por culpa de unas groserías que yo dije.

Un día que yo estaba reunido en la calle con otros niños del vecindario, nos pusimos a jugar que éramos una banda musical, cantando de forma muy alegre y cómica, mientras tocábamos unas latas de leche con unos palitos de madera. Recuerdo que estábamos justo frente al apartamento del amigo mío; cerca de la ventana de la cocina (por cierto, él no estaba con nosotros en ese momento). Ocurrió que comenzamos a cantar una canción muy famosa, pero con la mala ocurrencia de cambiarle la letra por malas palabras. No nos dimos cuenta de que la mamá de mi amigo estaba en la cocina escuchando nuestra muy original pero grosera versión. Lo supe más tarde, ese mismo día. Estando ya en mi casa, fui sorprendido por el sonido ¡de otra banda musical! instalada debajo de nuestro balcón, y dirigida por el mencionado amigo, quien gritaba como loco unas palabrotas bastante, pero bastante feas.

Mi mamá, muy extrañada y algo molesta por aquel poco agradable concierto, se asomó por el balcón para pedirles que bajaran la voz. El líder del grupo (hasta ese entonces mi buen amigo), respondió muy enojado que su mamá lo había enviado a hacerle a mi familia exactamente lo mismo que yo y demás niños le habíamos hecho a su familia, para ver si nos gustaba. Mi mamá no le dijo más nada al niño. Sencillamente cerró la ventana y me preguntó sobre lo ocurrido. Yo, llorando de vergüenza le conté lo que pasó. Pero le aseguré que nosotros no lo hicimos con la intención de ofender a nadie. Ella me explicó que aunque fue sin mala intención, la mamá de mi amigo se molestó muchísimo, y por eso lo mandó a hacernos lo mismo. También me dijo que, aunque ella jamás me hubiera pedido a mí tomar venganza (ella sencillamente le hubiera dicho a los niños que no era bueno decir groserías y menos frente a una casa de familia), todo era el resultado de las malas palabras que yo dije; que por eso siempre debíamos evitar hacerlo.

Pero lo más importnate que me dijo mi madre aquel día fue que no haríamos nada para responder a mi amigo, porque eso traería más problemas con esa familia; que aprendiéramos la lección y olvidáramos lo que pasó, para así volver a hacer amigos de ellos algún día.

Bendiciones, mi primor.

 


“Mi esposo dijo que iba a matarme”

abril 6, 2012

          Hace pocos días, me encontré por casualidad a una señora conocida mía, madre de un niño pequeño. Me llamó la atención que a esa hora (temprano en la mañana) ella iba en dirección contraria a la usual, y con una gran preocupación reflejada en el rostro.

 Al saludarla, me dijo, con evidente consternación, que esa misma mañana el esposo había amenzado con matarla, y por eso ella iba en camino a denunciarlo a la policía.

 Estimados lectores: ¿Qué hubieran hecho Ustedes en mi lugar?

 Un dato relevante: mi amiga es extranjera y el esposo japonés. Pero debo aclarar que mi intención no es generar aquí algún tipo de crítica o reacción en contra de nuestros anfitriones. Esto es sencillamente un aspecto que puede ayudarnos a todos quienes vivimos en este gran país, a entender la desesperada situación – y encontrarle soluciones – de esta mujer y madre, y de otras que pudieran estar enfrentando el mismo peligro.

Si bien en las últimas décadas ha habido avances significativos a nivel mundial en la lucha contra la violencia doméstica, el nivel de concientización de la sociedad, en general, sigue siendo bajo. Según un artículo de la publicación digital en inglés “Womensphere” http://womensphere.wordpress.com ), en Japón, por ejemplo, “los expertos y activistas advierten que el grado de violencia debe ser mucho mayor al manejado oficialmente, ya que muchos japoneses aun piensan que la VD es un asunto familiar y no una violación de los derechos humanos de la mujer”.

En el mismo artículo leemos que en 2008, una encuesta gubernamental hecha a 1.358 mujeres (con pareja o separadas) reveló que un 33,2 % había sufrido maltrato físico, amenazas sicológicas y coerción sexual por parte de sus parejas. Y en 2009, la VD en Japón aumentó 11,7 % (28.158 casos reportados), el porcentaje más elevado desde que las encuestas se iniciaran en 2002.

Entonces, ¿cómo reaccionaría Usted si una conocida suya pasa por algo así?

En las líneas de ayuda telefónica (hace algún tiempo me desempeñé como orientador telefónico, en la Tokyo English Life Line, TELL, y, posteriormente, en la Línea de Apoyo al Latino, LAL), cuando una mujer llama diciendo que fue amenazada de muerte por su pareja, el procedimiento a seguir es claro y estricto: se le sugiere a la llamadora que abandone la casa, se traslade a algún lugar seguro, y busque protección policial lo antes posible.

Ante una amenaza de muerte por parte del compañero, no hay tiempo para especular si éste sólo pretende asustar a la víctima (lo que constituye maltrato psicológico) o si piensa matarla realmente. Por esta razón es que se recomienda a la mujer actuar lo más rápido posible, haciendo lo que esté a su alcance para proteger su vida.

Si, por las razones que sea, subestimamos la amenaza y no urgimos a la mujer amenzada a ponerse a resguardo, podríamos contribuir involuntariamente a que ocurra una tragedia.

Así que le dije a mi amiga que ella estaba haciendo lo correcto al denunciar al esposo por amenazarla de muerte, y que se pusiera a salvo inmediatamente.

Huelga decir que pasé el resto del día muy preocupado pensando en ella, y en cómo podría yo ser más útil. Pués bien, en la tarde se me presentó la oportunidad de ayudar. Por una grandísima “casualidad” me conseguí al esposo de la señora, quien se encontraba conversando con otra conocida de ambos. Lo cierto es que tras dudar unos pocos segundos (no es lo más sencillo de hacer, sobre todo si uno tiene relaciones cordiales con los dos miembros de la pareja), me acerqué y le dije al hombre, en presencia de la otra mujer, lo que me había dicho su esposa horas antes, y que yo estaba considerando ir también a la policía a denunciarlo.

El hombre primero se sorprendió, pero luego dio señales de estar muy preocupado y avergonzado, lo que yo tomé como una aceptación de culpabilidad y arrepentimiento.  Precisamente su actitud, si se quiere pacífica (confieso que yo estaba algo ansioso y preparado para lo peor), me hizo adoptar un tono más bien calmado, sugiriendo que, aunque su conducta había sido absolutamente condenable, aun se podían arreglar las cosas de una manera civilizada.

Después de mi relato y de mi explicación, sé que todavía habrá quienes se oponen a mi decisión de encarar a este hombre por amenazar de muerte a mi amiga. Sobre todo porque les preocupa que uno pueda salir perjudicado de algún modo (especialmente si el maltratador en cuestión es una personal realmente violenta) y la familia también. Los entiendo perfectamente; no les falta razón. Pero voy a insistir en esto. En una situación como esta, no se puede correr el más mínimo riesgo de que el abusador esté considerando seriamente matar a su pareja. Además, pienso que mi intervención en un problema marital tan lamentable fue una especie de respuesta instintiva para proteger a otro ser humano de un peligro inminente. Así que estoy convencido de que muchos de Ustedes hubieran actuado igual en una situación parecida.

Lo importante es que ahora ese hombre violento sabe que esa mujer no está sola (la mayoría de los abusadores se aprovechan del estado de indefensión de sus parejas); que hay personas que sabemos que él la amenazó de muerte (incluida la policía), y que estamos dispuestos a tomar medidas para impedir que él atque a su esposa y se convierta en asesino, o que sencillamente la vuelva a maltratar psicológicamente.

Para finalizar, unas breves reflexiones, estimados lectores. Es importante que entendamos que esos hechos tan lamentables no ocurren sólo en las novelas televisivas. Triste y preocupantemente, pasan a nuestro alrededor con más frecuencia de la que imaginamos. Por eso debemos estar atentos, y prestos a ayudar a las víctimas según nuestras posibilidades. Por ejemplo, si no queremos involucrarnos directamente, podemos denunciar al abusador de forma anónima.

Ningún hombre que maltrate psicológica o físicamente a una mujer (o viceversa, por supuesto) puede quedar impune. Debe ser denunciado y castigado.

Y como siempre repetimos ante hechos de violencia doméstica, el maltratador presenta problemas mentales y emocionales muy severos que requieren urgente atención epecializada, para bien de toda la comunidad. De ahí que cualquier castigo aplicado debe estar contemplado en las leyes y diseñado para lograr la reinserción de dicho individuo en la sociedad, sin que represente un peligro para nadie, nunca más.

Ahora, les pido por favor que todos me acompañen en esta oración: Energías protectoras, les pido con todas las fuerzas de mi ser que mi proceder haya sido correcto, y no ponga en peligro a mi familia. Y sobre todo, que haya sido para bien de esa desesperada mujer y madre amiga mía… y también para ese pobre hombre enfermo que le dijo que iba a matarla…

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»

 


Tocando mi puerta… y mi corazón

marzo 31, 2012

Revista La Atalaya         

 Hoy (sábado 31 ) pasó algo después de lo cual sentí la imperiosa necesidad de escribir esto inmediatamente.

En una gélida y nublada tarde sabatina con fuertes vientos que anunciaban tormenta, me encontraba en la comodidad y el calorcito de mi hogar, disfrutando de un inusualmente largo reposo vespertino, junto a mi esposa y mi hija, cuando de pronto sonó el timbre. Definitivamente, el último sonido que espera oír uno en un momento así.

 Pensé en no responder el llamado, sospechando que podría tratarse de algún vendedor de fines de semana, y sobre todo dada la muy confortable situación en la que estaba. Pero cambié de opinión. Receloso como estaba de atender, me sorprendía el hecho de que un vendedor pudiera ser tan temerario como para desafiar condiciones climáticas tan adversas, así que me acerqué sigilosamente a la puerta para ver  a través del visor.

 Aquel inoportuno visitador lucía más bien como un Testigo de Jehová, por lo que decidí abrirle. Y ahí estaban: un hombre de mediana edad y una joven mujer (al caballero no lo reconocí, pero a la muchacha ya la había visto un par de veces), como siempre, muy agraciados en sus modales y en su aspecto personal;  rozagantes como en el más soleado de los días.     

 Aunque no estoy muy de acuerdo con la forma como estos diligentes visitadores cristianos difunden sus creencias (que son diferentes a las mías, además), en estos 5 años de residencia en Tokio he aprendido a ver el lado bueno de su infatigable pregonar, y de alguna forma les he tomado aprecio sincero. Y es porque aparte de mi natural aceptación de las tendencias religiosas del prójimo, veo que ellos se toman la molestia de visitarme cuando podrían estar reposando plácidamente, y siento que su interés por mi bienestar espiritual es genuino. Y adicionalmente, en la mayoría de los casos son hermanos latinoamericanos que me hablan en español, mi hermoso idioma materno.

 Tras 5 años de esporádicas, breves e interesantes conversaciones frente a mi puerta, ellos ya saben que mis convicciones no sólo difieren de las suyas, sino que son igual de firmes. Pero también saben que son siempre bienvenidos y apreciados. Por cierto, colecciono todos los folletos que tan gentilmente me dan, porque contienen material muy valioso para mi vida y la de mi familia (información, consejos, historias, etc.), si importar mi orientación espiritual.

 Repentinamente, me viene a la mente el recuerdo de mi amado difunto padre. En mi temprana juventud, me costaba entender que él pasara tanto tiempo hablando tan animadamente con los predicadores que nos visitaban en aquella época. Y resulta que ahora, sin proponérmelo, estoy haciendo lo mismo…       

 Mientras veía al gallardo caballero y a la agradable joven, ahí frente a mí, en tan cordial actitud, en tan severo clima, los respeté y admiré – y a mis otros amigos Testigos de Jehová – más que nunca. Y le agradecí, una vez más, íntima y profundamente, a su Dios y a mi Dios (que al final de cuentas tal vez son uno solo), que ellos pasaran hoy por mi casa, tocando mi puerta… y mi corazón. 

Ángel Rafael La Rosa Milano

«El sol brilla siempre dentro de ti»


Hija, yo me porté mal: Peligro en la azotea

marzo 20, 2012

Peligro en la azotea

Mi tesoro, cuando somos niños, algunas veces nuestras ocurrencias infantiles pueden ponernos en verdadero peligro, tanto que hasta puede peligrar nuestra vida. Es decir, podríamos morir. Lamento muchísimo asustarte diciéndote esto, mi ángel, pero prefiero eso, porque pienso que así siempre tendrás más cuidado, y tratarás de no hacer cosas demasiado peligrosas.

Una vez, un niño mayor que yo, me sonsacó para que subiéramos a la azotea de mi edificio. Ahora, con cuarenta y tantos años de edad, me da mucho miedo con sólo recordarlo, porque pienso en lo que pudo habernos pasado, y en que tú o cualquier otro niño pudieran hacerlo también. Pero, cuando tenemos 6 ó 7 años solamente, no podemos reconocer claramente todas las situaciones de peligro.

 Hoy recuerdo, atemorizado (pero en aquel entonces, no sentía ningún temor. Al contrario, estaba muy contento y emocionado), que aquella azotea de un edificio de 6 pisos no tenía cerca ni nada parecido; en sus bordes solamente había un muro de apenas un metro de altura, en el cual nos apoyamos mi amigo y yo para disfrutar de la vista panorámica.

 Hija linda, en verdad, yo no quiero que pienses mucho en algo tan feo. Y aunque tu mamá y yo hemos visto que a tus 5 añitos ya tienes muy buen sentido común, debemos estar seguros de que puedes entender perfectamente lo que hubiéra pasado si nos caemos de esa altura. Ya sabes, los niños de tu edad (incluso más grandes) nunca, nunca, y nunca deben hacer algo así. Y si ves que papi llora un poquito al decirte esto, es simplemente porque te amo con todas mis fuerzas, vida mía, y no quiero que te pase nada malo.

 Por cierto, una vecina que nos vió mientras salíamos de la azotea y entrábamos nuevamente en el edificio, le informó lo ocurrido a mi mamá, quien me castigó muy severamente. En aquel momento, pensé que la señora había sido muy mala conmigo por acusarme. Pero ahora agradezco a Dios – y a ella también – que lo hizo, porque ella me salvó de hacer lo mismo otra vez.

 Una última cosa. Como sabes, papi piensa que hay unos “ángeles” que nos protegen si se lo pedimos mucho y si somos buenas personas. Son los mismos angelitos a los que tu y yo rezamos juntos en las noches, pidiéndoles que todas la personas del mundo estén bien. Lo que quiero decirte es que además de cuidarnos mucho a nosotros mismos, es muy importante que pensemos mucho en esos “amigos buenos”. Papi cree que a ellos les gusta bastante que hagamos eso, y que siempre nos portemos muy bien.

 Que los ángeles te protejan hoy y siempre, mi princesita.


Hija, yo me porté mal: Maltraté a un gato

febrero 24, 2012

Maltraté a un gato

Mi princesita, es verdad que muchas de nuestras equivocaciones de niños son producto de la inocencia infantil; de la falta de experiencia en la vida. Pero, estoy seguro de que si te hablo oportunamente de mis propios errores de la infancia, y te explico claramente por qué no debí hacerlos, podrás entenderme, y evitar repetirlos.

 Cuando yo tenía unos 6 años, siempre me reunía con los amiguitos de mi edificio, por las tardes, después de la escuela, igual como hacen los niños de esa edad – y mayores- aquí en Japón y en muchas otras partes del mundo.

 Recuerdo que había un gato que siempre estaba cerca de nosotros cuando jugábamos, porque le gustaba mucho que lo acariciáramos. Ocurrió que un día uno de nosotros tuvo la muy mala idea de agarrarlo por la cola y lanzarlo muy fuertemente por el aire, igual que esa cosa pesada (“martillo”) que lanzan algunos deportistas en las competencias que papi ve a veces en la tele. El indefenso animal chilló mucho cuando estaba sujeto por la cola, y después cuando cayó muy duramente al piso.

No fui yo quien maltrató al gato. Pero eso no importa; yo compartí aquella fea maldad, así que también comparto la culpa.

 Aunque lo que pasó parezca una tontería; una simple travesura de niños, me produce cierta tristeza  y arrepentimiento, pensando en el miedo y el dolor que sintió aquel pobre animalito.

 Como bien sabes ya, hija querida, nunca bebemos lastimar a los animales (a menos que sea la única solución para defendernos de algunos muy peligrosos, grandes o pequeños que vayan a lastimarnos a nosotros, o que los necesitemos como alimento. Pero aun si el propósito es alimentario los humanos deberíamos evitarle el sufrimiento, cosa que no hacemos). Tu mamá y yo te lo hemos dicho desde que eras muy pequeñita, sobre todo cuando te llevábamos al parque, y te decíamos los nombres de todos esos animalitos chiquititos (insectos) que tanto te atraían.

 Mucha gente piensa que tu mami y yo exageramos cuando te recordamos, de tanto en tanto,  que por favor no mates insectos y demás animalitos (hormigas, mariposas, escarabajos, gusanitos, cigarras, etc.) por pura diversión. Pero te hemos explicado que para nosotros la vida humana, animal e incluso vegetal, es la obra más importante de todo el universo, y que tanto los animales como las plantas tienen su función en la naturaleza. Por ello debemos respetarlos y protegerlos, siempre que nos sea posible.

 Un día hasta tu mamá se sorprendió cuando le pedí que no matara a esos pequeños insectos voladores que rondan los desperdicios de comida en el lavaplatos, sobre todo en verano; esos que parecen mosquitos miniatura, pero sólo persiguen a la comida, no a la gente. Por cierto, hija, tú sabes bien que los mosquitos sí nos hacen daño al picarnos, y las moscas transmiten enfermedades en sus patas, por lo que hay que matarlos. Pero volviendo a los “avioncitos” de la comida, yo le explicaba un día a mami que últimamente cuando veo a alguno de esos animalitos inofensivos rondando la cocina, trato de imaginarme cómo sería ser uno de ellos (prometo que no estoy bromeando, jajaja), viendo el mundo que me rodea desde mi minúsculo cuerpecito, y con mi gran visión periférica, en busca de alimento. E imagino lo triste que sería que siendo yo ese animalito, de pronto venga alguien y ¡zas! acabe con mi existencia de una sola palmada…

 Claro que hay una diferencia muy grande entre lastimar a una hormiga que a un gato. Los gatos y demás animales domésticos tienen un nivel de inteligencia – se ha demostrado que también tienen su forma particular de sentimientos – que les permite convivir con nosotros los humanos, al punto de hacernos compañía y ayudarnos. Y precisamente por eso es tan importante que aprendamos a quererlos y cuidarlos.

 Así que, hija linda, si algún día ves a algún amiguito matando insectos sólo por divertirse, o lastimando mascotas (como hicimos mis amiguitos y yo con aquel gato indefenso), por favor dile de buena manera, pero con firmeza que no es una buena idea; que ellos no hacen daño a nadie; que los dejen vivir.

 Posiblemente, no te hagan caso. Pero no importa, mi preciosa. Primero, porque lo que hacen no es algo grave, en realidad, aunque a tu mamá y a mí no nos guste para nada. Segundo, porque son niños como tú y sencillamente, igual que pasó conmigo cuando tenía esa edad, no ven nada malo en eso; han aprendido que es una diversión más.

 Lo importante, mi vida linda, es que nosotros sí tratemos de proteger a los animales en todo momento. Esa será nuestra pequeña contribución para que este sea un mundo más bonito para ellos. Y para nosotros también.

 Papi


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ: Abuelo deportista

febrero 9, 2012

El 11 de febrero, mi amado difunto padre cumple un año más de existencia en los mundos infinitos. Así que, en su memoria, aquí va otra anécdota suya.  Bendición papá.              

Hasta donde alcanzo a recordar, siempre me ha gustado ejercitarme y hacer deporte. Es una constante en mi vida. Y aunque no puedo presumir de haber sido un deportista destacado (apenas gané un puñado de medallas en primaria y secundaria), sí me vanaglorio de tener bastante actividad deportiva desde niño, y de mantenerme en forma actualmente, lo cual, en mi opinión, ha redundado en una existencia más plena. 

Hoy, cuando busco en mis recuerdos infantiles y juveniles escenas gratificantes de mis pasatiempos deportivos, puedo ver claramente que mi gusto por la actividad física se lo debo, en mucho, a mis padres. Mi madre, una auténtica cheerleader de sus 3 hijos, es conocedora de los inmensos beneficios de la práctica deportiva para la salud mental y corporal. Mi padre, un “entrenador” nato (por su tendencia a mandar, como buen militar), también disfrutaba mucho los deportes, y era inmensamente feliz jugando cualquier cosa con nosotros. 

Precisamente, esta anécdota nace de uno de esos bonitos recuerdos infantiles. Yo estaba en 6to grado (el último de primaria), con 11 años de edad, y mi colegio organizaba una de sus acostumbradas y animadas verbenas familiares, con las típicas actividades culturales y deportivas donde los inquietos escolares muestran sus muchos talentos a sus muy orgullosos padres. 

Por aquellos años, mi colegio se destacaba en voleibol masculino, por ser la especialidad de nuestro profesor de deportes. Cabe destacar que después de terminar la primaria visité el colegio con cierta frecuencia (justamente durante las verbenas), siendo la última vez en 2007, ¡y en esos 30 años, el profesor era el mismo! También quiero aprovechar para “hacerle una propagandita” a mi hermano menor (le llevo 4 años), quien, por su rendimiento sobresaliente en las competiciones de voleibol inter-escuelas, en una oportunidad fue llamado a representar a nuestro estado en unos juegos infantiles nacionales. Durante mis visitas, el “eterno” profesor siempre me repite: “Tu hermano es, tal vez, el mejor deportista en la historia del colegio”. 

Y volviendo al protagonista del cuento, me gusta muchísimo recordar que en aquella feria escolar los padres fueron invitados expresamente a jugar voleibol junto a sus hijos, y que mi papá aceptó muy presto y solícito, como era de esperarse. Calculo que para esa época él tendría unos 37 años de edad, y aun exhibía unas condiciones físicas bastante decentes; todavía se “defendía”, como decimos en Venezuela, significando que a pesar de los años aun podemos desenvolvernos más o menos bien. Por cierto, el voleibol también era el deporte predilecto de mi papá. Y mi hermana menor no se quedaba atrás. Definitivamente, la cosa viene de familia… 

Esa imagen de mi papá jugando voleibol conmigo en la escuela me hace dichoso. De hecho, fue uno de los pocos padres que se atrevió a hacerlo, y – me disculpo por la inmodestia – el único de ellos que sabía jugar realmente. Además, parecía que él era el entrenador y el árbitro, ¡ya que no paraba de dar instrucciones!     

Pero, la razón por la que ese recuerdo me es tan grato, es porque veo a mi papá junto a mí, feliz, jugando, riendo, compitiendo, y “luciéndose”; porque representa su marcada influencia en mi gusto por los deportes, con su propio interés por practicarlos, y con su paternal disposición a disfrutarlos conmigo y mis 2 hermanos. Era su manera de inculcarnos que tener “mente sana en cuerpo sano” es fundamental para vivir la vida en salud y plenitud. 

Ahora me toca a mí inculcárselo a mi hija, lo cual, en parte gracias a mi papá, es algo muy natural y en extremo placentero para mí. Ella no conoció a su abuelo deportista pero, su amor de padre, expresado en esos instantes deportivos, me acompaña en todo momento, sobre todo cuando estoy correteando o jugando pelota con su muy enérgica nieta de 5 años, a quien ya estoy enseñándole a jugar voleibol… Por supuesto.


Pegar no es educar, es humillar

enero 31, 2012

Recientemente, en un supermercado de mi localidad, vi a una joven madre dando un palmada en la cabeza a su hijo de 2 ó 3 añitos, porque éste alcanzó una mercancía que colgaba próxima al coche, mientras ella esperaba en la fila para pagar. Por cierto, el niño tenía síndrome de Down…

 En esas situaciones, generalmente me entrometo, pidiéndole a la persona (de la mejor manera posible) que no lo haga. Pero esa vez, la palmada no me pareció tan fuerte, así que me abstuve de intervenir. Después me arrepentí. Primero, por que esa madre claramente tiene el hábito de palmear al hijo; es un acto reflejo. Y si lo palmea con tanta tranquilidad en público, tal vez entre las cuatro paredes de su casa pudiera ser peor. Segundo, porque el niño tiene necesidades especiales, y requiere aun mayor comprensión y protección. Así que escribo estas líneas en pago por mi inoperancia, y como disculpa pública a ese pequeño y a otros en su situación.

Ya hemos abordado el tema anteriormente, y lo haremos las veces que haga falta. A los niños no se les pega. Punto.

La organización para la protección de los niños, Save The Children, define el castigo físico como “el uso de la fuerza causando dolor, pero no heridas, con el propósito de corregir una conducta no deseable en el niño”.

Según un artículo aparecido en la revista Ellos & Ellas, edición 347 (www.caretas.com.pe), en varios países del mundo el castigo físico es una práctica ilegal. Además, cita al psicólogo infantil César Estrella diciendo que nunca debe aplicarse el castigo corporal, y que éste es un método que todavía se utiliza por creer que cambia la conducta de los chicos más rápidamente, a diferencia del diálogo. El especialista explica que golpear a los hijos es, generalmente, una reacción de descontrol y rabia que se transforma en una conducta de abuso y prepotencia.

Pero, a pesar de las evidencias científicas contra los castigos físicos, hoy en día aun hay padres que piensan que “una buena nalgada” o “un buen bofetón a tiempo” no hacen daño y que son , al contrario, beneficiosos para educar a los hijos pequeños. Ahora bien, el problema no radica sólo en la intensidad del golpe. Se ha demostrado que cualquier forma de reprimenda corporal, sean palmadas, nalgadas, sacudidas, empujones, apretones, tirones de orejas o cabellos, pellizcos y cualquier otra forma de reprimenda física “leve”, por inofensiva que parezca, traerá consecuencias negativas en la vida del niño. Por ejemplo, los niños golpeados por sus padres tienden a crecer creyendo que tanto sus faltas como las de otras personas deben, necesariamente, ser corregidas con castigos corporales.

En el sitio www.wethecildren.com/spanish/spankingspanish.htm, leemos esto: “El niño aprende que la manera de resolver un conflicto es por medio del uso de la violencia.  Empujar, jalar, morder, patear y pegar son acciones realizadas por sus hijos como una manera de solucionar el problema… el niño puede convertirse en una persona violenta que incluso utiliza la amenaza y la represión en sus relaciones con otras personas”.

A lo expuesto anteriormente, hay que agregar la humillación a la que se somete a los niños cuando se les castiga físicamente. Sin importar cuan bienintencionada sea la acción de pegar a un hijo pequeño, al hacerlo se le degrada como persona y se le vulneran sus derechos de niño y de ser humano. Asimismo, la autoestima del niño se ve seriamente afectada.

Este artículo, www.guiainfantil.com/educacion/castigo/infancia.htm, nos dice al respecto: “El pegar no enseña, no educa, solo representa amenaza y sumisión a los niños. El castigo físico enseña al niño a tener miedo y a ser sumiso a tal punto de disminuir su capacidad para crecer como persona autónoma y responsable”.

En el mismo artículo encontramos:

“Por qué pegan los padres a sus hijos

Existen muchos motivos por los que los padres recurren al castigo físico:

– Porque lo consideran oportuno para la educación de sus hijos

– Porque lo utilizan para descargar sus nervios

– Porque carecen de recursos suficientes para afrontar una situación difícil

– Porque no poseen las habilidades necesarias para conseguir lo que quieren

– Porque no definen bien las situaciones sociales en las que las emiten

– Porque no consiguen controlar sus emociones”

 Dada la desafortunada aceptación que, todavía en pleno siglo XXI, puede tener el reprender físicamente a los hijos, no estamos en posición de culpabilizar o condenar a aquellos padres que utilizan ese perjudicial método correctivo. Pero, como ciudadanos preocupados por el bienestar integral de todos los niños y de la sociedad en que vivimos, sí podemos instar a esos padres a que hagan una profunda auto evaluación de su proceder; que con mente abierta piensen en las razones que pueda haber detrás de tanta severidad hacia sus pequeños y amados hijos.


Hija, yo me porté mal: El acróbata

enero 20, 2012

El acróbata

Mi tesoro, cuando yo tenía como 5 años casi me lastimo muy fuertemente por estar jugando de manera peligrosa. Recuerdo muy bien que estaba sentado en la mecedora de mi abuela (la mamá de mi mamá)… pero antes de seguir, quiero decirte que esa mecedora era igual a la que hay en casa de tus abuelos japoneses, la que usa tu abuelito para ver televisión. Por cierto, cuando estabas recién nacida – un querube caído del cielo – y durante los próximos 6 meses, tu mamá y yo algunas veces te dormíamos con su plácido vaivén. Por ahí hay varias fotos donde te tenemos dormida en los brazos, mientras nosotros dormimos también. Y también recuerdo que tu abuelo venezolano (mi papá, el que aparece en la foto de la sala muy serio y elegante en su uniforme de coronel, y que como sabes murió ya hace unos 8 años) usaba también la mecedora que está en la casa de mi familia allá en Venezuela, para dormir a sus 3 nietos, hijos de mi hermana, tu tía. Recuerdo con muchísimo agrado que mi papá hizo eso con cada uno de sus adorados nietos por mucho tiempo, hasta que cumplieron 3 años de edad más o menos.

Hija, sin querer, mira que historias bonitas salieron sobre mecedoras….

Pero, a veces, las mecedoras también pueden ser peligrosas, sobre todo para los niños traviesos… Te contaba que estaba sentado en la mecedora de mi abuela. Bueno, de pronto comencé a mecerme muy duro, tanto que la mecedora se fue toda hacia atrás, y yo caí al piso aparatosamente, mientras emitía un fuerte grito, más por el gran susto que por otra cosa. Recuerdo que mi abuela llegó corriendo, muy asustada también. Pero al ver que no me había pasado nada, instintivamente me dio un buen regaño y una nalgada, por tremendo. Por cierto, hace años, cuando yo era chiquito como tú, la mayoría de los adultos pensaba que dar nalgadas a los niños (y otras reprimendas físicas) era correcto, pero ahora hay muchísimos, como papá y mamá, que piensan que eso no debe hacerse.

Mi preciosa, a esa edad, los niños hacen ese tipo de cosas peligrosas sin saber que son peligrosas. ¿Entiendes? Ningún niño quiere darse un golpe. Cuando juegan peligrosamente lo hacen sin pensar que puede pasarles algo malo. Yo, por ejemplo, estaba divirtiéndome mucho con el fuerte balanceo de la mecedora sin saber que aquel movimiento brusco podía voltearla, haciéndome caer violentamente.

Gracias a mis ángeles guardianes, esa vez no me pasó nada, pero pudo haberme pasado. Por ejemplo, pude haberme roto un hueso, golpeado la cabeza, etc., y tú sabes muy bien lo malo que es eso.

Así que, cuando estés jugando o haciendo cualquier cosa (sobre todo aquellas bruscas o difíciles para tu cuerpo), acuérdate de este cuento, y piensa si eso pudiera ser peligroso para ti o, también, puedes pregúntale a los adultos que están cerca de ti si puedes hacerlo.

Juega mucho y cuidate mucho, mi corazón de melón.


Hija, yo me porté mal: El destructor

enero 8, 2012

Estimados Soleros,

¡Feliz y Próspero Año Nuevo!

Hoy, domingo 8 de enero de 2012, comienzo, entusiasmado, un nuevo proyecto editorial orientado a la educación de mi hija, y el cual espero poder mantener en el tiempo, mientras la vida me permita servirle de modesto guía. Esto con el fin último de que ella pueda ser una persona buena y feliz, más evolucionada que su padre, y capaz de contribuir con su granito de arena a la edificación de un mundo mejor. 

Como introducción general de los escritos que conformarán este trabajo usaré – temporalmente – el mismo texto de mi escrito anterior, «Hijo, yo también cometí faltas», el cual, por cierto, será publicado igualmente por la revista latin-a, Dios mediante, en su edición de Febrero, en mi columna, Tu Sol. 

Deseando, humildemente, que esta idea pueda ser de alguna utilidad a otros niños y a sus padres, los invito a leer (después del texto introductorio) el primer escrito, en forma de anécdota, y les agradezco de antemano su muy su amable atención.

Ángel Rafael La Rosa Milano

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Hija, yo me porté mal

 Son muchos los cambios positivos que, en décadas recientes, se han producido en el modo de disciplinar a los hijos. Entre mi época infantil y mi actual fase de padre, percibo una diferencia importante, una evolución.

 Salvo por las lamentables excepciones que confirman la regla, podemos decir que en la actualidad los padres infligen menos castigos físicos a sus hijos. Hoy en día, entre otros métodos correctivos, se usa la reprimenda verbal acompañada de una “negociación”, es decir, si el niño comete una falta se le priva de hacer algo que le agrade mucho, por poner un ejemplo.

Y no es que mis progenitores hayan sido unos agresores (a excepción de dos únicas sesiones de “correazos” leves que recibí yo, y una amenaza no cumplida a un hermano de ponerle una inyección, no recuerdo ningún otro castigo corporal), sino que ha habido un natural avance en cuanto al respeto de los derechos de los niños como seres humanos en situación de vulnerabilidad. Y de haber sido padre en el tiempo de mis padres, supongo que yo tal vez habría recurrido a los mismas acciones disciplinarias que hoy rechazo.

Pero nuestra responsabilidad y compromiso de padres son inmensos; nunca cesan. Tenemos que hacer un esfuerzo consciente y constante en mejorar, en bien de nuestros hijos y de toda la humanidad.

 Ha sido suficientemente demostrado que “enseñar con el ejemplo” es el medio más efectivo de inculcar a los hijos valores humanos que les permitan convertirse en hombres y mujeres de bien. Huelga decir que comparto plenamente este enfoque, el cual, permítaseme decir, aplicaron mis padres conmigo y mis hermanos. Y aunque no fueron perfectos (mi esposa y yo tampoco lo somos con nuestra hija), creo que el resultado fue satisfactorio y beneficioso para nuestras vidas.

Pero considero que ese valioso principio de educar a los hijos a través de nuestra conducta ejemplar puede ser mejorado aun más. A veces, cuando regañamos a nuestros hijos por una falta cometida, asumimos, consciente o inconscientemente, una postura de superioridad moral (distinta a la necesaria autoridad) que, primero, no se ajusta a la realidad, porque aunque seamos padres correctos, a la largo de nuestra vida cometimos y cometeremos faltas, algunas graves, y nuestros hijos al ser más puros e inocentes nos superan moralmente. Segundo, cuando nuestros muchachos descubran que tal superioridad no existe y que, por el contrario, somos imperfectos, pudieran llegar a sentirse defraudados y resentidos con nosotros.

 Ciertamente, recuerdo que siendo niño, algunas veces llegué a sentir cierta injusticia cuando se me llamaba la atención muy severamente, porque a pesar de aceptar mi responsabilidad, intuía que mis padres habían hecho cosas parecidas – o quizás peores – y sentía que eso debía hacerlos más humildes y comedidos con nosotros sus hijos al momento de reclamarnos algo e impartirnos disciplina.

Facilitémosle a nuestros hijos el proceso de entender que los padres, como humanos, somos imperfectos; hagámoslo de manera provechosa para todos. Si tenemos que reprenderlos, aprovechemos la oportunidad de explicarles que algunas vez cometimos errores similares, que trajeron consecuencias negativas. Digámosle, por ejemplo, que a esa edad nosotros a veces también nos portábamos mal; que cometíamos y todavía cometemos faltas; que no somos mejores que ellos; que somos iguales, pero que tenemos la obligación de hacerlos entender. Así, estaremos transmitiéndoles un mensaje muy valioso y conciliador, que ayudará a mantener un permanente clima de armonía en la relación padres-hijos, donde reinen el respeto y la confianza mutuos, aun durante esas situaciones tan indeseadas para unos y otros.

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 El destructor

Hija querida, ahora te contaré una de esas «cosas malas» o, más bien, diabluras, que hice a tu misma edad.

Cuando yo era pequeño, y tenía como 4 años (uno menos que tú), hice algo malo. Pero, fue mi mamá (tu abuela), quien me contó lo que pasó, por que yo no recuerdo.

 Dice tu abuelita que un día me puse muy, muy bravo, porque ella y tu abuelito (mi papá) me castigaron por no hacer caso. Entonces, me puse a saltar sobre un bonito “Cuatro” de juguete que yo tenía y quería mucho (el cuatro es el instrumento de cuerdas de Venezuela), hasta que lo rompí todo, dejándolo convertido en puros pedacitos de madera.

 Aunque no puedo acordarme de eso, guardo una foto de aquellos días, en la que estoy “tocando” el cuatro, con cara de angelito, muy sonriente.

 A veces, cuando los niños se ponen tan pero tan bravos es porque sienten que los padres no los entienden o están siendo muy duros con ellos. Y como son pequeños y no saben decir muy bien lo que piensan (además, aunque no quieran tienen que hacer lo que digan papá y mamá), su forma de decirlo es llorando, gritando o también haciendo cosas bruscas.

 Pero, tú sabes que los padres tienen que enseñar a sus hijos todo el tiempo. Algunas veces poniéndoles castigos que los hijos no siempre entienden y los hacen sentirse tristes o bravos.

 Romper aquel bonito cuatro fue muy mala idea, porque me quedé sin mi juguete musical preferido, lo que me hizo sentir muy arrepentido y triste por varios días. Y mis padres, además del castigo por lo que había hecho antes, me pusieron otro más por romper algo tan importante y bueno para mí.

 Pero lo importante, mi preciosa, es que sepas que, yo también, como tú y como todos los niños del mundo, me portaba mal de vez en cuando, y mis padres también me regañaban haciéndome sentir mal. Yo quisiera que tú, aunque tienes que aprender por ti misma, pudieras aprender también de mis muchos errores, para que tengas menos problemas cada día, y puedas estar feliz mucho tiempo seguido.

 Dios te bendiga hoy y siempre, mi bellísima, y me ayude a ser un buen padre para ti.

Tu Papi


ANÉCDOTAS DE MI PAPÁ

junio 20, 2010

¿Veré a mi papá en el «más allá»?

Días atrás, súbita e inesperadamente, fui consciente de algo que me emocionó grandemente. Algo relacionado con mi difunto padre y con la muerte.
Por primera vez, desde que falleciera mi papá, hace 20 años, caí en cuenta de que es posible que me reúna con él cuando muera yo. ¿No es alucinante?
Siempre he creído que los seres humanos, siendo una forma de energía, al dejar el plano terrenal no nos acabamos sino que nos transformamos en una entidad energética distinta, y pasamos a otro plano inmaterial. Según esa creencia, mi papá y demás seres queridos fallecidos existirían en «el más allá», como «espíritus».
De hecho, soy una de esas personas – poco originales – que afirma que tiene algún tipo de comunicación con los espíritus. Aunque, en mi caso, es exclusivamente con mi progenitor.
Sobre el tipo de contacto que tengo con él no hablaré aquí. Uno, porque lo considero algo muy personal, dos, porque, además de no tener pruebas – como es de esperarse – no tengo la más mínima intención de convencer a nadie sobre mi experiencia.
Lo que sí quiero compartirles hoy es que, a pesar de mis creencias en la «vida después de la muerte» y en mi comunicación con mi papá, no se me había ocurrido pensar, en todos estos años, que, al morir ¡yo podría reencontrarme con él!
Esa posibilidad me tiene muy animado e ilusionado estos días. Aclaro, no tengo ningún apuro en tener ese reencuentro padre-hijo (mi adorada hija de 17 años es mi más grande razón de vivir), pero la sola esperanza de estar con mi amado padre, cuando me llegue la hora, es algo simplemente indescriptible, maravilloso.
Si antes no temía a la muerte – por considerarla una aventura más – ahora menos. Por el contrario, cuando ésta sea algo inevitable – después de disfrutar por muchos años más a mi hija, como espero – partiré gustoso, anhelando el «eterno» abrazo que me daré con mi papá.

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Lesionado por «pantallero»

Mi papá, hay que decirlo, siempre se mantenía en buena forma física, y según me contaba él mismo, de joven le gustaba mucho ejercitarse y hacer deporte. El hecho de que llegó a ser un destacado paracaidista militar, y que yo lo vi jugar softbol y voleibol a sus cuarenta años, lo demuestra.

Lo que ocurre – también hay que decirlo – es que el deportista en cuestión a veces era algo «pantallero», como llamamos jocosamente en Venezuela a alguien que alardea de cualidades o habilidades que no necesariamente tiene tan desarrolladas.

Sin embargo, en mi papá, ese rasgo, más bien ocasional, que afloraba principalmente durante alguna actividad deportiva o física en general, resultaba sumamente divertido para los presentes.

Recuerdo que en esas situaciones – sobre todo compartiendo algún juego deportivo con nosotros sus hijos – cuando adoptaba poses de deportista profesional (era algo natural, no lo hacía premeditadamente para entretener), mi mamá le gritaba: «¡Ángel La Rosa, te pasas de pantallero!».

Pero lo que quiero contarles hoy es que ese «pantallerismo» de mi papá una vez casi le cuesta una lesión seria.

A petición mía, mis padres habían instalado en el jardín de la casa unas barras paralelas (suficientemente altas para usarse también como barras fijas), para que mi hermano menor y yo pudiéramos ejercitarnos frecuentemente. Un día que yo estaba haciendo mis ejercicios acostumbrados, mi papá se acercó, y para sorpresa mía, luego de hacer unos muy leves y brevísimos movimientos de calentamiento para los brazos, se paró frente a mí en el extremo opuesto de las barras, cual gimnasta que se dispone a empezar su rutina.

Sorprendido como estaba, rápidamente le pedí que detuviera su accionar, porque el acondicionamiento que hizo no era suficiente. Además le pregunté si él estaba seguro de poder hacer barras. No me hizo caso; me contestó que estaba bien, e intentó subirse…

¡Craso error! El aguajero de mi padre, no había completado el salto de impulso, cuando cayó al piso aparatosamente, emitiendo un grito por el fuerte dolor que sintió en uno de sus tríceps.

Tras cerciorarnos de que no era una lesión seria, lo despedí con una palmadita compasiva en la espalda. No le dije nada; no quise «hacer leña del árbol caído». El tremendo susto que le causó aquella temeridad, y la molestia que le quedó en el brazo fueron suficiente escarmiento.

Al quedarme solo nuevamente, no pude evitar reírme de mi padre, recordando toda la escena, y pensando que eso le había pasado por pantallero.

Papá, perdóname si el recuerdo de tu intento gimnástico fallido me hace gracia. Pero, uno, no hubo consecuencias serias que lamentar, dos, al final es otra anécdota simpática tuya.

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Un militar muy civil

En países como el nuestro, las fuerzas armadas tradicionalmente han gozado de mucho prestigio, autoridad y, sobre todo, poder. Fuera de los cuarteles, en sus respectivas comunidades, incluso los soldados rasos son prácticamente venerados por muchos de sus vecinos civiles. Esto hace que un buen número de uniformados, desafortunadamente, abusen de ese privilegio socio-cultural, sacando provecho personal, injusta y descaradamente.

Valga mencionar que yo estudié los 5 años del bachillerato en un internado castrense y, aunque era sólo un adolescente, pude experimentar en carne propia el trato deferente generalizado que recibe quien porta un uniforme militar.

Abro un paréntesis para decir que en todos estos años de dictadura narco-genocida venezolana, adicionalmente, los militares son percibidos por la ciudadanía como elementos abusivos, corruptos, dañinos, peligrosos. Algunos de ellos, de hecho, son capaces de cometer crímenes atroces contra sus conciudadanos.

Volviendo al relato, mi difunto padre – quien se retiró de su amada y otrora honorable Guardia Nacional con el grado de coronel – fuera de los cuarteles era el más civil de los civiles.

Cuando se encontraba fuera de servicio, procuraba vestirse de paisano lo más posible (con la excepción de eventos socio-familiares muy especiales, como su casamiento y los 15 años de su hija, claro está). Con los años entendí que, entre otras razones – como su seguridad personal, por ejemplo – lo hacía para no recibir trato preferencial en determinadas situaciones, tales como diligencias cotidianas.

Sus sólidos principios sobre no abusar de la investidura castrense nos fueron inculcados a sus hijos, huelga decirlo. Recuerdo bien cuando, siendo yo adolescente, me pidió que nunca me valiera de su condición de oficial de la GN para obtener beneficios, y me recalcó: «Si algún día, por voluntad propia, cometes alguna falta – incluso si amerita cárcel – no esperes que yo te salve. Como el hijo de un oficial de las fuerzas armadas que eres, yo espero que tú des el ejemplo».

Aprovecho para disculparme con él, a 20 años de su partida, por no haber sido el más ejemplar de los primogénitos de un militar. Y en relación a la cárcel, sí la visité una vez… pero sólo por un par de horas, por permanecer con mis amigos en un bar de mi localidad, hasta las 7 de la mañana, haciendo más bulla de la permitida.

Otra de las instrucciones expresas que me diera mi padre tenía que ver con los funcionarios policiales o militares corruptos: «Hijo, nunca le des dinero a un funcionario para que te exonere de una multa o lo que sea, ¡sobre todo a un Guardia Nacional!»

Aquí, me es preciso acotar que, sólo en tres oportunidades de toda mi existencia, tuve que decir a los funcionarios de turno (policías y Guardias Nacionales aeroportuarios) que mi progenitor era coronel de la GN, y lo hice porque en esas tres ocasiones fui acusado falsamente, e incluso sentí que mi seguridad personal estaba en peligro. Afortunadamente, decirlo me salvó de ser chantajeado y, muy posiblemente, lastimado.

En cuanto al arma de reglamento, por ejemplo, recuerdo que era práctica común entre militares «llevar encima la pistola», estuvieran o no uniformados. Pero, relativamente temprano en su vida castrense, mi papá decidió no andar armado en la calle. Uno, porque – como me explicaría mi mamá – él entendió que su personalidad temperamental y las armas eran una pésima combinación; dos, porque no le parecía necesario, sencillamente.

Sólo una vez, en todos mis años junto a mi padre, recuerdo haberlo visto poniéndose la pistola en el bolsillo, pero sólo como medida preventiva.

Yo tendría unos 6 años de edad. Vivíamos en una zona del Oeste de Caracas, originalmente concebida como una bonita urbanización de pequeños edificios residenciales, rodeados de eucaliptos, y con vista a unos verdes cerros, los cuales fueron convirtiéndose aceleradamente en áreas marginales.

Según me explicarían mis padres, algunos jóvenes habitantes de los cerros más cercanos, esporádicamente bajaban en grupo hasta nuestra urbanización, con el fin expreso de cometer fechorías.

El día que vi al entonces «teniente La Rosa» calzarse su revólver y salir a la calle, fue precisamente en una de esas inesperadas e indeseadas ocasiones. Afortunadamente, no hubo hechos que lamentar. Sólo alcanzo a recordar que algunos residentes de nuestro sector comenzaron a alertar, a gritos, sobre la inminente venida de un «grupo grande de gente del cerro».

Tras ordenarnos a nosotros que nos pusiéramos a buen resguardo dentro del apartamento, y pedirle a los vecinos que se metieran en sus casas, mi papá salió a la calle con su arma, y se ubicó en un buen punto de observación, detrás de un pequeño muro.
Al parecer, el grupo o se dispersó o se fue en otra dirección, ya que, por suerte, no se presentó en nuestra urbanización.

Los militares retirados tienen la potestad de uniformarse en ocasiones especiales, pero, tras su retiro, mi papá nunca más lució el uniforme. No porque no le gustara. Al contrario, siempre lo portó con mucho orgullo (y gallardía, hay que decirlo. felizmente conservo recuerdos fotográficos). Sencillamente, no lo creyó necesario.

Siempre admiré la entrega de mi papá a su profesión de soldado. No obstante, también valoré grandemente su decisión de dejar el uniforme y el arma sólo para los cuarteles; de ser un militar muy civil.

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Paseo amazónico

Al «Coronel La Rosa»- mi padre – como a cualquier militar, la carrera de las armas le deparó experiencias muy diversas, incluidas algunas en verdad emocionantes. El sólo hecho de ser paracaidista, por ejemplo, le permitiría vivir grandes emociones en sus primeros años como oficial de la otrora honorable Guardia Nacional venezolana (actualmente es una organización criminal).

Pero hoy quiero referirme a una actividad que a él le resultó particularmente atractiva. Y a mí también…

Me disculpo de antemano por las imprecisiones temporales atribuidas a mi mala memoria.

Siendo mi papá capitán antiguo o mayor recién ascendido – no recuerdo – se desempeñó brevemente como uno de los oficiales de enlace, entre el entonces Ministerio de Obras Públicas (MOP) y las Fuerzas Armadas, para la supervisión de un proyecto habitacional en una población indígena del estado Amazonas.

El oficial La Rosa, un padre muy motivador y consentidor, logró que le permitieran llevar a su hijo a uno de sus viajes.

Aunque no puedo recordar los detalles de aquella «aventura» compartida con mi papá, sí recuerdo algunos momentos inolvidables para mí: El despegue de la aeronave militar desde el aeropuerto de La Carlota, en el Este de Caracas (muy posiblemente mi primer vuelo en avión); el deslumbrante paisaje selvático visto desde las alturas; mi primer encuentro con indígenas.

De la interacción con mi papá durante todo el viaje sólo recuerdo una cosa: Mientras el grupo de trabajo inspeccionaba el desarrollo habitacional, me llamó la atención que las duchas de las viviendas estuvieran no en el interior sino en el exterior de las mismas. Mi papá me explicó que tuvieron que hacerlo así, ya que los indígenas, al estar acostumbrados a bañarse en los ríos, al aire libre, a la vista de todos en su tribu, nunca pudieron adaptarse a las duchas interiores.

Como explico en relatos y demás escritos anteriores, desde que yo era muy pequeño, mi papá, ocasionalmente, cuando las condiciones lo permitían, procuraba mostrarme directamente, in situ, algunas facetas de su trabajo como militar. Me viene a la memoria en este instante un recuerdo que había olvidado: Yo, muy pequeñito, correteando alegremente por los amplios pasillos de inmensas columnas de la antigua EFOFAC (Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación).

Pero volviendo a la anécdota presente, los recuerdos de aquel alucinante paseo amazónico, si bien vagos en mi mente luego de tantos años, hoy reviven en mí esa reconfortante sensación de camaradería con mi padre y de admiración hacia él, que yo experimentaba cuando compartía conmigo su vida de soldado en su mundo militar.

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¿Campamento peligroso?

Yo tendría entre 6 y 8 años de edad. Recuerdo la escena vagamente: Mi mamá estaba llorando porque ese día mi papá me llevaría con él a un campamento militar – en las afueras de Caracas – y, ella, por más que trató, no pudo disuadirlo.

Lo siguiente que me viene a la mente es estar con mi papá y otros uniformados en el claro de un bosque; había una tienda de campaña y un Jeep. No logro recordar como llegamos a ese lugar, pero muy posiblemente fue en aquel vehículo rústico.

Hay otra imagen con una culebra: uno de los militares la atrapó, y si la memoria no me falla, ¡decidieron incluirla en el menú del almuerzo! Pasada por candela, por supuesto.

No tengo idea ni del objetivo ni de la magnitud de aquella actividad. No sé si se limitaba al número reducido de efectivos que había en aquella carpa, o sí éstos eran parte de un grupo mayor. Tampoco guardo en mi memoria sonido de disparos (creo que los recordaría), a diferencia de unas maniobras a las que también asistí con mi papá (ya más grande, mientras estudiaba en el Liceo Militar), y donde la mayoría de los ejercicios incluían armas de alto poder de fuego, como ametralladoras, por ejemplo. Incluso, presencié maniobras con el explosivo C-4.

No alcanzo a recordar mis emociones infantiles sobre aquella experiencia. Pero, apartando la mezcla de sorpresa con repulsión que sentí al ver a los soldados comiendo culebra asada, no tengo ningún mal recuerdo; es probable que me haya divertido. Por cierto, creo que en la casa familiar allá en Venezuela, hay una foto de aquel día.

Sin embargo, ahora como adulto y padre, concuerdo con mi mamá, desapruebo que mi papá me haya llevado con él a ese campamento militar. No porque piense que haya sido muy peligroso necesariamente (claro que en un bosque montañoso siempre hay sus peligros, como las culebras, por ejemplo), sino porque sencillamente no era una actividad para civiles, y mucho menos para niños de mi edad. Seguramente, eso era lo que preocupaba a mi mamá, y con razón.

¿Hubieran podido otros de los militares presentes llevar a sus hijos libremente? ¿Mi papá informó a sus superiores y les pidió autorización para llevarme? O, tal vez ese día él era el oficial más antiguo y simplemente consideró que no había problema. Cualquiera pensaría que siendo una zona militar el acceso sería más restringido. Pero también es cierto que carezco de información para saber de que se trataba. También es posible que, al igual que ocurre con algunos cuarteles y demás unidades militares que pueden visitarse (varias veces fui con mi mamá a ver a mi papá y a llevarle comida cuando estaba de guardia), tal vez aquel campamento podía ser visitado por familiares y civiles en general. No sé.

De todas formas, como digo al final de todas las anécdotas paternas, sé que lo que prevaleció en aquella extraña idea de mi papá fue que compartiéramos los dos, y en este caso en particular, que yo viviera una experiencia de su trabajo como soldado, que él suponía sería emocionante para mí.
Siempre gracias papá.
¡Feliz «Cumpleaños»! en los mundos infinitos…

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Mi cómico favorito

Yo nunca he sido un buen contador de chistes, por eso admiro a quienes tienen esa gracia.

Es posible que sea una condición familiar. Ni mis padres ni ninguno de nosotros, los tres hijos – dos varones y una hembra – nos distinguimos por esa forma de comicidad en particular. En cambio, tanto por la rama paterna como por la materna tengo parientes sumamente chistosos (algunos ya fallecidos), con el don de hacer reír a los demás.

Sin embargo, cuando yo era niño, mi papá de vez en cuando me echaba chistes (algo que no recuerdo haberlo visto haciendo con otras personas, adultas sobre todo), muy inocentes, huelga decirlo. Seguramente, con nosotros sus hijos se atrevía a mostrarse cómico; no le importaba hacer el ridículo. Algo como lo que hacía yo con mi hija cuando era chiquita, y hago actualmente con todos los niños pequeños.

Valga acotar que mi papá, sin ser contador de chistes, sí tenía un muy afilado sentido del humor (como buen oriental. No de Asia, sino de Venezuela), lo que le hacía tener salidas rápidas y divertidas. Por ejemplo, mi mamá me contó que un día al despertarse, se le acercó a mi papá – quién también se desperezaba su lado – y tras preguntarle juguetonamente al oído, «¿Quién es el negrito más rico de este mundo?», él le respondió en fracciones de segundo, «Michael Jackson».

De aquellas sesiones cómicas paternas recuerdo algo en particular; algo que 50 años después todavía me divierte: mi papá se destornillaba de la risa con sus propios chistes, aunque me los repitiera, mínimo, 3 veces cada uno.

Lo chistes en sí mismos me hacían reír mucho, pero definitivamente lo que más me divertía eran las contagiosas carcajadas de mi papá.

Ilustración De Fondo Aislado De Dibujos Animados De La Familia Feliz Padre  E Hijo Stock de ilustración - Ilustración de amor, ruidosamente: 199245673
Dibujo extraído de dreamstime.com

Seguidamente, quisiera compartir con mis amables lectores tres de esos chistes paternos:

1)

Mi papá: «¿Tú sabes por qué al ‘Rey Pelé’ lo llaman así?»
Yo: «No. ¿Por qué?».
Mi papá (haciendo la demostración respectiva con mucho dramatismo escénico): «Porque siempre que iba a patear un penalti, fallaba la pelota y decía ¡ay, la pelé!».

2)
Un tipo se le acerca a otro en plena calle y le pregunta, «Disculpe, Señor, podría decirme cuál es la acera de enfrente», a lo que éste responde, incómodo, «¿Usted se está burlando de mí? Por supuesto que es aquella» (señalando al lado opuesto de la calle). Entonces, el tipo le dice, «le juro que no es burla. Es que estoy confundido, porque acabo de preguntarle lo mismo a aquella Señora que está del otro lado, y me dijo que la acera de enfrente es esta».

3)

A un conductor se le espichó un caucho, pero siguió rodando unos 100 metros, hasta detenerse frente a un manicomio. Cuando se disponía a cambiar la llanta se dio cuenta de que ¡le faltaban las cuatro tuercas! y se quedó pensativo, sin saber qué hacer. Un paciente del manicomio que lo observaba desde una ventana, le pregunta, «¿Amigo, cuál es el problema?». El conductor le responde, «Por seguir rodando después del pinchazo, se le salieron todas las tuercas al caucho, y ahora no puedo cambiarlo». Entonces, el paciente, haciendo alarde de una gran inventiva, le sugiere, «¿Por qué no le quita una tuerca a los otros tres cauchos, y se las pone a ese? Así todos tendrían tres, y podría rodar sin problemas.» El hombre, impresionado por aquella genial solución, después de agradecerle muy efusivamente le pregunta al interno, «Amigo, dígame algo, ¿Cómo es posible que alguien tan inteligente como Usted esté en el manicomio? Y éste le responde sonreído, «Precisamente, yo estoy aquí por loco, no por bruto».

Querido papá, el recuerdo de tu rostro sonriente y tus carcajadas, durante aquellos shows cómicos para mí, todavía me hace reír – y llorar – de felicidad.

Por todos esos divertidos e invaluables momentos juntos siempre serás mi cómico favorito.

¡Gracias, papá!

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Respetuoso con mis amigas

(Aprovecho para desearles a todos los papás buenos del mundo – especialmente al mío en el «Cielo» – ¡FELIZ DÍA DEL PADRE! Además quiero agradecer muy sinceramente a todos mis amables Soleros en todo el mundo, por su positiva respuesta a la anécdota anterior).

Sé que muy recurrente y abundantemente ensalzo a mi papá por su caballerosidad, al punto de sonar exagerado, pero, créanme, el hombre se merece el reconocimiento.

Apartando a mi primera novia formal (primer amor verdadero), que tuve a la edad de 19 años – y con quien estuve un año – y a mi segunda novia formal (segundo amor verdadero), que tuve a los 38 – y con quien me casé, tuve una hija y estuve 15 años – mis padres sólo me conocieron amigas. Es decir, por espacio de 14 años (no cuento el año que pasé en la antigua URSS y los 4 que pasé en China), nunca llegaron a conocerme «pareja legal».

En todos esos años, cuando iba a la casa acompañado de alguna amiga, mi papá, huelga decirlo, en todo momento se mostraba sumamente respetuoso y cordial. Incluso, paternal, diría yo. Vale destacar que lo mismo ocurría con las amigas y parejas de mi hermano menor.

A diferencia de mi madre, quien, sin ser ni «invasiva» ni inquisidora, era más curiosa y cautelosa, mi papá nunca llegó a hacerme preguntas sobre mi tipo de relación con esas muchachas. Si eran sólo conocidas, o buenas amigas, o conquistas, o novias, etc..

Fuera de las preguntas usuales que él, como mi padre, hacía en las conversaciones con esas jóvenes, o de algún comentario relacionado que le hiciera yo a él posteriormente, nunca quiso saber algo más allá.

Mi papá le dispensaba a todas mis amigas la misma deferencia, sin importar su apariencia, su condición social, ocupación, o su edad. A sus ojos, además de ser acompañantes de su hijo, eran mujeres, damas, merecedoras de todo su respeto y toda su consideración. De hecho, algunas de ellas llegaron a expresarme palabras de elogio y agradecimiento hacia mi papá, por su trato deferente, cálido. Y aquellas con quienes tuve una amistad más cercana y duradera llegaron a tenerle bastante aprecio.

Hoy, como padre de una adorable «catorceañera», quien en un par de años entrará en esa dinámica social con sus amigos varones, y tendrá mi aprobación para visitarlos (sólo durante reuniones familiares, o fiestas supervisadas, advierto desde ya), espero que los papás de esos futuros conocidos de mi adorada hija sean todo lo caballerosos, considerados, protectores y paternales que fue mi papá con mis amigas.

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Permisivo con las fiestas

Una de tantas cosas que mis hermanos y yo tenemos que agradecerle a nuestros padres es que, durante toda nuestra juventud, nos permitieran hacer fiestas en la casa.

En el caso específico de mi papá – como explico en otras anécdotas suyas – es muy relevante, porque él era bastante más reservado y conservador que nosotros sus 3 hijos (y que mi mamá también). De hecho, a lo largo de mi festiva juventud, muchos amigos míos, asiduos asistentes a esas parrandas, se mostraban muy sorprendidos al enterarse de que mi progenitor y dueño de casa – «de festejos»- era un oficial de las fuerzas armadas.

En mis años juveniles, ya me llamaba la atención esa característica de mi papá; esa actitud tan solidaria y condescendiente con sus muy prolíficos organizadores de fiestas. Pero, fue con los años – y los bonches – que entendí las razones de aquella complicidad paterna. Lógicamente, privaba su deseo de vernos felices, pero también la certeza de que sus hijos, aunque bastante fiesteros, éramos suficientemente responsables y comedidos para mantener aquellas grandes rumbas bajo control, sin excesos ni violencia. Y más importante aun, la inmensa tranquilidad de saber que sus inquietos muchachos estaban festejando con sus amigos en la seguridad de su propia casa, justo debajo del dormitorio de los padres.

Por cierto, mis amigos disfrutaban tanto esas ocasiones que recuerdo una época cuando casi automáticamente después de saludarme me preguntaban: «¿Cuándo es la próxima rumba?».

Aprovecho para aclarar algo – y creo hablar por mi hermana y mi hermano también. Personalmente, mi tendencia a hacer fiestas en la casa no era por ganar popularidad, sino porque, uno, desde niño siempre he tenido el deseo genuino de hacer felices a mis amigos, dos, las fiestas eran la mejor forma de conocer muchachas.

Papá, perdóname por todas las horas que pasaste en vela producto de mis muchas fiestas caseras (¡más las que no dormiste cuando salí a rumbear a la calle!). Espero que haya realmente un «eterno descanso», para que así puedas recuperarte, aunque sea medianamente…

Siempre gracias por esa paternal comprensión. ……………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………………..

El militar comprensivo

Me sobran razones para admirar a mi padre: Su conducta recta; su responsabilidad para el trabajo, su elevado altruismo, su inteligencia, su solidaridad con los intereses de nosotros sus hijos, entre otras tantas. Pero, hay una cualidad suya que siempre le valoré especialmente en vida: Su gran respeto por nuestra individualidad.

Pero, hablaré de mi caso particular.

Podría decirse que soy una persona poco convencional, sin caer en el extremo. Condición que se acentuó más en mis años universitarios. Por ejemplo, recuerdo que a mediados de la carrera me dio por imitar el estilo de un popular cantante de la época, haciéndome una “colita” en el cabello. Más adelante, se me ocurrió probar suerte como stripper en despedidas de solteras, lo que se convertiría en mi principal fuente de ingresos (y de diversión) por los siguientes 4 años. Posteriormente, trabajé un par de años como animador de espectáculos nocturnos…

Esto no tendría nada de particular, a no ser porque mi papá, quien era bastante más conservador que yo, era también militar, oficial de las fuerzas armadas, con el grado de coronel.

Yo suponía entonces que a él no le agradaban mucho mis ocurrencias (ni a mi mamá tampoco). Pero, salvo por algunas conversaciones de sobremesa acerca de mis shows, nunca me dijo nada. Esto era muy significativo, tomando en cuenta su moralismo y su fuerte carácter. De hecho, a veces cuando nos mandaba a mis hermanos y a mí a hacer algo se le salía lo militar.

Creo que nunca me hizo señalamientos sobre esos asuntos porque ambos coincidíamos tácitamente en que si bien mi actitud era algo irreverente, no constituía ningún perjuicio para nuestra familia. De lo contrario, yo no lo hubiera hecho, y él tampoco lo hubiera permitido.

En el caso específico del strip-tease y la animaciónhoy, en retrospectiva, me recrimino bastante a mi mismo muchos aspectos de esos trabajos. Pero, en aquel momento, como adulto responsable, al menos procuraba ser transparente, honesto y respetuoso con mi familia sobre esas actividades. Y siento que mi papá también, al menos, agradecía eso y me entendía.

Apenas dos años atrás, durante nuestras vacaciones decembrinas en Venezuela, mi mamá recordó en una de tantas conversaciones familiares, a modo de broma, que ni a ella ni a mi papá les gustaba para nada mi look de “mataor”, y que de hecho les incomodaba bastante. ¡Y pensar que llegué a acompañarlos así a innumerables actividades familiares y sociales!

Esa confesión de mi mamá, vino a confirmar mi vieja sospecha de que mis padres cuestionaban en secreto aquel excéntrico corte de cabello (y muy probablemente mi faceta de «animador»). Pero sobre todo me sirvió para reafirmar, casi 20 años más tarde, el profundo sentimiento de amor y respeto hacia mi padre por haberme amado y respetado él a mí también como su hijo y como persona.

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Compañero de viaje

El fin de semana pasado, durante uno de mis acostumbrados y gratificantes paseos ciclísticos con mi hija adolescente (visitamos el antiguo asentamiento de un castillo samurai construido hace 500 años), mientras pedaleaba, iba pensando en un rasgo suyo que ya había notado unos años atrás: su curiosidad y su naturaleza aventurera la hacen ser flexible, le permiten explorar más allá del plan trazado. Salió a su padre. Jajaja.

A la hora del almuerzo, en un paraje montañoso muy apacible, dentro de la otrora fortaleza, aproveché para explicarle a mi hija que me alegraba mucho que ella y yo compartiéramos esa flexibilidad, y que la misma era también característica de su abuelo paterno.

Cuando mi papá y yo viajábamos solos, prácticamente lo único planificado era el punto de llegada. Nuestros viajes eran auténticas aventuras exploratorias. En esas situaciones, nuestro carácter relajado y adaptable nos posibilitaba hacer cambios sobre la marcha, salirnos del plan de ruta cuando quisiéramos.

Siempre recuerdo con especial emoción nuestros periplos juntos por la costa oriental venezolana, cuando íbamos a visitar a la familia en Carúpano, ciudad natal de mi papá. Podíamos detenernos en muchos puntos a contemplar el idílico paisaje marino (la mayoría de las pinturas en la casa familiar, allá en Venezuela, son marinas, por la directa conexión que tenía mi papá con el mar), o salirnos del camino para incursionar en algún poblado pintoresco, o pararnos repentinamente para darnos un breve chapuzón en alguna playa paradisíaca, o hacer un alto aquí y allá para degustar algunos de los sabrosos alimentos locales.

Eran buenos tiempos, cuando Venezuela aun contaba con una infraestructura turística bastante decente; cuando el local y el foráneo podían disfrutar de las infinitas bondades de nuestro rico y hermoso país, en un ambiente de orden y seguridad aceptables. Como siempre digo, distaba mucho de ser un país perfecto, pero podíamos recorrerlo, admirarlo, palparlo, disfrutarlo.

A Chávez, Maduro, sus secuaces y colaboradores los condenaré y repudiaré por siempre, no sólo por ser una banda de criminales que somete cruelmente a mi pueblo, sino por haber arruinado nuestra Tierra, nuestro paraíso.

Discúlpenme el amargo paréntesis. Volviendo a los momentos felices con mi papá, en su «cumpleaños» (11 de febrero), y a 18 años de su partida,  quiero agradecerle eternamente por nuestros emocionantes viajes juntos; por hacerlos más divertidos con su carácter jovial y su espíritu aventurero, y, hay que decirlo, con su deseo paterno de hacerme feliz a mí, su hijo y compañero de viaje.

¡Feliz cumpleaños, papá!

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(17 Octubre, 2020)                                                                                                                                            El  pelador de naranjas                                                                                                                  
Tras jubilarse de las fuerzas armadas, el coronel La Rosa, mi papá, comenzó a pasar más tiempo en la casa y, en consecuencia, a hacer cosas que antes yo, en lo particular, no le conocía.
Una de esas nuevas actividades era pelar naranjas.
En esa época, cuando Venezuela todavía era un país decente (ahora está tan destruido y arruinado que da lástima. Parecieran tiempos muy lejanos, o que hubieran sido sólo una leyenda), y mucha gente podía vivir bien de su trabajo, mis padres le compraban naranjas por cientos a unos buenos vecinos italianos que tenían una pequeña finca frutal. Se acababa un saco y comprábamos otro. Esa dinámica se repitió por varios años. Debido a sus trabajos dignos, productivos y honestos tanto mis padres como los vecinos podían brindarle una buena vida a sus respectivas familias.
Como les estaba diciendo, a mi padre, el coronel la Rosa (como lo llamaban todos por ser el rango con el que se retiró de su amada y otrora honorable Guardia Nacional) le dio por pelar naranjas. No sólo las suyas, aclaro, sino las de todos los comensales presentes. Y en ocasiones las exprimía para que tomáramos sumo. También lo recuerdo sirviendo, de vez en cuando, otras frutas como patilla, melón, etc., o haciendo el jugo.
Ese hábito, ese gesto de mi papá- entre otros que sí le conocí de niño – era el reflejo de su naturaleza generosa y servicial, de su necesidad de proveer para los suyos, de su gran responsabilidad y su infinito amor de padre.
Ayer en la noche (del 16 de octubre, aquí en Tokio) mientras consideraba opciones para la anécdota paterna de hoy, me vino a la mente ese recuerdo tan emotivo y aleccionador para mí, para mi vida: mi amado padre, un día cualquiera, justo antes del desayuno, pelando sus naranjas, de lo más contento – con mucha habilidad, hay que decirlo – compartiendo con nosotros, velando por su familia, como lo hace todo buen padre.      

……………………………………………………………………………………………………………                                                                                                                                                                                                                                      Arepa con queso amarillo

Pasé el domingo y el lunes contándole a familiares y amigos en Venezuela y en todo el mundo que, el sábado, tuve la inmensa dicha de comer arepas (después de varios años sin poder hacerlo), ya que una empresa peruana radicada en Tokio está importando nuevamente la Harina P.A.N. a Japón. Valga acotar que tanto mi hija como mi esposa japonesas también se desviven por comerlas, y siempre que tenemos la oportunidad es motivo de fiesta.
En una de esas conversaciones, mientras mi interlocutor y yo nos dábamos a la tarea de enumerar la infinidad de productos con los que rellenábamos las arepas en la otrora Venezuela de abundancia, me acordé de la predilección de mi difunto padre por el queso amarillo, que, si mal no recuerdo, era uno de los más baratos entre la gran y deliciosa variedad de quesos  existente en mi país. Por eso, para satisfacción de mi papá, en la casa frecuentemente había queso amarillo para sus arepas. A mí y demás miembros de la familia también nos gustaba, y de tanto en tanto lo comíamos gustosos, pero sin llegar al grado de «manía» de mi papá.
Me hace mucha gracia recordar la «fijación» de mi progenitor por el queso amarillo. Cuando se nos presentaba la feliz ocasión de ir juntos a una arepera, todos teníamos dificultad para elegir entre tantas opciones deliciosas; todos aprovechábamos para saborear algo especial, diferente a los sencillos rellenos que comíamos ordinariamente en casa. Todos menos mi papá, quien, sin dejarse seducir por la exuberante gama de manjares ante sus ojos, invariablemente se decidiría por su insustituible arepa con queso amarillo.

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«Revelación del Año»

En una anécdota anterior, «Tenor… en la ducha», les relaté que mi papá, quien se crecía como cantante a la hora del baño (jamás en público), una vez me sorprendió, incluyendo en su repertorio dos canciones de mi autoría.

También explico en «Corazón oriental fiestero», como se desataba mi padre entre sus hermanos y demás familiares directos.

Bueno, el cuento de hoy trata de otra sorpresa musical que me brindara mi progenitor, en una fiesta decembrina celebrada, precisamente, donde una hermana suya, en su Carúpano natal.

En aquella inolvidable cena navideña, junto a mis muy queridos tíos y primos paternos, me puse a cantar con un Cuatro. Lo que ocurrió entonces me emocionó hasta las lágrimas, y me emociona todavía hoy.

Tras dedicarle, muy modestamente, a los animados comensales carupaneros algunas canciones de su amada región, me animé a cantar dos valses orientales de mi cosecha, «Puerto Píritu» y «San Antonio del Golfo», los mismos que, anteriormente y de forma inesperada para mí, se había aprendido mi papá y cantaba bajo la ducha.

Mi padre, quien, repito, «jamás de los jamases» cantaba en público (a lo sumo, hacía bocaquiusa o se «tragaba las palabras» para no ser escuchado), se soltó a cantar mis dos canciones, como si nada, tan tranquilo, a todo pulmón, como si para él cantar frente a los demás de pronto fuera lo más natural del mundo.

Y que conste que para esa época, él ya tenía muchos años que no bebía.

Perplejo como estaba por aquel «milagro», yo, en la primera canción, fui bajando el volumen de mi voz gradualmente, hasta dejar a mi papá solo, en los solos.

Tuve que respirar muy fuertemente para contener un llanto de pura alegría.

La perplejidad de mis tíos no fue menor. Conocedores de la timidez de su hermano en esas lides, estallaron en vítores y aplausos.

En la segunda canción, ya simplemente le di la entrada a mi papá y lo dejé a sus anchas. Yo nada más le hice el coro, y me limité a disfrutar, alucinado, aquel acontecimiento sorprendente.

Permítaseme un explicación técnica: Aparte de su timidez, siendo yo muy joven ya había notado que cuando mi papá estaba solo, oyendo un disco o la radio, le resultaba imposible seguir una canción, porque él siempre se adelantaba ¡y por bastante! Así que lo que hice aquel día memorable fue seguirlo yo a él, con el Cuatro; adaptándome perfectamente a su tiempo, de modo que ni él mismo ni ninguno de los presentes notara su proverbial desfase musical. Resultado: ¡Un concierto de mi padre para la posteridad! y la votación unánime de la concurrencia, que le valió el premio como «Revelación del Año».

Papá, gracias por tan grata recordación.

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Impaciencia destructiva

Uno de los mejores regalos que me hicieran mis padres de niño fue un avioncito de motor a control de cuerda. Esa aeronave entra, fácilmente, en la lista de los 3 mejores juguetes que tuve.

No logro recordar si fue un deseo mío, o si fue idea de mis padres. Lo cierto es que aprovecharon el viaje de un tío materno a los Estados Unidos para encargárselo.

El día que el tío llegó a la casa con el muy esperado encargo se produjo un gran revuelo familiar.

Y no era para menos. Nunca habíamos visto un juguete parecido: muy moderno, de tecnología avanzada. Aquello nos pareció salido de una película de ciencia ficción.

Por fortuna, mi tío era ingeniero mecánico y, de paso, uno de esos «manitas» capaz de armar y desarmar cualquier cosa. Así que él mismo se encargó de ensamblar aquel sofisticado artefacto.  ¡Cómo agradecerle tanto!

Por fin, mi espectacular aeroplano estaba armado, listo para volar. Recuerdo bien que fue un día laboral, así que el tío nos pidió a mí y a mi papá que esperáramos hasta el fin de semana, para ir a volarlo juntos, y así poder ayudarnos con las instrucciones, que estaban en inglés y eran muy técnicas, como era de esperarse.

Pero mi papá tenía otros planes…

Lo venció la impaciencia. No pudo esperar hasta el fin de semana. Hoy entiendo que estaba incluso más entusiasmado que yo mismo. Afloró su «niño oculto», en toda su magnitud y, al siguiente día, mientras yo estaba en la escuela, se fue, de lo más contento, a volar «su» avión.

Cuando regresé de clases, mi súper avión, el juguete de mis sueños, estaba en un rincón de la sala, hecho pedazos.

Afortunadamente, no guardo recuerdos claros de mis emociones de aquellos años (creo que estaba en 6to. grado), ni de aquella situación en particular, pero imagino que debe haber sido una experiencia absolutamente desoladora para mí; algo triste para toda la familia, especialmente para mi papá.

En descargo de mi padre quisiera decir que, tal vez, él, en su afán de hacerme feliz, quiso tener más participación en aquella experiencia. Posiblemente sintió que mi tío ya había hecho bastante por nosotros, así que trató de aprender a volar el avión por su cuenta, para luego, ser él, mi padre, quien me enseñara.

En verdad, me es imposible recordar lo que sentí entonces. Pero no puedo culpar a mi padre por haber querido más protagonismo en procura de mi felicidad. Al contrario, se lo agradezco, hoy y siempre.

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«La piedra en el zapato»

(Esto lo publiqué originalmente el 11 de febrero de 2013, cumpleaños de mi difunto padre)

Es verdad que a lo largo de toda su carrera militar mi padre se caracterizó por ser un subalterno «contestón», especialmente con los superiores «arbitrarios e inmorales», según decía él mismo cuando me echaba los cuentos sobre su vida en los cuarteles. Pero, también es verdad, como fui entendiendo yo con el tiempo, que aquella rebeldía característica suya era expresión de la solidez de sus valores humanos y castrenses. Testarudo defensor de la justicia, dentro y fuera del ámbito miliciano, nunca permitió abusos ni humillaciones de cadetes u oficiales de mayor rango, lo que le valió, sobre todo durante sus años de escuela, numerosos castigos, incluidas unas cuantas entradas al calabozo. Esto lo recordaba él con jocosidad y cierto orgullo.

De origen humilde, mi padre nació en Carúpano, en el Oriente venezolano, y se trasladó, con bastante sacrificio, a la capital, Caracas, para cursar estudios de secundaria, al término de los cuales decidió ser militar y abrazó la carrera de las armas con total devoción. Así lo demuestra su desempeño tanto en la antigua Escuela de Formación de Oficiales de la Guardia Nacional (EFOFAC), como en sus años de oficial.

En el último año de la escuela, llegó a ser el segundo más destacado de su promoción, obteniendo la jerarquía de Alférez Auxiliar, sólo por debajo del Alférez Mayor (en su curso, conformado por más de 100 alumnos, había sólo 2 ó 3  Alf. Aux.); en los años posteriores, desde el grado de Subteniente hasta el de Teniente Coronel, o «Comandante» (unos 20 años) estuvo invariablemente entre los primeros de su promoción.

Tras su ascenso a Teniente Coronel, le asignaron el comando de un destacamento encargado de la custodia de algunas empresas e instituciones localizadas en la región capital. Cargo de cierta relevancia dentro de la oficialidad de la Guardia Nacional, por la importancia estratégica de dichas instalaciones. Valga decir que, en todo el tiempo que estuvo frente al «destacamento industrial», lo vimos muy entregado a su trabajo, como siempre. Recuerdo que, entre otras tantas acciones positivas propias de su carácter visionario y emprendedor, remodeló el casino y fundó una pequeña biblioteca, «para que soldados y oficiales puedan pasar su tiempo libre de manera más constructiva», como él mismo explicaba.

Pero ocurrió que vino el Curso de Estado Mayor, el cual fue una experiencia no muy positiva para el Comandante La Rosa. Sus calificaciones finales fueron mucho más bajas de lo esperado. Mi padre se lo atribuiría a «antiguos enfrentamientos con la superioridad». De hecho, en su ascenso a Coronel, para sorpresa de muchos, él no ocupó un puesto destacado en la lista.

Sin embargo, el ahora Coronel La Rosa no permitió que aquella situación lo amilanara. Al contrario, desempeñó todas y cada una de las funciones asignadas (por modestas que estas fueran) con su espíritu militar de siempre y su proverbial entusiasmo para el trabajo; siempre buscándole el lado bueno a todo.

Así las cosas, mi padre cumplió su período de Coronel, pero, por primera vez en su carrera, no fue promovido a la jerarquía superior, el tan anhelado generalato.

Tuvo dificultad para asimilar aquel «tropiezo», puesto que él consideraba que durante sus 4 años de Coronel había hecho méritos más que suficientes para ser General. Sintió tal frustración, que llegó a plantearse muy seriamente el dejar de inmediato las fuerzas armadas, su entrañable Guardia Nacional.

En nuestras conversaciones de aquellos días difíciles para él, mi papá sugirió que algunos superiores (para aquel entonces generales influyentes) le estaban «cobrando viejas deudas» por diversas situaciones donde él los había enfrentado directamente, bien en protesta por alguna arbitrariedad en su contra, o bien en reclamo por  ciertos procederes que, en opinión de mi padre, eran del todo incorrectos.

Aunado a eso, mi padre, aunque dotado de una personalidad muy cálida y cordial (muchos compañeros de armas, amistades y familiares – yo incluido – lo vieron siempre como un «perfecto caballero»), no era muy dado a la práctica de las relaciones públicas (salvo cuando se trataba de personas u organizaciones que compartieran sus intereses filantrópicos. De hecho llegó a ser presidente del Rotary Club de San Antonio de Los Altos. Aunque debo decir que a él no le importaba tanto el prestigio de esa presidencia como la gran oportunidad que le brindaba de servir a la comunidad); más aun, se opuso siempre al «amiguismo» y al «compadrismo», especialmente dentro de las fuerzas armadas. Y eso pudo haber influido en que algunos compañeros, superiores y subalternos lo percibieran, desde sus años en la escuela, como un tipo algo incómodo, como un outsider.

Con esto no estoy sugiriendo, en ningún momento, que en las fuerzas armadas venezolanas no haya personas que logren sus ascensos por méritos propios. Pero todos sabemos lo mucho que ayudan las relaciones sociales en esos altos niveles profesionales castrenses. Es mucho lo que hay en juego…

Lo cierto es que un día, cuando le pregunté que había decidido hacer al respecto, me dijo estas palabras: «Estoy tan arrecho y desilusionado con la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas en general, por esta injusticia, que estuve a punto de pedir la baja como muestra de mi repudio, y sobre todo porque sé que me están perjudicando expresamente. Pero después de meditarlo mucho, de consultarlo con Dios, entendí que si yo quiero combatir realmente esas irregularidades, hago mucho más desde adentro que desde afuera. Es más, después de tantos años, tengo la responsibilidad de quedarme y enfrentarlas. También entendí que mi rabia no es contra la Guardia Nacional y las Fuerzas Armadas, como instituciones, sino contra unos carajos perjudiciales que pretenden apoderarse de ellas, y arrebatárselas a quienes, como yo, sentimos que nos pertenecen, con todo derecho. Así que no les voy a dar el gusto de irme y dejarlos tranquilos, haciendo lo que les da la gana, en perjuicio de mi Fuerza. Me voy a quedar. Les voy a dar la razón sobre que soy un tipo incómodo, voy a ser «la piedra en el zapato» de esos carajos por los próximos 4 años…»

Al iniciar su «segundo período» de Coronel, mi papá aceptó – con mente positiva como siempre – su nuevo cargo, aunque sospechando que se lo daban porque lo consideraban de muy bajo perfil, poco relevante y hasta aburrido: Oficial de Enlace entre el Ministerio de la Defensa y el Ministerio del Ambiente.

Pero, como me diría el mismo, ellos no sospechaban que más bien lo estaban premiando, ya que mi padre siempre fue un ambientalista. Desde niños nos inculcó a mí y a mis dos hermanos el amor y el cuidado por la naturaleza. También recuerdo claramente el entusiasmo y la energía que desplegaba en las campañas voluntarias conservacionistas, durante sus años en el Rotary Club. Así que lo estaban colocando más bien en una posición privilegiada, estratégica, para contribuir con el desarollo, soporte, coordinación, etc., de proyectos ambientalistas a nivel nacional. Posiblemente, algunos jefes pensaron que aceptando ese cargo tan «administrativo» se marginaría a sí mismo, pero, en cambio, mi papá, un «guardia forestal» hasta los tuétanos, se sintió en el lugar perfecto.

De esa forma transcurrieron los últimos años de la carrera del Coronel La Rosa (como se refería y todavía se refiere a él mucha gente por cariño y por respeto): tranquilo, satisfecho, desempeñando una labor que lo apasionaba.

Aun puedo verlo y escucharlo hablando enérgico y emocionado sobre su trabajo, sus ideas, sus sueños. Por ejemplo, un día me contó que tomó acciones contra un contrabando de madera supuestamente encabezado por un general…

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Terquedad beneficiosa

(Publicada originalmente en mi blog «El guachimán», el 11 de febrero de  2011, en el cumpleaños de mi difunto padre)   

Podría decirse que es una ley de la vida que mientras nos vamos haciendo mayores menos tiempo pasamos con nuestros padres. Y si bien yo no fui la excepción de esa regla, de vez en cuando me proponía compartir actividades con mi papá, con el claro propósito de disfrutar de su irreemplazable y gratificante compañía paterna.

En una oportunidad, le pedí que me acompañara a un viaje de negocios. Para ese entonces yo no tenía empleo fijo, y se me ocurrió vender tambores de Gaita y cuatros (la Gaita es un género musical tradicional venezolano, originario del del estado Zulia, tocado mayormente en diciembre. El Cuatro es el instrumento nacional de Venezuela. Como su nombre lo indica tiene 4 cuerdas), en una de las ferias navideñas que tradicionalmente funcionaban en San Antonio de Los Altos, bonita y apacible ciudad montañosa del estado Miranda, donde viví con mis padres y hermanos por casi 30 años.

 Mi plan consistía en ir a comprar los instrumentos a Barquisimeto, capital del centro-occidental estado Lara, y conocida como la “ciudad de los crepúsculos” y la “capital musical de Venezuela”. Allí se fabrican instrumentos de excelente calidad, y debido a las muchas fábricas y tiendas existentes, también se consiguen excelentes precios.

Iríamos en uno de los carros de la familia. Esos viajes solo con mi papá siempre eran interesantes de muchas maneras. Durante el recorrido (nos alternábamos al volante), hablábamos de muchas cosas, sobre todo de las menos conversadas en casa. Y además de ser aventureros por naturaleza, compartíamos una especie de flexibilidad, una tranquilidad que nos permitía tomar decisiones y hacer modificaciones al plan, sobre la marcha, lo que hacía la experiencia aun más placentera y provechosa. También discutíamos mucho; a veces bastante fuerte. Pero en esos casos, al final siempre prevalecía nuestro profundo deseo de compartir; nos “sacudíamos” la rabia rápidamente, ya que estábamos conscientes de que esos viajes juntos eran momentos irrepetibles cuya razón de ser eran el disfrute y la comunión padre-hijo.

Volviendo a los instrumentos, les cuento que en nuestro último día de compras en la pintoresca ciudad crepuscular y musical, fuimos a una tienda especializada en cuatros.

Para aspirar a obtener ganancias vendiendo instrumentos en una feria decembrina popular, estos tenían que ser económicos, de mediana calidad. Así se lo hice saber al encargado, pero, este, queriendo “pasarse de vivo”, incluyó en el grupo unos cuantos de calidad inferior. La prueba de sonido la hizo “por encimita”, a la carrera, y yo no quedé muy satisfecho. En efecto, le comuniqué a mi papá que no los compraría y que revisaría otra tienda. Pero él, un alma caritativa – hasta con los vendedores truculentos – me insistió y me convenció de que los comprara.

Así las cosas, regresamos a San Antonio “felices y contentos” con nuestro cargamento musical y con la aventura vivida. Vale destacar que nos las ingeniamos para conseguir tiempo de hacer turismo en algunos de los lugares más emblemáticos de la región.

Pero, mis temores sobre la dudosa condición de algunos de los cuatros se confirmaron: eran muy elementales; sólo permitían tocar unos pocos acordes básicos. Con esto no pretendo en modo alguno desprestigiar a sus fabricantes. Ellos hacen instrumentos para todos los “bolsillos” y usos, incluidos los muy sencillos adquiridos por mí con mi limitado presupuesto. Pero, se supone que el cliente sabe exactamente lo que está comparando. Así que aunque aquel comerciante nos “metió gato por liebre”, la responsabilidad fue nuestra por haber aceptado.

Pero, eso no es lo más relevante del cuento.

Una vez concluida la feria navideña, 10 cuatros “se quedaron fríos”, como decimos en Venezuela cuando una mercancía no se vende. Precisamente los de menor calidad. Yo sí le permitía a los clientes probarlos con calma, y ellos, a su vez, no eran tan caritativos como mi padre…

Tampoco esto es lo más importante de la historia.

 Tras varios meses de tener los cuatros “fríos” guardados, sin saber qué hacer con ellos, se me ocurrió donarlos a un centro cultural comunitario de la ciudad, presidido en ese entonces por un buen amigo de la familia. No hace falta decir lo contento que se puso mi papá al saberlo. Muchos niños pequeños y de escasos recursos se beneficiarían con la idea. De hecho, decidí compartir esta anécdota porque hoy, a la distancia, entiendo claramente que así tenía que ser; a eso fui a Barquisimeto con mi amado papá y tocayo, Ángel Rafael La Rosa, a comprar unos cuatros de calidad regular, pero que en las manos de aquellos niños humildes seguramente fueron joyas.

Todo comenzó con la proverbial terquedad de Ángel La Rosa… Gracias papá. ¡Feliz cumpleaños! Tu alma noble y generosa descanse en paz.

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Esposo respetuoso

En una cultura como la nuestra que, hasta hace poco, prácticamente le rendía tributo al machismo, un hombre cien por ciento fiel a su mujer era una rareza.

Lo paradójico es que, como aprendería yo con los años, las propias mujeres latinas, en mayor o en menor grado, contribuían a la existencia de esa mentalidad machista en la sociedad.

Por favor, relean lo que escribí. No estoy sugiriendo – ¡ni por equivocación! – que las féminas sean las responsables, sino que, por prácticas culturales muy arraigadas, ellas, en general, eran parte activa del problema.

Pero, este escrito no es una disertación sobre el machismo y sus causas, sino una reflexión muy ligera y anecdótica sobre la conducta de mi difunto padre en relación a ese aspecto en particular.

Algo que aún le agradezco a él, profundamente, es el respeto que, estando conmigo, siempre mostró hacia mi madre. De acción y de palabras. Creo que es un rasgo admirable.  De tanto en tanto, me esfuerzo en encontrar en la memoria algún detalle, algún desliz, algún pequeño error… y nada.

No es poca cosa, considerando lo normales que eran esas conductas sexistas a mi alrededor, durante mis años infantiles y juveniles.

Ahora bien, si mi papá le fue siempre fiel a mi mamá, eso no lo sé. Quisiera creer que sí, pero ni siquiera por él puedo «meter las manos en el fuego». Lo único que puedo asegurar, insisto, es que en mi presencia – y en ausencia   de mi mamá – permanentemente se condujo con el más absoluto respeto.

La fidelidad siempre ha sido algo sumamente importante para mí (tanto que, para no incurrir en falta, apartando las relaciones pasajeras, sólo he tenido dos novias formales en mi vida: mi primer amor y mi esposa), por eso me haría inmensamente feliz si mi papá fue honesto con mi mamá. Pero, el sólo hecho de que en tantos años, en infinidad de momentos padre-hijo, él haya sido un esposo tan respetuoso, caballeroso, ejemplar, lo hacen merecedor de mi admiración, mi respeto y mi agradecimiento eternos.

Querido papá, gracias miles por tan valioso ejemplo. Ahora es mi turno de ponerlo en práctica.

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«La contradicción en pasta»

(Publicada en abril de 2016)

Esta anécdota, de cuando fui con mi papá al mismísimo Dodger Stadium a ver a los mismísimos Dodgers de los Ángeles, la recordé hoy (jueves, 1 marzo, 2016), precisamente mientras veía un juego de Grandes Ligas por televisión.

Eso fue por allá por el 77, si no me equivoco. A mis 11 años. Entonces, mis padres y los 3 hermanos estábamos pasando las vacaciones escolares de julio-agosto junto a una entrañable tía materna y su esposo, quienes, por aquellos días, residían en California por motivos de estudio.

Para venezolanos aficionados al béisbol como mi papá y yo, aquella era, definitivamente, una actividad obligatoria dentro del plan vacacional.

Pero lo que quiero resaltar de aquella bonita experiencia no es el tremendo juego de pelota que vimos (Dodgers vs. Astros, incluida la emocionante aparición del legendario hitiador venezolano Víctor “Vitico” Davalillo), sino el proverbial carácter contradictorio de mi padre, el cual, durante el partido, salió a relucir en todo su esplendor. Ese mismo carácter que lo empujaba a librar innumerables batallas “solo contra el mundo”; el que lo hacía responder automáticamente “no” a una petición de sus hijos (aunque nosotros esperábamos tranquilos a que un minuto después nos diera su aprobación); el que, en ocasiones, exasperaba a mi mamá de tal forma que la hacía decirle: “¡Ángel La Rosa, tú eres la contradicción en pasta!”

Pero, aquel temperamento contradictorio que, elevado a su máxima expresión, causaba no pocas molestias a la gente, podía ser también, en muchos casos, motivo de diversión para los involucrados, como, en efecto, ocurriría aquella vez.

En uno de los más grandes templos del béisbol, el legendario Dodger Stadium, atestado de furibundos seguidores, y donde los amos y señores de aquel feudo se batían en duelo con uno de sus más asérrimos rivales de entonces, a mi padre se le ocurrió la original idea de ¡hacerle barra a los Astros de Huston! Así mismo como se lo estoy contando.

Algo preocupados, mi tío político y yo le pedíamos repetidamente a mi papá que moderara su efusividad, pero, al final, aquel temerario comportamiento resultó tan cómico que nos hizo reír muchísimo, ¡y a los fanáticos angelinos que nos rodeaban también!

Como Ustedes imaginarán, mi ocurrente padre en realidad no era ni remotamente fanático de los Astros. Por el contrario, él simpatizaba con los Dodgers porque eran un equipo popular en Venezuela, por la presencia del Venezolano Davalillo, y porque ese año eran fuertes candidatos a llegar a la Serie Mundial, como efectivamente lo harían.

Ese día mi papá sencillamente vio la oportunidad perfecta de divertirse y divertir a los demás llevándoles la contraria. ¡Y lo logró con creces!

Bendición papá. Siempre gracias por tantos bonitos recuerdos.

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Todo un tenor… en la ducha

Para todos los felices y orgullosos papás del mundo, ¡FELIZ DÍA DEL PADRE! (2012) 

SÍ alguien personifica cabalmente eso de “cantar bajo la ducha” es mi difunto padre. Incapaz de cantar en público por su timidez para lo histriónico, se transformaba en todo un tenor a la hora del baño.

Singing in shower

Y, en honor a la verdad, además de su carácter reservado, tenía cierto “problema de oído”. A mi papá le resultaba sencillamente imposible cantar “sobre” una canción determinada. Siempre que trataba de seguir una (tenía que gustarle demasiado para atreverse a hacerlo con gente cerca) o se atrasaba o se adelantaba mucho, por lo que al final la música iba por un lado y él por otro. Ni hablar de cantar solamente con el acompañamiento musical. En los 37 años que vivimos juntos, ¡lo vi haciendo eso sólo una vez! Pero esa anécdota merece un escrito aparte, otro día.

 Como digo al principio, aquel tipo más bien discreto, bajo la regadera se volvía un señor cantante. Y es lógico, porque su problema era únicamente con el ritmo, no con la melodía. Por el contrario, era bastante melodioso y, paradójicamente, tenía una tremenda voz de barítono, muy bien timbrada. O sea que en la privacidad de las cuatro paredes del baño, sin las ataduras rítmicas que le imponían los temas grabados, mi papá se soltaba a cantar libremente, a sus anchas, ofreciéndonos frecuentes y memorables conciertos.

Recuerdo que un buen día, comenzó a cantar también en la cocina. Él y yo éramos los lavaplatos oficiales de la casa, sobre todo por las noches y fines de semana, cuando no estaba la Señora María, nuestra entrañable doméstica. Así que a veces mi papá se ponía a fregar poco después de la cena, a la hora en que todos nos retirábamos a nuestras respectivas actividades del final del día, porque sabía que se quedaría solo en la cocina por un buen rato, el suficiente para uno de sus recitales.

Pero este recuerdo tan grato es apenas la introducción de la anécdota paterna que quiero contarles hoy.

 Una tarde, al regresar a la casa, de mis clases en la universidad, recibí una de las mayores y más gratas sorpresas de toda mi existencia. Mientras subía las escaleras para dirigirme a mi cuarto, escuché al cantante lírico Angelo Rosi (por el parecido con Ángel La Rosa) en una de sus interpretaciones habituales. Esto no tendría nada de particular, excepto porque estaba cantando una canción compuesta por mí. Nunca imaginé que algo así pudiera ocurrir: ¡Mi papá cantando una de mis canciones! de principio a fin, con la misma gracia y el mismo entusiasmo que cantaba otros tantos temas de su predilección. “¿En qué momento se la había aprendido?”; “No sabía que le gustara tanto”; “la canta como si la conociera desde siempre”; “ojalá yo tuviera esa voz”; “Escuchar mi canción en ese estilo mezcla de Sinatra con Sadel es alucinante”; «que increíble sorpresa»; «le agradezco con todo mi corazón»…

(Aquí pueden ver el video Youtube de esta canción)

No me había recuperado de la impresión y de la tremenda emoción que me produjo aquel momento, ¡cuando mi papá comenzó a cantar otra composición mía!

(Aquí está el video YouTube de esta otra canción)

Si al recordar y escribir esto lloro. Naturalmente. Imagínense, amigos, lo que sentí ese día. Sobran las palabras…

Mi amado padre no era la persona más expresiva a la hora de mostrarnos sus afectos, pero con gestos como el de aquel día inolvidable nos decía todo y más. Esa tarde, durante uno de sus tantos conciertos bajo la ducha, mi papá me dijo claramente lo mucho que le gustaban mis canciones; lo mucho que valoraba mi modesto intento de hacer música,  lo mucho que me amaba.

Papá, en todo estos años, alguna que otra vez he escuchado varias de mis canciones en las voces e instrumentos de algunos de mis amigos músicos, lo cual, como es de suponerse, me ha hecho sentir sumamente feliz y agradecido. Pero debes saber que nunca más volveré a sentir lo que sentí al oír tu maravillosa versión, la más pura expresión de tu amor de padre.

Gracias papá, te amo tanto. Bendición.

Tu hijo, Ángel Rafael

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Abuelo deportista

(Este 11 de febrero de 2012, mi amado difunto padre cumple un año más de existencia en los mundos infinitos. Así que, en su memoria, aquí va otra anécdota suya. Bendición papá).  

Hasta donde alcanzo a recordar, siempre me ha gustado ejercitarme y hacer deporte. Es una constante en mi vida. Y aunque no puedo presumir de haber sido un deportista destacado (apenas gané un puñado de medallas en primaria y secundaria), sí me vanaglorio de tener bastante actividad deportiva desde niño, y de mantenerme en forma actualmente, lo cual, en mi opinión, ha redundado en una existencia más plena.

Hoy, cuando busco en mis recuerdos infantiles y juveniles escenas gratificantes de mis pasatiempos deportivos, puedo ver claramente que mi gusto por la actividad física se lo debo, en mucho, a mis padres. Mi madre, médico obstetra y una auténtica cheerleader de sus 3 hijos, es conocedora de los inmensos beneficios de la práctica deportiva para la salud mental y corporal. Mi padre, un “entrenador” nato (por su tendencia a mandar, como buen militar), también disfrutaba mucho los deportes, y era inmensamente feliz jugando cualquier cosa con nosotros.

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Foto de: eresmama.com


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Foto de: ABC Color

Precisamente, esta anécdota nace de uno de esos bonitos recuerdos infantiles. Yo estaba en 6to grado (el último de primaria), con 11 años de edad, y mi colegio organizaba una de sus acostumbradas y animadas verbenas familiares, con las típicas actividades culturales y deportivas donde los inquietos escolares muestran sus muchos talentos a sus muy orgullosos padres.

Por aquellos años, mi colegio se destacaba en voleibol masculino, por ser la especialidad de nuestro profesor de deportes. Cabe destacar que después de terminar la primaria visité el colegio con cierta frecuencia (justamente durante las verbenas), siendo la última vez en 2007, ¡y en esos 30 años, el profesor era el mismo! También quiero aprovechar para “hacerle una propagandita” a mi hermano menor (le llevo 4 años), quien, por su rendimiento sobresaliente en las competiciones de voleibol inter-escuelas, en una oportunidad fue llamado a representar a nuestro estado en unos juegos infantiles nacionales. Durante mis visitas, el “eterno” profesor siempre me repite: “Tu hermano es, tal vez, el mejor deportista en la historia del colegio”.

Y volviendo al protagonista del cuento, me gusta muchísimo recordar que en aquella feria escolar los padres fueron invitados expresamente a jugar voleibol junto a sus hijos, y que mi papá aceptó muy presto y solícito, como era de esperarse. Calculo que para esa época él tendría unos 37 años de edad, y aun exhibía unas condiciones físicas bastante decentes; todavía se “defendía”, como decimos en Venezuela, significando que a pesar de los años aun podemos desenvolvernos más o menos bien. Por cierto, el voleibol también era el deporte predilecto de mi papá. Y mi hermana menor no se quedaba atrás. Definitivamente, la cosa viene de familia…

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Foto de mx.depositphotos.com

Esa imagen de mi papá jugando voleibol conmigo en la escuela me hace dichoso. De hecho, fue uno de los pocos padres que se atrevió a hacerlo, y – me disculpo por la inmodestia – el único de ellos que sabía jugar realmente. Además, parecía que él era el entrenador y el árbitro, ¡ya que no paraba de dar instrucciones!

Pero, la razón por la que ese recuerdo me es tan grato, es porque veo a mi papá junto a mí, feliz, jugando, riendo, compitiendo, y “luciéndose”; porque representa su marcada influencia en mi gusto por los deportes, con su propio interés por practicarlos, y con su paternal disposición a disfrutarlos conmigo y mis 2 hermanos. Era su manera de inculcarnos que tener “mente sana en cuerpo sano” es fundamental para vivir la vida en salud y plenitud.

Ahora me toca a mí inculcárselo a mi hija, lo cual, en parte gracias a mi papá, es algo muy natural y en extremo placentero para mí. Ella no conoció a su abuelo deportista pero, su amor de padre, expresado en esos instantes deportivos, me acompaña en todo momento, sobre todo cuando estoy correteando o jugando pelota con su muy enérgica nieta de 5 años, a quien ya estoy enseñándole a jugar voleibol… Por supuesto.

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Pinterest: Foto de archivo, libre de derechos

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ALGO PARA PONERSE A PENSAR… EN ÁNGELES  

Esta anécdota tiene 2 propósitos: Uno, homenajear a mi amado difunto papá en el Día del Padre (junio 2011), dos, relatar un hecho que, en mi opinión, confirmaría la existencia de «algo» superior que nos protege, de «ángeles guardianes».

Una vez, mi papá me acompañó a comprar unos instrumentos musicales en la ciudad de Barquisimeto, capital del centro-occidental estado Lara, en Venezuela.

 Al regreso de aquella breve pero muy productiva estadía de 2 días, debimos transitar de noche por un tramo carretero en extremo peligroso (con un elevado índice de accidentes viales, muchos de ellos trágicos). En ese momento nos encontrábamos a mitad de camino – unas 3 horas – de nuestra casa ubicada cerca de Caracas. En esa zona, la carretera de doble vía – un canal de ida y otro de venida – era sumamente angosta, y no tenía muro separador. De noche su peligrosidad aumentaba considerablemente, porque era cuando podían transitar los vehículos anchi-largos de carga pesada, como camiones y gandolas.

Mi papá y yo sabíamos que era un pasaje de cuidado, pero decidimos proseguir – extremando las precauciones – porque estábamos relativamente cerca de nuestro destino; queríamos dormir en la casa. Además, era mi turno al volante, y al momento de relevar a mi papá le manifesté que me encontraba en “perfectas condiciones para manejar”. Pero aquella parte del recorrido (Aprox. 1 hora) resultó bastante más difícil de lo que yo esperaba. Calcular, en lo oscuro, los espacios y los tiempos para adelantar – por el canal de venida – a los camiones muy lentos era una maniobra sumamente riesgosa, sobre todo por el incesante flujo de “anchi-largos” en sentido contrario, con sus potentes luces que encandilaban. Varias veces, también, tuve que detenerme completamente, a la orilla de la vía, por temor a chocar de frente con algún camión. Pero esa acción no era nada segura, porque igualmente corría el riesgo de ser impactado por los vehículos que venían detrás de mí.

A todas estas, mi papá estaba durmiendo, sin enterarse de nada. Pero, yo no quería despertarlo. De vez en cuando, el estrépito de alguna gandola gigante interrumpía su sueño; él abría los ojos por 2 segundos para preguntar “¿todo bien?”, y tras mi respuesta de “sí, todo bien”, seguía durmiendo plácidamente.

En un momento comencé a sentirme muy estresado y temeroso. Pero, por cuestión de hombría – estupidez, más bien – no quise decirle nada a mi papá. Además, estaba determinado a completar aquel tramo infernal, para llegar a la casa lo antes posible, y descansar debidamente en mi anhelada cama. Pero había otra razón para no despertarlo: A decir verdad, él no manejaba muy bien que se diga. De hecho,  entre familiares y amigos tenía una bien ganada reputación de conductor distraído (aunque absolutamente respetuoso de las leyes de tránsito), de ahí que la opción de que él me relevara en condiciones tan duras, para mí no existía. Pero, conociéndolo, sabía que él se empeñaría tercamente en manejar, y yo me opondría con igual terquedad. Valga acotar, que yo tampoco me he distinguido nunca por mi pericia al volante. Y de no ser por los 10 años que tengo sin conducir (el tiempo que llevo en Asia) hace tiempo hubiera roto el récord de accidentes de tránsito mi papá. Pero, al menos, yo era mucho más joven que él, y en teoría mi vista, mis reflejos y mi resistencia eran mejores.

En medio de aquella preocupante situación, yo no paraba de rezar por nuestra seguridad y por la estación de servicio más cercana. Afortunadamente,  por fin apareció una. ¡Que alivio! Yo necesitaba aquel descanso urgentemente. Aprovechamos esa parada para estirar el cuerpo, refrescarnos, y poner algo ligero en el estómago, tras lo cual mi papá, creyendo aun que todo estaba perfectamente bajo control, aceptó sin objeciones mi indicación de reanudar la marcha, y de que yo siguiera manejando.

 Pero, ocurrió algo inesperado… el carro no prendía. Es verdad que era un modelo más bien viejo, y que presentaba fallas diversas con cierta frecuencia, pero en todo el viaje, desde que salimos de la casa hasta ese momento, no había dado ni el más mínimo problema; se portó de maravilla. Primero, mi papa y yo intentamos encontrar el desperfecto por nuestra cuenta, pero, nuestros conocimientos de mecánica automotriz eran bastante elementales – por no decir nulos – y no tuvimos éxito. Pero felizmente estábamos en una estación de servicio, y con toda seguridad alguien nos auxiliaría. Eso pensamos nosotros. Mas no fue así. Es decir, muchas personas trataron amable y arduamente de arreglar el carro (desde mecánicos de profesión empleados de la gasolinera, hasta algunos camioneros que estaban descansando), pero nadie logró dar con la solución. Todos estaban sorprendidos. Algunos, incluso, se lo tomaron como una cuestión de honor, ya que tenían vasta experiencia resolviendo a diario problemas mucho más graves. Pero todo fue inútil. Lo que lucía como un problema sencillo se convirtió en un verdadero misterio.

Poco a poco todos se fueron retirando – algunos visiblemente frustrados y apenados – prometiendo que en la mañana, más descansados, encontrarían la solución. En esa situación, lo único que podíamos hacer mi papá y yo era tener calma y paciencia, y esperar hasta el día siguiente, por lo que llamamos a la casa para informar sobre lo sucedido. Además, eran como las 2 de la madrugada; apenas faltaban 3 horas para que amaneciera, así que nos pusimos a descansar dentro del carro, resignados, aunque más tranquilos.

Por cierto, recuerdo que, a pesar de mi determinación por dormir en mi cama aquella noche, me alegré mucho – secretamente – por tan inesperado como oportuno desenlace. Yo calculaba que aun faltaban unos 30 minutos de aquella terrorífica carretera, y la posibilidad de transitarla de día de pronto me pareció una bendición.

Después de aquel corto pero reponedor descanso, nos levantamos al cantar el gallo, con ánimos renovados, para buscar la forma de resolver el problema. Mientras esperábamos que se hicieran las 6 (hora de inicio del servicio de reparaciones), nos aseamos y desayunamos con calma. Recuerdo que puse la llave en el encendedor (sólo por si acaso) y traté de prender el carro. Y ocurrió lo impensable… ¡prendió de a toque! como sacado de agencia.

Imaginen, amigos lectores, nuestra perplejidad, y la de quienes trataron de ayudarnos la noche anterior. Pero, principalmente, saquen sus propias conclusiones sobre tan curioso incidente. Es como para ponerse a pensar, ¿no?

No hace falta decir lo alegres que nos pusimos mi papá y yo al oír el glorioso sonido del motor arrancando al primer intento.

Durante el tiempo que tardamos en llegar a la casa, le conté a él la verdad de aquella peligrosa experiencia. Tras mostrarme su preocupación paternal y recriminarme por no haberlo puesto al tanto de lo que ocurría, ambos coincidimos en que aquello tenía que ser una señal, un milagro.

 Todas las anécdotas de mi papá tienen un inmenso valor en mi vida; me mantienen cerca de él todos los días. Pero esta en particular es muy especial, porque siento que, a través de ese inexplicable acontecimiento, los dos nos mantendremos aun  más unidos espiritualmente, por toda la eternidad.

Dame la bendición, amado papá. Para ti, y todos los padres del mundo, ¡FELÍZ DÍA DEL PADRE!

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SABIO CONSEJO

Mis muy estimados huéspedes, siempre gracias por sus amables visitas y por sus comentarios. La siguiente anécdota quisiera dedicársela a mi amado difunto padre y a todos los padres buenos del mundo, hoy en su día (2014). ¡FELICIDADES!

Confieso que siempre me costó admitir abiertamente cuando mi papá me daba un buen consejo. Y no es que yo fuera incapaz de identificarlo como tal. En el fondo, sabía que su sugerencia era lo más conveniente. Tal vez lo que ocurría es que él tenía un carácter si se quiere muy “mandón” (el mío tampoco es muy fácil que digamos), y cuando me aconsejaba yo sentía más bien que me estaba dando órdenes.

De cualquier manera, eso no impedía que de tanto en tanto yo acudiera a él con algún asunto personal, buscando su orientación. Al fin y al cabo, yo lo respetaba y amaba muchísimo como padre y ser humano.

Teniendo yo como 35 años, un día, durante una conversación de sobremesa, le manifesté que de pronto estaba sintiendo preocupación por cómo criar a mis futuros hijos (en caso de que los tuviera), y le pedí alguna recomendación, en su condición de buen padre de tres.

Mis temores no tenían que ver con la formación de una familia como tal. Primero, porque aunque mi prolongada y amena soltería (que se extendería hasta los 40) y mi sempiterna renuencia a tener novia formal indicaran lo contrario, siempre me visualicé felizmente casado. Segundo, porque aunque nunca tuve ningún apuro en tener hijos, siempre me han fascinado los niños.

En resumen, mi naturaleza, a pesar de las apariencias, es hogareña, lo cual, imagino que se deba, en buena parte, a que eso fue lo que vi en mi casa: un matrimonio y sus tres hijos, viviendo bajo el mismo techo, en la unión familiar.

De todas formas, sí recuerdo que en mis años de soltero, estaba totalmente convencido de que ese era el “estado ideal del hombre”. Hasta que me casé y tuve a mi hija. Y ahora no cambiaría por nada del mundo mi situación de esposo y padre enamorado.

Todavía, hoy, tengo más presente que nunca la respuesta de mi papá a aquella inquietud mía sobre la crianza de los hijos: “Dales mucho amor y buen ejemplo”, me dijo, simplemente.

Esas palabras, tan sencillas y profundas a la vez, constituyen, sin duda, uno de los consejos más sabios y útiles que he recibido en toda mi vida.

Conociendo a mi papá como lo conocí, sé que la única retribución que él esperaría por ese invaluable consejo es que lo ponga en práctica con su adorable nieta japonesa, a la que no disfrutó aquí en la Tierra, pero quiero creer que lo hace desde el “más allá”.

Huelga decir que, desde que ella nació, mi amada esposa y yo nos esforzamos a diario por poner en práctica esa amorosa filosofía. Y aunque no somos perfectos – por el contrario, nos equivocamos mucho, humanamente – esa fórmula de amor y ejemplo en su formación está dando muy buenos resultados, gracias a Dios.

Papá, no quiero finalizar, sin agradecerte con el corazón por aquel acertado consejo paterno. Por cierto, Mil gracias, también, por haberlo aplicado conmigo y mis hermanos.

Bendición Papá. Te amo.

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PURA BULLA

Hoy domingo 20 de junio de 2010,  a apenas minutos de finalizar el Día del Padre, quisiera rendir un modesto tributo a la memoria de mi amado papá, Ángel Rafael La Rosa Monasterio, fallecido hace 7 años. Para ello compartiré unas anécdotas suyas con mi queridos lectores, y muy especialmente con mis apreciados y respetados «colegas»,  los esforzados padres latinoamericanos establecidos en Japón.¡FELIZ DÍA DEL PADRE!

Yo tendría unos 8 ó 9 años de edad, un día que estaba con mi papá en el jardín de la casa, mientras él estaba haciendo algunas labores de jardinería. Tuve que haber hecho alguna travesura muy grande, porque recuerdo que mi papá se molestó, y reaccionó con cierta brusquedad, profiriendo un  “’¡carajo!” y haciendo un movimiento de brazo para darme una nalgada. Logré esquivar el manotazo y me le alejé, por lo que él pegó una carrerita para tratar de agarrarme. Una vez más, pude escabullirme moviéndome rápidamente por detrás de una matica de guayaba, provocando que él se resbalara y ¡cayera en la cuneta!

“Ahora sí estoy en problemas”, pensé. Pero, suspiré de alivio al verlo más bién soltar una carcajada, por la situación tan ridícula y cómica en la que se encontraba, e imagino que sorprendido, también, por la habilidad de su hijo.

El cuento termina con los dos muertos de la risa por lo que pasó.

Aparte de ese intento fallido de nalgada, no puedo recordar, por más que trato,  otra ocasión en la que mi papá haya intentado pegarme.

Siento que esas explosiones de mi papá eran «pura bulla». Ciertamente, a veces eran muy fuertes y atemorizaban a cualquiera, pero con los años entendí que eran más bien erupciones volcánicas efímeras, porque dentro del volcán en realidad lo que había era un alma llena de bondad.

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BAILARÍN DE GRADAS

 Pocos meses antes de que a mi papá le diagnosticaran cáncer, en el año 2002, lo entusiasmé para que fuéramos los dos a ver un juego de fútbol entre Venezuela y Colombia. Por aquellos tiempos, «La vino tinto» estaba jugando muy bien, conducida por el técnico Richard Páez, y llenaba los estadios donde se presentaba.

Huelga decir lo contento que estaba yo por compartir tan ansiado evento deportivo con mi papá.

En el «Universitario» (Estadio de la Universidad Central de Venezuela, patrimonio cultural de la humanidad), reinaba un ambiente festivo tremendo; las gradas eran una rumba total, en parte provocado por la muy pegajosa música que salía por los altavoces del estadio, que hacía bailar animadamente a la mayoría de los presentes.

En medio de aquella algarabía, me provocó comprar golosinas a un vendedor que se encontraba unas cuantas filas más arriba de nosotros. De regreso a mi asiento  logré presenciar una imagen bastante poco probable, por no decir insólita: ¡Ángel La Rosa estaba bailando, frente a su asiento, de lo más tranquilo!

Aparte de fiestas familiares y recepciones militares, donde normalmente él bailaba con mi mamá, mi hermana menor y,  muy rara vez, con alguna allegada, nunca en mi existencia había visto a mi papá bailando en una situación similar, y de paso en actitud tan natural, cómo si nada.

Tengo que admitir que me hizo muchísima gracia verlo bailar así. Y no lo digo en son de burla, sino porque además de que estaba irreconocible en aquella faceta de bailarín de gradas, era obvio que estaba tratando de imitar el estilo de los jóvenes a su alrededor (después me di a la tarea de encontrar a alguien de su edad entre el público y el era el más viejo por bastante), lo que dio como resultado un fusión dancística memorable.

Pero, al final, el sentimiento que prevaleció en mí ante semejante expresión de disfrute y desenfado fue el de una gran admiración. ¡Hay que tenerlas bien puestas!

Mientras caminaba a mi asiento, observándolo como se entregaba al enérgico baile, primero me sentí un poquito ruborizado, pero en cuestión de segundos me invadió una fuerte sensación de alegría y orgullo al ver a mi papá disfrutando plenamente su momento.

Cuando me sintió llegar a su lado, dejó de bailar. Nunca le hice ningún comentario al respecto. Pero, de tanto en tanto, recuerdo aquella para mí inesperada y feliz experiencia, y sonrío de puro regocijo y de profunda admiración por esas ocurrencias de mi amado papá.

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CORAZÓN ORIENTAL FIESTERO

Sin ser tan parrandero como yo, por ejemplo, a mí papá le gustaban mucho las fiestas, y siempre estaba más que dispuesto a “echar un pie” con mi mamá, especialmente con música suave y cadenciosa, exhibiendo una elegancia marcial, como buen militar.

Él era, más bien, del tipo comedido, y en las fiestas familiares y demás eventos sociales, se comportaba con cierta reserva. Disfrutaba mucho, sí, pero recatadamente.

Sólo como en tres ocasiones en toda mi vida pude ver a mi papá bailando “derrapado”, olvidado del mundo. Entonces me pareció estar viendo a una persona completamente distinta. Tanto, que parecía estar borracho al ensayar unas muy peculiares y osadas piruetas de baile, haciendo las delicias de los presentes, quienes le celebraban la actuación muy efusivamente. Pero, según recuerdo, en esas oportunidades ni siquiera consumió alcohol.

Estos raros eventos tuvieron lugar en fiestas de la familia paterna; entre sus hermanos y sobrinos, caracterizados, en su mayoría, por ser sumamente alegres y fiesteros, sobre todo los carupaneros (oriundos de la ciudad oriental venezolana  de Carúpano).

Y no es que entre “nosotros” no disfrutara plenamente. Al contrario, simpre lo recordaremos feliz y contento en las reuniones hogareñas. Es que entre “los suyos”, como es lógico, se mostraba bastante más desenvuelto que de costumbre; se «desataba», tanto en el baile como a la hora de hacer chistes y bromas en familia.

Anque esas veces me sorprendió un poquito su cambio tan notorio, disfruté enormemente ver a mi padre en acitud tan rumbera, junto a su muy parrandera familia carupanera. Definitivamente, fue un gran privilegio para mí conocer su tan fiestero corazón oriental.

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LECCIÓN DE HUMILDAD

Un día, mi papá regañó muy duramente a una sobrina mía de 6 años de edad ; le gritó de manera violenta, lo que me molestó muchísimo.

Mi forma de reprochárselo fue gritándole a él también, incluso con mayor violencia, delante de algunos miembros de la familia, incluidos sus nietos.

Si bien tan inusual y desafortunada reacción mía me sirvió como desahogo momentáneo, también me produjo gran tristeza, frustración y arrepentimiento – que todavía hoy siento – porque, en mi desproporcionado deseo de “justicia” para con mi sobrina, fui incapaz de controlarme, y porque entonces – a pesar de que mi actitud demostrara lo contario – no creía que la violencia debía pagarse con violencia.

Pero, lo que quiero destacar en este relato es que al día siguiente de aquel lamentable incidente familiar, y sintiéndome yo todavía bastante contrariado, tanto por lo que hizo mi papá como por mi errática respuesta, él se acercó para pedirme disculpas, en una actitud sumamente paternal y conciliadora. En el contacto con su mano y en su mirada, pude sentir claramente la sinceridad y el amor de sus palabras.

Creo que yo, en mi necio orgullo de aquellos años juveniles, no hubiera sido capaz de un gesto tan elevado como el de mi padre, que si bien fue su sincera expresión de arrepentimiento, fue, además, un acto de valentía y una lección de humildad que recibí para toda mi vida. Por ello, lo respeto, lo admiro y lo amo tanto.

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TEMPERAMENTO MANDÓN

 

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Imagen obtenida de Freepik

Yo no sé si mi papá se hizo militar por su tendencia a dar órdenes, o si desarrolló esa actitud durante la carrera. Lo que sí sé es que le gustaba mandar bastante. Tanto, que yo a veces lo sentía un poco autoritario, por lo que, a lo largo de los años, tuvimos algunos encontronazos. Sin embargo, con el tiempo, también aprendí a aceptar ese rasgo de su naturaleza dominante y a convivir con él. Así que, cuando lo notaba más mandón de la cuenta, me daba a la tarea de «torearlo», como se hace con los toros bravos y testarudos.

Unos 30 años atrás, mis padres adquirieron un terreno en una bonita zona montañosa de la vecina ciudad, San Pedro de Los Altos, caracterizada por sus innumerables parajes con vistas magníficas sobre sembradíos desplegados en un estrecho valle y en las faldas de los cerros, y los cuales semejan un hermoso tapiz que hubiese sido bordado por una mano divina para disfrute de nosotros los mortales.

San Pedro de Los Altos

San Pedro de Los Altos (foto obtenida de Mapio.net)


Pozo de Rosas

Pozo de Rosas

El lote de tierra en cuestión, con una ubicación privilegiada en una pequeña montaña, poseía una de esas panorámicas memorables sobre aquel paisaje de ensueño.

Mis padres, a los pocos años de la compra del terreno, comprendieron que, debido a su lejanía e inaccesibilidad topográfica, se les imposibilitaría cuidarlo, así que decidieron cedérmelo  a cambio de que yo me encargara totalmente de su cuidado, incluidos los gastos.

Así las cosas, cuando me llevaron a verlo por primera vez, entendí, en un segundo, por qué ellos se habían sentido atraídos por tan remoto y solitario punto. Yo mismo me enamoré a primera vista de aquel edén montañoso (Imagen Satelital).

Pero, este cuento no es sobre el par de años felices que pasé entregado, en cuerpo y alma, a tan bonito pedazo de tierra (el cual, muy triste y contradictoriamente, por cierto, dejé abandonado cuando me vine a Asia), sino sobre la vez que le pedí a mi papá que me acompañara a ir a verlo – junto a un entrañable tío materno y padrino mío – para mostrarle, in situ y mapa en mano, lo mucho que había avanzado limpiándolo, y explicarle mis ideas para una posible construcción.

Hoy, casi 20 años después, recuerdo el gran sentimiento de dicha que me embargaba aquel día, al ver lo contentos que estaban tanto mi papá como mi padrino  de visitar mi modesto paraíso,  y constatar lo bien cuidado que yo tenía el «terrenito».

Mi difunto y amado padre, el «Coronel La Rosa», de pronto se puso en modo jefe militar; parecía estar al mando de una operación bélica, dándome instrucciones a diestra y siniestra: «párate allá», «mide la distancia que hay desde aquel punto hasta aquella esquina», «creo que eso quedaría mejor aquí», ¿por qué mejor no lo haces así?», etc., etc., etc..

Recuerdo que, en mi adultez temprana, ocasionalmente tuve que pedirle que moderara su inclinación a darme órdenes. «Papá esta casa no es un cuartel y yo no soy un soldado». Pero, en situaciones como esa, disfrutando una experiencia tan entretenida,  productiva y vivificante para ambos, yo más bien apreciaba y conseguía divertida aquella retahíla de órdenes del Mariscal de Campo, Ángel La Rosa.

Entonces, aquel temperamento mandón era el reflejo de su enérgica personalidad, de su genuino interés en mi proyecto, de su gran satisfacción por compartir con su hijo; en definitiva, de su infinito amor de padre.

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UN ALMA CARITATIVA

Mi papá se caracterizaba por ser una persona piadosa, compasiva, muy solidaria. Pero, él no iba por ahí divulgando sus obras de caridad. Al contrario, prefería guardárselas para sí mismo. De hecho, yo siempre me enteraba de sus acciones en pro de los más necesitados por casualidad. Únicamente cuando se convirtió en Rotario (llegó a ser el presidente del Rotary Club de San Antonio de los Altos, en el Estado Miranda venezolano), se vio obligado a informar a la comunidad sobre las actividades voluntarias de la asociación, lógicamente.

Y, a medida que fui creciendo, fui entidiendo que lo más importante en los gestos de solidaridad de mi padre con el prójimo, no era tanto lo que daba sino como lo daba. Ya sea cuando ponía dinero en la mano del limosnero; cuando le daba ropa a su amigo indigente, o cuando le compraba comida a un niño de la calle, el factor común en todos esos nobles actos era la gran calidez humana con que los acompañaba. De hecho, una de las razones por las que él siempre se tardaba tanto cuando se ofrecía a ir caminando a comprar algo, pan, comida, medicinas, etc. (para infortunio de mi madre, que a veces necesitaba esos productos con cierta urgencia),  eran sus largas y amenas conversaciones con esas personas necesitadas que se encontraba en el camino. Conversaciones, por cierto, que en ocasiones ¡lo hacían olvidarse de que salió a comprar algo!

Eso ocurría con cierta frecuencia. Y, hoy en día, entiendo claramente que tanto los beneficiarios como el benefactor necesitaban, por igual, aquellas acciones filantrópicas cotidianas.

Luego de la Tragedia de Vargas, en 1999, un gran número de instituciones de cuidado diario se vieron obligadas a cerrar sus puertas y a reubicar a sus pacientes. Un grupo de niños con necesidades especiales fue transferido a un centro especializado en San Antonio de los Altos. Mi papá me informó que en dicho centro estaban necesitando voluntarios que ayudaran en las labores de cuidado a los niños recién llegados, al menos en la ajetreada etapa de instalación en su nueva morada.

Decidí ir a colaborar un poco, y mi papá se ofreció a llevarme, aprovechando que tenía que llevar algunas donaciones a los adultos, pacientes regulares de aquel centro. Así las cosas, nos pusimos de acuerdo y fuimos un día juntos. Antes de ir a ver a los niños de Vargas, pasamos primero por la sección de mayores para dejar las cosas que él les llevaba, algunas propias y otras donadas por el Rotary Club, si no me falla la memoria.

Lo que presencié ese día fue una bonita muestra de la personalidad humanitaria de mi padre, y también una valiosa enseñanza para mí. Apenas entramos al recinto, algunos de los pacientes reconocieron a mi papá y se acercaron a él presurosos, rodeándolo, llamándolo por su nombre, en expresión de genuino aprecio, de alegría por su llegada. Unos le extendían la mano, otros lo abrazaban con fuerza, todos visiblemente emocionados por su presencia.

Yo me limitaba a observar, asombrado, y muy conmovido. Lo más cercano que yo había visto a tan cálido recibimiento era la aglomeración de los fans en torno a un artista famoso… Yo conocía al «buen samaritano» que habitaba en mi padre, y sabía que en su condición de rotario regularmente realizaba ese tipo de actividades filantrópicas, solo o con otros miembros del club. Pero no sabía de su contacto tan estrecho con aquel centro en particular, ni de su relación tan cercana, tan personal con los pacientes.

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Foto extraída de sitio «Editores Verbo Divino»

En ese momento estremecedor, mientras veía aquella alma caritativa obrar en toda su dimensión, admiré infinitamente a mi padre, y fui el hijo más orgulloso de la tierra.

 Bendición, papá. Te amo.

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MI PADRE EL SOLDADO

Apartando el hecho de que desde muy pequeño he soñado – dormido y despierto – con todo tipo de aventuras, la razón más importante para haber estudiado en un liceo militar fue mi padre. Pero, no porque él me lo haya exigido ni mucho menos, sino porque yo en esa época realmente quería imitarlo en muchos aspectos, incluyendo su vida de soldado.

Tanto mi papá como mi mamá únicamente me lo plantearon como una opción, porque lo veían como una excelente alternativa para mi formación integral, y también porque el mismo año de mi ingreso a la secundaria, un entrañable amigo de mi papá metería a su hijo en el liceo militar «Anzoátegui» de Puerto Píritu, cuidad costera del oriente venezolano. Por cierto, el señor para ese entonces se desempeñaba como coordinador del Departamento de Deportes y Educación Física del liceo, lo que sería muy conveniente para mí, ya que así podría contar con la supervisión y la orientación de un amigo de la familia. Permítanme hacer un alto para elevar una oración y rendir un pequeño homenaje póstumo, tanto a mi querido y recordado «Profesor Roque» como a su hijo – quien se convertiría en mi mejor amigo del liceo- el «negro Roque».

Cuando mis padres me explicaron la situación y me hablaron de Puerto Píritu, yo enseguida vi en esa opción la oportunidad perfecta de satisfacer tanto mis juveniles sueños de aventura como mis deseos de seguir los pasos de mi padre como militar.

Entre mis recuerdos más gratos de mi papá el soldado están los deslumbrantes desfiles en el Paseo Los Próceres de la capital, Caracas, y demás actos castrenses, como ascensos, entrega de condecoraciones, etc.. Recuerdo lo tremendamente orgulloso que me sentía en esos momentos, al verlo con su porte tan gallardo y marcial, luciendo sus uniformes de gala, combate o trabajo.

También me vienen a la mente las veces que me contaba, apasionado, sus emocionantes vivencias en los cuarteles. Por cierto, desde muy pequeño, de vez en cuando me llevaba con él a sus distintos lugares de trabajo. Por ejemplo, estando yo ya en el «Anzoátegui», en mi condición de estudiante militar, una vez me llevó a ver los ejercicios de guerra de unos oficiales de la Guardia Nacional, alumnos suyos en un curso.

Por aquello de que «una imagen dice más que mil palabras, quiero que vean una foto de mi papá, durante una de aquellas memorables paradas en Los Próceres, cuando, con el grado de Mayor, y en su condición de comandante ejecutivo del alumnado de la otrora gloriosa EFOFAC (Escuela de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación), le correspondió marchar al frente de tan excelsa agrupación de cadetes.

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Sólo quisiera agregar que, tradicionalmente, el comando ejecutivo del cuerpo de cadetes de cada academia de las fuerzas armadas (Ejército, Guardia Nacional, Aviación y Marina), por la responsabilidad, el honor y el privilegio que dicho comando encierra, lo ostentan sólo oficiales élites; aquellos que, a lo largo de la carrera, ocupan los primeros lugares de sus respectivas promociones; que sobresalen tanto en lo académico como en lo militar propiamente. Esos oficiales son vistos por la superioridad y por la institución en general como el modelo a seguir por los jóvenes cadetes.

La vida está llena de paradojas. En la mía, una de las más grandes es que yo sólo necesité el primer año del liceo para saber que no iba a ser militar como mi padre. Pero, decidí seguir, porque, como digo al principio, yo me tomé esos cinco años en el internado castrense como una aventura adolescente (el uniforme, los ejercicios de guerra, la competencia académico-deportivo-militar, etc.); porque entendí que recibiría una educación muy completa, y porque, aun a sabiendas de que al terminar el liceo no seguiría la carrera de las armas, me hacía mucha ilusión, lograr, aunque sea sólo a ese nivel de secundaria, algunas de las cosas que hizo mi papá como soldado, y hacer que tanto él como mi mamá se sintieran orgullosos de mí.

Ahora, permítanme – y perdónenme – un momento de gran inmodestia. La experiencia del liceo fue tan satisfactoria para mí que cada año obtuve la mayor jerarquía entre  mis compañeros de promoción («Distinguido»), y  en el 5to. año, el último de la secundaria, logré obtener la jerarquía más alta («Brigadier Mayor»). Es decir, era el jefe de todo el alumnado. Adicionalmente, al igual que mi padre, me hice paracaidista militar (realicé el curso durante las vacaciones del 4to. año).

Imagínense lo feliz que se ponía mi padre, durante mi etapa castrense, con las actuaciones de su «soldadito». Y no piensen ni por un instante que se decepcionó o se entristeció porque no seguí la carrera militar. De hecho, el día de mi graduación se le notaba muy ufano y orgulloso. A pesar de que él fue un gran soldado y de que, seguramente, alguna vez soñaría que yo también lo fuera, desde que le informé, al comienzo de la secundaria, que yo no sería militar, siempre me manifestó su comprensión, su apoyo y su amor de padre. Y ahora que tengo una hija, también en eso me desvivo por imitarlo.

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SABER PERDONAR

En estos días, vi una película sobre una pareja que decidió a adoptar a una adolescente con algunos problemas de conducta más o menos fuertes. Por ejemplo, en un par de oportunidades hurtó pertenencias de la madre adoptiva. Eso me hizo recordar una situación similar que se nos presentó en la casa familiar, allá en mi país, Venezuela, con un jovencito, hijo de un amigo de la familia, que se quedó a dormir una noche con nosotros.

Si recuerdo bien, el muchacho, de unos 16 años, estuvo detenido un par de días en una estación policial cercana y, tras ser liberado, mi papá lo llevó con nosotros para que comiera y durmiera debidamente, antes de regresarse a su casa, al día siguiente.

Un detalle importante: El padre del joven, viejo conocido de mis padres, pasó varios años de su vida en la cárcel.

Ese día, sin importar el motivo de su detención (el cual no logro recordar) todos en la casa tratamos de que el muchacho se sintiera a gusto. Y, en mi caso, puedo decir que hasta llegué a disfrutar de su muy breve estadía, porque resultó ser una persona bastante conversadora.

El problema es que, tras su partida, a la mañana siguiente, notamos que él se había llevado «prestados» unos cuantos discos compactos nuestros. Para ello, debió haber actuado muy sigilosamente, tarde aquella noche, luego de cersiorarse de que todos dormíamos.

Aunque sentí compasión por aquel muchacho desorientado, recuerdo que el sentimiento que prevaleció en mí fue el de una gran indignación, por considerarlo un acto ofensivo e injusto hacia toda mi familia, pero sobre todo hacia mi padre, tomando en cuenta todo lo que hizo para ayudarlo. Pero, precisamente fue él quien reaccionó con mayor comprensión, con benevolencia, frente a la mala acción de nuestro joven huésped.

A diferencia de mí y de otros miembros de la familia, mi papá sólo tuvo expresiones de compasión hacia el muchacho; nos pidió que rezáramos mucho por él, para que no reincidiera en acciones tan reprobables, que pudieran traerle consecuencias graves en su vida, que apenas comenzaba.

Lo que quiero decir con este cuento es que, entonces, yo perdoné al muchacho sólo a medias, mientras que mi papá lo perdonó inmediata y totalmente.

Hoy, mi padre tendría unos 80 años de edad.  Estoy seguro de que si aun viviese y la vida nos hubiese puesto en situación de albergar nuevamente al mismo personaje de la anécdota, (quien por cierto, espero sea actualmente un hombre realizado, feliz), yo, muy posiblemente, me aseguraría primero de que todo estuviera en orden,  mientras que mi papá, no sólo le abriría las puertas de para en par, sin dudar, sin preguntar nada, sino que incluso le regalaría una colección de discos compactos nuevecitos… ese era mi padre.

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DEMASIADA CASUALIDAD…

Lo que sigue no es es una anécdota de mi padre, propiamente, pero sí algo muy curioso – por decir lo menos – que me pasó relacionado con él.

Creo en la existencia de «energías superiores» (buenas y malas), o «almas», que tendrían influencia sobre la vida de nosotros los mortales. Pero no creo en esas cosas porque haya visto alguna aparición ni nada por el estilo, sino por situaciones inexplicables que se me presentan de tanto en tanto. Hoy les relataré algunas de ellas, ocurridas en varios de los hogares de ancianos donde trabajé.

Tengo una teoría que he podido comprobar en la práctica: Existen seres humanos quienes, además de tener un gran parecido físico con otras personas, también se parecen mucho a sus «dobles» en la personalidad.

En el primer geriátrico donde trabajé – como obrero de limpieza – entre mis colegas aseadores había una mujer de mediana edad, que me recordaba muchísimo un tío mío, hermano de mi difunto y amado padre, y muy parecido a él. Lo más curioso es que además de tener rasgos faciales y personales muy similares a los de mi pariente – caracterizado por ser muy jovial y risueño – aquella señora era de contextura delgada como éste; tenía la voz bastante grave para ser mujer, y, de paso, ¡llevaba cabello corto! Una «fotocopia» del tío paterno, pues; su hermana melliza, pero asiática.

Huelga decir lo agradado que me sentía yo siempre que estaba en presencia de esa compañera de trabajo. ¡Era como si estuviera viendo a mi tío! lo que a su vez me recordaba a mi padre…

Ahora bien, ¿por qué tendría que ocurrirme algo así tan raro? En mis particulares y muy modestas creencias, esa sería una de las formas que usarían las «energías superiores» para manifestarse ocasionalmente e influir sobre mi vida diaria. Por ejemplo, podría ser una jugada del alma de mi padre para hacerme compañía. Se habría valido del impresionante parecido de esa mujer con mi tío para hacer más llevaderos mis primeros meses de aquel exigente trabajo, y así poder aguantar hasta haber logrado el nivel suficiente de japonés para dar mi siguiente paso.

¿Les parece interesante? Bueno, me ocurrió lo mismo en el siguiente centro de cuidado diario (aquí, ya como cuidador de ancianos). Pero esta vez, las energías se buscaron a una abuelita idéntica a una tía mía fallecida ya hace algunos años, ¡hermana de mi padre, también!

¿Recuerdan que anteriormente les hablé de algunos ancianos «angelicales» que he cuidado? Esa viejita pertenece a ese grupo «celestial»; sencillamente encantadora. Tanto ella como mi entrañable tía paterna están entre las mujeres más dulces, cálidas y protectoras que he conocido en toda mi vida.

Imagínense cómo podía sentirme yo en presencia de aquella anciana, de por sí adorable,  tan parecida en todo a mi tía, otro ser maravilloso. Me sentía derretido.

Hay un caso más. Me ocurrió en el último centro de cuidado diario donde laboré antes de dedicarme a cuidar a personas con necesidades especiales. Una de las usuarias se parecía a otra de mis tías paternas… ¡se los juro!

Hago un paréntesis para aclarar que no me interesa convencer a nadie de la veracidad de las historias aquí narradas. Obviamente, sería chévere que me creyeran, pero eso tendrán que decidirlo Ustedes.

Mi primer día de trabajo en aquel centro, cuando conocí a la señora en cuestión, inmediatamente percibí algo bastante familiar en su aspecto y, curiosamente, en su voz. Sólo necesité un segundo para descubrir que se parecía a esa otra hermana de mi papá.

Como digo al principio, para mí en el mundo hay personas que, sin tener ningún parentesco, tienen aspecto y personalidad similares. Pero, que además tengan la misma voz (que es algo tan propio) ya es demasiado, ¿no les parece? Por cierto, esta otra hermana de mi papá (una mujer muy religiosa, servicial y en extremo sacrificada) posee una voz muy particular… De hecho, al ver a aquella abuelita, y al oírla hablar, un escalofrío me recorrió el cuerpo.

Insisto, apreciados lectores,  no tienen que creerme, pero, partiendo de que yo esté diciendo la verdad, ¿cómo se explica que en tres centros diferentes me haya conseguido a estas tres señoras tan parecidas a tres hermanos de mi papá? Aquí no hay casualidad posible.  A falta de una explicación terrenal lógica, me atrevo a sugerir que el alma de mi padre, en su afán de hacerme sentir acompañado y protegido, de vez en cuando me juega esas travesuras…

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 ABUELO NIÑERO

Extraído del sitio plusesmas.com / Abuelo recibiendo besos de sus nietos

El recuerdo nítido más lejano que guardo en mi memoria, compartiendo alguna actividad con mi papá, es de cuando yo tenía entre 6 y 7 años. Estaba en construcción la nueva casa, y casi todos los fines de semana íbamos a verla. En esas ocasiones, mi papá se ponía a jugar conmigo alrededor de la obra, y lo que me viene a la mente es la imagen de los dos saltando desde el balcón hacia un montón de gravilla, agarrados de la mano y gritando alocadamente durante el brinco.

Hay un par de momentos más que recuerdo muy vagamente: uno, jugando voleibol, los dos, en la arena de la playa, otro, igualmente en el mar, pero, divirtiéndonos dentro del agua. Esa vez, estaban también mi mamá y mis dos hermanos. Pero, no sé si ambas situaciones tuvieron lugar antes, durante o después de las visitas a la casa en construcción.

Aparte de eso, no alcanzo a recordar, más atrás en el tiempo, mis interacciones con mi padre. Tampoco situaciones de él con mis dos hermanos menores, una hembra y un varón, 3 y 4 años menores que yo, respectivamente. Aunque, claro, hay muchas fotos familiares – también relatos –  que me permiten cubrir esa bonita etapa de mi infancia en la compañía paterna.

Esto viene a cuento porque, en cambio, sí pude ver a mi papá compartiendo mucho con sus primeros 3 nietos, los hijos de mi hermana, ya que durante el período cuando ellos nacieron, tanto yo como mi hermana y su familia vivíamos en la casa de nuestros padres.

Eso me permitió ser testigo presencial, por espacio de 10 años, más o menos, de algunos de los acontecimientos más gratificantes y aleccionadores de toda mi vida: la faceta de mi papá como abuelo niñero.

En todos esos años, cuando sus 3 nietos iban alcanzando la edad escolar, prácticamente, él era el encargado de sus rutinas mañaneras, preparatorias para ir a la escuela. Uno, porque mi hermana y yo salíamos más temprano a nuestras actividades diarias, dos, porque mi mamá, con sus muchas ocupaciones durante el día, se permitía dormir siempre hasta un poco más tarde en las mañanas.

Por las tardes, cuando regresaban de la guardería o de la escuela, era su abuelo quien procuraba recibirlos, listo, siempre, para atenderlos. Recuerdo que una de las actividades predilectas en ese mundo exclusivo y mágico  compartido por el niñero y sus niños era la aventura exploratoria del jardín, incluida la obligatoria contemplación del ocaso.

Cuando el «abuelo Ángel» estaba con sus amados nietos, les hablaba mucho; les enseñaba acerca de las cosas que conformaban aquel universo fascinante donde sólo ellos habitaban. Por ejemplo, un día que yo estaba jugando con la menor de mis dos sobrinas (para ese entonces tendría 4 o 5 años de edad), durante un muy bonito atardecer, le explicaba por donde es la salida y la puesta del sol, en un lenguaje que ella pudiera entender. Cuando le dije, «¿ves? el sol se oculta por este lado, por el oeste», ella me respondió, dándome clases a mí, «si Tío, por el poniente». En mi asombro, por tan temprana sabiduría, sólo alcancé a balbucear, a duras penas, «sí, exacto, sobrina»,  sintiéndome algo avergonzado, como el maestro que es instruido por su alumno. Su niñero de lujo, ya le había enseñado todo eso, mucho antes, por su puesto.

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Extraído de guiainfantil.com / El abuelo Filemón. Cuentos de abuelos

Como es de imaginarse, para mi papá, sus nietos también fueron una fuente de inspiración infinita, en muchos sentidos. Como muestra de ello, quiero plasmar aquí un pequeño verso que él escribiera a sus dos hembritas, y el cual recuerdo, perfectamente, después de tantos años, porque siempre me ha cautivado la elaborada belleza estética que encierra su simplicidad literaria:

Yo tengo dos nietecitas/una es linda, la otra es bella/ una juega con la luna/la otra con las estrellas.

Pero, entre tantos aspectos que merecen mi admiración y mi respeto, en esa faceta de mi padre como abuelo y niñero a tiempo completo, hay una imagen que me quedó grabada para siempre – en el alma, sobre todo – y que se remonta a los primeros años de mis sobrinos. Un ritual sagrado que se repetiría en el tiempo, con todos y cada uno de ellos 3. Después de que mi mamá les daba su tetero, mi papá se encargaba de sacarle los gases y de dormirlos, sentado en su mecedora, cargándolos el tiempo que fuese necesario, con amor y paciencia infinitos.

Papá, ese sólo recuerdo le da sentido a mi existencia y conforta mi espíritu.

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Mr. Magoo

Es cierto que el 99.9 % de las anécdotas de mi papá son para resaltar sus virtudes; para hacerlo brillar. No puedo evitarlo. Pero hoy, en este Día del Padre, será diferente. Lo atacaré por uno de sus lados más flacos: su carácter despistado.

Mi papá era tan despistado, que a veces salía a la calle con el único propósito de comprar algo – víveres, que por lo general eran encargos específicos de mi mamá – y tras ponerse a conversar con alguno de los tantos conocidos que se encontraba en el camino, se regresaba a la casa, ¡habiéndose olvidado por completo del mandado!

Que mi papá extraviara algo, momentánea o permanentemente, era una constante en el día a día de nuestra familia; casi tan rutinario como comer o dormir.

Para ser justos, yo mismo era bastante distraído (me pregunto si en verdad esos rasgos de la personalidad se heredarán), y a lo largo de mi vida he tenido no pocos despistes memorables. Pero siento que en mi caso no llegué a alcanzar el nivel legendario que sí logró mi padre. En parte creo que se debe a que a él le costaba admitir esa limitación y, en consecuencia, se molestaba cuando alguien lo sugería, lo que al final hacía que todos nosotros lo comentáramos más. Yo, en cambio, siempre lo acepté como parte de mi personalidad. Aunque debo decir que desde que me establecí en Asia, hace unos 15 años, el despiste casi ha desaparecido. Pienso que pudiera ser porque me ha tocado hacer muchas cosas que durante mis años mozos allá en Venezuela no hacía, incluyendo innumerables tareas familiares y laborales.  La necesidad obliga…

Pero volviendo a mi padre y su fama de despistado, había una situación en particular en la que esa condición podía ser en verdad atemorizante: Cuando se ponía al volante. Todos quienes, durante tantos años, tuvimos que meternos en carro conducido por él somos testigos. Era una experiencia en verdad estresante.

Debido a su carácter distraído, mi papá a veces manejaba como si no existieran otros vehículos y otros elementos en la vía. La mayoría de las veces sus acompañantes de turno teníamos que convertirnos automáticamente en sus ojos, sus oídos, sus «radares» (como los copilotos de un rally), para alertarlo de potenciales peligros, durante todo el camino.

Recuerdo que una parienta mía – que quiso y admiró mucho a mi padre, por cierto – un buen día nos informó, pública y solemnemente, que se había propuesto pasar una Tercera Edad realmente tranquila, relajada, y que para lograrlo, una de sus resoluciones era no montarse más nunca en su vida en un carro conducido por Ángel La Rosa.

Luego de varios años de la muerte de mi papá, una vez, acordándome de su proverbial distracción al manejar, de repente me vino a la mente la serie de dibujos animados «Mr. Magoo». Quienes la conocen y también conocieron a mi papá el conductor, seguramente, como yo, sonreirán por el gran parecido entre el personaje ficticio y el real. Pero, también, al igual que yo, pensarán que ese era apenas un detallito ante tantas virtudes para admirarlo y quererlo.

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